Capítulo 32: Silenciosas y suplicantes despedidas
Con la bilis prácticamente en la base de garganta, el teniente Peeta Mellark soportó el interminable viaje a Berlín; apenas eran 90 kilómetros, pero le pareció que estaban atravesando el país de una punta a otra. Boggs iba en otro de los coches, esposado como él; eran tres vehículos en total; en otro sabía que iban Hadley y Clove, que había insistido en acompañarles, incrédula como estaba con los cargos y el delito que alta traición que ahora pesaban sobre sus espaldas.
En medio de ese tortuoso y largo viaje, su cerebro tuvo el suficiente tiempo para meditar en todas las posibles teorías... ¿les habían delatado... o por el contrario habían pillado a algún miembro de la Organización...?
A su mente vinieron las imágenes de días anteriores del sargento Hadley, y de la sonrisa arrogante y misteriosa que había visto varias veces en su cara; no lo tenía cien por cien claro, pero seguro que él estaba en el ajo... o peor aún, puede que las cartas de su Kat estuvieran en sus asquerosas manos. Le había parecido muy extraño que no hubieran registrado su despacho, y que simplemente se dedicaran a detenerle y a sacarle de ahí a trompicones.
Dios... su pequeño ángel; por unos segundos todo su cuerpo tembló cual débil hoja. No quería pensar en lo que podría ocurrir... por una parte, era muy poco probable que ella y el resto de las chicas estuvieran en peligro. Vivían en la tierra enemiga, y ningún alemán adicto al régimen del Tercer Reich tenía permitida la entrada a suelo inglés; al ser compradas, por así decirlo, y sacadas del campo, sus expedientes fueron entregados a Finnick, de manera extraoficial, y posteriormente destruidos.
Pero por otra, le había prometido que volvería a ella... y con todo el dolor de su corazón, esa promesa estaba a punto de romperse en mil pedazos. No tenía manera de comunicarse con ella, a menos que algún miembro de la Organización hubiera podido escapar de toda esta encrucijada. Todos sus sueños, sus esperanzas de futuro... todo se torcía otra vez. El poder comenzar una nueva vida, alejado de los ideales de Hitler... y con su Katniss a su lado, viviendo de manera discreta y humilde, pero felices; todo quedaba de nuevo en una ilusión.
Su recuerdo voló hacia los otros miembros de la Organización; ¿estarían bien?, ¿habrían descubierto a todos...?; ¿alguno habría sido capaz de escapar, Finnick entre ellos?... miles de preguntas para las que desgraciadamente, no iba a obtener respuesta alguna. Sabía de sobra la pena que aplicaban por alta traición.
Pero una fuerte sacudida en su hombro le sacó de su letargo; abrió los ojos sobresaltado; la oscuridad de la noche apenas le dejó distinguir en que lugar se habían detenido, pero distinguió la inconfundible fachada de estilo medieval de la cárcel de Spandau, centro penitenciario militar construido en 1876.
-Abajo, maldito cabrón- le increpó el mismo oficial que lo había esposado y acusado en Ravensbrück; en cuanto puso un pie en el suelo fue agarrado por otros dos soldados, cada uno tenía cogido sus antebrazos, y pudo sentir en su nuca el tacto frío y metálico del cañón de una pistola apuntándole.
-Llevadlo a la sala de interrogatorios- ordenó una voz que no supo identificar.
Con la respiración atorada en sus pulmones y prácticamente arrastrando los pies, ya que se podía decir que le llevaban en volandas, lo condujeron a través de una serie de angostos y oscuros pasillos. A lo lejos se podía percibir murmullos, e incluso pequeños gritos, que provenían de los cientos de presos ahí encerrados. El olor a orín y otros desechos humanos le provocó una tremenda nausea que a punto estuvo de hacerle vomitar, incluso aun cuando no hubiera ingerido ningún alimento sólido en las últimas horas.
El estridente sonido de unas oxidadas bisagras le indicó que ya habían llegado a su destino; una lúgubre celda, con las paredes oscuras y mohosas, y una mesa que, seguramente, había conocido tiempos mejores. Varias sillas de madera oscura y raída la rodeaban, y en esa celda no había nada más. Peeta hizo un esfuerzo por tragar saliva cuando, de forma nada amable, le invitaron a sentarse... sabía de sobra lo que veía a continuación.
Le dejaron solo apenas unos minutos, después de soltar sus esposas para asegurarlas a la silla y volver a amarrar sus muñecas; sus brazos estaban entumecidos, al igual que sus hombros, debido a la incómoda posición en las que los tenía desde hacía horas. Su mente estaba bloqueada, pensando en una manera para poder salir airoso de la situación, y no comprometer a Finnick y a los demás; pero todavía no sabía en que basaban su acusación, así que por más que pensara, no podía hacer nada.
El ruido de la pesada puerta de metal abriéndose de nuevo hizo que mirara hacia esa dirección; le habían dejado a oscuras, y ahora sus ojos luchaban por adaptarse a la luz que unas potentes bombillas, dos de ellas apuntando directamente a su rostro. Tres hombres, perfectamente uniformados, a los que no había visto en su vida, irrumpieron con paso firme en la sala; también lo hizo el oficial que le había detenido, Hadley y Gloss; los sollozos de Clove llegaban desde el pasillo exterior, pero ella no entró en la celda.
-Teniente Mellark- habló el que parecía tener más edad -soy el comandante Fleinsgerb- se presentó- mis oficiales y yo queremos hacerle unas preguntas.
-Primero me gustaría saber en que basan su acusación- siseó enfadado.
-No estás en posición de enfadarte, Mellark- sus ojos revolotearon hasta la cara exultante de Cato, que estaba más que feliz por lo que estaba ocurriendo -sabía que escondías algo, perro- escupió su nombre, mirándole directamente a los ojos.
-¿Estás disfrutando del espectáculo, no es así Hadley?- le preguntó -venderías a tu propia madre con tal de ascender.
-Basta- ordenó el comandante -sargento Hadley; sino deja de increpar al acusado, me veré obligado a invitarle a que abandone la celda- le advirtió.
-Pero...
-No hay peros que valgan; nosotros hacemos las preguntas... ¿está claro?
-Muy claro- contestó con sarcasmo, a la vez que se cruzaba de brazos y se callaba; a su lado, la cara confusa y desconcertada de Gloss no sabía hacia donde mirar.
-Bien, teniente Mellark- tomó de nuevo la palabra; ahora todos estaban sentados frente a Peeta, igual que si estuviera ante un tribunal de guerra -podemos hacer esto por las buenas o por las malas- este lo miró, esperando a que hablase -hace unos días, un oficial que estuvo destinado en Ravensbrück fue pillado in fraganti robando unos documentos- la mente de Peeta hizo un repaso rápido... mierda... sólo dos oficiales que habían pasado por Ravensbrück pertenecían a la Organización. Pero hizo lo mejor que sabía hacer, lo que tanto tiempo llevaba haciendo... su particular teatro.
-¿Y eso qué tiene que ver conmigo?- habló, sin esconder la mirada, sin amilanarse.
-Tiene mucho que ver, teniente Mellark- el comandante cruzó sus manos encima de la mesa -el oficial Jared Meier robaba expedientes de reclusos del campo en el que estaba destinado.
Santo dios... Jared; era uno de sus candidatos, junto con Hawthorne... ¿qué le habría ocurrido?
-¿Admite que conoce al oficial Jared Meier?- interrogó uno de los hombres.
-Estuvo destinado en Ravensbrück- contestó, y Gloss corroboró esa información con un silencioso gesto -pero nada más, fue trasladado- terminó de decir.
-En su declaración, el oficial Meier relató que necesitaba esos expedientes para realizar una venta de prisioneros; sabemos que en varios campos, incluido Ravensbrück, esto ha sido así.
-Es cierto- aprobó Hadley. El comandante Fleinsgerb le lanzó una mirada, instándole a que se callara.
-Eso no lo niego- habló ahora Peeta -pero Berlín estaba al tanto de esas transacciones.
-Tampoco lo discuto, teniente- añadió Marco -lo que resultó altamente sospechoso es una nota que encontramos en posesión del oficial Meier; esa nota contenía nombres explícitos de prisioneros, que debían ser comprados por petición expresa de la Organización- leyó el comandante -no voy a preguntarle por la Organización, teniente- el rostro de Peeta permanecía impasible, pero para sus adentros no puedo evitar fruncir el ceño -Meier confesó bajo tortura, admitiendo que efectivamente, existe tal madeja de traidores -la bilis de nuevo se atoró en la garganta del teniente... Jared torturado.
-Desgraciadamente, el tema se les fue las manos, intentando que hablase -habló con una sonrisa cruel el estúpido que le había propinado un golpe y esposado en el campo; dios mío, Jared torturado hasta la muerte... ¿eso quería decir que no había pronunciado nombre alguno...?
-Sigo sin entender que tiene que ver esto conmigo- habló, intentando mantenerse sereno.
-Mi turno- exclamó Hadley, jovial; sacando un fajo grueso de papeles, que posó encima de la mesa de forma brusca.
Los ojos de Peeta vieron de que se trataba, y su corazón dejó de latir... las cartas, las cartas de su Katniss, y varios de los telegramas con los que la Organización se comunicaba; maldito Hadley sabía que llevaba varios meses actuando de manera extraña... pero hasta ayer mismo, y él lo había comprobado, las cartas estaba a buen recaudo en el escondite de siempre... ¿qué demonios había pasado...?, ¿cuándo las había descubierto...?
-Que asombrosa casualidad- volvió a tomar la palabra Cato -sabía que escondías algo, Mellark- los fríos ojos le enfocaron, con un deje de superioridad -cuando Berlín mandó la orden de investigar lo de esta Organización, tuve la suerte de poder interceptar esa misiva a tiempo- la furia de Peeta crecía por momentos -es lo que tuvo relegarme a chico de los recados- se encogió de hombros. De mientras, el comandante y los tres esbirros habían tomado varias de las cartas, leyéndolas con atención.
-Increíble; tenía usted razón, sargento Hadley- habló uno de ellos, a la vez que sus ojos se abrían de forma desmesurada.
-Eso hizo que empezara a buscar indicios por mi cuenta... y hace exactamente dos semanas, encontré esas cartas- señaló el montón de papel- hizo una pausa -en ellas pueden ver como el teniente Mellark mantiene correspondencia con una joven que ahora está en Inglaterra. Debo añadir que esa joven fue una de las presas de Ravensbrück, una perra judía.
-Maldito hijo de puta- siseó Peeta, haciendo amago de levantarse, pero las cadenas firmemente aseguradas a la parte posterior de la silla se lo impidieron.
-Y en ellas también se habla de la Organización, y del plan que se trazó para que salieran- añadió uno de ellos, pasándole una de las cartas al comandante.
-Teniente Mellark, esto es muy grave- habló con determinación -estas cartas son una prueba irrefutable de su traición, al igual que la del sargento Boggs y ese otro oficial, Hawthorne.
-Confiesa, maldita rata- le encaró Cato, apoyando ambas manos encima de la mesa y sosteniendo su mirada -confiesa que eres cómplice de esa Organización, y dinos que papel juega en ella ese tal Abernathy- la máscara impasible de Peeta seguía en su sitio, y en ningún momento bajó la vista.
-Responda, teniente- le instó Fleinsgerb, mirándole con seriedad. Pero el silencio se mantuvo... de su boca no sacarían una sola palabra que comprometiera a gente inocente.
-¿No respondes?- preguntó Hadley -puede que tal vez haya que hacer una visita rápida a Inglaterra- los puños de Peeta se cerraron, de la rabia y de la impotencia -¿es esa zorrita, verdad?; esa por la que una vez, me apuntaste con un arma para que la soltara.
-No es ella- consiguió decir; no quería que el nombre de Katniss o de alguna de las chicas se viera más involucrado todavía.
-No te creo- escupió Cato frente a su cara -pero ellas nos traen sin cuidado, sólo son un puñado de ratas judías... que se las queden los ingleses- a pesar de la situación, Peeta pudo respirar ligeramente aliviado... no irían tras ellas; era muy poco probable, pero toda precaución era poca.
-Teniente; su situación en ese momento no es nada buena; mi consejo es que si sabe algo, y está claro que sabe cosas- le lanzó una muy severa mirada de advertencia -nos lo diga; será lo mejor para todos.
La mente de Peeta estaba bloqueada, al igual que sus palabras; la peor de sus pesadillas se había hecho realidad en cuestión de segundos; pero como había jurado un día a Finnick Oddair y al resto de miembros de la Organización, de su boca no saldría una sola palabra ni nombre que pudiera inculpar a gente inocente; personas que llevaban años salvando a gente indefensa de una muerte cruel y segura; sólo esperaba que no hubieran sido descubiertos todos, y que pudieran haberse puesto a salvo.
Kat... su Kat... su pequeño ángel... otra vez la promesa que le hacía caía en saco roto, porque ahora sí que su futuro se había desmoronado cual frágil torre de naipes; no sabía si lo torturarían hasta la muerte, como había sucedido con Jared Meier. Suerte tendría si en medio del interrogatorio que le esperaba no le pegaban un tiro entre ceja y ceja; no sabía lo que estaba pasando con Boggs, pero dedujo que estaba en una situación igual o peor que la suya propia.
-¿No tiene nada qué decir, teniente Mellark?- insistió el comandante Fleinsgerb, cruzándose de brazos; el silencio de Peeta inundó la celda... no cedería -usted lo ha querido- el comandante tomó las ahora pruebas, y salió seguido por Gloss y otro de los oficiales.
Peeta agachó la vista, y por la esquina de su ojo derecho se dio cuenta de que estaban retirando la mesa, y dos de esos soldados y Cato quedaban posicionados frente suyo.
-Vas a cantar, Mellark... aunque sea lo último que haga en esta puta vida, vas a cantar- siseó Hadley.
Una mano tomó su cabeza por detrás, levantándola de manera brusca; el crujido de los huesos de su nariz llegó a sus tímpanos, a la vez que un dolor punzante se extendía a lo largo de todo su rostro.
-¿Quiénes formáis parte de esa Organización?- sintió que una voz le preguntaba; otro golpe, esta vez en su mandíbula, hizo que se doblara de dolor, aunque su espalda quedara solo ligeramente inclinada -¿quién la dirige... es el tal Abernathy?- de nuevo solo obtuvieron silencio por parte de Peeta, y otro golpe le propinaron a su cara. El sabor ferroso de la sangre hizo que escupiera de manera brusca, y sintió también como su nariz goteaba, ya que se dio cuenta de los pequeño puntitos rojos que aterrizaban en la pernera de su pantalón.
-¡Habla de una vez, rata traidora!- bramó Hadley- tomando un puñado de su pelo y haciendo que le mirara; la respiración del teniente chocaba contra su rostro, ya ligeramente amoratado por los golpes.
De nuevo ni una sola palabra salió de sus labios, y de nuevo otra bofetada surcó su rostro... puede que a él le hubieran descubierto, pero si gracias a su silencio algún miembro de la Organización podía ponerse a salvo... y no fueran contra su Katniss, todo valdría la pena.
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Tumbado en un incómodo catre, intentó moverse aunque para ello tuviera que apretar los dientes; estaba seguro de que alguna de sus costillas estaba rota, ya que hasta respirar suponía un tremendo esfuerzo. Tenía la camisa rota, y su torso también estaba lleno de cardenales.
Cuatro días habían pasado desde la última ronda de interrogatorios, pero él no había dicho nada que pudiera comprometer a Finnick o los otros. Por desgracia, las cartas eran demasiado escandalosas, y no negó su relación con Katniss. Durante horas y horas le estuvieron repitiendo las mismas preguntas, y con cada una de ellas su cuerpo o cara recibía un golpe; incluso llegó a sentir el frío toque del cañón de una pistola en su sien... pero el silencio fue su mejor aliado.
Puede que ese fuera su particular purgatorio; aunque nunca imaginó que todo fuera por descubrirse su militancia en la Organización de Finnick Oddair. Puede que el destino le tuviera eso guardado; en el pasado, él había sido como los que ahora buscaban respuestas... y aunque su Kat, el rabino Everdeen y el resto de la gente que le quería le hubiese repetido por activa y por pasiva que él no era como ellos, ahora este castigo venía a confirmar lo que siempre supo... que tarde o temprano recibiría su merecido por todo el pasado.
Todo el odio que siempre le había profesado a Hadley ahora estaba más al rojo vivo que nunca; el muy maldito no había desaprovechado su oportunidad para vengarse, propinándole un golpe tras otro. El muy cabrón ahora estaba exultante, ya que le habían dado la supervisión total de Ravensbrück... lo que siempre había perseguido.
No sabía que había sido de Boggs; si seguía en Spandau, sometido a duros interrogatorios como él, o si estaba vivo o muerto... tampoco había podido conseguido ver a Clove. Los mensajes internos de la Organización estaban cifrados, y no se usaban los nombres de pila de los integrantes... sólo en las cartas de su ángel ponía el de Boggs, Jared o Hawthorne; tampoco sabía si Snow estaba al tanto de todo lo que estaba ocurriendo, y si podría ayudarle...
Kat... su pequeña... su bonito rostro, su preciosa sonrisa, su ceño fruncido cuando pensaba en algo que decir o que hacer... ella estaba libre y segura, y eso es lo único que le importaba. Eso le daba ánimos, y un ínfimo consuelo para aguantar todo este infierno; ojalá pudiera escribirle una última carta de despedida... ojalá pudiera pedirle que viviera su vida, que fuera feliz... su pequeña esperanza es que pronto se reuniría con su madre; y allí donde fuese, cual niño pequeño, se refugiaría en sus brazos, y ambos cuidarían a su Katniss. Jamás la culparía a ella o a sus cartas; esas dulces y alentadoras palabras, que se habían vuelto en su contra, habían sido su bálsamo mientras estaba metido en ese infernal sitio.
Porque tenía más que claro que después de ese interrogatorio vendría un juicio; un tribunal militar no titubearía en declararle culpable, acusado de alta traición... y la pena para los traidores era la pena de muerte, bien fuera por fusilamiento o ahorcamiento.
Las oxidadas bisagras de la puerta abriéndose no fueron capaces de hacer que Peeta se moviera; su cuerpo estaba al límite, y apenas podía ponerse de pie. Escuchó ruidos de pisadas, el inconfundible sonido de unas botas militares resonando en las mohosas baldosas.
-Arriba- le ordenó una voz; de nuevo el comandante Fleinsgerb venía a buscarle... de nuevo otra ronda de tortura le esperaba. Con dificultad se puso en pie, e inmediatamente fue esposado; nunca se le quitarían las cicatrices de las muñecas, sobre todo desde que estas sirvieron de gancho para colgarle y dejar su cuerpo suspendido del techo, y expuesto para más golpes.
Su paso era lento, y sintió como alguien apretaba sus antebrazos de manera poco amable, instándole a que se diera prisa. Salir al pasillo le permitió aspirar, de manera disimulada, ya que su celda olía a humedad y a sus propios desechos, cosa que realizaba en una de las esquinas. El mendrugo de pan seco y el agua que le daban de comer le recordó todo lo que su pequeño ángel y sus amigas pasaron en el barracón... todo lo que ellas habían sufrido, y que ahora vivía en sus propias carnes.
De nuevo la puerta de la celda de interrogatorios se abrió ante sus narices... pero sus ojos se abrieron, debido a la sorpresa. Hadley estaba allí, junto con Clove y un magullado Boggs, esposado y con la cabeza gacha. Los ojos negros de este último se encontraron con los suyos, vacíos y sin vida... pero mirándole fijamente, como una silenciosa súplica de que mantuviera la boca cerrada.
-¡Peeta!- chilló horrorizada Clove, tapándose la boca con ambas manos -¿por qué tuviste que hacerlo?- sollozó.
-Ella tenía que salir de allí... eran inocentes, Clove- dijo con la respiración entrecortada.
-¡Eran perras judías!- gritó ésta de vuelta -sabes el daño que esa comunidad ha hecho al Imperio...
-Viles mentiras para saciar las ansias de locura de un sádico- siseó Peeta; poco le importaba ya lo que pasara con él... pero no daría un solo nombre.
-¿Te atreves a insultar al Führer?- le increpó Cato -cuida esa lengua, ya tienes bastantes problemas... y no querrás que te la arranquemos de cuajo- con un empujón le obligaron a sentarse en una silla, frente a frente con Boggs. Ninguno de los dos dijo nada, pero ambos se entendían suficientemente con mirarse. Sin más rodeos, dio comienzo el interrogatorio.
-¿Es cierto que la Organización tiene un escondite secreto?- Hadley se dirigió a Boggs -mírame cuando te hablo- le advirtió, dándole una patada en una de sus piernas.
-Vete al infierno- le dijo Boggs, escupiendo directamente en uno de sus ojos.
-Malnacido- le insultó Cato, con los ojos refulgentes de furia -yo te enseñaré modales.
Los ojos del teniente Peeta Mellark asistieron con horror y sin poder hacer nada a la monumental paliza que McArthy y otros dos hombres le propinaron al bueno de Boggs; su primer impulso fue levantarse, pero al estar esposado enseguida se vio reducido. La impotencia recorrió cada una de las células de su cuerpo. Nunca le había gustado esa sensación, le gustaba poder hacer algo, aunque estuviera bien o mal. Los gemidos de dolor y lamentos de Boggs resonaban en toda la habitación, que desde el suelo recibía patadas en todo su cuerpo y en su cara.
No supo cuando tiempo le tuvieron en el suelo, pero el cuerpo Boggs hubo un momento en el que dejó de moverse, y de su boca no salía lamento alguno. Clove contemplaba impasible el espectáculo; Peeta respiró aliviado. Tantas veces había deseado confesarse a Clove... pero algo en su interior le decía que no debía fiarse de ella, y su actitud de hoy le confirmaba esas dudas.
-Ahora, Mellark- levantó la cabeza al escuchar su nombre -vas a decirme todo lo que sabes.
-¿Si lo hago le dejarás en paz?- susurró casi con la voz ahogada, llena de pena por el que se había convertido en su confidente y amigo dentro del campo.
-Pee.. Peeta... no...- le rogaba Boggs, desde el suelo y con la respiración entrecortada -no... lo hag...- Boggs no pudo acabar la frase; un río de sangre cubrió el suelo... sangre que emanaba directamente de la boca del sargento.
Los ojos negros del joven lanzaron una última mirada a Peeta; sino decía nada, los miembros de la Organización tendrían una oportunidad, y ganarían tiempo para escapar. Un amago de sonrisa, no sabía si involuntaria o voluntaria asomó en la boca de Boggs, antes de que Hadley sacara su revólver y, sin miramiento alguno, disparara directamente a su cabeza.
-¡Nooooo!- el grito de Peeta resonó -¡maldito hijo de puta!- le espetó directamente a Cato, que triunfal apoyó un pie en el ahora inerte cuerpo de Boggs. Zafándose del agarre de Clove y de otro oficial, aun esposado, se levantó para encararlo.
-Arderás en el infierno, maldito cabrón- la risa estridente de Hadley resonó como el peor de los presagios.
-Cuidado con tus palabras, Mellark... puede que el que ardas en el infierno seas tú, al igual que tus queridos amigos judíos.
La mente de Peeta no procesó el significado de esas palabras, ya que una vez retiraron el cuerpo de Boggs el bombardeo de preguntas volvió a asediarle... y con ellas, vinieron de nuevo las palizas.
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Dos semanas... dos malditas semanas que llevaba sumido en ese infierno. Boggs había muerto frente a los ojos de Peeta, y él había sido interrogado todos los días dese aquel terrible suceso. No volvió a ver a Clove desde aquel día, pero la mirada de asco y decepción que le había dedicado le despejó las dudas de lo que pensaba de él.
Hace cinco días el comandante Fleinsgerb se había personado de nuevo en su celda, anunciando que mientras se formaba el comité militar y se tramitaban los papeleos para el juicio, sería trasladado a un lugar destinado a presos políticos. No puso resistencia cuando le subieron al furgón, sus fuerzas y ánimos estaban por los suelos. En la mente del teniente, la imagen amorosa de su madre y la de su pequeño ángel le hacían compañía en esa soledad.
Snow no se había dejado aparecer por allí; quien sabe si había sido apresado o habría podido escapar a tiempo y ponerse a salvo; de los otros miembros de la Organización tampoco sabía nada, por lo que nadie podría venir en su ayuda.
Con esos pensamientos y en completo silencio soportó el constante e incómodo traqueteo del viaje; intentó asomarse por un pequeño agujero que tenía la lona que cubría la paste trasera pero sólo conseguía ver imágenes difusas del paisaje. Por fin, después de casi una semana de viaje, el cual había hecho siempre esposado y sin apenas comer nada, sintió que la furgoneta paraba.
Sus ojos intentaron acostumbrarse de nuevo a la luz del sol; el ambiente era húmedo, y sólo podía ver carteles en alemán y francés. Fue conducido al interior de una oficina, ante la mirada curiosa y expectante de hombres vestidos con uniformes de rallas.
-Vaya, vaya... sabía yo que algo de esto pasaría.
Esa voz hizo que el corazón se le congelara; esa voz que desde que abandonó su casa de Berlín no había vuelto a escuchar. Esa persona que tanto daño les hizo su pobre madre y al propio teniente volvía a su vida como la peor de las pesadillas.
Ahora no le quedaba duda alguna de donde se encontraba; estaba en el campo de concentración de Compiégne, en Francia... y con Plutarch Heavensbee frente a él, mirándole como si fuese la mayor escoria del mundo.
Después de este capítulo tan intenso solo puedo decir: el mundo necesita más traidores así.
Gracias a todos los que dan a seguir, a los que comentan y a todos los lectores fantasma; por su paciencia al aguantar esta intrigante espera. Y recuerden no me maten, soy una simple adaptadora.
