Autor: CieloCriss

Personajes: Hiroaki Ishida y Sora Takenouchi.

Concepto: Prejuicio.

Sake frío

Hiroaki Ishida estuvo a punto de sacar su tarjeta de crédito para pagar una noche en el hotel cápsula de siempre. Había terminado de trabajar tarde, la camioneta de la televisora estaba descompuesta y el tren ya no corría.

Antes del hotel, fue al bar con sus colegas. Ellos preferían la cerveza, él pedía sake frío a pesar de que normalmente lo servían caliente. Le gustaba el licor helado recorriéndole la garganta.

Como siempre, tras el primer trago, prescindía de las conversaciones de compañeros y pensaba en Natsuko. Esa vez la recordó sin sus hijos. Sin Yamato, sin Takeru. Poco después, se perdió por dentro y no regresó hacia afuera, hasta que, al rato, vio la hora.

—Me voy a casa —se despidió.

Lo cierto era que Ishida no sabía si quería regresar a dormir a su casa o no. Tenía una cama muy amplia, pero solitaria. Cohabitaba con su hijo, pero de noche este rechinaba un bajo que le hacía recordar las épocas cuando había sido músico, cuando Natsuko era su novia y bebían sake caliente.

Esa vez salió del bar y caminó por los alrededores, imaginando que ella se le aparecía, no obstante, ninguna de las mujeres tenía la misma sombra de su exmujer, por eso, cuando cruzaba miradas, él giraba hasta desaparecer, hasta que sus pasos lo dejaban frente al hotel cápsula, la funeraria viviente donde trasnochaba de vez en cuando, en espera de que se le bajara el alcohol o de que volviera a empezar el día laboral.

Nunca había importado si llegaba o no a dormir, a Yamato le bastaba un mensaje para entenderlo. Sin embargo, ese día tuvo un presentimiento, pidió de regreso su tarjeta de crédito y no se hospedó en el hotel que parecía colmena. Quería ir a casa.

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Viró la llave y empujó la puerta con su muslo. Sora le pidió a Yamato que se recargara en ella, él obedeció tras renegar, finalmente aceptó ser guiado por el departamento, hasta su alcoba, donde se dejó caer en el colchón.

Sora le quitó los zapatos, los llevó al genkan y limpió el rastro de lodo del piso; acomodó a su novio, lo cubrió con una sábana y le puso un parche para que le bajara la fiebre.

—A mi viejo le dejo mi bajo —deliró el rubio—. A Takeru, la armónica… a ti, las canciones… Desde el principio fueron tuyas.

—No digas tonterías, Yamato, solo estás resfriado, no vas a morir —renegó Sora—. Voy a prepararte un té, la medicina debería hacer efecto. ¿No está tu padre?

Ishida negó. Sora le vio el rostro demasiado sonrosado, como si se hubiera expuesto al sol y estuviera ardido. Ella estaba nublada, como la preocupación.

—La ropa no se la des a Taichi, algún día crecerá Koushirou… —siguió desvariando, Sora trató de ignorarlo.

Desde que la fiebre había comenzado a subir, Yamato Ishida había comenzado a armar un testamento improvisado que la enloquecía. Taichi le había dicho que era normal, que cuando niños, una vez que Yamato enfermó, le había heredado la edición especial de la trilogía Star Wars y el digivice.

«Asegúrate de que esta vez agregue a mi herencia su ropa, el emblema y a Gabumon», se había mofado.

La cocina de los Ishida era la zona más limpia de la casa, que era un desastre general. Sora distinguió el aroma de la colonia del padre de su novio en el mandil y alguno de los utensilios. El refrigerador, vacío como el corazón de los villanos, solo tenía una botella de sake y sobras de comidas de tiendas de conveniencia.

Puso agua a hervir y preparó el té, pero cuando se lo llevó, Yamato Ishida estaba dormido, incluso roncaba por la congestión nasal.

Le habló en voz baja y no tuvo respuesta; se sentó cerca de él, pero la vigilia le caló algo dentro y, sin saberlo, ese pequeño departamento comenzó a angustiarla.

Pasaban de las doce y no podía irse, no con Yamato con 38 grados de calentura, no con ese vértigo que sentía en el vientre. El señor Ishida no estaba, la señora Ishida hacía mucho que había dejado de estar. Rememoró a su padre, siempre remoto, siempre en Kyoto… Le dio sed.

Regresó a la cocina y de nuevo abrió el refrigerador, no supo por qué, pero miró el sake como quien busca respuestas.

Lo destapó. Lo husmeó… Su olfato se llenó de algo ajeno, le dio sueño. Sake frío. Ella lo había probado caliente.

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No supo cómo llegó al departamento, no era que Hiroaki hubiera sufrido un déjà vu. Se trataba de una borrachera. Una que añoraba al pasado y desencadenaba sonrisas.

Arrastró los pies hasta descalzarse tras abrir, la oscuridad reinaba esa madrugada de verano en su piso.

En silencio. Había que caminar en silencio para no molestar. Yamato estaba dormido. Antes, cuando llegaba tarde, Natsuko decía:

«No hagas ruido, los despiertas.»

Esa noche él también coreaba: «lo despiertas, lo despiertas».

Ishida sentía que se había metido a un día del pasado. Quizás era porque un delicado olor femenino se filtró en su casa entre el alcohol que le había entumecido el olfato. Era un aroma a pétalos, no supo de cuál flor.

El tufillo floral se expandía y hacía juego con el sake. Sake frío. Tan frío como el pasado, y como ella.

—¿Natsuko? —susurró al ver una sombra en el sofá, la escasa luz delineaba su perfil en tonos grises—. ¿Estabas esperándome?

No se acercó demasiado. A los espejismos había que observarlos. La mujer que estaba recargada en el sillón dormía. Se veía como si fuera una foto dentro de un sueño.

—Iba a pasar la noche en un hotel cápsula, ¿has ido a alguno?, ¿has escrito sobre ellos? Traigo unas copas de más, por eso me han parecido ataúdes, les temí.

Hiroaki se sentó y encendió el aire acondicionado al ver sudor en la piel de ella. Hacía calor, el verano también quemaba de noche.

—Natsuko —susurró, acercándose—, déjame darte un beso de buenas noches.

Hiroaki olió más a flores cuando se acercó y llevó sus labios a la frente de ella, aunque, después de tocarla, se detuvo. Apenas la rozó.

—No… Natsuko. —La voz se le descompuso al desconocerla.

Se separó violentamente y, en la ventana, las estrellas brillaron más con la intención de mostrarle un rostro distinto al de su mundo onírico, emborrachado.

Era Sora. La novia de su hijo. Había estado a punto de desearla con locura.

—Señor Ishida, buenas noches. —La muchacha se despertó lentamente, mostrando unas pestañas que hacían el movimiento de unas alas de mariposas.

Hiroaki encendió las luces eléctricas y la enfocó como si se tratase de un súcubo. La pelirroja también se alteró, como si ella hubiera hecho algo malo.

—De verdad, no piense mal de mí —explicó—. Es que Yamato…

Fue como si un balde de sake frío les lloviera. Por suerte, Hiroaki no vio a Yamato ahí.

—No hicimos nada —recalcó Sora.

—No hicimos nada —repitió Ishida.

—Me refiero a Yamato y a mí —clarificó ella, notándole ebrio pero no malicioso—. Su hijo está enfermo, tiene gripe, le subió la fiebre, no quise dejarlo solo, ahora duerme, está mejor.

El señor Ishida suspiró, cayó sentado al suelo, como si estuviera libre de culpas. Sora se relajó, contenta de que los prejuicios no volaran en la imaginación de nadie.

—¿Se encuentra bien, señor Ishida?

El hombre la miró, trató de enfocarse en ella y no en una Natsuko imaginaria.

—¿Saben tus padres que estás aquí?

—He dicho que estoy con una amiga.

—Entiendo, de otro modo no les gustaría. —Comprendió—. Es tarde. Prepararé un futón.

—No tiene que preocuparse.

Hiroaki estiró los labios, fue a un armario, sacó el futón. El aroma floral de Sora volvió a reconfortarlo, pero de un modo más puro. Sin detenerse abrió la puerta del cuarto Yamato y acomodó el tendido sin fijarse en el enfermo.

—Señor, esa es la habitación de Yamato. —Ella se sonrojó.

—¿En qué otra habitación podrías dormir? —dijo entonces, rascándose las orejas.

—Pero…

—Es por el sake.

—¿Por el sake que está en la nevera? No entiendo.

—Cosas de adultos —explicó Ishida—. Me gusta el sake frío, pero cuando Yamato lo tome contigo, ¿me prometerás que lo beberán caliente?

Los ojos de Takenouchi se remojaron y los plácidos ronquidos de Yamato hicieron que Hiroaki se sintiera fuera de lugar. Pensó en el hotel cápsula, en que debió haber pasado la noche ahí, en un cuarto de dos de largo, uno de alto y uno y medio de ancho.


Notas: El sake se puede beber caliente o frío; los hoteles cápsulas existen; el genkan está a la entrada de las casas.

¡Gracias por leer!