Capítulo 51

- ¿Nerviosa, señorita Lefevre?

- Un poco…

- Tranquila. Ya casi llegamos a Francia. Ha sido un viaje muy largo y debe estar exhausta.

- Lo estoy. ¿Estará todo listo cuando lleguemos?

- Sí, no se preocupe. Sólo falta su firma y los documentos serán enviados de inmediato a París. Lo importante es que el trámite legal comenzará hoy mismo y el lunes a primera hora estará todo a su disposición, según lo planeamos.

- Bien. ¿Y Antoine?

- Logré hablar con él antes de que subiéramos al barco. Su tarea fue algo más complicada, pero al final consiguieron el objetivo. Mal que mal, el crimen se cometió en Francia. Los abogados son excelentes, señorita Lefevre.

- Eso espero. ¿Usted cree que se puede confiar en ellos realmente?

- Son de mi total confianza, no se preocupe.

- Bien.

Camille hizo una pausa y miró por la ventanilla. Afuera llovía con furia inusitada y la pequeña embarcación se mecía como una cuna, mareando a más de un pasajero. Tratar de comer en esas condiciones era imposible. La tarta de chocolate que les habían servido de postre permanecía intacta en sus finos platillos. Cuando les ofrecieron una copa de un fino y exótico vino traído de Chile, una rareza para la época, Camille miró a los mozos con cara de sorpresa. ¿De verdad pensaban que alguien necesitaba licor para marearse? Desde luego, no lo aceptó.

- Señorita… - comenzó nuevamente el hombre que acompañaba a Camille, sacándola de sus pensamientos.

- ¿Sí?

- Con respecto a lo sucedido en Estados Unidos… ¿hay algo más que necesite?

- Pues… - Camille abrió la carpeta que tenía sobre la mesa y hojeó los preciados documentos que contenía.

- Ya hice un juego con copias para cada uno de los integrantes del consejo y otras más de respaldo.

- Bien, pues creo que entonces está de verdad todo en orden. Usted piensa en todo – agradeció Camille con una sonrisa.

- Gracias, señorita. Es parte de mi trabajo.

- Sí, claro que lo es, pero usted siempre se esmera y va un paso más allá. Realmente voy a necesitar a personas como usted a mi lado. ¿No ha reconsiderado…?

- No, señorita – la interrumpió con delicada firmeza su interlocutor – Usted sabe mis razones.

- Sí, lo sé – reconoció Camille con un suspiro – Ese tipo tiene mucha suerte, ¿lo sabía? No entiendo cómo pudo…

- Señorita, por favor…

- Perdón, perdón. Tiene usted razón. Me estoy comportando como una maleducada. Me reservaré mis comentarios para mí misma – sonrió Camille con ironía – Espero que sepa pagarle su lealtad a toda prueba. Si no fuera por usted los habría demandado sin miramientos y los habría hecho pagar por todos los…

- …Y habría terminado perdiendo en Estados Unidos y en Francia, porque como le dije, los Andrew no tenían nada que ver con lo sucedido, ¿cierto?

Camille se mordió los labios y desvió la vista. El hombre del bigotillo sabía lo que decía y tenía toda la razón. De no haber sido porque él logro aplacar su rabia y la hizo entender que en el escándalo del periódico podía haber gato encerrado, todo su plan tan cuidadosamente diseñado durante años habría terminado en un estrepitoso fracaso. Cuando el hombre le dijo que los Andrew jamás jugarían con trampas tan sucias, Camille se rió en su cara y le dijo que los haría pagar por todo y estuvo a punto de hacerlo, hasta que oyó su plan. Un plan osado que había terminado por ser correcto. Se notaba que conocía muy bien el temperamento Andrew. Camille probó su tarta de chocolate y, haciendo un gesto a uno de los mozos, pidió que le sirvieran un poco del raro vino chileno que le habían ofrecido antes. El silencio entre ambos se alargaba. Estaba tan acostumbrada a hacer todo sola, perfecta y fríamente sola, que esta inesperada y muy productiva complicidad la confundía. El mozo sirvió un poco de vino a Camille y ella tomó un sorbo.

- ¡Vaya! – dijo sorprendida – Este vino es realmente bueno.

- Comienzan a tener muy buena fama. Pero claro, nada como los vinos franceses.

- No, eso es cierto. Nada como los franceses – Camille dejó la fina copa sobre la mesa – Tiene razón, habría perdido en todas partes. Creo que le debo una disculpa, ¿no?

- Descuide, señorita. Usted tenía razones más que suficientes para desconfiar de los Andrew. El plan había sido muy bien trazado durante ya mucho tiempo. El tema de las fotos fue sólo la última pieza del rompecabezas.

- Sí. Usted ha hecho un excelente trabajo rastreando todo esto. De verdad pensé que tendría que esperar mucho tiempo para poder saber qué era lo que de verdad pasaba. Siempre dije que todo eso era una tontería, pero claro… - Camille lo miró con un brillo divertido en los ojos – Dígame algo… ¿de verdad Andrew estaba tan molesto cuando…?

- Señorita, por favor… - rogó nuevamente.

- Está bien, está bien, usted gana, señor Johnson. No volveré a insistir.

- Le dije que esa era la única condición para que aceptara el trabajo. Su discreción es fundamental, señorita. Como usted comprenderá, ambos estaríamos en una situación muy incómoda si los Andrew se enteran de que estoy trabajando para usted.

- Sobre todo el niño William, ¿verdad? – George la miró con ojos mortificados – Está bien, olvídelo, fue sólo una broma. De todas formas el tipo deberá estarle agradecido. No dudaré en ponerlo al tanto de todo si alguna vez tuviera problemas, señor Johnson. Usted ha sido totalmente leal a esa familia, aunque yo sé muy bien que ellos no lo han sido con usted.

- Eso no es verdad, señorita.

- Sí lo es, pero usted jamás lo aceptará, porque los adora. Bien, está en su derecho –dijo Camille poniéndose de pie – Si me disculpa voy a descansar un poco antes de que lleguemos.

- Desde luego, señorita – dijo George, poniéndose de pie y haciéndole una leve reverencia.

Camille caminó con paso lento, pues el movimiento del barco hacía imposible avanzar con mayor rapidez. Le parecía que el barco avanzaba con la lentitud de una tortuga, mientras ella intentaba avanzar con la solemnidad de una princesa.

- Seguro los Andrew deben haber lamentado mucho haber perdido a un empleado tan bueno – dijo Camille al pasar junto a George – Lo que no logro entender es cómo no les dolió perder a una persona tan buena como usted. Hay gente que nunca entenderá que las cosas que realmente importan no son los millones, sino los cariños. Yo daría todo lo que tengo por poder contar con al menos una persona tan fiel como usted a mi lado – apenado, el hombre bajó la vista – Sé que usted lo aprecia, pero eso no cambia mi opinión de las cosas, George: William Andrew es un idiota y un malagradecido.

- Señorita, por…

- Buenas tardes, George.

- Buenas tardes – concedió George, dando un pesado suspiro.

Lefevre salió del comedor y George tomó asiento de nuevo. Sobre la pequeña mesa había un hermoso florero con una solitaria rosa blanca. George la acarició con la punta de los dedos, recordando las dulce Candy que había creado Anthony, el hijo de Rosemary. Su querida y nunca olvidada Rosemary. Camille no sabía nada de Albert y podía decir lo que quisiera, porque él sabía que su muchacho no era un idiota… no, al menos un idiota no era. Sobre lo otro… bueno… la decisión de dejarlos había sido de él y a Albert no le había quedado más que aceptarla. Tarde o temprano se enteraría de que había aceptado trabajar con Lefevre y entonces vería de una vez si era verdad que había aceptado dejarlo libre para vivir su vida. George sonrió con melancolía, sintiéndose como el hijo que hace deliberadamente lo que su padre más odia, sólo para fastidiarlo. Sólo que en esta ocasión era el padre (o el tutor) quien fastidiaba al hijo (o al pupilo).

Cuando Albert supiera… George decidió probar también el vino chileno y pidió una copa al mozo. Llevaba algunos meses trabajando junto a Camille, preparando cada detalle de la operación de relojería que debería llevarla a la libertad. Cuando Antoine lo llamó para decirle que tenía un trabajo que sólo alguien como él podía concretar, George jamás pensó que terminaría haciendo justamente lo contrario a lo que había hecho toda su vida. Su labor para los Andrew había sido proteger y educar a Albert para entregárselo al consejo tal como lo querían. En el camino algo había fallado y Albert había resultado un tanto más rebelde de lo esperado, pero al fin y al cabo había cumplido y su joven pupilo había terminado por impresionar al consejo y a todos. Incluso a él mismo. Ahora, en cambio, estaba recorriendo el camino contrario, ayudando a una joven heredera a liberarse del consejo que dominaba su vida.

Antoine y su gente habían prestado muchos servicios a George. La única misión en que le habían fallado era aquella de encontrar a Albert, cuando perdió la memoria. Sorbiendo un trago de la copa que acaban de traerle, George apenas pudo contener la sonrisa pícara que se dibujó en sus labios. Albert le había preguntado un millón de veces cómo era posible que siempre pudiera averiguarlo todo, conseguirlo todo, resolverlo todo. Bueno. Un hombre eficiente tenía sus métodos. Unos más transparentes que otros, es cierto, pero jamás ilegales. Por eso sus tratos con Antoine habían sido siempre discretos y esporádicos. Lo que ellos hicieran para conseguir lo que él necesitaba era un misterio y George sólo recurría a sus servicios como último y desesperado recurso. El resto corría por su cuenta.

Sabiendo que no aceptaría nunca reunirse con Camille si le decía que se trataba de ella, Antoine había logrado juntar a George y a Lefevre en París. Su primera reacción fue de incredulidad y luego de sospecha. ¿Lefevre quería trabajar con él? Pues si creía que él sería un soplón o que intentaría vengarse de Albert entregándole información de las empresas, estaba totalmente equivocada. Pero Camille lo había detenido con una mirada suplicante. Estaba desesperada y no sabía a quién más recurrir. Antoine y su gente ya habían hecho todo lo posible, para había detalles del sistema judicial y comercial norteamericano que ellos no manejaban. George era un experto y sabía cómo funciona un consejo, sus fortalezas y debilidades. Además, era francés, podría viajar con más libertad y nadie sospecharía de él, pues era la última persona a la que Lefevre podría recurrir.

Tras largas explicaciones y el compromiso explícito de Camille a nunca preguntar nada sobre las empresas de Albert, pero sobre todo por la propia chica o tal vez por intuición, George había aceptado. Antoine le había explicado que era una persona tan sola como millonaria y que tenían buenas razones para temer por su integridad. Al principio había sentido que traicionaba la confianza de Albert, pero en cuanto se interiorizó de los detalles, comprendió que si todo salía bien hasta terminaría haciéndole un favor a los Andrew. Las cosas se habían complicado en el último minuto, cuando estalló el escándalo de las fotos, pero en el tren camino a Nueva York, George había logrado convencerla de que se detuviera y que pusiera en marcha otro plan. La movida era audaz en extremo, pero había funcionado mucho mejor de lo que él mismo hubiese pensado.

Sin que Gustav ni el resto del consejo lo sospecharan, George estaba haciendo el viaje junto a ellos, siempre cerca de Camille. Por eso la chica se había preocupado de no encontrarse con nadie, porque no quería levantar sospechas ni exponer a George, pero sobre todo, porque ahora que sabía las verdaderas intenciones de esos hombres, temía que los nervios y la rabia la traicionaran en cualquier momento.

George miró su reloj. Aún tenían tiempo y el vino estaba tan bueno, que no valía la pena apurarse. Esos serían los últimos instantes de calma antes de que la tormenta de verdad sacudiera la vida de Camille y los integrantes del consejo. ¿Qué hubiese dicho Rosemary si supiera en qué líos había terminado metiéndose?

P P P

En cuanto el barco se acercó al muelle, Camille reconoció a Antoine y respiró hondo. Todo seguía su curso. Una vez en tierra, se saludaron y sin mayores preámbulos acudieron primero a la estación de policía local y luego a la corte del lugar. Una de la tarde. Justo a tiempo. Camille había firmado los últimos documentos, había entregado las últimas pruebas y el resto corría por cuenta de la justicia. Una buena parte de lo firmado terminó en un sobre grueso que fue entregado por Antoine a un oficial de la fuerza aérea francesa. El sobre llevaba el sello de la embajada norteamericana en Francia y partiría esa misma tarde el camino de regreso a Estados Unidos.

Aquello de los aviones era una maravilla. Era una lástima, sin embargo, que hubiese que desembolsar tanto dinero y mover tantas influencias para poder usarlos, pues estaban reservados sólo a asuntos militares y de estado. Gracias a ellos ya contaban con los documentos originales que habían recopilado los Andrew, más otros documentos legales que serían fundamentales el próximo lunes. Ellos, a su vez, estaban enviando su parte del trato, más otros documentos firmados por Camille para poner todo en orden en Estados Unidos, en caso de que alguien del consejo intentar pasarse de listo una vez más, además de otros documentos que debían llegar a sus abogados en París esa misma tarde, para que alcanzaran a presentarlos ante el juez antes de las cinco de la tarde.

George pensaba que la persona que lograra transformar los aviones en medios de transporte para los civiles se haría millonario sin problemas. Seguramente tenía razón.

P P P

El sábado por la tarde, cuando llegó por fin a su vieja casa de París, Camille se dio cuenta con un estremecimiento del tamaño de la empresa que estaba acometiendo. Ya no había forma de echarse atrás y si de pronto el pánico la invadía, no habría lugar para esconderse. Sólo le quedaba una dirección en la cual caminar: hacia adelante. Siempre hacia adelante.

Pero a su manera.

Dio las últimas instrucciones a los empleados de la vieja mansión para que todo estuviera listo para recibir al día siguiente a los visitantes y, sobre todo, para que la reunión del lunes fuera perfecta. Cuando estuvo segura de haberse hecho entender, dio media vuelta y se fue. Jamás volvería a vivir en esa casa y en cuanto todo terminara la echaría abajo y vendería el terreno. Estaba decidida a eliminar todo lo que pudiera recordarle la pesadilla que había vivido durante tantos años.

Subió al automóvil que la llevó a su nuevo departamento, lejos de la mansión, en un barrio tranquilo a las afueras de París, con una vista privilegiada y todas las comodidades. A las tres en punto llegaron George, Antoine, el juez y los abogados que estaban trabajando en la operación. Cuando llevaban un par de horas reunidos se les unieron dos altos oficiales de la policía. La reunión les permitió afinar detalles y hacer un repaso de todo lo que estaba por ocurrir. Casi a las ocho recibió un llamado del mayordomo de la mansión, quien le informaba que el consejo había llegado a Francia según lo planeado y que llegarían a la mansión el domingo a eso de las nueve de la noche.

Todos se miraron con seriedad, pues sabían que ahora más que nunca debían asegurarse de que se mantuvieran juntos, sin que sospecharan nada. A las nueve de la noche, por fin, todos se retiraron. Todos, salvo George, quien pidió revisar algunos documentos y se quedó hasta pasadas las once con Camille. En cierta forma temía dejarla sola, pero tampoco podía quedarse con ella. La policía ya la cuidaba desde que habían llegado a Francia, pero George opina que incluso así no podían confiarse.

Cuando por fin estuvo sola, Camille tomó un largo baño caliente para relajarse. Acompañada de una copa de fino champagne, chocolates y frutillas, la joven se hundió en la espuma, obligándose a olvidar. ¿Olvidar? Jamás podría olvidar, pues su memoria privilegiada se convertía en su enemiga más temida cuando estaban solas. Ella quería acallarla, pero su memoria hablaba como una mala amiga parlanchina que se complacía en torturarla. Esta vez, sin embargo, el baño logró acallarla y por primera vez en muchos días, Camille tuvo algo de paz.

Pasaba de media noche cuando por fin salió de la lujosa sala de baño, cubierta por una finísima bata de seda, perfumada suavemente, relajada. Decidió ir a su escritorio para buscar un buen libro para leer mientras dejaba que su cabello se secara. Leer a la luz de la chimenea era algo que disfrutaba desde pequeña y al día siguiente no tenía que levantarse temprano, así que no había razón para negarse ese placer.

Afuera llovía de nuevo. El invierno había sido particularmente crudo ese año no sólo en América, sino también en Europa. Seguramente que afuera haría muchísimo frío. Camille dejó el libro de lado y se acercó a la ventana. Los finos cristales eran golpeados sin piedad por un mar de gotas furiosas y ya no pudo negárselo. Estaba sola, protegida por la policía en las sombras, de vuelta en su país, cerca de un grupo de rufianes y no tenía a nadie, ni siquiera a una amiga o algún pariente a quien recurrir.

Lo extrañaba. Lo amaba. Lo necesitaba.

No sólo porque no tenía a nadie, sino porque era él.

Tom.

Camille miró su reloj y calculó la diferencia de hora. En lo más profundo de su corazón hizo una plegaria y se dirigió al teléfono. Todo quedaría en manos de la operadora.

Los minutos transcurrieron lentos esperando. A pesar el baño recién tomado, sudaba, y a pesar del calor de la chimenea, sentía escalofríos.

- ¿Aló?

La voz sonaba distante y a ratos la comunicación se cortaba. No sabía qué decirle y en cuanto reconoció su voz su corazón de un salto.

- ¿Aló? ¿Quién habla? ¿Aló?

Camille sintió que la mente se le nublaba. Toda la frialdad con que estaba planificando su escapada había desaparecido y en su lugar sólo había una chiquilla muerta de miedo, avergonzada. Se sentía mala, como una mentirosa, indigna de su amor. Recordó su imagen en el espejo y oyó otra vez en su cabeza lo que siempre había escuchado de niña: "al menos es inteligente"… Tom se merecía algo mucho mejor que ella, porque ella no se merecía nada.

- ¿Va a hablar o no? – demandó molesto el vaquero.

Al otro lado del mundo Tom llegaba a la conclusión de que otra vez la vieja operadora del pueblo se había equivocado. ¿Una llamada del extranjero? ¿Sería uno de los proveedores? No. A esa hora no. Y de haber sido uno de los proveedores el corazón no le latiría con la fuerza que le había latido cuando sonó el teléfono. El silencio al otro lado de la línea se alargaba y no hacía nada por calmarlo, sino que lo empujaba hacia una conclusión que no quería aceptar. Lo mejor sería colgar… porque no podía ser…

- Tom… - dijo con temor una voz que reconoció incluso antes de que hubiese terminado la breve palabra – Tom… soy Camille…

- …

- Yo… por favor…

Tom se mordió los labios y apretó los puños.

- Tom…

Y decidió que no quería oírla nunca más en su vida.

Lentamente, colgó el auricular sin decir ni una sola palabra.

Camille cerró los ojos y sintió que otra vez su corazón se rompía en mil pedazos. Su silencio era aún peor que mil insultos. Fue entonces que supo con certeza que Tom jamás la perdonaría y que hiciera lo que hiciera, ya todo estaba perdido. Desesperada, Camille se dejó caer en el sofá junto a la chimenea, donde lloró todas las lágrimas que había escondido desde la última vez que lo había visto. Lloró por él, por ella, por sus padres, por su vida perdida y sin sentido, porque entendía que la libertad por la que estaba luchando no le serviría de nada si no podía usarla para estar junto a él.

Lo que Camille no podía saber es que al otro lado del mundo, Tom también lloraba, sintiéndose incapaz ya de controlar sus sentimientos y negándose a aceptar lo que la cordura le gritaba, porque la amaba y sabía que no debía. Aún soñaba con un futuro juntos y le dolía, porque entendía que sus sueños nunca habían sido tan inalcanzables como hasta entonces. Sacudido por la fuerza de sus lágrimas y por el dolor que le atravesaba el corazón, Tom cayó de rodillas y se preguntó cuánto más podría soportar esa pena que le destrozaba el alma.

CONTINUARÁ...


Creo que ésta vez ya no hay mucho más que yo pueda decir.

Ustedes tienen la palabra.