Esto fue algo intenso que escribir; corto, pero potente. ¡Espero que os guste!
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La música en el alma
Capítulo 56: Un refugio seguro
Continuación,
Miércoles, 31 de mayo de 1871
No me atreví a seguirle, y me sentía incómoda sentándome en alguno de los sillones no habiéndome indicado que lo hiciera, por lo que durante los próximos cinco minutos a su huida estuve decidiendo qué hacer, hasta terminar por decidirme que el pequeño sofá más cercano al fuego sería la decisión conveniente. Estaba helada, y deseaba que ese mismo calor me traspasase la piel.
Con pasos cuidadosos me acomodé, estudiando el entorno. Me sentía fuera de lugar, como si me hubiesen abandonado a la intemperie sin nada con lo que defenderme. Abría mucho los ojos para ver cada uno de los detalles de aquella pared forrada con madera oscura, habiendo dibujado a la altura de una barandilla una línea perfecta de intrincados hilos en oro, las cuales brillaban con cada movimiento de las llamas. La repisa de la chimenea estaba ocupada por tres candelabros con varios brazos que mantenían velas, tanto encendidas como apagadas. Tenían forma de árboles, girando las ramas, arqueándose en patrones cruzados.
Solo eso ya conseguía que mi boca cayese abierta, abrumada por tanto esplendor. Todo aquello, para ser creado por un hombre que prefería mantenerse fuera de la sociedad, tenía el aspecto de ser hecho por los mejores artistas del siglo. Como si hubiesen puesto su alma en cada trazo, en cada objeto…
Cambiando la incomodidad por curiosidad me levanté, habiendo al lado de la chimenea una mesita con un jarrón. Cuando me acerqué, y pasé con cuidado los dedos sobre su superficie, caí en por qué lo reconocía; lo había visto en mis primeros días en la ópera, tratándose de un objeto que usaban para las obras.
Me llevé esos mismos dedos a los labios, reprimiendo una risa.
Erik tuvo que robarlo. Estaba segura de ello.
Se trataba de un florero azul, con dibujos no muy explícitos en blanco, arañado en algunas zonas, golpeado en otras. Pero lo más impresionante que tenía eran las flores que guardaba, siendo estas de papel. Eran blancas, amarillas, y algunas mantenían letras, habiendo sido hechas en hojas de libros.
Tenía miedo de tocarlas, pareciendo frágiles, débiles; y una gran envidia me recorrió las entrañas al saber que ese caballero podía hacer tantas cosas.
¿Se aburriría al conversar conmigo? Éramos como el sol y la luna, como el río y el mar… Pero él siempre sería lo fuerte, lo poderoso, lo inteligente. Nunca en mi vida conocí persona igual, y me apabullaba saber que su mente era mejor que la mía, dejándome acobardada.
Con pequeños pasos me moví en esta ocasión al otro lado de la chimenea, al izquierdo, viendo con pesar la puerta que dirigía a la cocina, por donde el que se suponía que era mi maestro había salido corriendo.
Dudé unos instantes en ir a buscarle, queriendo que respondiese con sinceridad a la pregunta que le hice. ¿Por qué me había traído aquí? Antoinette no quiso molestarle, alegando su mal genio, lo poco que le gustaba recibir personas en su casa… Y sin embargo, allí estaba, esperando por un té el cual estaba haciendo, allá abajo, en su secreto subterráneo.
Aquí tenía de todo, y era una envidia.
Sacándome de mis pensamientos, vi desde el rabillo del ojo un gran cuadro, en la misma pared de la chimenea. Era enorme, con un marco oscuro y sencillo; no obstante, lo impresionante era lo que mostraba. Se trataba de un plano de la ópera, tan grande como mis dos brazos extendidos. Veía los trazos del carboncillo usados para dibujar cada uno de los muros, de las salas, de los pilares, de su casa. Era increíble; estaba todo. Y en uno de sus lados, junto a la fecha en el que se hizo, se mostraba una E perfectamente detallada. La misma que había visto en los cuadros de las Giry.
Erik también era un pintor. Sería mentir si decía que no me sorprendía, pero cada vez añadía más cosas a la lista de imposibles.
"Algo bueno debe de tener el hombre" pensé. "Si no es su cara… al menos sus talentos."
Aunque era cruel, se trataba de la verdad.
Estaba a punto de le rozar el papel con la punta del dedo índice cuando la puerta a mi lado sonó con un suave crujido, y como si me hubiese pillando cometiendo el peor de los actos, mi corazón comenzó a galopar con fiereza y las manos se me fueron al pecho.
El hombre entraba con una bandeja de plata, y estaba segura de que al verme tan asustada tras la máscara levantó las cejas; pero con esa prenda no podía asegurarme de nada. Sin hablar depositó lo que sujetaba en la mesita frente al fuego y volvió a marchar.
Me mordí los labios, regresando mi atención a aquel mapa maravilloso. Era extraño, y envidiaba su capacidad de dibujar así. Tuve de nuevo la intención de tocarlo, pero me guardé las ganas, apretando las manos en puños.
No habiéndole escuchado en esta ocasión, Erik se aclaró la garganta para hacerme saber que estaba allí de nuevo, tras mi espalda.
—¿Nos sentamos? —me invitó.
Eran extraños nuestros comportamientos, como si todo fuese normal.
Sin contestarle hice lo que me dijo, quedando en el gran sofá sola, pues el hombre se acomodó en uno de los dos sillones. Él, no abriendo la boca para nada, dejó que una gruesa manta me cubriese las piernas, colocando uno de los picos entre mis dedos para que la cogiese.
—Sé que aquí hace frío a pesar de la temperatura del exterior.
Y en verdad agradecía dicho detalle, llevándome la hermosa tela sobre los hombros, sintiendo como la piel se me relajaba al entrar mucho más en calor.
—Gracias. —Le di una pequeña sonrisa. Para mí nada había cambiado, y si para él era el caso, los engranajes volverían a ser colocados en su sitio.
Me estudió con una mirada amarga que me dejó con un mal sabor de boca, pero pronto fue pospuesto por una fácil conversación mientras nos servíamos el té.
—¿Te gusta? —me preguntó, haciendo referencia al plano del edificio.
Su taza ya estaba llena, y rellenaba con cuidado la mía.
Era sorprendente verle hacer cosas mundanas, con manos ágiles y gestos cuidadosos, como si fuese a ser juzgado por si se equivocaba. Como si yo pudiese darle una reprimenda a él.
—Sí, por supuesto. Nunca he visto nada igual. —Alcancé lo que ahora me ofrecía, murmurando un pequeño gracias—. No me equivoco al creer que lo hiciste tú, ¿verdad?
Aquello encendió una luz en sus ojos, los cuales ya brillaban por sí solos.
—Por supuesto.
Dando un sorbo al líquido me deleité por su sabor, tratándose de algo que nunca antes hubiese probado. Me había quemado la lengua por no comprobar antes lo caliente que estaba, pero no importaba. El gusto que me dejó fue suave, sin apenas amargar, y me alegré de que no hubiese traído azúcar, pues lo había endulzado demasiado.
Observándole beber a él, aparté enseguida la mirada, disgustada al comprobar que la máscara, la zona la cual le tapaba la mitad del labio superior, no le permitía acercarse bien la tacita a los labios.
Él no me miraba a los ojos, manteniéndolos a la altura del suelo, con aparente despreocupación.
Sin nada de vergüenza, y aclarándome la garganta para llamar su atención, me arriesgué a preguntar:
—¿No es incómodo? —Señalé mi propia cara en referencia a la suya.
Erik levantó sus orbes para mirarme, habiendo un resquicio molesto en el centro. Pero no alterándome, y tomando otro trago del té, esperé su respuesta; fuera la que fuera.
Él se llevó la mano al rostro, como si hubiese desaparecido la barrera que ocultaba su deformidad.
—A veces. —Se reclinó contra el respaldo del sillón, cruzando los tobillos—. Pero estoy acostumbrado.
Asentí. Quería dar pasos pequeños, sin brusquedad. Sería terrible si me obligase a marchar de nuevo.
Era un tanto extraño la manera de comportarnos aquella tarde; la primera vez que estuve en su casa se movía con jovilidad, de forma juguetona, riendo por pequeñas cosas. Estaba feliz y contento de tenerme allí, pero hoy era todo lo contario. Como si aquella pared que tuvimos que derrumbar meses atrás hubiese vuelto. A pesar de poder verle, de estudiar cada una de sus acciones, era como si nada hubiese cambiado en verdad; como si fuésemos dos extraños de nuevo.
¿Lo éramos acaso?
Una parte de mí gritaba que sí, la otra rogaba porque no, dejándome un dolor en el pecho el cual nunca antes había sentido.
Erik me importaba, de eso estaba segura.
Apreté más fuerte la tela sobre mis hombros, sin sorprenderme de que la temática bordada fuese persa, tratándose de figuras con aspectos característicos y colores llamativos.
Dirigiendo la vista ahora en su cuerpo delgado, estudié el antebrazo con el que mantenía la bebida, encontrándose al descubierto, habiendo sido apartado de la cárcel que solía ser su camisa. Una gran agrupación de cicatrices y marcas le manchaban la piel grisácea por los dos lados, quedando rosada en algunos lugares donde se cruzaban unas con otras. Pude contemplar las venas verdosas, y lo que eran los huesos en el interior de la carne. ¿Era así todo su cuerpo, con signos imborrables que le perseguirían para siempre?
Él no se dio cuenta de mi observación, y enseguida llevé la atención a otro lugar. Un nudo se me había formado en la garganta. Jamás en la vida había visto tales daños en el cuerpo de alguien, y me hizo dudar sobre si habrían sido causadas al nacer o por alguna persona cruel que desease dañarle.
Estaba segura de que, con una cara así, hombres y mujeres crueles se burlarían hasta herirlo.
—Entonces, supongo que tendré que contestar a tu pregunta. —Pestañeé varias veces, siendo sacada de mis pensamientos—. Sobre por qué te he traído aquí —se aclaró al verme despistada.
Asentí y deposité la taza al lado de donde había dejado la suya, esperando con impaciencia a que confesase la verdad, pues no creí que me recibiese de tan buen agrado. Había algo en mí que me avisó sobre su mal genio y sobre no molestarlo, pero lo que tenía de orgullo me obligó a seguir adelante, sin mirar atrás.
Clavó sus ojos en los míos, y mientras largaba sus palabras, estremecimientos me recorrían de arriba a abajo. El hombre por una vez no huía del tema, sino que lo enfrentaba, con la frente alta y los hombros rectos.
—Mi ira es despreciable, creo que eso lo sabes bien. —Soltó un bufido—. Estoy seguro de haberte asustado muchas veces; y no solo en referencia al otro día, sino desde que viniste aquí. —Se inclinó hacia delante, cruzando las manos—. Hace años, Christine, que no converso con otras personas. Desde que regresé a Paris mis únicos conocidos han sido Amir y Antoinette, con sus respectivos parientes. Me han ayudado en todo, pero más allá de ellos me he mantenido en el secreto, queriendo ser olvidado.
—¿Olvidado? —repetí, consciente del aura turbia que nos estaba rodeando.
—¿Crees que con esto se puede tener una vida fácil? —Soltó una carcajada, pasándose los dedos por el material blanco que le ocultaba—. Mi vida no ha sido fácil. Comprendí la dureza del mundo en cuanto crecí y adquirí conciencia.
—Algo de bondad has debido de conocer —me atreví a discutirle, lo que le hizo pensar muy brevemente.
—Por supuesto, conoces a esos que me consideran su… aliado.
Incliné el rostro a un lado, moviéndome hasta quedar pegada al brazo del sofá donde me hallaba, acercándome mucho más a él.
—¿Aliado? —Tuve que reír. Fue algo seco, sin apenas felicidad, pero relajó visiblemente el ambiente—. Creo que ellos te consideran un amigo.
—Eso sería discutible.
—Pero solo con ellos aquí. Por lo que sé, ninguno recibe demasiada ayuda de tu parte, prefiriendo mantenerte oculto. Aunque… —Tuve que recapitular cada una de las cosas que había deducido cerrando y abriendo la boca, hasta que fui capaz de hacerle saber mi descubrimiento—. ¡Amir trabaja para ti!
Erik únicamente rodó los ojos.
—¿Te lo dijo él? Ese maldito persa no es capaz de cerrar la boca, ni dependiendo su vida de…
—No —le corté enseguida—. Nadie me ha dicho nada. Todo esto lo sé sola. Guardan muy bien sus secretos, de verdad. —Aquello pareció más de su gusto, relajando la postura—. Vi al caballero salir en una ocasión de un lugar un poco extraño —entrecerré los ojos—, y dijo algunos comentarios ocurrentes…
Erik gruñó algo, moviéndose incómodo en el asiento, llegando a dejar sus pies al lado de los míos.
—Así que, ¿os conocisteis en su tierra natal? —Mis preguntas irían en aumento, querido saber todo sobre el hombre frente a mí.
—Vino a buscarme al descubrir donde trabajaba por orden de su rey. Construí un palacio para un noble ruso, y quería que hiciese lo mismo.
—Ya veo… —Era como si me estuviesen golpeando el cerebro con un hierro caliente. Erik era un erudito y cada cosa que me dejaba saber de su pasado afirmaba más ese hecho—. Pero no marchemos por los prados. Estábamos hablando sobre otras cosas. —Le indiqué que siguiera con su respuesta, habiendo quedado ya atrás.
—Claro… —Volvió a tornarse nervioso—. Mi… rostro no es algo fácil con lo que lidiar. En pocas ocasiones he sentido algo parecido a la felicidad o tranquilidad. Como si el mundo no pudiese dejarme vivir por tener algo diferente. —Crispó los dedos en la tela del sillón, quedando como garras—. Llevo mucho tiempo resignado, pero aquí pude encontrar algo de paz. Creando un mito, ayudando al trabajo del edificio, construyendo en su interior un santuario para mí del que pocos saben su paradero. —Bajó la voz, hasta quedar en un susurro acompañado por los sonidos chispeantes del fuego—. ¿Por qué debería dejar que alguien me importunase? —Me miró desde los pies a la cabeza, y tuve la reacción de erguirme—. Quizá deberías temer. Nunca he sido alguien bueno. Quizá, haya envenenado tu té, por solo ser una molestia.
Yo no tenía miedo; no caería en sus amenazas.
—Eres muy bueno mintiendo, y sin duda un hombre con un genio que produce horror. Pero eso solo marcha con aquellos que no te conocen. A pesar de lo que sientas ahora, o de lo que no quieras sentir, yo te conozco; lo suficiente para saber qué juegos son los que te gustan.
Erik rio con sequedad, dejándome ver sus dientes blancos.
—Mis advertencias ya no sirven de nada. —Volvió a reír, aflojando toda posición tensa—. Lo curioso es que tampoco me importa. Christine —pronunció mi nombre como un suspiro—, maravillosamente aprendí a confiar en ti. Por ello te revelé esto. —Hizo gestos a la preciosa sala—. Mas, lo ocurrido la otra noche…
—Sé que te fallé. —Esta vez fui yo quien se movió hacia delante, teniendo la terrible necesidad de cogerle de las manos, asegurándole con el tacto lo que decía—. No fue mi intención. Tan si quiera cavilé el por qué de tan fatídica acción. No creí nada de lo que escuché en la ópera. Tú eras una leyenda, y yo me juntaba con ella todas las noches para que me enseñase a cantar. —Otra exhalación por su parte—. Vine a buscarte para solucionarlo. Y me alegro de que me des esta oportunidad.
Estaba segura de que el llevarme de nuevo a su hogar significaba su perdón, ahora solo necesitaba alguna oración que lo confirmase.
Me miró con pesar, y la tristeza que me estuvo carcomiendo a lo largo de la semana por el horror que le produje se intensificó. ¿Cómo podía dolerme tanto herirle?
—Te traje aquí por eso mismo, para buscar una solución. Mi credulidad hacia ti no tienes límites; y eso me asusta. Las causas que me reunieron con Antoinette, con Amir… Con Darius y Omid, son muy diferentes a las que me han unido a tu destino. Ellos fueron mi salvación en momentos desesperados. Tú, sin embargo, despertaste en mí un capricho que, con el paso del tiempo y a base de prueba y error, he llegado a reconocer como una amistad.
Como si me hubiese caído un rayo, el corazón me bombeaba fuerte y temía por si podía verlo latir dentro de mi pecho. ¿Por qué aquella palabra —amistad— me ponía el vello de punta y conseguía crear un cosquilleo en mi estómago? Pero en otra parte me enfada y frustraba, como si aquello no fuese suficiente.
—Entonces —me carraspeó la voz—, seremos como antes.
Erik hizo una mueca, pero asintió enseguida.
Mordiéndome los labios y creciéndome un calor sofocante en el rostro, estiré el brazo para llegar a colocarlo frente a él. Entendió mi gesto, y con una prisa inverosímil colocó su palma contra la mía. Era como si en el caso de que se retrasase, fuese a apartarme. Lo que él no sabía era que, si Dios quería, estaría siempre a su lado.
El tacto contra su piel era extraño, suave pero áspero en algunos lugares; su mano ocultaba la mía, pero me atreví a cruzar los dedos, agarrándolos lo mejor que pude.
—Gracias. —Le dediqué un pequeño guiño. Él, si mi vista no me fallaba, tenía las orejar coloradas, y en sus ojos podía notar algo parecido a una incomodidad creada por la vergüenza. No obstante, otra cosa me llamó mucho más la atención—. Estas helado.
Como si hubiese descubierto su más terrible de los pecados se apartó de mí, guardándose las manos bajo los muslos, al igual que un niño pequeño.
—Lo siento —murmuró con voz queda.
Lo miré con el ceño fruncido. No era la primera vez que me sorprendía por su temperatura, pero aquí, en el hermoso salón, había un calor delicioso.
Obteniendo de nuevo el valor necesario que me hacía falta, me propuse hacerle el último interrogatorio. Uno que sabía con certeza que no sería fácil.
—Erik —le llamé para que me mirase—, quiero preguntarte algo más, y entendería que me dijeses no, y lo respetaría, por supuesto. Es sobre… tu cara; la máscara. —Comenzaba a odiar esa palabra. Esa dichosa prenda era la que le obligaba a ser así. Con ella era el Fantasma.
—Christine —comenzó asustado, llevando las manos ahora al frente—, debes de tener cuidado; esto, es complicado para mí. Prefiero ignorarlo.
—Entiendo. —Y a pesar de decirlo enserio me dolía el que no dejase templar mi curiosidad.
Debió saber eso mismo, puesto que tras un silencio donde sus respiraciones se precipitaron y estuvo quieto, estático, como si perteneciese a un cuadro, solo sus labios adquirieron movimiento para contestarme:
—Si… si eres cuidadosa…. —Se recobró enseguida, mostrándose de nuevo con una falsa apacibilidad—. Sé cuidadosa y podré responderte.
Estudié de nuevo sus extremidades, siendo apretadas, torcidas, sujetas con fiereza por su dueño. Sin apenas pestañear las agarré de nuevo, sintiéndolas temblar.
El hombre tragó de forma fuerte, teniendo que apiadarme de su situación.
—Puedes negarte en cualquier momento. No voy a correr, huir, solo por lo que me digas. He visto partes terribles de ti, Erik. Costará mucho que me vuelvas a asustar.
Creó un agarre sobre mí, dejándome las manos frías, quedando dentro de las suyas.
—Veremos entonces. Nunca he hablado con nadie sobre esto. Y no sé si quiera por qué lo hago ahora. Solo trae pesar.
—A mi no me ha traído ninguno.
—¿Quieres que te recuerde lo que ocurrió hace una semana? —se burló con ironía, pero no le di importancia.
—Quiero pensar que fue imprudente, como si le hubiese arrancado la camisa a cualquier otro hombre. —Hice un puchero—. Muy descortés por mi parte.
—Ja.
—Pero ahora es diferente. Dime… —Rebusqué en cada esquina de mi mente las mejores cuestiones, no queriendo hablar demasiadas, pero que pudiese aplacarme durante mucho tiempo. Al menos hasta que estuviésemos dispuestos a volver a discutirlo—. Tú rostro, ¿fue un accidente?
—Mi madre diría eso. —Rio con crueldad—. Pero no, nací así.
Eso sí que era una desgracia, y el comentario de su madre me había dejado muchas preguntas más.
—¿Puedo saber cómo se ve? —Crispó los dedos—. No me refiero a verlo. No si no deseas mostrarte. Una descripción. —Solté el aliento—.Tal vez te parezca morboso, pero hay tantos dichos en la ópera que…
—No sabes cuál creer, ¿verdad? —Estaba enfadado—. Y, en el caso de que se te pase por esa linda cabeza tuya, no creas que me verás. Jamás. He tenido los suficientes gritos a lo largo de mi vida, no quisiera escuchar los tuyos.
—¿Por qué iba a hacer tal cosa? —Me sentía ofendida—. ¿Tan poca fe tienes en mí?
—Es Erik quien no tiene esa fe de la que hablas —dijo mientras acercaba la cara a la mía, encontrándose casi fuera del sillón.
—Erik… —murmuré. Me era tan extraño escucharle hablar en tercera persona… ¿Se daría cuenta? No parecía ser así—. Entonces dime.
Arrugando los labios, comenzó su descripción con la voz reseca:
—Al igual que un muerto, Christine. Uno que mira, y siente, y padece. Del que todo el mundo huye. No hay nariz, ¿lo sabías? La piel se tuerce, arruga y aplasta en lo que se supone que es su rostro. Los ojos como el fuego del infierno. He escuchado a hombres decir que, mirándolos con la suficiente intensidad, aparecería en ellos sus muertes. Una pena que con Erik no sirva, pues aunque no sea capaz de mirar su cara, observa sus ojos, deseando que sea cierto lo que dicen los rumores.
—Pero ese rostro, es el tuyo. Y esas cosas no son reales. He visto tu mirada, y veo en los resquicios partes de tu alma; nada más. —Quedó paralizado, como si acabase de abofetearle—. No te tengo miedo, Erik. Confío en ti.
Se dejó caer contra el respaldo, sin llegar a soltarse de mí, como si fuese la única cosas que le mantuviese aún cuerdo, a pesar de todo lo que pudiese estar sintiendo.
—Sí Christine, esta es mi maldición….
Y pensé que, quizá, al igual que había hecho el resto de sus conocidos, yo podría ser también su salvación.
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Uff, uff… La relación va cada vez mejor, ¡pero a un paso muy lento! Y es que no podemos esperar otra cosa por parte de Erik.
He amado este capítulo, de verdad. Me echo rosas sobre mí misma, pero me encanta lo bien que escribí la parte en la que Erik se sincera.
Un besazo y hasta el próximo capítulo!
