Cap 53. El Ángel
POV Edward
Corre, corre, corre…No sé por dónde voy.
Corre, corre, corre…Sé que estoy en el camino correcto.
Corre, corre, corre…No conozco el paisaje.
Corre, corre, corre…Sé que estoy en la reserva.
Corre, corre, corre…Sigo las imágenes de la mente de Tanya.
…Edward…Edward…Edward…
Un susurro en el bosque y me detengo.
Es su voz.
Un gruñido, y mi respiración se acelera.
—¡No sigas llamándole! ¿Aún no te ha quedado claro que eres mía?—es la voz del vampiro—Eres mía, Bella, de todas las maneras posibles. Te juro que mi nombre será lo último que digas.
Mi corazón se encoge de miedo, pero gracias a los cielos, mis piernas siguen corriendo.
Más rápido. Más rápido.
Salto de árbol en árbol acercándome al lugar del que sale la voz.
Veo un pequeño entrante en la roca. La entrada a una cueva. Me lanzo por ella…
…Y llego directo al infierno.
No puedo creer lo que mis ojos envían a mi cerebro. Tampoco puedo gritar, o llorar, o moverme. Mi mente sobrenatural que tarda en asimilarlo.
Mi mujer se muere.
Su corazón bombea tan débil que apenas lo percibo. Sus huesos se pegan a su piel como si ésta fuera su funda.
Me duele observar su piel. Es tan pálida como la mía… solo allí donde los diversos colores de las contusiones que cubren su cuerpo me dejan contemplarla. Demasiadas heridas sangrantes dibujan hilos de ríos rojos.
Por primera vez en 100 años acepto mi alma, porque ningún dolor corporal puede compararse al dolor que ahora la desgarra. Mi tardíamente descubierta alma. Tú siempre lo supiste.
Siento el instante preciso en el que el dolor da lugar a una ira sin medida. Y esta trae un odio que nace de lo más profundo de mis entrañas, donde comienza a formarse un gruñido que crece en mi pecho, que cobra vida por sí mismo y se hace imposible de controlar. Este ente venenoso se convierte en un estruendo al salir por mi boca.
—¡GGGGGGGRRRRRRRRRR!
Me arrojo tan fuerte sobre el asesino de mi mujer que lo arranco de su interior.
No quiero escuchar su quejido, su rabia y su protesta. Porque no es porque vea próxima su muerte, por tener que aceptar que ha perdido e intente suplicar por su vida. No.
—¡NOOOO. Dentro de ella, dentro de ella…!
Esa es su inquietud, su lucha. Pelea contra mí con el rostro desencajado de la locura por volver junto a …mi vida.
Exploto.
Solo dura un instante.
Su cabeza, separada del cuerpo, cuelga de mi mano.
No hay razón ni emoción.
Olvido su cuerpo decapitado convulsionando en el suelo y corro al lado de Bella.
La desato tan rápido como mi angustia me permite. Y la acuné contra mi pecho. La abrazo y la acaricio y encierro su cuerpo contra el mío. Nunca me he sentido más muerto que en este momento.
—Mi ángel…
Es la única voz que puede devolverme a la vida.
La miro y sus ojos llenan mi alma por un instante, infinito, eterno, perfecto.
Pero al fin y al cabo un instante. Solo un instante en el que siento la vida renacer en mí para serme arrancada de nuevo cuando veo cómo la luz se escapa de sus ojos y caen sus párpados y siento romperse las cadenas del embrujo al que me sometió Bella la primera vez que nuestras miradas se encontraron.
Un ensordecedor lamento de impotencia rompe el silencio de la noche cuando me encuntra mi familia.
Jasper y Emmett corren a terminar el trabajo que yo había dejado a medias con el vampiro. Los demás nos rodean a Bella y a mí.
—Rose, Alice, ayudad a los chicos—la voz de mi padre suena distinta, ajena, sombría, tan diferente a la calidez que suele acompañarle.
La cueva se llena de sonidos estridentes.
Esme llora a mi lado y Carlisle lucha por revisar las constantes vitales de Bella contra mi abrazo.
—Está viva, Carlisle. Su corazón aún late, muy débilmente—sollozo—Voy a hacerlo.
Acerco el cuerpo de Bella a mi boca. Poso mis labios en su piel, que se me antoja demasiado fría. La mano de Carlisle en mi hombro me retiene.
—Edward, espera.
Miro sin ver realmente a mi padre. ¿Espera? Bella está muriendo, ni siquiera estoy seguro de que la ponzoña pueda llegar a todo su organismo debido a la insuficiencia de su torrente sanguíneo.
—Carlisle, se está muriendo, no queda tiempo, ¿qué es lo que quieres que espere?— le grité indignado.
—Edward, no está tan mal. Llegará al hospital, te lo aseguro—su voz está llena de confianza. Y casi me hace dudar.
—Pero Carlisle, no podemos arriesgarnos— suplico dejándole ver todo mi dolor.
—Edward—suspira.
Me mira como miraría a un pequeño al que debe decir algo que cambiará su vida para siempre. Eso me pone nervioso, y mi inseguridad crece
—No sabemos cómo se encuentra Bella psicológicamente—habla bajito, confidente—No podemos arriesgarnos a que Bella entre en este mundo con un trauma semejante si podemos evitarlo.
Me mira como sólo puede hacerlo un padre a un hijo, intentando transmitirme toda su confianza, todo su aplomo, toda su experiencia.
Y sé que tiene razón. No sólo porque le prometí a Bella que sería cuando ella me lo pidiera. Si por fuerzas mayores hubiera tenido que hacerlo antes, lo hubiera hecho sin dudar, como pretendía ahora. Es que además sabía que si se producía ahora el cambio, sin conocer el estado mental de Bella, no sabíamos qué nos encontraríamos cuando ella despertara. No sabíamos que efectos causaría esta pesadilla en su mente. No sabíamos si podría recuperarse.
Lo que sí sabíamos era lo que podía pasar si traía a su vida vampira un trauma así. Y la respuesta la teníamos ardiendo en un gran fuego a unos metros de nosotros.
Me estremezco de rabia e impotencia porque sé que Carlisle tiene razón. Hundo mi cabeza contra el pecho de Bella.
—Vamos Edward, debemos darnos prisa. Se recuperará.
No dejo que su leve sonrisa me de confianza. Me siento tan impotente. Estoy tan enfadado con…el mundo. Sólo quiero ocuparme de Bella.
La llevo en mis brazos hasta el coche. Puedo sentir sus latidos, débiles, arrítmicos. Me desprecio a mí mismo por rezar al que ya no es mi Dios para que salve su vida.
Bella.
Le juro que jamás volverá a estar en peligro.
Le juro que dedicaré mi vida a ella, a ponerla a salvo, a hacerla feliz.
Feliz. ¿Podrá volver a ser feliz después de esto? ¿Podrá olvidar alguna vez a aquel que le había llevado al infierno? A un vampiro. Como nosotros. Como yo.
El miedo se adueña de mí cuando esa idea cruza mi mente.
¿Y si Bella no quiere saber nada más de nosotros cuando despierte? No la culparía, desde luego. Nadie lo haría. Sería imposible que no le recordáramos al monstruo que casi acaba con su vida.
¿Y si ya no puede amarme? ¿Y si ni siquiera acepta que esté cerca de ella? Ese sería el final de mi vida. ¿Y si nos tiene miedo? ¿Y si me teme? Dios. No podría soportarlo…
Pero lo haría. Haría lo que ella me pidiera, lo que necesitara, lo que le diera paz, lo que la hiciera feliz, ser ella de nuevo. Aunque jamás volviera a ser parte de su vida. Aunque me dedicara a contemplarla desde la distancia el resto de mi existencia, que acabaría el día en que ella abandonara este mundo.
Sí, la seguiría amando en silencio, en la oscuridad. Durante el resto de mi vida. Porque ella era la única que había llegado a mi corazón. La que lo había robado y a quien jamás pensaría siquiera en reclamarlo.
La angustia crece en mi pecho. Cada pensamiento me empuja más a la desesperación. Estoy en sus manos. Desde el primer día que nos encontramos, estuve en sus manos.
La miro. Recorro su cuerpo envuelto en una manta. Sus párpados titilan. Sus labios están entreabiertos.
Mi Bella. Mi dulce, sensual y valiente Bella. Mi amiga, mi amante, mi mujer.
No ha habido nadie como tú en mi vida, y nunca habrá nadie más.
—Te amo—le susurré al oído—Jamás me alejaré de ti. Nunca. Soy tuyo para siempre.
