*Siento mucho la demora, en compensación les dejo este capitulo un poco largo. Gracias por sus lecturas y nos vemos la siguiente semana*
Iman se encontraba en su oficina, revisando el último informe de Rupert Benzer quien les comunicaba la grandiosa noticia de que Andreas Strunz había llevado acabo la misión con éxito rotundo. Pero aunque la Teniente estaba contenta con la noticia, no podía concentrarse en su trabajo. Desde hacía un par de semanas atrás ella había dejado de ser el blanco de las bromas de Maximilian. Diariamente se dirigía a ella de una manera cortes, si se encontraban en los pasillos no dudaba en saludarla y cederle el paso, ya no se enfadaba porque le dejara tareas de más para que no alcanzara su comida favorita, en pocas palabras el Mayor la ignoraba y eso era algo que la rubia no podía soportar. Vivir así era tan asfixiante que ella no dudo ni un segundo en investigar el motivo que origino el radical cambio de humor de Max.
Tocaron la puerta de su oficina dos veces seguidas, liberándola de su preocupación.
—Adelante—dijo con enfado. El carácter fuerte de Iman se había desatado con más violencia desde que Max dejo de prestarle atención y todo el mundo estaba pagando caro la actitud del Mayor con la Teniente. La puerta se abrió rápidamente y apareció el Capitán Justine Frye, una joven de cabello negro y mirada intimidante que hacia juego. Para el campo Justine e Iman eran las mejores amigas del mundo. Frye había sido trasladada de la División 405 en Munich a Berlin hacia unas pocas semanas atrás para ser parte del equipo de trabajo de Iman y entre sus múltiples tareas Iman le había asignado tener vigilado las veinticuatro horas del día a Maximilian.
—¡Teniente!—saludo con alegría al mirar la cara de pocos amigos de su amiga.
—Capitán—regreso el saludo sin animo—¿Qué te trae por aquí?—pregunto oscamente, pues últimamente odiaba los rodeos y perder el tiempo.
—Creo que he descubierto por que Max ha dejado de interesarse en ti—respondió acercándose hacia el escritorio de Iman. Ella la miro con curiosidad.
—Habla—le ordeno enseguida con una visible emoción. Antes de que Justine se sentara en una silla frente a Iman lanzo al escritorio un folder de color verde seco. La rubia rápidamente lo cogió y lo abrió. Una enorme foto de estudio se apareció, era una joven de unos veinte años quizás, largos caireles rojo cereza, mirada enigmática dolor café y una tierna sonrisa que hirvió la sangre de Iman. Frye la miro inmutable mientras Iman sacaba la foto del folder para estrujarla con violencia y la miro enfadada.
—Se llama…
—Fátima Bristow, si al conozco. Es la hija menor del Brigadier, pero ¿Cuándo la conoció? ¡Esa chica se la vive en Florida todo el maldito año!—vocifero celosa mientras destazaba la fotografía de la pelirroja. En el mundo Occidental, Florida era la capital que reunía a todos los hijos de personas poderosas que no querían dedicarse a la labor familiar. Iman la llamaba la Ciudad de los buenos para nada, pues lo único que hacían esos chiquillos mimados era gastarse las herencias familiares en exuberantes fiestas.
—Al parecer la chica pasara una temporada en Berlin—dijo la pelinegra sentándose en la silla, mirando a Iman enfadarse aún más.
—¡No entiendo!—exclamo furiosa poniéndose de pie mientras lanzaba el folder lejos de ella. Justine no le prestó atención a su berrinche, estaba ocupada mirándose las uñas.
—Cariño es muy fácil, no tiene gran ciencia. Un hueco atrae a otro hueco, son el uno para el otro—le respondió con firmeza. La relación entre Justine e Iman era muy peculiar, nunca se andaban con rodeos y era algo que ambas valoraban, principalmente Iman pues en el mundo en el que se había criado reinaban las apariencias y la hipocresía.
—No se suponía que fuese así, ¡yo quería a ese papanatas para mí!—exclamo brincando sobre los restos de la foto. Justine contuvo su risa, no quería que Iman se desquitara con ella.
—Y ¿Cómo para que lo querías? Ese hombre no sirve para muchas cosas, ¿acaso lo quería para hacerlo parte de tus sucios juegos sexuales?—inquirió con una sonrisa traviesa.
—No puedes negar que él era un espécimen perfecto para someter—contesto con una sonrisa que provoco la risa de ambas.
—Es para lo único que sirve pero por aquí hay otros hombres mucho más guapos que él y con más experiencia—dijo tratando de convencerla.
—No Justine, quiero a Max para mí a toda costa. Yo soy la única chica que puede hacerle la vida imposible, no esa tonta de Fátima con sus buenos modales y sus vestiditos de diseñador—musito con repudio desplomándose en su sillón. Justine suspiro, sabía que cuando a su jefa se le metía algo en la cabeza era imposible hacerla cambiar de opinión. Pero en esta ocasión, Justine tuvo que reconocer algo que pensó que nunca vería. Iman estaba enamorada de Maximilian y por eso estaba actuando como una cría. Ambas se quedaron en silencio por un rato.
—Por cierto ¿Dónde está Max?—pregunto la Teniente.
—Hoy es su día libre—respondió la Capitán sin interés, la inescrupulosa mirada de Iman se posó enseguida sobre ella.
—Y ¿Qué diablos estás haciendo aquí?—inquirió con severidad.
—Charlando contigo—respondió tontamente—. ¿Cuándo he fallado a tu palabra? ¡Jamás!—exclamo Justine con una enorme sonrisa—. Si no me equivoco—miro su reloj de platino—en este momento debe de estar por pasar a recoger a Fátima.
—¡Que muera esa perra sin cerebro!—grito dando un golpe en la mesa—. Vamos, alístate súbitamente creo que hoy tenemos el día libre, tarjeta de crédito ilimitada y te invitare a cenar—declaro Iman con rapidez levantándose de la silla. Justine se carcajeo.
—Hace tanto que no me invitabas a cenar amor—menciono sarcásticamente siguiéndola—ya extrañaba esos detalles—comento nostálgica, Iman se rio mientras abría la puerta para darle el paso.
—Pues si te tardas mucho, me arrepentiré de haberte invitado amor—contesto de la misma forma.
Media hora más tarde, ambas salieron del cuartel general rumbo al centro de Berlin.
—¿En qué restaurante cenaran?—pregunto Iman mientras conducía a toda velocidad, Justine miro su celular.
—Me informa el cabo que reservaron en el Uppereast—contesto al tiempo que respondía el mensaje.
—¡Perfecto! Nada que mi chequera no pueda pagar—dijo la rubia con malacia. Justine negó con la cabeza, siempre era participe de sus travesuras.
Desde que había conocido a Iman hacia unos cuatro años atrás había congeniado muy bien, bueno no exactamente.
Justine se ganó la confianza de la Teniente, el día que la enfrento y se negó a seguir rotundamente sus órdenes. Nunca nadie antes le había hablado de esa forma a Iman y mucho menos un Sargento cualquiera, cuando la rubia solo tenía el grado de Capitán. Pero le agrado la actitud de la pelinegra y no dudo en hacerla su hombre confianza y su amiga.
Si durante esa época la fama de lesbiana de Iman había aumentado, era por Justine. La pelinegra tenía una orientación sexual bastante curiosa para un militar: era bisexual y por ende se ganó la fascinación de cuanto hombre y mujer se le cruzo en el campo. Sus romances siempre estaban en todas las pláticas de los militares e incluso tenía una larga lista de pretendientes masculinos por el morbo que ella les generaba.
Cuando Iman y Justine empezaron a pasar mucho tiempo juntas, llamo la atención inmediatamente en todo el campo y enseguida se corrió el rumor de que ambas eran pareja y ninguna lo desmintió. No fue por que fuera realidad y mucho menos, simplemente ambas eran de la mentalidad de que no tenían que darle explicaciones de sus actos a nadie y su vida privada estaba muy aparte de la vida del campo.
Sin embargo con el paso de los años y con la ayuda de su mentalidad maquiavélica, supieron aprovecharse de esos chismes cuando más lo necesitaban y esa noche Justine leyó en los ojos celestes de su acompañante que tendrían que hacer uso de ese viejo rumor.
El auto aparco frente al restaurante Uppereast, ambas chicas descendieron del auto y caminaron a dentro de este tomadas de la mano. Justine atendía una llamada mientras Iman arreglaba algunos asuntos con el dueño del lugar, quería una mesa cerca de Fátima y Max pero lo suficientemente oculta para que el no notara su presencia hasta que lo requiriera.
Unos minutos más tarde las militares estaban en el sitio deseado, pero la parejita no llegaba.
—Este menú es fantástico—musito con una sonrisa mientras Iman miraba la carta para escoger algo de comer. La Capitán la miro con un poco de temor, la sonrisa de Iman le asusto— Esa tonta sin cerebro aprenderá a no meterse en la propiedad privada Braun—dijo entre dientes, la morena trago saliva.
—¿Hablaste con el Ministro para excusar nuestro día libre?—inquirió tomando su copa de agua mineral.
—Por supuesto, no se ha enfadado pero creo que nos ganaremos más trabajo en el CII—la pelinegra dio un pequeño sorbo a su bebida.
—Y todo por arruinarle la vida a tu pelmazo.
—Pero si a ti también te fascina hacerle la vida de cuadritos. No puedes echarme toda la culpa a mi—le reclamo con una sonrisa traviesa.
—Puede ser, pero pensé que sería más divertido. Por lo que me contabas antes de mi llegada sonaba a que sería un objetivo molestable, pero en realidad es aburrido—Iman lanzo un suspiro cansado, hasta ella había notado que las cosas se habían entrado. Justine dio un ligero vistazo hacia donde noto movimiento. La pareja de tortolos había llegado a su mesa—. Ya están aquí—anuncio señalándolos discretamente. La rubia volteo enseguida con la mirada furiosa. Observo cuidadosamente cada movimiento que hizo Max. Iman se mordió el labio al darse cuenta que se veía muy guapo, pero de un segundo a otro lo olvido al darse cuenta que él le sonreía de una manera dulce a la pelirroja que lucía un vestido color magenta que la habían lucir coqueta-y aborrecible-según ella; mientras le abría la silla. Parecía que Max le susurraba algo al oído a su cita, pues ella sonrió tímidamente. La Teniente apretaba con fuerza su servilleta, imaginándose que era el cuello de Fátima. Estaba ardiendo en celos y a su vez se sentía nostálgica. El alguna vez le sonrió de esa manera, la trato de esa forma, la miro con esa dulzura a los ojos y ella, por orgullo desaprovecho esa oportunidad.
—La servilleta no tiene la culpa—musito Justine para sacarla de sus pensamientos. La rubia volteo a verla mientras el camarero servía las copas de vino tinto—. Debo admitir que Max se ve muy guapo sin su uniforme ¿Crees que quiera salir conmigo?—pregunto con astucia ofreciéndole su copa.
—Ni te atrevas pervertida—dijo Iman arrebatándole la bebida, Justine se carcajeo.
—Me fascinas enfadada—comento aun riendo, mientras la rubia volvía su mirada hacia la mesa de Max, el camarero se había acercado y el plan comenzaba. Iman siempre demostró una gran habilidad para la estrategia así que para arruinar la cena de Max había preparado un plan perfecto a cuatro tiempos.
—Buenas noches, sean bienvenidos a Uppereast. Soy Marcus y estaré a su servicio esta noche—se presentó el camarero de manera cordial ante la joven pareja.
—Gracias—dijeron al unísono, provocando una risa tonta entre ellos.
—¡Eso fue muy enfermo! ¿Te das cuenta de lo idiotas que son?—exclamo divertida Justine señalando a la pareja, mientras Iman fruncía el ceño enfadada.
—Esta noche, hemos preparado un menú especial para ustedes cortesía del señor Finny así que no serán necesarias las cartas—informo el camarero. Maximilian no estaba sorprendido por la invitación del dueño del restaurante, usualmente cuando reservaba en algún lugar por su apellido esos lugares tenían detalles como ese—. Esperamos que sea de su agrado. En un momento empezaran a traer los platillos—el castaño asintió con la cabeza.
—Es un restaurante muy bonito—dijo Fátima en cuanto el mesero se fue.
—Si, ¿nunca habías venido?—inquirió Max con ternura.
—No, nunca. A mi padre no le gusta que estemos en Berlin—respondió con nostalgia.
—Tiene razón, para ustedes este lugar no es seguro—dijo Max tratando de reanimarla.
—Claro, pero por ahora no hay nada que temer. ¡Tú cuidaras bien de mí!—exclamo con una radiante sonrisa.
—Por supuesto, no permitiré que te hagan daño—respondió con firmeza. Maximilian se sentía un poco extraño. Nunca antes había salido con una chica de la edad de su hermano, por lo regular las chicas con las que salía era un poco mayores que Fátima Bristow pero había algo en ella que le había llamado la atención.
Hacia un par de semanas que la pelirroja había llegado de Estados Unidos y su padre no tardo en presentarlos. Ella era una chica dulce y espontánea, quizás muy infantil pero siempre le sacaba una sonrisa sincera. Tenía muy poco tiempo de conocerla, pero sentía que podía llevarse bien con esa adorable muchachita. Se había propuesto hacer las cosas bien con ella, ya no sería un casanova como siempre solía serlo pues pensaba que si tenía que lidiar con el diablo de Braun era por su Karma negativo que había generado por ser tan mujeriego.
De hecho aún seguía sintiendo una gran aversión por Iman. Después de la última broma que le jugo, quedo muy asustado y prefirió terminar con el juego. Tenía miedo de herirla físicamente ya que sus bromas se volvían cada vez más pesadas así que prefirió tragarse su orgullo y comportarse como el adulto que era. Pero Iman parecía seguir queriendo destruirle la vida y él no sabía cómo podía seguir soportando tan tolerantemente. Desde que su amiga Justine había llegado al campo, ambas se habían encargado de hacerle la vida miserable. Aunque Frye no podía hacer mucho, tenía un grado menor que Max y tenía que ser respetuosa con su Mayor pero si tenía la oportunidad de hacerlo sufrir, lo hacía. Justine también era una chica muy guapa, ya traía babeando a todos los soldados del campo y algo que había mosqueado de igual forma a Max es que muchas de sus enfermeras favoritas también estaban tras Justine. Según Andreas, ese era el efecto de la morena y desgraciadamente no podía hacer nada con ella. Esperaba que sus plegarias fuesen escuchadas y pronto ese par fuese enviado a otro campo porque estaban terminando con sus nervios.
—¿Qué tienes Max? ¿te sientes mal?—pregunto dulcemente Fátima mirándolo con un poco de miedo por lo pensativo que se había quedado. El negó efusivamente con la cabeza, tenía que dejar de pensar en su Teniente.
—Lo siento—sonrió—, me quede pensando en algo del trabajo—se disculpó.
—¿Todo bien?—insistió.
—Si, si nada de qué preocuparse. ¿Ya te dije que te veo preciosa esta noche?—dijo en un tono galante que hizo sonreír a la pelirroja.
—Si, como cuarenta veces—dijo avergonzada.
—Lo siento es que soy muy malo tratando de guardar las cosas—musito coqueto.
—Ya me di cuenta de ello—se rio. Fátima tenía algo que creía lo estaba volviendo loco. Aun no descubría si era su mirada o su sonrisa, pero a la vez sentía una nostalgia extraña que no lograba comprender. Pronto su charla se vio interrumpida por el mesero que traía el primer platillo.
—Cariño, ¿Qué elegiste como su primer platillo?—inquirió Justine mientras cortaba un pedazo de carne.
—Crema de la casa—respondió tragando su bocado al tiempo que miraba hacia la mesa de los enamorados.
—¿Y eso es?
—Crema de cebolla, una exquisitez—contesto con una sonrisa diabólica.
—Espero que tengan estómagos fuertes—dijo Justine mirando con cierta pena a Fátima.
Unas mesas más allá, la pareja daba el primer sorbo a su crema. Max se estaba muriendo de hambre y el platillo se veía exquisito. Pero apenas la crema toco sus labios, el hedor y el sabor se apropiaron de sus sentidos. Crema de cebolla, dejo caer su cuchara en el plato.
—Max—le interrumpio Fátima con asco—, no quiero sonar grosera pero no puedo comer esto—señalo su plato.
—Ni yo—musito el joven haciendo a un lado su plato. Llamo con enfado al camarero y enseguida les trajeron el segundo platillo.
—¡Par de idiotas! Me costó carísima esa crema como para que no se comieran ni la mitad—exclamo Iman enfadada observando a los meseros traerles el segundo plato.
—Creo que tu plan está funcionando. Fátima se ve incomoda y Max está muy alegre como siempre—dijo Justine sarcásticamente.
—Entonces eso quiere decir que todo está saliendo bien—sonrió malévolamente.
La pareja observo el segundo platillo que esta vez no se veía extraño. A Max le pareció la gloria, era un bistec a la parrilla acompañado de una ensalada verde bastante apetecible.
Maximilian estaba disfrutando muchísimo de su comida, hacía mucho que no probaba algo tan delicioso e incluso olvido a observar si su acompañante estaba disfrutando también.
Varios minutos después, cuando el joven la miro ella parecía estar bañada en lágrimas. Su maquillaje se estaba corriendo y se estaba bebiendo su copa de un trago. El enseguida dejo sus cubiertos a un lado.
—¿Qué sucede?—pregunto perturbado por el estado de la joven, ella dejo su vaso de agua con desesperación en la mesa.
—Mi lengua se está quemando—respondió tomando el vaso de Max de un trago—¡Necesito más agua!—exclamo llorando por el ardor que tenía su lengua, llamando la atención de todos los que estaban en el restaurante.
Las dos militares estallaron a carcajadas al mirar la cara de incredulidad del Mayor, que ya pensaba que Fátima era demasiado exagerada. Estaba bien que el bistec estuviera condimentado con un par de especias, pero no lo suficiente como para ponerse a llorar por su sabor.
—¿No te fascina el chile?—pregunto Iman sin dejar de reír.
—¡Me encanta!—dijo riendo mientras miraba a los camareros traerle una jarra con agua a Fátima.
—Esa niña es una llorona ¡ni que picara tanto!—exclamo tratando de controlar su risa.
El tercer platillo arribo a la mesa después de veinte minutos en los que Fátima estuvo sufriendo por el picor que le causo el par de bocados que probo de la carne. Tenía los ojos hinchados por tanto llorar e hipaba cada dos minutos. Maximilian se estaba desesperando un poco porque ella parecía no querer dejar de llorar y sin duda la cena estaba saliendo muy mal. El postre era mousse de chocolate, Fátima sonrió al verlo, pues el chocolate era su postre favorito y Max se alegró de que ella estuviera más tranquila.
—Esta comida no tiene nada de divertido Iman—exclamo Justine mientras llamaba al camarero para pedir la cuenta.
—Calma querida, ya verás. Por cierto ¿ya sabes a donde irán a bailar?
—Si, al Coco Bar. Ya he arreglado nuestros lugares.
—Excelente, todo está saliendo como esperaba—dijo sin quitarles la vista de encima.
Las dos militares dejaron el restaurante antes que la pareja que demoro todavía un poco en el restaurante.
—Si quieres puedo llevarte a tu casa—dijo Maximilian mientras abordaban su auto.
—No, tengo ganas de ir a bailar—contesto Fátima con una sonrisa. Max no estaba seguro de lo que ella decía, aun parecía estar ofendida por lo que había sucedido en el restaurante.
—Está bien, pero si te sientes mal nos iremos enseguida—comento con decisión. Fátima asintió y ambos se dirigieron al Coco Bar. Aquel sitio era visitado por la elite de jóvenes de Berlin, era el mejor sitio para salir a bailar en la ciudad pues siempre había buenos djs que creaban un gran ambiente en el lugar.
Iman y Justine esperaban desde su auto a que Maximilian y su acompañante arribaran al lugar. Ya tenían preparada su entrada, sabían que hacer y qué decir, pero tenía que estar la parejita para que tuviera el efecto deseado.
Al verlos entrar tomados de la mano, Iman volvió a arder en celos pero tenía que controlarse si quería darle una lección a ambos. Esperaron unos minutos y después descendieron del auto.
—Entonces, entramos-barra-pista y luego los saludamos ¿verdad?—pregunto Justine repasando el plan en su mente, mientras esperaba a Iman quien tomo su mano con fuerza al estar a su lado.
—Si, ese es el cuarto platillo—respondió con una sonrisa.
—Pues más vale que sea divertido, que me estoy aburriendo demasiado—dijo Justine emprendiendo la entrada al Bar.
Hacía mucho tiempo que Iman no salía a un lugar como ese y menos acompañada de Justine, estaba un poco nerviosa pero no había marcha atrás. Al entrar como un efecto domino, las miradas se dirigieron a ellas. Iman no pudo evitar cohibirse enseguida pero la fuerza que le trasmitía Justine al caminar la hicieron sentirse un poco más segura. La rubia sabía que era lo que estaban cuchicheando las personas a su pasa, aunque no las veía claramente sabía que sus miradas estaban llenas de morbo y otras de asco, pero trato de mostrarse lo más inmutable posible.
—No puedo creer que ese par de idiotas estén aquí, pensé que estaban en Austria—musito Fátima mientras esperaba su bebida. Max estaba sorprendido por oírla hablar así.
—¿De quienes hablas?—pregunto con curiosidad.
—De esas "lesbogirls"—señalo con asco—, siempre quieren llamar la atención con su "relación"—explico con molestia. Max abrió los ojos de par en par, no era posible que el dúo diabólico estuviesen ahí. El no recordaba que ese par tuviera el día libre o que les gustara Coco Bar. Ambas atraían las miradas de cuanto chico se les cruzara y era algo premeditado su sugerentes vestidos jugaban con la imaginación de todos los presentes. Incluida la del Mayor que pensaba en lo guapa que se veía, pero cuando casi se asustaba de sus pensamientos, el chico observo algo que lo desconcertó. Ambas estaban tomadas de la mano de una manera posesiva, el joven negó efusivamente con la cabeza. Eso no podía estar pasando, Iman se lo había dicho, ella no era "rarita", a ella le gustaban los chicos pero ese enlace le decía todo lo contrario.
—¿Las conoces?—pregunto un poco celosa Fátima que bebía de su copa.
—Desgraciadamente—respondió atontado.
—Vaya que si es una desgracia, el mundo militar es demasiado pequeño. En fin vamos a sentarlos por allá—dijo Fátima señalándose un recóndito lugar del bar. Esperaba que desde ahí no pudiesen observar el show que estaban preparando Iman y Justin. Sin embargo, Max no podía dejar de pensar en lo que había visto y más que perturbarle el que a Iman pudiese gustarle una chica parecía entrarle el morbo en la cabeza.
Las militares se sentaron en el lounge del bar, esta vez fue cortesía de Justine quien conocía al duelo del lugar y parecía ser muy buen amigo de la morena.
—¿Dónde está el Mayor?—pregunto Iman dando un vistazo al lugar que estaba lleno de personas.
—Por allá—le señalo la esquina izquierda del bar.
—¿Desde allá podrá ver bien?—inquirió la rubia muy poco convencida.
—¡Claro que sí! —exclamo risueña—, pero vamos termina tu trago que esta noche bailaremos hasta el cansancio—dijo empezando a moverse al ritmo de la música, Iman negó con la cabeza riéndose. Se reunieron con un par de conocidos que encontraron en el lounge y estaban teniendo una plática amena con ellos hasta que Iman observo como Fátima tiraba de Max para sacarlo a bailar. El no parecía estar muy feliz de tener que bailar en público lo que le hizo recordar las palabras de Anneliese.
—¡Uh! Parece que se nos han adelantado—le susurro la pelinegra al odio. Ella asintió—, no te importaría si me quedo la chiquilla ¿verdad?—pregunto burlonamente haciéndola reír—se mueve bastante bien.
—Ya claro, ¿quieres ver a alguien moverse bien?—pregunto dejando su copa en una mesa—¡Vamos!—exclamó con decisión jalándola del brazo.
—Deberían ponerte celosa más a menudo—dijo Justine siguiéndola. Al llegar al centro de la pista ambas chicas empezaron a bailar al ritmo de la música con maestría. No les costaba trabajo adivinar sus movimientos y más que otra cosa, parecían tener una competencia entre ella para saber quién bailaba mejor. Las miradas de los presentes pronto se posaron sobre ellas, que seguían bailando cada vez más de una manera provocativa haciendo que se lanzara uno que otro suspiro en el lugar.
Max luchaba por separarse de Fátima, pero su mirada pronto fue robada por la Teniente que bailaba entre los brazos de la Capitán. Eso claramente no iba a ayudar a sus pensamientos llenos de morbo y lujuria, maldiciendo a sus instintos primitivos. Justine fue la primera en darse cuenta de que Max las observaba, así que se acercó provocativamente al oído de Iman, haciéndole creer al Mayor que iba directa a besarle el cuello.
—El blanco está viéndonos—susurro la morena con cierta emoción—y parece estar muy entretenido—Justine tomo por la cintura a Iman y la giro para que ella también pudiese observar.
—Eres un genio Justine—susurro de la misma forma a su compañera de baile y ambas siguieron bailando.
La mirada de Iman se cruzó con la de Maximilian y pareció eterno aquel momento, en el que parecían declararse la última batalla entre ellos. Max tomo a Fátima de la cintura aprisionándola con su cuerpo para bailar de forma más cercana a ella. Iman sabía que él lo había hecho apropósito, pero no tuvo que hacer absolutamente nada pues en ese instante Justine se acercó a ella y otros dos chicos se acercaron a la pareja para bailar de una forma más sensual. Maximilian sintió recorrer en sus venas algo extraño, era una sensación de furia pero a la vez de pérdida, algo que le costaba denominar porque un Lütke jamás podía sentir celos.
Por cerca de una hora las dos parejas siguieron bailando, en una batalla por ver quien se rendiría primero. Fátima seria la que terminaría con el juego, dejando a medias la jornada pues se sentía cansada. El joven estuvo contemplándolas bailar, mientras discretamente tomaba algunas fotos con su celular.
—Llego la hora de irlos a saludar—le informo Iman a Justine con una sonrisa.
—Vamos cariño, he estado esperando toda la noche para ver la cara de Fátima de cerca—dijo tomándola de la mano y saliendo de la pista de baile. Caminaron animosamente hacia donde se encontraba la pareja.
"No puede ser", pensó Max mientras bebía con rapidez su trago, observando a las dos jóvenes acercarse a ellos.
—¡Mayor Lütke!—exclamo con alegría Iman—¡Que sorpresa encontrarlo por aquí!—Fátima las miro con asco mientras Max dejaba su copa en su mesa.
—Lo mismo digo Teniente Coronel—respondió el saludo sin mucho ánimo—Capitán Frye ¿usted también por aquí?—pregunto apretando la mandíbula.
—Así es Mayor, decidí acompañar a la Teniente esta noche—contesto pasando su mano hacia la cintura de Iman, haciéndolo enrojecer de vergüenza. La cabeza del Mayor empezaba a formular algunas escenas un tanto subidas de tono que no podía borrarlas.
—Y usted también está aquí señorita Bristow, hace tanto que no la veía—dijo Iman con hipocresía mirando a la enfadada jovencita que no le quitaba la vista de encima al Mayor.
—Era mejor cuando no nos veíamos Iman—dijo Fátima con arrogancia.
—¿Ustedes ya se conocían?—inquirió Max tratando de no mirar a la intrigante pareja.
—Si, así es Mayor. Aunque es un poco extraño que usted salga con—Iman repaso a Fátima con la mirada—niñitas.
—La pedofilia debería ser un delito—intervino Justine con una sonrisa malvada.
—No te atreviste a decirme niña—dijo Fátima con furia mirándola a los ojos.
—No te enfades Faty, es lo que eres—contesto Iman tratando de sonar amable. La pelirroja esperaba que su pareja le dijese algo a la rubia, pero al voltear a verlo lo encontró embobado mirando las manos de Justine que jugaban vivazmente con la silueta de Iman, sin que ella se inmutara. La morena lo miro a los ojos con una sonrisa arrogante, acercando más a Iman a ella. Sabía que Max se estaba derritiendo por lo que veía.
—¿Por qué no vamos a bailar? —sugirió Justine con una sonrisa malévola.
—Seguro—respondió Iman—, ¿ustedes vienen? —les pregunto, pero mientras Maximilian miraba a otro lado acalorado, Fátima empezaba hacer pucheros.
—No, largo de aquí fenómenos—exclamo la pelirroja furiosa. Ambas chicas voltearon a verse y no pudieron evitar reírse.
—Oh vamos Fa, no te enfades sé que estas celosa de nosotras pero no es nuestra culpa que pongamos así a tu pareja. —señalo Iman al Mayor que las miro horrorizado. No podía creer que fuese tan obvio el calentón que le habían dado. Fátima abrió la boca de impresión y justo antes que Max pudiese decir algo, ambas se dieron la vuelta y se dirigieron a la pista.
—¡Au revoir!—se despidieron ambas militares riéndose.
—¿Te gusta ese par de pervertidas?—inquirió con enfado Fátima. Max la miro confundido ¿Cuándo es que ella había perdido la dulzura que la caracterizaba? Sonaba como una niña celosa y malcriada, algo que él no podía soportar. En el transcurso de unas horas, la pelirroja se había convertido en un monstruo posesivo aun peor que la propia Iman—Anda ¡contéstame!—exclamo pero Max no pudo si quiera emitir una clase de sonido pues justo cuando ella parecía que iba a ponerse a llorar se desplomo en el suelo tomándose fuertemente del estómago.
—¿Qué te pasa?—inquirió Max con preocupación acercándose a ella.
—Me duele muchísimo el estómago—respondió chillando de dolor. Lo primero que Max pensó fue que la pequeña niña trataba de llamar su atención pero cuando noto que empalidecía no le quedó más duda de que ella se estaba sintiendo mal. Al mismo tiempo en la pista de baile Justine se detuvo súbitamente.
—¿Pasa algo?—pregunto Iman al verla mirar hacia donde estaba Max.
—Que Fátima esta tirada en el suelo—la señalo, Iman volteo a ver la escena con una enorme sonrisa.
—Creo que el chocolate está haciendo su efecto—dijo la rubia con emoción—y Maxi no tardara en caer—sonrió. Justine la miro un poco asustada.
—Eres una adolescente enamorada—musito negando con la cabeza.
—No, que va. Simplemente tengo que proteger lo que es mío—comento mirando a Fátima correr en dirección al baño. .
La velada para el Mayor Lütke termino bastante mal. Tanto Fátima como el estuvieron por horas en el baño de Coco Bar y cuando salieron de ahí, la chica don dudo en gritarle todo el camino hasta su casa que ese había sido el peor día de su vida. La noche no termino ahí, el Brigadier Bristow no dudo en darle una que otra palabra ofensiva al Mayor por dañar a su preciosa hija.
Llego al cuartel a las cinco de la mañana, así que en lugar de ir a la cama a descansar prefirió darse un largo baño.
Había sido una noche horrible, de las peores que había tenido en los pocos meses que iban del año y necesitaba relajarse. Pero cada que cerraba los ojos la única imagen que pasaba por su mente era aquella del dúo diabólico. No lograba entender por qué le perturbaba tanto esa imagen, porque sentía un vacío en el estómago, se sentía traicionado y a la vez estaba lleno de envidia de la morena. Era seguro que nunca encontraría la respuesta porque ya sabía cuál era, pero le daba miedo aceptarla. De lo único que estaba seguro era que tenía que dejar de sentirse así.
Afortunadamente después de ese largo baño, Max no tuvo oportunidad alguna para seguir pensando en sus sentimientos, se distrajo con el trabajo en el campo y aún mejor, no se había cruzado con ninguna de las chicas en toda la mañana.
Fue a la hora de la comida, cuando el solitario Mayor se dirigía hacia el comedor que algo llamo su atención. Detrás de los enormes contenedores de ropa escucho unas risas muy familiares.
—Debiste haber visto la cara del Brigadier esta mañana, ¡estaba fuera de sí!—exclamo Iman riendo. Max se escondió detrás de una pared para escuchar la conversación.
—Claro, pues como no va a estarlo si su pobre Fátima esta tan enferma—continuo Justine riendo—, seguro fue por el coraje, el chile o tu delicioso mousse de chocolate—Maximilian se llenó de furia, ellas habían sido las causantes de que su cita saliera mal.
—Estoy más que segura que fueron los celos lo que la hicieron enfermar. Max no nos quitaba la vista de encima—dijo Iman sin parar de reír.
—Pues lo que haya sido, salió perfecto.
—Ya vez, tú no confiabas en mí. Espero que con esto le haya quedado claro a esa niña y al niñato ese quien manda—dijo vanidosamente la rubia—, aunque no hubiese sido posible sin ti Justine, gracias—le dijo con una sonrisa.
—Siempre a su servicio mi Teniente—el Mayor camino apresuradamente hacia su habitación. El hambre se le había ido después de escuchar aquella plática, estaba furioso y tenía que encontrar una manera para vengarse de lo que ellas habían hecho.
Pasaron cerca de dos semanas en el cuartel, tanto Iman como Justine estaban sorprendidas por la actitud tan pacifica de Maximilian, a pesar de que ellas se habían encargado de hacerle saber al Mayor que habían arruinado su cita. Preocupada por esta reacción, Iman ya estaba planeando su siguiente movimiento. Quizás le traería un poco de problemas con Anneliese, pero sabría manejarlo como ella decía a situaciones extremas medidas desesperadas.
Lo que ella no sabía es que Maximilian estaba también planeando una gran venganza contra ella. Sabía que estaba despistando a Iman, haciéndole creer que no se vengaría pero estaba loca si pensaba que no lo haría.
Sin embargo, ambos no contaban con que las mentes enamoradas piensan exactamente igual y sin quererlo, el día de la venganza ambos lo habían planeado para el mismo día e incluso eran muy parecidas.
Así que durante la misma noche, ambos no durmieron para darle una sorpresa al otro al despertar. Pero tampoco tenían en cuenta que ellos serían sorprendidos por una tercera persona.
Así fue como una cálida mañana de martes, Iman y Max fueron despertados por sus subordinados.
—¡Iman! ¡Despierta!—exclamaba Justine muy alterada moviéndola por los hombros para despertarla
—¿Qué pasa?—pregunto perezosamente con los ojos cerrados, tratando de cubrirse con las cobijas.
—Tienes que levántate para verlo, ¡parece que Max también se vengó de ti!—el explico asustada. Iman dio un salto de la cama y con la ayuda de Justine se alisto lo mejor que pudo antes de salir corriendo.
Al salir al patio central encontró a todos los soldados muertos de la risa sosteniendo dos fotografías cada uno. La primera de Iman y Justine bailando en Coco Bar y la segunda era una copia de la foto de Max disfrazado de borreguito. La Capitán le dio un par de copias a la Teniente que las miro con confusión. Estaba muy preocupada por la foto de Justine y ella. Nunca había existido una prueba tan tangible de su "relación" como aquella foto, que al parecer estaba cumpliendo las fantasías de varios de los soldados que estaban en el campo. Iman estaba sonrojada, pero ya no sabía si era por la vergüenza o por el enfado que sentía hacia Max.
—¿Dónde está?—pregunto Iman a Justine que miraba con cierta desidia el caos que las fotos estaba causando.
—No lo sé, lo he estado buscando toda la mañana pero créeme debe estar hecho una furia por tu edición de borreguito—respondió riendo.
—No es una edición, es una foto real—dijo Iman dándole la foto y caminando entre los soldados. Justine la siguió muerta de la risa. No tuvieron que buscar mucho, pues un cabo las guio a donde estaba un enorme tumulto de personas mirando hacia el asta bandera.
—Ese hijo de put…
—¿Dónde consiguió tu ropa interior?—le interrumpio Justine mirando la bandera hecha de calzoncillos que ondeaba, haciendo reír a todos los soldados.
—Seguramente la robo de la lavandería—respondió la rubia enfurecida que trataba de llegar hasta donde estaba Maximilian saludando a su creación.
—¿Cómo te atreves cabron?—le pregunto furiosa a Max que sonreía arrogantemente mirando la bandera.
—Se llama venganza querida—respondió mirándola a los ojos—. Por cierto, gracias por revivir mi adolescencia—dijo aventándole una de las fotos a la cara.
—¡Le exijo que baje mi ropa interior en este momento!—le ordeno Iman.
—¡No lo hare! Por qué entonces usted—le señalo—tendría que deshacer todas las jugarretas que me ha hecho—le replico con firmeza. La rubia estaba a punto de lanzarse sobre él, cuando escucharon el sonido de la sirena de un alta voz. Ambos oficiales, sintieron un escalofrió recorrerles el cuerpo al mismo tiempo que el campo se quedaba en silencio.
Enseguida escucharon unos pasos firmes que se abrían paso entre los soldados, mientras que estos saludan al Ministro Lütke que caminaba con una mirada enfurecida.
Aquellos segundos se les hicieron eternos, temblaban de miedo por la inoportuna visita del General. Iman y Maximilian se pararon en posición de firmes, uno al lado del otro y saludaron al Ministro cuando estuvo a dos pasos de distancia.
—Me pueden decir ¿Qué diablos está pasando aquí?—vocifero el General mirándolos furioso—¿Quién de ustedes es el responsable de esto?—pregunto lanzándoles las fotografías a la cara, pero ninguno se atrevió a responder. Otto Lütke elevo la mirada hacia el asta bandera y horrorizado miro la creación de su hijo—¿y quién carajos colgó eso?—señalo hacia el asta.
—Fue el Mayor Lütke—respondió Iman bajando la mirada, Max la miro con sorpresa por delatarlo.
—Pues la de las fotos fue la Teniente Braun—dijo el joven enfadado, causando la misma reacción que él.
—¡Yo no hubiese repartido esas fotos si tú no te comportaras como un idiota!—le grito la rubia enfurecida.
—¿Yo? ¿comportándome como un estúpido?—inquirió Max cruzándose de brazos—¡Tú eres la que se ha comportado como un idiota!—Otto los miro con decepción y enfado, sentía como si estuviese lidiando con un par de niños.
—¡Paren ya!—grito el General encolerizado. Ambos tragaron saliva asustados—¡Los quiero en la oficina central ahora mismo!—les ordeno.
—¡Si señor!—dijeron al unísono emprendiendo el camino hacia las oficinas.
—Y tu—se dirigió Otto a Justine—encárgate de bajar esto y limpiar el campo en menos de veinte minutos ¿entendido?
—¡Si señor!—respondió la morena con firmeza. El General y sus subordinados caminaron detrás de Iman y Max que aunque seguían enfadados se sentían aún más avergonzados.
Al llegar a la oficina, Otto los hizo pasar primero y cerró la puerta de un portazo detrás de sí.
—Tomen asiento ¡ahora mismo!—les ordeno al mismo tiempo que caminaba hacia el escritorio. Ambos oficiales se sentaron en las sillas de madera con cierta vergüenza—. ¡Estoy indignado! Decepcionado de su comportamiento, no esperaba que el día de hoy el campo se hubiese convertido en un arenero o mejor dicho en un zoológico—ambos estaban cabizbajos, no se atrevían a mirar a la cara al General— ¿Desde hace cuánto están usando mi campo como su lugar de juegos?—pregunto mirándolos fijamente, ninguno se atrevió a responder. Así que Otto dando un manotazo en el escritorio que hizo saltar a Iman los obligo a responder.
—Desde que ella llego aquí—respondió Max con temor.
—¿Y se puede saber sus motivos?—cuestiono con dureza.
—No son lo suficientemente válidos para excusar nuestro comportamiento, Señor—contesto Iman apenada.
—¿Entonces? ¿Por qué carajo seguían haciéndolo? Han hecho de mi campo su parque de diversiones, de mis uniformes sus harapos y de mi ejercito una vergüenza. ¡Ustedes se suponían que tenían que dar el ejemplo a sus compañeros! Me han defraudado, nunca me he sentido tan desilusionado como ahora me siento. Díganme ¿Cómo le voy a explicar su comportamiento al presidente, a mis subordinados a todo el mundo? ¡es imperdonable lo que ha hecho! Son militares, tú tienes el grado de Mayor que según con tu esfuerzo has logrado—señalo a Max— y tú eres la Teniente Coronel más respetada de Europa—se dirigió a Iman obligándola a que lo mirara a los ojos—. Has arruinado tu reputación y la de mi ejercito por seguirle el juego a este mequetrefe—el castaño se sentía herido por las palabras de su padre, pero en ese momento él no era su papá si no su jefe y sabía que él había cometido un gran error. Se quedaron callados mientras Otto caminaba de un lado a otro.
—Tengo que pensar en su sanción, debería descenderlos de grado e inclusive descansarlos—dijo tomando su tabique nasal con sus dedos.
—¡No, General! Por favor—le interrumpio Iman asustada, tomando por sorpresa a los Lütke—. Me disculpo por mi comportamiento tan infantil, por haberlo defraudado. Si quiere desciéndame de grado hasta cabo ¡pero no me descanse!—le imploro con arrepentimiento. Iman sabía que si su familia se llegaba a enterar que la habían descansado su padre pediría su baja del ejército enseguida. Otto la miro a los ojos, parecía estar muy afectada y llena de remordimiento, lo que le recordó la primera vez que la vio.
Había sido ya casi once años atrás, cuando Iman apenas había obtenido el grado de Sargento, luego de dos largos años de entrenamiento en Austria. Su abuelo Karl, estaba tan orgulloso de ella y fue el mismo General Braun quien se la presentaría. Lütke no pudo mostrarse más impresionado por los logros de aquella rubia tan delgada y de mirada angelical. Era tan tenaz que aún le parecía increíble que hubiese soportado tantos maltratos en el ejército con tanta firmeza. Karl le había dejado claro a Otto que ella sería su más fiel hombre y que nunca lo traicionaría. En realidad, nunca lo había hecho Iman bien podía ser su mano derecha, siempre cumpliendo cada una de sus órdenes al pie de la letra y sin renegar, al menos hasta esa mañana. El hombre se sentó frente a ellos.
—Siempre he tenido a ambos catalogados como mis mejores hombres, me siento muy contrariado por su comportamiento tan inmaduro, principalmente de usted Teniente Braun—dijo un poco más calmado mirándola—. Usted sabe que siempre ha sido merecedora de mis halagos, confianza, gratitud y del más profundo respeto que le puedo tener a cualquier persona. Hoy simplemente me ha dejado sin palabras—Maximilian miro a Iman que aunque tenía una expresión dura, en sus ojos se notaba su extremada preocupación.
—Ni si quiera una disculpa podrá resarcir lo que he hecho General—dijo Iman con solemnidad.
—Tiene mucha razón, Teniente—dirigió su mirada hacia el castaño—¿y usted, Mayor? ¿Tiene algo que decir? Aunque permítame decirle que con esto me ha dejado más que claro que realmente no le interesa el ejército ni le importa el que le tomemos en serio para cualquier otro puesto—musito con frialdad—. Debería reconsiderar si realmente quiere seguir en la armada—Max se sintió como si volviera a ser un adolescente y su padre lo regañara por no terminar la serie de ejercicios que le ponía. Otto siempre había sido muy duro con Max. A Blake no le decía ni una palabra, ni un regaño pero a Max lo tenía bien vigilado y ni una de sus acciones se le escapaba. El castaño prefirió no responderle, pues cualquier comentario que le hiciere se lo tomaría ofensivo. La oficina se volvió a quedar en silencio mientras Iman pensaba en una forma de redimir sus actos, el General Lütke pensaba en la sanción perfecta para ese par.
A Max realmente no le importaba ya lo que su padre pudiese decir, de todos modos tendría que atenerse a las consecuencias de sus actos. Pero si estaba preocupado por la actitud de Iman, pues de un momento a otro aquella soberbia mujer había sido intimidada por Otto.
Después de varios minutos de silencio, el ministro se dirigió a ellos.
—Teniente, sé que esta pregunta no es de mi incumbencia pero debido a que ustedes lo han hecho tan notorio en todo el campo tengo que hacerla ¿está usted saliendo con la Capitán Frye?.
—No señor, la Capitán y yo solo somos compañeras de trabajo—respondió con soltura. Max la miro con sorpresa, la respuesta sonaba muy convincente pero por lo que había visto en Coco Bar no podía creerlo del todo—. Esas fotografías las tomaron cuando la Capitán y yo le jugábamos una broma a un conocido—Maximilian miro hacia otro lado de la oficina. Ya le había quedado claro que todo había sido planeado por esas dos.
—Está bien, confiare en su respuesta, Teniente. Aunque si en realidad usted tuviese una relación con ella o cualquier otra persona del campo le pediría que no lo mostraran dentro de mi campo, en horas de servicio y portando el uniforme—ella asintió.
—Y usted, Mayor ¿podrá dejar fuera de este campo sus perversos instintos? —le pregunto Otto a Maximilian.
—Si, señor—respondió cruzándose de brazos.
—Perfecto. Ahora bien, he estado pensando en su castigo. No sé qué clase de problema traen ustedes, pero tendrán que arreglarlo lo más pronto posible. No quiero volver a saber que esta clase de cosas se dan en mi campo, porque no dudare en darlos de baja. Tendrán que comportarse maduramente, porque en este momento me es imposible trasladarlos a otros campos por la situación tan tensa que se vive en Oriente, así que más vale que hagan sus fricciones a un lado y se pongan a trabajar.
—Si, señor—dijeron al unisonó.
—Su castigo será entrenar a los nuevos batallones que llegaran la siguiente semana con el nuevo armamento. Tendrán que esforzarse y trabajaran día y noche con esos hombres, sin días libres, sin goce de sueldo y sin descanso alguno más que los necesarios para comer y dormir ¿entendido?—explicó Otto con entereza.
—Sí, señor.
—Pueden retirarse—dijo Otto haciéndoles un ademan con la mano izquierda. Se pusieron de pie. Max abrió la puerta para darle el paso a Iman.
—¿Teniente Coronel?—le llamo Otto antes de que saliera.
—¿Si, mi General? —dijo la rubia mirándolo a los ojos.
—No deshonre la memoria de su abuelo—musito con seriedad. Max no entendió el porqué del comentario.
—No lo volveré a hacer. De eso puede estar seguro, señor—dijo Iman con melancolía. Después de esto ambos salieron de la oficina sin dirigiré la palabra. Estaban avergonzados y resentidos, solo sabían que nunca más volverían a actuar de esa forma. La guerra había terminado y el ganador no había sido ninguno de los dos.
