El gran día
El 31 de diciembre a unos cuantos minutos de medianoche Sabrina Lingwood en compañía de Allen y los padres de este, abordaban el tren de New York a Chicago, los ánimos en el tren eran totalmente festivos, por los vagones de primera clase las botellas de champaña eran servidas por los meseros que también se miraban alegres, pero esa alegría por festejar la inminente llegada del año nuevo se esparcía no solo en los vagones de primera clase, sino que en el resto del tren, los pasajeros reían y tomaban si bien no champaña, sidra o alguna bebida para brindar en cuanto el reloj diera las doce y el tren silbará anunciando su partida.
Las caras de todos eran de total alegría, a excepción de Sabrina que mantenía la misma cara de preocupación que no la había dejado desde que había salido del metropolitano hacía un poco más de una hora y miraba en busca de la figura de Terry por la ventanilla del vagón privado en el que los condes, su hijo con su nana y Allen acababan de destapar una botella y la servían en copas.
Sin embargo los minutos transcurrían y Terry no aparecía. Sabrina no podía evitar sentirse enojada, tan concentrada estaba la muchacha mirando por la ventana que tuvo un gran sobresalto cuando se escuchó el grito de alegría que dieron el vagón. El año nuevo había llegado, el tren sonó su silbato, de reojo mientras la abrazaba la condesa de Amhlaid alcanzó a ver a Terry que corría entre la multitud tratando de llegar hacía alguna de las puertas del tren. La muchacha tuvo la primera intención de salir para ayudarlo, pero entonces Allen se acercó a ella y le dio un fugaz beso mientras sus padres se felicitaban, el muchacho todavía no hablaba con sus padres sobre el tipo de relación que sostenía con Sabrina, y creía poco prudente que se enteraran el día de la boda de su tío, así que después del pequeño beso, la abrazó como no queriendo soltarla. Al mismo tiempo que notaba como el tren comenzaba a moverse.
Entretanto en la estación uno de los guardias alegaba con Terry.
- Lo siento señor, pero el tren ya esta en marcha, no puedo dejarlo subir.
- Necesito subir a ese tren – apuntó Terry – no me importa, no me pasará nada...
- Si me dieran un dólar por cada vez que alguien me dice eso, ya sería rico en este momento – respondió testarudamente el guardia – le sugiero que tome el siguiente tren.
- Pero sale hasta dentro de dos horas – exclamó indignado el muchacho.
- Señor, mejor hubiera tomado precauciones, el tren no se detiene por nadie, eso ya debería saberlo.
- Terry miraba con angustia como el tren estaba a punto de dejar la estación, mientras que el guardia le impedía correr para saltar dentro de él.
- Vaya a la taquilla para cambiar su boleto – le dijo el hombre.
Terry no dijo nada, simplemente caminó muy enojado hasta la taquilla, el guardia por su parte, soltó un resoplido, era una penosa tarea, pero él sabía que todo era por la seguridad de las personas, ya le había tocado en dos ocasiones ver como el tren arrollaba a quienes habían tratado de alcanzar el tren ya estando en marcha. Sin embargo para Terry su comportamiento había resultado decepcionante. "Cabeza hueca" mascullaba al tiempo que se dirigía a la taquilla.
- ¿Un cambio? – dijo la chica que atendía la taquilla
- Si, un cambio – espetó el muchacho de mala gana.
- Lo siento... – respondió – pero todos los boletos del siguiente tren están vendidos...
- Acabo de perder un tren debido al que guardia no me dejó subir... – dijo muy enojado Terry-
- Él solo sigue órdenes – mencionó la muchacha.
- No me importa... y ahora vengo a cambiar el boleto para el siguiente tren y me dice que esta todo vendido...
- Es la fecha – se disculpó la chica – todo mundo quiere estar con su familia.
- Esto es de vital importancia – manifestó el joven Grandchester – necesito estar en Chicago lo más pronto posible...
- Lo siento señor, en verdad no hay nada que pueda hacer, si gusta esperar es posible que haya una cancelación.
- Si no queda más remedio... – dijo enojado.
Tomó su maleta y entró a la sala de espera de primera clase, Terry estaba acostumbrado a ellas, siempre eran confortables y había meseros que le servían café o vino, sin embargo sobre todas esas atenciones lo que más le gustaba era que allí podía estar a salvo de reporteros, de hecho temía que alguno lo hubiera visto en la carrera desenfrenada que había tomado después de que Sabrina saliera del camerino.
Le había costado mucho decidirse y ahora lo lamentaba. Se había quedado algunos minutos en el camerino, hasta que el conserje lo había regañado por estar allí cuando todos se habían retirado.
Terry había salido del teatro y se había dirigido al hotel, siguiendo la misma ruta que había tomado. Cuando llegó a la recepción, le habían dado un sobre.
- Se lo han dejado hace rato – le había dicho el recepcionista.
El muchacho había recibido el sobre, aunque le había sido imposible saber de quien venía ya que no llevaba ningún remitente. Había subido a su habitación, había ordenado la cena y había esperado a que se la llevaran, no había querido que lo interrumpieran mientras leía, una vez que le hubieron llevado había decidido abrir el sobre.
Dentro del mismo solo había una nota que decía "Por si tienes el coraje" junto a un boleto de tren. Terry aunque no había visto firma alguna sabía quien era el autor de la nota, o mejor dicho autora, en un momento le había indignado algo ver esa nota. Pero después había echado un vistazo al boleto.
- ¿¡Medianoche!? – había exclamado.
Después había mirado su reloj, ya pasaban de las once de la noche. Había corrido por la habitación metiendo todo lo que había sacado de su maleta. Al querer meter un saco, un objeto plateado había salido volando hacía el piso. Terry se había detenido un momento para levantarlo del suelo, lo que había caído era la armónica que años atrás le había dado Candy.
Terry la había tomado en su mano y la había colocado después en el bolsillo de su gabardina. Que era con lo que en ese momento oscilaba entre sus manos que eran presas de los nervios. No le había servido de nada correr, el tiempo que había perdido al tratar de burlar a los reporteros había sido perjudicial.
Ya llevaba más de media hora esperando, el frío afuera de la sala parecía estar aumentando, y cada minuto que pasaba se sentía más tonto por haber caído en el reto que le había hecho Sabrina. Estaba allí sentado y no sabía por cuanto tiempo estaría allí, ignoraba si alguien iba a cancelar o si iba a haber lugar, así que bien podría ser todo eso una enorme perdida de tiempo.
Mientras tanto Sabrina recluida en su apartado donde la cama lucía especialmente tentadora, se encontraba parada, algo nerviosa, No había visto a Terry, lo que indicaba que no había logrado abordarlo. Sin embargo la mayor parte de su nerviosismo no surgía de eso sino de que durante la cena había empezado sentirse culpable, ¿qué pasaría si Terry llegaba a media boda y la interrumpía? ¿Qué diría Allen si supiera que ella era la causante de que eso ocurriera? Pero por otra parte siempre había creído en el amor verdadero, ella había roto todas las reglas para casarse con Daniel, claro que había pagado caro las consecuencias, sin embargo seguía creyendo en que los que se aman deben de estar juntos... ¿pero era realmente a Terry quien Candy quería?
Su cabeza comenzaba a dar vueltas, así que decidió tratar de dormir un poco, porque de lo contrarió no dejaría de pensar en lo mismo, así que se recostó en la cama y eventualmente se quedó dormida.
Entretanto en New York el reloj estaba a punto de dar las dos de la mañana, Terry no se sentía cansado, había tomado una larga siesta esa tarde, esto había sido porque abrumado por la insistencia de los reporteros había tenido que esperar en su habitación, y definitivamente la mejor forma de esperar era durmiendo, ahora agradecía un poco, así que estaba atento a cualquier llamada por parte de la chica de la taquilla, y ahora rogaba a Dios a que alguien cancelara su boleto para poder tomar su lugar.
Miraba por la ventana donde un ligero vaho se había ido acumulando, el clima afuera era cada vez más extremoso, y en cierta medida el muchacho se sentía agradecido por estar allí en la sala donde la atmósfera era bastante agradable. Ensimismado en sus pensamientos no se percató de que alguien estaba parado junto a él.
- Mira, mira, el ex actor más famoso de New York esta aquí – dijo una voz femenina que lo sobresaltó.
- Karen Kleiss – exclamó Terry un tanto sorprendido.
- La misma que viste y calza – dijo con esa coquetería natural que estaba inmersa en su persona.
- ¡Vaya!, Digo, no esperaba encontrarte aquí...
- Si hablamos de sorprendidos yo diría que estoy más sorprendida que tú. Te desapareciste de la faz de la tierra y de repente te encuentro aquí...
- No me desaparecí – aclaró el muchacho – simplemente me mude de ciudad...
- Eso era algo que nadie esperaba, en fin... ¿Qué haces aquí?
- Espero el tren. – respondió
- Eso, Terry, es evidente... quiero decir ¿a dónde vas?
El muchacho la miró un poco indeciso, Karen era el tipo de chica que lo exasperaba, demasiado entrometida, conocía muy bien que cuando quería vengarse de alguien acudía a la prensa y les daba algún chisme con lujo de detalles. Karen a pesar de la cara angelical era de temerse, Terry estaba seguro de que angelical solo tenía la cara porque por dentro podría portarse peor que el mismo diablo. Su silencio se prolongaba y entonces Karen alzó una ceja algo enojada.
- ¿Qué pasa Grandchester? ¿Te comieron la lengua los ratones?
- No, no es eso... – se apresuró a decir.
- ¿Entonces?
- No se, es que algo complicado.
Al decir eso, sonó una alarma que anunciaba que el tren de las dos de la mañana estaba por salir.
- Pues dímelo – le ordenó la muchacha – que mi tren sale en 15 minutos.
Terry iba a negar con la cabeza, pero las noticias que había recibido en las últimas horas hacían remolinos en su cabeza, tenía que sacarlo de alguna forma. Así que en menos de diez minutos ya había explicado que iba a Chicago a tratar de recuperar a Candy en el día de su boda con otro.
- ¡Oh esto es emocionantísimo! – exclamó Karen – amores separados y con peligro de que sea para siempre...
- ¿Podrías no hacer de esto una obra de teatro? – le rogó Terry.
- ¡Vamos! No puede dejar de ver que tiene algo de shakesperiano esta situación.
- Si, bueno, pero lo más probable es que ni siquiera alcance a llegar a tiempo...
Terry mostraba una cara de agotamiento, no obstante en respuesta de la cara agobiada del muchacho, Karen dibujaba una enorme sonrisa en el rostro. Esto enojó un poco a Terry.
- Mira, tal vez te resulte todo esto gracioso, pero al menos te podrías esperar a que no te viera para que te burles a gusto de mi.
- No pretendo burlarme – dijo ella sonriendo.
- ¿Entonces?
- Que los hados han respondido a tu plegaría.
- Podrías ser un poco más clara – le pidió Terry.
- Pues resulta que yo tengo un boleto para ir a Chicago.
- ¿Vas a Chicago? – inquirió extrañado el muchacho.
- Querrás decir... iba a Chicago, ansiaba quitarme de encima este odioso viaje iba a visitar a casa de un doctor amigo de un tío mío, mi tío cree que allá podré comportarme como una dama... en fin, no quería ir, y estaba buscando alguna excusa, y mira te encuentro en necesidad de ese boleto... Toma
- Y Karen alargó el boleto hasta que quedó al lado de la cara de Terry.
- ¿Hablas en serio? – preguntó con un dejó de emoción.
- Claro, yo seré en esta historia como la heroína... te doy mi boleto para que recuperes el amor de tu vida...
- Gra... Gracias Karen – balbuceó el muchacho.
- En lugar de agradecerme ve y toma tu lugar que podría pasarte lo de hace dos horas, así que corre.
Terry no esperó a que Karen le volvería a decir, sujetó su maleta y comenzó a correr hacía el tren que estaba anunciando que los motores se pondrían en marcha. El joven Grandchester apartó a todos aquellos que se arremolinaban a su alrededor y alcanzó a entrar antes de que cerraran las puertas de acceso al tren. Con una amplia sonrisa de satisfacción escuchó el silbato que indicaba que los motores estaban en marcha y el tren avanzaba los primeros metros hacía Chicago.
A las seis de la mañana, en la mansión Brown, Johana acababa de despertar a Candy, ella había abierto los ojos y después de dar la vuelta en la cama había vuelto a dormir. A eso de las seis y media había regresado y se había enojado al ver que Candy se había vuelto a dormir.
- Johana, solo un poco más – había suplicado Candy
- Señorita Candy, no puedo dejarla – refutó la muchacha – se casa en unas horas y hay muchos pendientes.
- Tengo sueño – dijo un poco adormilada – ayer llegué tarde.
Johana apretó los labios pero no dijo más y se dirigió al baño para prepararlo. Candy alcanzó a escuchar el agua que estaba llenando la bañera y sabía que no podía resistirse más y tenía que levantarse. Cuando por fin logró mantener los ojos abiertos lo primero que vio fue el vestido de novia y sintió que el corazón se le iba a salir de lo rápido que comenzó a latir. Era algo extraño, muchas veces había pensado en el día de su boda, ahora que lo empezaba a vivir sentía que todo era algo irreal, como si no fuera ella la que lo estuviera viviendo, no obstante no pudo evitar sonreír. En tan solo unas pocas horas se convertiría en la esposa del hombre que amaba.
Johanna volvió a salir del cuarto de bañó y miró duramente a Candy, ella sonrió y decidió no entretenerse más y caminar hacía el cuarto de baño.
Entretanto, camino a Chicago, el tren donde Sabrina viajaba acababa de detenerse en una estación. Sabrina se despertó por el ruido de las puertas al abrirse. El vagón de primera clase en el que viajaba se dividía en tres pequeñas cabinas y la sala comedor privada. Ella estaba en una de las cabinas donde la no tan confortable cama aunada a sus preocupaciones no le habían permitido descansar.
- ¿Dónde estaremos? – se preguntó
Miró el reloj que había sido de su esposo el cual conservaba con mucho cariño y esperaba dárselo algún día a su pequeño, y que solo cuando viajaba llevaba consigo. El reloj de plata de bolsillo marcaba las 7 de la mañana, ya habían recorrido más de la mitad del camino. La nieve allí parecía estar cayendo con todas sus fuerzas... una tormenta de nieve comenzaba a azotar aquella región. Sabrina miró por la ventana y después la cerró. El desayuno lo servirían en una hora más así que decidió recostarse otro rato antes de vestirse para salir.
Mientras que en la mansión Andley, la cual rebosaba de invitados, parecía un tanto desierta, la fiesta de año nuevo se había prolongado hasta altas horas de la madrugada, había invitados que prácticamente se acababan de ir a la cama, no obstante no era el caso de Albert quien firmaba cartas y revisaba contratos de compra venta al mismo tiempo que tomaba a sorbos el caliente café que estaba en una taza y que sonaba al chocar con el plato de porcelana donde la dejaba cada vez.
Se había despertado muy temprano, sabía que se iría por casi un mes después de la boda y quería dejar la menor cantidad de pendientes. La nieve había comenzado a caer con más fuerza en esa última hora, pero él estaba muy confortable en su oficina donde en la chimenea ardía un buen fuego. Albert estaba releyendo un contrato cuando abrieron la puerta y levantó la cabeza para ver de quien se trataba.
- ¡George! – exclamó Albert
- William, ¿qué haces tan temprano aquí?
- Necesitaba verificar unos datos antes de firmar el contrato de Wilson y Wilson.
- Deberías estar dormido – le reprendió
- ¿Y perderme los únicos momentos de tranquilidad del día? – mencionó con un dejó de ironía.
- No te han dejado tranquilo ¿verdad?
- Los problemas económicos parecen haberse extendido por todo el país y yo...
- ¿No estarás preocupado? – inquirió la mano derecha de Albert.
- No realmente, se que se avecinan tiempos malos, pero creo que tenemos muy buenos consejeros.
- No podrás seguir ayudando a toda la familia... ¿sabes eso?
- Si, lo se, y eso en parte me molesta, pero creo que ellos deberían empezar a ser más cuidadosos con sus inversiones.
- Eso es lo que siempre les he dicho, la señora Andley casi siempre les negaba ayuda... – apuntó George
- Si, pero yo no puedo hacer lo mismo... – refutó el joven Andley.
- Es loable tu actitud, tomando en cuenta de que no conoces más que por nombre a más de la mitad de la gente que viene a pedirte ayuda.
- Si, pero tampoco puedo desoírlos, creo que en mi posición no puedo darme el lujo de echarlos sin alguna esperanza...
- Pero para algo tienes a tus consejeros, y según creo ellos te lo han advertido ya.
- El muchacho suspiró con melancolía.
- Lo se, y eso me abruma, saber que no voy a poder seguir ayudándolos... Al menos no de la manera en como ellos desean.
- A veces se te olvida que en los negocios nada es personal...
- Si y los Andley... se han especializado en eso toda su larga historia. – apuntó el muchacho.
- Has hecho muchas cosas buenas desde que tomaste las riendas de las compañías, la gente que antes se burlaba ahora te admira.
- No es que se burlaran de mi, pensaban que era muy joven para hacerme cargo de todo esto...
- ¿Y como te has sentido?
- Pues realmente si hay que trabajar mucho para que no decaiga...
- ¿Para que no decaiga? – preguntó George al tiempo que alzaba una ceja – has obtenido más utilidades que el resto...
- Si, pero eso ha sido porque he olvidado esa simple regla... siempre me colocó en los zapatos de las demás personas, trató de pensar en lo que significaría para ellos cerrar una empresa o comprarles a un precio ínfimo lo que tanto trabajo les costó construir, siempre trató de que sea la última alternativa, el...
- Debe de haber otra manera – concluyó la frase George – todos conocemos tu lema... pero debes de ser cuidadoso... la gente ha empezado a ganar confianza contigo, hay quienes piensan que eres muy blando y que podrían...
- Cometer un fraude conmigo – agregó Albert sonriendo con indulgencia.
- William por favor no tomes mis palabras a broma.
- Jamás haría algo semejante – dijo Albert – Se lo que la gente piensa de mi, se que dicen que he cometido muchos errores, pero para mi todo es muy claro, de nada sirve tener riquezas si no las compartes.
- Sabemos perfectamente quien fue la que te metió esas ideas a la cabeza…
- Si, y tienes razón – dijo sonriendo – Candy siempre dice eso… y ¿sabes? Creo que es muy acertado su pensamiento.
- George consultó su reloj y después miró a Albert.
- Y hablando de Candy, ¿Es que acaso no te casas en unas horas?
- Si…
- William, no deberías estar trabajando, deberías estar descansando como el resto… hoy es un día muy importante…
- Pero…
- ¿Es que acaso no piensas que podemos terminar perfectamente el trabajo?
- Yo – balbuceó Albert.
- Deja esto… vete a descansar y no recibas a nadie el día de hoy, tienen que entender que hoy es tu boda.
Albert miró a George, tratando de objetar a sus palabras, pero George tenía la típica mirada que utilizaba cada vez que ordenaba algo que debía de cumplirse de inmediato. Albert sonrió, dejó los papeles sobre el escritorio y salió del despacho, para ir a refugiarse a su habitación antes de que lo interceptaran por los pasillos.
Mientras tanto en la mansión de los Brown Candy había bajado a desayunar, aunque estaba utilizando una bata porque acababa de terminar de tomar el baño y estaba esperando a que Johana terminara de darle brillo a la tiara de diamantes y perlas que habían pertenecido a la abuela de Charlene, que formarían parte del aderezo que utilizaría Candy en el cabello como adorno; el reloj de la sala había dejado escuchar las campanadas, el tiempo había pasado rápidamente, Charlene esperaba a su hija con impaciencia.
- Candy que bueno que bajaste – le dijo en cuanto la vio.
- ¿Ocurre algo?
- La tía Elroy mandó decir que el fotógrafo llegaría a las diez, así que tienes que estar arreglada para esa hora.
- ¡¡A las diez!! – exclamó Candy un tanto alarmada – Pero ya son las ocho de la mañana.
- Si, por eso le pedí a Johana que te despertará temprano.
- Es que la tía Elroy pretende que este día se convierta en una pesadilla.
- Ayer me lo comentó pero no quería abrumarte, y pues yo creo que si estarás a tiempo, solo no te tomes tanto tiempo para desayunar.
Candy apretó un poco los labios, y miró con cierta envidia a Christopher que tomaba con mucha tranquilidad una tostada y comenzaba a untarla con mantequilla mientras decidía que más se serviría. Candy se sentó a la mesa y comenzó a comer lo más deprisa que podía.
Alrededor de las diez de la mañana ya muy cerca de Chicago el tren donde viajaba Sabrina había acelerado.
- Dijeron que se avecina una tormenta de nieve, y que necesitamos pasar este paraje porque de otra manera podríamos quedarnos detenidos – le informó Allen a Sabrina.
- ¿Qué quieres decir? – le preguntó la muchacha.
- Pues que la nieve se comienza a acumular y dificulta el paso de los trenes.
Sabrina dibujó una expresión de preocupación en su cara.
- No te preocupes, según lo que me dijo el encargado fue que estamos a muy buen tiempo de evitar eso.
- ¿Y los trenes que vienen después? – preguntó fingiendo poca importancia.
- Eso, realmente no lo se – comentó Allen, mirando extrañado a Sabrina - ¿Por qué lo preguntas?
- Por nada, no me hagas caso – se apresuró a decir la muchacha.
El joven Amhlaid tomó un sorbo de la taza de café que le acaba de servir el mesero y bajó la mirada. Sabía que algo sucedía y le molestaba que Sabrina no confiara en él.
- Ya quiero llegar – mencionó Sabrina.
- Si yo también – apuntó Allen mirando como la nieve caía con fuerza.
Unos minutos después no muy lejos de allí. Candy se miraba en el espejo ataviada ya con su vestido de novia, ya se lo había probado anteriormente, pero en ese momento el aderezo de joyas adornaban su cuello y sus brazos, el peinado estilizaba su cuello y la emoción iluminaba sus ojos.
Era extraño, o al menos así lo pensaba Candy, durante muchos años de su vida había vestido de blanco, el uniforme de enfermera siempre le había parecido algo similar a un vestido de novia, sin embargo en ese momento pensaba que no podía existir otro vestido que la hiciera sentir tan querida, tan emocionada, tan especial como el que lucía en esos momentos.
- Candy – sonó la voz de su madre desde el otro lado de la puerta.
Al escuchar su nombre, Candy despertó de sus pensamientos y se sonrojó un poco, lo que la hacía verse aún más bella de lo que ya se miraba. Sin hacer esperar más a su madre, levantó un poco el vestido para no arrastrarlo, nunca se había preocupado tanto por no ensuciar un vestido de la manera en como lo estaba haciendo.
Cuando salió de la habitación, una exclamación salió de la boca de Charlene quien comenzó a llorar.
- Aunque era mi sueño más deseado, jamás pensé que sería realidad el día en que yo estuviera con mi hija a la que tanto busque, tenerla a mi lado de nuevo en este día, así vestida de novia. – las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos y Candy la abrazó.
- Me sucedía lo mismo, estar con la madre a la que durante tanto tiempo añoré a mi lado en este día tan importante… es mejor que cualquier sueño que pude haber tenido
- No quiero arruinar tu arreglo, mejor te dejo ir ya que el fotógrafo esta abajo y se mira algo molesto – le dijo al tiempo que le alisaba el vestido a su hija – te ves preciosa.
- Gracias – dijo Candy mientras bajaba la escalera.
Desde el rellano de la escalera Candy alcanzaba a ver al fotógrafo que no le era desconocido, hacía unos años le había tomado unas fotos, una de ellas era la que adornaba una de las paredes del despacho de Albert, donde ambos se veían muy felices. Sin embargo sabía que era muy estricto en cuanto se refería a su trabajo, se tomaba muy en serio la fotografía y se molestaba cuando no seguían sus instrucciones. La muchacha caminó hasta la sala donde estaba preparando ya la cámara.
- Buenos días – saludó Candy
- Buenas tardes ¿no? – contestó algo molesto
- Lo siento me estaba arreglando…
- Está bien – le cortó el señor – pasa del lado del jardín…
- Pero esta nevando – exclamó Candy.
El fotógrafo alzó las cejas y cruzó los brazos. Candy al verlo sonrió y comenzó a dirigirse hacía el jardín, al lado de una de las fuentes que estaba congelada y que apenas dejaba notar el rosado del mármol del que estaba hecha. Candy con cuidado recogió las faldas y se acomodó al lado, ella se encontraba un poco disgustada, los zapatos de raso no tardarían en mojarse y ella estaba haciendo hasta lo imposible para que su vestido no rozara con la nieve.
- Sonríe – le ordenó el fotógrafo.
Sin embargo para la muchacha estaba resultando difícil hacerlo.
- ¿Qué ocurre? – espetó el hombre.
- No quiero que se estropee el vestido – contestó Candy.
- Esto es arte – dijo él muy convencido – no nos fijamos en vestidos… si se moja lo secaremos más adelante… déjalo caer… se ve muy desagradable que lo tengas sostenido en alto para que no toque el piso.
Candy pensó que aquello arruinaría su vestido, pero tampoco quería que el recuerdo permanente de ese día, solo le recordara a todos lo preocupada que estaba por su vestido. Con un dejo de insolencia, dejó caer las faldas y sus mejillas se sonrojaron un poco. El fotógrafo comenzó a tomar fotos en distintas posiciones. Candy estaba muy concentrada mirando hacía la lente de la cámara, que no se dio cuenta de un espectador del show que estaban armando. Anthony, quien había tenido que quedarse en casa de su padre porque en la mansión Andley habían requerido de todas las habitaciones posibles, estaba en ese momento desde el pasillo que conectaba a la sala del comedor mirando a Candy.
Nunca le había parecido más hermosa, Candy quien sufría al ver que su vestido se mojaba a causa de la nieve no sabía que causaba un verdadero cuadro digno de captar, la nieve parecía oscura a su lado, ella brillaba en medio de la blancura, su vestido se miraba hermoso rodeado de la nieve los rizos que rebeldes se habían escapado del moño en el que se había esmerado Johana, le daban un toque de frescura del que parecía no estar consciente su dueña, sus ojos titilaban y me miraban más verdes de lo que jamás había visto el muchacho. Sin embargo ese toque de admiración vino acompañado de ese tan conocido dolor.
Si, no sabía mucho de su vida pasada, esta forjándose una nueva, pero siempre había albergado la esperanza de hacerlo al lado de esa linda muchacha que se le había metido hasta lo más profundo de su corazón. Ahora estaba consciente de que eso no pasaría nunca. La observaba en el día de su boda. De la boda con el tío que le había ayudado tanto. Y sentía cierto remordimiento por tan siquiera haberla visto con otros ojos que como la prometida de su querido tío. Anthony quiso gritarle lo mucho que le dolía verla a punto de casarse con otro, y de decirle lo mucho que sentía en su corazón. Pero seguía siendo un caballero y en el fondo aunque él no lo recordará seguía siendo el muchacho noble que siempre haría lo que hiciera feliz a Candy. Y en ese momento él consideraba que él sin su memoria no era la mejor opción para la muchacha, y que su tío era un hombre bondadoso que era merecedor de alguien como Candy.
No podía hablar, sus labios parecían estar pegados, pero internamente le deseo toda la felicidad del mundo, aunque aún no sabía si podría estar presente mientras ella enlazaba su vida con alguien que no era él. Sin querer hacer más escándalo de sus pensamientos, dio una última mirada a la novia en medio de la nieve y salió de la mansión para tratar de encontrar algo de sosiego en su alma.
Entre tanto Terry deambulaba como león enjaulado por la cabina de primera clase que había reservado Karen, sentía que cada minuto que pasaba era un minuto que se alejaba de poder ver a Candy. Por la ventanilla se veía como la tormenta de nieve iba en aumento, las frías ráfagas de viento azotaban las ventanillas, la calefacción estaba encendida desde hacía ya varias horas, y el cielo que debería estar ya iluminado por el sol, estaba muy negro y la nieve no cesaba de caer.
- ¿Cuánto falta para que lleguemos a Chicago? – le había preguntado por enésima vez al mesero que había llevado té y pastas hacía menos de media hora.
El mesero lo había mirado con exasperación, estaba ansiando no tener que entrar de nuevo para escuchar la misma pregunta, pero Terry le estaba mandando llamar cada 15 minutos aproximadamente. Nunca había tenido tanta necesidad de fumar, pero no quería hacerlo, no quería hacerlo por ella, la iba a ver, tenía que verla, aunque fuera unos minutos, tenía que decirle lo mucho que la amaba, lo mucho que la necesitaba a su lado… No, era impensable tan siquiera fumar un cigarro. Pero sus manos estaban intranquilas, ya había destrozado el periódico que había comprado antes de salir de New York, los pedazos estaba sobre una de las mesillas, y él había reanudado su caminata incansable por el vagón.
Pero allí dentro sentía que se ahogaba, así que decidió salir por los pasillos, donde todos cuanto lo veían no podían sino sentir la misma angustia que reflejaba su rostro. Mientras caminaba sintió que el tren disminuía su carrera.
- Hay deslaves – alcanzó a escuchar a uno de los meseros.
- ¡Que mala suerte! – comentó una de las doncellas de servicio con quien platicaba el muchacho – tardaremos unas horas en llegar ¿no es así?
- Si, lamento que te haya tocado en tu primer viaje, es cuando peor se ponen los pasajeros – aseveró el mesero – llegan a ponerse insoportables.
- ¿Se les va a avisar?
- Tratamos de mantener la calma hasta que se den cuenta, no hay porque apresurar las malas noticias ¿no?
La muchacha sonrió pero Terry se había puesto lívido, ¿Qué significaba eso? ¿Es que acaso el destino se estaba poniendo en su contra?, con desesperación golpeó la pared del pasillo, de repente del vagón donde había golpeado salió un hombre de edad avanzada que usaba unos gruesos lentes y el muchacho se sonrojó, se le había olvidado que detrás de las delgadas paredes había pasajeros.
- Di… disculpe – balbuceó Terry.
- Pasa – le dijo el hombre.
- No fue mi intención, no quería disturbarlo – se excusó Terry mientras pasaba al vagón que era tan amplio como el propio.
- Siéntate – le ordenó el hombre calmadamente.
Terry no se atrevió a desobedecerlo, estaba inmerso en un remolino de emociones, el hombre lo miró y sonrió.
- ¿Por qué un muchacho como tú esta tan enojado? – preguntó
El primer instinto de Terry fue gritarle "¡Que le importa!" pero no creyó que fuera algo prudente después de haber golpeado a su pared.
- Necesito llegar a Chicago lo antes posible – dijo con desesperación.
- Chicago, ¿Qué hay tan importante allí? – inquirió el hombre.
- Yo… - susurró Terry.
Nunca había sido muy bueno expresando sus sentimientos, y ahora un extraño le pedía que se los dijera. Pero el hombre pareció notarlo en su cara.
- Crees que no es de mi incumbencia ¿verdad? – mencionó más que preguntar – pero, quizá pueda ayudarte, y no lo sabrás a menos que me lo digas.
- Nadie puede ayudarme – espetó Terry.
- ¡Vaya! – dijo calmadamente el hombre de lentes – es una fuerte aseveración ¿no lo crees?
Terry lo miró extrañado ¿pero quien se creía que era?
- Los jóvenes piensan que solo ellos tienen la razón y que nosotros por ser viejos no los entendemos… Sin embargo se les olvida que ya hemos pasado por donde están pasando y que por ese motivo podemos tener respuestas aun para los problemas que creen no tienen solución
El joven frunció un poco el entrecejo y el hombre lo miró satisfecho.
- Entonces ¿Qué ocurre?
- Acabo de escuchar que hay deslaves en el camino y que vamos a tardar horas para llegar a Chicago…
- Y eso te afecta ¿Por qué? – preguntó haciendo una pausa
- Porque necesito estar en Chicago para el medio día.
- ¡Una hora y media! – dijo el hombre después de consultar su reloj – no es mucho tiempo...
- Como ve, nadie puede ayudarme.
- Oh, yo no dije eso – señaló el anciano.
- ¿puede ayudarme? – inquirió Terry al tiempo que soltaba una risa que denotaba incredulidad.
El viejo sonrió y Terry comenzó a molestarse, ¿Es que acaso se burlaba de él? ¿Qué significaba esa risa?
- ¡¡Próxima parada Heights!! – anunció por los pasillos el boletero.
- Terry resopló enojado. ¿Heights? A él que le importaba ese pueblo, el quería llegar a Chicago, en menos de diez minutos habían llegado a la estación del pueblo, donde el clima no era más benevolente que en el camino, la nieve caía incesantemente. Durante ese tiempo Terry había estado tomando una taza de te que el anciano le había ofrecido y a regañadientes se lo había tomado aunque no tenía ganas de hacerlo. El hombre se había quedado callado y no había dicho una palabra más, y él, de solo verlo se desesperaba más, tenía ganas de gritar, de exteriorizar de alguna forma el dolor que sentía.
Cuando llegaron a Heights, el tren se detuvo, y comenzaron a anunciar que allí se quedarían hasta que la tormenta pasara. Terry terminó el resto de su té de un solo sorbo, después de que el boletero hubiera anunciado que el tren no avanzaría más. Terry había preguntado si había posibilidad de tomar otro tren, después que le habían contestado que no, preguntó tiempo estimado de espera.
- De tres a cuatro horas – había contestado el muchacho y había seguido hacía el siguiente vagón para seguir con su aviso.
- Terry se había dejado caer en el sillón. Todo estaba perdido, de nada servía estar allí si no podía llegar a Chicago.
- Ven, vamos abajo – le ordenó el hombre.
- ¿De que habla? ¿No escuchó? Esto es Heights no Chicago.
- Por eso – le dijo el anciano.
- Yo voy a Chicago… - señaló Terry.
- Pero si te quedas aquí sentado no conseguirás llegar a tiempo ¿verdad?
El joven Grandchester frunció el entrecejo muy extrañado.
- ¿Que quiere decir?
- Que levantes tu trasero y me acompañes – le ordenó un tanto divertido el anciano.
- Voy por mi maleta – le dijo
Terry corrió por el pasillo hasta que llegó a su vagón, tomó su maleta y regresó a donde el anciano sin mostrar la más mínima parte de desesperación aguardaba.
- ¿Todo completo? – preguntó el anciano.
El muchacho asintió con la cabeza, no sabía si estaba haciendo lo correcto, ni siquiera se había detenido a pensar que podía ser un ladrón profesional o algún tipo de criminal. Sin embargo mientras lo seguía por la pequeña estación que estaba conformada por un pequeño andén y un diminuto cuarto de espera, pensó que era demasiado tarde para detenerse por pequeñeces.
Al salir de la estación un hombre con pinta de mayordomo se acercó al anciano.
- Señor, espero que haya tenido un viaje placentero – le dijo al tiempo que tomaba su maleta.
- Así es Jonás, ¿Cómo están todos en casa?
- Muy tranquilos, solo su nieto lo espera con desesperación – le informó.
- Me lo imaginaba – mencionó el anciano.
Terry se había quedado a unos metros de donde mantenían esos saludos, entonces el anciano giró su cabeza
- Pero ¿que haces allí parado? – exclamó el hombre – te va a dar una pulmonía, anda, ven entra al automóvil.
- Su maleta – le pidió Jonás.
El muchacho soltó la maleta y siguió al anciano que ya estaba dentro del carro, el cual denotaba la situación económica del hombre.
- Yo vivo en Heights, vamos a mi casa en este momento, allí te presentaré con Henry – comentó el hombre – Henry es mi nieto, tú debes de tener la edad de él. Y como has podido darte cuenta, cuenta con tu mismo defecto de la impaciencia… cosa que será benéfico para ambos en cuanto lleguemos. Por cierto no me he presentado, mi nombre es Robert March…
- Mucho gusto – dijo Terry – yo soy…
- El actor de Broadway, eso lo se… - agregó Robert – hace unos meses te vi actuar, eres muy bueno…
Terry levantó las cejas un tanto sorprendido.
- Creíste que no te reconocí ¿verdad?, bueno, soy muy buen fisonomista, una vez que veo una cara, no la olvido nunca. Cuando te miré en el tren supe que necesitabas ayuda…
- Yo… - balbuceó Terry.
- No te preocupes, como te dije antes, no he olvidado lo que es ser joven… solo espero que ella valga la pena – dijo el hombre…
El muchacho se sonrojó, ¿es que acaso era tan evidente?
- ¿Cómo lo supo?
- Hijo, un pobre anciano como yo, se puede dar cuenta fácilmente, ¿es que nunca has escuchado lo de "sabe más el diablo por viejo que por diablo"?
Terry asintió con la cabeza.
- Pues, se reconocer, esa desesperación solo la podían causar dos cosas, alguien a punto de morir o el amor de una chica. Cuando comencé a hablar contigo supe enseguida que nadie moría, al menos no en el sentido estricto de la palabra, por lo que supe que se trataba de una chica. – el muchacho abrió la boca pero lo interrumpió el anciano – mira, esta es mi casa.
Terry giró su cabeza y miró hacía la casa, aunque palacio habría sido un mote más adecuado. Era una inmensa propiedad que aún a pesar de la fuerte nevada podía contemplarse su belleza. Jonás bajó del carro y abrió las puertas del cancel y después siguió hasta llegar al umbral de la enorme mansión.
En cuanto pusieron un pie en la entrada, se escuchó una voz varonil que provenía desde la escalera que estaba a un lado.
- Abuelo – exclamó – te he estado esperando por horas, ¿que ocurrió?
- No ocurrió nada, todo está bien, le avise a tu madre que iba a tomar el tren de las dos porque no encontré boletos para el de las doce la noche.
- No voy a llegar a tiempo – dijo enojado.
- Juventud impaciente – apuntó el anciano - ¿y tu padre?
- Se fue desde temprano, mi madre y yo estábamos esperando… ¿vas a venir?
- Ya le había dicho a tu madre que no, ya mandé mis saludos y felicitaciones, no necesito más, ustedes irán en mi representación.
- Abuelo, debiste habernos dicho – le regañó de forma cariñosa el muchacho.
- Henry, soy un viejo, no estoy para estos trotes, vayan y diviértanse, pero si te voy a pedir un favor.
- ¿Que quieres?
- Lleva aquí a mi joven amigo hasta Chicago.
Henry volteó su cara hacía Terry, y pareció que no se había percatado de su presencia.
- Lo siento, no me había dado cuenta de que había alguien más, buenos días – saludó cortésmente el muchacho.
- Buenos días – saludó Terry
- ¿Vas a Chicago?
- Así es – dijo Terry.
- El tren esta parado – le informó Robert a su nieto – así que tendrás que utilizar el coche.
- ¿Me vas a dejar manejar hasta Chicago? – preguntó emocionado Henry.
- Así es, se que el camino no lo dejan llenar de nieve a pesar de estas tormentas… peores hemos tenido, y la gente tiene que llegar a Chicago, así que creo que el camino estará libre pero aún así tienen que salir ya porque dudo mucho que vaya a permanecer tranquilo si la gente se entera de que el tren esta varado.
Henry sonrió y asintió con la cabeza, subió rápidamente y bajó junto con su madre una mujer muy elegante que iba suntuosamente vestida.
- Es increíble padre que le vayas a permitir manejar hasta allá ¿es que no tuvo suficiente con el carro que destrozó el verano pasado?
- Hija, va a estar bien, anda váyanse y yo los espero me imagino que hasta mañana.
- Así es – asintió la mujer.
- Diviértanse y ten mucho cuidado al manejar Henry, recuerda que llevas a otras personas contigo.
- Si abuelo – le contestó mientras le daba un beso y lo abrazaba.
- Nos vemos padre – le dijo su hija al tiempo que también le daba un beso.
Terry miró la escena y no pudo evitar sentir cierta nostalgia, no recordaba nunca haber tenido a alguien como el señor Robert que se preocupará tanto por él.
- Vamos – le dijo Henry.
Terry sonrió y después se dirigió hacía Robert.
- Muchas gracias – mencionó.
- No hay de que, y recuerda, a veces es bueno abrirse con los demás, de otra manera podrías haberte quedado varado en el tren.
El muchacho sonrió con complacencia y después siguió a Henry hasta otro automóvil diferente al que se había subido y emprendieron el camino hacia Chicago.
Entretanto en la estación de Chicago Sabrina junto con Allen y los padres de este, acababan de arribar, la estación estaba más llena de gente de lo que recordaba Sabrina, y caminaron entre la multitud.
- Hay que apresurarnos, no pienso llegar en esto – dijo la condesa señalando su vestido – así que vamos a la mansión primero.
- Si, eso iba a decirles – dijo el conde – aunque creo que vamos a tener que tomar un carro de sitio.
- No, mira allá ésta Oliver – exclamó Allen al tiempo que señalaba al joven chofer de los Andley.
Se dirigieron allí y Oliver sonrió.
- La señora Andley me pidió que viniera a recibirlos, el automóvil esta por allí.
Todos siguieron a Oliver y Sabrina solo miró por última vez la estación, no estaba segura de que Terry fuera a llegar, todos mencionaban que el tren había quedado varado en alguna parte y que no llegaría sino hasta dentro de varias horas, y aún así no estaba segura de que hubiera subido al siguiente tren. Por una parte se sintió aliviada, quizá era lo mejor. Dio la vuelta y miró a Allen que la esperaba para que subiera al carro.
Mientras en la mansión de los Brown, Candy había tenido que quitarse el vestido de novia y esperaba mientras Johana planchaba muy atareada.
- Esto esta totalmente mojado – decía enfurecida Johana.
- Yo le dije que se mojaría – refunfuño Candy quien estaba muy molesta por lo que le había pasado a su inmaculado vestido.
- No se preocupe que se lo dejaré como si nada hubiera pasado – mencionó la muchacha que quien por el esfuerzo los estirados cabellos se habían salido del limpio moño que solía llevar.
Candy envuelta en una fina bata de seda esperaba a que Johana siguiera con su vestido, mientras miraba por la ventana que la tormenta iba en aumento… No le agradaba ese clima. Su boda en medio de una tormenta… ¿es que no podía ser tranquila? Sin embargo en ese momento tocaron a su puerta.
- ¿Quién es?
- Soy Patty, ¿puedo pasar?
- Si, pasa… - dijo Candy.
La cara de Patty se llenó de sorpresa cuando miró a Candy que no estaba arreglada.
- ¿Pero Candy te casas en menos de una hora y todavía no estás lista?
- Fue culpa del fotógrafo – refutó la muchacha
- ¿Del fotógrafo? – preguntó alzando una ceja.
- Se puso necio, me hizo estar parada en el jardín mientras nevaba, el vestido se empapo y ahora Johana esta tratando de secarlo.
- Espero que pueda arreglarlo.
- Yo también…
Candy miró con preocupación su vestido, después miró hacía la ventana.
- Sigue nevando fuertemente – añadió Patty
- No me gusta eso
- Ya se quitara – dijo Patty sonriendo tratando de animar a Candy
La muchacha agradeció el gesto de su amiga. En eso alguien tocó a la puerta.
- Soy Annie – dijo una voz desde el otro lado.
Patty y Candy se miraron, Patty se apresuró a abrir la puerta.
- ¿Todavía no estás lista? – inquirió Annie asombrada.
- Ya casi va a estar – dijo Patty quien no quería desanimar a Candy con sus comentarios.
- La Señorita Ponny y la Hermana María están esperando ya, quieren verte…
- Si, pero se llevaran una gran desilusión si bajo en este aspecto. – dijo Candy un poco triste.
- No te preocupes en unos momentos estarás lista.
Johana miró a Patty, quien comprendió que le estaba costando mucho secar el elegante vestido sin estropearlo.
Mientras tanto camino a Chicago un automóvil avanzaba de prisa.
- ¿No podrías ir un poco más rápido? – sugirió Terry a Henry quien conducía el carro.
- Voy a toda marcha – contestó el muchacho.
Terry hizo un mohín de disgusto.
- Esto debería ir más rápido… - dijo Terry.
- Pues si, pero el camino no ayuda mucho.
El joven Grandchester miró por la ventanilla como la nieve no dejaba de caer y como se acumulaba por el camino.
- ¿Por qué tienes tanta prisa para llegar a Chicago?
- Voy a ver a una persona…
- ¿Y no puede esperar a que llegues?
- Ese es el problema… no sabe que estoy aquí…
- ¡Vaya! – dijo Henry – debiste anunciar tu llegada.
- Si jovencito, uno no puede aparecer así sin avisar – le regañó la madre de Henry.
- Pero ya no lo hice, creo que de nada servirá afligirme por ello – mencionó Terry.
- Pues nosotros tenemos que llegar antes del mediodía… - añadió Henry
- Aún falta media hora – dijo su madre – así que tal vez lo consigamos.
- Sería muy bueno – apuntó Terry quien sabía que la boda se efectuaría a medio día.
Entretanto en la sala de la mansión Brown, Candy con su vestido otra vez seco gracias a las habilidosas manos de Johana se encontraba reunida por aquellos que habían sido su familia durante muchos años. La hermana María no podía contener las lágrimas.
- Una princesa, más hermosa que una princesa – no paraba de repetir.
La señorita Ponny aún no lloraba pero su voz sonaba quebrada cuando le decía a Candy.
- Te has convertido en una gran dama.
Jimmy también las acompañaba, se había convertido en un muchacho fuerte y responsable, él las había llevado hasta Chicago. Y miraba muy complacido a Candy, se notaba orgulloso de ella.
- ¿y tú no me dices nada? – preguntó Candy quien sentía tanta alegría que estaba a punto de derramar lágrimas al igual que la hermana María.
- Creo que no puedo llamarte jefe cuando te ves como una linda novia – le dijo el muchacho.
- Gracias – mencionó Candy – muchas gracias por venir hasta acá con este horrible clima
- Ni mil tormentas nos habría impedido estar aquí en este gran día.
Candy sentía tanto agradecimiento, no solo por honrarla con su presencia, sino por todo lo que habían hecho por ella durante tanto tiempo, habían sido sus madres y la habían apoyado durante toda su vida, no había palabras para agradecer tanto bien. Y lo único que sintió que podría explicar algo de lo mucho que sentía era un cálido abrazo que fue lo que hizo.
- Bien – interrumpió Charlene quien había estado viendo la escena.
Ella también les estaba agradecida, habían cuidado de su pequeña, la habían aconsejado y habían hecho de ella una gran dama. Nunca acabaría de agradecerles el amor y la bondad que tuvieron para ella y que aún seguían manteniendo.
- Es hora de irnos, el carruaje esta aquí – agregó.
Todos siguieron a Candy, besó a la señorita Ponny y a la hermana María y después junto a su madre subió al carruaje que la llevaría hasta el templo. El carruaje avanzó por las calles nevadas, y Candy miró con sorpresa que la tormenta empezaba a amainar, cuando bajó del carruaje un pequeño rayo se sol le iluminó la cara y el aderezo de joyas que lucía resplandeció, aunque no más que sus ojos y su cara cuando dibujó una gran sonrisa en ella.
Candy temblorosa de emoción subió las escaleras que la llevarían a la entrada del templo, la gente estaba ya dentro, alcanzaba a escuchar el rumor que salía desde allí. Finalmente estuvo a la puerta, la multitud giró su cabeza para mirarla.
Las caras familiares y las que no lo eran sonrieron, Candy se miraba radiante, con lentitud pasó sus ojos sobre todos ellos, hasta que finalmente llegaron hasta la persona que más ansiaba ver, al final del pasillo junto al altar de pie esperaba Albert, vestido en un elegante frac, en cuanto lo vio su corazón comenzó a palpitar fuertemente, no pudo evitar sonreír, la música comenzó a sonar, la marcha nupcial de Mendelssohn elevando sus notas hasta que lleno todo el edificio.
Candy caminó de mano de su madre y de su hermano Christopher quien sonreía abiertamente, hasta que llegó al altar, donde Albert le dio la mano para guiarla hasta los reclinatorios.
Entretanto cerca de la estación de trenes el automóvil de Henry acababa de estacionarse.
- ¿Sabes moverte aquí? – le preguntó la madre del chico un poco preocupada.
- Si, muchas gracias por todo.
- Suerte – mencionó Henry.
- Igualmente – respondió Terry.
Henry hizo un ademán de despedida y arrancó el carro, Terry se quedó mirando el reloj de la estación. Eran las 12 de día. Su primera impresión fue la de desanimo, pero entonces pensó que no todo estaba perdido, aún tenía una opción y no se iba a detener para usarla, se subió a un carro de sitio.
- ¿Podría llevarme a la boda de William Andley? – le pidió.
- ¿Es un invitado? – preguntó con escepticismo el cochero.
- Si – contestó de mala gana Terry – soy un viejo amigo de los novios.
El cochero evidentemente no le creía, pero eso le tenía sin cuidado al muchacho, el carro comenzó a moverse y se adentró a la ciudad. A Terry le comenzó a parecer una mala broma ver que la nieve había dejado de caer, y que por lo contrario el sol estuviera alumbrando. "Si tan solo hubiera dejado de nevar antes" pensó, si así hubiera sido habría podido llegar sin problemas y alcanzar a verla antes de la boda, pero ahora no le quedaba otra opción, tendría que parar la boda. El corazón se le encogía tan solo de pensar que llegaría tarde y que quizá cuando viera a Candy fuera ya una mujer casada. "Pero tú la dejaste ir" sonó una voz impertinente dentro de su cabeza, si, esa voz a veces le molestaba de esa manera, le molestaba porque tenía razón. Él podría haberse casado con ella, si tan solo no la hubiera dejado ir ese día… Pero no, no pensaría más en eso, no volvería a cometer el mismo error así se convirtiera en enemigo de Albert para el resto de su vida, o que lo odiara toda la familia Andley, eso no le preocupaba… amaba a Candy, y no podía darse el lujo de perderla de nuevo, eso era algo que no podía soportar.
Mientras tanto dentro del templo la ceremonia seguía su curso, la música seguía tocando y los invitados estaban expectantes de las palabras del sacerdote.
A unas cuantas cuadras de allí, Terry con desesperación observaba que el carro no avanzaba.
- ¿Pero que rayos ocurre? – le preguntó un tanto enojado al conductor
- Hay demasiada nieve acumulada, el carro no alcanzara a pasar.
- ¿Estamos muy lejos? – inquirió.
- No, el templo esta a cuatro cuadras…
- Gracias – dijo Terry al tiempo que salía del carro.
- Oiga… – alcanzó a escuchar Terry mientras corría por la calle llena de nieve.
- No le pague… - dijo el muchacho dándose cuenta de que no le había pagado – bueno ya sabe a donde voy… que me alcance…
Terry giró su cabeza para mirar el carro atascado en la nieve y después siguió corriendo.
Dentro del templo, el sacerdote que continuaba con la bendición nupcial, alzó la voz mirando hacía los concurrentes.
- Si, alguien conoce un impedimento para que esta boda se realice, hable ahora o calle para siempre…
En la entrada, unas pisadas se escucharon, algunos giraron sus cabezas para mirar, Archie que estaba fungiendo como padrino fue uno de ellos, y cuando vislumbró de quien se trataba, abrió los ojos muy sorprendido.
