Harry tuvo que hacer un esfuerzo inmenso para seguir instruyendo a sus compañeros de clase durante el resto de la hora en lugar de salir corriendo detrás de Draco, tal y como habían hecho Parkinson y Zabini. Al fin y al cabo, aquellos chicos le necesitaban; no podía dejarlo todo e irse sin más, se había comprometido a ayudarles. Así que animó a Ginny mientras ella lograba transformar a Voldemort en una gallina, y observó a un Ravenclaw de séptimo convertir la Marca Tenebrosa que flotaba sobre sus cabezas en un globo de helio.

La mayoría de ellos lo estaba haciendo asombrosamente bien, aunque no faltó quien se echase a llorar o necesitase la ayuda de Harry para mantener la compostura. Por suerte, nadie hizo ningún comentario sobre lo que acababa de ocurrirle a Draco. Todos parecían demasiado preocupados por la presencia del Boggart como para mantener una conversación.

En cuanto el último de ellos se enfrentó a su Boggart, cuando quedaban solo dos minutos para el cambio de clase, Harry dio la lección por terminada y volvió a encerrar a la criatura en el armario. Recogió su mochila y salió al pasillo antes de abrir el mapa del merodeador para buscar en él al Slytherin.

-¡Harry! – exclamaron, al mismo tiempo, Ron y Hermione mientras corrían hacia él.

-¿Qué vas a hacer? – preguntó la chica, asomándose por encima de su hombro mientras Ron, con su cuerpo, tapaba el mapa de la vista de la gente que estaba caminando por el pasillo en aquel momento.

-Voy a ir a buscar a Draco – explicó con apuro mientras escaneaba las mazmorras, los pasillos y las torres sin éxito –. Tengo que hablar con él.

-¿Estás seguro? – inquirió Ron, ayudándole a buscar mientras hablaban –. ¿Ya sabes lo que vas a decirle?

No, Harry no lo sabía exactamente. Llevaba días y días hablando de sus sentimientos con sus amigos, analizando, con su ayuda, todo lo que había ocurrido aquel curso entre él y Draco. El miércoles, harto de no llegar a ninguna conclusión definitiva, había decidido seguir su propio método y mandarle un mensaje a Draco diciéndole que quería hablar con él, a solas. Hermione, al principio, había intentado disuadirle, pero al final había cedido e incluso había mejorado el encantamiento del galeón para que pudiese enviar frases más largas de una vez. Harry había creído que, al ver cara a cara al Slytherin, habría sabido qué decir.

No contestó en voz alta a la pregunta de Ron porque, un momento después, localizó el nombre "Draco Malfoy" en los jardines del colegio, cerca de la linde del bosque y acompañado de sus dos amigos, y se echó a correr. Oyó los pasos de Hermione y Ron tras él, y se giró para meter el mapa en la mochila de cualquier manera mientras sorteaba a los alumnos que estaban bloqueando los pasillos a la salida de cada aula y bajaba por las escaleras tan rápido como podía.

-¡Eh! – gritó Nick Casi Decapitado cuando Harry, al torcer una esquina para dirigirse a la salida del castillo, corrió justo a través de él.

-¡Lo siento! – se disculpó sin dejar de correr y mirando hacia atrás solo un momento.

"¿Por qué mierda decidí esperar a que mis sentimientos se aclarasen o a que Draco diese el primer paso?" se preguntó, frustrado, mientras recorría los jardines bajo la luz del sol de finales de mayo. Estaba sudando, pero le daba igual.

-Harry, ¿estás seguro de esto? – jadeó Hermione mientras le seguía de cerca –. No tienes ningún plan.

-Ya hemos hablado de esto, Hermione – masculló, sin importarle realmente si ella lo oía. Sabía tan bien como él que tener un plan nunca les había servido de mucho.

Cuando localizó al trío de Slytherins sentados en la hierba a la sombra de un árbol, se detuvo e indicó a sus dos amigos que guardasen silencio. Los Slytherins estaban de espaldas a ellos y podía oír sus voces agitadas. Aún no habían reparado en su presencia, al parecer. Harry y sus amigos se acercaron a paso lento a ellos, y Harry tuvo la idea de esconderse bajo su capa de invisibilidad para escuchar lo que estaban diciendo sin ser visto, pero la desechó al momento. Eso no ayudaría a que Draco estuviera dispuesto a hacer las paces con él, precisamente.

-Quiero irme a mi cuarto... – fueron las primeras palabras que Harry pudo entender, masculladas por el chico rubio.

-Necesitas que te dé el aire fresco, Draco – contestó Parkinson con un tono insistente que hizo a Harry sospechar que no era la primera vez que lo decía.

Estaban a unos diez pasos del trío de Slytherins cuando estos los vieron por el rabillo del ojo.

De un momento a otro, Zabini, y luego Parkinson y Draco, se giraron y se pusieron en pie, adoptando una postura amenazadora y apuntando sus varitas hacia ellos. Harry, Ron y Hermione hicieron lo mismo, guiados por el instinto que la guerra había grabado a fuego en ellos.

Harry analizó a los tres estudiantes que tenía ante él y, en el espacio de un segundo, supo que Draco solo había levantado su varita porque estaba asustado y porque así lo habían hecho sus amigos; su brazo estaba temblando, como si quisiera bajarlo pero estuviera haciendo un gran esfuerzo por evitarlo, y su expresión facial, aunque hierática, no lograba ocultar del todo su miedo y preocupación. Supo que Zabini no iba a atacarles; estaba defendiendo a sus dos amigos, haciendo lo que tenía que hacer, pero se leía claramente en su cara que sabía que hacer un movimiento contra ellos no habría sido sensato. Y supo que Parkinson estaba a punto de lanzarle una maldición para que se largase de allí, creyendo que eso era exactamente lo que Draco necesitaba de ella.

Harry pensó el hechizo Expelliarmus al mismo tiempo que apuntaba a la chica y, al instante siguiente, atrapó su varita con la mano. En el tiempo que le llevó a la chica jadear por la sorpresa y lanzarle a Harry una mirada atemorizada, él había desarmado también a Zabini, solo por precaución. Le lanzó las dos varitas a Hermione, que estaba de pie a un par de pasos de él, y volvió a girarse para enfrentar a Draco.

A él no iba a desarmarlo. Porque sabía que Draco no iba a hacer nada, y necesitaba que el Slytherin también lo supiera.

En lugar de ello, miró al chico a los ojos y siguió a su instinto.

-Quiero hablar contigo, Draco – dijo, con voz audible y tono calmado.

El cuerpo de Draco tembló, como si un escalofrío acabase de recorrer todo su cuerpo al oírle decir su nombre por segunda vez después de dos semanas, pero no dijo nada.

-¿Qué cojones, Potter? – rugió la chica de pelo negro a su lado. Parecía que quisiera avanzar a zancadas hasta él para estrangularlo, pero Ron y Hermione habían dirigido las puntas de sus varitas en su dirección y eso la mantuvo a raya.

-No vamos a pelearnos – insistió Harry como si no hubiese sido interrumpido. Centró su mirada en la de Draco, gris y profunda y asustada, y apartó de su mente todo lo demás. Para demostrar lo que acababa de decir, bajó el brazo y se guardó la varita en el bolsillo –. Baja la varita – ordenó, con calma.

Tras un agonizante segundo de incertidumbre, durante el cual mil emociones imposibles de leer atravesaron su rostro, el brazo de Draco descendió unos centímetros. Harry sintió una oleada de alivio, pero todos sus nervios volvieron a arder cuando el Slytherin, asentando su expresión en una de pasividad y desprecio, volvió a reforzar el agarre de su varita y apuntó directamente al pecho de Harry. Parkinson le susurró algo que Harry no pudo oír, pero que, imaginó, era un consejo sobre qué maldición podía usar contra él. Draco negó con la cabeza y se apartó un paso de su amiga.

Con una voz que apenas lograba contener todo el dolor y frustración que debía de estar sintiendo, Draco escupió:

- Te dije que no lo hicieras.

-Lo sé – admitió él, que sabía perfectamente a qué se refería Draco. Zabini y Parkinson estaban mirando a Draco como si estuviera hablando en otro idioma, pero ninguno tuvo tiempo de intervenir, porque Draco siguió acusándolo.

- Y lo hiciste igual –. Su tono de voz ascendió ligeramente, pero su expresión se mantuvo completamente carente de emoción, como si todo aquello le diera igual –. No te importó una mierda hacerme daño, porque yo no te importo una mierda, ¿verdad? Lo único que te ha importado todo este tiempo ha sido la fama – desdeñó con una mueca. Soltó un bufido carente de diversión y continuó hablando como si nada de lo que estaba afirmando le pareciera sorprendente –. Seguro que planeabas contarle a todo el colegio que tenías al mortífago Draco Malfoy tus pies. Os habríais echado unas risas, ¿a que sí?

-¡¡Pues claro que no!! – exclamó él, frustrado, al mismo tiempo que sus amigos se giraban para enfrentarle y Parkinson gritaba "¿¡se puede saber qué está pasando aquí!?". Eso hizo que Harry se alegrase de que Ron y Hermione estuvieran enterados de todo –. ¡Sabes perfectamente que todo eso no es verdad! – siguió diciendo Harry, forzándose a respirar para contener la rabia –. Lo único que quiero es ser un chico normal con una vida normal. Y claro que me importas... – terminó torpemente, deseando ser mejor en eso de hablar de sus sentimientos.

Antes de que se le ocurriera una forma de continuar esa frase, Draco lo interrumpió.

-Si te importase no me habrías salvado la vida delante de todo el colegio cuando te pedí claramente que no lo hicieras.

Su pasividad era muy enervante, sobre todo porque Harry sabía que era una tapadera, y que a Draco le importaba. Solo que estaba haciendo un gran esfuerzo por ocultarlo.

-¿Alguien puede explicarme qué mierda está pasando aquí? – exigió Parkinson, mirando a Draco y luego a Harry con impaciencia.

-A mí también me gustaría saberlo – comentó Zabini, mucho menos alterado que la chica.

-Nada – espetó Draco, mirando a sus dos amigos y, por fin, bajando la varita –. Recuperad vuestras varitas y vámonos de aquí.

Se echó a andar, pero sus amigos no le siguieron. Harry avanzó, decidido a cortarle el paso, pero Ron se le adelantó y, con tres pasos largos, se situó frente a Draco.

-Tú no te vas a ninguna parte sin hablar con Harry.

-No, nadie aquí se va a ir a ninguna parte hasta que yo me entere de lo que está ocurriendo – corrigió Parkinson, avanzando hasta Hermione con cara de malas pulgas –. Y dame mi varita.

Las palabras "sangre sucia" no salieron de su boca, pero la forma en la que entonó esa oración hizo que quedasen flotando en el aire entre ellas. Hermione, que todavía estaba agarrando ambas varitas, miró a Harry, y él asintió. No quería que las cosas se pusieran peor con su amiga y alguien acabase diciendo aquellas palabras en voz alta.

-Volved a levantarlas contra nosotros y no seremos tan benevolentes – intervino Ron, probablemente tratando de sonar amenazador. A juzgar por las expresiones faciales de los demás, no tuvo mucho éxito, y nadie se tomó la molestia de contestar a lo que había dicho.

-Ahora, Draco – continuó Parkinson, dándole a Blaise su varita –, explícanos por qué Potter y tú estáis hablando como si esta no fuera la primera conversación que tenéis en todo el curso. Y no intentes escaquearte dando órdenes – amenazó –. Nosotros no somos Crabbe y Goyle.

La chica pareció darse cuenta de que había dicho algo que no debía, porque su cabreo se desvaneció de un momento a otro y su expresión se volvió de culpabilidad.

-Mierda, no tenía que haber mencionado a... mierda – se trabó –. Draco, lo siento, es que esto es muy frustrante.

-Da igual – contestó él, contra todo pronóstico, en lugar de ofenderse –. Ya da todo igual, ¿no? No importa que os lo cuente porque se ha terminado.

Todo el cuerpo de Harry se tensó al oír aquello, pero no tuvo tiempo de intervenir.

-Harry y yo llevamos todo el curso viéndonos a escondidas – dijo, soltando una risa carente de diversión –. Como conocidos, como amigos, como novios – recalcó, lanzándole a su amiga una sonrisa satírica y desesperanzada, como si ya se hubiera rendido y solo le quedase reírse de su propio destino. El estómago de Harry dio un vuelco –. Sí, Pansy, soy gay. Como esos Gryffindors a los que te encanta insultar. Podéis largaros ya a contárselo a todo el mundo y uniros al club anti-Malfoy, me da igual. ¿Qué más da perder a una persona o a tres?

Harry volvió la vista de nuevo hacia Parkinson para observar su reacción ante aquella noticia. La Slytherin estaba sacudiendo la cabeza y tenía la boca abierta de una forma que hacía que pareciera un pez debajo del agua, y a Harry le pareció oír a Hermione soltando una risita por lo bajo.

-¿Qué? Joder, Draco, yo no quería... mierda – tartamudeó, atónita –. ¿Por qué no me lo dijiste antes? Que insultara a esos tíos no quiere decir que vaya a dejarte de lado –. Se giró de forma un tanto exagerada para mirar al chico que seguía de pie detrás de ella –. ¿A que no, Blaise?

Zabini, al parecer incapaz de formular palabras, sacudió la cabeza mientras su mirada permanecía clavada en algún punto del horizonte. Harry no pudo evitar notar que aquel chico tenía una forma muy parecida a la de Ron de asimilar las noticias inesperadas.

-Nadie aquí va a dejar a nadie sin que todo esto se aclare – intervino Harry, encontrando por fin su voz –. Como dije al principio, Draco, quiero hablar contigo. Y preferiría hacerlo a solas – añadió.

Draco se quedó mirando a Harry como si estuviera decidiendo qué contestación borde darle antes de marcharse de allí, pero, para sorpresa de todos, fue Zabini quien habló primero.

-¿Sabéis qué? Potter tiene razón. Draco y él necesitan urgentemente tener una buena conversación. Y Pans y yo tenemos mucho que asimilar. Será mejor que nos vayamos.

-¡¿Qué?! – se ofendió la chica, cuyo tono de voz se elevó al menos tres octavas –. ¡No! No pienso...

La mirada que le dedicó Zabini fue tan perforadora que la hizo callar de golpe. Incluso Harry se sorprendió, pues nunca había visto una emoción tan fuerte emanar del chico, y se dio cuenta de que el aire amenazador le daba un brillo a su piel oscura que lo hacía extrañamente atractivo. Parkinson, por una vez en su vida, pareció ceder.

-Está bien – farfulló –. Pero después quiero tener una buena conversación contigo – dijo, señalando a Draco con un dedo amenazador. A continuación, entrelazó su brazo con el de Zabini y se echó a andar –. Vámonos de aquí antes de que empiece a zarandear a alguien.

Draco se los quedó mirando con los ojos muy abiertos, como si lo que acababa de suceder fuera completamente surrealista. Su ceño estaba fruncido, y su cuerpo se estaba encogiendo inconscientemente.

Harry aprovechó la oportunidad, pues no sabía cuánto iba a durar Draco en aquel estado antes de tratar de escapar de allí, y se giró para lanzarles a sus dos amigos una mirada significativa. Ron asintió y tiró de la manga de Hermione, pero la chica se acercó a la oreja de Harry antes de marcharse para darle su consejo de última hora.

-Recuerda todo lo que hemos hablado estos días – susurró con apuro –. No te guardes tus sentimientos, porque eso fue lo que os distanció en primer lugar –. Sujetó su mano y la apretó durante un instante, como si pretendiera transmitirle fuerzas. A Harry no le sirvió de mucho, pero dejó que lo hiciera de todas formas –. Todo saldrá bien.

Harry asintió y volvió a mirar al chico mientras oía a sus dos amigos alejarse hacia el castillo. Draco le devolvió la mirada, y Harry no pudo evitar fijarse en sus ojeras, en su pelo ligeramente despeinado por la brisa primaveral, en la forma en la que su piel suave resplandecía bajo la luz del atardecer.

Iba a solucionar aquello. Tenía que recuperar a aquel chico.

-Estamos bastante lejos del castillo – dijo, sin apartar la mirada de la de Draco –. Si nos sentamos junto al tronco del árbol de cara al bosque, nadie nos verá mientras hablamos.

Cuando vio que el Slytherin no iba a responder, se dirigió él mismo hacia la sombra del árbol y se sentó en el mismo espacio en el que Draco y sus amigos habían estado apiñados unos minutos antes. Una vez allí, se quedó mirando al chico con expectación. Estaba casi seguro de que no se marcharía de allí, pero una parte de él temía que lo hiciese.

Draco se tomó unos segundos para recobrar la compostura y, sin decir palabra, se sentó a la sombra del árbol, lo más lejos que pudo de Harry de forma que su espalda quedase apoyada contra el tronco. Es decir, apenas unos centímetros.

Durante una cantidad de tiempo que podrían haber sido segundos o minutos, ninguno de los dos rompió el silencio. Harry no tenía ni idea de qué estaba pasando por la cabeza de Draco y, la verdad, sus propios pensamientos también suponían un misterio para él. No sabía por dónde empezar; lo único que sabía era que no podían marcharse de allí sin haber solucionado lo que había ocurrido entre ellos.

"Vamos, Harry. Has vencido a un dragón. Has vencido a Voldemort. Puedes con esto."

Miró a Draco, que había levantado las rodillas y las estaba abrazando contra su pecho, y reconoció al instante la postura del chico: era la que adoptaba siempre que se sentía perdido. No estaba mirando a Harry, sino que estaba escaneando el paisaje que tenían ante ellos como si en él se hallase la respuesta a alguna pregunta de importancia vital.

-Se lo he dicho a Blaise y a Pansy – murmuró, soltando todo el aire de sus pulmones de forma entrecortada –. No me lo puedo creer.

-No parecen habérselo tomado muy mal – contestó él, no muy seguro de qué más decir –. Ron y Hermione ya lo sabían.

Draco soltó un bufido, pero su ceño seguía fruncido por la preocupación y todavía no había mirado a Harry ni una sola vez.

-No se lo conté yo – sintió la necesidad de defenderse, por algún motivo –. Y no nos hemos reído de ti – añadió, recordando las últimas palabras que Draco le había dicho a él directamente, delante de todos sus amigos –. ¿De verdad crees todo lo que has dicho hace un momento? Porque lo decía en serio. Todas esas veces en las que te dije que yo nunca he querido nada de lo que me pasó, lo decía en serio.

Esas palabras hicieron que, por fin, Draco le dirigiese la mirada. Tan de cerca, sus ojeras eran mucho más llamativas, y Harry sintió la necesidad de atraer al chico hacia su regazo para que pudiese descansar. La idea hizo que se le escapase un bostezo, pero logró no romper el contacto visual con el Slytherin.

-Y, aún así, no dudaste en salvarme la vida delante de todo el colegio – repuso Draco, hablando con una calma casi antinatural.

-¿Qué iba a hacer si no? – dijo él en un tono más alto de lo que pretendía –. ¿Verte morir?

El chico puso los ojos en blanco.

-No me habría muerto, imbécil. Algún profesor habría frenado la caída antes de que tocase el suelo – masculló –. Ya lo han hecho más veces. Lo hicieron contigo hace años.

Harry frunció el ceño.

-Ya –. Asintió con la cabeza –, pero ¿y si no?

-No hay un "si no" – insistió Draco, su tono volviéndose ligeramente exasperado –. Los profesores no dejan que sus alumnos se mueran jugando al deporte del colegio.

Eso hizo que Harry se sintiera un poco tonto, pero se sacudió la sensación de encima al instante. Después de todas las muertes de las que había sido testigo, era normal que aquella hubiera sido su reacción. Tal vez sí que hubiera sido un poco estúpido en cuarto, cuando sintió la necesidad de rescatar a Gabrielle Delacour de un par de sirenas y Grindylows, pero aquello era completamente diferente.

-No podía arriesgarme – farfulló, convencido de que no estaba explicando con claridad la forma en la que se sentía al respecto.

-Lo que sea – espetó Draco. Había vuelto a apartar la mirada y estaba arrancando la hierba con la mano de forma inconsciente –. Me voy de aquí.

Sin dirigirle la mirada a Harry, empezó a levantarse de la hierba y le dio la espalda.

-Espera – dijo él a toda prisa, lanzándose hacia delante y atrapando la manga del uniforme de Draco para que no pudiera marcharse –. No me he explicado bien. Déjame volver a empezar – suplicó.

El hecho de que Harry le hubiera pedido, casi rogado, que se quedase, debió de resultarle de lo más inesperado, porque Draco se lo quedó mirando con auténtica sorpresa y volvió a sentarse a su lado.

-Está bien – suspiró, sin apartar la mirada de la de Harry, como si estuviera buscando algo –. Te escucho.

Él pensó con rapidez, concentrándose en esos ojos grises y en conseguir que no dejasen de mirarle. Recordando el consejo que Hermione acababa de darle, habló.

- Draco – empezó, decidido a, por una vez, hacer las cosas con calma –. Necesito que entiendas que no te rescaté en el partido de Quidditch para convertirme en un héroe. Lo hice porque... porque yo soy así –. Frunció el ceño –. Si alguien está en peligro, simplemente tengo que protegerlo, no puedo pararme a pensar. No lo hago por la fama, y me da igual si hay o no testigos. De hecho, prefiero que no los haya – admitió, dándose cuenta por primera vez de lo cierto que era aquello –. Así me evito las alabanzas y todos esos momentos incómodos en los que la gente no sabe cómo agradecerme. Pero es que en el momento en el que ocurre, no puedo recordar nada de eso. Cuando te vi caer y me lancé hacia ti, no pensé en el hecho de que estaría salvándote ante todo el colegio. Solo podía pensar en que podrías hacerte daño, o romperte el cuello, y no podía permitir que te pasase nada.

En cuanto dio su pequeño discurso por finalizado, cerró la boca y frunció los labios, deseando haberse explicado con la suficiente claridad como para que Draco no lo mandara a la mierda. El Slytherin se tomó un momento antes de contestar, y Harry esperó con impaciencia.

-Pongamos que te creo – respondió por fin. Harry puso los ojos en blanco, pero dejó que siguiera hablando. Sabía que Draco le creía, y que solo estaba haciéndose el interesante –. Aunque no lo hicieses por la fama, tampoco lo hiciste porque yo te importase.

Harry frunció el ceño.

-¿Por qué dices eso? Pues claro que me importas –. Buscó la mirada de Draco, que de pronto parecía sospechosamente concentrado en los pequeños puñados de hierba que estaba arrancando del suelo.

-Acabas de decir que lo habrías hecho por cualquiera – murmuró –. Habrías salvado a cualquiera en mi situación.

-¿Y qué? – inquirió él, confuso –. ¿Solo por eso crees que no me preocupo por ti?

Draco levantó la vista y enarcó una ceja, y Harry bufó.

-Por supuesto que me preocupo por ti, idiota – resopló –. Si no me preocupara por ti, me habría tomado las pociones para dormir que siguen en el cajón de mi mesita de noche durante estas semanas en vez de quedarme despierto mirando el Mapa del Merodeador para asegurarme de que no ponías un pie en la Torre de Astronomía.

Al chico se le abrieron un poco los ojos por la sorpresa al oír aquello.

-Es la misma situación – insistió, con la voz ligeramente temblorosa –. Te habrías preocupado por cualquiera en mi lugar.

-No creo que sea lo mismo – razonó él –. Si hubiera sido otra persona... habría hablado con ella, me habría lanzado a intentar arreglarlo sin pensar, en vez de quedarme dos semanas dándole vueltas a las cosas en mi cabeza.

-¿Por qué lo hiciste? – inquirió Draco, como si aquello también resultase un enigma para él –. ¿Por qué dejaste pasar tanto tiempo sin actuar, como siempre haces?

Harry tragó saliva. ¿Por qué se había puesto tan nervioso de pronto?

-Porque tenía miedo –. Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas –. Tenía miedo de hacerte más daño. Estaba deseando ir a buscarte, acorralarte en algún pasillo y decirte que... que te quiero, pero tenía demasiado miedo, porque... – se trabó –. Porque no sé lo que es el amor, y por eso no puedo estar seguro de si eso es lo que siento por ti. Y quería asegurarme de que lo es antes de decírtelo.

Se quedaron callados durante lo que pareció una eternidad, Draco observándole con los ojos muy abiertos, Harry conteniendo la respiración hasta que empezó a palpitarle la cabeza.

-¿Y llegaste a alguna conclusión? – preguntó Draco por fin, en un hilo de voz, como si le diera miedo oír la respuesta pero no pudiese evitar querer conocerla.

Harry iba a decir que no, que aún no lo había hecho, pero lo que de escapó de sus labios fue:

-Sí –. Al oír lo que acababa de decir, sintió que todo su cuerpo se acaloraba –. Es decir, al menos creo que sí. Estoy... bastante seguro... – dudó. Al final, fue la cara de estrés de Draco lo que le hizo reaccionar y añadir –: de que te quiero.

Draco se quedó como congelado, mirando a Harry con una intensidad abrasadora y con la boca ligeramente abierta, aunque conteniendo la respiración. En un acto reflejo, Harry apoyó su mano sobre la del chico, que descansaba en aquel momento sobre la hierba. Se planteó recordarle que tenía que respirar, pero, antes de tener ocasión de hacerlo, Draco recobró la consciencia y movió su mano para aferrarse a la de Harry y tirar de él.

Harry se dejó llevar por el agarre del chico y lo atrajo hacia sí, enredando su otra mano en los mechones del pelo de Draco y humedeciendo sus labios justo antes de juntar sus bocas en un beso desesperado. Sus lenguas se encontraron casi al instante y se le escapó un suspiro de satisfacción.

Un momento después, tenía las dos manos de Draco en el pecho, pero estas, por algún motivo, no estaban tirando de la camisa de Harry para atraerle hacia él, sino que estaban empujando. Confuso y algo decepcionado por la corta duración del beso, Harry se separó del Slytherin y volvió a abrir los ojos, preguntándose cuándo los había cerrado.

-Espera – jadeó Draco, manteniendo a Harry a distancia con un brazo estirado y alisando su pelo con su mano libre –. No podemos besarnos.

Harry frunció el ceño, observando como el Slytherin se asomaba para mirar detrás del árbol como si esperase encontrar algún monstruo al acecho en pleno día.

-¿Por qué no? – exigió saber, agarrando la mano de Draco que seguía apoyada en su pecho y apartándola.

-Podría vernos alguien – explicó el chico –. Estamos en medio de los jardines del colegio. Y creo que lo que acaban de ver en el aula de Defensa ya es un cotilleo lo bastante gordo como para mantenerlos entretenidos un tiempo. No necesito darles más motivos para odiarme – terminó con un murmuro.

En cualquier otra situación, Harry habría objetado que ser su novio no era un motivo para ser odiado, pero, en aquel momento, se dio cuenta de que el tema de Dumbledore era más importante, por lo que tomó la decisión de posponer la conversación acerca de su relación. Aprovechó que la mano de Draco seguía bajo la suya para entrelazar sus dedos y permitió que sus miradas se encontrasen. Ahí dentro había miedo. Estaba escondido, y nadie que no conociese bien a Draco habría reparado en él, pero estaba ahí.

Aquel chico, al que Harry había detestado durante años, estaba aterrorizado ante la idea de ser un monstruo.

-Eh – susurró, acariciando sus nudillos con las yemas de sus dedos –. Nadie se va a odiarte por lo que han visto hoy. ¿Por qué crees eso?

Otro de los consejos que Hermione le había dado era que hiciese preguntas y escuchase cómo se sentía Draco. En el momento, él se había ofendido, alegando que no tenía problemas para escuchar a los demás y que llevaba todo el año escuchando lo que Draco tenía que decirle. En el fondo, sin embargo, Harry sabía que podía llegar a ser muy precipitado sacando conclusiones.

-Porque todos habrán recordado lo que hice, si es que habían dejado de pensar en ello siquiera – dijo, apartando la mirada –. Ahora todos recordarán que soy un monstruo.

-No, Draco. Ahora todos saben que la posibilidad de ser un monstruo es lo que más miedo te da en el mundo – corrigió él. El chico volvió a mirarle.

-No es una posibilidad. Es lo que soy.

Intentó apartar la mano de la de Harry para darle la espalda, pero él la sujetó con fuerza. No estaba dispuesto a dejar que Draco se hundiera de esa forma; no si podía evitarlo.

-¿Por qué piensas eso? – volvió a preguntar, acercándose un poco al chico para poder levantar su barbilla y obligarlo a mirarle.

Draco soltó un bufido, como diciendo "¿y tú qué crees?". Harry decidió seguir una vez más a su instinto. Al fin y al cabo, hasta entonces no se había equivocado.

-Cuando estábamos en sexto, yo también creía que todo lo que estaba ocurriendo era culpa tuya – reconoció, encogiéndose de hombros –. Pero ahora sé que estaba equivocado.

Su afirmación tuvo el efecto esperado.

-¿Cómo puedes saberlo? – inquirió Draco, más interesado de lo que quería dejar ver. Harry sintió un amago de sonrisa tirar de la comisura de sus labios al ver la esperanza del chico, pero dudó antes de contestar.

Su primera idea fue, simplemente, decirle a Draco un vago "confía en mí, lo sé", pero aquello no iba a hacer que el Slytherin se sintiera mejor. Él mismo se habría frustrado si otra persona le hubiera dado aquella repuesta. Que le ocultasen información que le afectaba personalmente era, de hecho, una de las cosas que Harry más había llegado a odiar con el paso de los años. Pero darle una respuesta seria a Draco... era algo que no podía hacer. ¿O sí?

"Bueno," se dijo Harry, "Hermione y Ron ya lo saben." Sí, Dumbledore le había advertido que solo se lo contase a las personas en las que confiase de verdad, pero Harry confiaba en Draco. Además, la guerra ya había terminado. Aunque seguía siendo lo mejor que la información sobre los Horrocruxes no fuera de conocimiento común, ¿qué daño podía hacer que Draco lo supiera? Y, aunque Dumbledore no hubiera aprobado que Draco conociera aquella información, ¿desde cuándo le había importado a Harry romper las reglas?

Tomó una decisión y, determinado, sacó su varita. Apuntó al aire ante él y conjuró el hechizo Muffliato con un movimiento experto.

-¿Qué estás haciendo? – exigió saber Draco. Harry repitió el conjuro varias veces hasta que estuvo seguro de que lo que dijesen a partir de ese momento no sería audible fuera de la pequeña burbuja invisible que había creado a su alrededor.

-Contestar a tu pregunta – explicó, volviendo a guardar su varita y mirando al chico de nuevo –. Lo que voy a decirte ahora no puede salir de aquí.

Draco levantó las cejas, sorprendido.

-Vaya. Sí que lo dices en serio.

-Muy en serio – dijo Harry, sentándose frente a Draco en lugar de a su lado. Cruzó las piernas en la hierba de forma que sus rodillas quedasen tocando las de Draco y observó al chico un momento. Draco estaba arrancando la hierba al lado de su muslo ahora de forma casi compulsiva, esperando con impaciencia a que Harry empezase a hablar. Así que lo hizo. Fue al grano –. Recuerdas lo que dije sobre Dumbledore en tu juicio, ¿verdad?

Draco asintió, frunciendo el ceño ligeramente.

-Que él sabía lo que yo estaba intentando hacer y planeó su propia muerte con Snape.

-Exacto – afirmó Harry –. Lo que no dije ese día es por qué lo hizo. Por qué planeó su muerte, y por qué no te detuvo mientras seguías las órdenes de Voldemort.

-¿Por qué? – preguntó en un hilo de voz, ávido por saber más pero visiblemente preocupado.

-Porque ya se estaba muriendo, y necesitaba que la lealtad de su varita muriese con él – explicó –. Estaba en posesión de la Varita de Saúco, la varita más poderosa del mundo, y necesitaba que esta no cambiase de dueño para asegurarse de que Voldemort no se hiciese con ella, porque entonces se volvería invencible y yo nunca podría derrotarlo. Si Snape lo mataba de forma planeada, y no por la fuerza, su varita no cambiaría de dueño y su poder moriría con él. Tras la muerte de Dumbledore, tal y como este había predicho, Voldemort sacó la Varita de Saúco de su tumba, y cuando vio que no le funcionaba, supuso que tenía que matar a su último dueño. Por eso mató a Snape –. Se detuvo un momento al ver el brillo de dolor que atravesó la mirada de Draco –. Pensó que así podría hacerse con todo su poder y matarme. Pero la varita nunca había sido de Snape. Había sido tuya, porque tú desarmaste a Dumbledore en la Torre de Astronomía, y como luego yo te desarmé en la Mansión, me pertenecía a mí. Cuando Voldemort me lanzó la maldición asesina con una varita que me era leal a mí, el hechizo se volvió contra él. ¿Entiendes?

Draco había palidecido ligeramente, pero asintió.

-Entonces... ¿Yo fui dueño de la Varita de Saúco? –. Harry asintió –. Pero sigo sin entenderlo. ¿Por qué no intentó Dumbledore pararme los pies durante sexto?

-Porque sabía que tu familia y tú estabais en peligro – razonó Harry –. Él no quería que tú le matases, pero tampoco podía ofrecerte protección sin que Voldemort lo supiese e hiciese daño a tus padres o a ti. Y como sabía que tú no querías hacerlo, y de todas formas ya se estaba muriendo, decidió que lo más seguro para todos era que tú siguieras intentándolo. Además, sabía que contabas con la ayuda de Snape.

Draco puso mala cara.

-Más seguro para todos excepto para los dos alumnos a los que casi mato – masculló, su cara encogida de dolor.

Harry puso una mano en la pierna del chico.

-Lo siento – murmuró –. Dumbledore sabía que tú no habrías hecho nada de eso si tu familia no hubiera corrido peligro. Él sabía que tú no eres un monstruo, y yo también lo sé. De hecho, que desarmases a Dumbledore fue de gran ayuda – añadió sobre la marcha en cuanto el pensamiento se formó en su mente –. Si Dumbledore hubiera muerto estando en posesión de la varita, esta nunca habría llegado a serme fiel a mí. Quién sabe, a lo mejor yo habría muerto en la Batalla de Hogwarts de haber sido así.

Draco soltó un bufido suave, probablemente en un intento inútil por ocultar lo mucho que le consolaba lo que acababa de oír. Tenía los hombros hundidos y la cabeza gacha, lo que le daba un aire de vulnerabilidad que despertó en Harry esa usual necesidad de proteger al Slytherin a la que ya se había acostumbrado. Pasado un segundo, Draco volvió a levantar la cabeza, despacio, y miró a Harry a la cara.

-Has dicho que Dumbledore ya se estaba muriendo – musitó –. ¿Por qué?

-Se había puesto un objeto maldito, y la maldición lo estaba matando poco a poco – contestó. Se interrumpió al ver la expresión de horror en la cara del Slytherin y se apresuró a corregirse –. ¡No el colgante que tocó Katie! Era un anillo – explicó –. El anillo de Sorvolo Gaunt, el abuelo de Voldemort.

El chico se relajó visiblemente, pero su mandíbula permaneció apretada durante unos segundos.

-¿Por qué se lo puso? – preguntó –. ¿Y cómo lo consiguió?

-Se pasó un tiempo buscándolo, no sé cuánto. Tenía que encontrarlo para poder destruirlo, pero se lo puso, aunque sabía que no debía, porque el anillo contenía dentro de él la Piedra de la Resurrección y Dumbledore aspiraba a estar en posesión de las tres Reliquias de la Muerte.

La boca de Draco se abrió de una forma casi cómica al oír aquello.

-Las Reliquias de la Muerte – repitió.

-¿Sabes lo que son?

-Por supuesto que sé lo que son – espetó el chico –. Pero ¿existen? ¡Se supone que eso es ficción! Un cuento para críos que alguien se inventó por su moraleja, no... no...

-Existen – interrumpió Harry –. Tú has estado en posesión de dos de ellas.

-La Varita de Saúco. Es una... una Reliquia de la Muerte – vaciló Draco –. Sabía que era la varita más poderosa del mundo, pero... es una Reliquia de la Muerte – repitió, como si estuviera intentando asimilarlo.

-Sí. Y mi capa de invisibilidad también – contestó Harry, con calma.

-¿Qué? ¿Y por qué dejaste que me la quedase? ¡Es un objeto valiosísimo! Salazar... – murmuró, la envidia y el deseo visibles en su rostro. Harry se encogió de hombros.

-Por el mismo motivo por el que te estoy contando todo esto. Porque confío en ti. Y porque sabía que te ayudaría. La capa te ayudó a moverte por el castillo sin ser visto unos días, y conocer toda esta historia te ayudará a entender que la mayoría de los sucesos de los que te culpas a ti mismo estaban completamente fuera de tu control. O eso espero, al menos.

Draco se quedó mirando a Harry un momento, como si tuviera que planear con cuidado sus próximas palabras, y Harry esperó con paciencia, aprovechando el momento para observar el mechón de pelo rubio que estaba acariciando la frente del chico con la brisa primaveral. Observó su mandíbula, su nariz puntiaguda, el color de sus ojos, lo perfectamente colocado que llevaba el uniforme de Slytherin, la forma en la que sus rodillas se estaban rozando con las de él con cada uno de sus movimientos.

-Todavía hay cosas que no entiendo – dijo el chico por fin –. Pero no sé si hay algún tipo de límite de preguntas que puedo hacer.

-No lo hay – aseguró Harry, una pequeña sonrisa dibujándose en su rostro –. Sé perfectamente lo frustrante que es no conocer toda la historia.

Draco asintió, se humedeció los labios y lanzó su siguiente duda.

-Has dicho que Dumbledore tenía que destruir el anillo del abuelo de Voldemort. ¿Por qué tenía que hacerlo?

Harry se preparó mentalmente antes de soltar la siguiente bomba, que era, probablemente, la que más iba a impactar al Slytherin.

-Porque Voldemort lo había convertido en un Horrocrux.

El Slytherin se puso pálido y abrió los ojos de par en par.

-¡¿Qué?!

-¿Sabes lo que es? – preguntó Harry.

-S-sí. Más o menos. Es decir, sé lo básico. Es magia muy oscura y muy avanzada – titubeó –. ¿De verdad Voldemort había partido su alma en dos? – preguntó con horror. Harry tragó saliva.

-En siete, en realidad – dijo, pasado un momento–. Ocho, si contamos el trocito de alma que aún quedaba dentro de él –. Draco parecía haber perdido la capacidad de contestar; su boca se abrió como en un grito silencioso, y estaba mirando a Harry como si no diera crédito a lo que oía –. No te preocupes, hemos destruido todos y cada uno de ellos – aseguró Harry al ver que no iba a recibir una respuesta –. Eso fue lo que hicimos Ron, Hermione y yo mientras huíamos el curso pasado.

Las manos del chico habían dejado de moverse a sus lados y estaban cerradas en puños, sus nudillos completamente blancos. Harry decidió seguir hablando mientras Draco asimilaba todo aquello.

-Dumbledore consiguió destruir el anillo antes de morir, y me pidió que lo acompañase en busca de otro Horrocrux, el guardapelo de Salazar Slytherin, la noche que murió. Por eso estaba tan débil cuando te enfrentaste a él – explicó, acariciando la rodilla de Draco –, porque se había enfrentado a todas las estrategias de protección que Voldemort había puesto alrededor del Horrocrux. Antes de que tú entrases en la Torre de Astronomía, me pidió que me metiera bajo mi capa y fuese a buscar a Snape. Entonces no supe por qué estaba tan desesperado por verle; pensé que, tal vez, él podría curarle. Pero ahora sé que lo que quería era que Snape le quitase la vida.

-Pero tú aún seguías allí cuando yo entré – murmuró Draco –. Lo dijiste en el juicio. Que habías visto todo lo que ocurrió.

-Sí – afirmó –. Antes de que pudiera irme, Dumbledore me congeló en el sitio porque te vio entrar. No pude moverme hasta el momento en que murió y se rompió su hechizo.

A Draco parecía costarle respirar, y tuvo que cerrar los ojos un momento antes de volver a hablar.

-¿Cómo puedes hablar de ello con tanta calma?

-No lo sé – admitió él –. Supongo que porque ahora lo entiendo todo. Entiendo que todo lo que Dumbledore hizo a lo largo de los años formaba parte de su plan para acabar con Voldemort, incluido todo lo ocurrido en sexto.

Draco asintió despacio, como interiorizando todo lo que acababa de oír.

-Me siento utilizado – murmuró un momento después –. Me habría gustado no ser un peón más dentro de los planes maestros de los demás.

-No eres el único – dijo Harry, que estaba ahora dibujando formas aleatorias en la rodilla del chico con las yemas de sus dedos –. Yo tampoco supe nada de lo que te estoy contando hasta sexto y séptimo curso. Dumbledore se pasó toda mi vida ocultándome información. Aunque... supongo que lo entiendo – prosiguió –. Según una profecía, yo tenía que ser quien matase a Voldemort. Así que me dio las herramientas para que pudiera encontrar todos los Horrocruxes y destruirlos, y solo entonces, a través de los recuerdos de Snape que este me entregó en su lecho de muerte, me dejó saber la verdad. Toda la verdad –. Se le escapó una especie de carcajada carente de emoción –. Que, la noche que Voldemort intentó matarme siendo yo un bebé, me convertí en el séptimo Horrocrux que él nunca pretendió crear.

Draco tardó un momento en reaccionar. Parecía estar buscando algo en la mirada de Harry; algo que le indicase que aquello no era más que una broma pesada.

-¿Qué? – exhaló –. Tú... ¿qué?

-Yo era el séptimo Horrocrux – repitió Harry, con naturalidad –. Por eso podía hablar pársel. Por eso me dolía la cicatriz cada vez que Voldemort estaba cerca, y por eso podía ver a través de sus ojos.

-¿Eras? No lo entiendo. ¿Cómo conseguiste solucionarlo?

-Muriendo –. Se econgió de hombros –. ¿No me habías preguntado hace tiempo qué había ocurrido realmente en el bosque la noche de la Batalla de Hogwarts? Eso es lo que ocurrió. Que yo descubrí que había sido un Horrocrux desde el principio y Dumbledore había estado protegiéndome, guiando todo mi camino con pistas vagas, solo para que, al final, muriese de la forma apropiada. Así que me adentré en el bosque y acepté la muerte. Pero, cuando Voldemort me lanzó la maldición asesina, solo mató a la parte de su alma que vivía dentro de mí, y mi propia alma quedó débil, entre la vida y la muerte, por lo que tuve que elegir si irme o volver y seguir luchando.

Esa vez, Harry no siguió hablando a pesar de no obtener ninguna respuesta. Draco y él se miraron durante un periodo de tiempo que podrían haber sido segundos u horas, la sombra del bosque extendiéndose sobre ellos porque el sol había descendido mientras hablaban.

La mano de Draco buscó la de él, y Harry dejó que los dedos del chico rozasen los suyos. Cuando Harry habló de nuevo, lo único que hizo fue poner en palabras los pensamientos que se estaban formando en su mente a pesar de que no estaba seguro de si tendrían sentido una vez formulados.

-Creo que por eso hay algo tan intenso entre tú y yo – murmuró, observando la forma en la que sus manos buscaban desesperadamente el contacto de la otra –. Porque siempre hemos sido opuestos, enemigos, pero, al mismo tiempo, somos iguales. Ambos tuvimos que tomar parte en una guerra en la que nunca pedimos involucrarnos. Ambos tenemos en nuestra piel una marca que le muestra al mundo lo que somos, lo que Voldemort nos hizo. Que les muestra todo lo que hemos tenido que hacer a causa de ella: la gente a la que hemos atacado, el dolor que hemos sufrido –. Dejó que sus dedos acariciasen la piel de la muñeca de Draco por debajo de su manga, sobre sus heridas, y se apartó el flequillo con su mano libre para exponer la cicatriz de su frente –. Al ver esa marca, el mundo entero cree saber quiénes somos, para qué estamos en este mundo. Nos juzgan con un simple vistazo. Nos coronan como a héroes, o nos condenan como a criminales, sin pararse a pensar que, tal vez, solo somos dos chicos que han sobrevivido a una guerra. Supongo que por eso me siento a gusto hablando contigo de cosas que no les he contado a mis amigos – confesó –. Ellos sí tuvieron elección. Tú y yo, en cambio, no la tuvimos. Somos como dos caras de la misma moneda.

Draco se lo quedó mirando un momento y, a continuación, una sonrisa se formó en una de sus comisuras.

-Tiene gracia que hayamos aprendido a querernos hablando a través de una moneda, ¿no crees?

Esa afirmación, aunque fue un poco tonta, hizo sonreír a Harry, y pronto se encontraban mirándose y sonriéndose el uno al otro de forma fácil y natural. Harry volvió a gatear por la hierba para sentarse al lado de Draco y apoyar su espalda contra el tronco del árbol. Atrapó de nuevo la mano del Slytherin con la suya y entrelazó sus dedos firmemente.

-Aunque... es cierto – murmuró, apoyando la cabeza en el tronco y mirando a Draco de lado.

-¿El qué? – inquirió el chico, devolviéndole la mirada.

-Que te quiero.