Yuri Plisetsky gruñó en su fuero interno y se obligó a mantener una sonrisa apacible hacia la mujer frente a sí.

—No, señorita, ya le dije que no es posible.

—¡Pero si vivo solo a tres cuadras de aquí!

Yuri apretó la mandíbula y su mirada se oscureció durante una fracción de segundo.

—No ofrecemos servicio a domicilio, lo lamento mucho.

–¡Pues más vale que lo hagas, chico! —las lágrimas se agolparon en los ojos claros de la mujer—, porque si mi Pato Tarántula Elefante se muere, ¡traeré su cadaver frente a esta veterinaria, ¿me oíste?! —sin más, salió airada.

Pato Tarántula Elefante —repitió Yuri formando una mueca de asco—, algunas personas no deberían tener mascotas si les van a poner nombres tan ridículos.

Ni hijos.

El jefe de Yuri llegó minutos más tarde.

—Traje donas —informó el veterinario, entregándole una a su asistente.

—Gracias —Yuri le dio un mordisco a la doña bañada de vainilla y rellena de manjar sabor a fresa.

—De nada —asintió el hombre—, ¿qué tal va la escuela?

Yuri suspiró.

—Igual —encogió los hombros—, le patearé el trasero a otro idiota que cree que puede pasar sobre mí, y tu hermana ya no me enseña español.

—Ya veo.

—Pero sigue preguntando por ti.

Michelle Crispino sonrió.

—Gracias por la información.

Yuri le dio otro mordisco a su dona, y asintió.