Estoy haciendo pequeños garabatos en la tierra de la entrada cuando Peeta me avisa de que la cena está lista. Me da rabia que él también sea capaz de captar mi inexperiencia, mi inocencia, pero intento parecer seria y tranquila. Sin embargo, aunque estoy contenta por poder cenar con él sin tener que excusarme por hacerlo, sé que no tengo ningún pretexto para quedarme más en su casa sin exponer mis sentimientos.
- ¿Qué hacías? - me pregunta cuando ambos nos sentamos alrededor de la mesa. Hay una fuente verduras y arroz cocido con una especie de salsa pastosa de tono naranja. Agradezco no haber hecho la cena, hubiera sido un completo desastre.
- Nada interesante.- respondo sin demasiado interés, dándole vueltas al hecho de que voy a tener que regresar a la soledad de mi casa.
Peeta nota algo en el ambiente, que estoy dándole vueltas a algo, pero permanece en silencio y me observa mientras come. Disimula muy bien, pero sus ojos azules son demasiado intensos para que no me dé cuenta. ¿Qué excusa pongo? "Peeta, quiero estar más en tu casa porque me siento sola"…, no, demasiado dramático; "Peeta, quiero quedarme aquí para estar contigo, no quiero que nos separemos"…, no, demasiado romántico (aunque sea la verdad). ¿Qué demonios digo?
- Me ha gustado eso de convivir contigo, a pesar de tu mal despertar.- comenta, asustándome. ¿Me lee la mente?
- Sí, ha estado bien.- ese era el momento justo, el momento en el que debería haber dicho que quería quedarme indefinidamente, pero oírle hablar en pasado ha deshecho la poca fuerza que me quedaba para decirlo.
Yo quiero quedarme, él quiere que me quede, pero ninguno de los dos es lo suficiente valiente para decirlo en voz alta. Yo tengo miedo de exponerme y a él le da pavor mostrar su interés tan desinteresadamente sin recibir nada a cambio. Es mi turno, tengo que mover ficha.
- Mañana por la mañana vendré, tenemos que seguir con el cuadro, ¿no?- ¡estupendo, Katniss!
- Haré panecillos.- oculta su decepción.
El ambiente es tan tenso que me atraganto un poco al tragar la comida y empiezo a toser. Él me mira, buscando mis ojos, como si quisiera decirme: "Voy a decirte que sí, pídemelo". Inspiro, rehuyendo su mirada, e intento encontrar la manera de decirlo.
- Ya te he molestado bastante.- es lo único que me sale.
- No, no me molestas. A decir verdad, esto de vivir solo es un poco triste, la casa es demasiado grande para mí.- me sonríe.- Aunque puede que sea cierto que cada uno necesite su espacio.- no lo piensa, pero lo dice. Supongo que es una dosis de mi propia medicina.
Estoy tan decepcionada conmigo misma que me paralizo, soy incapaz de decir nada. ¿Por qué actúo así? Él no va a rechazarme, ¿de qué tengo miedo? Supongo que tengo miedo de amarle, no quiero hacerle daño.
Mi silencio es permanente durante el resto de la cena y hasta que él me lleva hasta la puerta. Vamos Katniss, dile que quieres quedarte, díselo de una vez por el amor de dios.
- Hasta mañana, descansa.- me acaricia la mejilla con discreción y me sorprende la facilidad con la que pasa por alto mis rechazos, ya que está sumamente acostumbrado a ellos.
Dilo, dilo, es el momento, ¡dilo!
- Buenas noches.
- Buenas noches.- responde, dedicándome una cálida sonrisa antes de cerrar la puerta.
Cuando noto la madera de la puerta enfrente de mi nariz, no necesito más señales para ser consciente de que no hago más que fastidiarla. Debería dejar de tener miedo y disfrutar, no pensar, simplemente debería dejarme llevar. Inspiro, anulo cualquier mecanismo de reflexión que pueda impedirme hacerlo, y, aunque han pasado escasos segundos desde que ha cerrado la puerta, llamo. Él tarda milésimas de segundo en abrirla, por lo que me doy cuenta que también se había quedado frente a la puerta, posiblemente pensando en lo torpes que somos, y me abre con un enorme brillo en sus preciosos ojos. No va a pedirme explicaciones, aún puede esperar un poco más a que yo sea capaz de decir en voz alta mis sentimientos.
- Hola de nuevo.- carraspeo, sonrojada.
- ¿Te has dejado algo?- me pregunta, aunque está tan impaciente porque entre que me entra la risa.
- ¿Puedo pasar?
- ¡Por supuesto!- casi me empuja adentro.
- He pensado que…, no está mal eso de convivir…
- Y las pesadillas…, eso también es bueno…- intenta convencerme, resultando exageradamente adorable.
- Sí…- asiento, muerta de vergüenza.
- Bienvenida a casa.- me sonríe y me siento la mujer más afortunada de toda la faz de la tierra.
Vuelvo a ponerme el pijama de su madre y ambos subimos a la planta de arriba sin intercambiar muchas palabras, como si tuviéramos miedo de nosotros mismos. ¿A quién queremos engañar? Ni yo duermo con él por las pesadillas ni él lo hace para tranquilizarme. Ya no somos los niños que éramos durante los Juegos, estamos dejando atrás la adolescencia, y lo que parecía un gesto inocente, ya no lo es, está lleno de connotaciones e intenciones.
Estoy tan nerviosa que me meto en la cama como si mis articulaciones fueran de madera, pero intento no cubrirme con la sábana hasta arriba para evitar que piense que le tengo miedo. Tengo que aparentar ser una mujer experimentada, natural, pero lo cierto es que aparentar se me da muy mal y mis experiencias amorosas se reducen a besos sin demasiada pasión y a caricias de borracha (¡menuda carta de presentación!).
