CAPÍTULO XLIX

El alba despuntó tan hermosa como nunca, probablemente augurando la belleza del día que estaba por vivir. En un principio, confesarle a Candy su pasado me causaba una gran agitación. No sabía cómo lo tomaría. No sabía si ella podría soportar la verdad del deceso de sus padres; pero ahora, estaba seguro de que ella estaría bien. Yo estaba a su lado y esperaba que eso fuera suficiente.

Fui al salón para tomar el almuerzo. Aún era temprano, entonces éramos pocos los que estábamos reunidos, pero poco a poco el lugar se fue llenando. Los muchachos estaban ahí y por un momento me sentí como antes, rodeado de la alegría y la vida de mis jóvenes acompañantes. Stear siempre sonriente, Terry y Archie discutiendo como siempre, Neil un poco retraído y entre ellos yo, deseoso de por fin estar completo. Comimos entre risas, bromas y fraternidad. Sir George, Lord Wessex, Sir Richard y el Rey Cornwell se unieron a nosotros al ver lo bien que lo estábamos pasando.

Al terminar de merendar los muchachos nos invitaron al campo de entrenamiento, pero por más divertido que me pareciera ver al Rey probar el más reciente estafermo de Stear, tuve que declinar la invitación. Era momento de hablar con mi dama. Me despedí de ellos y fui en busca de Candy. No tuve que buscar mucho y, una vez juntos le pedí que me acompañara.

Albert espera – dijo mientras la guiaba al lago – ¿a qué se debe esto? ¿Qué puede ser tan importante como para que me lleves casi a rastras?

Tengo que contarte muchas cosas Candy, pero necesito estar en un lugar en el que sepa que no nos interrumpirán.

Me preocupas Albert ¿Qué sucede, es algo grave?

Ya está… aquí estaremos bien – dije mientras la veía, pero entonces me quedé sin palabras.

Dime entonces ¿qué sucede? Es acerca de nosotros, acerca de ti… algún problema en Lakewood – tenía que poner bien las palabras – vamos Albert, ¿dime qué pasa?

Pequeña, lo que voy a decirte es importante para ti y también lo es para nosotros.

¿Para mí? – preguntó.

Sí, Candy, tiene que ver con tu pasado… esa fue la razón de mi viaje.

¿Mi pasado? Albert, mi pasado es irrelevante. Te olvidas que soy huérfana y que crecí bajó el amparo de dos bondadosas mujeres que me dieron un hogar. Lo que necesitaras saber de mi pasado podías habérmelo preguntado… o es que acaso, ¿alguien se enteró de lo nuestro? Dios mío si es así, mi pasado no será nada bueno para nosotros… entonces nos separarán… – dijo nerviosa.

Candy, pequeña, sabes perfectamente que yo no permitiría que alguien cuestionara lo nuestro porque no sabes nada de tus padres.

¿Entonces?

Entonces, lo hago por ti. He visto lo mucho que añoras saber quién eres, o quién pudiste haber sido.

Albert no te entiendo…

Candy, hace algún tiempo vi la marca que llevas en el hombro.

La marca de mi hombro, ¿qué tiene que ver esa marca con lo que hablamos?

Candy, por favor escúchame sin interrumpir. Necesito decirte muchas cosas.

Lo lamento…

Te decía que hace tiempo vi la marca de tu hombro, pero en ese momento no le di importancia. Poco después la olvidé por completo hasta que conocí a alguien que llevaba una marca muy similar a la tuya – Candy me veía con detenimiento – la marca de una Reina. Ella me contó que pertenecía a una estirpe de Reinas antiguas, discípulas de la diosa y protectoras de los pueblos que las seguían. Muchas Reinas como ella existían y cada una de ellas portaba con orgullo la marca real de su linaje. Con el tiempo, esas Reinas fueron desapareciendo hasta que sólo eran tres las que se mantenían en pie. La Reina Roja, portaba como símbolo una garza; la Reina de la que te hablo portaba una grulla; y la última de ellas, la Reina Blanca, portaba un cisne – la expresión de Candy cambió radicalmente.

¿De qué me estás hablando Albert? – sonrió – ¿no me digas que crees que yo soy la Reina Blanca?… eso es una locura – la vi con seriedad.

Candy, la Reina Blanca murió hace algunos años. Muchos creen que su familia entera murió con ella, pero otros aseguran que su hija aún vive…

¿Tú crees que yo soy la hija de esa Reina? Albert no digas tonterías.

No son tonterías Candy, estoy seguro de eso. Y tengo pruebas. Pequeña, lee esto – le di la carta de Lady María – quizá a ella le creas más que a mí.

Candy tomó la carta y comenzó a leerla. Conforme avanzaba su lectura sus ojos se iban llenando de lágrimas y una expresión de tristeza, mezclada con terror e ira, se plasmaba en su semblante. Lady María contaba en esa carta la felicidad de los Reyes al recibir a su hija. Las esperanzas que tenían en el futuro de la princesa. Lo mucho que la amaban… pero también hablaba de la traición que habían sufrido; de cómo la Reina le había pedido salvar la vida de su hija, mientras el Rey moría a manos de sus enemigos intentando darle tiempo a su esposa de salvar a su pequeña heredera. Contaba todo lo que ella había hecho para huir del castillo y como finalmente había llegado al hogar de Lady Ponny. Le pedía perdón por haberle ocultado su pasado, y le hablaba del temor que había sufrido pensando que en algún momento uno de los traidores de sus padres pudiera encontrarla. Todo lo había hecho por ella, y si se atrevía a contarle ahora todo era porque sabía que yo estaría a su lado para protegerla.

Candy leyó en repetidas ocasiones la carta, buscando así, comprender todo lo que en ella le confesaban. Cuando finalmente asimiló las cosas, dobló la carta y la guardó. Calló un momento y después habló de nuevo.

Mis padres murieron para protegerme… y yo no lo supe hasta ahora.

Ellos te amaban, dieron su vida para preservar la tuya. Lady María lo sabía y ha hecho lo que tus padres le pidieron. Te ha mantenido con vida y te ha hecho feliz.

Me habría gustado al menos verlos.

Sir George me ha dicho que eres muy parecida a ellos. Según él, tu rostro es como el de tu madre, pero tus ojos son iguales a los de tu padre – ella sonrió.

¿Qué debo hacer ahora? Tengo miedo Albert, ¿y si alguien quiere hacerme daño? – la tomé en mis brazos.

No debes hacer nada. Si te dije esto es porque quería que supieras quiénes fueron tus padres y lo mucho que te amaron – la hice verme – no permitiré que nada te pase. Yo cuidaré de ti. El viaje que hice fue al reino White, necesitaba saber que tan peligroso era para ti ser la princesa de nuevo. Tu recuerdo representa una gran esperanza para tu pueblo. Muchos añoran tu regreso… ellos también te protegerían.

Yo no quiero ser una princesa, Albert, no quiero tener un reino propio. No quiero alejarme de ti…

No harás nada que no desees. Candy, eres heredera de una Reina antigua y, lo que las distingue a ellas, es que no dejan que nadie dirija sus vidas. Ellas son dueñas de su destino. Tú eres quien decidirá qué hacer y yo estaré a tu lado a cada paso… apoyándote como lo he hecho hasta ahora… como lo haré siempre.

Mi madre era una Reina antigua y mi padre era su Rey – suspiró – Albert, quiero que me enseñes a seguir a los dioses de mis padres.

Te enseñaré lo que sé.

Quiero que mis padres, estén donde estén, se sientan orgullosos de mí… quizás nunca regrese a su casa, pero seguiré sus enseñanzas.

Pequeña, el pueblo de tus padres es tuyo. Su hogar es tuyo también.

No Albert, mi hogar está a tu lado. Yo no tengo más pueblo que el que tú me has enseñado a amar.

Candy…

Regresemos al castillo por favor. Hay muchas cosas en las que debo pensar, quiero aclarar mi mente.

Entiendo. Vamos… – había planeado decirle una sola cosa más, pero ya habría tiempo. Por el momento no podía meter más cosas en esa cabecita suya… luego podría encontrar un momento más adecuado, más nuestro.

La dejé y me fui a buscar a los muchachos. Golpear una que otra vez un muñeco de paja podría servirme un poco, y estar al pendiente de las sorpresas que uno hecho por Stear me presentará sería mejor.

Cuando llegué todos estaban muy divertidos, el Rey se quejaba de un golpe sorpresa y Archie reía a carcajadas al ver la más reciente embestida de Terry. "Tú turno" dijeron al verme. Tomé mi posición y efectivamente, el estafermo hizo de las suyas.

Fue bueno revivir momentos como esos. Nos despedimos para ir a descansar antes de la comida. Los Cornwell se fueron juntos. Los adultos partieron en otro grupo. Terry, Neil y yo permanecimos juntos, riendo al recordar las cosas del día. Entonces una voz, por demás desagradable se dirigió a nosotros con desprecio.

Pero miren nada más lo que tenemos aquí, el traidor, el fracasado y el desconsolado… vaya trío de héroes que me ponen enfrente.

Deberías moderar tus palabras madre – respondió Neil.

No me llames así. Dejaste de ser mi hijo hace mucho tiempo.

Debo recordarle a quién está ofendiendo señora – dije molesto pero ella me ignoró.

Señor Grandchester, ¿acaso ya perdonó la traición de este hombre? Lo creí más orgulloso. Mire que lo que "el Rey Andrew" le hizo no es muy honorable, embaucarlo para quedarse con la dama… vaya Rey.

Si mi memoria no me falla, fue usted quien me embaucó. Por cierto, "señora" nunca pude agradecerle haber puesto a Susana en mi camino – dijo Terry con sorna – mi hermano intentó advertirme, pero yo desoí sus palabras… él nunca me traicionó.

Oh, pero él se quedó con la dama, no es así "Alteza" – Terry volteó a verme y luego dijo:

Debería tener más cuidado señora, es a un Rey al que difama y el precio por hacerlo es muy alto…

Señora… al atacar al Rey William, usted pierde su última oportunidad para alcanzar su sueño. Debe sentirse muy infeliz por eso. Haber vivido una vida entera intentando pertenecer a la realeza, pero ser rechazada por cada Rey que se puso en su camino. Ahora entiendo su amargura – dijo Neil.

¡¿Cómo te atreves siquiera a dirigirme la palabra? Siempre fuiste una vergüenza para mí… y lo seguirás siendo. No eres más que un fracasado.

Mis hazañas aún no llegan a sus oídos, pero lo harán y entonces, vendrá a rogarme que le dirija con vehemencia la palabra que ahora me prohíbe decirle. Que tenga un buen día señora, nosotros nos retiramos.

Al menos algo había claro, Neil había logrado forjarse un carácter y eso debía ser aplaudido. Caminamos un tramo más y él se despidió de nosotros, disculpándose por las agresiones de su madre. Entonces Terry y yo quedamos solos y, sin yo esperarlo, mi hermano me dijo las palabras que me hicieron más feliz en ese día:

Esa mujer tiene razón en algo hermano, tú te quedaste con la dama.

Terry…

No me malinterpretes Albert, no te reclamo nada. Yo no la he olvidado, pero mi vida se ha alejado de la de ella. He visto como te mira… soy feliz por ustedes hermano. Espero que su vida juntos este llena de dicha ¡Mi enhorabuena! Hazla feliz, porque si no, te las verás conmigo – dijo sonriente.

Gracias hermano.

Ustedes se merecen una vida dichosa.

Tú también mereces ser feliz.

Lo seré. Se lo debo a mi hijo…

Así que tengo tu autorización – él soltó una sonora carcajada.

¿Mi autorización?… No… hermano tienes mi bendición… para lo que te pueda servir. Sé feliz y hazla feliz, yo intentaré serlo también.