(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas, la traducción tampoco me pertenece, le pertenece a Traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)

*nota: si están inconformes con que utilice su traducción, favor de avisarme.

Capitulo 51.

Aunque los sentidos de hada de Candy se habían extinguido, ella juraría que todavía podía oler la colonia de Archie cuando ella se movió hacia el túnel de la alcantarilla, todavía olía su sangre.

Él había destruido todo. Él había hecho asesinar a Annie, los había manipulado a ambos, había usado la muerte de Annie para separarlos a Albert y a ella, todo por el poder y la venganza…

Ella lo destrozaría. Poco a poco.

Yo sé quién eres, había dicho él. Ella no sabía que le había dicho Arobynn sobre su herencia, pero Archie no tenía ni idea que clase de oscuridad la acechaba, o en qué clase de monstruo ella estaba dispuesta a convertirse, con tal de hacer las cosas bien.

Delante de ella, podía oír maldiciones amortiguadas y golpeando contra el metal.

Cuando llegó al túnel de la alcantarilla, sabía lo que había pasado. La rejilla se había deslizado cerrándose, y ninguno de los intentos de Archie por abrirla lo había conseguido. Quizás a veces los dioses realmente escuchaban. Candy sonrió, agarrando sus dagas.

Ella caminó a través del arco, pero el callejón estaba desierto a ambos lados del pequeño río. Caminó más lejos por el callejón, mirando detenidamente el agua, preguntándose si él había tratado de nadar lo suficientemente profundo para ir bajo la rejilla.

Ella sintió sus latidos antes de que él la atacara por la espalda.

Paró su espada con sus dos dagas por encima de su cabeza, lanzándose hacia atrás lo suficiente para darse tiempo para calcular. Archie se había entrenado con los asesinos, y por la forma que él manejaba su espada, ella sabía que él había mantenido aquellas lecciones.

Estaba agotada. Archie tenía una gran fuerza, y sus golpes hacían que sus armas temblaran.

Él asestó un golpe hacia su garganta, pero ella lo esquivó, cortando su costado. Rápidamente como un relámpago, él saltó para evitar que ella le destrozara.

— La maté por nuestro bien— jadeó Archie cuando ella exploró cualquier debilidad, cualquier apertura — Ella nos habría arruinado. Y ahora que tú puedes abrir portales sin las llaves, piensa en lo que podríamos hacer. Piénsalo, Candy. Su muerte fue un sacrificio digno para impedirle destruir la causa. Nosotros debemos levantarnos contra el rey.

Ella le embistió, dándole por la izquierda, pero él paró el ataque. Ella refunfuñó — Prefiero vivir a su sombra que en un mundo gobernado por hombres como tú. Y cuando me encargue de ti, voy a encontrar a todos tus amigos y devolverles el favor.

— Ellos no saben nada. No saben lo que yo sé— dijo él, esquivando todos sus ataques con enfurecida facilidad. —Annie escondía algo más sobre ti. Ella no quería involucrarte, y creía que era porque ella no quería compartirte con nosotros. Pero ahora me pregunto por qué. ¿Qué más sabía?

Candy se rió suavemente. —Eres tonto si tú crees que te ayudaré.

— Ah, una vez que mis hombres se encarguen de ti, pronto cambiaras de opinión. Rourke Farran era un cliente mío, antes de que fuera asesinado. ¿Recuerdas a Farran, verdad? Él tenía un amor especial por el dolor. Me dijo que torturar a Anthony Brower fue lo más divertido que alguna vez había hecho.

Ella apenas podía ver a causa de la sed de sangre que se apoderó de ella en ese momento, apenas recordaba su propio nombre.

Archie la esquivó dirigiéndose hacia el río para conseguir que ella retrocediera hacia la pared, donde ella misma se atravesaría en su espada. Pero Candy conocía ese movimiento, lo conocía porque ella se lo había enseñado a él todos aquellos años. Así pues cuando él golpeó, ella lo esquivó más allá de su protección y embistió el pomo de su daga cortando su mandíbula.

Él cayó como una piedra, su espada cayó ruidosamente, y ella estaba sobre él antes de que terminara de caer, con su daga en su garganta.

— Por favor— él susurró con voz ronca.

Ella empujó el borde de su daga en su piel, preguntándose cuánto tiempo podía permanecer así sin matarle.

Por favor — suplicó, levantando su pecho. —Yo sólo lo hago por nuestra libertad. Nuestra libertad. Al final estamos en el mismo lado.

Un rápido movimiento de su muñeca, y ella podría cortar su garganta. O podría dejarle inválido de la misma manera que le había dejado a Tumba. Podía hacerle las mismas heridas que Tumba le había hecho a Annie. Ella sonrió.

— No eres una asesina— susurró él.

— Oh, yo lo soy, — dijo suavemente, la luz de la antorcha bailaba en la daga como si ella hubiera considerado que hacer con él.

— Annie no querría esto. Ella no querría que tú hicieras esto.

Y aunque ella sabía que no debía escucharlo, las palabras la golpearon.

No dejes que la luz se vaya.

La oscuridad que prosperaba en su alma no permitía luz. Ninguna luz, excepto un núcleo, un destello débil que se convertía más pequeño por días. Dondequiera que estuviera ahora, Annie sabía cómo de pequeña era la llama que se estaba transformando.

Que la luz no sé vaya.

Candy sintió como la tensión salía de su cuerpo, pero ella mantuvo su daga en la garganta de Archie hasta que ella estuviera de pie.

— Abandona Rifthold esta noche—le dijo ella. —Tú y todos tus amigos.

— Gracias—suspiró Archie, poniéndose de pie.

— Si averiguo que todavía estás en la ciudad al amanecer— dijo ella, dándole la espalda andando con paso majestuoso hacia la escalera del túnel — Te mataré.

Suficiente. Era suficiente.

— Gracias— volvió a decir Archie.

Ella siguió andando, escuchando cualquier señal de él moviéndose para atacarla por la espalda.

— Yo sabía que tú eras una mujer buena—dijo él.

Candy se paró. Y se giró.

Había un indicio de triunfo en sus ojos. Él creía que había ganado. La había manipulado otra vez. Con un pie después del otro, ella caminó de vuelta hacia él con una tranquilidad devoradora.

Ella se paró, lo suficientemente cerca para besarle. Él la dio una sonrisa recelosa.

— No, no lo soy— dijo ella. Entonces se movió, demasiado rápido para que él tuviera una posibilidad de reaccionar.

Los ojos de Archie se ampliaron cuando ella deslizó su daga, asestándola en su corazón.

Él se dejó caer en los brazos de ella. Llevó su boca a su oído, manteniéndolo derecho con una mano y retorciendo su daga con la otra cuando ella susurró

— Pero Annie sí lo era.

Continuara…