54. Aliados y enemigos

Demetri y Alec me llevaron al gran salón nada más pisar la estancia.

Por fin iba a saber la verdad, lo que me faltaba por saber. La verdad clave, la verdad que necesitaba saber para irme de aquí.

De repente, no quise saber la verdad. Que esperara. Si tenía que saberla para irme de aquí, prefería no saberla nunca.

Cuando me la dijeran, ¿todo se iba a acabar? ¿Iba a evaporarse todo en cuanto hubiera aceptado ésa verdad?

No podía permitirlo. Había prometido a Jacob volver. Y por mi nombre y apellidos que lo iba a hacer.

Demetri abrió la gran puerta del salón, haciendo un ruido que irrumpió mis pensamientos y echándose a un lado para dejarnos pasar a Alec y a mí. Él iba delante.

—Maestro. –dijo a modo de saludo.

—Alec, has vuelto. Y con nuestra querida Alba, por supuesto.

Alec se retiró de mi lado para irse al lado de su hermana, Jane.

Oh, Jane… La hermosa y peligrosa Jane.

¡Oh, no! Ya comenzaba a hablar como Aro…

Bueno, en este caso, a pensar. Comenzaba a pensar como él.

Que Dios me libre de hablar con su estilo.

—¿Has disfrutado de la visita, querida? –me preguntó, con una sonrisa en el rostro y acercándose a mí con las manos unidas en su pecho.

—No demasiado. No me han dejado quedarme todo el tiempo que me hubiera gustado. –contesté, sinceramente.

—Oh, qué pena.

El ser una niña repelente no funcionaba con Aro. Ni creo que funcionara con los demás líderes.

—Dejadnos solos. –pidió Aro, sin retirar los ojos de mí.

Ésos ojos, rojos como el rubí, me estremecían. Y pensar que ésos ojos me estaban avaluando sólo a mí, todavía me ponía más nerviosa.

Toda la guardia se retiró, y cerraron la puerta del salón.

Y yo aquí estoy, sola con los líderes Vulturis. Un panorama genial, ¿eh?

—Alba, mi querida Alba. –ui, esto ya me daba mala espina. –Tenemos que hablar contigo. Debemos decirte algo que no sabes, y que nunca te hubieras imaginado. –oh, tranquilo. Tampoco me imaginaba que pudiera entrar en un libro, ¡y mira dónde estoy!

¡Cállate, subconsciente! No tienes ni idea de lo que dices. Deja que hable yo, tú calladito.

—¿Sabéis de mi don? –pregunté, harta de las actitudes de Demetri y Alec.

Aro sonrió.

Hum… No le gustaba que le cogieran por sorpresa…

—Sí. Sabemos de tu don.

Con razón los demás me trataban como me trataban. Me tenían miedo. Tenían miedo de que dominara sus propios dones en su contra, y ahora que Demetri y Alec conocían a Benjamin, todavía me tenían más miedo, y por lo tanto, más respeto.

Genial. Ahora tengo a los Vulturis acojonados.

Perdón por la palabrota.

—¿Puedo preguntar cómo?

—Un vampiro de Forks se enteró de todo lo que planeaba Carlisle, y os espió. Después se dirigió aquí para comunicarlo.

¡Será capu…

—Oh. –mejor esta respuesta que la otra.

—Bien, Alba. –bueno, público preparado, el show comienza. –Tú eres distinta del resto de nosotros. No eres humana, pero tampoco eres una vampira completa. –asentí. –Y sabemos que Renesmee, la hija de Edward y Bella, la niña que vio Irina, también es híbrida.

Vaya, entonces no mentía al decir que no tenían pensado atacar. Error mío, lo siento.

—Pero tú no eres completamente igual que Renesmee. –continuó Marco, mientras Aro retrocedía hasta su trono, y me indicaba que me acercara más.

—Si me permitís la pregunta, ¿por qué no soy igual que ella? ¿Por qué no me convertí en una vampira completa?

Ellos se miraron.

—Empezaremos por el principio. –dijo Cayo.

Yo asentí, y ellos dirigieron sus ojos a los míos.

Guau. Me encantaba la sensación de tener a tres pares de ojos rojos mirándome sólo a mí.

Sí, viva la ironía.

—Antes no se sabía de la existencia de tu raza. –comenzó Cayo. –Y pensábamos que si nos uníamos con humanos, de esta unión saldría la misma muerte. Yo cometí ese error. Conocí a una humana, de nombre Athenodora.

—Ella quedó embarazada. –siguió Marco. –Y como Edward hizo con Bella, Cayo cuidó de ella durante el embarazo. A la hora del parto, Cayo consiguió salvarla, y ahora es su esposa.

Oh, eh… Ugh… ¿Cayo cuidando de alguien? ¿Cayo salvando a alguien? ¿A una mujer sin ningún don? Ugh… ¿Embarazada? Hum…

Esto no me encaja.

—¿Y el bebé? –pregunté.

—Fue cuidado por nuestras mujeres y la guardia. –contestó Marco. –El bebé creció rápido, hasta convertirse en vampiro.

Claro, sus hijos se convierten en vampiros, no en hombres.

Pero… ¿La guardia cuidando de un bebé?

¡Já! Espera, que me río. No irá en serio, ¿verdad?

¡Oy, cállate ya y déjales explicarse!

Vale, vale…

—Pero él no quiso quedarse con nosotros, ya que prefería la comida humana. –continuó Aro. –Y le dejamos marchar. Él se unió a una humana, y es cuando nos preguntamos cómo sería un hijo de híbrido. El hijo de Gabriel, es decir, del hijo de nuestro hermano, vivió una vida humana. El hijo de Gabriel era híbrido, y tanto que sí, pero la cantidad de ponzoña que había en su cuerpo no era suficiente como para convertirlo en híbrido, ya que tenía más sangre humana porque su padre era híbrido, y su madre humana. La generación siguió. Siguió hasta llegar a tu abuelo, a tu padre, y finalmente a ti.

—Tú conseguiste la ponzoña faltante que tu cuerpo necesitaba para ser híbrida. Irina te la proporcionó. –prosiguió Cayo. –Por ésa razón eres lo que eres. Por tus antepasados. Tú eres descendiente mía.

Mi subconsciente tartamudeó.

Mi boca se abrió y se cerró repetidas veces.

¿Descendiente de Cayo? ¿De Cayo Vulturis?

Por eso todos me trataban con el respeto que me trataban. Toda la guardia sabía que era descendiente de uno de sus líderes. Ahora las palabras de Aro tenían sentido, y la acción de Marco. Él había sentido la conexión entre nosotros. Y es muy posible que me hubieran salvado de la matanza por ésa misma razón. Todo tenía lógica, ahora.

—Queremos que formes parte del liderazgo de los Vulturis. –expresó Aro.

—¿Yo? –pregunté.

¡No! ¡El papa de Roma! ¿Tú eres tonta?

¡Subconsciente, calladito!

—Claro, querida. Tú eres parte de nuestra familia. –dijo, con una sonrisa.

—Pues, yo… no sé qué decir. –me sinceré.

—Acepta. –me propuso Cayo.

—Yo… No puedo hacerlo. –los tres me miraron desilusionados. –Pero puedo formar parte de la guardia.

A los tres líderes Vulturis se les encendió el rostro.

—Estaremos encantados de tenerte en la guardia. –expresó Aro con una sonrisa.

—¿Querrás comer con nosotros? –preguntó Cayo.

—No, gracias. Yo prefiero comer comida humana.

—Claro. Herencia de Daniel. –aceptó sonriente Aro, levantándose y dirigiéndose hacia mí con las manos juntas. –Alguien de la guardia comerá antes y te acompañará en tu comida. –dijo rodeándome los hombros.

—No hace falta, de verdad.

—¡No voy a dejar que mi sobrina coma sola! –dijo, haciéndose el ofendido. –Ve a tu habitación, y espera a que te avisen para la cena, ¿de acuerdo?

—Claro. –dije, incrédula que Aro se dirigiese a mí como "sobrina".

La puerta del salón se abrió cuando yo iba a abrirla. Ya me veía yo siendo la niña mimada de la casa, y por este hecho, seguro que me ganaba unos cuantos enemigos.

—Alec, acompáñala. –ordenó Cayo.

No se lo iba a impedir. La verdad es que no tenía ni idea de dónde se encontraba mi habitación.

—Claro, señor. –aceptó el gemelo de Jane. –Por aquí. –dijo, empezando a guiar por la estancia.

—¡Ah! Y Alec. –lo llamó Marco.

—Digan.

—Enséñale el resto del castillo. –ordenó después.

—Sí. Vamos. –dijo, emprendiendo de nuevo la marcha.

Alec me guió por los pasillos, enseñándome dónde se encontraban las principales habitaciones, y los cuartos de la guardia también, por si tenía algún problema, pudiera avisar.

—Y este cuarto es el mío. Al lado está el tuyo. –finalizó la visita.

—Oh, vaya. Lo siento, parece que me han puesto a tu cargo. –me disculpé.

—Sí, eso parece. –dijo él, ligeramente molesto. –Vendré a avisarte cuando tu cena esté lista. –me avisó, poniéndose de camino hacia la sala central.

—Gracias. –le dije, antes de entrar en mi habitación y sentarme en la que iba a ser mi cama.

Genial. Un día genial.

Había ganado tres tíos y una guardia entera como enemiga.

Además de perder al amor de mi vida.

Vale, está bien. No le había perdido, pero estaría un tiempo sin verle. Podía prever la condición de Aro sin concentrarme en Alice. Él querría que me quedara un tiempo, por ejemplo, los dos meses extras que me había dado Taylor, y después me dejaría elegir: irme o quedarme. Y él sabía que por mucho tiempo que estuviera con ellos, al final elegiría irme. Y por esa misma razón, me trataría como si fuera su hija, lo cual no me gustaba para nada de los nadas que puedan existir.

¿Por qué? Porque me ganaría la antipatía de Jane y Alec, y aún disponer del escudo de Bella, no me daba muy buena espina tenerlos como enemigos.

Suspiré.

Demasiadas noticias e información por un día. Hoy había sido bastante intenso todo.

No veo normal que Jacob se quiera haber suicidado. Cuando creyó que yo había muerto en un accidente de avión no se puso tan dramático. Sí, vale, estaba destrozado en mi habitación, pero no se había querido suicidar. ¿Y ahora por qué sí? No tiene sentido. ¿Por qué habría querido suicidarse esta vez? Conociéndole, lo más normal es que no hubiera hecho caso de mi aviso, y hubiera seguido buscando. Él es así, no se rinde. Es constante. Pero esta vez no lo fue. ¿Por qué?

Llamaron a la puerta.

—¿Sí? –contesté.

—Tu cena ya está lista. –dijo la voz de Alec.

Resoplé, y después me levanté. Abrí la puerta y me encontré cara a cara con Alec, y muy cerca. Demasiado cerca. ¡Era una mujer comprometida, por Dios! Me aparté rápidamente de él, y a él se le aceleró el ritmo de movimiento de su pecho.

—Lo siento. ¿Dónde es la cena? –pregunté.

Él suspiró.

—En el salón. Vamos. –respondió, poniéndose en camino.

—¿En el salón? –pregunté, siguiéndole.

No me contestó. Lo di por un "sí".

Entramos en el salón, en el cual, a un lado, había una mesa y una silla. En la mesa había un plato de comida y un vaso con agua, además de los cubiertos. Me pareció que todo relucía demasiado.

—Sobrina mía. –dijo Aro, dándome la bienvenida mientras Alec se colocaba al lado de su hermana. –La vajilla es de plata. Nosotros no la utilizamos, y hemos pensado que tú podrías aprovecharla.

—Eh… Gracias. –agradecí, dudosa y sorprendida.

Tendría que acostumbrarme, aunque esto no sea muy normal en Aro.

¡Oh! Me olvidaba… Él me tenía miedo.

¡Genial!

Voy a adorar a quien quiera que inventara la ironía.

Me dirigí a la mesa, me senté en la silla y empecé a comer la pizza. Típico de Italia.

Estaba toda la guardia allí, y la verdad es que no era nada atractivo el panorama.

Cayo, por favor, ¿podrías convencer a Aro para que no haga tanta parafernalia la próxima vez?, pensé.

Él sólo asintió.

Guau. Y me había hecho caso y todo. ¡Já! Tiene que ser todo una broma, ¿verdad?

Di que sí, por favor…

Oh, vaya… Primero hablo sola y después pienso como si fuera bipolar.

¡Estoy peor de lo que me imaginaba! Qué bien.

Cuando acabé de comer, hice el intento de recoger los platos, pero fue Gianna quién lo hizo, ya que Aro insistió en ello. Me sentía impotente, como si no pudiera hacer nada por mí misma allí.

Suspiré.

—Con permiso, me retiro. –dije, no queriendo ofender a nadie.

—No. –me negó Cayo. –Quédate, tenemos un juicio.

Oh, qué bien. Mi primer juicio y después de la cena. Genial.

¿Desde cuándo soy tan irónica?

—Ven, colócate aquí. –me dijo Cayo, indicando el lado derecho de su asiento, es decir, en medio de Aro y Cayo.

Asentí una sola vez y me coloqué donde él me había dicho.

—Félix. –dijo Aro.

Entonces se abrió la puerta, y se vio a Félix llevando a alguien cogido por el pelo, y esta persona se agitaba.

—Aquí la tenéis, señor. –dijo Félix.

Y tiró del pelo de la persona hacia arriba para que pudiéramos verle el rostro.