Hola queridísimos y amadísimo ratoncisimos del campisimo campo!

Espero que anden bien y así bien contentas :3 acabo casi de salir de vacaciones; esta ultima semana me dedique a trabajar arduamente en lo que me faltaba del capi, y finalmente lo he logrado xD

Ando considerando así, fríamente, cuantos capítulos me faltan, y haciendo cuentas claras, solo faltan cinco capítulos.

Como soy una muy buena (perra) senpai, les diré los nombres jujuju

52. Réquiem de las Almas Perdidas II

53. Réquiem de las Almas Perdidas III: la muerte tiene tres colores.

54. Ese mayordomo, promesa

55. Ese mayordomo, inmortal

56. Ese mayordomo, la verdad

57. Epílogo

Lo dejé en Face, pero sé que no todas tienen :) así que se los dejo aquí igual

Por cierto, en el capítulo anterior cometí un error de narración: mencioné que Claudia, Khimaira y Sonje entraron a la habitación donde está Elisse. Claudia no se presenta allí, mientras que Khimaira y Sonje solamente entran y se vuelven a ir.

Por otro lado, contesto aquí en general las dudas que mas se han presentado en la historia:

1 ¿Qué fue antes? ¿ciel o devine? ¿o el alma mater?:

El Alma Mater viene siendo una joya superpoderosa, capaz de potenciar o invertir la naturaleza de cualquier criatura. Fue creada por tres parte; entre ellas, el fragmento restante del alma de Devine, cristalizada al caer al río. Undertaker crea el Alma Mater años antes de conocer a Claudia, y se la lleva al mundo humano luego de conocer su potencial. Mas adelante, cuando sus hermanos son asesinados y comienza a trabajar para Vincent, por petición de este, Undertaker inserta una parte del Alma Mater en Ciel.

Por otro lado:

Saludos y besos a: TenshiNeko-chan, Saoriw, Carmen, Wyniber, Yukihiime, Gael, Almady01, Shizufranch, Mato Tomato, Milena, Tali Kirschtein, Silvia Ivon, Alois Kagamine, , Masha Rue y todos los "Guest" y reviews anónimos.

Respondiendo preguntas:

Anahi: de hecho, gran parte de la historia está basada precisamente en eso; como el destino nos va eligiendo, nos separa, y nos une. Y en efecto XD soy una troll en aprendizaje, Kishimoto ya es algo así como un Troll-Jedi xD

Annabeth-Cyone: Si, de hecho Devine se volvió bastante querida para mí xD quizás le haga una historia muajaja. Ciel sí, en efecto, murió como demonio, más adelante se explicará con claridad.

Cathy-Cat:

(xD) El demonio de la historia será revelado en este capítulo xD la mayoría ya sospecha xD

Undertaker sabe de lo que sucedió entre Devine y Sebastian (¿?), aquí se explica un poco más a fondo xD digamos que su relación es bastante complicada.

PcCzZitO: (creo que finalmente le atine a tu nombre xD) El alma mater fue creado mucho antes del nacimiento de Ciel, cuando James aun era parte de la Sociedad Shinigami y conociera a Claudia. Lo del tema de los sueños de Elisse es básicamente recuerdos que impregnaron el Alma Mater, y debido a que el Alma Mater fue hecho con partes del alma de Devine, también contiene recuerdos de ella. Sin embargo, aquí es un poco más complicado, debido a que el alma de Devine absorvió muchas cosas que le rodearon en su momento.

Kazandra: Alois podría decirse que sí y no xD pero ya pronto explicaré con claridad que paso, al igual que quienes la voz en la cabeza de Elisse.

A todos ustedes en general: Gracias *.* por sus saludos bellos, sus hermosos reviews y por seguir apoyando esta larga historia que ya está próxima a finalizar! Espero este capi sea también de su agrado n.n

Espero que disfruten este capítulo :)

¡Al fic!

o.o.o

Capítulo LII: Réquiem de las Almas Perdidas II

"Todo santo tiene un pasado

Y todo pecador, un futuro"

Oscar Wilde

o.o.o

"Ya todos saben lo que sucedió; el escape de la Sociedad Shinigami, la renuncia de los Trece Únicos, lo que sucedió con Claudia, la matanza de mis hermanos, mi alianza con Vincent Phantomhive para tratar de enmendar mis errores…

Yo llegué a la mansión Phantomhive como la peste; un mal que debía aceptarse y tratar de componer, pero sin encontrar respuesta ante esto. Me sentía cansado, harto, pero estaba ayudando al hombre porque… yo le había arrebatado a su familia. Yo había ayudado a matar a su padre, a destruir su pequeño mundo cuando era niño. Era lo mínimo que podía hacer para recuperar el poco honor que me quedaba…"

Undertaker dejó de hablar, y su voz, que hasta ese momento había llenado como agua la sala, dejó un vacío sepulcral, que dio paso a un tipo de silencio que no resultaba para nada tranquilizador. Era el silencio de la espera de los cazadores, ese breve momento de calma en la que los depredadores se agazapan, con las patas tensas y las zarpas listas para ser hundidas en el cuello de su víctima.

Los Inquisidores, sin saber qué hacer, miraron a Charlotte y a Broderick, pero este último estaba con los ojos clavados en el suelo. Una mano en la barbilla y la otra en el codo, sosteniendo su brazo, pensando con esa misma apariencia de la estatua de Dante ante las puertas del Infierno.

Durante ese momento, que se alargó lo suficiente como para darme cuenta que era una especie de tiempo fuera –el receso entre la historia-, me permití, me di la libertad de buscar con nerviosismo, el único rostro que yo ansiaba observar más que nada en la pequeña multitud que nos tenía cercados.

Sebastian continuaba con los ojos hacia el suelo, cabizbajo, y podía ver la sangre gotear pausadamente por sus labios, su mentón, hasta el suelo. Con cada respiración errática, sus hombros subían y bajaban desacompasados, como un reloj que se ha roto y ya no marca que exactitud la duración de los segundos, sino que brinca de dos en dos, de tres en tres, sin ningún tipo de ritmo en especial.

Débil, cansado y tan herido como jamás habría pensado verlo. Aquella escena provocó una avalancha de emociones en mí, un maremoto de sentimientos incontrolables, y debí morderme los labios para no gritar, para no llorar ni sollozar.

Mi demonio… mi pobre, aguerrido Sebastian…

¡Que no hubiera hecho para pasar mis dedos por su frente y sus mejillas, limpiar toda esa sangre de su rostro! Me hubiese cortado todos los dedos de una mano del mismo tamaño, con tal de estrecharlo contra mí, refugiarme en su pecho, y quedarme allí hasta que todo estuviese bien, hasta que estuviéramos a salvo, hasta que despertase sobresaltada y estuviera allí, tranquilizándome con su voz profunda y aterciopelada, afirmándome que todo estaba bien, que no había pasado nada, y que yo podría seguir durmiendo en completa armonía, escuchando el dulce latido de su corazón.

Un sueño estúpido…

Una ilusión infantil e imposible…

Ni siquiera estaba segura de si saldría con vida de allí. Ni yo, ni los demás. Que me causaba más terror, si verlos morir, o morir yo misma, o sobrevivir con las cicatrices psicológicas, emocionales y físicas que me dejaría todo esto, las secuelas nerviosas, la paranoia…

No estaba segura, ni siquiera, de querer vivir así…

Y luego estaba Undertaker, James…. Si había una forma correcta de pensar sobre él, o de darle un lugar en mis pensamientos, lo ignoraba completamente…

¿Cómo debería llamarlo? ¿Mi creador? ¿Mi héroe? Había surgido en mí ese extraño sentimiento de incomodidad hacia él, como cuando acabas de darle un beso a una persona durante la primera cita, y te quedas en silencio durante varios minutos, sin saber exactamente cómo reaccionar ante la sorpresa, ante lo que acaba de acontecer. No tienes la más mínima ni jodida idea de lo que sientes por esa persona, de si quieres en realidad establecer lazos con él, de si te gusta en realidad su personalidad.

Entonces, de pronto, una idea brotó como un retoño en la primavera.

-Tú… sabías todo esto… -murmuré de pronto, con tal sorpresa e incredulidad que inclusive los Titanes y los Inquisidores parecieron curiosos de aquella revelación que estaba teniendo. Con los ojos en el suelo, las palabras fluyeron sin pensar, sin consideración-. Sobre Ciel, y los Phantomhive… Sabías sobre el Alma Mater, y sobre los Inquisidores, y sobre Claudia…

James apretó los ojos con desidia, al tiempo que un suspiro cansado le daba el toque final a la pintura de total desasosiego que representaba. Sylvette nos miraba, uno y al otro, sin detenerse, como si las palabras fueran visibles ante ella y los viera viajar como cuchillos hacia el Shinigami.

-Sí… sí lo sabía-declaró suavemente, inexpresivo.

Y las mismas palabras que mencionó aquel día, aquella tarde, fueron los pilares de la ira que ahora comenzaba a brotar desde mi interior.

-Y no dijiste… absolutamente nada… -jadeé, tan absorta que no era consciente de cómo me hervía la sangre. Aun no caía en cuenta de que me sentía profundamente traicionada, usada- ¿por qué no dijiste nada…?

¡Había jugado conmigo! ¡Y yo había confiado en él!

James pareció darse cuenta, escuchar el dolor en mi voz, pero lejos de lo que yo esperaba, no trató de parecer culpable, al menos no a la medida que yo esperaba. Desafiándome con su actitud, levantó el mentón, y sonrió de una manera particularmente extraña; un torbellino de crueldad gélida, filosa malicia y una severidad impensable.

-¿Ahora caerá en mí toda la responsabilidad? –exclamó, con la misma voz aterciopelada de antes, pero ahora era el cántico feroz del mar embravecido- ¿Me está culpando de sus problemas, señorita?

-¡No juegues conmigo, James! –grité, sin comprender del todo a qué se refería con esas palabras, sin tomar ni siquiera un poco de cuidado en exclamar a los cuatro vientos su nombre- ¡Responde la maldita pregunta!

Ladeó la cabeza, mirando hacia los lados, hacia los Inquisidores, haciéndoles un gesto hastiado, como si fueran sus amigos y pudieran encontrarle el mismo sentido ridículo a mis palabras, como él lo hacía.

-¡RESPON…!

-¿Escuchaste acaso algo de lo que te aconsejé? –replicó, con los ojos inyectados de ira. Su voz no era un grito, no rugía como una fiera salvaje, no buscaba sofocar mi voz. Pero era peor ese tono grave, sigiloso y ácido que afilaba sus palabras. Era llamarme estúpida una y otra vez- ¿Acaso desististe de tus incautos deseos de cobrar venganza? ¿Qué diferencia habría hecho que te revelase todo lo que sé, todo lo que conozco? Aun con mi advertencia, decidiste seguir adelante, luchar una batalla que ya estaba perdida, y arrastrarnos a todos a este pozo sin salida…

En ese instante, me quedé muda. No sabía que responder, que decir, o como defenderme. Undertaker tenía cierta autoridad, había gran firmeza en su voz, y no era que me sintiera asustada o humillada por las cosas que me decía, sino que simplemente, me sorprendían.

¿Estaba molesto? Aquellas palabras eran una reprimenda, pero no calaban en mí como pensé que lo harían. No dolían, no me herían. Eran como pegarle a un cachorro con un periódico; no es que lo lastime, sino es el ruido lo que le asusta.

-Incluso sabiéndolo, no habrías desistido, Elisse –Broderick habló de pronto, su voz como un susurro-. Aquella insolencia es algo que no podrías reprimir; está en tu naturaleza.

Rabiosa, clavé mis ojos en él… traté de verlo como un enemigo, como alguien a quien debería desear destruir, matar, eliminar…

Pero, ¿cómo? ¿Cómo hacerlo, cuando aquellos ojos habrían pertenecido a un amigo? Su pecosa nariz, su rubio cabello, todo él había sido mi amigo, mi fiel amigo…

¿Cómo odiarlo? Y no sabía que era peor, si tener la esperanza de que este sujeto hubiese poseído a Brad, que lo hubiese matado…

O considerar que, tal y como decía, fingió todo este tiempo…

-¿Quién eres tú? –pregunté súbitamente, buscando en su rostro una señal de que todo aquello era un engaño, de que mi amigo seguía allí en algún lado- ¿Qué hiciste con Brad? ¿Qué eres?

Él se quedó un instante quieto, inmóvil, dándome la espalda cubierta por la elegante capa negra. Parecía profundamente concentrado, pensando en cómo decir lo que tenía que decir, que palabras usar.

Entonces levantó un brazo, con el dedo índice elevado, como un ángel listo para proclamar la palabra del señor, y girando sobre un pie, se volvió para mirarme. Azules, sus ojos brillaron como el sol a través de una filosa lanza hecha de zafiro…

No eran los ojos dulces de mi amigo… Era un azul terrible, un azul de muerte. Azul como la pálida sombra del asesinato.

-¿No te aterra saber la verdad? –susurró de pronto, con tal frialdad que realmente me desarmó. Creo que era algo que no me había planteado del todo. No lo sé. El cuerpo me temblaba ligeramente, presa de un pánico incomprensible, como si mi instinto supiese lo terrible que significaba saber la verdad, pero conscientemente no lograse entenderlo del todo-. La has buscado todo este tiempo. Has arriesgado tu vida por ella, lo cual o es demasiado sorprendente considerando que también pusiste en peligro la seguridad de tus amigos. La has perseguido como un perro de caza a un zorro, pero tengo la ligera sospecha de que nunca te has detenido a pensar si realmente quieres saber la verdad, quien mató realmente a tu amiga Michelle. Aun cuando la verdad pueda ser horripilante, aun cuando luego de saberlo quieras arrancarla de tu memoria y no puedas vivir con ella, ¿quieres saber?

No supe que decir. No supe que contestar…

Luego de todo lo que había pasado, ¿me detendría mi miedo? A un paso del final, ¿realmente me acobardaría y dejaría todo en la incertidumbre? ¿O preferiría quedarme ciega, morir sin saber?

Si ya estábamos todos condenados, ¿Qué fin tenía el ser cobarde?

Broderick no esperó mi respuesta. Solamente sonrió, como si pudiera leer mis pensamientos, y girando, camino alrededor del círculo que formaban mis sirvientes arrodillados, Sebastian y Undertaker.

-Hay algo que debes saber antes de que te revele lo que sé –continuó, hablando como el narrador de una película de horror, sus pasos resonando por la húmeda sala de piedra-. Para comprender a lo que te enfrentas, la magnitud del caos en el que estás sumergida, hay algo que debes saber.

Apreté los dientes, y dejé que mis ojos juzgasen libremente al Shinigami albino. Debía ser él. Maldito… ¡Maldito Undertaker! ¿Hasta dónde llegaba su mentira? ¿Qué más estuvo escondiéndome todo este tiempo?

Entonces Charlotte, quien vio aquella reacción mía, se echó a reír descontroladamente, arqueándose elegante, con la mano pálida sobre su boca roja.

Desconcertada, miré a mi alrededor, donde un coro de risas acompañaba ahora a la Inquisidora de cabello oscuro, como si hubieran dicho un chiste local, una broma que yo no conocía. La naturalidad de esa reacción envió una corriente de escalofríos, desde mi cerebro hasta la punta de mi columna, sintiéndome estúpida, ofendida, herida. Y toda esa rabia, era furia, se mezcló con la confusión, transformándose en angustia, y progresivamente en deseos incontrolables de llorar.

-No, querida –indicó Broderick, negando con la cabeza, observándome con la misma ternura con la que una madre le indica a su hijo que está haciendo en ridículo, mientras yo quería arrancarle esa sonrisa de imbécil autosuficiente a golpes-. No es él quien hablará ahora.

Por un instante, no logré entender a qué se refería, a quien se refería en realidad. Pensé que me tomaba del pelo o que era una broma de mal gusto. Me sentía herida, aún más por la forma tan misteriosa que llevaban todo ese maldito procedimiento, riéndose de mí cada vez que les era posible. Entonces vi a uno de los Inquisidores empujando hacia el frente a uno de los que se encontraban arrodillados, y ese leve movimiento bastó para que creciera en mi estómago un vacío interminable, un mar de nauseas, mareos y temblores que pudieron haberme destruido.

Sebastian fue levantando de su sitio, y su cuerpo se irguió como el de una medusa, sin fuerzas, como si no hubiese huesos en él. De no estar tan estupefacta, hubiese gritado al ver la condición de su ropa, de su rostro, de su cuerpo en sí. Desgarrado y triturado, rasgado, tan cerca de hacerse pedazos que no comprendía como rayos sus extremidades seguían unidas a su torso….

Lo dejaron caer de rodillas a los pies de Broderick, arrojándolo no muy distinto a como se avienta un pedazos de carne a los leones. El rubio se inclinó ligeramente hacia el demonio, mirándolo fijamente a sus ojos escarlata y violetas, que se relamieron de furia, de un odio meramente infernal.

Durante un largo momento, no pude hacer más que mirarlo. Una parte de mí no comprendía del todo lo que sucedía en ese instante, lo que pasaba. No encontraba sentido a que Sebastian fuese pasado al frente, ni que Broderick lo mirase con crueldad, aún bajo su aparente máscara diplomática. Sin embargo, esa parte más astuta de mi ser, más viva, más inteligente, gritó algo inentendible. Una advertencia fría…

Sebastian sabía algo…

-Es tu turno de seguir con la historia, Sebastian –le susurró Broderick, venenosamente. Su rostro amenazante, muy cerca del demonio.

Hubo un momento tenso, un instante punzocortante, en el que Sebastian se dedicó a clavarle los ojos con impiedad, frenético. Súbitamente, un rojo escupitajo salió de los labios del demonio, estrellándose sobre uno de los ojos y el puente de la nariz del líder de los Inquisidores. Todos, incluidos sus seguidores, los Titanes y nosotros, nos quedamos con el corazón en vilo, sintiendo como ese gesto, tan impropio de Sebastian, tan simple aparentemente, había roto algo dentro de Broderick, quien se quedó pasmado un instante, con los ojos entornados, cual poseído por un terrible espíritu maligno e incontenible.

-Oblígame… -siseó Sebastian, y pude ver como su cuerpo se contorsionaba por exteriorizar su poder, el poder que estaba sellado, al que no tenía forma de acceder, mientras que el rubio se limpiaba el rostro con el borde de la mano, casi temblando por una ira que nos era desconocida.

Entonces Broderick, rápido como una serpiente, le atestó un puñetazo al demonio justo en el centro del estómago, y Sebastian vomitó un chorro de sangre ennegrecida...

o.o.o

-Pensé que ya te habrías recuperado…

Khimaira acababa de entrar a la habitación, de una manera tan silenciosa, que un ratón no habría podido notar que estaba allí.

Sarin la miró, algo incómodo, hastiado. Frente a la mecedora donde estaba sentado, en el centro de la habitación circular, había un extraño símbolo circular pintado en el suelo de madera, un laberinto de líneas, rectas y símbolos de origen incierto. Siete almenaras ardían alrededor del círculo, donde cuatro sombras lúgubres y antropomorfas giraban si detenerse, tomadas de extrañas puntas que parecían ser sus manos.

La chica observó aquello, y luego notó que el símbolo del centro, no era más que uno de los muchos círculos dibujados en la sala, y que estos eran el centro de aros concéntricos, de modo que todo el suelo estaba rayado de tiza, salvo aquel pequeño rincón de la puerta, donde se encontraban ambos muchachos. Jamás había visto tal cosa, y le parecía una visión extraordinaria, como sacada de una antigua leyenda celta.

-Es un proceso bastante complicado –explicó, suspirando con cansancio. Tenía la blanca frente perlada en sudor, y respiraba de una forma errática y entrecortada, como si estuviese envenenado-. Cada determinado tiempo, debo insuflar mi propia presión para que las sombras sigan girando, y el fuego de las almenaras no es fuego común. Es necesario encenderlo con la presión de uno mismo…

Khimaira se acercó lentamente al muchacho, con algo de temor, reflejado en sus relucientes ojos oscuros. Ya no había más disfraz y el cabello caía elástico y negro sobre sus hombros desnudos. Extendió la mano para colocarla en el hombro de Dagger, quien le sujetó los finos dedos con sus manos pesadas, mirándola de reojo.

-¿Sabes lo difícil que es producir fuego de tu propia presión? –preguntó, retorico. Obviamente ella no lo sabía, y había algo interesante para él en explicárselo-. En sí, ¿sabes lo difícil que es producir un elemento de tu propia presión?

-Sebastian quemó vivo a Joker… -musitó ella, su voz teñida de miedo. Miedo de recordar aquello. Miedo a que ese fuera su destino, también.

-Es distinta la manipulación a la creación –replicó, negando suavemente con la cabeza-. Manipular es sencillo; hasta un humano puede, en cierta forma, hacerlo. Pero crearlo… Es sencillo hacerlo con el viento, incluso con el agua. Es solo vincular tu presión con tu propia respiración o a tu propia humedad. Claro que corres el riesgo de deshidratarte al borde de la muerte o asfixiarte sin remedio, pero es mucho más sencillo. Pero el fuego es mucho más complicado que ello, por no decir peligroso.

-¿Cómo obtienes calor de ti mismo? –preguntó Beast, aunque luego se sintió algo tonta-. Es decir, ¿exactamente que vinculas? ¿Vapor? ¿Tus órganos?

-Peor. Tu propia sangre –dijo secamente-. Es tu fuente vital de calor, la irrigación sanguínea. Vinculas tu presión con tu sangre, y aplicas ese calor a una mecha o a un objeto inflamable. Sin embargo, debes mantener un flujo constante y cuidadosamente medido de tu calor hacia la mecha, el suficiente tiempo como para elevar la temperatura de tu presión sobre el objeto, lo ideal como para que alcance la temperatura del fuego, además de tener el suficiente control como para no quedarte sin calor. Un solo error, y cosas terribles podrían pasar.

-¿Qué cosas? –Beast sentía mucha curiosidad.

-Si no hay un control adecuado de la presión, podría incendiarme a mí mismo, o este lugar –respondió, un poco cansado de hablar, sin tomarle mucha importancia al asunto, mientras que Beast parecía horrorizada ante sus palabras-, o bien quedarme sin calor y sufrir una hipotermia inmediata. Mi sangre se helaría tanto que coagularía instantáneamente en mis venas, impidiendo la circulación y causándome una embolia cerebral y una falla orgánica masiva en cuestión de segundos. Estaría muerto antes de que mi propio cuerpo pudiese notarlo.

Entonces se quedó mirando al frente, en completo silencio, por un largo período de tiempo. Las almenaras parecieron consumir la vela de los gigantescos sirios, más rápido de lo normal, mientras el fuego ondeaba suavemente, sin prisa, rodeando las mechas con su abrazo carmesí.

-Es hora, ¿verdad? –preguntó él, por primera vez en todo el rato. Su voz descendió drásticamente de tono, siendo ahora grave y severa, muy distinta a la despreocupada manera de dirigirse que siempre tenía.

-Nos encargaremos de los preparativos finales –dijo ella, acariciándole tiernamente el cabello-. Eso es todo. Ella ya ha despertado, pero aún está débil. Tendremos que llevarla nosotros mismos a la ceremonia…

La voz de Beast tembló ligeramente en esa última sílaba, de una forma que le resultó muy familiar a Sarin. Era ese su tono cuando se encontraba nerviosa, cuando, por muy decidida que pareciese, realmente no deseaba hacer lo que se le pedía o lo que debía.

-¿Realmente quieres hacer esto? –preguntó de nuevo, enfrentándola con su mirada verde y ácida. Beast dio un respingo.

Dagger no solía tener ese tipo de gestos para con ella. Siempre lo había considerado como el tipo de chico que resultar ser increíblemente amable, ese que generalmente terminas llevando a presentar a tus padres… como un amigo. Para ella, a sus ojos, él era un chico amable, más no realmente un hombre.

Sin embargo, desde que volvieron de la muerte, Dagger parecía haber cobrado ese sentido firme y varonil que caracteriza a los hombres capaces de derretir el corazón con una sola palabra. Seguía siendo inocente, y tonto, y amable, pero todo aquello se había teñido de un distinto color.

El mismo color que pintaba sutilmente al mismísimo Joker.

Quizás fue aquello lo que le hizo decir la verdad. Tal vez, ese atisbo de su difunto líder logró poseerla de nuevo, y la hizo sentir a salvo. No lo sabía en realidad.

-No lo sé… -admitió, apretando los puños con los brazos ahora cruzados, temblando ligeramente por el miedo y la impotencia-. Por Doll… por cualquiera de ustedes, yo haría lo que fuera. Pero no estoy segura de esto… Ya hay suficiente sangre en mis manos. Ya antes fuimos los medios para un fin… No quiero que eso vuelva a repetirse, ni tener que limpiar de nuevo sangre inocente de mis manos…

Sarin pareció meditar sus palabras un momento, hasta que finalmente se puso de pie. Su andar era lento, pausado, y aunque su rostro no había cambiado, parecía haber envejecido súbitamente. Demasiado cansado, demasiado medido en sus propios movimientos. Beast se acercó disimuladamente, pasándole el brazo por el suyo, fingiendo que buscaba protección a su lado, aunque en realidad trataba de evitar que Sarin tropezase por la falta de fuerzas. El albino no pareció notarlo, o quizás sí, y fingió no darse cuenta, con el fin de hacerla sentir cómoda.

-Repíteme de nuevo que es lo que tenemos que hacer –murmuró Dagger, al tiempo que dejaban atrás la habitación de las almenaras y antorchas. Sus sombras proyectaban siluetas alargadas en el umbral de la puerta, fundiéndose con las tinieblas del exterior de esa sala de piedra. Figuras cuyas siluetas deformes se decapitaban al difuminarse.

-Simplemente brindarle un poco de nuestra propia presión para proteger el sarcófago de piedra –respondió Khimaira, sin mucho ánimo-. Más bien, su cuerpo. No se encuentra aun lo suficientemente fuerte para viajar así como así, sobre todo a otra dimensión…

-Pensé que ya habría sido capaz de salir y andar… -gruñó Sarin, apretando todos los dientes. El simple andar le cortaba el aliento, y trataba de ocultarlo con su ácida voz- ¿No le arrancó el corazón a Sebastian con sus propias manos? ¿Qué más fuerzas puede necesitar?

-Aquello fue muy impulsivo –explicó ella. Doblaron a la derecha, por el pasillo aun de piedra, cuyas paredes color crema sugerían que se encontraban bajo tierra-, por no decir estúpido. Debido a su enorme presión, le cuesta aún más recuperar sus fuerzas por completo. Y ese ataque le costó lo poco que ya se había recuperado, estaba aún demasiado débil.

Dagger se detuvo de manera abrupta, y Beast casi dio un traspié ante el peso del muchacho. Para estar cansado, aun tenía la suficiente fuerza y empuje para erguirse como un asta de acero, aferrarse al suelo como un gigantesco roble.

-¿Qué estás diciendo? –la voz de Sarin sonó vacía, demasiado sorprendida como fingir que las palabras de Khimaira no le causaban problemas. Tenía los ojos verdes muy abiertos, tan abiertos que Beast podía ver los dos tonos de verde que tenían sus espeluznantes irises, la forma desencajada que había adquirido su mandíbula por la sorpresa- ¿Quieres decir que estando casi completamente débil, esa cosa le arrancó el corazón a un demonio?

Quizás no había razonado aquellas palabras antes. Quizás, en el medio de la crisis, de la confusión, de la dualidad de su consciencia, Beast no se había detenido a pensar en la clase de criatura que trataban de traer de vuelta. Como un niño que desea ver un dragón, así actuaba ella, completamente ajena a la clase de horrores que acarrearía el realmente enfrentar a una de esas criaturas. Pero Sarin sí parecía saberlo. Estaba demasiado consciente de ello, quizás más de lo normal, mucho más real.

-Beast…

-Este fue el deseo de Doll, ¿sabes? –murmuró ella, de una forma particularmente sombría. No había duda en su voz. Quizás temor, inseguridad hacia si hacia lo correcto, pero no tenía dudas sobre despertar a aquella criatura-. Voy a hacerlo. Voy a despertarla. No me importa lo que sea…

-Pero, ¿estas consciente de que…?

-No es solo nuestra guerra, Dagger –punteó ella, sin elevar la voz, pero claramente irritada por la insistencia de su amigo. Dagger siempre había sido así. No entendía las cosas como los demás. Quizás, a fin de cuentas, seguía siendo el mismo niño infantil que siempre fue. Aquello era lo que le diferenciaba Joker-. Los Inquisidores, los P4, todos ellos… Es la cumbre de su plan… Puedo comprender el dolor que Ciel les provocó, porque también es mi dolor. Entiendo los deseos que tienen de acabar con él, porque también lo quiero, y ¡Entiendo de sobremanera que los Inquisidores quieran acabar con todos los…!

-¡Beast! –exclamó Sarin de pronto, con ambas manos hacia el frente, observándola angustiado, como si ella fuera exactamente eso, una bestia, y él no supiera si era prudente meterse en su territorio-. Lo sé. Lo sé y lo entiendo, tal y como tú lo haces.

-Entonces, ¿por qué dudas tanto? –preguntó dolorosamente, entrecerrando los ojos. Una mueca de amargura- ¿por qué tienes tanto miedo de nuestro propósito?

Sonriendo con dulzura, con sus infantiles pecas, con sus infantiles pestañas pálidas, Sarin dejó caer los brazos.

-Tengo miedo de que salgas lastimada… -confesó, sin atisbo de duda en su mirada, en su voz.

Beast dio un respingo, y su rostro completo se coloreó de rubor.

-¿Piensas que soy débil? –refutó ella. Su voz sonó profundamente molesta, pero no se atrevió a levantar el rostro para mirarlo.

-Pienso que eres una mujer muy fuerte, pero que ha sido obligada a hacer frente a situaciones extremadamente duras –explicó, aun manteniendo esa postura. Beast lo miró de reojo, sin saber si debería reclamar aquello o no. Pensó, por un momento, encontrarlo observándola con ternura, con esos ojos dulces que solía tener. Sin embargo, el rostro de Dagger no podía ser más distinto a lo que imaginó. No parecía decir nada de aquello por amabilidad. No había rastro de infantilidad en su mirada, en su voz. Tenía la expresión de una persona que ha vivido mucho, que sabe demasiado. Ese Dagger le causaba escalofríos-. No hablo de salir herido físicamente. Hablo de que provocaremos, al despertar al Fomoiré, una destrucción más allá de cualquier límite. Probablemente muchos morirán, no solo aquí, sino allí afuera. Habrá heridos, asesinados. Hombres, mujeres, niños… ¿Podrás con todo ello, Beast? ¿Realmente la despertarás? ¿Quieres hacer esto?

Por un eterno segundo, Beast lo observó, completamente palidecida. Aquellas palabras no sonaban a Dagger, ni su forma de mirar, de estar allí de pie, en el medio del pasillo a oscuras. Era como si un extraño hubiese entrado a ese cuerpo y su amigo ahora fuese solamente parte de un recuerdo.

No sabía que le causaba más temor. Aquella actitud tan frívola de Dagger, o las palabras que salían de su boca. Inmóvil, se quedó con los ojos en el suelo, pensando. Lo que decía eran cosas que no se había puesto a considerar en lo absoluto. O, más bien, se negaba a considerar. La venganza era algo que aprobaba, pero la masacre indiscriminada…

En su memoria, frescas manchas rojas salpicaron sus recuerdos. Toda esa gente inocente a la cual dieron muerte de la forma más inhumana posible, por cumplir los caprichos de un hombre loco. Sin pararse a pensar. Sin preguntarse qué harían sus familias cuando no los viese volver a casa, o cuando no pudiesen jamás abrir el ataúd porque ese cuerpo no tenía rostro. Comenzaba a preguntarse si no estaba a punto de hacer lo mismo en ese momento.

-Vete.

Beast levantó la vista, sorprendida. No había razonado que tenía los ojos lacrimosos hasta que lo miró, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Un tanto avergonzada, fingiendo que aquello no tenía ningún significado, se limpió el rostro con el dorso de la mano, y lo enfrentó con fiereza.

-¿Qué estás…?

-Vete. Yo me encargaré de preparar todo, su ataúd, todo –de nuevo esa voz vacía. De nuevo esas palabras duras-. No manches tus manos de sangre de nuevo, Beast.

No le dijo nada más, y cuando avanzó por el corredor, sin volverse a mirarla, ella no hizo nada por detenerlo. Consideró seguirlo, por un momento, pero algo en su aura de piedra le impidió moverse. No iría tras él. No correría tras Dagger como lo hizo un siglo antes con Joker. Aquellos dos comenzaban a parecerse demasiado, y es bien sabido que solo un tonto tropieza dos veces con la misma piedra.

o.o.o

-¡BASTA, YAAAAA!

Una patada más, otra más, y otra, hasta que Sebastian rodó varios metros lejos de mí, lejos de donde estaba. Bastó con que Broderick tronase los dedos una vez, y un grupo de Inquisidores se lanzaron sobre el demonio como una jauría de perros rabiosos. Parecían incapaces de detenerse, de mostrar piedad, y mientras mis propios gritos, los de Miranda y las risas burlonas de los que nos rodeaban llenaban y atascaban la habitación, Broderick se limpiaba del rostro la saliva ensangrentada de Sebastian, con un fino pañuelo de lino blanco.

-¡DÉJENLO YA! –pedí, sintiendo los brazos temblar, la piel escocer, con cada golpe que recibía. Mi voz era tan desesperada, que la última sílaba de mis palabras se perdía quebradiza y aguada en el jolgorio sediento de sangre- ¡DÉJENLO!

Lo vi hacer un intento inútil de ponerse de pie, pero sus piernas… le costaba demasiado moverse, aun para su naturaleza. Sentía en la piel ese dolor que escapaba con sus gruñidos sofocados de dolor, con cada una de las muecas que hacía…

¿Por qué no se regeneraba? ¿Por qué continuaban abiertas y sangrando cada una de sus heridas?

Deténganse… deténgase, por favor…

-Es el campo… -jadeó Sylvette. Ella también lo había notado. Lo miraba, incrédula, sin poder quitarle los ojos de encima, al cuerpo maltrecho de Sebastian-. El sello que pusieron.. ha bloqueado sus poderes…

-Muy lista –inquirió Charlotte, rondándola como un buitre-. Sí, es exactamente el campo. Bloquea todos sus poderes, toda fuente de ellos… Es por eso que no son capaces de regenerarse…

Se atravesó en mi campo de visión, impidiendo que mis ojos pudiesen seguir a Sebastian. La miré con ojos desorbitados, sin saber exactamente que debería hacer, como debería actuar. Charlotte parecía disfrutar aquello, parecía ser feliz con el sufrimiento que se acumulaba en mi rostro.

Fue entonces que Sebastian soltó un grito ahogado, sofocado por el chorro de sangre que escupió nuevamente. Estuve a punto de gritar, de rogarles que parasen, cuando alguien más tuvo la misma idea.

-¡YO CONTARÉ LO QUE PASÓ CON CIEL! –exclamó alguien.

La voz desesperada, rota de Miranda se levantó por encima del bullicio general. Los Inquisidores, los Titanes, inclusive Undertaker la observó sorprendido, y ella recorrió cada uno de esos rostro, con una mirada aterrada, llena de una pena palpable, como si fuese una disculpa por todas las maldades que rodeaban el mundo y de las cuales ella no tenía la culpa…

Miranda soltó un suspiro agitado, y a lo lejos, pude ver que se quedaba en silencio, como si no pudiese aceptar lo que había dicho, lo que había declarado. Sorprendida de su propia debilidad. Entendí porque dejó caer el rostro, devastada, cuando los crueles y curiosos inquisidores la rodearon, porque parecía al borde de la vergüenza al entender que había dicho demasiado…

Sus compañeros la miraron, indecisos entre la decepción y el alivio. Quizás todos ellos pensaban revelar el secreto, pero ninguno había tomado el primer paso sino hasta que Miranda habló. Decepcionados y todo, pero sin odio, sin rencor. No había en sus rostros más que una infinita angustia.

¿Por cuánto tiempo habría guardado esos secretos? ¿Cuánta sangre habría tenido que correr para mantener a salvo esos misterios que conocía?

Charlotte se colocó justo frente a ella, sonriente y triunfal, hincándose justo delante de la pelirroja, observándola como si encontrase aquello particularmente divertido, mientras Miranda apretaba todos los dientes, tratando de mantener a raya sus silenciosas lágrimas…

Todos la mirábamos escandalizados, pero tan sorprendidos que no se me ocurría nada que decir. Ni siquiera un insulto. Nada que yo pudiese argumentar o, al menos, gritar. Mi mente estaba completamente en blanco, y la terrible confusión, los deseos de echarme a llorar, los recuerdos atiborrándose veloces en mi mente…

-¿Qué dijiste? –preguntó la Inquisidora, ladeando la cabeza, hablándole como una serpiente venenosa.

Los labios de Miranda se fruncieron en una mueca de impotencia, con las cejas tan juntas que el puente de su nariz era ahora una serie de arrugas furiosas. Soltó un jadeo cargado de odio, y las lágrimas manaron violentas por sus mejillas sucias, al monorrítmico sonido de sus dientes, castañeando rabiosos.

Ella estaba aterrada, tan asustada de lo que fuese a pasarle. Lista para enfrentar, con el rostro en alto, ese momento vergonzoso…

Sin embargo… en ese instante, una extraña idea asaltó mi cabeza…

En el medio de mis pensamientos suicidas, distraídos, confundidos, se encendió una pequeñísima luz, alumbrando un poco de esas tinieblas en las que me hallaba…

Miranda había detenido la tortura de Sebastian, y le agradecía mentalmente por ello, pero ¿lo hizo porque no quería verlo sufrir? ¿Por qué no quería verlo así?

¿Por qué lo que él podría revelar era demasiado peligroso como para que ellos lo supieran?

Lo hubiese creído si Alistair no me hubiera dejado en claro que ellos seguían las ordenes de Sebastian, y sí, le debían mucho, pero dudaba que él les ordenase que lo protegieran, considerando el carácter arrogante del demonio…

Sin embargo, ¿y si lo que estaban protegiendo no era a Sebastian? ¿Y si estaban protegiendo ese secreto? ¿Y si él les había ordenado guardar el secreto?

¿Era por qué no quería que ellos lo supiesen?

¿O por qué no quería que yo lo supiera…?

Ya me había ocultado antes todo ese rollo de Devine, de que sabía que yo "era" Ciel…

¿Qué no estaría escondiendo? ¿Hasta dónde llegarían sus mentiras?

La pelirroja abrió la boca ligeramente, lista para hablar, tomando aire, y…

-No digas… ni una palabra, Miranda… -exclamé súbitamente. Mi voz escapó de mi garganta como un trueno en el medio de una noche silenciosa, y todas las cabezas giraron inmediatamente en mi dirección.

Los Inquisidores, mis sirvientes, inclusive Undertaker y Sylvette, todos con sus ojos hundidos en mí. Miranda tenía el rostro petrificado, y comprendí que no estaba asustada por las circunstancias; me miró como si estuviera a punto de tener un ataque de ansiedad. Creo que de haber podido correr a taparme la boca con las manos, lo hubiese hecho. Tenía miedo, porque ya sabía lo que yo estaba pensando, leía en mi rostro, como un libro abierto, el odio que de pronto había surgido de mi interior. Y aun así, yo no sentía pánico, no había miedo en mí. No había nada, salvo una rabia ardiente que crecía como fuego en la hierba seca.

-Sebastian… -lo llamé sin quitarle los ojos de encima a Miranda, con un tono muy parecido al que usaría un capataz nazi a punto de ejecutar a un pobre judío.

El demonio se hincó como le fue posible, apoyándose dificultosamente sobre sus hombros, pero no me causó tristeza o dolor. Yo era una tormenta de furia, y él estaba a mi merced. Ahora sabía sobre quien debería descargar mi rabia…

Una parte de mí deseó, por un momento, el estar equivocada, pero mi sentido común me gritaba desesperadamente que lo escuchara, que, por una vez, no cayera ante su encanto, ante el cariño que le tenía, y que abriese lo ojos a la realidad.

-Haz lo que te dicen… -murmuré entre dientes, casi escupiendo las palabras.

-Señorita…

-¡CÁLLATE, MIRANDA! –rugí, venenosa, clavándole la mirada, observando cada uno de sus rostros atemorizados, avergonzados, todos sobrecogidos ante mi súbito ataque de rabia. Pero así me sentía… la desconfianza había calado profundamente en mí- ¡Esto se acaba ahora! ¡Estoy harta de sus mentiras! ¡De su compasión! ¡Estoy cansada de que me alejen de la verdad! ¡Pero ya no va a pasar otra vez! ¡De algo va a servir que estemos todos jodidos en el mismo hoyo! ¡Y tú, Sebastian, vas a ser quien me lo diga! ¡TODO LO QUE SABES! ¡DESDE EL MALDITO COMIENZO! ¡ES-UNA-ORDEN!

Un fuego que no se puede apagar; eso era mi odio en esos momentos…

Por favor… di que no sabes nada

Sebastian levantó la mirada, enfrentando mi rostro envenenado por la rabia; su expresión era la de un fantasma que contempla desde lejos como hunden el último clavo en su ataúd. Derrotado, cansado, su atractivo rostro tan demacrado y golpeado que apenas y quedaba algo de esa arrogancia que solía ser tan irresistible…

Por favor… di que estoy equivocada…

Su respuesta me llegó en el instante en que sus ojos carmesí se apretaron, y soltó un suspiro que sonó adolorido, atormentado. El instante en que remueven la piedra angular de una obra, y todo el edificio se derrumba irremediablemente, sin reparación, sin ninguna oportunidad de detenerlo… La caída, la verdadera destrucción de algo que, realmente, jamás podrá reconstruirse de nuevo…

Cada beso, cada caricia, cada palabra dicha con verdadero sentimiento… todo salió volando como las páginas de un libro que ha perdido su lomo, su costura, y que ya no puede sostener sus hojas en su lugar. La confianza que tanto había tardado en darle, ese amor que le tenía, lo vi escurriendo entre mis manos en el momentos en que lo vi hacer aquel gesto, porque comprendí, desde antes de que abriese los labios, que las palabras que saldrían de su boca serían el tiro de gracia a esa extraña relación que había entre nosotros…

Supe que sus palabras iban a hacerme pedazos, iban a arrancarme el corazón del pecho y hacerlo pedazos con sus propias manos. Aquello iba a dolerme como jamás pensé que sufriría con la traición, porque siempre pensé que él sería tan honesto como puede ser alguien que te ha jurado decir siempre la verdad…

Vi su expresión, el fracaso total en los ojos de un inmortal, y sin hacer nada para impedírselo, sin que él mismo se detuviese, comenzó a hablar…

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La primera vez que vi a Devine fue después de un intento de tomar la Ciudad Blanca. Estaba allí, entre un puñado de ángeles curanderos, atendiendo a los heridos a las puertas de la ciudad, aquellos que no habría soportado llegar más lejos sin un poco de socorro. No había nada de especial en ella, de hecho, no razonaría que la había visto antes, sino hasta mucho después.

Era un ángel simplón e insulso. Había miles mejores que ella en el Escuadrón de Curación. Ni siquiera tenía un rango. Y el General de la Legión Angélica no tenía la menor idea de su existencia en particular, a diferencia de lo que muchos piensan.

La segunda vez que la vi, me encontraba en el bosque retorcido, haciendo algo que no era muy bien visto en los de mi clase. Pero era algo que hice con gusto. Al igual que en la Ciudad Blanca, los demonios ya teníamos categorías, clases, rangos, escuadrones. Todo ese jolgorio representado en el fúnebre cuadro de Brueghel no es más que una ilusión ridícula, la diversión de la plebe. Ningún demonio de clase alto en su sano juicio aprobaría esas conductas.

Yo no era precisamente antiguo, pero ya gozaba de cierta categoría. Fue esa la razón por la cual me entregaron como discípulo a un demonio mucho más joven que yo. Hellich era su nombre. Quizás demasiado inteligente para su edad, demasiado joven para su impetuosidad y demasiado atrevido para su inteligencia; una triada perfecta de caos y curiosidad. El sueño de cualquier tutor. Hambriento de conocimiento, logró ganarse rápidamente mi respeto y confianza. Fue eso mismo lo que me hizo ser su cómplice en cuanto a sus artimañas.

Hacía pocos días, una batalla se había librado fuera de la Ciudad Blanca. Mi aprendiz y yo estuvimos en combate, aunque no juntos. Días más tarde me enteré de algo que sucedió durante la pelea. Un neófito, un demonio de baja categoría había osado tomar una vida que le pertenecía a mi aprendiz, la vida de un ángel, durante la batalla. Era algo que no se podía perdonar, mucho menos a un gusano como aquel.

Matar entre demonios en algo común, pero al igual que en todas las sociedades, era moralmente incorrecto hacerlo en el Infierno a la vista de todos, así que lo llevamos a rastras al bosque, y le explicamos la razón por la cual le arrancaríamos la cabeza. No era que le importase demasiado al comienzo; era un pobre insípido, el cual creía que realmente no nos matábamos entre nosotros y aquello era una mera amenaza. Más pronto que tarde, comenzó a clamar por piedad cuando Hellich trataba de arrancarle las extremidades.

Fue allí cuando apareció Devine.

Estaba asustada, observándonos, ignorando si debería sentir repugnancia ante nuestra presencia o emocionada ante su descubrimiento, y su sorpresa no era mayor que la nuestra. Un ángel fuera de las murallas, indefenso y solo. No se habría podido pedir una presa más fácil. Demasiado fácil, para mi gusto. Sin embargo, Hellich jamás había visto algo así, y su curiosidad fue mayor a su instinto, a su propio orgullo. Lo miré para decirle que no le prestase atención, pero ya se encontraba hablando con ella. Al parecer, el ángel quería hacer un tratado. Devine quería que le perdonásemos la vida al infeliz ese. Nos dijo que haría lo que fuera. Estaba desesperada. No podía culparla, era parte de su naturaleza. Cuando un perro se siente amenazado, gruñirá e intentará morder; es su mismo instinto lo que lo dicta. Eso sucedía con ella. Pero no era así como Hellich lo veía.

No lo detuve en ese momento. Fui estúpido. Pude haberle puesto un alto a aquello. Explicarle que era una pérdida de tiempo, una deshonra a su categoría, que la dejase perecer entre los matorrales. Pero no hice absolutamente nada. Creí que sería una práctica más, parte de una especie de ritual. Aprendería a lidiar con ella, y luego la abandonaría en el bosque.

Sin embargo le pidió una joya de la espada de Miguel. Ella juró que lo haría, por todas las cosas que ella consideraba divinas y sagradas, e hizo que él hiciese lo mismo. Ella volvió muy pronto, y yo no pensé que lo haría. Una parte de mí decía que no era buena idea jugar con esa chica. Le pedí la joya, pero la muy ridícula no quiso entregarla.

Lo hubiese hecho de haber sabido que, así, al no haber hecho un juramento conmigo, al no haberla robado para mí, no habría sufrido el terrible destino que acabó con su vida, y que, consecuentemente, sería el clavo final en el ataúd de Hellich.

Criatura estúpida y soberbia, y aún más estúpida.

Saben lo que pasó. Ya todos sabemos que ella se transformó en una abominación, una criatura que no pertenecía a ningún sitio. Nos marchamos, de vuelta a nuestro hogar, con la sensación de que teníamos un triunfo por encima de los ángeles. Hellich, sin embargo, no parecía del todo satisfecho. No sabría sino hasta días después que fue aquello que Devine le había dicho en su despedida. Quizás por mis propios descuidos, no supe leer las desapariciones de Hellich, sino hasta que hubo un cambio notable en su carácter. Hellich comenzó a tener una especie de fijación hacia todo aquello que nosotros considerábamos correcto. Cuestionaba mis palabras, mis enseñanzas, sus propias acciones y las mías y las del resto. Hablaba de ética, de moralidad. Sus dudas sobre quiénes éramos, cual había sido el propósito de la caída y si realmente estábamos condenados a llevar la miseria al resto del mundo, comenzaron a ser abrumadoras, al punto en el que temí realmente por su vida.

Cuando comprendemos que estamos haciendo algo incorrecto, es sencillo ubicar aquel mal comportamiento, aislarlo y remediarlo. Podemos cambiar quienes somos; nuestra escala de valores, motivaciones, sueños y esperanzas. No es sencillo, pero es posible. Sin embargo, ¿Qué hace un humano cuando se da cuenta que no es su trabajo lo que es malo, ni sus vicios, ni sus enfermedades? ¿Qué pasa cuando empiezas a creer que eres un error, no por tus acciones, sino por tu propia naturaleza?

Un humano no puede renunciar a ser humano, ni un demonio a ser un demonio, y sucede lo mismo con los ángeles. Devine, aun sin alas, sin aureola ni túnica reluciente, seguía siendo un ángel; caído, eso sí, pero no como nosotros, solo otra categoría. Y Hellich, quien se culpaba a sí mismo y a nosotros por el mal que habría en el mundo, por la desolación, la perdición de las almas, el llanto y el rechinar de dientes, acabaría solo de dos formas.

Suicidio o la muerte por los Tribunales Hexagonicos.

Mi primera opción fue hablar con él. Explicarle amablemente que era algo estúpido todo lo que decía. Que ese ángel lo manipulaba. Logré hacer que comprendiera su naturaleza, no como un mal, sino como parte intrínseca de él mismo. Receptivo como siempre, comprendió más de lo que me esperaba, y se apartó de ella aproximadamente una semana. Pero al cabo de varios días, volvió a caer, y regresaba al oscurecer, preguntándome, planteándome escenarios que era criatura le había planteado, preguntándose si realmente eramos felices siendo miserables, que debíamos recapacitar.

Que el Todopoderoso nos perdonaría, si realmente lo sentíamos.

Aquello fue el colmo. Si alguien lo escuchaba decir aquello nos quemarían a ambos. Tenía que acabar con esa locura. Usando mi mejor máscara, le dije que comprendía si era eso lo que quería. Lo traté con amabilidad, de forma que no lo alterase, y pudiera escucharme.

Aquella noche, sin que Hellich me viese o sospechase, me escabullí fuera de las sombras, hacia el interior del bosque. Encontraría a Devine, y la haría pedazos, tan pequeños que ni el mismo Hellich pudiese hallarla y armarla de nuevo. La mataría, estaba decido. Era la única manera de detener las ridículas ideas que esa chica estaba sembrando en mi prometedor aprendiz.

Fue entonces que llegué al claro donde se reunía con Hellich, y no tuve que buscar demasiado. Ella estaba allí, de pie mirándome fijamente… pero no era la misma chica que va aquella vez.

Sus azules ojos ya no parecían dulces y serenos, ni su boca pequeña e inocente, y su misma presencia había perdido esa delicadeza que caracterizaba al escuadrón de curación y a los mismo ángeles. Duros, fríos eran sus ojos, y desprendían una severa inteligencia que era imposible de interpretar, una astucia que resultaba escalofriante. Un fuego crudo ardía tras de su semblante impávido, como si supiera más cosas de las que le estaba permitido. Era como si parte de la oscuridad de Hellich hubiese pasado a ella, y supuse que era eso lo que había pasado; mi aprendiz se había iluminado y ella parecía haberse vuelto más oscura.

Sonreí para mis adentros. Aquello sería interesante.

-Sé que has venido a matarme –dijo de pronto. Incluso su voz había cambiado. Aquella revelación logró sorprenderme, aunque si pensaba las cosas un poco, me daría cuenta de que era fácil de deducir.

Respondí que sí, que había ido por su vida. Que me era necesario acabar con ella. Que estaba estropeando a mi aprendiz, y que con sus estúpidos consejos lo estaba poniendo en peligro. Los Tribunales ya sospechaban de él, y de mí. La única forma de limpiar mi reputación y la del mismo Hellich, era entregarla a los Ejecutores y que ellos la confinasen en los Círculos.

Entonces me pidió que la matase. Allí mismo. Sin que nadie más interfiriese. No comprendí su desesperación por morir.

-Si te mato aquí, Hellich sabrá que fui yo, y nunca volverá a escucharme, y probablemente, acabé muerto por lo mismo –expliqué.

Ella pareció tragar saliva, aterrada. La astucia de sus ojos nunca desapareció, pero se mezcló con el temor que antes vislumbramos en sus ojos, la noche de su caída.

-¿Sabes porque nos mantienen en los templos? ¿A nosotros, el Escuadrón de Curación? –preguntó, su voz temblorosa como una hoja seca al viento. Respondí que no-. Los ángeles nacen para determinado escuadrón. Los dones nos definen. El valor y la velocidad caracterizan a los soldados. La paciencia, la memorización, la facilidad de palabra, a los escribas. A nosotros, aparte de la facilidad de trabajar bajo presión, la humildad, nacemos con la capacidad de ver el futuro de aquellos que nos rodean. Por eso pueden arriesgarnos en batalla; somos demasiado valiosos. Por eso vivimos en la seguridad del templo.

-¿A dónde quieres llegar?

-Predije que vendrías a matarme –exclamó-. Por eso te esperaba aquí. Sé que probablemente no me creas, pero debes escucharme. Hellich está en riesgo…

-Claro que está en peligro, criatura insípida, estúpida –gruñí-. Gracias a tus enseñanzas, a tus sermones idiotas, mi aprendiz corre peligro. Lo has convertido en un ciego, un imbécil corriendo detrás de un ideal que no le pertenece. Lo has hecho odiarse a sí mismo. Y, por consiguiente, ¡los Tribunales lo consideran un traidor! ¡Un poco más de tus palabras, un sermón más, y acabará empalado en una estaca en llamas en el medio del estigma! ¡Y me encargaré de que lo veas, si así acaba todo!

-¡No quería que eso pasara! –dijo, al borde de las lágrimas- ¡Yo solo quería…! ¡Quería…!

-¡¿Qué es lo que querías?! –rugí furioso. Era la primera vez en muchos años que levantaba de esa forma la voz, que perdía así los estribos. Aquella chica me causaba rabia con solo mirarla -¿Otra alma perdida como tú? ¿Venganza contra quien te hizo lo que eres?

-¡Sí! –exclamó de pronto, temblando, como si de pronto el veneno que cuidadosamente contuvo, sin derramar, se hubiese vaciado abruptamente en su interior- ¡Primero quería que conociera el perdón! Pero también quería que se arrepintiera, y que sintiera culpa, ¡y que le doliese lo que me había hecho! Sin embargo, no quiero hacerle daño, y cuando digo que está en peligro, no me refiero que vaya a estarlo, sino que ya corre peligro.

Le pregunté a qué se refería, aun incrédulo. Y también le pregunté cómo sabría que todo lo que decía era cierto. Ella me describió con exactitud lo que pasaría.

Hellich iría a verla al amanecer siguiente. Al parecer, mis palabras no habrían podido convencerlo, y me dijo exactamente lo que yo le había dicho a Hellich. Mi joven aprendiz no estaba de acuerdo conmigo. Iría a buscarla y le pediría que lo llevase a la Ciudad Blanca. Quería ser parte de nuevo de los Inmaculados, y ella sería quien lo llevase. Ambos podrían ser redimidos. Sin embargo, el Tribunal se enteraría de aquello, e irían a buscar a ambos, especialmente a Hellich, por traidor. La Ciudad Blanca no abriría sus puertas lo suficientemente rápido como para poner a salvo a ambos renegados, y el Tribunal se llevaría a los dos a los Ejecutores.

Hellich sería condenado a algo peor que la muerte; sepultado bajo tierra, sin agua, sin alimento, sin aire, nadie podría oír sus gritos por el resto de la eternidad, donde estaría enterrado en silencio para siempre. Ella sería usada como rehén para provocar una guerra contra los ángeles, y yo sería capturado y ejecutado como traidor, o probablemente me dieran la misma sentencia que a Hellich.

Un demonio muerto de hambre es algo insoportable, un espectáculo horroroso.

Le pregunté que debería hacer entonces.

Ella respondió que debía matarla allí mismo, antes de que llegasen los demonios, y esconderla antes de que alguien la viese. No podría hacer aquello, le dije. Hellich era demasiado impetuoso y dramático como para aceptar que hubiese desaparecido. La buscaría, la hallaría, y su destino sería el mismo.

-¡Entonces deja que ellos me lleven! –me dijo, aterrorizada, sabiendo su destino. Una parte de mi, dudaba de ella, pero otra… nadie podría actuar tan bien-. Distrae a Hellich antes de que venga. No lo dejes partir.

-Pero se supone que el Tribunal vendría siguiéndolo

-¡ENVÍA ALGUIEN TÚ, ENTONCES! -gritó. Di un respingo ante el sonido roto de su voz. Ese momento de sorpresa me hizo bajar la guardia. Me astillé los dedos con sus astillas. Me astillé por dentro, y por un instante, sentí compasión por ella, por su situación.

Ah, como la odié por ello. La odié, porqué nadie debería jamás hacerme sentir así.

Así sería, le dije, sin sonreír. Podría haberme burlado de ella, pero no lo hice. Sentí que sería una bajeza. Enviaría, como si nada, a dos lacayos que tenía a mi servicio. Irían por ella en la mañana. Le dije también que, probablemente, no le esperase un final rápido e indoloro. Los demonios de baja categoría no se destacaban por tener dignidad ni honor. También le juré que, si decía algo, me encargaría que sufriera el destino de la Tumba de Silencio. Que yo mismo haría arder su sarcófago una vez que estuviera allí. Todos los días.

Ella asintió, en silencio. Honestamente, me fui de allí sin decirle nada, sin siquiera confiar en ella. Claro que enviaría a mis lacayos, los dos más despiadados que tenía. Claro que evitaría que Hellich fuese a buscarla. Claro que, si osaba traicionarme, me encargaría de hacer su eternidad lo más miserable posible.

Cuando la luz despertó, retuve a Hellich un momento en su cámara. Le hable de lo que discutimos la noche anterior. Le pregunté más cosas, más de lo que sabía sobre el perdón y la misericordia. Era como hablar con un niño en navidad. Me contó todo lo que sabía, todo lo que conoció. Me dijo también, casi al final, que encontraba placer en contar todo aquello, que yo lo encontrase interesante.

Fue en ese momento en el que sonaron las campanas de Caronte, de una forma extraña y bélica. Rápidamente, la noticia de que un ángel llegó a los círculos se regó como pólvora, y Hellich estaba como poseído. Sabía que era ella. Mi joven aprendiz no sabía qué hacer, y tuve que perseguirlo hasta donde se daría la ejecución.

El Estigia era una locura. la mitad del infierno estaba reunido allí, presenciando la tortura más brutal y repugnante que he visto llevar a cabo entre demonios. Y en medio de todos estaba Devine, aguantando todo sin decir una sola palabra. La multitud no le quitaba los ojos de encima, y con cada golpe que le atestaban, un grito furioso se levantaba por encima de todas las cabezas, que respondían con rugidos burlones. Hellich debió ver todo aquello. Me inquietaba que lo presenciara. Me causaba temor que las predicciones de ese ángel se volvieran realidad, que el trauma de verla morir no hiciera más que acentuar sus deseos de redención y muerte.

No quería, en verdad, ver a Hellich morir.

No lo hallé sino hasta varios días más tarde. Estaba devastado, aún más de lo que había llegado a imaginar. Le pregunté donde había estado, que había pasado, pero no dijo ni una sola palabra, no intento explicar nada, salvo una sola cosa; sabía que yo había estado involucrado en la muerte de Devine. Sabía que algo tuve que ver.

No lo negué. Le expliqué las razones de ella, sus motivos para entregarse a la muerte. Ella quería salvarlo, quería evitar que él muriese. Conté sus predicciones, lo que me dijo de que él iría por ella, todas esas cosas. Todo era cierto. Devine tenía razón, en todo, excepto una cosa; ni ella ni yo podríamos salvar a Hellich.

Eso fue algo que ella no predijo, y que yo tampoco me detuve a pensar. Devine vislumbró un futuro desencadenado debido a ciertas situaciones y patrones. Era terrible, y por ese motivo tratamos de evitarlo, cambiando esas situaciones y patrones. Sin embargo, la tragedia estaba allí, esperándonos al final del camino, independientemente de las decisiones que tomásemos. No habríamos podido evitarlo, de ninguna forma.

Luego de que se marchase sin darme explicaciones, me enteré de que Hellich había guardado las piezas luminosas que quedaron del ángel, el cristal en el que se convirtió, y las llevó a las puertas de la Ciudad Blanca. Si buscaba redención, hacerles entender que se arrepentía, o simplemente por honor, es algo que no sé. Fuera como fuera, Hellich se apuñaló a sí mismo con los cristales una vez que se halló en la entrada de la Ciudad. Los vigilantes, demonios y ángeles, lo vieron hacerlo. Estaba muerto antes de tocar el suelo, y para sorpresa de todos, los ángeles se llevaron su cuerpo junto con los cristales.

Los Tribunales no entendieron aquello y fui llamado infinidad de veces para explicar lo sucedido. Afortunadamente, autoridades cercanas a mí explicaron el extraño comportamiento de Hellich debido a la influencia de Devine. Sus pensamientos ridículos, sus motivaciones vacías, todo eso. Yo no tenía nada que ver, no lo induje a ese estúpido modo de vida. La guerra que Devine quiso evitar no se llevó a cabo, al menos, no por las razones que ella afirmó.

Los demonios estaba furioso por lo que Devine hizo. Tenían miedo de que hubiera sido un experimento de los ángeles. Los de mayor categoría, estábamos conscientes de que alguna vez hubo bondad en nosotros, y que, de algún modo, podríamos volver a ello. Si Hellich lo hizo, cualquiera podría. Fue cuando comenzaron las invasiones a la Ciudad Blanca, cuando se desataron batallas sanguinarias y se libraron verdaderas masacres a las puertas de la ciudad, incluso en el mismo infierno. El odio entre ángeles y demonios jamás fue tan palpable y afilado. Aquello habría continuado por siempre, de no ser porque, afortunada o desafortunadamente, ambos mundos, la Ciudad Blanca, el Cielo, y el Infierno, fueron separados por la barrera interdimensional, como es hasta hoy en día. Por otro lado, la aparición de los humanos le dio a ambas razas algo más en que ocupar su tiempo, especialmente porque los humanos eran demasiado parecidos a Devine.

Tanto, al punto en que los demonios llegamos a odiar su capacidad de decidir, de poder sucumbir a la bondad, a la piedad, de poder aprender, y cambiar, y ser buenos y amables.

Igual de insulsos que esa estúpida Devine.

Sin embargo, también sucumbían ante el poder, ante la maldad, la ambición. Robaban, mataban, destruían vidas, ciudades, familias. Como perros rabiosos eran entre hermanos y hermanas, y se hacían la guerra hasta por los motivos más imbéciles. Eran fáciles de convencer, la culpa los podía matar, y a veces, no tenían remordimiento.

Complicados, extraños y excesivamente interesantes… Tan… humanos.

Como Hellich…

Veía su rostro en todos ellos. Su misma curiosidad, su misma necesidad enfermiza de entender y explicarse todo lo que lo rodeaba, incluso cuando sería destruido en el proceso. Comprendí, poco a poco, lo mucho que me cautivaba esa fuerza, esa pasión que tenía por alcanzar fieramente todo lo que se proponía. Era una criatura fascinante…

Y se había ido de la manera más patética posible…

Fue entonces cuando realmente comencé a odiar a Devine, a los malditos ángeles y a los humanos en general. ¿Era acaso una forma de burlarse de nosotros, crear criaturas idénticas a mí aprendiz? ¿Lo hacían como venganza? Deseaba que Devine no hubiese muerto; de esa forma, podría matarla yo mismo.

Ese pensamiento era como las estaciones. Se iba durante un tiempo, y luego volvía, más fuerte, más decidido que nunca. Entonces desaparecía por años, siglos. Se adormecía, a veces por largos períodos, por varias docenas de décadas. Pero el fuego de ese odio nunca menguó. Aumentaba, crecía, era imparable. Llegué a pensar que no tendría paz sino hasta que hubiese cumplido con mi cometido.

Hasta que, un día, como si la oportunidad hubiese caído del cielo o brotado del mismo infierno, allí estaba. Devine había reencarnado, luego de miles y miles de años, estaba de nuevo, andando en la tierra como si nada nunca hubiese pasado, como si no hubiese destruido ninguna vida, ningún estándar.

Como si crimen contra nuestra especie hubiera sido aislado, y las repercusiones no hubiesen herido a nadie.

Como si los Tribunales no odiaran más a los ángeles que nunca. Le dieron cacería a toda la Legión de exterminadores, o eso pensamos, y aquella disputa se volvió algo personal. Los inmortales no vemos el mundo del mismo modo; el tiempo no corre igual para nosotros. Podrán pensar que diez mil años son suficientes como para olvidar ese tipo de cosas, pero no es así. La sangre aún seguía fresca. Demonios de antaño aun escupían sobre la tierra que Devine pisó. El tiempo no había pasado, ni para nosotros, ni para los ángeles. Lo único que sí había cambiado, era que los demás no buscaban venganza de una forma ensañada contra Devine, sino contra su especie. Escupirían sobre los rostros de los ángeles hasta el fin de la eternidad.

Y, del mismo modo, yo no olvidé el rostro de mi joven aprendiz.

En aquel entonces, se supo en el Infierno que la Sociedad Shinigami se encontraba desarrollando un arma sumamente poderosa, hecha con partes de los pedazos sobrevivientes de Devine, de la piedra brillante y clara en la que se convirtió al caer en el Estigia. Al parecer uno de sus más famosos Generales se encontró casualmente con parte de esas piedras cuando recolectaba el alma de un humano que, aparentemente, habría sido elegido al azar para portarla, escondiéndola así de los demonios, lejos de la Ciudad Blanca. Habría logrado combinar esa piedra con otras extrañas reliquias, y se rumoraba que el proyecto tendría un poder más allá de lo imaginado.

Más tarde se supo que el General había huido con el arma, Alma Mater, y que, luego de una desventurada serie de trágicos eventos, perdió a toda su cuadrilla. Se decía que su paradero era desconocido. La verdad es que le hubiese perdido el rastro por completo, de no ser porque llegó, casualmente, al hogar donde nació Devine, reencarnada en un niño de ojos tan azules como los suyos. Pero aquello lo descubrí hasta el momento en el que, como ya dije, insertó el Alma Mater en él, con el fin de mantenerlo con vida.

Ciel Phantomhive era su nombre. Tenía solo dos años cuando recibió el Alma Mater.

Todo esto que me encuentro narrando, no lo vi. Percibía parte de aquello, a través de mis poderes, de la extraña conexión que desarrollé en torno a ella. Llámese traumatismo por la pérdida de mi aprendiz, u obsesión, pero lo percibía. Obviamente, ni ese Shinigami, ni su propia familia, sabían que ese niño estaba más cerca de ser la misma Devine que Ciel; su alma original, al menos, parte de ella, se encontraba en su interior.

Ciel era un niño débil, insulso. A la edad de siete años, no era capaz de leer correctamente, ni siquiera sostener en lo alto una espada. Era torpe, temeroso, y tenía la misma sonrisa estúpida que Devine, y al igual que ella, encantaba a todos los que llegaban a conocerla.

Para mi deleite, fue ese mismo don el que acabó con su familia.

Los Inquisidores, de algún modo u otro, se enteraron de que una de las familias que servía a la Reina tenía bajo su poder el Alma Mater. Para ser más específicos, se encontraba dentro de uno de los hijos…"

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-Secuestramos a todos… -prosiguió Broderick, luego de un momento, un largo y eterno instante de silencio. Se paseó por la sala, ondeando su larga capa tras de él-. a los cuarenta y dos niños, hijos de las familias que velaban por Su Majestad.

No me miró, en ningún momento. No sabría decir, la verdad. En esos momentos, no sabía que pensar. Me sentía como en esas experiencias extra corporales que pasan por la televisión, donde supuestamente, te ves a ti mismo, acostado, durmiendo, mientras tú flotas por encima, incapaz de hacerte volver en sí.

Tenía la sensación de estar en el medio de un río sinuoso, sin un solo remo, sin poder evitar que la corriente me llevase con ella. Me alejaba de lo que era, de quien era, de lo que creía ser. De quien quería ser. Las palabras de Sebastian no llegaron lentas a mi mente. Tampoco se abalanzaron sobre mí. Era sorprendente que el tiempo no se hubiese detenido, ni que tuviese la sensación de que podría tratarse de solo un sueño.

Su voz me llegó suave, como siempre lo hacía. Llegó como las horas; puntual, seguro, sin atisbo de duda. En ningún momento pensé cosas como "¡Es mentira!", "¡Aquello no puede ser!" o "¡Dime que no es cierto!". Ahora que lo pienso, tampoco me sucedió aquello con Undertaker. En el fondo, una parte de mí, la parte de mi alma que pertenecía o que era el Alma Mater, quizás sabía que sus palabras eran ciertas. Quizás, en el fondo, ya sospechaba todo aquello.

Hice un esfuerzo por tratar de recordar algo, pero lo único que veía, era un extraño valle desolado. Una idea me asaltó de pronto.

-Un valle desolado… -susurré, casi a media voz. Mis ojos estaban en el suelo, pero de alguna forma, la preguntaba iba dirigida a Sebastian-. Vi una vez algo así… Fue como un sueño. Aquella noche que me sacaste inconsciente de la Mansión Bell… tuve sueños muy extraños… Vi a tres criaturas peleando… y luego, una de ellas gritaba desesperadamente…

Entonces, levanté los ojos. Nada podría haberse leído en mi mirada, porque yo misma estaba vacía, no sabía que sentir, que pensar. Quizás, todo lo que debería haber en mis ojos, estaba en los de Sebastian. Era como tratar de ver a través de aguas turbias. Demasiada contaminación, demasiada basura, desperdicios, odio y más y más basura asquerosa y repugnante.

-¿Qué más…? –pregunté, aun sin alzar la voz. Los Inquisidores se miraron entre sí, y un finísimo barullo se elevó suavemente por la sala. Undertaker apretaba los dientes. Sylvette estaba a mí lado, y no necesite mirarla para saber que, en sus ojos, encontraría lo mismo que en los míos- ¿Qué más tienes para contar?

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Debido a que los Inquisidores se hallaban ocupados cubriendo sus huellas de todas las familias que ejecutaron, encargaron el rastreo del Alma Mater a una de sus subdivisiones, especializadas en el rastreo. Para su desgracia, hubo un error en el papeleo. Alguien equivocó las direcciones, y en vez de sellar el trámite para el escuadrón 5, la humedad y la tinta gastaron una broma, y el permiso de utilizar a los niños fue otorgado al escuadrón 9. Dicho escuadrón era liderado por varios fanáticos, entre ellos, el hombre conocido por los Phantomhive como el Barón Kelvin.

A diferencia de la división central de Inquisidores, ellos creían que, con el poder de un demonio, podrían deshacerse de los Shinigami para siempre. No eran muy inteligentes, ni muy útiles, pero eran refuerzos. El problema fue que nadie supervisó aquello. Había caos en la Central. Confiados en que los niños estaban en buenas manos, no sabrían, sino hasta que era demasiado tarde, que los niños eran utilizados en rituales sangrientos y barbáricos, con el fin de invocar un demonio.

A mí.

Aguardé, pacientemente hasta que el momento llegó. Hasta que, una noche, algo, un poder sobrenatural y extraño abrió una brecha, la garganta entre el Infierno y la Tierra de los Vivos, llamando a un espíritu en particular. Una criatura, al igual que sucede en todas las invocaciones, que estuvo relacionada con el invocador, o con su familia, en algún instante de la historia de su existencia…

Fui invocado en el medio de una carnicería. Había un cuerpo destazado en el altar; una mancha sanguinolenta, una masa de piel sangrante y deforme que apenas se reconocía como el cuerpo de un niño. Cantos y coros se alzaban a mí alrededor, y no tardaron en llegar peticiones estúpidas y vanas, tan usuales como las que tuve durante mis miles de años de existencia.

Pero no perdería mi tiempo en ellas. No cuando tenía, aquella alma por la que había esperado miles de años para devorar lenta y dolorosamente. Un alma que resultaba particularmente deliciosa; el corazón de un ángel sumido en el más pútrido y repugnante odio latente que jamás se halla visto.

Y su primera orden no me decepcionó.

"¡Mátalos a todos!" bramó. Y yo lo hice. Era delicioso percibir como su blanco corazoncito comenzaba a mancharse de la más tenebrosa podredumbre. Un niño sediento de sangre. Hambriento de destrucción y venganza. Era delicioso.

Al menos… lo fue al comienzo.

Ciel seguía siendo un imbécil. Y un imbécil en todo el sentido, amplitud y perfección de la palabra. No tenía idea de cómo llegar a casa. Ignoraba por completo tantas cosas, que me resultaba sorprendente que fuera un noble, y sus manías eran realmente insoportables. Para empeorar las cosas, su comportamiento había cambiado. El niño dulce y amable desapareció sorprendentemente rápido, como si ese lado de su personalidad jamás hubiese existido. Había un muro de hierro a su alrededor, y jamás dejaba que sus sentimientos, a menos que fuesen para expresar un profundo desagrado, saliesen a flote.

No era que no fuese normal; había pasado por un trauma profundo y lacerante. Jamás vería el mundo de la misma manera. Pero… había cambiado demasiado, incluso para ser un humano. No había ligeros atisbos de la persona que fue. No había flashes de ternura, más que los de su propia expresión; lo esperado, tratándose de que llevaba dentro parte del Alma de Devine.

Para mi sorpresa, muchas de las artes que pasó años tratando de aprender en su niñez, las dominó en muy poco tiempo, cuando me volví, no solo su mayordomo, sino también su tutor. Era un férreo alumno, duro de roer. No importaba cuantas veces fallara, ni cuanto le costase lograr lo que deseaba, lo conseguía. Había una voluntad sobrenatural dentro de sí, y aunque no hacía preguntas frustrantes como un niño pequeño, sabía hacer las preguntas adecuadas para responder toda la inmensidad de sus dudas. Era cuidadoso con lo que hacía, sigiloso en sus actos y totalmente frío y sin consciencia a la hora de tomar una vida.

Más que a Devine, me recordaba profundamente a Hellich…

Pasamos mucho tiempo como amo y sirviente. Vivimos tanto como destruimos. Ciel iba por la vida dejando en camino carmesí tras de él, y evidentemente, las criaturas y sus enemigos iban tras de él…

Lo primero a lo que nos enfrentamos fue a los ex miembros del Circo de El Arca de Noah, aquí presentes la mayoría. Kelvin era su protector. Fue personalmente Ciel quien me pidió acabar con ellos. Más tarde llegaríamos al Campania, al colegio Weston, y, mucho más tarde, a Alemania.

Durante nuestra misión en Alemania, fue cuando comencé a darme cuenta que, el cambio radical en la personalidad de Ciel, luego de su secuestro y la matanza de sus padres, no era tan normal como parecía. Una noche, fuimos atacados por una supuesta niebla embrujada. Más tarde sabríamos que era gas mostaza. Ciel resultó gravemente herido, y durante el proceso de salvarle la vida, algo sucedió en su cabeza. El antiguo trauma, la matanza, la sangre…

Al otro día, Ciel no era él mismo. Actuaba como el niño pequeño al que conocí alguna vez, a través de mis poderes. Temeroso, asustado. Tenía los mismos ojos tímidos de Devine, y la fiereza que lo caracterizaba había desaparecido. En aquel entonces lo atribuí al trauma, a los recuerdos, y cuando a los pocos días se recuperó, deje de prestarle atención a ese pequeño detalle, y lo tomé como un simple momento de debilidad.

Sin embargo, debí prestar más atención a las señales que me llegaban con el pasar de los años.

A lo siguiente que enfrentamos, fue a un ángel exterminador, Ash, también llamado Ángela. Al comienzo, le di sentido al ataque. Quería purificar aquel fragmento del alma de Devine que yacía dentro de Ciel. Alejarlo de la oscuridad que yo simbolizaba. Sin embargo, hubo algo que ella me dijo; aquella era un alma pura en un contenedor sucio. También, en algún punto determinado, me dijo que Ciel no era el tipo de alma que pensaba que los demonios buscaban devorada. No le presté demasiada atención.

Al final, resultó que estaba loca, y tanto Ciel, como yo, erramos al pensar que era ella la culpable de la matanza de los Phantomhive.

El contrato se había terminado.

La noche que iba a devorar su alma, que en realidad no planeaba devorarla del todo, sino llevarla al Infierno y ajusticiarla allí yo mismo, algo inesperado ocurrió.

El alma de Ciel fue robada, justo en el momento en el que sello desapareció y su alma quedó libre de ataduras.

El culpable, era nada más y nada menos que Claude Faustus. Él, al igual que muchos demonios, ansiaba el alma de Ciel para sí mismo, pero se encontraba sirviendo a un mocoso despreciable. Alois Trancy era su nombre. Al parecer, Claude le hizo creer que había sido yo el culpable del asesinato de su hermano y el incendio de su villa. Le hizo creer que deberían vengarse de mí, arrebatándome lo que más preciaba en esos momentos; al mismísimo Ciel.

Sin embargo, Ciel en aquellos instantes no tenía un cuerpo. Su alma estaba en posesión de Claude, pero este solo la había robado con el propósito de evitar que yo lo devorase. Su alma, había sido sellada en la sortija del cabeza de la familia Phantomhive… la misma que llevas ahora, Elisse…

Hasta mucho después, no sabría que aquella piedra era la misma que, curiosamente, Hellich le ordenó a Devine robar. No tengo la más remota idea de cómo llegó a los Phantomhive, pero sí sé porque logró contener el alma de Ciel, y porqué te hizo recordar gran parte de tus antiguos recuerdos; aquella piedra era el Ojo de Lucía; nombrada así muchos siglos después. Una joya capaz de iluminar los sitios más oscuros y tenebrosos. Siempre pensé que lo hacía en modo literal, pero también "iluminó" tu mente, te reveló gran parte de la verdad…

Yo mismo utilicé aquel poder, sin saberlo, para regresarle su alma robada a Ciel. Sin embargo, él no recordaba absolutamente nada de Ángela, ni de la conclusión de nuestro contrato. Yo no podría reclamar su alma, debido a que el asesino, supuestamente, había sido castigado ya.

Fue cuando decidí hacer un pacto con Claude. Él le haría sospechar a Ciel que fue quien asesinó a los Phantomhive, mientras que él y yo competíamos, en parte, por su alma.

Sin embargo, las cosas se complicaron.

Claude asesinó a Alois; no le importaba su contratista, salvo sus recuerdos. Entonces tomó a Ciel, y tras una serie de torturas, confusiones, logró mezclar los recuerdos de Alois con los del Conde, y finalmente, le hizo pensar que el verdadero asesino de los Phantomhive no era Claude, sino yo mismo…

Pero no dejaría las cosas así. Para mi suerte, Ciel no había hecho aún un contrato con Claude, de modo que yo aún seguía siendo, oficialmente, su contratista.

El destino estaba en contra de Claude aquella noche. Una parte del alma de Alois, aquella que se había integrado a Ciel a través de sus recuerdos, entendió que su demonio jamás le daría importancia. A Claude le importaba un comino lo que sucediese con él, y Trancy comenzó a sentir un odio profundo contra Faustus.

Todo hubiese salido bien para Ciel y para mí, de no ser por Hannah. Hannah Anafeloz también era sirviente de Trancy, pero a este le causaba repugnancia su presencia. No entendió porque ella le tenía tanta paciencia, hasta que le reveló la razón: ella era quien había matado a su hermano. Él le había agradecido, aun cuando ella lo mataría, porque finalmente, logró cumplir el deseo de su hermano. Aquella muestra de dulzura y amabilidad la quebró, del mismo modo en que Devine acabó con Hellich., y ahora ella, estaba dispuesta a dar la vida por Alois…

Y a hacer un contrato con él, cumpliendo su última voluntad…

Alois no lo sabía, dudo inclusive que Hannah y que Claude supiesen algo, de lo que sucedería al momento de hacer su petición. Alois y Anafeloz murieron aquella noche, yéndose satisfechos a la tumba, porque, supuestamente ellos, había robado la parte mortal del alma de Ciel. El plan era simple; al hacer esto, Ciel perdería su capacidad de morir, y pasaría el resto de sus días viviendo, sin envejecer, condenado a ser lo que Devine fue en algún momento…

Pero cuando toqué el cuerpo de Ciel, solo con rozarle la piel, comprendí que las cosas no resultaron como ellos, ni como yo, esperábamos.

Ciel no murió. Se volvió un inmortal, pero no como Devine. Aquella noche, Ciel regresó a la vida nada más y nada menos que como un demonio…

¿Qué sucedió? Me preguntaba aquello una y otra, y otra, y otra vez. Un humano no puede volverse un demonio así de simple. Ni siquiera comparten alguna fibra de su naturaleza. Un demonio alguna vez fue un ángel, así que puede volver a serlo, al igual que un Shinigami y un humano. Pero un humano y un demonio se encuentran en extraños opuestos, completamente separados...

La única forma de que Ciel pudiese volverse un demonio, era que, en su interior, hubiese alguna parte demoniaca, durmiendo, esperando a ser despertada…

Entonces las olvidadas palabras de Ash y Ángela volvieron como el fuego a mi mente.

"Aquel era un contenedor impuro para un alma divina"

"No era el tipo de alma que los demonios buscábamos devorar"

Hice un esfuerzo, entonces, para recordar al niño que yacía muerto, destazado, sobre el altar de piedra, la noche que me invocaron. Mi mente sobrenatural me arrojó una imagen detallada de la situación de aquella noche, los gritos, los cantos y el fanatismo, la demencia, la masacre. Una figura humana en el medio de una piscina de sangre. Observé a Ciel gritar desde su jaula, encerrado como un animal salvaje, su rostro desencajado por el horrido espectáculo que se llevaba frente a él, sus gritos…

El rostro del niño del altar estaba manchado de rojo, de sangre ennegrecida por la suciedad y se derramaba sobre el orín de las ratas. Pero era su rostro el que me importaba…

Bajo la gruesa capa de sangre, la mirada perdida y torva, los pómulos desgastados por la desnutrición, descubrí, finalmente, la verdadera cara de ese niño…

Y comprendí…

Su radical cambio de comportamiento, su falta de conocimiento sobre materias y temas que cualquier noble debería conocer y balbucear desde que comenzaba a reptar por las alfombras. Su súbita capacidad de aprendizaje, su tenacidad, la furia que parecía contener, su incapacidad de mostrar culpa o arrepentimiento al asesinar, al ordenar matar. La ausencia de muchos modales al comienzo, la frialdad con la que trataba a la familia que supuestamente adoró en algún momento…

No podría haber sido diferente; porque él niño que volvió, no era el mismo que alguna vez convivió con ellos…

Era, realmente, otra persona… La única explicación que pude darle a las pocas cosas que tenían en común, que sería confirmada más tarde, era que entre esas dos personas, que aparentemente jamás se conocieron, eran que tenían la misma sangre corriendo por sus venas.

Ciel tenía un hermano… un gemelo…

Todos los puntos se unieron completamente en mi cabeza.

Devine desapareció el día aquel en el que fui invocado. Su alma no estaba allí cuando yo me hice presente… Jamás lo noté, hasta ese momento…

Devine era el niño que se encontraba muerto, eviscerado en el altar de piedra; Devine era Ciel…

Pero, si Devine era Ciel… ¿Quién era esa criatura desconocida que me hallaba sosteniendo en brazos? ¿A quién estuve corrompiendo para devorar todo ese tiempo…? ¿Quién era? Y, ¿por qué… por qué había desarrollado esa enfermiza necesidad de protegerlo, de cuidarlo, de guardarlo de todo peligro…?

La respuesta llegó más veloz de lo que pude soportar…

Todo tuvo sentido entonces…

Por eso fue tan fácil corromperlo. Por eso él mismo encontraba placer en todo el tipo de monstruosidades que me ordenaba hacer y que él llevaba a cabo a veces con sus propias manos.

A quien yo había cuidado todo ese tiempo, no era más que la criatura que tanto me había dolido perder miles de años atrás…

El único ser por el cual realmente habría dado mi propia vida por salvar.

Mi aprendiz.

Hellich….

o.o.o

Son las 3:40 de la mañana y tengo mucho sueño xD

Espero que con este capi queden las cosas un poco más claras, y que sus teorías vayan ya tomando forma.

Espero les haya gustado :D

¿Merezco un review? :v

Sin más que decir, salvo que cualquier duda no teman comunicarlo :) nos estamos leyendo!

Hasta la próxima.

Slinky-Pink-Senpai.

Hellich = Jelik