Fuente:Collins, Suzanne. "En llamas". Editorial Del Nuevo Extremo (en itálica)
Collins, Suzanne. "Los Juegos del Hambre". Editorial Del Nuevo Extremo (en itálica)
/works/2206143
/works/969529
/works/923427
/works/595397
/works/1965525
Hola a todos. primero, gracias por las reviews. Segundo, entre éste y dos capítulos más, hacemos una pausa de "En Llamas", volvemos para la sesión de fotos. Salgo una semana de vacaciones, así que tarderé en actualizar. Saludos.
- ¿Viste eso?- le pregunto a Peeta.
- ¿Qué cosa?
Estamos los dos tirados en el sillón de la sala mirando televisión, solos. Mi madre y Prim habían venido a cenar y, de paso, controlar cómo estaba. Mañana lunes, Prim tiene que estar temprano en la escuela y hoy se cumplió una semana del accidente. Según mi madre, el tobillo y las muñecas están sanando bien. Y mi embarazo sigue su cauce normal. Desde que empecé el reposo, sólo he usado los camisones gruesos que me ha mandado Effie. Por suerte, no hemos tenido muchas visitas, aunque siempre tengo mi bata a mano. Peeta también está con su pijama.
- El miércoles pasado, cuando mostraron unas noticias referidas a los Días Oscuros, ví los restos humeantes del Edificio de Justicia en el Distrito 13. Apenas si capto el ala blanca y negra de un sinsajo que vuela por la esquina superior derecha- le explico.
- ¿Y qué significa eso?- me pregunta confundido.
- En realidad eso no prueba nada. Sólo es una imagen vieja usada para contar un cuento viejo.
- ¿Entonces?- pregunta pidiendo más.
- En la emisión de hoy, mostraron lo que se supone que son secuencias en directo de una reportera de pie ante las ruinas humeantes del Edificio de Justicia en el 13. Todo bien. Pero justo antes de que corten de vuelta al presentador principal, ví la imagen inconfundible de la misma ala de sinsajo.
- ¿Qué quieres decirme con eso?
- Eso confirma lo que me dijeron las chicas del Distrito 8, que la reportera ha sido simplemente incorporada dentro de las viejas secuencias.¡ No está en el Distrito 13 en absoluto!- le digo exitada.
- Entiendo- me contesta.
- Haces días que miro la televisión tratando de borrar la idea de un Distrito 13 activo de mi mente de una vez por todas. En cambio, me doy cuenta que lo que me dijeron es verdad. ¿Te das cuenta?
- Si, pero no sé que pensar.
- Yo sólo quiero saber ¿qué hay allí?
- Katniss, no podemos hacer mucho- me dice resignado- Veamos mañana si le podemos sacar algo de información a Haymitch.
Quedarme tranquila en cama es más duro después de eso. Quiero estar haciendo algo, averiguando más acerca del Distrito 13 o ayudando a la causa de traer abajo al Capitolio. Peeta se dá cuenta que estoy inquieta, ansiosa. Cierro mis ojos y trato de enfocarme en el movimiento de mi bebé dentro mío para calmarme. Unos minutos más tarde, siento las manos de Peeta en unos de mis pies, que están un poco hinchados, no por la caída, sino por el embarazo.
- Ah- gimo.
- ¿Te gusta así?- Peeta pregunta.
Abro mis ojos y me enfoco en sus dedos.
- Se siente tan bien.
- Bien- dice Peeta con una sonrisa.
Siento cómo sus dedos se flexionan sobre las plantas de mis pies.
- Mmmmm- digo y dejo caer mi cabeza hacia atrás en el sofá- ¿ Cómo haces eso?
- Conozco tu cuerpo de memoria.
- Ya lo sé- me río de él.
Miro cómo su dedo deja un rastro a lo largo del arco de mi pie derecho.
- El mejor masaje de pie que he tenido.
- ¿ Realmente? ¿El mejor?
- Mmhmm.
Peeta se ríe de mí. Él se inclina adelante y acerca la mesa ratona con su pie y estira sus piernas arriba
- ¿Quieres ver más televisión?
- No, me gustaría leer- le digo mostrándole mi mano para que me pase uno de los libros de maternidad que me mandó Effie que está sobre la mesita de café.
- Bien- me contesta tomando otros de los libros, en su caso, uno de gimnasia preparto.
Peeta exprime mi pie con su mano derecha y luego gira la página de su libro. Después de un capítulo o dos, su mano no vuelve.
- ¡ No pares!
-¿ Qué?
- Dejaste de frotar mis pies- me quejo.
- Es el libro, Katniss.
- ¿Interesante?- le digo mientras muevo mi pie para alentarle a que siga- ¡Dale, Peeta!
Él levanta una ceja.
-¿ Tengo que hacer algo a cambio?- le pregunto haciendo un puchero.
- ¡No!, pero los sonidos que haces mientras te hago el masaje- exprime mi pie y gimo para él- Entonces pensé que, tal vez, tú quieras mostrar tu apreciación por mí- es su turno de hacer un puchero.
En éste momento, me alegra que las hormonas me mantienen todo el tiempo excitada, porque a medida que mi vientre crece y me pongo más grande, Peeta parece querer tener relaciones sexuales más seguido. Pero desde mi caía del árbol, la semana pasada, mi madre nos había pedido que no intentáramos hasta saber que el embarazo seguía su curso normal. Sospecho que mi esposo, está un poco ansioso.
- ¿Qué tienes en mente?- mientras coloco el libro entre los almohadones del sofá.
- Hace mucho que no lo hacemos en éste sofá.
Sus manos deslizan desde mis pies a lo largo de mis piernas y exprime mis pantorrillas antes de moverse más arriba. Sus manos pasan por debajo de mi grueso camisón de invierno y comienza a frotarme sobre mi ropa interior. Tomo su mano libre, entrelazando mis dedos con los suyos y lo tiro hacia mí. Peeta me deja moverlo más cerca y se coloca entre mis piernas, mientras yo apoyo mi pie derecho sobre la mesita de café. Él me frota con más fuerza y gimo. Él se cierne sobre mí, cuidadoso para no poner peso sobre mi vientre, baja su cabeza y captura mis labios.
- Mmmm- suspiro.
Su lengua golpea sólo una vez entre mis labios antes de que yo la abra para él. Levanto la cabeza, para profundizar nuestro beso, mientras mis manos acarician su espalda. Aunque siento las cicatrices, los músculos y la carne de su espalda ya están tomando forma nuevamente y están tensos por el esfuerzo de no aplastarme. Sus dedos se mueven en círculos contra mí y , aún sobre la barrera de algodón de mi ropa interior, él me está mojando. Cuando mi deseo finalmente empapa la ropa, Peeta la aparta y arrastra sus dedos a lo largo de mis labios inferiores. Él aleja sus labios de mi boca, pero todavía puedo sentir su aliento sobre mi piel.
- Peeta- me quejo mientras me calienta.
Las yemas de sus dedos se mueven por fuera de mi apertura, pero no la penetra con el dedo ni toca mi clítoris, como si no se diera cuenta lo mojada que estoy. Con la otra mano sube mi camisón exponiendo mi vientre. Abro los ojos y sigo su mirada fija en mí.
- ¿Qué pasa?- pregunto preocupada.
- Puedo verla, como se mueve, a través de tu piel- dice silenciosamente.
Miro hacia abajo y me doy cuenta que el baile dentro mío continúa, claramente visible. Mi vientre está tirante y casi se puede ver cómo da patadas.
- ¿Está activa ahora mismo porque estamos …?
- Ella está activa porque es hiperactiva- le digo haciendo rodar mis ojos.
- ¿Está bien si nosotros …?
- Desde luego, Peeta. De hecho, si no lo hacemos, no será la única pegando patadas.
- Bueno, porque ver eso mes está excitando. ¿Es extraño?- pregunta mientras desliza un dedo dentro mío y mi aliento se acelera.
- Probablemente. Parece que todo sobre este embarazo te excita.
- Sí- dice- Todo.
Sus ojos vagan sobre mi cuerpo y saca su dedo.
- Quítate el camisón- me ordena y saco la gruesa tela por mi cabeza y la dejo a un lado en el sofá.
Él baja sus pantalones del pijama sólo hasta sus rodillas y saca su camiseta. Las manos de Peeta encuentran mis caderas y abro mis piernas para él. Él mira hacia abajo ávidamente y su lengua sale, mojando sus labios.
- Peeta- respiro.
Él sacude su cabeza, como saliendo del trance en el que estaba. Toma su erección y la dirige a mi entrada. Estoy muy mojada y rápidamente queda cubierto por mis jugos. Su ojos se cierran cuando presiona dentro mío. Sus manos están a cada lado tratando de sostener su cuerpo por encima del mío. Su cabeza cae hacia delante y sus ojos se fijan entre el lugar en dónde estamos unidos y mi vientre, una y otra vez. Es como si estuviese impregnándose de mi imagen, retorciéndome debajo de él, inflada con su hija dentro mío. La mirada de adoración sobre su cara no se asemeja a ninguna de las que le he visto.
- Eres tan sexy- dice mientras me llena una y otra vez.
Gimo en respuesta. Me alegro que él piense así. Miro hacia abajo a mi cuerpo, fácilment kilos sobre mi peso normal y no puedo estar de acuerdo con él. No estoy acostumbrada a verme así. Entrés a los Juegos del Hambr kilos por debajo del mi peso ideal y salí todavía más escuálida. Desde que volvimos al Distrito 12 mi madre y Peeta han tratado de alimentarme bien, aunque durante el Tour de la Victoria volví a perder el apetito. Pero no puedo discutir con Peeta sobre cómo me ve.
Mi aliento se hace más profundo y se acelera mientras miro cómo me hace el amor, está muy excitado. Sus cejas se juntan y por la cara que hace sé que está cerca. Sus empujes se hacen más salvajes y más erráticos. Él se contiene, pero le hago una seña con la cabeza, dándole permiso para terminar. Quiero que él me use para elevarse. Lo siento pulsar dentro mío, pero no cierra sus ojos, pone una mano sobre mi abdomen y los mantiene abiertos mientras sobrelleva su orgasmo.
Peeta sale de mí y se recuesta sobre sus ancas, mientras pasa sus manos por su pelo. Su pecho sube y baja agitado, sus ojos están cerrados y su boca está abierta. Aunque acaba de hacerme el amor, no puedo menos que mirarlo fijamente con deseo. Me estoy excitando nuevamente con sólo mirarlo con ese brillo que tiene después del acto sexual.
- ¿No acabaste?- me pregunta.
- Está bien- contesto.
- No, no está bien.
De repente, me ataca con su boca nuevamente. Mientras su lengua comienza a masajear la mía, siento cómo me penetra con un dedo y comienza a hacer círculos suaves sobre mi clítoris. La humedad natural que había juntado está ahora mezclada con su semen y se mueve con mucha facilidad. Y no necesita hacer mucho, porque segundos después me siento explotar en sus manos. Me sostiene de la cadera con la otra mano para evitar que comience a golpearme con el respaldo del sillón. De repente, siento que me olvido de todo salvo de él y lo único que me importa es su boca y su mano.
Cuando empiezo a bajar del clímax, abro los ojos y lo ve levantarse un poco sobre sus rodillas para subirse sus pantalones hasta la cadera. Vuelve a poner su camiseta antes de fijar sus ojos en mí.
-¿ Qué?
- ¿Te dije alguna vez que eres hermoso?
- Gracias- contesta riendo- Me alegro que pienses así porque me vas a ver durante los próximos 60 años.
- ¿Piensas que todavía haremos esto cuándo tengamos 70 u 80 años?
- No veo por qué no. Te amo y seguiré mostrándotelo mientras pueda.
- ¡Qué romántico! Viejitos teniendo sexo- me río.
- Cuando llegue el momento, no pensarás lo mismo. Siempre trataré de seducirte.
Me río, porque si alguien puede hacerlo, sé que es él.
-¿Lo prometes?- le pregunto.
- Lo prometo. Vamos a dormir, ya estoy cansado- dice mientras me levanta en sus brazos y comienza a llevarme a nuestro dormitorio.
Cuando llegamos a la cama, abrimos la ventana y nos metemos debajo del cobertor. Abrazados, nos quedamos dormidos plácidamente.
Me despierto por la claridad del día, aunque hace frío y puedo sentir el viento en la ventana que ya está cerrada, los tenues rayos de sol se cuelan en mi dormitorio. Estiro mi mano, en vano, buscando a Peeta. Desde que mi madre me ordenó quedarme en cama, no logro levantarme tan temprano como él. Además, desde que le sacaron los puntos, ha vuelto a su ritmo de trabajo. Cuando estoy por sentarme en la cama para tratar de moverme un poco hasta el baño, siento sus pasos por la escalera. Instantes después abre la puerta.
- ¡Buen día mi amor!- dice mientras entra al dormitorio con una bandeja llena de cosas- Te traje el desayuno.
- Me estás malcriando.
- Te estoy cuidando- me corrige- Además, necesitas anidar correctamente: comer y descansar para que nuestra hija crezca bien.
- Está bien- le digo resignada mientras mi estómago me delata haciendo ruidos.- Yo ya desayuné, pero te acompaño con un poco de té. Después te voy a dar un baño. Recuerda que a la tarde vienen tu madre y Prim para terminar la lista de lo que necesitamos para el bebé.
- Para un poco que ya estoy cansada- le digo- ¿No nos mandó cosas Effie?
- Si pero prefiero que tu madre nos guie un poco, sospecho que Effie sólo mandó tutús rosas y nada útil.
- Es probable- le digo resignada- ¿Vas a bañarte conmigo?
- Puede ser- me dice mientras levanta una ceja haciendo una mueca.
Me termino el té y dos rodajas de pan con mermelada de frutos rojos en tiempo récord. Y media hora después, estamos los dos metidos en la tina con agua caliente. Después de lo que pasó anoche, Peeta no necesita ninguna invitación y se deja llevar por sus instintos. Yo tampoco me quejo y revivimos nuestra sesión de sexo y chapoteo que habíamos tenido hace algunas semanas.
Después de secarnos y vestirnos, Peeta me trenza el pelo. Como yo tenía las manos muy inflamadas por el golpe, le había pedido a mi madre que le enseñara a trenzar mi pelo. Sus manos son increíblemente apacibles mientras cepilla mi pelo. También aprovecha para masajear un poco mi cabeza. Peeta es muy meticuloso y siempre se asegura que la trenza quede perfecta. Una de las primeras veces que lo hizo, que frenó casi al terminar, sólo para comenzar otra vez porque había visto que estaba torcida.
Cuando estamos los dos listos, Peeta me alza, como lo ha hecho los últimos días y baja conmigo hasta la cocina. Me sienta a un lado de la mesa y me alcanza el tejido. Como sabía que tendría mucho tiempo, decidí hacerle algo de ropa a mi bebé. Mi madre está intentando enseñarme, pero mis puntadas son tan desiguales, que tengo que sacarlas cuando tengo pocas líneas. Después de fracasar con un sombrero, mi madre sugirió que intente con una manta. He tenido más éxito con eso, pero todavía se ve un poco grumoso
Después del almuerzo, Prim y mi madre se sientan conmigo en la cocina y hacemos una lista de todo lo que necesitamos hacer antes de que el bebé nazca. La lista termina siendo mucho más larga de lo que Peeta y yo imaginábamos: ropa blanca, ropa color blanca para recién nacido, pañales, muebles, sacaleche, mamaderas para el sacaleche y todo lo demás. Seguramente es porque mi madre todavía recordaba algunos episodios de cuando Prim y yo éramos pequeñas.
- Necesitarás paños suplementarios- añade mi madre al azar- Y asegúrate de que la cuna sea robusta.
- Naan dijo que quería hacer la cuna- me recuerda Peeta.
- Es verdad. A mi me gustaría hacer los estantes. Y alguna otra cosa de madera tallada.
- ¿Tú?- pregunta mi madre asombrada- ¿De dónde sacaste esa idea?
- Mamá- le digo protestando- Tengo mucho tiempo libre y estoy ansiosa.
- ¿Qué piensas tú Peeta?
- Puedo asegurarme de que trabaje cuando está bajo mi supervisión, para evitar que se corte. Laurel, si le decimos que no, va a ser peor.
- Tienes razón Peeta. También podrían empezar la gimnasia preparto del libro que les envió la señorita Trinkett.
- ¿En serio?- protesto.
- Eso te preparará para tener un parto más rápido y sin dolor. Yo estoy empezando a usarla con mis pacientes.
- Bueno. Tú te encargas- le digo a Peeta dándole una mirada fulminante.
Mi madre me da ejercicios para hacer y me deja andar sola un poco, con ayuda de un bastón. .Después de un rato, mi madre y Prim se van a ver un paciente. Yo me quedo sentada empachándome de bollos de queso y mirando dibujar a Peeta.
- ¿Te conté algunas cómo descubrí éste libro?
- De verdad, no me acuerdo- me contesta sin sacar la vista del Libro de Plantas.
- ¿Te acuerdas de días que me diste el pan?
- Si.
- Al día siguiente, cruzamos miradas en el patio de la escuela.
- Recuerdo.
- Cuando aparté la mirada de tu rostro morado, me encontré con el diente de león y supe que no todo estaba perdido. Lo arranqué con cuidado y me apresuré a volver a casa, cogí un cubo y a mi hermana de la mano, y me dirigí a la Pradera; y sí, estaba llena de aquellas semillas de cabeza dorada. Después de recogerlas, rebuscamos por el borde interior de la valla a lo largo de un kilómetro y medio, más o menos, hasta que llenamos el cubo de hojas, tallos y flores de diente de león. Aquella noche nos atiborramos de ensalada y el resto del pan de la panadería. Prim me preguntó si podríamos encontrar más comida. Entonces me acordé del libro que mi madre se había llevado de la botica de sus padres. Mi padre añadió otras entradas al libro, plantas comestibles, no curativas: dientes de león, ombús, cebollas silvestres y pinos. Prim y yo nos pasamos el resto de la noche estudiando detenidamente aquellas páginas.
- Y ahora tú has agregado otras- me dice.
- Con tu ayuda- le respondo- Siempre recuerdo a mi padre que decía «Mientras puedas encontrarte, no te morirás de hambre». Sabes, ¿podríamos enseñarle a otras personas, a los niños de La Veta? Hasta podríamos mostrarles cómo hacer una huerta.
- Es verdad, pero tendríamos que esperar a la primavera y a que tengas al bebé.
- Si- le contesto triste- Pero, ¿podemos hacerlo?
- Es un trato.
Cerca de la hora de la cena, pasa Haymitch para traernos noticias de la ciudad, que son malas. Mas gente siendo castigada o cayendo por el hambre. Mientras Peeta nos sirve los restos de estofado del mediodía y unas rebanadas de pan tostado, le cuento a Haymitch el descubrimiento que hicimos sobre el Distrito 13. Pero él, ni reacciona. Y eso me frustra. Pero a pesar de mi mal humor por la negativa de mi mentor a contarme la verdad, que yo creo que esconde, la cena trascurre tranquila y, antes de las nueve de la noche, Peeta y yo estamos arropados en la cama.
Los días pasan en una lenta rutina. Como no salgo de la casa, ya que mi madre sólo me deja caminar muy poco, alternamos con comida, pintura y sexo. Pensándolo bien, no me puedo quejar. Pero siento que nos estamos encerrando en nuestro mundo, dejando que afuera todo empeore. El jueves antes de cumplir treinta semanas de embarazo, Peeta viene con una nueva idea. Al principio, la rechazo de plano.
- Ni lo pienses Mellark- le digo.
Pero él no se da por vencido tan fácilmente. El sábado me lo pregunta nuevamente, mi rechazo inmediato es atenuado por la curiosidad. Entonces le pido que me explique un poco más qué es lo que quiere hacer. Y Peeta me explica, al detalle.
La tercera vez que me pregunta, ya es lunes, de mañana y la casa está tranquila, mi madre está atendiendo y Prim está en la escuela, así que nadie va a interrumpirnos. Entonces, le digo que sí. Peeta me lleva a su estudio y coloca una sábana blanca en el suelo.
- Déjame ayudarte- me dice mientras me agacho para acostarme encima.
Yo tengo puestas mis calzas de maternidad y una camiseta haciendo juego. Peeta me acomoda sobre la manta de costado izquierdo para garantizar el flujo sanguíneo a mi útero, pone unos almohadones en mi espalda y levanta la tela liberando mi abultado vientre. Entonces se le encienden los ojos. Mi panza redonda de piel olivácea lisa y estirada por nuestra hija que crece dentro sería su lienzo.
A mi lado, acomoda varios potes con glaseado con diferentes colores que estuvo preparando más temprano. Él sostiene que si son aptas para comer, no serán tóxicas sobre mi piel ni afectarán a la bebé. Entonces, comienza a pintarme. Los movimientos de los pinceles son similares a los de una pluma, suaves caricias sobre mi piel. Peeta se concentra en su trabajo y yo me quedo dormida. Cuando despierto, Peeta está tras un lienzo apoyado en un atril, totalmente concentrado.
- No te muevas- me susurra- Ya estoy terminando.
Su cara está iluminada por lo que está viendo. Entonces sigo la línea a dónde están fijos sus ojos y veo mi vientre, todo pintado con flores silvestres, las mismas que usó para nuestro pastel de bodas. La pintura sobre mi redonda barriga es exquisita, llena de prímulas, dientes de león, sagitarias, violetas y pequeños azahares. Un sonrisa se dibuja en mis labios y Peeta me sorprende al hablar.
- Así, quédate así- dice- No, mejor, sácate toda la ropa.
- Peeta, ¿qué estás haciendo?
- Te estoy pintando.
- ¿Desnuda?
- ¿Por qué no? Eres hermosa, pareces una diosa antigua.
- Pero…- trato de protestar, porque ¿dónde pondrá esa pintura?
- Katniss, la pintura es para nosotros, nadie más la verá además de ti.
- Esta bien.
El proceso dura otra media hora y ya estoy un poco adolorida de estar en ésta posición. Peeta se da cuenta que estoy cansada y deja el pincel. Se limpia las manos con un trapo húmedo y se acerca a mí. Con cuidado se agacha a mi lado y acomoda los almohadones para dejarme acostada boca arriba con uno como almohada. Él sabe que no estoy cómoda en ésta posición, pero antes de que empiece a protestar, dobla mis rodillas para asegurarse de que la zona lumbar esté bien apoyada contra el piso. En ésta posición y desnuda, quedo totalmente expuesta y, anticipando lo que puede llegar a pasar, siento la humedad acumularse entre mis piernas. Pero Peeta me sorprende cuando se agacha y su lengua, en vez de posarse en mi clítoris, aterriza a un lado de mi vientre y da un largo lengüetazo.
- No sólo eres hermosa, también eres deliciosa- me dice con voz pícara.
Al principio, se concentra en mi vientre, pero, de a poco, sube hasta llegar a mis pezones. Después de lamer y chupar mi pezón izquierdo hasta dejarlo bien erecto, yo empiezo a sentirme impaciente. Con mi mano izquierda lo tomo de la nuca y lo traigo hacia mí hasta que nuestros labios se tocan. Nos besamos lánguidamente durante un momento, su boca está extremadamente dulce y siento como el azúcar entra en la mía. Pero necesito más. Muevo mi mano derecha hasta dejarla a la altura de mi vientre y paso un dedo levantando la mayor cantidad de glaseado que puedo. Sin vacilar, muevo mi dedo hasta mi entrepierna y lo limpio ahí. Cuando Peeta se da cuenta lo que acabo de hacer, deja mi pezón derecho y me mira.
- No necesitas hacer eso para que te la chupe- dice con voz ronca.
- Lo sé, pero ahora tendrás que limpiarme- le contesto.
- Como mandes- responde y veo que se iluminan los ojos.
Peeta estira el cuello para atacar mis labios una vez más. Él es dominante, dirigiendo mi lengua con la suya, chupando sobre mi labio apasionadamente. Despeja el cabello que ha quedado sobre mi cara con una risa apacible antes de comenzar un sendero de besos por mi cuello hacia abajo, lamiendo el valle entre mis pechos, sobre la montaña que es mi estómago, a través del hueso de mi cadera, saltando donde más lo necesito y, finalmente, a lo largo de mis muslos interiores. Estoy caliente por el deseo y cada músculo de mi cuerpo se contrae por sus toques. Cuando termina su ataque sobre mis muslos, su boca roza finalmente mi clítoris. Peeta suelta un gemido y agrega uno de sus dedos, extendiendo la humedad. Bombea despacio unas veces, hasta que decide acelerar su paso.
Con la respiración entrecortada, me levanto un poco con mis codos para ganar acceso a sus pantalones, que están notoriamente abultados en el frente. Por suerte, son los de un pijama viejo y, aunque mis manos están temblorosas, consigo finalmente bajarlos hasta la altura de sus caderas. Consigo quitarle su camiseta poco después y rastrillo mis uñas arriba y abajo a lo largo de su pecho de tal modo que estoy segura que quedarán las señales mañana. Él gime con mi toque y sus caderas se mueven en el aire hacia mí en busca de fricción. Lo tomo con mis brazos alrededor de su cuello, derribándolo sobre mí descansando mi cuerpo contra los almohadones otra vez. Él procura sostener su peso por encima mío y me da un último beso antes de guiarse dentro de mí. Empuja más profundo y yo me aprieto alrededor suyo, ganando un sonido gutural en respuesta.
- ¡Mierda!- gime, su forma entera que sacude mientras descansa la mayor parte de su peso sobre su pierna buena.
Uso el apoyo de mis pies contra el piso para empujarme hacia él y comenzamos a construir un ritmo.
- Peeta- jadeo- Más rápido.
Inmediatamente, hace caso a mi pedido y trato de sostenerme desesperadamente mientras sus caderas se mueven más rápido, el sonido de sus golpes contra mi piel llenan el espacio junto a nuestros gritos. De a poco, siento cómo se construye mi orgasmo. Aprieto mi vagina alrededor de Peeta más firmemente y su cabeza cae hacia delante lánguidamente, gruñendo su aprobación.
Peeta coloca una mano entre nosotros hasta que encuentra mi clítoris y comienza a frotarlo al mismo ritmo que sus empujes. Él lo aprieta entre su índice y pulgar y mi cuerpo explota por el éxtasis. Grito con voz ronca y trato de frotarme contra él con más fuerza mientras disfruto mi orgasmo íntegramente.
Peeta nunca deja de mirarme fijamente, sus ojos llenos de lujuria. Ellos ruedan hacia atrás cuando exprimo mis muslos alrededor de su pene y hago rodar mis caderas contra él.
- ¡Katniss!- dice entre dientes apretados, sus manos tomando firmemente la manta debajo mío.
Vuelvo a presionar alrededor suyo y lo siento estremecerse y eyacular dentro mío. Trato de sostenerlo colocando mis manos en sus glúteos hasta que se queda quieto. Luego cae rodando al lado mío una vez que termina. Puedo ver cómo se levanta su pecho por la respiración agitada y cómo tiembla por los espasmos posteriores a su orgasmo. Me coloco de costado hasta que mi frente toca la suya, despejo su pelo y beso la base de su mandíbula hasta lograr calmarlo.
- Te amo- le digo y sus ojos se cierran cuando escucha mis palabras.
- Nunca podré aburrirme de escucharte decir eso- contesta él a cambio- No sé cómo logré hacer que me amaras, pero prometo que trabajaré mucho cada día para merecerte. – Tú ya me mereces- le contesto.
Nuestro transe es interrumpido por el ruido de mi estómago y un pie que presiona a un lado de mi vientre.
- ¿Qué hora es?- le pregunto.
- Deben ser cerca de la una de la tarde. Mejor vamos a sacarnos todo éste glasé y almorzamos.
Nos metemos juntos en el baño y pasamos un rato largo sacándonos la pintura, que se ha transferido de mi cuerpo al de Peeta, especialmente a su cara. Para cuando bajamos a la cocina, ya casi es la hora de la merienda. Comemos tranquilamente y después no sentamos a ver un poco de televisión. Mi madre pasa a visitarnos un rato antes de la cena y le enseña a Peeta a vendarme el pie. Cenamos en la cama y dormimos tranquilamente toda la noche.
Los días siguientes me dedico a construir algunos muebles. No sólo la madera sin terminar es más barata, sino que realmente disfruto haciéndolo porque consume toda mi energía. Peeta se asegura que las gubias no estén oxidadas y le da los toques finales.
Hacer algunos de los muebles para mi hija es más fácil de lo que pensé que sería. Después de haber tallado mi propio arco, la tarea implica cortar la madera en pedazos más pequeños. Pero me cuesta encontrar el equilibrio de las cosas. Cuando mi primera silla se deshace cuando se sienta Prim en ella, mi madre casi tiene un infarto. Y mientras el embarazo continúa, se hace más difícil trabajar alrededor de mi estómago. Termino en contorsiones torpes, aunque a Peeta no le disgustan demasiado.
A la semana siguiente, con Peeta elegimos una de las habitaciones extra para que se convierta en la de nuestra hija. Yo siento que estoy anidando. Decidimos pintar su cuarto de color amarillo suave y Peeta manda a pedir una pintura con baja toxicidad. Mientras yo pinto tres paredes, Peeta es el encargado de hacer un mural en el cuarto.
Hago rodar mi cepillo en la pintura amarilla y lo apoyo en la pared. Mi brazo está cansado y mi muñeca dolorida. La hago girar un poco.
- ¿Qué pasa?- me pregunta Peeta.
Hago rodar mis ojos. No tengo que mirarlo, su tono lo dice todo.
- ¿ Qué te parece que hago?
Se acerca y toma la brocha de mis manos.
- No deberías hacer esto.
- La pintura no es tóxica.
- Te vas a agotar.
- ¿Me estás tomando el pelo? Peeta, casi no puedo salir, o porque no puedo caminar mucho o porque no queremos que me vean. No puedo estar todo el día sin hacer nada. ¡Básicamente tengo la vida de un gato viejo!- bajo mi voz un poco- Si no me dejas arreglar este cuarto, me volveré loca.
- Eres más obstinada que una mula- Peeta suspira- Déjame ayudar.
- ¡ No! ¡Tú tienes que terminar tu mural!
Ya no puedo controlar mis emociones. Mi madre ya nos había advertido sobre mi irritabilidad. Por suerte, Peeta es paciente conmigo. Se muerde el labios y baja su voz.
- Dale- hace un gesto alrededor del cuarto mostrándome que ya lo terminó- ¿ Qué más puedo hacer?
Hago rodar mis ojos.
- Afuera hay un juego de estantes que pinté ayer, deberían estar secos. ¿Te molestra traerlos?
- ¿ Cómo los ibas a traer sola a aquí sin mí?
No le contesto. Simplemente lo miro fijamente. Una sonrisa se extiende a través de su cara y se ríe de mí.
- Está bien, ya los traigo.
Me devuelve la brocha y reasumo mi tarea de pintar. Casi termino con esta pared. Decorar el cuarto de mi hija es la única cosa que, ahora mismo, mantiene mi mente despejada de los otros problemas. El impulso de anidar es muy fuerte. No sólo pintar, sino tejer docenas de suéteres rosados, aún cuando no puedo hacer un punto para salvar mi vida.
Unos minutos más tarde, Peeta aparece con los estantes.
- Katniss, ¿me puedes explicar cómo estás haciendo la habitación?
- En los libros que mandó Effie, resaltan que cuando el bebé comienza a gatear, necesita espacio. Entonces pensé en armar su cuarto de manera que ella pueda tener sus cosas a su altura- digo haciendo un gesto en dónde quiero que ponga los estantes- Aquí, por favor.
- ¿ Me gané un por favor esta vez?
-Sí- digo con vergüenza.
Él se ríe de mí.
- Entonces ,¿por qué no tenemos una cuna?
- tenemos un moisés para cuando sea pequeña y un corralito cuando queremos que no salga. Pero no estoy haciendo un cuarto de bebé, sino un cuarto para un niño pequeño.
- ¿Un niño pequeño?
- Sí. Ella será niña por más tiempo. Apenas empiece a gatear, ella va a querer moverse. Pongo todo al nivel del suelo para que ella se pueda mover todos sus juguetes ella misma.
- ¿Qué pasa si se cae de su colchón?
- Bueno, el colchón estará en el suelo, no podrá caerse lejos. Y hice traer unas barandas de seguridad.
- Confío en té entonces.
Él se inclina y me besa en la cabeza. Termino de pintar la pared y me alejo para admirar mi trabajo y el de Peeta. Las paredes están pintadas y, como me muevo despacio, dos de ellas ya están secas. Cuelgo un espejo de cuerpo entero horizontalmente justo encima de dónde descansará el colchón. Acomodo una caja con juguetes de madera y algunas decoraciones. Vuelvo a mirar alrededor del cuarto, sonrío. El mural de Peeta reproduce un claro del bosque lleno de flores silvestres y mariposas coloridas. Parece mágico y siento como si la brisa del bosque refrescara la habitación.
Mientras cenamos, Peeta me recuerda que la semana que viene es fin de año.
- Van a hacer dos años que jugamos al amigo invisible y me dejaste que te diera tu primer beso.
- Es verdad, ¿quieres hacer algo especial?
- Ya pensaré algo para nosotros. Pero estaba pensando en hacer algo para la gente. Sabes, estas últimas semanas no han sido buenas.
- Ya lo sé, tú y Haymitch me lo han contado. ¿Qué tienen planeado?
- Pensaba preparar comida y pan y llevarlo a La Veta para que tengan una cena caliente en último día del año.
- Me parece bien, si mi madre me deja, podría ayudarte a repartir las cosas. Hasta a cocinar.
- Me gustaría mucho que me acompañes. También me gustaría que me acompañes a cenar el 31 a lo de mi padre.
- ¿Quieres ir? Digo, después de lo que pasó cuando te azotaron ….
- Ya sé. Pero quiero estar con mi padre y mis hermanos. No les dije que vinieran a casa, porque no quiero que ella esté acá.
- ¿Qué haremos cuando nazca nuestra hija?
- No lo sé. Sólo mi padre y Naan se interesan por ella. Mi madre ni me pregunta cómo estas. Pero realmente quiero estar con ellos y quiero que estés conmigo. Volveremos rápido apenas terminemos la comida.- me promete.
- está bien.
Tres días después, estamos caminando al atardecer hacia la panadería. Llevo puesto un conjunto de calza negra, botas negras y una blusa arreglada que destaca mi redondo vientre, todo tapado por un gran abrigo. Como las últimas veces que vine al pueblo, elegimos las calles más solitarias y menos iluminadas. Pero hace tanto frío, que nadie se anima a estar afuera.
Entramos a la panadería por la puerta trasera y el olor delicioso de la comida nos envuelve. Mi estómago ruge y Peeta se ríe a carcajadas. Lahoh me saluda cálidamente y Naan me alza como si no pesara nada. Su madre, en cambio, mira sorprendida mi abdomen y por primera vez nos pregunta algo del embarazo.
- ¿De cuántas semanas están?
- Treinta y dos semanas- contesto secamente.
- En el Capitolio nos dijeron que es una niña.
- ¡Ah! ¿Ellos saben que está embarazada?- pregunta como si no estuviera presente.
- Si- contesta Peeta secamente.
- Bueno, que se siente, porque parece que va a explotar.
Nos sentamos los seis a la mesa. Entre mi suegro y Naan sirven la comida, hecha entre ambos. Es uno de los pavos salvajes que llegamos a cazar antes de que electrificaran la alambrada. Es irónico, porque por uno de éstos, azotaron a Peeta. Contra mi pronóstico, la cena transcurre bastante tranquila, sólo hablamos de programas estúpidos del Capitolio. La madre de Peeta me ignora. Pero no me molesta, porque tampoco me agrede. Luego de un delicioso pastel de chocolate y mostrarles a mi suegro y hermanos cómo se mueve mi bebé como consecuencia de la tora, volvemos a casa, caminando aún más despacio que a la ida.
Nos metemos en la cama rápidamente, para tratar de recuperar el calor. Aunque afuera está nevando copiosamente, nuestro cuarto está templado. Mientras le comento que no me sentí tan mal durante la cena, la mano de Peeta se mueve a mi vientre.
- Basta de hablar de ellos- me dice picaronamente- Hay otros asuntos requieren mi atención.
Su mano se mueve de mi vientre hasta mi pecho y su índice rodea mi pezón derecho.
- Toda mi atención- clarifica.
-¿ Estás seguro que no ester tú el que está lleno de hormonas?
- No pediré perdón por encontrar a mi hermosa esposa aún más atractiva cuando está embarazada.
- ¿Estás tratando de seducirme ahora?
- ¿ No lo hago siempre?
Su mano encuentra mi nuca y me acerca, reclamando mis labios en un beso apasionado. La otra mano se desliza debajo de mi camisón y siento que exprime mi pecho. Gimo para él. Se siente tan bien. Balanceo mi pierna sobre él y quedo sentada a horcajadas sobre él. Con mi vientre tan grande como está, hay sólo dos posiciones en las cuales podemos hacer el amor cómodamente, yo estando arriba o por detrás. Ahora mismo, quiero besarlo y quiero mirarlo a los mientras me lo hace. Parece que Peeta está conforme con la posición que elijo. Saca su camiseta sobre sobre su cabeza, exponiendo su abdomen y puedo ver el deseo en sus ojos. Y su deseo se hace más profundo a medida que prodigo atención a su cuerpo con mis manos y mis labios. Le beso su mandíbula, los hombros y exploro sus músculos con las yemas de mis dedos. Él gime para mí y con cuidado pellizco en la piel sobre su cuello.
- Katnissss- silba.
Con sólo escucharlo me mojo. En éste momento tengo el control de la situación, pero Peeta más fuerte que yo. Sus manos me hacen sentir segura y sostenida mientras me aparto de él y me ayuda a mantener el equilibrio mientras me quito el camisón y ropa interior. Me inclino hacia adelante y saco de un tirón los pantalones de su pijama, mientras él ayuda levantando sus caderas para mí. Lo empujo sobre la cama y me subo encima de él. Me inclino hacia adelante y beso su cuerpo otra vez, yendo más abajo esta vez, mis labios remontan el contorno de sus músculos pectorales. Arrastro el calor de mi sexo sobre su erección y sus caderas presionan hacia arriba.
- Mmm, se siente bien- gimo mientras lo cubro con mi deseo- Estoy mojada para ti.
- Y yo estoy duro para ti- contesta.
Sus manos me rodean y agarra mis glúteos. Sigo arrastrando besos a través de su pecho y comienzo a viajar más abajo, pero Peeta me detiene.
- Sube aquí- exige- Besa mis labios.
Me deslizo hacia arriba por su cuerpo. Bajo mis labios hacia los suyos y el sonido de nuestros besos me excita más.
- Me encanta besarte- le digo.
- ¿ Sí?- cabeceo- Bien.
Él me besa otra vez, más profundamente. Su lengua se mueve rápidamente alrededor de mi boca, la punta roza mi paladar. Sin separar mis labios de los suyos, guio su erección a mi entrada.
- Mmmm- gimo en su boca cuando él me llena.
Comienzo a mover mis caderas contra las suyas, buscando la fricción que necesito, usando cada centímetro de su cuerpo. Él dobla sus rodillas y empuja hacia mí, sosteniendo mis glúteos para ayudar a que me mueva contra él. Presiono hacia abajo contra él, acompañando sus empujes. Como no puedo rotar mis caderas como a él le gusta, abro más las piernas más y caigo sobre él con más fuerza.
- Katniss.
Me doy cuenta que le gusta, entonces, repito el movimiento una y otra vez, aunque tiemblan mis muslos y mi respiración ya es pesada, pero no me detengo. Miro a los ojos de Peeta, amplios y llenos de lujuria. Está cerca. Y está más hermoso que nunca.
- ¿Estás lista?- me pregunta y asiento con mi cabeza.
Estoy muy caliente. Peeta empuja con fuerza sobre mis caderas hacia abajo cuando su cuerpo se tensa. Él pulsa dentro de mí y, de repente, mis paredes se contraen alrededor de él. Cierro mis ojos, presionando mis manos contra su pecho, mientras se lobera mi orgasmo. Grito, mi voz sube de tono cada vez que otra ola de placer me llena. Abro mis ojos para encontrar que Peeta me está mirando. Río.
- ¿ Qué?- jadeo.
- Nada. Amo cuando terminas así, con tanta fuerza.
- Tú me haces sentir bien- respiro.
- ¿Puedes sentirme todavía dentro de tí?- susurra y levanta sus caderas para acentuar su punto.
Todavía está erecto dentro mío. Inhalo mientras el movimiento envía una ola de placer por mi cuerpo. Asiento con mi cabeza.
- Sí- contesto.
Lleva mi mano a su boca y besa las yemas de mis dedos. Me río de él.
- Déjame sostenerte.
-Está bien- contesto.
Me levanto encima de él y lo separo de mi cuerpo. Me acuesto a su lado, apoyándome sobre el lado izquierdo de mi cuerpo. Él coloca el edredón sobre nosotros y sus dedos acarician mi vientre suavemente.
- Te amo- me dice.
- Te amo, también- digo y la fatiga finalmente gana.
Me despierta el hambre y las ganas de ir al baño. Estas últimas dos semanas, he tenido que ir al baño constantemente. Mi madre dice que la bebé debe estar apoyada sobre la vejiga, porque no aguanto nada y no puedo correr, no sólo porque mi tobillo no está listo, sino porque me siento muy, pero muy pesada. Ya en el baño, me lavo los dientes, arreglo mi trenza y me preparo para bajar. Mi madre ya me deja andar sola un poco, mi pie es declarado util. Aunque no lo hago tan rápido, puedo bajar las escaleras e ir sola a la cocina. Cuando llego, me doy cuenta que Peeta está trabajando en toda la comida que vamos a repartir por la tarde. Busco entre las alacenas, sé que Peeta debe haber dejado algo para que desayune, pero estoy antojada. Encuentro avena y chocolate. Los pongo juntos en una ollita para derretirlo, agrego un poco de manteca y rompo encima unas galletas viejas.
- Eso es asqueroso- se queja Peeta cuando ve la mezcla de avena, chocolate y galletas molidas que estoy calentando en la cocina.
-¿Tienes algo en contra de la avena?
- No contra lo que le estás haciendo.
- No todos somos tan habilidosos en la cocina, panadero.
Mezclo todo junto y saco un poco con un dedo.
- Mmm- exclamo.
- Evidentemente, las mujeres embarazadas comen cosas horribles- me dice irónicamente.
Río.
- Solía hacer esto cuando vivía con mi madre y lograba comprar los ingredientes en El Quemador- vuelvo a sacar un poco - Y no necesita cocinarse al horno.
- Esto es una ofensa para un panadero.
- Me imagino, pero es delicioso- pongo un poco más en mi dedo y le ofrezco.
Peeta se inclina hacia delante, toma mi muñeca y dirige mi dedo a su boca. Su lengua se mueve sensualmente y me hace recordar los movimientos que hago cuando lo tengo en mi boca.
- No está tan mal- dice- Puedo hacerte algo mejor con esos ingredientes.
- Estoy segura de eso- le digo mientras trato de acomodarme sobre la mesada de la cocina- Tengo toda la confianza en que tú podrías hacerme algo con capas, o tal vez invertido y apuesto que hasta usarías fuego en la presentación. Pero, ahora mismo, se me antoja avena mezclada con chocolate y galletas, ¿está bien?
- Está bien- dice mientras se coloca entre mis piernas.
Sus manos encuentran mis caderas y las exprime. Su mano se mueve hasta tocar mi entrepierna.
- Mmhmm- susurro.
- ¿En qué estás pensando?
- En tus manos- respiro.
Él me frota sobre mis calzas.
- Deberíamos mover esto al dormitorio- me dice con voz ronca.
Cabeceo, aunque no hay muchas cosas con las que no estaría de acuerdo a ahora mismo, porque mientras me está tocando, se bloquean los pensamientos y el resto del mundo desaparece.
- No quiero esperar- jadeo.
Peeta mira alrededor.
- Bien- susurra.
Su mano se mete debajo de mi camisa de maternidad y mueve hacia abajo la parte delantera de mis calzas. Tira hasta que sus dedos pueden alcanzar mi clítoris fácilmente. Su boca se funde a la mía mientras rápidamente aparta mi ropa interior y desliza sus dedos gruesos dentro de mí.
- Sí- gimo contra su boca.
Peeta se aleja un poco.
- Shhh, Katniss.
Su cabeza mira a ambos lados mientras bombea sus dedos dentro mío. Apoyo mi cabeza contra su hombro mientras él riza sus dedos y siento que mi orgasmo se construye rápidamente. Él conoce mi cuerpo, sabe cómo hacerme terminar. Muevo mis caderas contra su mano mientras él sigue moviéndose dentro mío con sus dedos.
- Se siente bien- jadeo cuando su pulgar encuentra mi clítoris.
- Siento que tu cuerpo me agarra.
- Ah ha. Te deseo- susurro mientras me sostengo fuerte en su antebrazo.
- Yo también te deseo. Me calientas tanto, sólo pienso en hacerte el amor.
- Por favor.
- Quiero sentirte alrededor mío, estás tan mojada para mí.
- Siempre- respiro.
La tensión se construye dentro mío.
- Siempre para ti- le susurro.
- Te siento. Siento cuánto me deseas.
- Mmhmm- gimo, pero Peeta me calla- Yo quiero …- los labios de Peeta están sobre los míos cuando exploto.
Mi boca está abierta y siento su aliento pesado contra mí. Mi cuerpo se sacude y me contraigo alrededor de su dedo. No grito. En cambio, sobrellevo mi orgasmo con unos Mmms y Ohhhs contra sus labios.
Peeta retira su mano y lleva su dedo a su boca.
- Has visto cómo un caballero puede satisfacer a una dama solamente en unos minutos- dice entre risitas.
Todavía estoy excitada y mojada para él.
- ¿ Qué?- pregunto incrédula.
- Las cosas que te hago- sacude su cabeza- Y eres mi esposa... Terminaré de armar las viandas- dice mientras se mueve al fregadero y lava a sus manos.
Como siempre, se pone a trabajar y espera que yo me quede aquí sentada y actúe como si no estuviera sentada en un charco de lo mojada que estoy. Mientras trato de calmarme, observo el paisaje de la cocina. Hay dos ollas de estofado sobre la mesada y el horno está encendido. Madge nos prestó unos carros rojos en donde Peeta ha comenzado a apilar las viandas, preparadas en contenedores descartables.
- ¿Qué tienes en el horno?- le pregunto.
- Carne al horno con papas para nuestro almuerzo y pan para llevar por la tarde. ¿A qué hora dijeron Prim y tu madre que vendrían?
- Cerca de las doce- contesto.
- ¿Y Haymitch?
- No dijo.
Parece que el haberlo nombrado lo ha atraído, porque cinco minutos después, Haymitch se aparece en nuestra cocina bañado y peinado.
- ¿Te diste tu baño anual?- le pregunta Peeta.
- Buen día a ti también- le responde poco amable.
- ¡Haymitch!- lo reto.
- Está bien. Hazelle dijo que era de mala educación ir de invitado sucio. Y ya que tengo toda mi ropa limpia, no voy a ensuciarla tan rápidamente. No tuve otra alternativa.
- Además te conviene practicar viejo- le dice Peeta- No vamos a dejar que cargues a nuestra hija si estás borracho y sucio.
- ¿Quién te dijo que voy a querer cargarla?- contesta nuestro mentor.
- Es sólo para que lo sepas. ¿Quieres té?- pregunta Peeta.
- No, gracias. Traje mi licor- responde.
- Durante la comida- lo reta Peeta- Ahora agua o té.
- Nada- gruñe Haymitch.
Nos quedamos tranquilos mientras Peeta termina de cocinar. Doce menos diez llegan mi madre y Prin, con sus pelos llenos de copos de nieve. La cara de sorpresa cuando ven a Haymitch limpio no tiene precio. El almuerzo del primer día del año transcurre en paz. Mientras comemos el postre, una torta de manzana tibia con crema batida que hizo Peeta, les contamos nuestro plan de ir a llevar comida a La Veta. Mi madre se emociona y mi hermana se pone muy contenta. Pero yo no puedo dejat de pensar en las consecuencias.
- ¿ No te asusta?- les pregunto a Peeta y a Haymitch- Algunos días tengo tanto miedo que me cuesta respirar. Snow no está feliz. No tuvimos éxito en reprimir los levantamientos. Lo que hicimos no sirvió para nada- me lamento.
- No, no fue para nada. Snow les impuso una tarea imposible y ustedes hicieron todo lo posible. La gente quería rebelarse contra el Capitolio mucho antes de que tú te ofrecieras como voluntaria para ir en vez de Prim, mucho antes de que le ofrecieras a Peeta ese puñado de bayas- contesta Haymitch.
- Cuando lo dices de ese modo, suena como si fueses tan valiente, pero no me siento valiente. No más Haymitch. Soy una cobarde. Todo lo que quería hacer era mantener a salvo a Prim y a Peeta. Y a mi hija. Y no parece que ellos estén más seguros ahora que cuando Effie sacó sus nombres del tazón hace seis meses.
- Escucha preciosa. No sé lo que nos deparará el futuro. No sé qué trucos repugnantes guarda Snow bajo la manga. Pero realmente sé que tú, Peeta y yo haremos todo lo posible para mantener a tu hermana a salvo. Y a tu hija. Puedes estar asustada ahora, pero te conozco, te pareces a mí. Nos escondemos, huimos del miedo, la cólera y el dolor, pero cuando lo peor llega, nuestras garras saldrán. No mentí cuando te dije que había conocido un par de luchadores durante la última cosecha y sé que ustedes dos no se rendirán ante nada.
Haymitch toma un trago de licor, como sellando sus palabras con una promesa y yo, a cambio, le ofrezco una sonrisa agradecida.
- Ahora ve a acompañarlo. Serás más provechosa con él que quedándote acá conmigo.
Cuando me levanto, Peeta ya me está esperando afuera con los carros llenos de comida. Me pongo las botas para nieve y un abrigo grande y largo. Parezco una carpa, pero podría pasar desapercibida diciendo que tengo muchas capas de ropa debajo, aunque sólo llevo mis calzas térmicas y mi camiseta de embarazada. Caminamos unos metros hasta la casa de mi madre y nos despedimos.
Sigo a Peeta despacio hasta la panadería. Allí golpea la puerta de atrás en un tipo código. Cuando se abre, intercambia un puñado de billetes con su padre que le entrega otro carro lleno de productos de panadería. Peeta cubre el carro con un paño grande y comienza el camino hacia La Veta. Pero su primera parada es la mina. Lo veo acercarse a un hombre, que reconozco como el capataz. Hablan durante unos minutos antes de que Peeta toma una cesta llena de pan caliente y unas cinco viandas del otro carro y se las dá. El capataz no parece intimidado o avergonzado por la caridad. Intercambian unas palabras y un apretón de manos antes de que Peeta se dirige a su siguiente destino. Los niños de La Veta se acercan a él como si fuera miel y ellos abejas. Los niños parecen familiares con su presencia y los adultos están alarmantemente a gusto con el forastero. Me imagino que ha venido solo los días que estuve en cama y ya lo conoces mejor, porque cuando yo vivía en La Veta, siempre tratábamos que pasara inadvertido para evitar los chismes. Verlo interactuar con mis viejos vecinos me llena los ojos de lágrimas. Entonces siento una mano sobre mi hombro.
- Él es un buen hombre, Katniss- me dice dulcemente Hazelle Hawthorne.
Limpio con mi pulgar las lágrimas de mis ojos antes de contestar.
- Lo sé.
- Hace un tiempo, ellos se habrían mofado de su caridad, más viniendo de un chico del pueblo. Pero ellos saben que él no es así. Ellos vieron sus juegos, vieron lo bueno y puro es él y cuánto te ama. Se dieron cuenta bastante rápido que él no quiere nada a cambio.
Mi corazón se estremece cuando veo a Peeta alzar a una niña flacucha de La Veta, puro hueso y frágil, con el pelo negro que cae alrededor de sus hombros. Peeta ni se inmuta frente a su vestido rasgado y sucio, sino que rie intensamente, mientras le ofrece un bollo de queso. La niña lo come tan rápidamente que ni debe darse cuenta el sabor que tiene. Peeta sonríe aún más antes de darle otro, que come tan rápidamente como el anterior. Cuando se acerca la madre de la niña, conversan un rato antes de darle un pan, cinco viandas y una bolsa llena de fruta. La niña le da un beso en la mejilla antes de bajar al suelo y ayudar a su madre, juntas caminando hacia su casa, impacientes por compartir su buena fortuna con el resto de su familia.
Hazelle coloca sus manos sobre mis mejillas, forzándome a mirarla a los ojos.
- Ustedes dos son especiales, valientes y desinteresados.
Resoplo un poco ante sus palabras.
- Yo no soy buena, no como él- digo agitando un brazo en la dirección de Peeta.
- Puede ser que seas más cabeza dura y resistente. Eso es consecuencia de todo lo que has hecho para sobrevivir. Pero nunca has sido cruel. Eres un faro de luz en un tiempo oscuro, muy oscuro.
- Nadie decente gana los Juegos, Hazelle.
- Del modo en que lo entiendo, nadie gana los Juegos, sólo los sobrevives- me dice y se agacha para levantar la palangana llena de ropa para lavar- Voy a seguir trabajando. Los espero para tomar un té.
Mientras arrastro los carro, observo a Peeta interactuar con las familias de La Veta, su melena rubia y brillante contrasta como un diente de león en primavera contra las cabezas oscuras de sus habitantes. Cuando terminamos la ronda, vamos a la casa de Sae La Grasienta, porque Peeta quiere arreglar los escalones de su pórtico. Sae me descubre y me llama, mientras Peeta comienza a martillar.
-¡ Katniss, ven adentro! Hice té para acompañar las galletas que hizo tu esposo- me dice mientras me ayuda a entrar.
Ya sentada a la mesa, aparece la nieta menor de Sae, caminando con pasos inestables, primero agarrándose a las piernas de la mesa y luego, de las mías. La niña pierde su equilibrio y está a punto de caerse cuando la tomo de los brazos y la alzo, sentándola en mi regazo. Le entrego un pedazo de una galleta y ella chilla del regocijo antes de empujar el bocado entero en su boca. No puedo evitar reírme mientras le limpio la baba y las migas de su cara. Cuando alzo los ojos encuentro los ojos de Peeta fijos en los míos, una risa suave sobre su cara.
- Katniss, no te había visto desde que te caíste. Peeta me dijo que tuviste que hacer reposo. Espero que estés bien ahora.
- Sí, es verdad Sae. No me sentí muy bien al principio. Pero ahora estoy mejor- le contesto mirando fijamente a Peeta.
- Eso está bien. Tenías que descansar. Tu esposo ha estado ayudando aquí y allá en La Veta.
- Me estoy enterando- protesto.
Rápidamente Peeta recoge sus herramientas y nos despedimos de Sae. Seguimos caminado por la calle hasta llegar al frente de mi vieja casa. Mientras me quedo mirando, siento los brazos calientes de Peeta que me abrazan por detrás.
- ¿Quieres entrar?
- Sí- susurro.
Mi vieja casa es pequeña y humilde, pero robusta. Su padre se había asegurado de ello. Siento un dolor profundo dentro mío mientras observo alrededor la casita de un solo piso que había sido mi hogar casi toda mi vida. Me doy cuenta que si no hubiese sido por los Juegos, habría vivido el resto de mis días aquí. No tendría agua corriente caliente o electricidad a todas hora del día, o un colchón de plumas. Me doy vuelta y veo a Peeta en la esquina, inspeccionando su entorno. Y comprendo que, si no fuera por los Juegos, tampoco me estaría casada con él. En vez envolverme en recuerdos, la casa me envuelve en un sueño. Me imagino un mundo en el cual ésta es mi vida, un mundo en dónde nosotros compartimos el mismo dormitorio que mis padres. Un mundo en dónde yo soy cazadora y Peeta minero. Nosotros lucharíamos y trabajaríamos mucho, pero entre los dos, siempre habría alimento sobre la mesa. A Peeta no le importaría vivir en La Veta, ya me lo había dicho. Ambos sudaríamos como cerdos en el verano, pero nos calentaríamos el uno al otro en el invierno, compartiendo besos acalorados y abrazos en la cama estrecha. Mi sueño es dulce. Mis ojos encuentran los de Peeta, que llena el pequeño espacio de la sala con su calor y su resplandor y de repente, me doy cuenta que lo necesito.
De repente lo agarro y lo empujo contra una pared. Los ojos de Peeta se ensanchan sorprendido por la fuerza con la que lo agarro, pero se fijan en mis labios cuando mi lengua sale para humedecerlos. Me pongo de puntas de pie y capturo su boca con la mía. Mi beso es ávido y desesperado. Mis manos se enredan en su pelo, estirando sus rulos rubios y obteniendo un gemido profundo a cambio.
Peeta nos gira rápidamente, fijándome a la pared, mientras sostiene una de mis caderas con la suya. Él bebe de mis labios como si estuviera muerto de sed. Su lengua busca la mía y me fuerza a abrir más la boca, que saben a té dulce y amargo que tomamos en la casa de Sae. Peeta chupa con cuidado mi lengua mientras sus manos vagan a través de mi espalda hasta encontrar la cima de mis muslos y levantar ligeramente una de mis piernas en el aire, abriéndome más a él. Mis brazos se enredan alrededor de su cuello. Gimo cuando siento que su mano se mete dentro de mi abrigo, levanta mi camiseta y se mete por dentro de mis calzas. Siento el calor que se extiende desde mi centro hasta los dedos del pie cuando me toca el clítoris por primera vez. Mis manos encuentran el camino hacia su cinturón cuando oímos a alguien que aclara su garganta detrás nuestro. Peeta automáticamente saca su mano y separa su boca de la mía, pero me cubre con su cuerpo. Instantes después, Gale irrumpe en el cuarto.
- ¡Perdón!- dice como avergonzado- No quería interrumpirlos.
- Está bien Gale- dice Peeta un poco agitado- Necesito un minuto para recuperarme- me susurra al oído.
Miro hacia abajo y me doy cuenta que no puede darse cuenta con esa erección. Pongo una mano sobre su hombro, mientras me acomodo un poco mi ropa. Muevo un poco la cabeza para hacer contacto visual con Gale y hablo.
-¡ Gale! Tanto tiempo- le digo mientras me acerco.
- Cuando volví de la casa de Madge, mi madre me contó que estaban en La Veta repartiendo comida y quise saludarlos.
- Está bien. ¿Qué cuentas?
- ¿Quería saber cómo estabas?
- Ahora estoy mejor.
- ¿Tienes algo que contarme? –me pregunta- Pueden venir a casa que está un poco más caliente y mientras tomamos un té, me cuentan las novedades.
Ya recuperado, Peeta me ayuda a caminar hasta la casa de Gale. Ya dentro, se siente la diferencia entre mi vieja casa deshabitada y una casa llena de gente. Mientras Hazelle nos prepara té para acompañar unas tostadas hechas con el pan que trajo Peeta, Gale escucha atentamente toda la historia desde antes de mi caída. En voz baja y sin intenciones de llamar la atención de nadie, le cuento de mi encuentro con Bonnie y Twill, de los levantamientos en el Distrito 8, de su escape y búsqueda del Distrito 13. Peeta le cuenta de mi descubrimiento del sinsajo en los programas de televisión hechos en el Capitolio en referencia al Distrito 13.
Sin duda, Gale está sorprendido y ávido por más información.
- ¿Le preguntaron a Haymitch? ¿Sabe algo del Distrito 13?
- No, me dijo que estaba loca- le respondo.
- Yo también traté de sacarle información, pero me cambió de tema- dice Peeta.
- Últimamente, le han hecho llamados telefónicos muy extraños- dice Hazelle acercándose a la mesa.
- ¿A qué te refieres?- pregunta Gale.
- Lo llaman al teléfono, generalmente un tal Beete o Cinna, tu diseñador- dice mirándome- Pero él cuelga y después usa una cosa que parece una ladrillo pero que es un teléfono.
- ¿No querrá hablar por el teléfono?- pregunta Gale.
- Los teléfonos están pinchados, escuchan todo- le contesta Peeta.
- No sabía que los espiaban- dice Gale.
- Sólo los teléfonos- le aclara Peeta- Con Haymitch y Naan, logramos sacar las cámaras que habían escondido. Por eso, cuando nos fuimos al Tour de la Victoria, no queríamos que la casa quedara sola, así no los instalaban de nuevo.
- Ah- responde Gale- ¿Y qué dice Albernathy cuando habla por ese ladrillo?
- Generalmente se encierra en su estudio para hablar- dice Hazelle- Pero la última vez lo escuché gritar. Estaba muy enojado.
- ¿Y qué gritó?- pregunto.
- Que no quería que pusieran en riesgo a sus muchachos, que ya habían tenido suficientes problemas en el Distrito 12.
- ¿Se refería a nosotros?- pregunta Peeta.
- Creo que sí- contesta Hazelle.
Nos quedamos callados un rato, evidentemente, reflexionando sobre toda la poca información que tenemos. El primero en hablar es Gale.
- Evidentemente algo está pasando, pero no les quieren contar. Para protegerlos. La última vez que estuve con él, me pidió que abriera bien los ojos y las orejas en las minas. Voy a averiguar lo más que pueda. Pero presiento que algo está pasando. Catnip, no te preocupes, no es tu estado.
- Tiene razón- agrega Hazelle- Tu concéntrate en cuidar al bebé y dar a luz.
- Lo voy a intentar- digo resignada.
- Yo me encargaré de cuidarla- dice Peeta.
- Se está haciendo tarde. Deberían volver, sino quieren que Thread se ponga nervioso- agrega Gale.
- Si vamos, que no puedes caminar rápido- me dice Peeta mientras me ayuda a levantarme.
Para cuando llegamos a casa, ya es de noche y ha empezado a nevar suavemente. Nos sentamos en la cocina y comemos las sobras. Mientras subo las escaleras como una tortuga, Peeta prepara un baño caliente para que recuperemos el calor por haber estado tanto tiempo a la intemperie. La idea de Peeta me agrada, ya que me siento mucho más cómoda en el agua. Y parece que Peeta está pensando en la misma dirección, porque apenas pongo un pie en la tina, sus manos se dirigen a mis pechos.
- Estoy pensando en hacerte el amor desde que salimos de tu vieja casa de La Veta. Si no hubiera entrado Gale, te lo había hecho ahí mismo.
- Es lo que pensaba hacer- gimo mientras comienza chupar uno de mis pezones.
- Ahora no nos interrumpirá nadie- me dice mientras recorre mi cuello con la lengua y con un dedo comienza a hacer círculos en mi clítoris.
Rápidamente estoy montada sobre él y chapoteando en la tina. Evidentemente estábamos los dos muy excitados, porque llegamos al orgasmo rápidamente. Lugo nos quedamos abrazados dentro del agua. Antes de volver a congelarnos, nos secamos mutuamente y nos metemos en la cama sin ropa debajo del edredón. El cansancio de la caminata y de mi orgasmo me hacen dormir en segundos.
Cuando despierto, ya puedo ver los tenues rayos de sol que se cuelan por la ventana. Aunque ha nevado durante la noche, ha amanecido con sol. Hace casi dos semanas que comenzó el invierno y los días se alargarán de a poco. Busco Peeta, él no está en nuestro dormitorio. Me visto cómodamente y salgo de mi cuarto a buscarlo. Él no está en su estudio, no oigo sus pasos, entonces me aventuro abajo. Él no está en la sala de estar o en la cocina. Esta casa es demasiado grande. Estoy a punto de ir al sótano cuando lo oigo limpiar su garganta. Él está en el estudio de abajo con la puerta entornada. Empujo la puerta para abrirla y me apoyo contra el marco. Él está sentado detrás del escritorio dándome la espalda.
-¿Peeta?
- Tú sabes, todavía faltan siete semanas. Y después hay que darle tiempo para que se recupere.
Hace girar la silla y veo que está con el teléfono pegado a su oído. Hago una mueca de confusión en mi cara.
-¿Qué pasa, Peeta?- pregunto mientras sacudo mi cabeza.
- Espera un momento- dice al teléfono.
Peeta pone sordina al teléfono y lo coloca sobre el escritorio. Él abre sus brazos hacia mí.
- Ven aquí.
Camino hacia dónde está y me siento en su regazo.
- ¿ Qué pasa?- me pregunta.
- Me desperté y me di cuenta de que te extrañaba. He estado buscándote.
Él ríe suavemente.
- Bueno, me encontraste. ¿Qué vas a hacer conmigo?
Me inclino hacia adelante y presiono mis labios a los suyos. Lo siento sonreir contra mis boca antes de inhalar y profundizar nuestro beso.
- Mmm- suspiro.
Él me acerca, pero estamos separados por mi vientre de 33 semanas. Sus manos se mueven a mis pechos y él los exprime mientras gimo.
- Te quiero- le digo.
- Me tienes- él me besa otra vez.
El teléfono se enciende y me distrae. Me separo un poco.
- ¿Con quién hablas?
- Con Portia.
Sus manos dejan mi cuerpo y él despejo los rulos de su cara. Es un gesto que hace cuando está nervioso. Levanto una ceja. Él toma el teléfono con una mano y usa la otra para frotar mi vientre. Lleva el teléfono a su oído. Sus ojos se mueven por todo mi cuerpo mientras habla. Él suspira. Saca el teléfono de su oído y termina la llamada. Deposita el teléfono sobre el escritorio.
- ¿Qué pasa?
- Están presionando a Cinna por la sesión de fotos. Le estoy explicando que todavía estas embarazada.
- Ah- le contesto tratando de formar una idea de lo que está pasando en el Capitolio.
Los ojos de Peeta se fijan en los míos y yo le hago una mirada confusa. Él sacude su cabeza y sonríe, aunque, claramente, esté más alterado de lo que deja ver. Froto mis manos sobre sus hombros y luego a través de su pecho.
- Peeta- comienzo- Relájate.
Hago un rastro de besos a través de su mandíbula y siento que sus músculos se aflojan bajo mi toque.
- Nada de eso importa ahora mismo,¿ está bien? Después que tenga a la bebé, trataremos de que vuelva a mi estado anterior lo antes posible.
Presiono las yemas de mis dedos contra su estómago.
- ¿Qué haces?
- Te escucho. Puedo aliviar la tensión, ¿sabes?- le susurro al oído.
- ¿Cómo?
Me deslizo de su regazo y me pongo de rodillas. Los ojos de Peeta se oscurecen y sonríe con satisfacción, conociendo lo que viene. Me coloco entre sus piernas y lo froto sobre sus pantalones.
- Así- ronroneo y lamo mis labios despacio para él- Quiero probarte.
Su índice está de repente entre mis labios y arremolino mi lengua alrededor de él, mientras agarro su muñeca.
- Me gusta tu boca- me dice con voz ronca.
Levanto una ceja.
- ¿Ah sí? Muéstrame.
Él se inclina hacia adelante y su boca abierta busca la mía. Sus labios se mueven contra los míos y desliza su lengua. Enreda sus manos en mi pelo, sosteniéndome en lugar. Él chupa mi labio inferior, mientras mis manos encuentran su cinturón. Desabrocho sus vaqueros y deslizo mi mano dentro, agarrando su erección. Su mano izquierda abandona mi pelo y baja hasta tomar mi pecho.
Despacio desabrocho sus pantalones y Peeta levanta sus caderas para ayudarme a bajar sus pantalones.
- Continúa- le digo mientras lo acaricio con cuidado y levanto mis cejas expectante- Tenías algo que contarme- me inclino hacia adelante y lo tomo en mi boca.
Peeta relaja su cabeza, que está tirada hacia atrás en la silla con los ojos cerrados. De a poco empieza a gemir, a medida que mi lengua mojada se arremolina alrededor de la cabeza de su pene. Con cuidado, vuelve a tomar mi pelo, y despacio, masajea mi cabeza. Pronto siento que comienza a levantar y mover sus caderas. Entonces relajo mi garganta y me inclino hacia delante para acompañar sus empujes, permitiendo que la punta toque el fondo de mi garganta. Peeta jadea, una octava más alto que cualquier otro sonido que le he escuchado. Entonces lo suelto con una sonrisa satisfecha.
- No eres el único con movimientos secretos- le digo en broma.
Peeta me mira fijamente boquiabierto y limpia su garganta.
- Hazlo otra vez.
Y lo hago, varias veces. Arrodillada ante él, hago todo lo que puedo para hacerle olvidar el mundo exterior. Y cuando se deshace bajo mi toque, lo dejo derramar su semen entre mis labios. Cuando lo suelto, su semilla lechosa todavía está en mi boca.
- Mierda- dice incapaz sacar sus ojos de mi boca.
Veo cómo lame sus labios y abre aún más sus ojos cuando cierro mi boca y trago, limpiando la esquina de mi boca con mi nudillo.
- ¿ Qué?
- Tes ves tan sexy así ...
Peeta se inclina y me besa, su lengua se desliza en mi boca y él me explora con entusiasmo.
- Me gusta saborearme en ti.
Su lengua entra en mi boca otra vez, mientras su manos se apoya en mi nuca para acercarme más.
- Tu sabes tan bien- le contesto.
Peeta levanta un poco sus caderas y vuelve a vestirse. Luego me toma de los hombros y me sienta en su regazo nuevamente.
- Sabe- me dice dulcemente- No quiero presionarte para que des a luz rápido y te pongas a hacer dieta para poder calzarte uno de esos estúpidos vestidos. No es justo contigo.
- No, ya sé que tú no lo quieres. Pero será lo mejor. Nuestra hija nacerá cuando tenga que nacer, pero yo puedo tratar de ponerme en forma lo antes posible. No quiero arriesgarme a que sospechen algo.
- Tienen razón. Podemos pedirle a tu madre que nos prepare un menú especial.
- Si. Y podemos salir a correr juntos, ¿qué te parece?- le pregunto.
- Seremos un equipo- me dice y besa mi cabeza.
- Como siempre, un equipo- le respondo.
