CAP 40

Mi más sentido pésame a todas las debutantes que creían que iban a poder despertar el interés del magnífico marqués. La antes gélida lady Owen, ahora viuda y despampanante de rojo, atrajo a lord Dominic hacia ella como la miel a las moscas. Queridos lectores, el calor que desprendían era palpable.

Escandaloso. Infame. Decididamente delicioso...

Brian terminó de leer en voz alta y después bajó el periódico para mirar a Dom con las cejas en alto.

—¿Qué? —preguntó él, antes de beber una generosa jarra de cerveza.

—No te hagas el tonto. Anoche vi a Letty. Ese vestido... ¿Qué le has hecho a mi cuñada?

—¿Por qué no te preguntas qué me ha hecho ella a mí? La respuesta a esa pregunta es mucho más difícil, te lo aseguro.

Escudriñó con la mirada el salón principal del club Remington's para caballeros. A lo largo de su recorrido, se encontró con varios saludos y unas cuantas sonrisas. Ahora por fin comprendía el interés que tanto lo había confundido la semana anterior. Todo el mundo se había enterado del cambio de sus circunstancias antes que él, que todavía se estaba poniendo al día.

—Tu nombre y el de Letty , eso es lo único que he oído en todo el día —se quejó Brian.

—El anuncio de nuestro compromiso aparecerá mañana en los periódicos y ocultará todas esas lascivas insinuaciones bajo un manto de respetabilidad. La noticia habría aparecido hoy, pero yo... Anoche llegué tarde.

Dom había decidido que se quedaría con ese carruaje toda la vida. Letty y él bautizarían otros con su pasión, pero ése se quedaría en sus caballerizas para siempre. Y seguiría acostándose con Letty dentro de él incluso después de que dejasen de utilizarlo para lo que había sido fabricado inicialmente.

—¿Y qué me dices de tus padres? —le preguntó Brian—. Distaban mucho de parecer eufóricos.

Dom se encogió de hombros; sentía un poco de remordimientos, pero ni un ápice de responsabilidad.

—Saldrán adelante.

El ruido de las hojas de periódico arrugándose llamó su atención y vio que Brian lo estaba estrujando entre las manos. Se preguntó qué había dicho para provocar tal reacción, pero entonces se dio cuenta de que su amigo estaba mirando detrás de él. Siguió su mirada y se encontró con el conde Vince, que entraba en el salón con un par de amigos pisándole los talones.

—¿Deberíamos invitarlo a tomarse una copa con nosotros? —preguntó Dom , dándole de nuevo la espalda al conde.

—¿Te has vuelto loco? —Brian entrecerró los ojos de un modo peligroso—. Apenas puedo soportar saber que respira.

Dom levantó las cejas. No podía decirle nada. A pesar de las similitudes entre sus circunstancias, Dom no podía manifestar su acuerdo con su amigo, porque, en su caso, el hombre que al final se había casado con la mujer que él amaba era precisamente el hermano de Brian.

—¿Puede saberse qué diablos le pasa? —soltó éste, furioso—. Su esposa está en casa, embarazada de su hijo, y él está aquí pasándolo bien como si fuese soltero.

—La gran mayoría de nobles lo hacen.

—La gran mayoría de nobles no están casados con Mia.

—Te sugeriría que te fueras del país una temporada, pero sé que no puedes.

Brian lo miró.

—¿Por eso estuviste tanto tiempo fuera de Inglaterra? ¿Porque Letty estaba casada con Owen?

—Sí, básicamente.

—No tenía ni idea. Disimulabas muy bien.

Él movió una mano para quitarle importancia al comentario.

—Digamos que tenía mucha práctica en escondérmelo a mí mismo. Me convencí de que sólo me gustaba y me dije que podría olvidarla fácilmente estando con otras. Supongo que, al final, engañarme fue mejor para todos. Si en esa época hubiese sabido que Letty me afectaría tan profundamente y que me pondría por completo del revés, lo más seguro es que hubiese salido huyendo.

—La verdad es que pareces distinto —contestó Brian, mirándolo—. Menos nervioso. Más calmado. Tranquilo, quizá.

—Maldita sea, baja la voz si vas a decir esas cosas.

Una risa estridente captó la atención de Brian y volvió a mirar por encima del hombro de Dom.

—Discúlpame un momento.

Dom suspiró y negó con la cabeza antes de tomar otro trago. A decir verdad, él tampoco entendía a Vince. El único motivo por el que él estaba en Remington's era porque Letty a no estaba esperándolo en casa.

—Márques.

Levantó la cabeza y se topó con la sonrisa de Lord Luis.

—Luis, ¿cómo está?

—Muy bien. ¿Puedo hacerle compañía un segundo?

—Por supuesto.

—No le robaré demasiado tiempo. Si no estoy en casa dentro de una hora, mi esposa vendrá a buscarme en persona. —El propietario del club sonrió y ocupó la silla que estaba al lado de la que Brian había dejado vacía—. Discúlpeme por el atrevimiento. Tal como quizá sepa, estoy al corriente de muchas de las cosas que les acontecen a los miembros de mi club.

—Es lógico.

—Sí. —Los ojos de Luis, famosos por ser del color de las amatistas, brillaron con humor—. Por ejemplo, sé que usted y yo tenemos mucho más en común de lo que parece a primera vista. Y gracias a esa afinidad comprendo lo difícil que puede resultarle su situación actual.

Dom se quedó callado. Remington era el hijo bastardo de un duque. Y, aunque era el hijo mayor, el título y las propiedades los heredaría su hermano pequeño, porque era legítimo.

—Maldición —masculló Dom al comprender que Luis le estaba diciendo que sabía que era un bastardo, un secreto que sólo conocían su madre, Masterson y Letty.

Había oído rumores acerca de las fichas que tenía Luis de sus clientes, pero nunca se había imaginado que contuviesen tanta información. Lo que hizo que se preguntase si el hombre sabía quién era su padre...

—Si alguna vez necesita ayuda o alguien con quien hablar —se ofreció Luis como si no acabase de sacudir los cimientos del mundo de Dom —, estaré encantado de ayudarlo.

—¿Los bastardos tenemos que ayudarnos entre nosotros? —preguntó él, absteniéndose de formular una pregunta cuya respuesta no estaba seguro de querer averiguar.

—Algo así.

—Gracias.

Había hombres a los que valía la pena tener de tu parte y Luis era de uno de ellos.

Se oyeron unos gritos provenientes del bar. Luis se puso en pie al instante.

—Si me disculpa, milord, tengo que ocuparme de un problema que acaba de empeorar drásticamente.

Dom miró detrás de él y vio a los escandalosos amigos de Vince.

—Un momento, por favor, Luis. En cuanto a ese problema... Teniendo en cuenta que la esposa de Vince va a convertirse pronto en mi cuñada, ¿es lógico asumir que él es también mi problema?

—Sí.

Luis le hizo una exagerada inclinación de cabeza y se fue.

Dom se puso en pie y fue en busca de Brian , al que encontró apoyado despreocupadamente en la barra del bar, cerca del grupo de Vince pero sin formar parte de él. Se le acercó.

—Vámonos.

—Todavía no.

Brian se llevó una mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó la pitillera de plata en la que guardaba los puros. Cerca de ellos, Vince se rió y empezó a quejarse de las advertencias de Luis de que si no bajaban el tono los echaría del salón.

—Esto no acabará bien.

Dom podía notar cómo el mal ambiente se hacía más denso a su alrededor, igual que las nubes de una tormenta. Vince estaba lo suficientemente borracho como para comportarse con atrevimiento y con estupidez, y era evidente que Brian tenía ganas de pelea.

Lord Taylor, uno de los amigos del conde, se tambaleó hacia atrás y le dio un golpe a Brian, al que se le cayó la pitillera y el pañuelo de la mano. Ambos objetos se precipitaron al suelo y los caros habanos rodaron por todas partes.

—¡Ten cuidado! —exclamó Brian, agachándose para recoger sus cosas.

Vince le hizo un comentario cortante a Taylor y luego se agachó para ayudar a Brian. Tomo un puro y después el pañuelo y se quedó inmóvil mirándolo, de golpe sobrio.

Brian tendió la mano para que se lo devolviese.

—Gracias.

Vince pasó los dedos por el monograma que había bordado en una esquina del pañuelo.

—Un monograma interesante.

Dom lo miró de cerca y contuvo una maldición al distinguir una «M» bordada con hilo rojo.

—Por favor, Vince, si eres tan amable —le pidió Brian.

—Creo que no. —Vince miró a Brian a los ojos y después a Dom y, acto seguido, se guardó el pañuelo en el bolsillo—. Me parece que esto me pertenece.

La tensión de Brian era palpable. Dom le puso una mano en el hombro y se lo apretó en señal de advertencia. Vince apestaba tanto a alcohol que su aliento incluso podía emborrachar a otros, y él reconocía la mirada que se insinuaba en aquellos ojos inyectados en sangre; el demonio que habitaba dentro de Vince había tomado las riendas e iba a llevarlo a un lugar muy peligroso.

Brian se puso en pie.

—Quiero que me lo devuelvas, Vince.

—Ven a buscarlo.

Brian cerró los puños, pero Luis se metió entre los dos. El propietario del club era muy alto y estaba muy fuerte y era perfectamente capaz de defenderse solo, pero además estaba rodeado por tres de sus hombres.

—Pueden llevar esta pelea al piso de abajo si lo desean, caballeros —les advirtió, haciendo referencia a los cuadriláteros de boxeo de la planta inferior—, o pueden irse a cualquier otra parte, pero aquí no toleraré que haya violencia.

—O podemos retarnos en duelo —dijo Brian—. Nombra a tus padrinos, Vince.

—Maldita sea —masculló Dom.

—Taylor y Blackthorne.

Brian asintió.

—Dom y Merrick irán a verlos mañana para terminar de concretar los detalles.

—Estoy impaciente —contestó Vince, enseñándole los dientes.

—No tanto como yo.