-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada (bajo mi cronología) por Metin Akdülger (Sultan Murad IV), Aslı Tandoğan (Sultana Gevherhan) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 54

-En otras palabras, Takara no ha perdido nada de su arrogancia- afirmo Sarada con un tono de voz aparentemente neutral. -Continúa creyendo que es la única capaz de dirigir el Sultanato cuando mi padre haya muerto- le dolía pensar en esta posibilidad, inconcebible actualmente, más solo Kami sabía que era posible y que no.

Tras ya dos meses desde la muerte de la Sultana Sakura, todo había retomado al armonía—si así podía catalogarse—que había existido en su día, el silencio recubría al Palacio Imperial, nadie discutía en lo absoluto y de conspirar no lo manifestaban de ninguna forma verbal, pero parte de que esto fuera a así era responsabilidad de la Sultana Sarada que en ausencia de su madre era la encargada de orquestar todas las maquinaciones había y por haber, y la actual estrategia a ejercer era aparentar tranquilidad para hacerle creer a Takara que tenía el camino libre, allí estaba el demonio en los detalles y razones para guardar silencio, un arma más peligrosa que cualquier agresión o artimaña. El día que tenía lugar era hermoso, por lo que la Sultana Sarada había aprovechado la ocasión para recorrer el jardín privado, más específicamente en el pabellón de cristal cuya estancia estaba dividida por un intrínseco enrejado de caoba blanca tras el cual se encontraba situada la Sultana, acompañada por sus dos leales doncellas Chouchou y Himawari que permanecían de pie a su diestra y siniestra. Tan gloriosa como siempre, la hermosa Sultana portaba un largo y riguroso abrigo de seda jade brillante en honor a su madre, de cuello alto y en V que resaltaba su tono de pie, cerrado en el frente—a la altura del busto por un broche de oro, diamantes y esmeralda en forma de flor de cerezo, de mangas holgadas—casi hasta el suelo—bajo los codos donde se formaban una complejas hombreras. Su largo cabello azabache caía libremente tras su espalda como una cascada de rizos, adornado por una hermosa corona en forma cónica y que replicaba una estructura con base en forma de enrejado pero que en su cima representaba lilas y orquídeas con diamantes engarzados que brillaban contra la luz, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. De pie del otro lado del enrejado, frente a ella, se encontraban Iwabee Yuino y Denki Kaminarimon Pasha, escuchando atentamente sus declaraciones y planes como sus mayores valedores y aliados, aquellos que parecían neutrales a ojos de Takara y por ende capaces de engañarla.

-Tonterías, Sultana, desvaríos de una mujer demente- intento desestimar Iwabee sin reparo alguno, no considerando para nada a la Sultana Takara cuyas ambiciones eran abismales.

-Peligrosas tonterías, precisamente, salidas de la boca de una lunática peligrosa- corrigió Sarada, apretándose disimuladamente las manos al pensar en la odiosa Takara. Chouchou le dirigió una vaga mirada de preocupación, lo que la obligo a controlarse. -Mi difunto hermano Shisui estaba cuerdo comparado con ella- añadió de forme concluyente y con un vago suspiro.

Tal vez el breve tiempo sucedido—breve a sus ojos y los de sus hermas, más que el tiempo real en si—le hubiera permitido dejar atrás el luto por la muerte de su madre como había sucedido con la muerte de su hermano Daisuke, continuaba extrañándolos a ambos más sabía que nadie había hecho nada para privarlos de la vida, Kami había decidido que su vidas terrenas debían llegar hasta ese punto y así había sucedido. Cuando Itachi y Baru habían muerto, había odiado tanto a Mei y Rin que se había sentido libre y satisfechas al saberlas muertas porque su hermanos habían sido inocentes de cualquier crimen, pero asesinados si provocación de todas formas. Kagami y Rai habían sido víctimas de la enemistad que se había gestado entre sus padres y la Sultana Naoko, más pese todo aquello, Sarada nunca la había odiado, porque si su madre no había tenido motivos para ella, Sarada menos aun habría de hacerlo. Pero la muerte de Shisui…Kami, que doloroso había sido, le había arrancado un trozo de su corazón, ese niño que recordaba haber visto por primera vez como un bebé en brazos de su madre, un pequeño al que había cargado en brazos en multitud de ocasiones, al que había visto crecer con el paso de los años y ser víctima de la crueldad del Sultanato, había perecido por culpa de las maquinaciones de Takara porque definitivamente sus "aliados" habían conspirado para deshacerse de Shisui, eso no había ocurrido solamente porque si. Su madre no había tenido la fuerza suficiente para continuar enfrentándose a Takara, la enfermedad con que había cargado y la memoria de tantas perdidas en su conciencia habían minado sus fuerzas hasta un punto casi desquiciante en que a Sarada aun hoy le sorprendía que hubiera resistido tanto. Pero contraria a su madre, Sarada ni siquiera tenía cuarenta años, había sufrido mucho hasta la fecha más contaba con la fuerza suficiente como para luchar por uso veinte años o incluso treinta si hacía falta, por ende ocuparía el lugar de su madre como directora del Harem como hacia actualmente, y se enfrentaría a Takara hasta su último aliento por no le dejaría el camino libre bajo ninguna circunstancia. Ni Denki ni Iwabee eran ajenos al rencor que sentía la Sultana Sarada que por cierto tenia sobradas razones para sentirse de aquel modo, se trataba de la memoria de su hermano, un príncipe inocente.

-Usted no debe preocuparse, Sultana, los jenízaros están de su lado y del de sus hermanas, con ello la victoria está garantizada- tranquilizo Denki que en el pasado había formado parte de esta élite militar y que podía dar fiel testimonio de ello.

-Ojala fuera tan sencillo Denki Pasha- contradijo la Sultana, lamentando tener que ser pesimista, mas su madre siempre le había enseñado a aceptar lo bueno y lo malo de la vida, fueran cuales fueran las circunstancias, -no quiero recordar como todos fueron engañados, incluido mi padre, para que mi hermano Shisui fuera ejecutado- quizás oficialmente no se hubiera rebelado al pueblo ni al Imperio en si que las pruebas para haber ejecutado a su hermano eran falsas, pero ahora ella sabía la verdad, todos en el Palacio lo sabían. -Lo correcto y lo incorrecto cambia de perspectiva según quien ofrezca más- cito siendo esta la primera ley que toda Sultana debía aprender, naciera como tal o no. -Las ratas traidoras perderán la cabeza apenas intenten huir, no quiero que olviden eso, nadie se salvara si nos traicionan- no iba a permitir que nadie la traicionara y si lo hacían, no vivirían para ver el sol aparecer otro día.

-No lo olvidamos, Sultana- juro entre líneas Iwabee.

Su madre no había sido una mujer cruel o capaz de mancharse las manos de sangre al llegar al Palacio Imperial a la joven edad de dieciséis años, como toda niña había perdido la inocencia por la crueldad, así se lo había confesado a Sarada en su infancia; la habían agredido y atacado, había tenido que aprender a defenderse no solo de enemigas o rivales dentro del Harem sino entre los miembros de la familia Imperial. La Sultana Mito le había arrebatado a su padre y su hermana, no había podido ver a su madre por última, únicamente sabiendo que había muerto en soledad en su isla griega. Luego Mei y Rin con quienes siempre había sido cordial y respetuosa la habían atacado por la espalda de la peor forma existente y sin motivo alguno más que la ambición y no solo una, sino dos veces. La verdad es que aquellos que tuvieran corazón y buenos sentimientos no duraba mucho intactos en un Palacio e Imperio como aquel, su difunta madre había sido el mejor ejemplo de ellos. Todas las Sultanas, desde la Sultana Kaede e incluso hasta Takara, habían sido inocente en algún punto de sus vidas, pero habían cambiado de parecer al pisar el Palacio por primera vez, algunas como su madre habían intentado luchar por preservar su conciencia, algunas como la Sultana Kaede se dejaban guiar por el amor mimetizado pro la ambición hasta niveles insospechados, otras como la Sultana Miso habían hecho que se mantuvieran las leyes, otras como la Sultana Mito habían establecido los sobornos para llegar lejos y otras como Takara creían que ser una estrella en auge bastaba para ser Madre Sultana. Tal vez fuera demasiado arrogante de su parte afirmar que estaba anticipada a cualquier estrategia que Takara pudiera concebir en cualquier momento, pero desde su llegada al Palacio y tras descubrir su traición, había aprendido a leerla tan fácilmente como a un libro abierto, especialmente porque si Takara había sido instruida por su madre, Sarada era la hija más parecida a la Sultana Sakura y si alguien podía pensar a tanta velocidad para impedir maquinaciones tan conspirativas, esa sin duda alguna era ella y lo haría a cualquier precio, aun a costa de su vida.

-Lo que importa es que Takara no nos vea como una amenaza, dejemos que piense que tiene el Sultanato asegurado, más nadie habrá de temer nada- una sonrisa ladina se vislumbró en los labios de la Sultana Sarada tras decir esto. -Yo ya he pensado en todo- alzo el mentón con infaltable y justificada altivez.

Takara podía orquestar mil y un farsas, pero al final, perdería todo cuanto estaba intentando obtener, vería su Sultanato desmoronarse desde el primer día.


La historia del Imperio Uchiha englobaba a multitud de figuras históricas, algunas más dignas de recordar que otras, por obvias razones, más muchas de las mujeres que habían cobrado importancia en la historia le Imperio tenían algo en común y no, no se trataba del poder, la ambición, la gloria o el hecho de que hubiera dejado su nombre escrito en fuego en cada rincón del Palacio Imperial y en el Imperio mismo, sino por otra razón; el matrimonio. No todas las mujeres en la historia del Imperio habían formado parte de él por matrimonio, más de una u otra forma todas habían estado asociadas a ello, algunas habían dejado de ser esclavas de aquella forma, otras habían entregado a sus hijas en matrimonio y las hijas de los Sultanes a lo largo de la historia habían unido sus vidas a la de hombres que o bien fueran recomendados o ampliamente considerados como funcionarios del estado o bien por sentimientos de carácter romántico, pero en mínimas ocasiones—casi contadas—había sido esto último, el amor al final acababa naciendo de la convivencia más que otra cosa. Mientras su madre había estado viva, Shina había sido testigo de cómo nunca había obligado a ninguna de sus hijas o nietas a contraer matrimonio por obligación, había hecho todo lo posible por acordar matrimonios que fueran de su agrado, salvo el de Izumi que increíblemente era feliz junto a Mitsuki de un modo incomparable e innegable para cualquiera, pero Hanan, Naomi, Hana, Kohana, Kaori, Ayame, Seramu y Kaede habían quedado fuera de su cuidado, demasiado jóvenes para contraer matrimonio y para comprometerse…mejor ni decirlo. Shina se podía considerar afortunada, con casi quince años había podido elegir apropiada y políticamente al hombre con el que actualmente compartía techo, mesa, cama y vida; Konohamaru, no solo le había triado por pertenecer a una familia leal y respetada, sino porque le era leal a ella tanto como al Imperio mismo y ahora que su hija estaba próxima a cumplir casi veinte años, naturalmente esperaba encontrar un paradigma lo más similar para su querida y única hija Ayame.

Su padre el Sultan Sasuke ya había tomado una decisión al respecto y Shina no podía estar más de acuerdo con ello, no había hecho ninguna sugerencia a su padre por temor a no conseguir una respuesta abrumándolo con asuntos personales, pero Sarada si la había hecho en su nombre y ante ella su padre no había podido negarse en lo absoluto. Paseando con ansias de contarle a su hija la resolución que el Sultan ya debía de haber notificado durante la reunión del Consejo Real, la Sultana Shina portaba un elegante vestido morado de bajo escote cuadrado, así como de mangas ajustadas hasta los codos donde se volvían holgadas y transparentes hasta casi cubrir las manos de no ser que las mantenía cruzadas a la altura de su vientre; sobre el vestido se hallaba una chaqueta de seda índigo, cerrada por sietes botones de plata desde el escote hasta la altura del vientre, así como de mangas ajustadas y cortas hasta los codos y abierta bajo el vientre, el centro del corpiño, el borde del escote y el extremo de las mangas así como la caída y el dobladillo de la falda estaban enmarcados por un escueto pero favorecedor bordado y encaje de escamas de plata entrelazado con hilo purpura y violeta. Sus largos cabellos rubio castaño—heredados de su tía y abuela materna—se encontraban peinados ladinamente y recogidos tras su nuca, adornados por una corona de oro que replicaba flores de cerezo y jazmín decoradas por diamantes y amatistas. Alrededor de su cuello reposaba un elegante collar de oro de inspiración egipcia y del cual pendía un diamante ámbar en forma de lagrima—obsequio de su padre el día de su boda—a juego con unos pendientes de oro en forma de flor de jazmín y de los que pendía una pequeña perla en forma de lágrima. Mientras se paseaba desbocadamente por sus propios aposentos, incapaz de permanecer quieta por la anticipación de comunicarle a su hija una noticia que la haría tan dichosa como sabía que lo seria, los pensamientos de Shina hubieron obtenido la tan ansiada respuesta apenas y las puertas se abrieron permitiendo el ingreso de su hija Ayame a quien había mandado llamar mediante su doncella Hanabi.

-Madre- reverencio Ayame con una delicada sonrisa iluminando su rostro.

Cuando su madre la citaba a sus aposento al nivel en que Hanabi le había dicho que estaba de ansiosa, la mayoría de las veces Ayame había descubierto que era por malas noticias, no, no era broma, su madre podía ser muy voluble e irascible con tan solo proponérselo, un defecto que se decía provenía de su difunta abuela la Sultana Sakura y Ayame debía reconocer que por momentos—muy breves debía añadir—daba señales de haber heredado parte de este tempestuoso carácter, pero ahora Hanabi no le había dicho si lo que su madre pensaba comunicarle era positivo o negativo, por lo que Ayame se sentía en poco menos que un limbo. Próxima a cumplir los veinte años, la Sultana Ayame se encontraba en la cúspide de su belleza, enfundada en un femenino e inocente cerúleo claro, levemente blanquecino, de escote corazón cerrado por seis botones de diamante hasta la altura del vientre, falda de una capa de seda ribeteada en gasa y mangas ajustadas hasta los codos que continuaban lienzos de gasa abiertos a la altura de los codos para exponer los brazos; por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de seda esmeralda azulado, cerrada por sietes botones de oro desde el escote hasta la altura del vientre, sin mangas y abierta bajo el vientre, el centro del corpiño, el borde del escote así como la caída y el dobladillo de la falda estaban enmarcados por un elegante y riguroso bordado y encaje de escamas de plata que recreaba flores de cerezo entrelazadas con el emblema de los Uchiha y el resto de la tela tenia estampadas figuras en forma de diamante. Sus largos rizos rubio castaño, más apagados y oscuros que los de su madre, caían suntuosamente sobre sus hombros y tras su espalda, enmarcando su rostro en un vago recogido a la altura de la nuca, resaltando la bella corona de oro sobre su cabeza que recreaba una estructura cual enredadera, con seis pequeños capullos de flores de cerezo floreciendo hechas con diamantes turquesa a juego con un par de pendientes de oro y diamante en forma de lagrima que por poco y pasaban inadvertidos. Mucha de sus primas y tías, a su edad, ya habían contraído matrimonio, más Ayame tenía una fuerte razón por la que ser paciente en pro de un matrimonio que sería decidido por el Sultan, su abuelo.

-Mi hermosa hija- adulo la Sultana si poder evitarlo, alzando una de sus manos y acariciando el rostro y largo cabello castaño dorado de su hija, -mi hija adorada, mi hijita de leche y miel- dedicándole estas palabras a su adorada hija, entrelazo su mano con la de ella guiándola hasta el diván junto a la ventana, sentándose una frente a la otra, sinónimo de que aquello que iba a decirle era importante. -Según recordaras, tu abuela…

-Kami la tenga en su gloria- interrumpió Ayame que en ninguna oportunidad faltaba a recordar a su difunta y muy querida abuela.

-Amen- contesto Shina, asintiendo para sí ante el afecto que su hija le tenía a su difunta madre aun después de su muerte, -llevaba ya un par de años intentando encontrar un matrimonio apropiado para ti- aludió, intentando disimular su excitación y dicha.

-Si, lo sé bien, madre- asintió Ayame, conteniéndose de apretarse las manos ante la posible respuesta que finalmente pudiera recibir, -existían dos candidatos, Denki Kaminarimon e Iwabee Yuino Pasha.

-En efecto- nuevamente una luminosa sonrisa se apropió de los labios de la Sultana Shina que sostuvo encarecidamente las manos de su hija entre las suyas, lo que hizo que Ayame la observase algo confundida, -y luego de un arduo tiempo de reflexión y queriendo cumplir con la voluntad de tu abuela, el Sultan ha decidido que te cases con Iwabee Yuino Pasha- rebeló finalmente, casi brincando en su sitio sin poder evitarlo.

La última vez que Shina recordaba haber estado tan feliz había sido durante el nacimiento de su hija y su hijo, porque no había mayor alegría para una madre—con menos de cuarenta años en su caso—que saber feliz y a salvo a quienes había traído al mundo y por quienes siempre dedicaría su vida, esa era la mayor enseñanza que había adquirido de la vida de su madre, que sus hijos siempre debían y deberían estar por encima de cualquier otra cosa en el mundo, incluso por encima de su vida, porque ellos eran y siempre serian el Imperio. Siempre había sido feliz junto a Konohamaru, nunca habían encontrado mayores desavenencias en su camino y no solo lo decía porque ella era una Sultana y el por ende su vasallo, lo decía porque desde el primer día como marido y mujer se había tuteado entre sí, se habían sentido afines y plenos…eso era lo que se sentía con la persona que se estaba destinada a pasar la vida, y Shina anhelaba de todo corazón haber hecho la elección adecuada—al juzgar el comportamiento de su hija—al elegir a aquel Pasha como su futuro yerno y del Imperio. La felicidad se encontraba de mucha maneras en el mundo; en el caso de una niña, algo tan vano como cortar flores o por recibir un juguete nuevo, en el caso de una adolescente recibir cartas de amor o descubrir una nueva historia de ensueño, pero en su caso todo siempre le había resultado reconfortante, nunca había necesitado de algo en particular que la hiciera sentir aún más plena de lo que entonces se sentía, salvo poder casarse con quien se había ganado su corazón desde el primer día. Dos alabados funcionarios del estado eran Denki Kaminarimon y Iwabee Yuino, Ayame desde siempre se había sentido más inclinada a Iwabee, tenían mucho en común y pese a que él fuera mayor—tan solo cinco años menor que su propio padre—eso no había impedido que el tiempo los hubiera hecho—como si de un cuento se tratara—caer en el amor velozmente para acabar por darse cuenta de que, en efecto, querían pasar la vida juntos. La alegría de Ayame fue tal que su primer gesto fue observar a su madre pasmada, con los ojos lo más abiertos de serle posible para que una radiante sonrisa poco a poco fuera tomando partido en su rostro, sin permitirle cuestionarse si algo tan maravilloso realmente podía ser cierto.

-¿Es una broma, madre?- fue lo único que Ayame atino a decir, obnubilada.

-No, su Majestad lo anuncio en la reunión del Consejo de hoy, pero me lo dijo antes para que te anticipara- garantizo Shina, acariciando la mejilla de su hija.

Iwabee Yuino no solo era el yerno que deseaba tener, no solo pertenecía a una familia que por generaciones había servido al Imperio de forma incansable, luchando en numerosas campañas militares desde la época del Sultan Hashirama, también había sido educado por la propia Sultana Sakura, su madre, había aprendido cuál era su deber y siempre se había mostrado como un solicito funcionario del Imperio que nunca había intentado sobrepasar su propio deber a menos que aquello beneficiara al Imperio y lo engrandeciera, algo que a partir de ahora podría hacerse si forma parte de la familia Imperial, como esposo de una de las nietas del Sultan. Con otro nuevo partidario en el consejo real, como Visir, Takara continuaría viéndose limitada sin importar que tan lejos pudiera llegar, puesto que los visires no podían ser depuestos ni degradados—mucho menos ejecutados—de no ser por prueba concluyentes y en cualquier caso, Shina ya tenía una estrategia conque respaldar a sus aliados y amigos para evitarles el cadalso. No solo estaba enamorada de Iwabee, tanto como él lo estaba de ella, enviándole cada mañana-sin falta—una poma escrito en su nombre y pidiéndole que se reunieran en el jardín, obviamente en presencia de su sequito de doncellas para evitar rumores, también lo tenía como aliado y futuro Visir cuando su primo Itachi subiera al trono, porque Kami sabía que eso acabaría pasando sin importar que pocos estuvieran a favor de ello. Desde antes de morir, su abuela le había enseñado que el amor era la fuerza más poderosa del mundo y en su pureza y nobleza representaba todo aquello a lo que se debía aspirar; virtud, benevolencia, bondad, piedad, compasión, humanismo pero más que nada empatía y colaboración. Su madre era la hija del Sultan Sasuke y de la Sultana Sakura, Ayame al ser su hija era miembro del Imperio por derecho de nacimiento y pese a desear casarse por amor, sabía que llegaría muy lejos—incluso más que cualquier Haseki o concubina—si tenía a su lado al hombre adecuado e Iwabee con total certeza era ese hombre. Comprendiendo la emoción de su madre, Ayame la abrazo con todas sus fuerzas, chillando de alegría mientras le correspondía, acariciándole afectuosamente la espalda y el cabello en el proceso.

-Gracias, Kami- susurro Ayame contra el hombro de su madre.

Los cuentos de hadas si existían después de todo.


-¡Atención, la Sultana Izumi!- anuncio Choji Akimichi en la entrada del Harem.

Al igual que el tiempo había comenzado a pasar para todos, también había comenzado a pasar para la Sultana Izumi que a su debido tiempo y como el resto de los miembros del Imperio y su propia familia, había dejado atrás el luto por la muerte de su madre, más de igual modo continuaba llevándola en su memoria, inspirándose encada obra y signo de su vida, intentando emularla lo más posible para hacer sentir a todos y todas que ella aún estaba allí y que todos siempre podrían vivir en paz, sin miedo, porque Takara no triunfaría. Caminando dignamente con sus doncellas tras de sí, con la frente en alto y ese regio temple sobre si, la Sultana Izumi atrapaba todas las miradas de los guardias jenízaros que vigilaban esa área del Palacio en concreto, ataviada en un sencillo pero no menos encantador vestido de seda esmeralda-en honor a su madre—perfectamente calzado y detallado a su esbelta figura, de escote corazón cerrado por tres botones de oro desde el borde del escote a la altura del busto, falda de una sola capa y mangas ceñidas hasta las muñecas que interinamente se cerraban por tres botones de oro; por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de escote redondo cerrado bajo el busto hasta la altura del vientre por cuatro botones de oro y abierta bajo el vientre, hecha de raso verde jade amarillento, sin mangas, estampada en encaje e hilo de oro que replicaba el emblema de los Uchiha aglutinado ente si para llenar cada espacio disponible. Sus largos rizos castaños se encontraban recogidos en una desordenada coleta caían tras su espalda, adornados por una bella corona de oro en forma de pequeñas torres y espinas entrelazadas con flores de jazmín hechas de esmeraldas y diamantes multicolor a juegos con un par de pendientes de cuna de oro en forma de rombo con una esmeralda en el centro y pequeños diamantes rodeándola. El anuncio de Choji en el Harem hizo que todas la jóvenes se levantaran de inmediato, estableciendo dos líneas paralelas a cada lado del centro del Harem, de entre los presentes la Sultana Masumi que en vano intento contener a su hijo Sasuke que penas tras escuchar el nombre de su tía, salió corriendo en su dirección con su madre intentando detenerlo porque no era apropiado que rompiera con el protocolo tan abruptamente.

-Hijo, no corras- pidió Masumi, intentando darle alcance a su pequeño hijo.

Seguida por sus doncellas, la Sultana Masumi intento alcanzar en vano a su hijo que en cuanto abandono el Harem corrió a los brazos de su hermosa tía, tal vez fuera un garrafal error evadir el protocolo de aquella forma, pero Sasuke era un pequeño niño inocente de recién cumplidos seis años, a él podía perdonársele cometer un error como miembro de la familia Imperial que era y Masumi se convenció de ello ante el recibimiento que la Sultana Izumi le brindo a su hijo. Sencilla como siempre e intentando no resaltar involuntariamente, la Sultana Masumi lucia unas sencillas galas crema de escote redondo con un falso cuello alto de gasa en V, cuyo talle se calzaba perfectamente a su delicada figura bajo el busto, de falda de múltiples capas de gasa superpuestas entre si para facilitar el movimiento y mangas ajustadas hasta los codos que se abrían en lienzos de gasa para exponer los brazos; por sobre estas galas se encontraba una sobria chaqueta superior celeste grisáceo de aspecto metálico con marcadas hombreras, sin mangas, y cerrada bajo el busto hasta la altura del vientre por cinco botones de diamante. Su larga melena azabache figuraba ondas que caían sobre sus hombros y tras su espalda, adornada por una corona de oro, diamantes y cristales multicolor a juego con un par de pendientes de plata y cristal en forma de lágrima. Reverenciando a la Sultana Izumi de forma silente, Masumi observo el cuadro que su hijo y la Sultana conformaban frente a ella que los contemplo enternecida, Sasuke en ocasiones solía tomarse más libertad que otros niños, era el menor de la familia después de todo, aquel del que menos expectativas se tenían de poder ser Sultan algún día ante su corta edad, por ello en especial es que Izumi quería tanto a su pequeño sobrino, porque él no merecía ser una víctima de las maquinaciones de Takara, le recordaba su hermano Shisui que al haber sido el menor de la familia en muchas ocasiones se había encontrado desprotegido, pero Izumi se juraba a si mismo protegerlo como no había podido hacer con su propio hermano, después de todo era lo mínimo que podía hacer por él.

-Sasuke, mí adorado sobrino- arrullo Izumi, abrazando a su pequeño sobrino, besándole las mejillas, sin dejar de sonreírle ni por un breve instante. -¿Cómo estas hoy?- apoyo sus manos en sus rodillas, inclinándose lo suficiente para estar casi a la altura de su sobrino.

-Estoy muy bien, tía- asintió Sasuke que como siempre no decepcionaba con su conducta.

Como su madre en su día Izumi se sentía plena al escuchar las risas en los pasillos, al oír los pasos de pequeños pies sobre la gravilla, la inocencia dispersando las sombras y las pesadillas que generaban la intriga, la persecución y el dolor, por ello intentaba pasar la mayor cantidad del tiempo—que podía—junto a sus sobrinos Hashirama y Sasuke que ahora le sonreía con la inocencia brillando en sus ojos. Gracias a Kami la ley del fratricidio había desaparecido para siempre y esta vez con seguridad, así sus sobrinos no intentarían matarse entre sí, no permitirían que el odio se instalara en sus vidas. Kami había sido testigo de cómo todos su hermanos habían sido muriendo uno a uno; Itachi y Baru a quienes casi no recordaba, Kagami, Rai, Daisuke…y Shisui. Su padre había errado a tal grado que solo Kami podía perdonarlo, peo si algo había de considerar magnánimo de él es que jamás había permitido que sus hijos se enemistaran, nunca había permitido que su familia se dividiera por riñas o ambiciones, por ello la muerte de cada uno de ellos había resultado tan dolorosa, por lo unidos que siempre habían sido, quizás si no hubiera empleado la crueldad del modo en que lo había hecho todo habría sido diferente, todos podrían haber vivido en paz, pero no podía pensar en "que hubiera pasado si…"no existía tal posibilidad. En el ajedrez, el rey era una de las piezas más débiles ante su mínimo movimiento…si no tenía a una pieza cerca que lo protegiera, no era diferente en lo absoluto de un burdo peón, lo mismo ocurría con un Sultan, si estaba solo su fin era próximo e inminente, esa era la estrategia para lograr el jaque mate, la misma estrategia a emplear para sacar Itachi del tono, Takara podía ser Madre Sultana, sucedería de todas formas sin importar cuanto se empeñasen en evitarlo, pero lo importante a hacer ahora era planear como deponerlo, apartarlo permanentemente del trono y hacer que Hashirama y si algo le sucedía, entonces Sasuke, el hijo menor de su difunto hermano y Masumi llevaría el peso del Imperio sobre sus hombros se sentaría en el trono, sonaba frió pensar así más era necesario…el Imperio siempre debía estar por encima de cualquiera de ellos.

-Parece que Sasuke está cansándote, Masumi- bromeo Izumi, acariciando la mejilla de su sobrino mientras se erguía para centrar su atención en la madre del príncipe.

-Es un dulce cansancio, Sultana, no puedo quejarme- sonrió Masumi, apoyando sus manos sobre los hombros de su hijo, su mayor alegría, amor y tesoro en la vida.

-De todas maneras, ¿De que podrías quejarte?- inquirió Izumi con fingida curiosidad, con algo de cinismo en su voz, más no contra ella sino contra Takara. -Ya te has encontrado con lo que debería ser tu destino, si sigues así Takara seguirá abusando de ti- Masumi aparto ligera y bochornosamente la mirada, sintiéndose poca cosa al no defenderse, hasta la fecha, de las agresiones de Takara, por no responderle como quizás debería hacer. -Permíteme darte un consejo, eres una Sultana, madre de un Príncipe, lucha como mereces hacerlo. Ponte firme- intentando no amedrentar o preocupar a su pequeño sobrino, Izumi emitió estas palabras en un susurro, clavando su penetrante mirada esmeralda en los ojos de Masumi.

La realidad era obvia, cada vez que Takara aprecia, o Masumi bajaba la cabeza o se marchaba en silencio, ni siquiera podía intentar caminar con la cabeza erguida, siempre había tenido que hacerse a un lado, porque de no ser así Takara la aplastaría con facilidad. La sonrisa hubo desaparecido por completo del rostro de Masumi al profundizar en las palabras de la Sultana, pero…¿Qué podía hacer? Takara había cultivado su influencia desde antes, había ganado aliados políticos de entre aquellos mismos que eran o habían sido—entonces—leales a la Sultana Sakura, traicionándola para unirse al bando e la Takara que ofrecía aún más gloria como una joven promesa. No había porque negar que Takara amaba a su dos hijos, Itachi y Seramu eran las dos únicas luces en su vida, pero si ellos ocupaban el primer lugar en su vida, lo primero en que pensaba cada mañana y cada noche…el poder y su propia ambición ocupaban el segundo lugar y casi se superponían al lugar que ocupaban sus dos hijos, esto es lo que la hacía ser tan conspirativa, parecer tan vil como una serpiente. Por este detalle en particular es que Masumi—al igual que su querida amiga, casi hermana, Seina—no intentaba atacar a Takara, como madre que ella misma era no podía evitar empatizar y pensar en todo lo que ella misma haría en pro de intenta proteger a su propio hijo hasta el cansancio y aun en las últimas consecuencias de ser posible. La intención de Izumi al decir esto no era sembrar la discordia para desatar una guerra civil dentro del Palacio, lo hacía más bien animar a Masumi y viendo esta chispa de comprensión en su mirada en medio de las reiteradas dudas que parecían rondar su mente, Izumi se sintió lo bastante satisfecha consigo misma y con el resultado como para—inclinando la cabeza a modo de despedida—marcharse junto a su séquito de doncellas, siendo reverenciada por su pequeño sobrino y por Masumi que continuo meditando en sus palabras aun tras su partida.

-Sultana- murmuro Masumi al aire en un casi inaudible suspiro.

Aquello era la verdad, desde el primer día en que había sido favorita del Príncipe Shisui y luego Sultana por el nacimiento de su pequeño Sasuke, Takara la había humillado en cada oportunidad, enviándole indirectas sobre el peligro que su hijo podía correr si no era precavida y sobre que no debía significarle una amenaza para sus ambiciones, pero sintiendo las palabras de la Sultana Izumi resonar contra su cráneo, Masumi sintió que todo eso debía llegar a su fin. Pelearía contra Takara, no volvería a bajar la cabeza ante ella, nunca más.


Sentado en su despacho, frente a su escritorio, Iwabee reviso y redacto afanosamente los documentos a entregar en la próxima reunión del consejo, sin inmutarse en cuanto sintió una serie de golpes replicando contra las puertas que en el exterior eran resguardadas por dos guardias jenízaros.

-Adelante- permitió Iwabee sin levantar la cabeza del todo, más el silencio que precedió al eco de las puertas tras cerrarse lo llevo a alzar la vista encontrándose con la Sultana Ayame que sonreía radiantemente. -Sultana- de forma atropellada se levantó de su escritorio, rodeándolo y acortando tan pronto como pudo la distancia entre él y la hermosa Sultana.

Historias de amor había muchas en el mundo y todas comenzaban más o menos igual, se trataba de una atracción que no podía contenerse, en ocasiones solo era física, se basaba en el deseo y satisfacción propia por encima de todos…mientras que en otros casos se trataba de dos almas que caían en el sentimiento más honesto que podía existir y que se basaba en buscar la felicidad del otro antes que la propia. Si, Iwabee y ella estaban enamorados, les había tomado poco tiempo darse cuenta de ello más por estética y la debida precaución de no mostrar predilección sin la autorización del Sultan es que ambos le habían pedido a Denki Kaminarimon Pasha que mantuviera la pantalla de que el cortejo mutuo habría de continuar efectuándose, más la resolución de Ayame había estado clara desde hace ya mucho tiempo. A espaldas de su madre y de cualquier otra persona, guardando un secretismo tal que inclusive a ella le había sorprendido, se había reunido con Iwabee en secreto, se habían hecho promesas filiales el uno al otro y—en caso de que alguien pensase separarlos si se descubría lo que sentían, se habían casado en secreto sin otros testigos que sus doncellas y do escoltas jenízaros. Si algo había aprendido Ayame de su difunta abuela era que el amor debía estar por encima de todo y que por él se merecía arriesgar hasta aquello que no se tenía, pero solo si había certeza, si era correspondido y en su casi así era, por lo que ahora saber que ya no tendrían por qué ocultarse los llevaba de la dicha más grande a imaginar. Apenas estuvieron uno frente al otro, dieron rienda suelta a ese deseo que latía en ellos, casi devorando mutuamente los labios del otro, aferrándose a la ropa que traían puesta para recordar que existían límites infranqueables hasta que oficialmente no estuvieran casados. El modo en que se sentían era como el hambre tras un infinito tiempo de ayuno, o andar por un desierto y encontrar un oasis, ambos observándose fijamente, casi riendo como infantes que ocultaban un secreto y de hecho ellos habían conseguido ocultar el suyo eficazmente pues hasta la fecha ni el Sultan se había enterado de su romance secreto.

-Pensé que este día no llegaría jamás- suspiro Ayame, jugando distraídamente con la tela del Kaftan de él, recorriendo su rostro con sus ojos, incapaz de dejar de sonreír ni por un segundo.

-Yo también, tenía muy pocas esperanzas- Iwabee alzo una de sus manos, acariciándole cadenciosamente la mejilla, -pero seremos marido y mujer muy pronto- sonrió con la dicha propia de un infante, aun algo incrédulo de que aquello no fuera sino una realidad.

Pocos matrimonios en la historia del Imperio, salvo los de los Sultanes, se efectuaban por amor, algunos acababan en desastrosas consecuencias porque ciertos funcionarios del estado, lo que llevaba a revueltas en que miembros del ejército o el pueblo mismo pedían la vida de ese hombre dejando viuda a alguna desdichada Sultana como lo había sido la Sultana Ayumi, la hermana menor del Sultan Hashirama. Por ello y en base a la experiencia histórica, Ayame había tenido mucho cuidado sobre el camino que trazaba, tanto para sí misma como para Iwabee, pero afortunadamente y gracias a la voluntad de Kami el pueblo estaba del lado de ambos, una de las virtudes de que—de diferentes maneras—estuvieran asociados positivamente a la Sultana Sakura y ello de inmediato les garantizaba el afecto aprobación del pueblo en todo cuanto hicieran en tanto fuera para mejor. Los matrimonios dentro del Imperio siempre tenían una sola función, fortalecer la influencia de una Sultana y sembrar alianzas, aquel era el fin de cualquier alianza generalizadamente hablando, todas las hijas y nieta de los Sultanes habían entendido este propósito desde su más tierna edad porque se les había hecho entender que llevaban la sangre noble de la dinastía Uchiha en las venas, más en ocasiones había algo de felicidad a obtener en el camino, no solo por encontrar "cariño" o "gusto" con el pasar de los años, sino amor sincero, aquel que generaba mariposas en el estómago y alegría con ver a la otra persona, sonreír al estar juntos y querer compartirlo todo, tener hijos y permanecer unidos sin importar que hubieran obstáculos en el camino. Ayame sabía que su caso se unía el deber político de una Sultana con el amor que ella e Iwabee compartían, encontrar el equilibrio entre lealtad y devoción mutua sería fácil y con el tiempo podrían lidiar con lo que fuera, más por ahora lo único que merecían y debían tener en cuenta era que él sería ascendido a Visir en cuanto se casara con ella, lo que significaba que tendría un lugar estable que ni siquiera el Sultan podría quitarle, y la segunda era que así poco a poco desbaratarían el Sultanato de Takara.

-Pero esto no se trata solo de nosotros, Iwabee, y lo sabes- aclaro Ayame sin dejar de lucir tan enamorada, pero la sonrisa en su rostro hubo sido remplazada con por iré de nobleza digna de aquello que era; una Sultana, -esta boda es solo el primer paso, obtendrás tu bien merecido lugar como Visir del Consejo, entonces continuara la ruina de Takara- una sonrisa ladina se apropió de sus labios, al imaginar ese día tan glorioso.

Su propia felicidad iniciaría la derrota de Takara, sería la punta de un alfiler pero que iría destruyendo poco a poco su corazón hasta hacerla rogar por clemencia.


Luego de haber hablado con Iwabee Yuino y Denki Kaminarimon Pasha, Sarada había paseado por cada rincón del Palacio, velando porque las rosas que su madre había plantado por años crecieran con seguridad y belleza y así era, tenía un ánimo demasiado excelso como para que fuera apagado, desde que Casandra le había vaticinado que Hashirama seria Sultan, sabiendo a salvo el futuro podía respirar tranquila porque aquello no cambiaría, Kami tenía previsto que sucediera y así seria. Pero como siempre, la alegría no podía durar y eso Sarada lo supo al ver a Takara en el otro extremo del jardín, acompañada por sus séquitos, su sola presencia conseguía arruinar su día, solo que la Uchiha no planeaba darle el gusto, por lo que mantuvo la serenidad en sus facciones. La pelinaranja portaba un halagador vestido de seda azul, su favorito por excelencia; de mangas ceñidas hasta las muñecas, de escote cuadrado y ribeteado en encaje decorado con diamantes en el contorno de escote, en los hombros, los lados del corpiño cuyo centro estaba hecho de seda celeste grisáceo así como la falda que se dividía en dos, una capa inferior—color celeste—y una superior cuyos bordes, dobladillo y contorno estaban ribeteados en el mismo halagador encaje y cuya tela estaba bordada en hilo color zafiro que creaba un impresionante contraste a la luz, con una especie de cola o estola que se formaba en la espalda y que oscilaba tras ella; sobre su vestido se hallaba una capa de seda azul claro, con hombreras de tafetán ribeteado en encaje celeste con incrustaciones de diamante y que cubría parcialmente su vestido. Su largo cabello naranja se encontraba perfectamente recogido tras su nuca resaltando un par de pequeños pendientes de cuna de diamante en forma de ovalo con un zafiro homólogo en su centro, alrededor de su cuello se hallaba un bella guirnalda de plata en forma de espinas con dijes de cuna de diamante en forma de ovalo y uno central de mayor tamaño hecho de diamante y zafiros que representaba el emblema de los Uchiha, y sobre su cabello una hermosa corona de plata recubierta por diamantes, ónix, zafiros y topacios creaban una estructura en ascensión que emulaba capullos de rosa y diminutas flores de jazmín que sostenía un largo velo azul claro que caía tras su espalda. Fingiendo cordialidad, Takara se detuvo frente la Sultana Sarada, bajando la cabeza como si le guardara lealtad, más no lo hacia en lo absoluto.

-Sultana Sarada- reverencio Takara debidamente.

-Takara- saludo Sarada, con una sonrisa cínica, viéndola como una leona a una hiena, -me sorprende que te desplaces con tanta libertad- admitió intentando no parecer tan divertida al tener información que Takara no.

-¿Espera que yo sea la primera en atacar o quiere que me quede sentada sin hacer nada?- más bien afirmo la ucraniana, cual pregunta capciosa ya que no pensaba hacer eso.

-No te preocupes, yo no espero nada de ti- desdeño la Uchiha con inevitable divertimento, -de hecho…y si yo fuera tú, buscaría un refugio donde guarecerme en lugar de pasear despreocupadamente- sugirió cual medida preventiva en caso de que la necesitase.

-Le sugiero lo mismo, Sultana- recomendó igualmente Takara, nada divertida por el tono que estaba empleando con ella, como si fuera una insignificante cucaracha, -está jugando un juego muy peligroso, en lugar de intentar vencer, debería ocultarse y esperar conclusiones- no podía ser más directa o agresiva con un miembro de la familia Imperial, si lo hacia corría el riesgo de extralimitarse y acabar pagando las consecuencias antes de tiempo.

No quería sonar más arrogante de lo necesario, pero ¿Cómo no hacerlo? Muchos podrían intentar sesgar la realidad pero Takara la veía, el Sultan Sasuke no era el mismo desde la muerte de la Sultana Takara, resultaba por demás evidente que la vida misma en si ya no tenía sentido para él, ¿Qué acontecimiento habría de suceder más pronto que tarde? Su muerte, por supuesto y con ello Itachi ascendería al trono al ser no solo el príncipe heredero sino también el príncipe con mayor edad de entre quienes eran sucesores elegibles y que contaba con una madre poderosa que lo protegiera y guiara sus pasos, entonces nadie podría desafiarla ni insultarla sin perder la vida a cambio. Takara aun recordaba sin falta como había tenido que ascender poco a pocos en los estratos sociales para llegar a donde hoy estaba, sus mayores tesoros eran sus pequeños Itachi y Seramu y por ellos querían el poder y la gloria del Sultanato, quería que estuvieran lo más a salvo que fuera posible, claro que guardaba ambiciones para sí y su entorno, pero…¿Quién no las tenía? No estaba haciendo en lo absoluto nada de lo que otra madre no fuera capaz en su lugar. Era irónico como las persona cometían errores una y otra vez, como su propia avaricia, soberbia y orgullo los hacia presas fáciles de la derrota, Sarada podía ser una Sultana por derecho de nacimiento, pero nunca había dejado que su orgullo la segara, nunca había permitido que la soberbia guiara su vida ni que la avaricia o ambición la corrompieran, de su madre había aprendido que nunca se debía olvidar quien era y de donde veía, nunca podía ni debía traicionarse a sí misma porque si lo hacía se quedaría sola, todos la abandonarían al ver el camino que seguía; el de la soledad, las sombras y el odio. Habiendo conocido a Takara por años, Sarada la había considerado como alguien por demás inteligente, por largo tiempo a decir verdad, pero esta inteligencia era opacada por su propia ambición que le nublaba el juicio…Takara podía amenazarla hasta el cansancio si así lo quería, a Sarada le daba igual lo que hiciera, pero una cosa estaba claro y es que no conseguiría derrotarla con nada, no había conseguido derrotar a su madre y tampoco lo haría con ella, por lo que era mejor que la ucraniana se diera por vencida antes de perder la guerra, siendo humillada y avergonzada a ojos del Imperio entero, eso seria más…degradante.

-Al igual que en el caso de mi difunta madre, la Sultana Sakura, no está en mi naturaleza esconderme ni bajar la cabeza, lo que sea que suceda, lo voy a observar- aclaro Sarada en caso de que Takara olvidara con quien estaba tratando. -Hay una noticia que quería darte, su majestad y yo decidimos que la Sultana Ayame contraiga matrimonio con Iwabee Yuino Pasha, en un mes cuando mucho- con plena satisfacción vio la sorpresa apropiarse de los rasgos de Takara ante su noticia. -Admite que me subestimaste, como es tu costumbre tu arrogancia te ciega e impide ver lo que sucede justo frente a tus ojos- era tan divertido saber que al final ella vencería y Takara seria derrotada, era satisfactorio tener la victoria en las manos.

Iba un paso delante de Takara en cada cosa que hiciera, no solo porque se pareciera tanto a su difunta madre, sino también porque tenía experiencia de cientos de batallas pasadas, Takara podía presumir de experiencia pero sus vivencias eran casi nulas comparadas con aquellas que Sarada tenía y de las que contrariamente no presumía en lo absoluto, ni tenia porque puesto que solo tenía dolorosos recuerdos de ellas. Había accedido al pedido de su hermana Shina y solicitado a su padre que aprobase y anunciase el compromiso e inminente boda entre Iwabee Yuino Pasha y su sobrina la Sultana Ayame, poco funcionarios eran tan leales y solícitos como Iwabee, por lo que Sara consideraba sobradamente que merecía más que nadie tener el insuperable privilegio de tener por esposa a una Sultana, Ayame e Iwabee estaban enamorados, lo que harían aún más afín y fuerte su unión, y de paso ella tendría al mejor aliado de su lado cuando Itachi ascendiera al trono e iniciaría la guerra para deponerlo y sustituirlo por Hashirama. No podía negarlo estaba sorprendida a más no poder aunque no lo evidenciara del todo por su propio orgullo y dignidad, sorprendida y a la vez decepcionada con Hayate y Deidara que no le habían informado en lo absoluto la resolución que el Sultan había tomado con respecto a al Sultana Ayame, hubiera deseado tener el tiempo suficiente para encargarse de su matrimonio personalmente y casarla con un funcionario leal a ella…pero por lo visto al determinación de la Sultana Sarada era muy seria, o por lo menos lo bastante para haberle dado el primer golpe guerrillero co tal de demostrar que podía desplazarla, pero no le permitiría asestarle otro golpe así. La edad mínima con la que una Sultana debía contraer matrimonio era a los catorce años, porque de hacerlo a una menor edad existía la posibilidad de que el embarazo que tuviera fuer de alto riesgo o que la dejase estéril con motivo de su juventud, eso le dejaba el camino libre para orquestar el matrimonio de la Sultana Hanan, aquella niña arrogante que con tan solo trece años pronto estaría bajo su jurisdicción y entonces cobraría venganza de todas estas afrentas que la Sultana Sarada le estaba haciendo y de su ira nadie, absolutamente nadie quedaría libre.

-Se lo advierto, Sultana, no siga con lo que está haciendo, ¿acaso olvida que tiene una hermana menor?- recordó Takara a modo de amenaza, recobrando la compostura. -Cuando mi Itachi sea Sultan, la Sultana Hanan pagara todas estas maquinaciones que tanto se empeña en hacer- amenazo sin titubeo alguno, porque el futuro acabaría estando en sus manos más pronto que tarde Kami mediante.

-Mi hermana menor ciertamente heredo la angelical belleza de mi difunta madre, más al igual que mi padre, Hanan ha estado viviendo entre el fuego desde hace ya mucho tiempo- respondió Sarada, no temiendo en lo absoluto por su hermana menor que podría sacar lo mejor de todo sin importar que la casaran con el mismísimo diablo, porque Hanan podía ser tanto un ángel como la madre de los demonios, justo como su difunta madre. -Haz lo que quieras, serás tú quien pierda al final- sentencio con colérica frialdad.

Sin desaparecer la triunfal expresión de su rostro, Sarada a propósito colisiono su hombro con el de Takara al pasar por su lado, desestabilizándola como si nada, únicamente con el propósito de humillarla. Manteniéndose firme y con la frente en alto, Takara permaneció impávida como si no hubiera pasado absolutamente nada, más ofendida por la agresión de la Sultana Sarada que en nada cambiaba sus planes; desde antes dela muerte de la Sultana Sakura había sido paciente, pero al ver que el Sultan menospreciaba a su Itachi, había comenzado a hacer algo tan drástico a espaldas de todos, que derrocaría no solo el orgullo del Sultan y las Sultanas, sino que habría el camino para su propio Sultanato y muy pronto.

Dejaría su nombre gravado a fuego en la historia sin importar lo que aquello costara.


Un mes después…

Las bodas Imperiales no solo eran celebraciones que debían crear un ambiente de dicha y paz, también representaban la gloria del Imperio y la dinastía, el ideal era transmitir la idea de que todo estaba bien y que el oro y el poder abundaban en demasía, no solo se trataba de hacer feliz al pueblo al repartir monedas de oro y comida, o al hacer que fuego artificiales iluminasen el cielo nocturno, se trataba de un modo de hacer que todos fueran felices, más había quienes no habían sido invitados a la celebración, más especialmente Takara, Seina y Masumi se había retirado hacía ya una hora para dormir a sus pequeños hijos, por lo demás fielmente podía afirmarse que el Imperio entero estaba de fiesta por primera vez desde la muerte de la Sultana Sakura. Habitualmente el lugar de festividades era el Harem, pero con tal de evitar miradas y presencias indiscretas que pudieran colarse—alias Takara—es que Sarada había cambiado e lugar la festividad, hacia los aposentos de la Madre Sultana, aquellos que habían pertenecido a su madre en vida pero que actualmente no tenían quien los habitara. Su padre le había dado su total permiso ya que, como administradora del Harem que era, confiaba en que todo cuanto Sarada hiciera habría de ser para mejor y nadie dudaba de ello. Las odaliscas más talentosas del Harem servían de entretenimiento para las Sultanas presentes al igual que la música tocada por las concubinas, el aroma dulces perfumes y pasteles ceremoniales de boda hacia que todo aquel paradigma pareciera sacado de poco menos que un cuento de hadas, solo que el real por momentos parecía más una pesadilla que un sueño, si se analizaba bien. Con una luminosa sonrisa adorando sus labios, la Sultana Ayame asistía plenamente satisfecha a la celebración de su boda, en tan solo unos momentos habría de partir a su nuevo Palacio, abandonaría este hogar de oro, mármol, llanto y sangre que la había visto crecer por tantos años, más siempre continuaría residiendo allí o por lo menos lo haría una parte de su alma.

Se suponía que en una boda, quien verdaderamente acaparara las miradas debía ser la novia, ese era el propósito con el que su ajuar era meticulosamente hecho en seda costosas, encajes enviados desde la otra punta del mundo y joyas envidiables, más esta vez quien acaparaba inconscientemente las miradas era al Sultana Sarada, centrada en el diván central junto a la ventana como directora del Harem que era; para la ocasión había elegido llevar uno de los antiguos y más encantadores ajuares que su madre le había obsequiado y que le había pertenecido cuando Sarada recordaba haber sido solo una niña y llevándolo ahora…era como si su madre estuviera consigo. Se encontraba ataviada en un espléndido vestido de seda y satín esmeralda azulado que enmarcaba cadenciosamente su figura; de escote alto y cuadrado que en el borde y los costados estaba bordado en pasamanería crema brillante que también dividía la falda desde los costados del corpiño hasta el suelo y generaba el dobladillo; la capa superior, bordada en hilo cobrizo, emulaba hojas de otoño en encaje e hilo cobrizo que brillaba contra la luz. La misma pasamanería formaba unas muñequeras cortas aunque tremendamente elaboradas, recubiertas con pequeños diamantes al igual que el escote y la división en la falda y corpiño. Las mangas internas eran lisas y ceñidas al brazo mientras que las superiores eran holgadas y abiertas cinco centímetros bajo la altura de los hombros para exponer las mangas inferiores. Su largo cabello azabache caía libremente tras su espalda como una cascada de rizos, adornado por una hermosa corona en forma cónica y que replicaba una estructura ascendente que en su cima representaba lilas y orquídeas con diamantes engarzados que brillaban contra la luz, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lágrima. Tan encantador y sonriendo con ese aire angelical, les recordaba a todo a la Sultana Sakura, si, podían haber notorias características físicas—el color de los ojos y el cabello, y otros rasgos minimalistas—que las hacían diferentes, pero igual de hermosas a la vez.

Igualmente radiante y sentada a la diestra de su hermana, en el diván contiguo se encontraba la Sultana Mikoto que poco se había manifestado tras la muerte de su madre, porque se había sentido particularmente afectada por su muerte, Mikoto se había forjado como Sultana siguiendo todo cuanto había visto en su madre, su forma de vestir, su forma de caminar, de hablar, de inmiscuirse en política y tratar a los demás…y hora que no la tenía a su lado se sentía perdida. Portaba un sencillo vestido burdeo claro de recatado escote alto y redondo perfectamente calzado a su figura pero si resultaba excesivo, continuaba una falda de seda una sola capa levemente ribeteada en gasa para mayor movilidad y mangas ceñidas a las muñecas, cerradas al interior por dos botones de oro; por sobre el vestido se encontraba una espectacular chaqueta de raso rubí de mangas abiertas cinco centímetros bajo los hombros y de mangas holgadas para exponer las del vestido inferior, de cuello alto que permanecía abierto para generar un profundo escote en V cerrado cinco centímetros por sobre la altura del vientre—por obra de un cinturón de oro con pequeñas incrustaciones de diamante—y abierta bajo el vientre como si de una falda superior se tratara, gran parte de la tela—en su mayoría los lados y el centro del corpiño, el cuello, el centro de la falda, le dobladillo y puntos específicos de la tela—estaban estampados en encaje dorado recubierto por diminutos diamantes y cristales en figuras que replicaban el emblema de los Uchiha, especialmente dispersos en la espalda y la parte inferior de la falda y más aglutinados entre sí en el frente. Su largo cabello rosado se encontraba perfectamente recogido tras su nuca resaltando el largo de su cuello adornado por una guirnalda de oro ribeteada en diamantes con siete cunas en forma del emblema de los Uchiha con un rubí en el centro y de los que pendía un cristal en forma de lagrima, y sobre su cabeza una bellísima corona de oro en forma de capullos de rosa y jazmines ribeteada en diamantes ámbar en una estructura colosal y a juego con un par de pequeños pendientes de cuna de oro y diamante en forma de lagrima con un rubí homólogo en su centro. Había preocupado inclusive a Kakashi que había estado dispuesto a abandonar sus obligaciones y pasar tiempo con ella, pero Mikoto se había negado y ahora finalmente ella misma recordaba su lugar y lo que debía hacer.

Las festividades siempre eran motivo de gozo para todos, no solo para tener la oportunidad de disfrutar de aquello que muchos consideraban como dichoso y del recogimiento, Ayame había sido inmensamente feliz hasta este día, Shina había dado todo de si—como su propia madre en su momento—para que el dolor no alcanzase a su hija, que aprendiera de las experiencia indudablemente pero sin llegar a grabarse recuerdos negativos que resultasen heridas supurantes en el futuro, más ahora debía confiar en que su hija podría librar sus batallas sola. Sentada a la izquierda de su hermana Sarada, en el diván contiguo Shina lucia seria y digna en un sobrio vestido de raso negro, no con motivo del luto sino en pro de no opacar a su hija que lucía tan magnánima y hermosa ese día, como un ángel encarnado; el vestido era un conservador escote en V, alto pero sin parecer restrictivo, ceñido a las curvas más apropiadas de su figura, con mangas ceñidas hasta las muñecas y falda de una sola capa ligeramente ribeteada en gasa para mayor comodidad. Por sobre el vestido se encontraba una chaqueta de seda azul brillante hasta la altura de los muslos, bordada en encaje ónix engarzado con diamantes, de marcadas hombreras en punta, sin mangas, de escote en V que se cerraba casi a la altura del busto y que se abría en A, cinco centímetros bajo la altura del vientre. Sus largos rizos rubio castaño se encontraban prolijamente recogidos tras su nuca, engrandeciendo la bella corona de plata, ónix, zafiros y topacios que conformaba una estructura ascendente que emulaba flores de cerezo, lágrimas y capullos de rosa a juego con un par de pequeños pendientes de plata, ónix y zafiro en forma de flor de cerezo. Dirigiéndole una sonrisa ladina a Sarada, Shina se levantó del diván sobre el cual se había encontrado, alzando su manos derecha y haciendo que de inmediato la música y la danza se detuviera, no quería despedir a su hija, más era necesario.

Levantándose con cuidado del diván bajo la atenta mirada de su madre, Ayame mantuvo las manos cruzadas a la altura de su vientre, intentando parecer ni tan nerviosa ni ansiosa a como realmente estaba, sabía que en parte era terriblemente negativo de su parte anhelar su independencia, anhelar vivir en su propio palacio junto a su futuro esposo, más ya casi tenia veinte años, los cumpliría en un par de semanas, era seis años mayor que su madre al momento de contraer matrimonio y finalmente quería su propia libertad. Las cosas, en cierto contento, no iban a cambiar, solo porque viviera en su propio palacio y formase su propia vida, eso no significaba en lo absoluto que fuera a distanciarse de sus primas, primos o tías, ni mucho menos de sus padres y su abuelo, le había dolido perder a su abuela más la muerte natural no podía evitarse, todos iban en esa dirección, algunos antes otros después; su difunta abuela le había dicho una vez , que la mejor manera de vivir era ver cada día como el primer y el ultimo y no dejar de sonreír y tener buena cara aunque las tinieblas se cernieran sobre la tierra, y siempre ponía en práctica este consejo. Mientras acortaba la distancia entre ella y su hija, Shina pensó en todo lo bueno y malo que habían compartido juntas a lo largo de esa existencia llamada vida; solo había tenido quince años cuando la había cargado en sus brazos como una bebé por primera vez, entonces había ignorado cualquier dolor por medio del que la había traído al mundo, siempre habían sido inseparables a lo largo de los años y sabía que siempre seria así sin importar cuanto pasara, más era difícil para toda madre separarse de su hija, su pequeña niñita de ojos dulces, su pequeña niñita de belleza angelical y carácter bondadoso a quien le beso la frente, estrechándola en sus brazos por un instante, antes de separarse, viéndola a los ojos con infinito amor. Kami…cuanto la extrañaría, pero debía confiar en que estaría bien por su cuenta, había elegido al mejor hombre para ella y Kami mediante ambos tendrían reservados un futuro tan feliz como el que ella y Konohamaru tenían.

-Mi hermosa hija, te doy mi bendición- sonrió Shina, acunando por un breve instante el rostro de su hija, ya no era su niña o por lo menos no del todo, ahora era una mujer, una Sultana.

-Gracias, madre- Ayame le sonrió enternecida a su madre, temerosa por comenzar una vida por su cuenta.

Si bien la emocionaba vivir su propia vida, temía estar lejos de su madre, más sabía que solo físicamente estarían separadas, en su corazón nunca se separarían...pero observándola con tanto amor no solo se encontraba su madre, también estaban su tías Mikoto, Sarada, Izumi y Hanan que atestiguaban su partida. Como en tantas oportunidades anteriores, su tía Izumi lucia soberbia sin importar que aquella no fuera su intención, un sencillo vestido de seda azul zafiro cubría su figura, ajustado a su curvilínea figura pero no tanto como el vestido de su hermana Mikoto, pareciendo más bien holgado y por ende dándole un aspecto más acorde con la adulta que era y no una niña, el escote era alto y en forma de corazón apenas dando lugar a la imaginación, cerrado por seis botones de diamante desde el escote hasta la altura del vientre, falda de raso celeste con una falda superior de igual tono del vestido, mangas ceñidas hasta los codos que continuaban en lienzos de gasa azul claro que se abrían a la altura de los codos para exponer los brazos. Por sobre le vestido se encontraba una elegante chaqueta de gasa turquesa brillante ribetead en encaje cerúleo engarzado con diamantes que replicaba flores de cerezo dispersas sobre la tela pero especialmente aglutinada en los bordes, el centro y el dobladillo, de escote en V cerrado bajo el busto y abierto bajo el vientre y sin mangas. Su largo cabello castaño estaba elegantemente recogido en una coleta que caía tras su espalda y de cuyo peinado escapaban un par de rebeldes rizos que enmarcaban su rostro y un alto tocado de oro en forma ascendente que replicaba flores de cerezo y jazmín entrelazadas entre sí, hechas con diminutos cristales, diamantes y escamas de oro y plata engarzadas, con un diminuto par de pendientes en forma de flor de jazmín a imagen del dije que sostenía la cadena de oro alrededor de su cuello. Había visto a esa pequeña niña por años, primer sin especial vinculación, pero ahora…la veía con el mismo orgullo como si fuera una más de sus hijas, eso significaba ser una familia; sentir amor por la otra persona y no solo por la sangre.

Por otro lado y de pie junto a su tía Izumi se encontraba su tía Hanan a quien había visto más como a una amiga que como a una tía por la diferencia de edades, pero ahora apreciaba más que nunca su relación, porque todos formaban parte del mismo emblema, la misma dinastía y el mismo Sultanato, todos eran uno solo. Un inocente vestido rosa violáceo de chiffon cubría la inocencia figura de la Sultana Hanan, de alto escote corazón que no daba lugar alguno a la imaginación, pero debidamente ceñido en los lugares adecuados para al fiel testimonio de como su figura comenzaba a volverse más femenina cuanto más crecía, con mangas traslucidas, holgadas y semi acampanadas hasta la altura de las muñecas y falda de múltiples capas ribeteada entre sí de forma tanto elegante como cómoda; por sobre le vestido se hallaba una corta chaqueta de seda hasta los muslos, sin mangas, de profundo escote redondo cerrado bajo el busto y abierto en A bajo el vientre, el borde de escote, el centro del corpiño que formaban dos líneas verticales unidas y un falso cinturón que rodeaba sus caderas estaban detallados en encaje y escamas de plata con diamantes engarzados para crear diminutas flores de cerezo en un detalle tanto inocente como encantador. Sus largos rizos rosados, heredados de su madre, caían cadenciosamente sobre sus hombros y tras su espada, adornados por una diadema de oro de tipo cintillo decorada con pequeños diamantes color rosa a juego con unos largos pendientes de oro en forma de flor de cerezo a imagen del dije de la cadena alrededor de su cuello, regalo de su difunta madre. Su madre le había dicho que a menudo se sentiría sola y muy incomprendida, pero Hanan hasta la fecha no se había sentido así y se lo trasmitido a su sobria mientras le sonreía radiantemente, alegre porque una de las dos tuviera un futuro seguro pues contraria a su sobrina, ella aun debería esperar un par de años antes de vivir su propia vida y en cierto eso le disgustaba y asustaba porque temía no poder ser feliz como sus padres si lo habían sido.

-¡Atención, su Majestad el Sultan Sasuke!

Este anuncio de parte del Hasoda Basi Suigetsu, desde el exterior, justo antes de que se abrieran las puertas, hubo resultado sorpresivo en demasía, para todos; si bien el Sultan poco a poco había vuelto a tomar partido en asuntos políticos y unos muy breves actos públicos, pedirle asistir a una festividad era algo que nadie—salvo Sarada—había pensado en pedirle, y si Sarada lo había hecho había sido en una única ocasión, días atrás, creyendo que así podría animarlo, más en ningún momento se le había pasado por la cabeza que él aceptaría, pero la hacía enormemente feliz verlo allí y que hubiera aceptado su petición. Por primera vez en mucho tiempo volvía a lucir tan soberbio y gallardo como seguía siendo, como si el tiempo no hubiera hecho macula alguna en él, pero igualmente ataviado en enlutados usares de seda negra—por sobre la usual túnica de seda color negro, de cuello alto y mangas ceñidas hasta las muñecas—que conformaban un elegante Kaftan ceñido a su cuerpo por un fajín de terciopelo negro, con los laterales del pecho, las mangas holgadas—abierta por sobre la altura de los codos—y la caída de la tela al igual que la espalda estampados en hilo de oro que replicaba el ceremonial emblema de los Uchiha, el centro del pecho estaba decorado por tres cadenas de oro en horizontal que iniciaban en la mitad del pecho y terminaban a la altura del abdomen, fijos a la tela por dos botones de oro en los extremos y uno en el centro y finalmente y grueso margen de raso que dividía la altura de los hombros hasta el cuello alto que se cerraba por tres botones de oro con un diamante en el centro, la elegante caída del Kaftan poco conseguía disimular los pantalones de seda bajo este y las botas de cuero a juego. Verdaderamente por primera vez y en mucho tiempo parecía como si todo siguiera siendo igual…salvo su mirada, sus ojos continuaba tan vacíos como el primer día, ahí había algo que no había cambiado, su presencia física estaba allí más no su corazón o por lo menos no la parte más importante de él, más si estaba allí era únicamente porque Sarada se lo había pedido.

-Abuelo- reverencio Ayame respetuosamente al saberse por ahora, el centro de atención del Sultan, haciéndola sentir honrada por abandonar su propia melancolía para despedirla.

-Ayame, ha llegado el momento- el Uchiha afectuosamente situó sus manos sobre los hombro de su nieta que le dirigió la más luminosa de las sonrisas, incapaz de controlar la alegría que brotaba desde el fondo de su alma. -Espero que no hayas sido injustamente infeliz en algún momento hasta este día, pues no ha estado en mi ánimo provocarte ningún sufrimiento- admitió ya que si bien cargaba con su propia desdicha, nunca había estado en su corazón ni en sus acciones hacer desdichados a quienes lo rodeaban.

-En lo absoluto, Majestad- negó Ayame, evitándole a su abuelo una preocupación innecesaria, -mi vida hasta ahora ha sido una tormenta de emociones, pero no hay día que no haya pasado en este Palacio que no vaya a rememorar, como lecciones- estas palabras eran una pareidolia a aquellas que su abuela tanto le había enseñado; ver lo malo de la vida como una continua enseñanza de algo más importante y valioso. -Me voy, pero una parte de mi permanecerá aquí- juro con inquebrantable lealtad a la familia y el Sultanato de los que formaba parte.

Las personas veían el mundo de forma diferente, todos siempre tenían un punto con que ver una determinada situación, todas sus hijas eran diferentes eso le había dado la oportunidad de ver las diferencias en el corazón de las personas; Mikoto era practica y estoica, Shina determinada y tolerante, Sarada amorosa y compasiva, Izumi rencorosa y algo irascible, y Hanan era tanto dulce como adaptativa las situaciones. Pese a su propia frustración, había visto como el Sultanato y él mismo lastimaba a quienes eran importantes para él; Itachi, Baru, Kagami, Rai, Daisuke, Shisui, Sakura…viviría para arrepentirse de todo cuanto había hecho, esa era su propia condena, más alivianaba su carga saber que en medio de todo ese caos que Takara había contribuido a generar, Ayame no tenía sobre si cicatrices con las que cargar, irónicamente la única mujer del Imperio que se había visto dañada, herida y afectada había sido Sakura, sobre ella se habían cernido todas las heridas y el daño. Dedicándole una última mirada a su abuelo, Ayame se sumió en una profunda reverencia a modo de despedida, dirigiéndole especial atención a su madre antes de abandonar los aposentos, dolía marcharse, más era un simple hasta pronto, podría volver, no era un hasta nunca; las puertas se abrieron y cerrado tras Ayame que acompañada por sus dos leales doncellas emprendió camino por los pasillos con la frente en alto, hacia su propio destino. La incomodidad era algo inevitable para Sasuke, no tenía un paradigma muy estable al cual asirse, i tampoco una rutina a decir verdad, tener a Izumi tan cerca era algo extraño, especialmente porque seguían siendo incapaces de cruzar las distancias y dirigirse la palabra por motivos obvios, quería hablar con ella y pedirle perdón como había hecho con Sakura, más no se sentía digno de ella. Si estaba donde estaba se debía única y exclusivamente por Sarada.

-Padre- sonrió Sarada, llamando la atención del Sultan.

-Sarada- el Uchiha centro por completo su atención en su hija ante lo que ella tuviera a bien decir.

-Espero que no te moleste que te invite a quedarte, ya que estas aquí- ofreció la Uchiha, teniendo cuidado del tono que empleaba, intentando no presionarlo pero deseando que se quedara.

Su intención al despedir a su nieta tras su boda no había sido en lo absoluto formar parte de la celebración, solo lo había hecho por el bien de Ayame y por garantizar que no se viera alcanzada por la vana maldición que parecía asolar al Imperio, más viendo la emoción brillar intensamente en los ojos de Sarada, de inmediato supo que no podría negar, por lo que asintió con un vago suspiro que casi hizo a su hija predilecta chillar de la emoción. Su padre pasaba demasiado tiempo solo, quizás ahora tuviera un ápice más de ánimo que en el primer mes del luto, pero continuaba aislándose de aquellos que no eran cercanos a él y ella quería remediarlo, no solo por la memoria de su madre sino también por la felicidad de su padre para quien tenía reservada una sorpresa que esperaba fuera de su agrado y consiguiera…distraerlo. Entrelazando una de sus manos con la de su padre, Sarada lo guio hacia el diván que anteriormente había ocupado sentándose uno al lado del otro antes de que ella, con propiedad, alzara la mano y les indicara a las concubinas presentes que continuasen tocando. Anteriormente otras doncellas habían bailado para el entretenimiento y alegría de las Sultana, pero ahora Sarada tenía algo especial reservado para su padre, por lo que las concubinas se hubieron dedicado a crear un prólogo musical que creo anticipación en el ambiente mientras las puertas de la estancia se abrían y cerraban con un vago chirrido, dando paso a una bella mujer que de inmediato acaparo todas las miradas. Su delicada y femenina figura era cubierta por un favorecedor vestido de chiffon rojo de inocentemente y cautivador escote, detallando u figura pro obra de una especie de corsé sin mangas de escote redondo cerrado bajo el busto y que detallada favorecedoramente sus encantos, ribeteado en encaje plateado e hilo de diamante para brillar al movimiento, —a la par de la pulsera-anillo que usaba—unas mangas holgadas y abiertas desde los hombros exponían sus brazos al igual que el corte vertical al costado de la larga falda, exponiendo escasamente la piel de sus muslos con cierto aire seductor. Sus largos cabellos castaños estaban elegantemente peinados en una cascada de rizos que caían sobre su hombro izquierdo, adornado por una especie de diadema o broche con un dije en forma de rosa con cristales rojos y diamantes engarzados a juego con unos largos pendientes de cuna de oro con un rubí en el centro.

Dirigiéndole una mirada casi imperceptible a la Sultana Sarada que plasmo una sonrisa ladina en sus labios a modo de respuesta, la bella mujer clavo de lleno sus ojos en los del Sultan, aferrando la tela de sus aireadas mangas a sus manos mientras se situaba en medio de la habitación. La concubinas hubieron replicado el ansioso prologo musical creando un sentir de expectación en el ambiente mientras aquella bella mujer alzaba su brazos, aun aferrando el chiffon de las mangas de su vestido a ellas como si fuesen alas…finalmente la música hubo comenzado a sonar, siguiendo un ritmo cadencioso mientras la mujer danzaba su ritmo, jugando estratégicamente con su propio vestido, teniendo especial cuidado de que cada uno de sus movimientos fuera prolijo, y resaltara cada una de sus bellas características. Una parte de Sasuke quiso sentirse impresionado, o el resultaba difícil entender que Sarada había planeado todo aquello únicamente con el propósito de distraerlo, pero no podía hacerlo, no podía sentir que eso le resultaba gratificante o curioso en ningún sentido pues no era así, hasta entonces…jugando con la tela de su vestido la mujer le dio apropósito la espalda a los presentes, volteando arrebatadoramente su rostro hacia el del Sultan que creyó nuevamente que—como hacía un mes atrás—su mente le estaba jugando una mala pasada. Ahora, frente a sus ojos no era aquella mujer a quien estaba viendo intentar llamar su atención, seducir…no, a quien estaba viendo era a Sakura. Cada parte de ella, de su anatomía y su insólita belleza griega seguía con misticismo el ritmo de la música sin quitarle los ojos de encima, haciéndolo completamente incapaz de quitarle los ojos de encima, sintiendo como una tortura cuando le dio la espalda por un breve instante, más volviendo su rostro hacia él con aquella intensa mirada esmeralda ardiendo de impaciencia, enviándole un claro mensaje que aunque hubiese intentado evitarlo, leyó con facilidad así como el sentido de la sonrisa de autosuficiencia en sus labios; lo deseaba tanto como él la deseaba a ella, podían pasar mil y un noches, siglos, y continuaría siendo así hasta el fin de los tiempos.

-¿Y esa mujer?- inquirió Izumi en un susurro, frunciendo el ceño con confusión e interés entremezclados.

-Sarada la preparo, se llama Yumiko- contesto Mikoto, observando las reacciones de su padre con especial atención.

-Es preciosa- admitió Hanan que junto con Sarada había elegido a aquella mujer, encargándose de que cumpliera con el deber de "entretener" al Sultan.

-Tal vez ella consiga lo que ninguna otra ha logrado, hasta ahora- espero Shina que al igual que Mikoto, Sarada y han, no quería que su padre continuase sumido en la melancolía.

A lo largo de la historia del Imperio, mucho Sultanes habían aprendido a palear el dolor del luto de alguna mujer muy querida par ellos, dejando que—por muy frió o vacío que sonase—otra mujer ocupara ese lugar, el ideal polígamo del amor a entender de los Uchiha era bastante adictivo si se tenía en cuenta que las propias hijas de los Sultanes pedían el divorcio para casarse de nuevo y volver a intentar traer el amor a sus vidas. La intención de Sarada al elegir y preparar a aquella mujer no había sido desvanecer la memoria de su madre ni tampoco ese era el objetivo de esa bella mujer que por lo visto había cautivado al Sultan, solo querían ayudarlo a lidiar con el dolor para volver a empezar, aquello no era en lo absoluto un crimen; la pena había estado devorando el corazón y la vida de su padre por demasiado tiempo y como hija que era, Sarda no podía ni quería continuar viendo cómo se abandonaba a sí mismo, como todo parecía dejar de cobrar sentido, ella y sus hermanas ya habían aceptado el pasado como tal y habían podido dejarlo atrás, dedicándose a continuar la obra que su madre había plasmado en vida, más su padre insistía en negarse a seguir adelante, pero debía hacerlo. Como la propia música que llenaba el ambiente, hasta el más mínimo de los movimientos que Sakura ejecutaba parecían tener un propósito en especial, más Sasuke eligió no darle vueltas al asunto en ningún contexto, totalmente perdido en ella y en sus encantos, observándola como si fuera la primera vez que la tuviera frente a él y en parte se sentía así. El inocente bailoteo de sus hombros al elevarse, el elegante trazo que seguían sus brazos, el modo en que la tela de la falda se arremolinaba a los lados de sus muslos para exponer su piel, como cada espacio era ocupado por su danza…estaba completamente embriagado por ella y su presencia. No era ningún tonto, sabía que su mente estaba jugando con él ella no era Sakura realmente, más si su corazón y mente le permitían verla de aquella forma, tal vez hubiera un modo de alejar el dolor como no había conseguido hacer hasta ahora.

Si Sarada había deseado que pasara la noche con esa mujer, pues lo haría.


La habitual ceremonia de repartir oro entre la concubinas y mujeres el Harem se había llevado a cabo al inicio de la celebración, su tía Sarada y su madre se había encargado de ello, aquello simbolizaba la buena ventura, se le pedía a Kami que bendijera un matrimonio no solo para que no hubiera obstáculos de cara al futuro sino también para que la unión fuera fecunda y contase constantemente con la aprobación de creador en cada paso que dieran. Luego de haber abandonado la celebración en su nombre y recorrido los pasillos del Palacio hasta la entrada del jardín, donde el carruaje especialmente preparado para ella la había esperado, todo había sido bastante simple a decir verdad; acompañada por sus doncellas, había observado por las ventana del carruaje como los fuegos artificiales iluminaban el cielo, como todos en la capital celebraban de principio a fin, luego había visto desaparecer la capital y minutos más tarde encontrarse de cara ante un profundo bosque iluminado por la luz de la luna llena y pronto ante si en medio de un paraje casi idílico con bosques memorablemente hermosos se alzaba su palacio, suyo y de Iwabee fuera del cual habían estado aguardando por ella un personal de doncellas elegido por su madre y su tía Sarada, así como sirvientes y escoltas jenízaros, todo magníficamente capacitados y que eran de total confianza y que habrían de serviles enteramente a ella e Iwabee. Ahora se encontraba en sus nuevos aposentos, aquellos que serían suyos, sentada tras su cama, sobre uno de los extraño del colchón, con sus dos doncellas flanqueándola a diestra a siniestra, observándola respirar de forma algo agitada, rompiendo el silencio al saber que Iwabee estaba en la habitación contigua, próximos a encontrarse plenamente a solas por primera vez desde que se conocían.

El tiempo pasaba tan lentamente para Ayame que cuando hubo sentido el chirrido de las puertas tras abrirse y cerrarse, Iwabee ya se encontraba en la misma habitación de ella, compartiendo el mismo aire, casi a solas…de no ser por la presencia de sus doncellas cuales gárgolas que bajaron a cabeza ante el antes ilustre Pasha, ahora Visir, retirándose lo más discretamente, con la vista baja como si nunca hubieran estado ahí. En memoria de su abuela un inocente vestido de gasa y chiffon blanco de profundo escote redondo semi transparente cubría su figura, con falda de gasa de múltiples capas superpuestas entre si y sin mangas, por sobre el vestido y en memoria de su abuela se hallaba una elegante túnica de seda de inspiración griega de recatado escote en V, holgado de no ser por el cinturón de oro blanco con diamantes incrustados que cerraba la tela alrededor de su cuerpo, y mangas acampanadas hasta las muñecas cuyos bordes estaban hecho en encaje blanco que recreaba flores de cerezo entrelazadas con el emblema de los Uchiha a imagen del dobladillo, de la línea vertical y los extremo del escote. Sus largos rizos rubio castaños caían armoniosamente sobre sus hombros y tras su espalda, adornándolos por una bella diadema de tipo cintillo en dos líneas verticales que en el centro tenia flores de cerezo hechas de diamante—a juego con un par de pendientes de oro blanco y diamante pulido en forma de lagrima—que sostenía un largo y transparente velo blanco semi transparente que caía sobre su rostro y tras su espalda. El usual color a emplear en las bodas de la familia Imperial era el rojo, en esta oportunidad y ante su juvenil inocencia se había decidido que su ajuar fuera enteramente blanco de los pies a la cabeza…Iwabee nunca recordaba haberla visto más hermosa que entonces, era como ver a un ángel.

Había tantas cosas que compartir a partir de ahora, pero tan poco que decir, ¿Qué se suponía que hicieran salvo consumar ese amor que por meses y años los había hecho victimas de su propia pasión? Todo paso con infinita lentitud para Iwabee mientras se aproximaba a la cama, viendo a su Sultana allí y de pie con un transparente velo blanco cubriendo parcialmente su rostro más sin impedirle vislumbrarla en lo absoluto, como el halo de un ángel o la luz divina de la luz sobre el que era el rostro más hermoso sobre la tierra, no había nadie más hermosa que ella. Haber sido informado por el gran Visir Kakashi Hatake, que ante los ojos de Kami él y la Sultana Ayame habían sido declarados marido y mujer en presencia de testigos evocaba en él un sentir insuperable, era como saber que el mayor sueño de la existencia se realizaba ante su ojos, nunca había ambicionado nada para sí, ni siquiera como Jenízaro, pero poder amor con libertad a la mujer que se había adueñado de su corazón por poco y se había convertido en un sueño imposible que ahora veía materializado en la realidad mientras caía de rodillas frente a ella, sujetando el dobladillo de su vestido, besando la tela con veneración…a ojos del Imperio, él era su sirviente, pero en la realidad siempre lo había sido, el sirviente que había sucumbido a su amor y su belleza. Ayame mantuvo al vista al frente, perdida en un punto invisible de la nada misma, nerviosa de no conseguir ser todo cuanto Iwabee quizás creía que era, temerosa por su propia inexperiencia y por no poder complacerlo tanto como él la complacía a ella por corresponder a su amor. Lo vio erguirse con lentitud encontrando sus ojos con los de ella, separados apena por la tela del velo que les impedía sentir plenamente la respiración del otro, agitada como la propia ante la ansiedad de aquello que por meses y años los había hecho esclavos.

-Nuestro día por fin llego- susurro Ayame, ansiosa y nerviosa al mismo tiempo.

No se esperaba menos de una Sultana que llegar intacta al matrimonio, sin macula alguna sobre su nombre a menos que hubiera enviudado anteriormente, solo entonces había una justificación, más Ayame nunca habría podido imaginar su vida junto a nadie más que no fuera Iwabee que con cuidado sujeto los extremos del largo velo blanco que caía a la altura de su vientre, alzándolo con lentitud intentando no incomodarla de ninguna forma posible. Apartando por completo el velo del rostro de su Sultana dejándolo caer tras su espalda, Iwabee contemplo con placer ese rostro tan hermoso, cargado de inocencia e intenciones honestas aquel tesoro que nadie en el Imperio salvo ella tenía, la inocencia era un tesoro, un tesoro que ella únicamente poseía y que entregaba para él como su amor; con idéntico cuidado como había retirado el velo de su rostro, ahora con cuidado desprendió la diadema de diamantes, dejándola caer sobre la cama, sin despeinar en lo absoluto ninguno de los encantadores rizos dorados que parecían oro solido ante la luz de las velas en una perfecta armonía con esos brillantes orbes esmeralda observándolo apenas y pestañando para romper con su vínculo. Finalmente estaba allí, cara a cara sin límite alguno que los separara, ni tiempo ni adversidades. ¿Cuántas noches habían pasado durmiendo en camas y habitaciones separadas, preguntándose como seria saberse juntos como marido y mujer? El tiempo se volvió una eternidad mientras lentamente, casi con temor, sus respiraciones se hacían sentir con un calor abrazador que los recorrió antes de que sus labios se unieran, no con la usual necesidad y desesperación sino con una lentitud solo semejante a la que habían sentido en su primer beso hacía ya tanto tiempo pero que los hizo ansiar crear más recuerdos felices, juntos.

-Cumpliré con todas mis promesas, lo juro por Kami y por mi alma- murmuro Iwabee contra sus labios, rompiendo el beso solo para verla nuevamente a los ojos.

Esta vez, sin miedo, Ayame bajo la mirada, abriendo con cuidado el cinturón que ceñía la chaqueta de inspiración griega a su cuerpo, algo nerviosa y torpe mientras intentaba abrir lentamente los tres botones—bajo la altura del busto—que la cerraban, más para su sorpresa, Iwabee hubo venido e su ayuda, abriendo los botones mientras acunaba delicadamente una de sus mejillas sin aparta sus ojos de los de ella. Antes de darse cuenta, la chaqueta se resbalo por sus hombros, cayendo sobre la alfombra en armoniosos y distraídos pliegues que en nada les hubieron importado mientras volvían a besarse, esta vez con mayor intensidad. Es vez, por primera vez en muchas noches, solo habrían sueños felices, compartirían la misma cama a partir de hoy y nunca nada ni nadie sería capaz de separar ni sus almas ni sus corazones.


PD: con todo mi corazón me disculpo por mis prolongadas ausencias, mis queridos lectores, no ha sido mi intención en ningún momento dejar desatendidos mis fics, pero he tenido mucho trabajo estas ultimas dos semanas y también la siguiente, más entonces estaré libre de nuevo, prometiendoles actualizar en tanto me sea posible, pero hoy tenia que hacerlo antes de volver a sumirme en el trabajo del instituto, espero que puedan perdonarme :3 aprovecho de recordarles que cuando el fic termine, les daré la opción de si quieren que haga la secuela-siguiendo el rumbo que trace el epilogo-que tengo en mente y que se titula"El Siglo Magnifico: El Sultan y La Sultana" y que esta levemente inspirada en la serie "Medcezir" :3 durante la proxima semana o la siguiente, actualizare el fic "Lady Sakura: Flor de Cerezo", "El Clan Uchiha" y "El Emperador Sasuke":3 les recuerdo que finalice el guion completo-diálogos y detalles menores-de la futura adaptación de la película "Avatar", por lo que les pido a los interesados que comenten cuando quieren que inicie el fic u otro que tengan en mente, esperando contar con su aprobación, por supuesto :3 como siempre la actualización está dedicada a DULCECITO311(que siempre está cerca y a quien dedico y dedicare todas y cada una de mis historias y a quien le pido perdón mi larga ausencia:3) y a todos aquellos que sigan cualquier otro de mis fics :3 También les recuerdo que además de los fic ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "El Siglo Magnifico: El Sultan y La Sultana", "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron cuya secuela comenzó su rodaje, y cuyo guion-de la primera película-ya he terminado), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia", que prometo actualizar en cuanto tenga tiempo) "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer) "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul"), por no hablar de las películas del universo de "el Conjuro" y que prometo iniciar durante y a lo largo de este año :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.