Esa luz cegadora que le acoge en su seno también le provoca otra cosa en la realidad: le despierta. El pelirrojo abre los ojos, tumbado en su futón, y aunque la oscuridad todavía reina en la mayor parte del espacio, una clara luz similar a la que le ha despertado se filtra por la ventana.
Algo confuso, se incorpora, mirando a su lado. Yukiko, que se durmió abrazándole, ya no se encuentra a su lado. Sin embargo, no puede ser que se haya ido, pues a raíz de ese particular sueño ha aprendido que habrá gente que siempre estará con él para ayudarle en la vida.
Evidentemente, no se equivoca. Cuando se incorpora un poco mejor y se frota los ojos, distingue a Yukiko de pie frente a la ventana, contemplando ese haz lumínica tan especial que se deja ver por la ventana.
—Yukiko...—la llama, con voz un poco pastosa.
—Oh… Buenos días, hermanito.—le saluda, apartando un momento la vista de la ventana.
—¿Qué miras tanto?—le pregunta, mientras se destapa, ignorando el frío glacial que siente de repente y levantándose y andando hacia su hermana.
Yukiko se aparta ligeramente, dejándole ver a través de la ventana.
—He tenido un sueño muy bonito, y me he despertado temprano. Una luz me ha despertado, y al hacerlo, he visto otra luz, así que me he acercado a ver qué era.
Quizás, y después de todo, Yukiko estuviese ahí por algo, y haya soñado exactamente lo mismo que él.
—Vaya, qué curioso. A mí me ha pasado algo parecido.
—Y aquí tenemos esa luz. Es el alba. Ya está amaneciendo.
—...Así es.
Sin embargo, eso no es lo único en lo que se fija Souta. Además de la luz, una densa nieve empieza a caer y a inundarlo todo.
—Está nevando.
—Anda, capitán obvio al rescate. Lo sé, tengo nieve hasta en el nombre, sé lo que es.—se ríe Yukiko, bromeando ya tan temprano.
La intervención de la morena hace que Souta recuerde algo: es cierto, tiene nieve hasta en el nombre, y eso es por un motivo. Y ese motivo le hace recordar algo.
—Tienes razón… Pero aunque sepas tanto de nieve, seguro que de esta no te acuerdas. Pero yo sí. ¿...Sabes qué día es hoy?
De repente, a Yukiko le viene una idea. Mirando a Souta, recuerda a Manya, y que ella le hizo exactamente la misma pregunta. Y como las casualidades no existen, deduce lo que su hermano le está diciendo, y le mira, ojiplática pero sonriente.
—¿...Es hoy?
—Así es, hermanita.—asiente Souta, también sonriendo.—Feliz cumpleaños.
Las palabras de Souta la llenan de alegría, por lo que para darle las gracias, se acerca a él y le da un cálido abrazo, porque no piensan permitir que tal día sea frío.
—Ya que hoy es tu día, creo que la luz esta también te pega mucho, Yukiko.
—¿En serio?
—Sí, porque gracias a ti, yo mismo he encontrado el amanecer de mi vida. Ahora estoy completamente en paz. Si el día es mi vida, el amanecer es el nacimiento de mi vida.
—Souta… Eso es muy bonito. Qué pena que solo podamos verlo entre los barrotes.
—Y además de pena, es una ironía. Porque yo ahora mismo, no me siento encerrado. El monstruo de circo está en su jaula y no lo está al mismo tiempo. Porque no sé tú, Yukiko, pero yo me siento muy libre.
