Capítulo 54: Volver a comenzar
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Merlina supo que Severus se sintió incómodo cuando abrazó a sus amigas. Y supo, también, que sintió vergüenza ajena por haberlas visto a las tres dando saltitos como chiquillas de quince años, tomadas de las manos, por toda la habitación de Aberforth. No se lo reprochaba, por supuesto que era una acción tonta, pero inevitable. Era increíble, todas habían sobrevivido. Estaban juntas, como en viejos tiempos, ¿cómo no estar alegres por eso?
No fue, sin embargo, color de rosa para las amigas de Merlina el haberse quedado en el Caldero Chorreante. Algunos Mortífagos decidieron atacar las casas del pueblo, para poder infundir miedo y hacer que nadie más se uniera a la lucha. Susan se salvó por un pelo de recibir la maldición asesina, pero Endora fue alcanzada y le cortaron un par de dedos, los cuales ya estaban en su lugar, gracias a su propio conocimiento de Sanadora. Fuera de eso, tenían algunas costras en la cara por las caídas que habían tenido al lanzarse al suelo para protegerse, mas no podían hallarse mejor.
Cumplieron su promesa de proteger a Drake y a Agatha, quienes dormían tranquilamente en la cuna cuando llegaron.
―El dueño de la taberna no ha llegado ―dijo Endora.
―No ―Merlina agachó la cabeza y se le formó un nudo en la garganta. Estar de vuelta en la realidad era muy triste ―, seguro que está preparando lo que será funeral de Albus Dumbledore.
Endora y Susan se taparon la boca, sin poder comentar nada. Y, cuando salieran a la luz de todas las personas que habían muerto, se la tendrían que tapar cientos de veces más. Endora y Susan, que habían vivido muchos más años en Inglaterra, conocían mucha más gente del mundo mágico.
―¿Qué tal si vamos a Hogwarts hasta que tengamos un hogar? ―Propuso Merlina a Severus, algo afligida.
―No puedo estar más de acuerdo ―miró a ambas mujeres ―. Gracias ―dijo con sequedad y orgullo, aunque observándolas directamente, sin vacilaciones.
―Ya era hora que lo dijeras ―reprochó Susan señalándolo con un dedo acusador. Severus se limitó a arquear las cejas.
―¿Qué harán ustedes? ―Inquirió Merlina.
―Supongo que iremos a ver a nuestros familiares. Necesitamos saber si están bien ―replicó la pequeña Susan ―. Pero no perderemos el contacto, por supuesto.
―No, claro que no ―contestó con esperanzas renovadas. La idea de seguir viendo a sus amigas en el futuro, le hacía sentirse inmensamente feliz.
―Además que los niños necesitan madrinas ―añadió Endora con una radiante sonrisa.
―Ah… ―Se quejó Merlina ― Se me olvidan esos detalles. Tengo que inscribirlos en el Ministerio. Sólo espero no olvidarme de la fecha de nacimiento.
―Hasta yo lo sé, Morgan ―repuso Severus con una ceja alzada ―. Veinticinco de agosto.
Merlina formuló una sonrisa radiante. Le brillaron los ojos.
―Vaya, me sorprendes.
Se despidieron de Susan y Endora. Severus sólo les tendió la mano, pero, Merlina, trituró en un abrazo cálido a cada una. Quiso, por un segundo, que Agatha estuviera entre ellas, pero bien sabía que no podía lamentarse más. Tenía la certeza de que, su amiga, estaba bien en el lugar en que se hallaba. Nadie se merecía más el paraíso que ella. Después de una vida dura y corta, necesitaba un eterno y tranquilo descanso.
Pensó, de todas maneras, que ya nunca más se sentiría sola. Tenía a sus amigas de vuelta.
Severus se encargó de trasladar la cuna, haciéndola flotar en el aire, donde ambos pequeños dormían plácidamente. Merlina tomó el bolso rojo y grande, lleno de mudas de ropa, pañales y otras cosas de bebé. Fue un momento extraño. Escogieron el camino largo. No pudieron entrar por el pasadizo, para volver a Hogwarts por la vía más rápida. Querían hacer esos momentos más duraderos.
Fue más extraño aún, cuando se toparon con Phil, frente a frente, en el Vestíbulo. El joven abrazó a su prima, estrujándola en sus musculosos brazos.
―Estoy muy orgulloso de ti, Merlina ―le susurró dándole unas suaves palmadas en la espalda ―. Pero me debes una tremenda explicación… No he sabido de ti en meses y…
Ya se había separado de ella. Su vista fue a parar a la cuna que flotaba al lado de Severus.
―Y… ―Trató de continuar, distraído y con el ceño fruncido ― ¿Eso es una cuna?
Severus miró hacia otro lado. Merlina se mordió el labio inferior.
―Puede ser… ―Masculló con voz evasiva.
Los ojos claros de Phil pestañearon varias veces. Se aproximó y echó un vistazo.
―Vaya. No sé si me golpeé en la cabeza durante la lucha, pero lo que veo son dos bebés… Y me temo que se parecen un poco a ti cuando estabas pequeña… ―Se pasó una mano por la barbilla ―. Sin embargo, si yo creyera que estos son tus hijos, sería una locura, ¿no?
―Bien, Merlina, subiré a tu antiguo despacho, si no te importa ―anunció Severus y se puso en marcha con la cuna antes que Merlina contestara.
―Merlina, ¿son tus hijos? ―Inquirió Philius, por fin, con la voz entre ofendida y sorprendida.
―Son de Severus también ―respondió ella, a medias, con expresión culpable.
―¡No puedo creer que no me lo hayas dicho! ―Sus cejas estaban unidas ―¿Cómo pasó?
―Por las barbas de Merlín, Phil, no querrás saber cómo ocurrió, ¿cierto? ―dijo con el ceño fruncido.
Su primo exageró un gesto de asco.
―Sabes a lo que me refiero ―continuó ― ¿Qué te sucedió? Yo pude llegar antes de ayer a acá. No me atreví a escribirte. Reconozco que fui ingrato, pero llegaban sólo malas noticias a Wisconsin, y temí que mi carta fuera interceptada. Pero, ¿y tú?
Se sentaron en el tercer peldaño de la escalera del Vestíbulo, y Merlina comenzó la narración desde que Phil se había ido, hasta los eventos de pocas horas atrás.
―Entonces, ese era el loco de tu ex novio. No puedo creerlo.
―Ni yo aún puedo creerlo del todo ―hizo una pausa ―. Maté a alguien, Phil, quemé a Craig. Supongo que quedó hecho cenizas.
Su primo la miró, extrañado.
―¿Sientes lástima por él? ¿Te arrepientes, acaso? ―Sus ojos claros la taladraron con curiosidad.
―No, claro que no me arrepiento, al contrario, siento satisfacción y placer de ello ―sonrió sincera ―, y siento lástima de tenerme lástima, por lo mismo. Me tengo lástima por lo que siento, y siento lástima de mi lástima. Estúpido, ¿no?
―No te entiendo, pero no me interesa hacerlo. Sencillamente, has sido valiente. No puedo admirarte más. Quiero ser como tú cuando crezca ―bromeó el mago apoyando la cabeza en su hombro.
―Me temo que te quedaste enano para siempre, Philius Grace.
Phil se iba a quedar por un par de días, ya había informado a Celyn, quien estaba en Wisconsin, sana y salva, cuidando de Jeremy, su hijo. Eso hizo recordar a Merlina ―se había dejado llevar por la charla mantenida con su primo ― que debía ir con sus hijos. No pudo evitar, sin embargo, pensar que tenían a su padre. Y se preguntó, mientras Phil le contaba las noticias más recientes de la familia, qué estaría haciendo Severus.
―He enviado un mensaje a Celyn para que venga dentro de los próximos días.
―¿Se darán unas vacaciones en este desastre de lugar? ―Inquirió Merlina con ironía en la voz.
―No, nos trasladaremos a Durham.
La cara de Merlina se iluminó.
―¿En serio? ¿Por qué?
―Tengo más posibilidades acá que en Estados Unidos de surgir, además que, hace un tiempo, Agatha Dunstan me recomendó a una persona que me contrataría en un Museo de Magia que está allá, en Durham. ¿Te sucede algo?
Merlina había agachado la mirada inconscientemente. El haber oído el nombre de Agatha le había sacado de su burbuja de felicidad.
―Nada, nada…
―Bueno, es eso, ¿aún te llevas mal con ella? Porque si pudieras encontrarla para preguntarle…
―Phil, Agatha está muerta.
Los ojos claros de Philius pestañearon varias veces.
―Oh.
―Me alegro que te vengas más cerca, Phil. Podremos vernos más seguido. Ahora, tengo que ir con mis hijos.
Le dio una palmada en el hombro y se fue a su despacho, que estaba en la primera planta, pensando en que no sería correcto contarle a su primo que Agatha había estado enamorada de él. Entró al despacho con cuidado, intentando no hacer ruido. Caminó con sigilo hacia la puerta de la habitación, que estaba entreabierta. No quería que Severus la viera. Quería sorprenderlo.
Sin respirar, se acercó a la hendija de la puerta y entrecerró los ojos por la ternura de la escena.
Severus había recostado a Drake y a Agatha en la cama, y ambos bebían de sus biberones con entusiasmo. El profesor los miraba con atención y, de vez en cuando, apretaba uno de sus piececitos con cariño. Parecía a simple vista serio, pero Merlina sabía que estaba encantado.
―Sé que estás ahí, Merlina ― masculló Severus sin volverse a la puerta. Tampoco cambió de posición o fingió hacer otra cosa.
Merlina entró arrastrando los pies y se sentó a su lado.
―¿En qué piensas? ―Farfulló apoyándose en su hombro y rodeándolo por la cintura.
―No lo sé ―se giró hacia Merlina, soltando el diminuto pie de Agatha, y la miró a los ojos ―. ¿Cómo estás?
Merlina frunció el entrecejo, aunque sonriendo con tristeza.
―¿Por qué me preguntas eso?
Severus le pasó una mano por la mejilla con suavidad.
―Porque, muchos de los errores que cometí, fue por pasarte a llevar y no saber qué sentías tú ―respondió en voz baja.
A Merlina se le aceleró el corazón. Sonrió. No pudo evitar soltar una carcajada breve cuando Severus le devolvió la sonrisa.
―¿Qué te hizo cambiar de opinión? Realmente me odiaste en ese instante, en la escalera.
―Endora y Susan me ayudaron a darme cuenta que estaba cometiendo un grave error…
―Me quieres decir que no te hubieras dado cuenta sola. ¿Es eso? ―Su voz sonó a frialdad contenida.
La bruja negó con la cabeza, con exasperación.
―Me hubiera dado cuenta de todos modos. Me estaba comenzando a arrepentir cuando había llegado al Cabeza de Puerco.
Severus resopló por la nariz. Se miraron a los ojos. Ambos tenían ojeras y bolsas. Los ojos les brillaban.
―Entonces, ¿fue suficiente el perdón que te pedí? ¿O quieres que me vuelta a arrodillar? ―Hubo ironía en la frase, pero Merlina comprendió que sí hubiese sido capaz de hacerlo si ella hubiera contestado que sí.
―Ya te perdoné hace rato. Pero, te juro que si me vuelves a hacer algo así, antes de no verme nunca más, vas a quedar estéril por los golpes que te daré.
Severus se puso serio.
―De verdad me arrepiento, Merlina. No voy a olvidar lo que te hice, sé que estuvo mal. No voy a excusarme que ser… así ― "un idiota" murmuró Merlina ― dicta por completo mis decisiones. Temí de verdad. Temí que no terminaríamos de esta manera. No te he dejado de amar ni un segundo. Pero ya no sucederá nunca más. No tendré motivos de hacerlo ahora. Por fin soy libre. Y no solamente eso, si quieres que cambie, lo haré, haré lo posible ―repuso con dificultad, aunque sincero.
―Yo no quiero que cambies ―replicó Merlina con suavidad―. Pero lo idiota sí se puede quitar ―sonrió con dulzura por unos segundos, y luego frunció el ceño ― Y, bueno, no te adelantes. Tan libre no serás. Además, el que te haya perdonado, no significa que vaya a ser totalmente buena…
―¿Ah, sí? ―Severus se aproximó a ella y tocó la punta de su nariz con la suya ― ¿De qué estaríamos hablando?
Merlina no le contestó, pero no porque no quisiera. Se había puesto nerviosa. ¿Alguna vez se le pasaría eso? Tendría que acostumbrarse otra vez. Hacía tanto tiempo que no podían estar así, juntos, tranquilos, sin preocupaciones…
Más tarde, limpios y tranquilos, salieron a dar un paseo por el castillo. Drake iba en los brazos de Merlina y, Agatha, en los de su padre. Ambos pequeños iban atentos a los magos y brujas que corrían de un lado a otro. Hacía mucho tiempo que Hogwarts no parecía estar tan lleno de gente como en esos instantes.
Mientras tanto, en el camino, Merlina se encargó de poner al día a Severus de todo lo que había ocurrido en el tiempo que no habían estado juntos. No se perdió detalle. Sólo le faltó decirle las veces que iba al baño durante el día.
―Supuse que sucedería eso.
―¿Supusiste que me podría quemar luego de terminar con Craig? ―Merlina intentó de no alzar mucho la voz, pero fue más el mordisco desdentado que le dio Drake en la nariz la que le hizo escandalizarse un poco menos.
―No supuse que te quemarías, Merlina, pero sí que dejarías ese poder cuando todo cesara. Sólo lo pensé una vez, luego me olvidé. Además, no creí que fueras a enfrentarte con Ledger tú sola… Pude haberte ayudado. De hecho, intenté enfrentarlo, pero logró escapar ―terminó con un gruñido. La vena de la sien le palpitó un poco.
―Tenía que hacerlo sola ―constató Merlina limpiándole inconscientemente el hilillo de baba que resbalaba por la barbilla de su hijo ―. Tenía que asegurarme de que nunca más me volvería a molestar. No me habría gustado que te metieras tú ―agregó en voz baja. Severus se limitó a observarla con una ceja arqueada.
En el camino se vieron interrumpidos por profesores y estudiantes que se aproximaban a ver a los bebés. No hubo nadie que no pareciera asombrado o fascinado. Minerva McGonagall no podía creer que fueran hijos de esa ―a vista de la mayoría ― disfuncional pareja.
―No veo por qué se asombra usted, Sybill ―dijo Severus con amabilidad, cuando vio aproximarse a Trelawney, quien les observaba con los ojos desorbitados.
―Por supuesto que no estoy sorprendida ―contestó la enjoyada mujer, ofendida ―. Ya lo sabía.
―También sabía que sobreviviríamos de la guerra, ¿no? ―Inquirió Merlina formulando una sonrisa.
―Que no lo demuestre o no alardee de ello constantemente, no significa que no lo sepa ―se dio media vuelta ―. Y ni siquiera está Dumbledore para presentar mi renuncia o que me suba el sueldo por soportar tal insolencia ―comenzó a despotricar mientras se alejaba.
―Asegúrate que, para nuestras próximas vacaciones, no nos arruine nuestra estadía ―pidió a Severus.
Al ritmo de su paseo, vieron cómo autoridades del Ministerio llegaban para llevarse a los Mortífagos vivos y a todos aquellos que habían luchado en el bando equivocado, como a Dolores Umbridge. La mujer había permanecido escondida durante la batalla, pero, aún así, había cometido delitos, como los que habían atentado contra la vida de Merlina. Estaba, como era de esperarse, completamente ilesa. Ni siquiera se había despeinado.
¿Por qué ahora no puedo lanzar fuego? Sería tan oportuno…
Merlina puso a Drake en el otro brazo de Severus y se adelantó para interceptarla. La bruja estaba escoltada por dos Aurors. Merlina lo halló innecesario; probablemente la mujer, sin apoyo de nadie, fuera realmente indefensa.
Lanzó una mirada cargada de veneno a Merlina cuando esta se puso por delante.
―Me gustaría maldecirla, porque de verdad tengo ganas ―dijo, tratando de poner una voz peligrosa. Claro que, Merlina, nunca había sido muy buena para la actuación ―. Pero, sólo le diré, que la demandaré por haberme hecho la vida imposible. Tengo muchos testigos para hacerlo, y no me refiero sólo a su sobrina muerta. A ver así, cuántos años más le echan para Azkaban.
Umbridge frunció los labios en una horrible mueca y abrió aún más sus ojos. Aunque parecía querer gritarle de todo a Merlina, no dijo nada y se retiró lo más digna que pudo, si a esa retirada podía llamársele digna.
―Morgan ―Severus se acercó por detrás, con cara de dolor ―, resulta que mi brazo izquierdo no está del todo musculoso y Drake no es muy liviano que digamos. ¿Podrías ayudarme? Después puedes continuar con tus juegos de venganza, los que me parecen bastante… ―Apenas movió los labios ―excitantes.
Merlina se puso colorada, pero no ignoró lo que dijo.
― No quiero que "excitante" sea la primera palabra que pronuncien los niños. Y dudo que quieras tener más hijos, ¿no? ―Masculló tomando a Agatha esta vez ―. Vamos a almorzar, muero de hambre.
―Eh, ¿Morgan? ¿Qué quieres decir? ―La alcanzó y se acercó a su oído ―. ¿Acaso estás mencionando "abstinencia"? ―Sonó algo amenazador.
Merlina no dijo nada y se limitó a mirarlo misteriosamente.
Más tarde, se toparon con Harry, Ron, Hermione y Ginny, quienes estuvieron encantados de conocer a los niños. Hermione era la más sonriente. Ron le dirigió una mirada de alarma a la chica.
Por último, en la tarde, por fin se encontró con Draco, frente a frente, quien iba junto con Pansy y el niño en brazos.
―Me alegro que estén bien ―dijo Merlina, más sorprendida que fría.
Draco se puso colorado. Y Merlina entendió que no se disculparía delante de más gente, menos en frente de Severus, quien lo miraba ceñudo.
―Igualmente ―contestó al fin. Le hizo un gesto con la mano y se retiraron. Pansy pasó mirando hacia otro lado, con altivez.
―Esta gente nunca cambia… ―Comentó Merlina con cierta decepción. Le hubiera gustado que Malfoy se disculpara por haberla dejado sin vacilar en una situación tan peligrosa.
Maldito rubio desaliñado cobarde… Después de lo que hice por ti…
―Por cierto… ―Susurró Severus con voz pensativa ― ¿Cuánto tiempo estuviste a solas con Draco?
Los ojos de Merlina se abrieron como platos al oír la pregunta.
―No - puedo - creerlo ―contestó Merlina, impresionada ―. Estás celoso.
―Sería absurdo que te dijera que no.
―Sé que suelo ser ridícula, pero tú eres peor… Como si con ese rubio platinado hubiésemos calzado alguna vez. No necesitaba más problemas en mi vida, para que sepas. Además ―hizo un gesto de asco ―, él es como diez años menor que yo.
Severus formuló una mueca. Se sintió satisfecho.
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Las noticias en El Profeta habían estallado como bombas desde el mismo día del cese de la guerra. No paraban de salir reseñas de Harry Potter y sus amigos, Albus Dumbledore y el funeral, que se había celebrado al día siguiente; incluso de Severus (conocido como "uno de los héroes" de la guerra). Se mencionaron una y otra vez a los Inferius (nadie sabía cómo habían llegado hasta Hogwarts) y a los Mortífagos que estaban yendo a juicio. Y, a pesar que se nombró la parcial destrucción del Bosque Prohibido por el intenso incendio, Merlina pasó sin pena ni gloria a una desconocida parte de la historia mágica. Incluso, el juicio que tuvo con Umbridge una semana más tarde, no tuvo protagonismo. Mucha gente, más conocida que ella, alegó en contra la bruja. Recibió quinientos Galeons a modo de indemnización por los daños, pero nada más.
Aún reinaba un ambiente de tristeza y, con Severus, de cuando en cuando, tenían períodos silenciosos de melancolía. Sin embargo, en esos instantes, estaba más decepcionada que nada; deseó que alguien hablara de ella y que la trataran como una heroína o algo por el estilo. Sin embargo, prácticamente se había salvado a sí misma. Sí logró aniquilar a los Inferius, pero nadie lo supo, más que ella y el mismo Craig, que ya no podía testificar ―y no lo hubiera hecho tampoco ―porque estaba muerto. Severus también lo sabía, incluso Phil, pero no eran testigos oculares. Además que, Merlina, reconocía que sonaba patético que ella había acabado con esa manga de muertos andantes.
Habían encontrado el cuerpo de Craig ―Merlina sabía que era él, porque lo lograron identificar como Clive Lamport ―, pero nadie le hubiera creído si contara lo sucedido. Era una especie de doña nadie.
―¿Qué sucede? ―Preguntó Severus cuando Merlina se fue a acostar con la cara larga, luego de haberse dado una larga ducha. Severus estaba acostando a Agatha y a Drake, cada uno en su cuna propia. Habían conseguido otra; Endora les había mandado una de San Mungo. Sólo tuvieron que hacerle algunas reparaciones.
―Nada.
Severus terminó de arropar a Drake y se giró.
―"Nada" creo que significa "mucho" ―farfulló tomando su lugar y recostándose por encima de la cama, colocándose de lado para observarla mejor ―. Mírame a los ojos.
―No.
―No me obligues a…
―¡Ya, ya! ―Exclamó Merlina, sin mirarlo ― Me he sacrificado un montón todo este tiempo y me siento… No, no sólo me siento, sino que soy una desconocida para todos ―clavó sus ojos en los suyos ―. Hasta han hablado de ti ―se puso roja como tomate ―. No digo que no seas grandioso, o sea, todo lo que has hecho es impresionante ―Severus la miró con petulancia ―, pero, ¿y yo? ¿Todo lo que pasé? ¿Quién se supone que me va a felicitar por haber luchado por un idiota que no se lo merece? Y no me refiero a ti, me refiero a Malfoy. ¿Y por haber matado a ese psicópata? ¿Y los inferius?
―Merlina ―se pasó la lengua por los labios ―, si estás celosa de mí, de Potter, de Dumbledore… y de quienes sean los demás que hayamos aparecido en ese maldito periódico, permíteme decirte que eres una ridícula.
―Gracias, ahora me siento mucho mejor. Buenas noches ―respondió girándose.
―No, no, escúchame ― Severus le puso una mano en la mejilla ―. No necesitas que nadie te diga lo valiente que has sido, porque sólo los más cercanos a ti sabemos lo que has hecho, lo que has sido capaz de dejar atrás para cumplir con promesas y para intentar arreglar tu vida y la de los demás. ¿No te basta conmigo, tus amigos y tu familia? ― a Severus le brillaron los ojos ― Tal vez yo no te lo dije, porque no lo encontré necesario. Sabía que tú sabes que eres osada. Además, te lo he dicho mil veces. No recuerdo haber conocido a alguien tan testaruda. Y, si miro hacia el pasado, te sigo viendo a ti cuando tenías catorce años y tratabas de sacar a ese perro del techo. Eso te define.
―Dudo que "porfiada" o "atarantada" o "testaruda" sean las palabras correctas para tratar a alguien de "valiente" ―replicó Merlina tratando de mantenerse seria, queriendo ignorar lo que le había dicho.
―Sabes bien que te quise decir eso. Y yo me encargaré de recalcarles a nuestros hijos lo que hizo su madre. Su opinión valdrá mucho más que la de los otros. Se sentirán maravillados cuando sepan lo que viviste por ellos ―la soltó y se acomodó ―. No sé por qué te preocupa tanto.
Merlina se acomodó sobre su pecho.
―¿Estás cambiando o siempre has sido así?
―No lo sé.
Severus apagó las luces y se pusieron a dormir. O eso intentaron.
―No sería correcto hacer nada frente a los niños, ¿no?
―No.
―¿Por cuantas semanas más seguiremos con esto de la "abstinencia"?
―Las que sean necesarias para que me extrañes.
―¿Acaso me estás castigando porque te… te dejé? ¿No que ese era un tema olvidado?
―Sí, lo es… pero te lo mereces. Y, por cierto, tú esta noche será el que se levante temprano para mudarlos y darles la leche…
Severus frunció el ceño en la oscuridad unos breves momentos, antes de formular una amplia sonrisa y abrazar a su esposa por la cintura. Sintió que todo realmente iba a mejorar. Lo único a lo que podía temer, era hacer un mal manejo de la crianza de sus hijos… Probablemente, no sería fácil. Jamás había sido padre.
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―Buenos días.
―Buenos días, Director.
―Creo que ya no deberías llamarme más "director", Severus; hace semanas que dejé mi cargo.
―Hola, Albus ―contestó Merlina, sonriendo, alegre. Aunque fuera por un cuadro, estaba feliz de poder hablar con Dumbledore una vez más. Probablemente no fuera la última conversación que tendría con él, pero no podía calmar las ansias.
Ya se había cumplido un mes desde la guerra. Drake y Agatha, quienes estaban casi a dos semanas de cumplir cinco meses, miraban con atención los personajes de los cuadros, que se movían y saludaban sin parar. Ambos, con la boca abierta, dejaban caer un hilillo de baba. Drake agitaba con fervor un oso de peluche deforme y suave, regalo de Hermione, hecho por ella misma.
Dentro de la última semana, habían recibido varios regalos. Se incluían los de todas sus amigas, no solo Endora y Susan, y los de Phil, quien ya había llegado de vuelta con Celyn y el pequeño Jeremy, de quien no tenía idea como era, y que pronto conocería.
―No sé si es esta perspectiva que cambia mi percepción, pero los pequeños Drake y Agatha están mucho más grandes desde la última oportunidad en que los vi.
― La madre los sobrealimenta, Director ―contestó Severus con una sonrisa malvada. Estaba sentido con Merlina, porque ella había estado un poco "fría" con él.
"Tenemos dos hijos, Severus, debemos preocuparnos de ellos. No podemos dejarlos aquí o sacarlos de aquí para… tener relaciones."
―Es mejor así ―contestó Dumbledore ―, así crecen sanos y fuertes.
―Como su mamá ―añadió Merlina con una sonrisa de oreja a oreja. Severus hizo un ruidito que indicó sarcasmo ― ¿Para qué nos has llamado, Albus? ― Prosiguió Merlina sin hacerle caso.
―Sólo quería felicitarlos ambos ―los miró sobre sus lentes de medialuna ―. Supongo que aún están juntos.
―Claro que sí ―contestó Merlina, con una sonrisa de oreja a oreja ―. Sólo tuvimos… pequeños problemas.
Severus agachó la mirada y no dijo nada. Aunque Merlina no le había vuelto a sacar en cara directamente el hecho de que la dejara, él continuaba algo taciturno a veces, con el tema rondando en su cabeza.
―Severus ―dijo Dumbledore ―. Fuiste muy valiente. Sólo espero tenerte aquí en Hogwarts otra vez. ¿Conservarás tu puesto de profesor?
―Esa es la idea. En algo tengo que trabajar… siempre que McGonagall me mantenga el mismo sueldo.
―Seguro que lo hará, sabe que tienes dos motivos por los que tienes que subsistir. ¿Y tú, Merlina?
La bruja hizo una mueca.
―Tendré que abandonar mi trabajo por un tiempo. Pero, tal vez, pueda atender una botica en Hogsmeade. Nuestra idea es comprar una casa, cerca de aquí. Así Severus podrá ir seguido a visitarnos.
―Me parece excelente que planeen las cosas de ese modo. Espero que sean muy felices. Lamento no haber podido quedarme más tiempo para conversar con ustedes directamente ―miró a Merlina ―. Me alegro de haberte llamado para que trabajaras en Hogwarts. Sin duda, dejando la modestia de lado, ha sido uno de mis mejores movimientos ―les guiñó un ojo.
―Yo me alegro de haber aceptado el trabajo. Concuerdo contigo, fue una buena decisión, a pesar de todo ―sinceró Merlina.
Se sintió súbitamente rara. Extrañaría estar en el castillo. Echaría de menos no estar siempre con Severus, y no ver al director nunca más (a menos que mirara el cuadro). Mas le consolaba el hecho de que podría criar a sus hijos. Se sentía… con suerte.
Pocos minutos más tarde, la pareja salió del despacho de la nueva Directora. Era pasada las nueve de la mañana y tenían cosas que hacer. El Ministerio de Magia había tardado en volver a la normalidad ―tuvieron que asignar cargos a gente nueva y crear puestos de trabajo ―, y recién se habían abierto las puertas para entregar el servicio que correspondía.
Esa mañana, irían a inscribirlos al Ministerio. Al menos, Minerva ya los había enlistado en Hogwarts, así que tenían un trámite menos.
―¿Te imaginas que sean squibs? ―preguntó Merlina luego de haber hecho eso ― Y nosotros estamos tan confiados de que podrán entrar a Hogwarts…
―No digas tonterías, Merlina. Ya verás que, cuando cumplan el año, comenzarán las manifestaciones mágicas.
―¿Sabes? A veces extraño que me llames "Morgan". Rara vez lo haces ―comentó Merlina, mientras caminaban hacia el carruaje. Irían hasta el pueblo y allí tomarían el Autobús Noctámbulo. Era el viaje más seguro para los niños. En tren tardarían demasiado.
―Pero, ahora, me gusta más a mí llamarte "Merlina". Después de tanto tiempo, y ahora me pides lo contrario… ¿Y por qué lo prefieres?
―Suena más… atractivo viniendo de tu parte.
Severus la observó de soslayo.
―Eres un tramposa, Morgan. Me lanzas indirectas y por las noches me rechazas.
―Así son las cosas. Tarde o temprano se da vuelta la situación…
―Jamás te rechacé de esa manera ―contestó Severus anonadado.
―Es lo que te mereces, ya te lo he dicho antes.
Cuando Merlina entró al Ministerio, estaba tal como lo había visto la primera vez. La fuente de los Hermanos Mágicos estaba restablecida, sin imágenes morbosas y crueles, aunque había cambiado el esquema: El mago, la bruja, el elfo, el centauro y el duende, estaban tomados de las manos de forma circular, mirando hacia afuera. La gente también había cambiado, y estaba más alegre y libre. Se notaba en el caminar de las personas, incluso en el movimiento de sus capas.
Y, quien estaba atendiendo en el mesón de El Atrio, era el mismo Eric Munch, quien había acusado a Merlina de haber incendiado el Ministerio. Al joven se le salieron los ojos cuando la vio.
Merlina trató de aguantarse de decir algo. No quería tener problemas, el pasado era pasado. Todo el Ministerio estaba bajo presión. Sin embargo, fue Severus quien actuó por ella. Se inclinó sobre el mesón y sacó su varita disimuladamente, para que sólo él lo viera.
―Tú ayudaste a que enviaran a mi esposa a Azkaban ―farfulló con dientes apretados. Merlina se alarmó, porque vio la peligrosa vena de la sien palpitarle.
―Severus…
―Si no le pides disculpas, te reto a un duelo aquí mismo, y no me interesan las consecuencias.
No fue necesario decir mucho más. Munch miró a Merlina y le lanzó el "lo siento" con la voz plagada de terror.
―Ya no importa ―respondió Merlina, apesadumbrada.
―No debería bastar con eso ―masculló Snape, guardando la varita ―, pero si Merlina acepta tus disculpas, está bien.
Continuaron hacia el ascensor, empujando lentamente el coche.
―Vaya… eso fue rudo, no era necesario… ―Hizo una pausa ―. No quiero que te ofendas, Severus, pero ya era la hora en que me defendieras por algo.
―Lo sé.
Merlina pensó, cuando tomaron el ascensor, que si estuvieran solos, seguro que estarían besándose apasionadamente. Cómo cambiaba la vida con los hijos, ¿no?
Se tomaron de la mano.
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Una semana más tarde, Merlina y Severus viajaron a Durham, donde se encontraron con un frío paisaje nevado. La casa de Phil parecía hecha de canela, con azúcar glasé en el techo. Tenía un gran jardín y aparentaba tener, al menos, media hectárea de terreno.
―No sé qué hago acá ―refunfuñó Severus cuando Phil se asomó a la ventana para ver quién había llegado.
―Tiene sus ventajas… ―Susurró Merlina ―Tal vez, Phil y Celyn puedan cuidar de los niños y nosotros podamos salir a pasear.
A Severus le gustó la idea, y prometió comportarse y no ser un huraño, o muy huraño, durante las horas que compartieran con la familia de su primo. Al fin y al cabo, no podían encerrarse en una burbuja toda la vida. Además, para Merlina, la familia era muy importante y él quería que ella estuviera feliz. No tenía sentido vivir si no se relacionaban con los otros.
―¡Bienvenidos! ―Gritó Phil con una sonrisa de oreja a oreja, abrazando a Merlina, estrechándole la mano a Severus y besando a los dos pequeños en sus robustas mejillas.
Cuando entraron, Phil susurró a Merlina en el oído: "Espero que se parezcan más a ti, en serio".
Phil le entregó un regalo a Merlina cuando entraron a la sala, a pesar de que ya había pasado Navidad hacía más de un mes. Resultó ser una cámara fotográfica encantada. Sacaba fotos instantáneas con movimiento.
―Es para que tomes fotografías, si es que no sabes lo que es ―se burló al ver la cara de asombro de Merlina.
―Gracias… ¡Gracias!
Merlina se sintió feliz. Hacía tiempo que no estaba tan plena y que no le hacían un regalo. La probó de inmediato tomándole una foto a Phil.
Celyn los esperaba con un almuerzo de hotel y con el pequeño Jeremy en sus brazos. Era una copia de Phil y tenía poco menos de un año.
―No puedo decir que es tu "copia en miniatura", dado que tú ya eres una miniatura, Phil.
―Ja, ja, qué graciosa estás.
Esa noche, dejaron a Jeremy, Agatha y Drake durmiendo en "Bebelandia", el cuarto de bebés de la casa. Este estaba equipado con alarmas que avisaban si alguno estaba despierto, tenía hambre o estaba con los pañales sucios, y era completamente seguro. Aquello, fue un alivio para Merlina y Severus, que pudieron escaparse durante la noche, como dos jóvenes buscando la aventura.
―Hace mucho frío, ¿dónde vamos? ―preguntó Merlina con la mandíbula temblando. Era una mezcla de los sentimientos que la embargaban en ese instante. El ambiente estaba helado, pero hacía tiempo que no estaba sola con Severus.
―Al lago.
―¿Piensas que querré meterme al agua congelada? ―Farfulló Merlina, deteniéndose.
―No, pero al agua tibia sí. Resulta que somos magos, Morgan… No sé si te suena lo de entibiar el agua con magia.
Merlina retomó el paso junto a Severus, y no se arrepintió de haberlo hecho. Estar juntos en el agua tibia era agradable, aunque el exponer sus caras al aire frío les paralizaba los rostros. Mas eso no importaba. El lago era pequeño, pero podían desplazarse con libertad si lo deseaban.
Estuvieron por horas allí, hablando, acariciándose, disfrutando del otro y riendo como jamás habían hecho antes. Sin presiones, sin miedos o cuestiones que amenazaran o atentaran contra sus vidas. Definitivamente, era un momento jamás vivido, diferente a los demás.
Había sido un largo, angosto y pedregoso camino para ambos, pero al fin lo habían conseguido, tras errores, tras dudas. Y no podían estar más contentos. Severus reía… y eso emocionaba a Merlina. Nunca lo había visto tan contento, liviano, despreocupado.
Se observaban a los ojos con intensidad.
Así que esto es ser completamente feliz, pensó cada uno, mientras se abrazaban con ternura, queriendo fundirse de una sola vez.
―Mañana amaneceremos resfriados ―suspiró Merlina, sin darle mucha importancia.
―Pero valió la pena…
A Merlina le recorrió una electricidad por la espina dorsal, lo que le provocó un vacío momentáneo en el estómago.
―¿Crees que alguno de los niños haya despertado? ―Inquirió separándose de él.
―No, pero probablemente lo hagan luego para cambiarles el pañal. Vamos.
―Tal vez mañana podamos repetirlo ―susurró Merlina como quien no quiere la cosa, antes de salirse del agua.
―Eso, me encantaría… Cerdita Parlanchina. Además, ya era hora que me aceptaras.
―No te volveré a rechazar de hoy en adelante. A menos que te lo merezcas, por supuesto.
Apuraron el paso. Cuando estaban a punto de llegar a la casa, oyeron llantos de bebés.
