INTERCAMBIO
Capítulo 46
Choque
Cuando los magos —y Percy— bajaron del dragón, los semidioses formaron un círculo compacto y a la defensiva (aunque parecían algo curiosos de los recién llegados) alrededor de ellos. Por alguna razón, Percy notó, ninguno llevaba armas. Tal vez lo había pedido Harry y si era así, estaba satisfecho. Los griegos no eran nada si no un grupo de testarudos (lo heredamos, supongo, pensó Percy con sarcasmo), y si Harry había logrado hacerlos deshacerse de sus armas frente a un grupo posiblemente armado de potenciales enemigos, Harry había ganado su confianza. Al menos lo suficiente para unir los mundos —o eso esperaba Percy.
Percy bajó del dragón. Algo torpemente, pero ni de lejos lo torpe que hubiera sido de haber antes de su primer verano en el Campamento Mestizo.
Percy miró alrededor y, sorprendentemente, no pensó en Calypso, aun cuando toda la isla estaba plagada de memorias con ella en la mente de Percy. Él buscaba a Annabeth con la mirada, y no lograba encontrarla.
El soltó un suspiro de decepción y frustración. Maldita sea, Percy comenzaba a dudar que Annabeth hubiera estado aquí en un principio.
Tal vez todo esto era una trampa.
Los magos gritarían traición y se negarían a otra tregua.
El mundo sería reinado por dos dictadores que odiaban a los mortales, y, eventualmente, uno mataría al otro y el mundo se conformaría completamente de sombras.
Percy meneó su cabeza para despejar su mente y procedió a ayudar a bajar a las personas, quienes, a su vez, ayudaban a bajar a más personas. Gradualmente, los griegos comenzaron a formar una figura más grande, dándoles más espacio a los magos.
Percy, mirando alrededor, comenzó a reconocer caras. Se dio cuenta de que se preparaban para ejecutar la formación de guerra que Clarisse había enseñado al campamento —después de la guerra con en el Laberinto, querían entrenarse para cualquier cosa—. La formación consistía en avanzar y hacer al enemigo encogerse, orillarlo en una dirección.
Percy recordó con nostalgia como Annabeth había opinado que asignaran personas específicas para estar al frente la formación y Percy sugirió que usaran a los líderes de cabaña. Percy recordó con diversión como Annabeth y Clarisse lo habían mirado con una mezcla de irritación y sorpresa. Como si ambas estuvieran deseando haberlo dicho antes.
Percy sabía que no muy seguido hacia un comentario "inteligente", y, aunque se había sentido algo indignado por sus miradas, ahora solo lo recordaba con diversión.
Percy suspiró lánguidamente.
Quería ver a Annabeth.
Mientras registraba a las personas —brevemente—, Percy esbozaba pequeñas sonrisas. Reconocía caras y esas caras le devolvían sonrisas sorprendidas. Percy sintió un sentimiento cálido en su pecho al notar que los mestizos murmuraban su nombre.
Y justo en ese momento, los griegos se hicieron a un lado, casi nerviosamente.
Y es cuando Percy vio a Annabeth.
Annabeth corría por el pasillo que hicieron los semidioses hacia Percy e, inconscientemente, Percy hizo lo mismo.
El mundo se esfumo cuando sus labios se tocaron. Demonios, podría decidir hacer combustión espontánea, pero Percy no se habría inmutado. Con uno de sus brazos rodeando la cintura de Annabeth, su otra mano acariciando su mejilla y con las manos de Annabeth recorriendo su cabello, dudaba se capaz de hacer algo.
Gradualmente, Percy envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Annabeth, y Annabeth, siendo recíproca, envolvió sus brazos alrededor del cuello de Percy.
Annabeth, pensó Percy soñadoramente.
Su cabello había crecido casi imperceptiblemente, notó cuando la había visto. Sus ojos tenían una delgada capa de lágrimas cuando ella lo vio a él, brillantes. Llevaba puesta una blusa del Campamento Mestizo y unos short de mezclilla.
—Dioses, Annabeth —murmuró Percy contra sus labios, y, lo siguiente que sabía, Annabeth le había hecho una llave de yudo.
Annabeth miraba con intensidad la pantalla de su laptop dentro de la cabaña de Atenea. No estaba haciendo nada, y había pasado la noche en vela, pero se negaba a ir afuera a esperar a Percy. Por lo que sabía, sus esperanzas eran falsas y él jamás volvería. Y eso le rompía el corazón, la idea de esperar, día y noche en la playa de Calypso por algo que podría jamás suceder. Volverse vieja, pero negarse a rendirse.
Annabeth reprimió un sollozo.
Él vendrá, se dijo, Percy llegará pronto. Yo solo no lo estaré esperando.
En ese momento, Malcolm atravesó la puerta apresuradamente y, jadeando, se apoyó contra el marco de la puerta.
—Playa… —jadeó— Percy…
Annabeth abrió los ojos ampliamente y, un segundo después, ella estaba fuera de la cabaña y corriendo hacia la playa.
No fue difícil encontrarlo.
Había una multitud de semidioses rodeando a los recién llegados y… ¿a un dragón? Annabeth lo quitó de su mente cuando vio que el dragón no mataba a nadie y corrió hacia la multitud.
Cuando llegó hacia ellos, vio a una hija de Apolo inclinarse a un hijo de Afrodita. Le susurró algo al oído y luego, le hicieron espacio para pasar a Annabeth.
Gradualmente, no eran solo ellos quienes se habían movido. Los campistas habían formado un pasillo para dejar pasar a Annabeth y ella podía ver a Percy claramente.
Y corrió. Percy también. Sintió que corría más rápido que nunca en su vida, pero no era lo suficientemente rápido. Después de lo que se sintió como una eternidad, Annabeth llegó hacia él.
Sintió como él la alzaba un poco del piso, presionándola contra él. Su mano atenazaba su cintura de una manera placentera y su mano acariciaba con suavidad y delicadeza su mejilla. Por su parte, Annabeth había hundido sus manos en el cabello de Percy. Tan desordenado como antes, igual suave.
Mientras el beso se volvía más intenso, Annabeth envolvió sus brazos alrededor del cuello de Percy, intentando acercarse más a él. Percy hizo lo mismo, envolviendo la cintura de Annabeth fuertemente con sus brazos, como si planeara mantenerla con él por siempre.
Y Annabeth se sentía feliz.
Annabeth sintió sus labios sensibles y aun saboreaba el sabor salado de Percy cuando se separaron para respirar, y sintió el aliento de Percy acariciar sus labios.
—Dioses, Annabeth —susurró él.
Annabeth agarró su muñeca y lo lanzó por encima de su hombro. Ella puso su rodilla sobre el pecho de Percy y su brazo contra la garganta del chico. Honestamente, no era racional, pero esa sensación de fría furia que recorría sus venas y el bulto de preocupación y ansiedad que se había instalado en su garganta y al que Annabeth se había acostumbrado había logrado que Annabeth dejara de preocuparse por la alianza entre magos y semidioses.
—Si me vuelves a dejar —dijo, con sus ojos llenos de lágrimas, su voz temblando—, juro por todos los dioses que…
Percy rio. Una risa rica y agradable que logró derretir cualquier emoción negativa dentro de Annabeth con una facilidad inconcebible.
—Me considero advertido. —Percy sonrisa torcida—. Yo también te he echado de menos.
Annabeth apretó sus labios para contener la sonrisa que amenazaba con tomar su cara y ofreció su mano a Percy. Cuando él se levantó, quedaron a solo centímetros. Quería volver a besarlo, pero se contuvo. Ya había sido lo suficientemente descuidada durante hoy.
Harry adelantó un paso desde la multitud.
Podía escuchar los susurros que venían desde el otro equipo. Frenéticos, felices, aliviados.
—Hey —saludó Harry patéticamente—, es bueno volver a verlos.
Y lo parecía. Él tenía una sonrisa tonta en el rostro.
Annabeth examinó a los magos. Había varios grupos. Cinco, de dos personas cada uno y todos se mantenían juntos, frente a un grupo de alumnos. Excepto unos, había un par que estaba más cerca de nosotros y los vi mirar a Percy casi con confianza ciega.
Una de ellas era una chica, lo que hizo a Annabeth pensar que, quizás… ella y él… pero no. La chica parecía cercana al chico junto a ella románticamente.
Al ver a Harry, uno de los pares se adelantó y alguien en el grupo a sus espaldas también lo hizo. La pareja era desigual. La chica tenía el cabello castaño y ojos del mismo color, con una piel pálida. Sus manos estaban entrelazadas con los del chico a su lado, pelirrojo, muchas pecas, y ojos azul cielo. No hacía falta un genio para ver que ella era inteligente y él… él no tanto.
Pero Annabeth sería hipócrita de pensar que eso debilitaría de alguna manera su relación. La fortalecía, los complementaba.
La otra chica, la que se movió a sus espaldas, era fuerte. Era valiente, como Annabeth notó en el resto del grupo a las espaldas de la pareja. Su cabello había sido recogido en una cola de caballo alta, y sus ojos azules brillaban con lágrimas mientras miraba a Harry.
¿Sería posible que fuese su novia?
Pero antes de que sucediera nada, Harry y la pareja caminaron hasta encontrarse en el terreno medio. Los griegas se habían retirado a un lado, al contrario al que estaban los magos. Si era para darles su espacio o porque se sentían incómodos cerca de ellos, Annabeth no lo sabía, probablemente ambos.
Sin decir palabras, la chica sacó sus brazos y los envolvió en los hombros de Harry. Harry sonrió y la abrazó de regreso unos segundos, antes de separarse y abrazar al chico brevemente.
Entonces, la pareja se volvió en la dirección en que estaban Percy y Annabeth. Percy tenía su brazo alrededor de la cintura de Annabeth, y Annabeth alrededor del cuello de Percy.
—Chicos —dijo Harry—, ellos son Ron y Hermione. Salen desde el verano, pero no se les acerquen. Pelean demasiado como para mantenerte media hora sin dolores de cabeza.
Thalía, quien estaba cerca, bufó.
—No sé a quién me recuerdan —murmuró Nico, a su lado.
—¡Tú no puedes saber eso, Harry! —protestó Ron.
—Nos conoce Ron —le recordó Hermione.
—¡Pero el no puede saber eso!
—Wow —murmuró Thalía, enfatizando los movimientos de su boca.
—Cállate —siseó Percy.
—Tu primero.
Percy rodó los ojos.
—Eres mayor que yo, deberías ser más madura.
—Tengo quince años por siempre —replicó, enseñándole la lengua—. ¡No tengo por qué!
Al otro extremo del área, donde se encontraban los magos, Annabeth pudo ver a una chica. Estaba lo suficientemente cerca para escuchar la conversación, como el resto, y podía verla palidecer y Annabeth creyó leer sus labios decir—: Oh, dios.
—Chicos —llamó Annabeth—. Compórtense, las personas confían en nosotros.
Eso bastó para hacerlos regresar a la realidad, por suerte.
Annabeth dio un paso al frente y carraspeó.
—¿Por qué no vamos al Pabellón del Comedor? —sugirió, echándole un vistazo al cielo. Era mediodía—. Estábamos a punto de comer.
Los magos comenzaron a murmurar entre sí y Percy se inclinó ligeramente hacía el oído de Annabeth.
—Eran las ocho de la mañana cuando salimos de Hogwarts —explicó.
—¿Hogwarts? —inquirió Annabeth alzando una ceja.
—Es su Campamento Mestizo —contestó Percy con una sonrisa.
Annabeth guardó esa nueva información en un rincón de su mente, para examinarla luego. Era algo injusto por su parte, pero no iba a tomarlo en cuenta cuando su casa podría estar en peligro.
¿Habría estado en lo correcto al llamarlos?
Todo sería culpa de Hera si salía mal. Ella intercambió a Percy por Harry.
Y Annabeth no dudaba que el resto de los dioses la harían pagar si algo sucedía.
Lo único que advirtió a Harry fue una ligera brisa.
Y, aparentemente, a Percy también.
Era una brisa fresca, lejana y poderosa… incluso un poco acogedora. Eso último recordaba a Percy a la diosa del hogar, Hestia. Esperaba que ya le hubieran creado un altar aquí y que no siguiera en el campamento.
Al sentirlo, Percy exclamó—: ¡A un lado! —a Harry.
Al ver que él no se movía, Percy lo tacleó, para que un momento después, una mujer, formando un remolino de color, apareciese, sonando como un «woosh».
Era una mujer. Su cabello era rubio platinado y tenía ondulaciones marcadas, con largo hasta la espalda baja. Algunos mechones de su cabello eran delgados mechones de cabello negro. La mujer era alta y su cuello largo, sosteniendo su cabeza orgullosamente. Llevaba puesto un vestido de mangas cortas y voluptuosas, de color negro. Su busto y su falda estaban hechos de una tela metálica, cuyo color parecía vacilar entre gris oscuro y bronce oscuro. Y luego un corsé de piel completaba el atuendo de Halloween. Sin embargo, lo más impactante, eran sus ojos. Delineados con delineador negro para que llamaran aún más la atención de lo que ya lo hacían, los ojos púrpuras de la mujer parecían brillan dentro de la oscuridad y el misterio que su dueña resumaba.
Annabeth, mientras que, como todos los demás, examinaba a la mujer, notó como a sus espaldas parecían aparecer reflejos de ella. No aparecían seguido, y solo eran dos, pero parecían aparecer cuando ella se movía. No los verías a menos que estuvieras buscando algo fuera de lugar a propósito.
Y Annabeth lo hacía.
Cuando revisó, Annabeth notó que donde ahora estaba la mujer, con sus brazos alzados a sus lados y mirando alrededor maravillada (dando la impresión de estar intoxicada, si Annabeth habla honestamente), era donde hacía unos momentos había estado Harry.
Annabeth supuso que, de haberlo aplastado, la mujer no habría causado demasiado daño, pero ella no solo cayó de uno o dos metros —lo que a Annabeth le parecía que dolería—, sino que era una diosa y venía en su súper-velocidad. El daño a Harry habría sido mayor.
La mujer dio media vuelta y pasó de estar volteando a los magos, hacia los semidioses. Sus manos estaban entrelazadas y posadas junto a su mejilla y miraba a una dirección general de los semidioses con algo de cariño.
—¡Hola, bebés! —canturreó, su voz saliendo arrastrada. De repente, dio otro giro para mirar a los magos—. ¡Hola, mis otros bebés! —exclamó, soltando una risita.
Los magos se miraban los unos a los otros con confusión.
La mujer dejó de balancearse y miró alrededor con confusión.
—¿Qué hago aquí? —Todos se quedaron callados—. Oh, es la isla de Calypso —notó. Ella se inclinó hacia una semidiosa, quien dio unos traspiés hacia atrás—. Ella hubiera sido una buena hechicera —le susurró—, era buena. Pero se enamora rápidamente y profundamente de personas que, aunque destruirían el mundo por quien aman, nunca la amarían a ella. No como ella quiere.
La mujer, aunque susurraba, no hablaba muy bajo y todos, semidioses y magos, la escucharon hablar. Los magos seguían confundidos, y, mientras que los griegos también lo estaban, sabían de lo que hablaba la diosa. Y la mujer era diosa, si la manera en que hablaba de cosas tan terribles como algo casual indicaba algo.
Escuché un sollozo ahogado a mis espaldas. Calypso estaba mirando a la mujer con respeto, no con odio, algo que sorprendió a Annabeth. Calypso estaba enfadada, aunque tenía sus manos entrelazadas, estaban tensas. Sus ojos estaban irritados, y estaba a punto de echarse a llorar.
Calypso le dio un asentimiento a Annabeth y se fue. No la necesitaban, y no pensaba soportar los delirios de una diosa ebria.
—Me pregunto dónde estará Calypso —murmuró la mujer—. No importa —repuso, su cara iluminándose mientras miraba a su alrededor—. ¡Aquí están todos mis bebés! —exclamó, lanzando sus brazos al aire.
Percy carraspeó.
—Em… ¿quién es usted? —preguntó.
Lo único que había logrado sacar de su sinsentido era que tenía una conexión con los magos y con los semidioses de la cabaña de Hécate. ¿Podría ser ella…? Percy admitió que la mujer era hermosa, y definitivamente parecería una diosa… de no parecer ebria, al mismo tiempo.
La mujer lo ignoró y se inclinó para sacar sus zapatos.
—¿Disculpe? —llamó Harry, dando un par de toques en el hombro de la mujer con su dedo índice.
La mujer levantó la vista y, rápida como una bala, atenazó el dedo de Harry con su mano.
—¡Eh!
La mujer usó el brazo de Harry para acercarlo. Sorprendentemente, ella era impresionantemente fuerte, más de lo que se esperaba por su apariencia. Cuando lo tuvo lo suficientemente cerca, la mujer llevó a Harry a un abrazo, luego lo separó de ella, cogiéndolo por los hombros.
—Bebé —murmuró—, debes cuidar a mis otros bebés. Necesitan a alguien quien los guíe —le dijo—, y aunque tenía en mente a Hermione, tu odiosa tía decidió que tú eras el indicado. No me malentiendas, bebé. Eres muy bueno. Ya has destacado antes, has logrado lo que debías. Más por obligación, que por que desearas hacerlo. Pero entiende esto, no importa lo que yo piense. Lo que Hera piense, dejó de importar hace días. Lo que importa es lo que decides tú, lo que decide Percy. Solo… solo has lo que creas necesario. Pero recuerda que tus acciones afectan el futuro y el futuro eventualmente te alcanzara. Y si inicias una carnicería que afecte a mis hijos, yo no tardaré años en alcanzarte.
La mujer le sonrió como si hubiera dicho algo sin importancia y se acercó a la playa, dejando sus pies ser acariciados por la marea.
—¡Soy la diosa Hécate! ¡La trinidad y la deidad de la brujería! Perseus Jackson, arruina esta oportunidad de paz para mí, y Harry Potter no será el único en pagar. El mismo Poseidón debería venir para vencer mi furia. Regresaré mañana para sus bendiciones —anunció, desapareciendo en niebla.
