XXX 55º 23 de octubre

Jimena estaba sentada en el sillón frente a la televisión, de fondo una película que no llamaba su interés, sobre sus piernas el portátil abierto con un documento en blanco.

Habían pasado tres días desde que hablara con Clara y Álvaro sobre la película, y seguía sin tener nada escrito. Consiguiendo que la tristeza la embargara cada día más. No podía evitarlo, cuando recordaba la ciudad y lo que había pasado allí, sentía miedo, luego enfado, y para terminar, acababa siempre llorando, estaba entrando en un bucle que no sabía como romper.

Lloraba una vez más frente a la pantalla del portátil, tratando de escribir algo, lo que fuese que pudiese servir, cuando oyó como Eva introducía la llave en la cerradura. Trató de secarse las lágrimas con las manos, pero lo consiguió a duras penas, además, ¿de qué le serviría? Eva sabría que había estado llorando en cuanto la viera.

La cerradura se resistía, aquello significaba la oportunidad de salir corriendo y eludir el encuentro. Y así lo hizo, cogió el portátil, apagó la televisión, las luces, y subió de dos en dos los escalones, pero olvidó que desde la calle Eva habría podido ver las luces del salón encendidas.

Eva consiguió abrir la puerta después de unos cuantos intentos, estaba tan cansada que casi no atinaba a introducir la llave en el cerrojo, además, que apagaran las luces le complicaba la operación. Entró en la casa, esperando que Jimena apareciera desde algún sitio, bien fuera la cocina, el salón o las escaleras, pero se equivocó. Sin encender de nuevo las luces, comenzó a subir las escaleras, sólo pensaba en una cosa, la cama. No escuchó ningún ruido en toda la casa, salvo cuando se acercó al cuarto de Jimena, desde el cual un golpeteo rabioso de dedos contra el teclado del ordenador, le dejó claro que estaba escribiendo, inspirada como otras tantas veces le ocurría. Se dio media vuelta y se acostó, había sido un día muy largo, mañana hablaría con Jimena.

Al otro lado de la puerta, Jimena tecleaba sin descanso, aunque en el documento sólo aparecían líneas y más líneas de letras que se sucedían sin sentido, ni coherencia, sin formar palabras o frases con sentido. Optó como cualquier niño pequeño, por tocar las teclas, sin orden ni concierto esperando que el ruido despistara a su amiga, pues más complicado que escribir sería hablar con Eva. Cuando oyó como se cerraba la puerta al otro lado del pasillo, dejó el teclado en paz, apagó el portátil y se acostó, no consiguió conciliar el sueño, una y otra vez los recuerdos del pasado se intercalaban en sueños impidiendo que pudiese descansar.