Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer,la historia es de mi propiedad y queda absolutamente prohibida su adaptación o traducción, ya sea parcial o total. CONTENIDO SEXUAL + 18.
LEER NOTA DE AUTOR AL FINAL.
Recomendación: I'll never forget you — Birdy.
.
-Capítulo dedicado a la Pepa, la Pepita de Ají :3 -
.
Capítulo 51
.
Corrí hacia él, me agarré de su cuello y junté mis labios con los suyos. Tal como lo supuse, apretó mi cuerpo con fuerza, besándome con tanta pasión hasta el punto de quitarme por completo el aliento. Sus labios sabían a lo que tanto recordaba y extrañaba, el elíxir de su amor fuerte e infinito. La suavidad de sus labios, frotándose con los míos, produjo el deseo más duro que cayó por mi cabeza como balde de agua fría. Lo deseaba, lo deseaba tanto o más que hace unos días. Sentir su cuerpo bajo mis dedos, que mi piel fuese carbonizada por sus manos envueltas en llamas, que sus jadeos me hiciesen perder el control hasta el punto máximo; todo aquello solo podía expresar cuan loca seguía de él, cuan prendida podía encontrarme de su persona.
Comenzamos un caminar, besándonos mientras, con potencia, con tanto fuego envuelto en nosotros. Yo tenía mis manos agarradas en las solapas de su chaqueta y él sujetaba mis caderas con fuerza, al mismo tiempo que nuestros pies se dirigían hacia cualquier lado. Choqué con la pared, Edward comenzó una tortura por mi mandíbula, dando besos esporádicos en la piel hasta llegar al cuello y volver a mis labios.
Mis ojos se llenaron de lágrimas otra vez, recordando por cuánto había pasado este último momento, por todo lo que estuve deseando este momento. Sin embargo, mi mente comenzaba a jugar con los recuerdos, trayendo consigo la horripilante escena en este mismo departamento, en donde me gritó cuanto me despreciaba en ese momento.
—Para —le pedí entre sollozos y besos, con la garganta expulsando los peores jadeos y gemidos.
Edward descansó su frente contra la mía, respirando entrecortadamente sobre mi rostro. Nuestras narices chocaban, sobándose con intimidad, con sincronización. Llevó una mano a mi mejilla y la acarició, lo que solo incrementó el volumen de mis lágrimas.
—Bella, no…
—¡Suéltame! —grité, quitando sus manos de mis caderas.
Caminé otra vez hacia el centro de la sala, frotando mis mejillas y luego el pecho, que subía y bajaba al son de mi desenfrenada respiración. No sabía qué decirle para que me dejara sola, la había cagado tanto al no poder aguantar sus besos, sus caricias que solo provocaban más delirio de mi parte.
Lo observé un momento. Estaba ahí, esperando con las cejas inclinadas, con el semblante triste, con la paciencia suficiente para mí.
—Bella —llamó.
—No.
—Be…
—¡Vete de aquí, por favor! —rugí otra vez, sollozando con furia, con gemidos involuntarios.
—Bella, por favor —suplicó, acercándose velozmente.
Cuando posó su mano en mi hombro lo quité inmediatamente. Entonces, él comenzó a llorar también, suavemente, sin hacer mayor ruido.
—No pretendas apagar mi fuego, no cuando lanzaste suficiente carbón a la hoguera —susurré.
—¿A eso te refieres? ¿A todo lo que te dije? Bella, yo no…
—Pretendía no darle vueltas a tus palabras, pero mi cerebro repetía constantemente las oraciones, con el mismo tono de voz, una y otra vez —dije suavemente—. Pudiste haber esperado a escucharme, pero no lo hiciste.
Miró hacia el suelo, avergonzado. Limpié las lágrimas de mis mejillas e intenté respirar con normalidad.
—Si tanto te avergüenza mi pasado, ¿por qué me buscas? ¡¿Qué demonios quieres?! Edward —me acerqué a él lo suficiente—, todo esto me duele, me hiere más de lo que puedo tolerar.
Llevé mi mano a mi vientre y lo acaricié levemente, agarrando las fuerzas suficientes de mi Caballito de Mar, la única porción de nosotros dos, viva y creciente dentro de mí.
—Corriste hacia la primera mujer que viste. ¿Sabes lo que creí en esos momentos? Que me lo merecía, que el karma estaba jugándome doble por haberte quitado del lado de Jane —suspiré—. Creí que no te merecía, que yo no era ni un poco de lo que eras tú, pero en realidad ambos somos una mierda.
—¡Bella, yo nunca podría creer de ti aquello! Lo que dije fue una estupidez, una mentira que salió de mis labios por la rabia contenida. Además, ¡me mentiste! Creí que ambos teníamos la suficiente confianza para contarnos absolutamente todo —exclamó—. ¡Y Abby es solo una amiga! No puedes creer que me acosté con cualquier mujer que se me presenta por delante solo por despecho.
—Eso creíste tú de mí, que me había acostado con todos tus amigos.
—¡Carajo! —vociferó—. ¡¿No puedes olvidar que te dije aquello?! ¡¿No puedes hacerlo?!
—¿Olvidarlo? ¡¿Cómo pretendes que olvide las palabras hirientes de la persona que amo?! —gemí. Golpeé su pecho con fuerza, empujándolo para desquitar mi rabia con él.
Mi rostro estaba bañado en surcos, pero no me importaba realmente, solo quería que se fuera, ¡que se fuera ya!
—Yo ya olvidé todo, ¿sabes por qué? ¿Sabes por qué olvidé tu pasado, tus momentos más tensos, cada situación entre nosotros que solo trajo pesares? —gruñó, tomándome de las muñecas. Me obligué a mí misma a no quitar mi vista de sus ojos verdes—. Porque estoy enamorado de ti y pase lo que pase eso no cambiará nunca. Porque en todo este tiempo no he hecho más que sufrir por ti, por las burradas que te dije sin consideración… Porque… joder… —frunció el ceño, entonces una lágrima bajó por su mejilla—. Perdóname. ¡Perdóname, por favor!
Tragué con fuerza, y al mismo tiempo mi cabeza explotaba en miles de sentimientos que se me hacían difíciles de comprender. Sentía todavía ahí aquel terrible mal presagio en mi pecho, ese incomprensible dolor y sensación de peligro; y por esa razón sabía que no podía perdonarlo, por más que quisiera. Pero un pensamiento rápido se hizo presente: hoy no podía decirle que no.
Con un sollozo descontrolado amarré mis brazos en su cuello y lo besé otra vez, apegando con fuerza mis labios contra los suyos que me esperaban ansiosos. Estaba siendo tan egoísta, tan asquerosa… pero, ¿qué podía hacer?
Me encaramé en su cuerpo, amarrando mis piernas en sus caderas. Su lengua jugaba con mi boca, su mano me agarraba fuertemente del trasero. Jalé un par de veces de su cabello, Edward gimió contra mis besos. Lo necesitaba aquí y ahora, no podía aguantarlo más.
—No llores más, por favor —suplicó, limpiando los surcos con sus dedos pulgares.
Separó un poco su rostro del mío para mirarme con tanta intensidad, que mi vientre se retorció en uno. Volví a unirme a él, pero luego lo abracé con fuerza. Hundí mi rostro en su hombro y aspiré el olor, lo que causó peor dolor en mi pecho. Y una extraña mezcla de alegría espontánea. Hoy sería feliz con él pase lo que pase.
Comencé a reír desenfrenadamente al sentirlo al fin junto a mí, sin rechazos, sin palabras hirientes. Éramos nuevamente nosotros dos… Bueno, tres. Se unió a mis pequeñas carcajadas mezcladas con lágrimas, acarició mi cabello con sus manos. Me separé un poco para mirarlo yo ésta vez, deteniendo el volumen de mis lágrimas.
—Siempre seré tuya, Edward —le susurré—, pase lo que pase. Nunca lo olvides, ¿sí?
Asintió atolondradamente, enseguida volvió a besarme.
—Perdóname, lo suplico —dijo entre besos.
—Shh… —le corté, abrazándolo otra vez.
Nuestras caricias se hicieron demandantes, jaleos de cabello de mi parte, agarres carnívoros de sus dientes en mi piel. Lo necesitaba tanto, más que a nada en este mundo; y él a mí. Me llevó hacia la habitación, mientras yo quitaba irreflexivamente su chaqueta y la arrojaba al suelo con velocidad. Edward acarició la piel descubierta de mi espalda hasta llegar al coxis, en donde bajó el pequeño cierre hasta la empezada de mi trasero. Lo bajó hasta topar con mi vientre, devorando con delicadeza mis pechos.
Caímos en la cama, yo de espaldas y él con sus labios todavía apegados en mi piel. Su pecho estaba siendo descubierto por mis manos, con unos botones medio desabrochados dejando a mi vista su piel. Toqué con mis dedos su cremosa piel, la que tanto soñé con volver a acariciar en mis noches solitarias. Paró un momento para mirarme, mientras quitaba el vestido por mis piernas y yo las estiraba sobre sus hombros con mis tacones puestos. Cuando me liberó, besó cada porción de ellas, procurando mimar mi cuerpo con sus labios llenos. Yo jadeaba constantemente, en cambio Edward no podía dejar de observarme, de mantener su atención en mí.
Con un suave movimiento cayó a mi lado y yo subí sobre él, con las únicas prendas interiores en mi cuerpo y él con sus pantalones y la camisa abierta. Quité la prenda superior, mientras él sonreía con ese extraño brillo en sus ojos, el símbolo de su amor más sincero en el verde esmeralda. Mordí su quijada y su cuello, al mismo tiempo que él me quitaba el sujetador y lo lanzaba lo más lejos posible.
Nos unimos como tanto extrañábamos. Nuestros cuerpos respondían a un ritmo tan maravilloso al saber que ambos estaban unidos para siempre, que no habría mejor conexión que entre ellos. Nos amamos como si no hubiera un mañana, como si no hubiese otro lugar en este mundo más que su ser entero. Cada gemido, cada gruñido y cada suspiro llenaron de recuerdos y de alivio, porque no había suceso más deseado que este. Hicimos el amor en la oscura habitación, sintiendo al amor floreciendo por nuestros poros, por cada espacio más ínfimo del cerebro.
Su nariz chocó con la mía, ambas acariciándose con dulzura. Mi cuerpo estaba protegido por sus brazos cálidos, por su ser enteramente puro, por su amor. Sus labios besaban a cada segundo mi frente, mis párpados, hasta acabar en mi boca. Y por una extraña razón, tuve miedo de no sentir sus caricias nunca más, que él dejase de existir para siempre.
Acallé mis pensamientos para no volver a llorar, porque no había peor imaginación que aquella, que el imaginar en mi mente mil y un sucesos que acabarían con su vida. Y el cien por ciento era provocado por la maldad de Damian.
Acosté mi cabeza en su pecho, Edward descansaba su barbilla en mi coronilla. Nuestras piernas desnudas entrecruzadas bajo las sábanas que nos ocultaban del espacio externo, nuestro abrazo íntimo, nuestros besos constantes…
—¿Cuántas veces soñé con tenerte entre mis brazos? Creí que jamás volvería a hacerlo —murmuró, tomando una de mis manos para acariciarla distraídamente.
No dije nada, a pesar de que mi boca se esforzaba por soltar todo de una buena vez. Preferí esconder mi rostro y besar la piel de su pecho.
—Gracias por perdonarme —volvió a decir.
—No digas nada, más, por favor —le pedí con mi barbilla tiritando con fuerza.
—¿Sucede algo?
Se incorporó un poco para mirarme, pero yo lo volví a acostar con mis manos.
—Nada. Cántame, ¿sí?
No pudo decir que no. Me hizo recostarme en la cama para posarse detrás de mí y envolver sus brazos en mi vientre. Acercó sus labios a mi oreja y enseguida comenzó a cantar la misma nana del matrimonio, la que tocó delante de todos los presentes. Por inercia acerqué mis manos en donde él las tenía posadas, justo sobre nuestro hijo y ahí fui cerrando los ojos hasta caer en una leve inconciencia. A pesar de todo, seguía con un poco de sentido puesto, oyendo cómo seguía cantando para mí. En un momento paró, y justo cuando iba a caer en el sueño profundo, profirió unas leves palabras.
—Te amo, mi Bella. Juro no volver a dejarte nunca más… A menos que tú me lo pidas.
Lo último que oigo es un suave jadeo y su respiración entrecortada por las lágrimas.
Llevo en mis brazos un pequeño bulto envuelto en una extensa capa de tela par a que el frío y la lluvia no traspasen. Edward me envuelve con su brazo en la cintura y me apega a él, señala al pequeño bulto con su dedo y sonríe, sin antes quitar la tela de su rostro. Unos ojos verdes y gigantes me miran con atención, penetran en mi corazón como nunca nada antes lo había hecho. Miro a mi amado con los ojos llenos de lágrimas y lo único que sé es que el bulto entre mis manos es su réplica exacta de no ser por la redondez de sus ojos y la nariz, tan idénticas a mí. Es nuestro, lo sé, al fin lo tengo en mis brazos.
Dirijo mi dedo índice a sus labios de color coral y el pequeño ser abre su boca para morder con sus encías la piel. Me hace cosquillas y sonrío. Edward besa mi frente sin antes hacerlo con ella también. Sí… ella, es una niña, mi hija.
—Mi pequeñita es un Caballito de Mar —le digo a Edward, quien asiente sin decir nada.
Mi pequeña bebé bosteza y pide con sus brazos que la abrace. Lo hago y me dejo llevar por su aroma a inocencia, mezclado con la esencia de su padre que nos tiene abrazadas a las dos, protegiéndonos de las adversidades.
Pero es ahí cuando siento el disparo que suena tan cerca, a centímetros. Mi hija llora con impotencia, berreando con fuerza y agudeza. Giro mi rostro y ya no veo a Edward con sus brazos extendidos para mí, sino una brumosa niebla que me envuelve. Siento un leve vacío entre mis brazos, observo, y no está mi hija. Mi Caballito de Mar ha desaparecido.
Desperté sobresaltada, con el cabello pegado a mi cuello por el sudor frío. Me envolvían unos brazos fuertes con uno que otro vello muy claro, masculinos y suaves. Dejé escapar el aire que tenía contenido al saber que estaba aquí conmigo, en un momento creí que lo sucedido hace unas cuantas horas solo era un mal sueño… como el que acababa de tener. Sus manos acariciaban con delicadeza a nuestro hijo… o hija, como si fuese la cosa más frágil en este mundo. Y claro que lo era para mí.
—Mmm… —le oí murmurar entre sueños cuando me di la vuelta y acaricié su rostro.
Volvió a abrazarme, ésta vez con una fuerza inmensa. Enterré mi rostro en su cuello e inhalé profundamente, el calor y el aroma me llenaron de seguridad. Pasé mi dedo índice por sus labios y sonreí de inmediato, mis pensamientos no hacían más que alabarlo por su belleza, su todo.
Sin embargo, sentía angustia, no sabía cómo decirle que sería papá, que en mi interior descansaba un nuevo ser. Carne de su carne. Daba por seguro que no haría más que llenarse de felicidad, pero… sentía necesario hacerlo lo más pronto posible, porque luego sería demasiado tarde. Me fui hacia mi sueño, aquel en el que él se iba en aquella niebla junto a mi hija.
No. Antes yo. Mantendría a salvo sea como sea a las dos personas que más amaba en este mundo, aunque esto trajese sudor, lágrimas y sangre. Porque sí, desde ya sentía el amor creciendo en mi pecho, el amor que solo una madre podría tener a su hijo. Y mi Edward… mi hermoso Edward, lo amaba como jamás había amado a alguien, y por esa y muchas razones, sabía que no podía fallar en esto. Damian sería capaz de muchas cosas y yo debía estar preparada para todo, junto a Jane eran un arma mortal y yo sentía miedo, mucho miedo.
Me separé de él, toqué el suelo con los dedos de mis pies y me paré con los ojos llenos de lágrimas. Tomé su camisa y me la puse, mientras mis ojos comprobaban que el cielo comenzaba a tornarse rojo. Debían ser las 6 de la mañana, más no. Tomé el puñado de fotitos que tenía de mi Caballito y caminé hasta la gigante ventana, la abrí para salir un momento a tomar el aire frío. Los vellos de mi piel se erizaron por el viento que corría, pero no me importó. Desde el cristal podía verlo dormir, tranquilo, feliz al creer que yo podría ser feliz con él para siempre, aunque sabía que eso no sería cierto si la maldad nos rodeaba. Tan ajeno a todo, sin esperar a lo que pudiese venir para nosotros dos. Que ganas de sentir lo mismo, de poder decirle que lo amaba tanto como a nuestro hijo.
Limpié las lágrimas y sorbí por mi nariz, sentía la punta de ésta helada. Apoyé mis antebrazos en la baranda y miré a la ciudad, apenas se veía movimiento. El sol todavía no salía, a pesar de que el rojo cielo denotaba su deseo.
—Ese era papá, ¿has notado cómo te ha acariciado? Es perfecto y sé que te amará mucho —sollocé, mirando hacia mi barriga.
A simple vista y así de desnuda se notaba el pequeño bultito, me extrañé por un momento al pensar en que Edward no me había dicho nada, que al tocarlo no haya sentido nada fuera de lo común. A menos que lo haya ignorado… O que haya estado ensimismado en mis ojos, en mi ser mismo como yo lo hice con él.
—Papá te cuidará cuando yo no pueda, cariño —le susurré. La amargura de mis palabras no pasaba en vano, atornillaban el dolor en mi garganta como si fuese veneno.
Tomé las fotitos y las acaricié levemente, como siempre lo hacía cada vez que me sentía completamente sola y devastada. A pesar de todo, entendía que esta soledad estaba impuesta por mí, solo por mí, porque perfectamente podía explicarle a Edward todas mis preocupaciones. Claro, lo haría si su vida no dependiera de mi silencio. Ahora solo quedaba mi valor y mi fuerza, hasta afrontar todo lo que me esperaba.
Sentí las pisadas de alguien detrás de mí, no tardé en sentir sus brazos amarrarme con fuerza, como siempre. Limpié mis lágrimas con rapidez y llevé las fotitos a mi pecho. Besó mi mejilla con ternura y me dio la vuelta.
—¿Qué haces aquí afuera? Hace mucho frío —murmuró, pasando claramente por alto el que yo estuviese llorando.
Me encogí de hombros levemente y sonreí levemente.
—Tenía muchas cosas por las cuales pensar —aclaré.
Asintió levemente con el rostro algo crispado. Le dolía en demasía que yo no le contase por lo que yo estaba pasando, porque sabía perfectamente que no le iba a decir. Pero su paciencia y su amor eran tan grandes que lo pasaría por alto, lo podía asegurar.
—¿Qué tienes en las manos? —inquirió, curioseando con bastante evidencia.
Hice un mohín débil, incapaz de evitar las lágrimas otra vez. Sabía que una porción de esto eran las hormonas. Edward me miró preocupado, lo que me hizo reír en demasía.
—Toma —le tendí las pequeñas fotitos en sus manos.
—¿Qué es esto? —preguntó, todavía sin mirarlas.
—¡Pues ve! —le dije entre risas y lágrimas.
Con el ceño fruncido dio la vuelta a la primera foto una y otra vez, luego a la otra, y así. Sus dedos estaban temblando notoriamente por lo que me asusté. Pasó un dedo por el puntito pequeño, en forma de caballito de mar, acurrucado con sus manitos en la boca. Levantó su mirada, tan verde y brillante como jamás lo había visto. Dejó escapar el aire que tenía contenido, jadeando. De un movimiento me vi atrapada en sus brazos otra vez, mientras oía sus suaves sollozos. Oh no… ¿Cómo evitar no llorar con esto?
—Parece un…
—Caballito de mar —completé.
Se separó y como supuse, me llenó de besos el rostro hasta acabar en mis labios. Nos fundimos en ello, en un beso profundo y sentimental. Me empiné lo suficiente para acercarme más a él y completar nuestra burbuja. Cuando el aire se hizo escaso, pude ver al fin cómo sus ojos se volvían rojos con el ardor de las lágrimas, el verde se volvió más intenso, más hermoso.
—Lamento no poder habértelo dicho antes —me disculpé.
—Eso da igual —declaró, limpiándose las lágrimas—. ¡Carajo! ¡Seremos padres! Oh Dios, Bella… —su voz se hizo espesa hasta no poder decir una palabra más—. Te amo. Te amo, de verdad.
No fui capaz de decirle que yo también, a pesar de que yo quería gritarlo a los cuatro vientos. Sentía que, si era capaz de decírselo, todo sería peor para nosotros. Debía ser fuerte, luchar por sus vidas y dejarme llevar por lo que mi cabeza dictaminaba, no mi corazón.
—Shh… —volví a callarlo con mis labios.
Se agachó lo suficiente para quedar frente a mi barriga y desabotonar un poco la camisa. Pasó sus dedos por la piel y sonrió, con rapidez unió sus labios, lo que me provocó cosquillitas internas. Comenzó a reír y a besar mi vientre esporádicamente, mientras yo veía la imagen como si fuese algo celestial.
—Tengo casi tres meses, no sé cómo no te diste cuenta de que estaba algo poco más… llenita —comenté, acariciando sus cabellos bronceados.
Levantó la mirada, se paró y me besó otra vez.
—Lamento tanto no haber estado en aquella ecografía —susurró.
—Eso ya no importa, me doy por satisfecha al verte feliz.
Nos quedamos mirando mutuamente, llevó su mano a mi rostro y lo acarició con lentitud. Yo lo imité, tocando la barba que se hacía notar ya. Tomé su mano y lo conduje hacia el interior de la habitación para meternos a la cama otra vez. Yo me acosté sobre el colchón y él se posicionó sobre mí, descansando su cabeza en mi pecho, mientras su mano hacía pequeños dibujitos en la panza.
Edward estaba embelesado con su hijo, lo podía sentir, pero no podía sentir por completo mi dicha, pues mi pecho insistía en encogerse, como si fuese la última vez que podría mirarlo a la cara y sentir realmente que nos unía el vínculo del amor.
Intenté dejar de pensar en ello, distrayéndome con unas caricias en su cabello bronce. De vez en cuando Edward me besaba o acariciaba con su nariz mi mejilla, subía su mano para llevarla a mis labios y luego volvía a bajarla hasta mi vientre.
—¿Dices que es un caballito de mar?
Sonreí de inmediato.
—Sí. ¿Lo has notado? Es realmente pequeñito —murmuré.
—Nuestro Caballito de Mar —completó—. Aún no puedo creerlo, siento que es un sueño del que no quiero despertar nunca.
No dije nada hasta unos minutos después.
—¿Estás feliz? —le pregunté con la voz baja.
—Más que nunca —susurró.
Volvió sus ojos a los míos y yo solo pude pedirle una cosa.
—¿Puedes abrazarme?
No tardó ningún segundo en acomodarme sobre su pecho y besar mi cabeza.
—¿Tienes sueño? —volví a preguntar.
—Un poco. ¿Quieres dormir?
—Contigo. De lo contrario prefiero que no.
Mi respuesta le hizo sonreír en demasía.
—No te dejaré sola ni un minuto más —prometió—, ni a ti ni a nuestro hijo.
Mi corazón se llenó de gozo cuando profirió esas palabras. Nuestro hijo.
—Te amo, Bella.
Esperó a que yo contestara, pero no lo hice, solo sumergí mi cabeza en su pecho y me limité a cerrar los ojos. Cuando escuché claramente un pequeño ronquido, levanté mi rostro para observarlo como siempre.
—Te amo mucho más, mi amor —le susurré, sabiendo que no lo iba a oír.
Me quedé dormida sobre él, con una de sus manos en mi vientre.
.
La niebla brumosa no me deja escapar, siento el hielo atravesar mis huesos con ferocidad. Caigo sobre el cemento de un oscuro lugar, algo me tiene el pie sujeto. Una parte de mí me duele, me arde por dentro. Toco en busca de aquel punto adolorido, siento algo caliente entre mis piernas, espeso y líquido. Mis dedos están manchados en sangre. Comienzo a gritar con fuerza, es horroroso el charco de sangre que sigue creciendo en mi ingle.
—¡No, por favor no! —grito entre sollozos que no puedo evitar.
Siento mi vientre abultado, que se mueve, que me reclama algo. La sangre cae mientras, incrementando los movimientos de mi barriga. Suplico al cielo oscuro que esto pare, que no deje morir a mi hijo. ¡Mi hijo!
Una punzada de dolor atraviesa mi coxis, siento un cuchillo atravesando justo en la parte más redonda de mi vientre, mi hijo suplica con movimientos que no le hagan daño, pero el cuchillo acaba atravesando mis entrañas. Duele, pero no mi piel, no duele siquiera las cortadas que frío metal profiere a mi cuerpo. Lo que duele es mi corazón, como si lo estuviesen torturando con las manos. Manos de hombre…
Miro a mi atacante, conozco esos ojos azules. Grito con desesperación al ver cómo se lleva a mi hijo ensangrentado, que llora y me reclama con sus brazos. Yo estiro los míos para tenerlo junto a mí, pero una persona que está al lado de los ojos azules se lo lleva a un lado.
—¡No le hagan daño, por favor! —grita una voz a lo lejos.
Entorno los ojos para poder mirar a través de la brumosa vista. Comienzo a llorar más fuerte cuando lo veo con las rodillas puestas en el suelo, con la cabeza gacha y el mismo cuchillo que penetró mis entrañas en su cuello.
—¡Edward! —gimo. Intento levantarme, pero el dolor no me lo permite.
—Todo estará bien, Bella, todo estará bien —me dice con los ojos llorosos, aguantando la desesperación, mostrándose tan valiente como nunca.
Ahora mi alrededor se ha aclarado, puedo ver perfectamente, pero los gritos de mi hijo no me permiten centrar mi atención más que en él. La piel rosada está llena de sangre, berrea y mueve los brazos y las piernas. Quien lo sujeta demanda que se calle, sino lo mata. Su cabello rubio cae hacia un lado y mi hijo intenta agarrarlo con sus dedos, con suplica. Ella me mira y sonríe con malicia. Es Jane, Jane tiene a mi hijo y quiere matarlo.
Me atrevo a mirar a mi ahora plano vientre. Me arrepiento enseguida. Me están comiendo los gusanos como si fuese pura carne podrida. Grito, gimo, suplico que por favor me ayuden. Edward me susurra que todo estará bien, pero no… no está bien. Siento asco, tristeza, desesperación.
—Mala, Bella, muy mala —me dice un hombre, el que sostiene la cabeza de Edward y lo amenaza con el cuchillo sobre el cuello.
—Damian, por favor, no le hagas daño, te lo suplico —sollozo.
El rubio agarra los cabellos de mi amor y tira de su cabeza hacia atrás. Edward me susurra algo, y a los segundos el cuchillo corta toda la extensión, derramando la sangre a borbotones. Cae ahogándose sobre el cimiento, con la garganta cortada. Se le ve la tráquea, sus ojos brillan inertes, su mirada duele… Me mira, con la boca llena de sangre, sé que está dándome su último adiós, sé que nunca jamás volveré a verlo.
—¡NO! EDWARD, ¡NO! —berreo, incapaz de soportar la imagen que tengo frente a mis ojos—. No me dejes, no me dejes, por favor, no me dejes… —suplico, pataleando para quitarme de mis ataduras.
Damian sonríe con el rostro salpicado en sangre, se acerca a Jane y toma de entre sus brazos a mi hijo. Ya no llora…
—Te dije que no debías estar con Edward, te lo dije, Bella.
—Edward, por favor, no… —lloré, aferrándome a alguien, escapándome de las garras de la bestia.
—Shh… Bella, estoy aquí, mírame —me dijo Edward, tomándome desde la barbilla para que fijara mis ojos en sus orbes verdes.
Por lo que veo está preocupado y asustado, me abraza con fuerza para que no siga golpeándolo. Empecé a llorar al verlo conmigo, vivo, abrazándome con fuerza. Era tan real, tan real como jamás lo había vivido.
—Oh, Edward —gemí, apegándome a su piel, sintiendo su respiración chocar con mi rostro.
No podía parar de llorar, la sola idea de perderlo me era insoportable. Si a él le sucedía algo yo no podría seguir, Edward era mi sustento, mi todo. Mi propia libertad estaba en él, si se escurría como agua entre mis dedos, entonces yo era esclava de la muerte. Yo no vivía si Edward no lo hacía.
—Estoy aquí, estoy aquí —susurraba.
Con la vista brumosa me aferré a sus hombros, con su calor calando hondo en mí.
—¿Tuviste una pesadilla? —inquirió.
Asentí rápidamente, enganchándome de él como si fuese mi tabla de salvación.
—No sucederá nada malo, estás conmigo, yo te protegeré —me susurró como a una niña.
Estuve llorando alrededor de diez minutos, sin poder quitarme las terribles imágenes de mi mente. El dolor que había sentido al ver a Edward muerto no se comparaba con nada. Era increíblemente agonizante. Estaba sumida en el más puro terror, temblando con fuerza.
—Cántame —le pedí.
Sus arrullos cerca de mi oído terminaron por tranquilizarme por completo hasta llevarle a los brazos de Morfeo.
.
Un vibrar constante y un pitido profundo arremetía contra mis oídos. Abrí los ojos perezosamente, el fulgor del sol penetró en mis orbes, por lo que entorné los ojos hasta abrirlos por completo al acostumbrarme. Revisé el origen de aquel sonido, tocando por todas partes, palpando el lado de mi cama. Una cabeza sobre mi vientre me alertó que no estaba sola. Miré rápidamente hasta caer en la cuenta que era Edward.
El teléfono había dejado de sonar.
Sonreí levemente cuando lo vi dormir, apoyado junto a su hijo. Como era mi costumbre, acaricié su suave cabello bronce, enredándolo con mis dedos. Edward ni se inmutó; incluso se le formó un leve atisbo de sonrisa.
El teléfono vibró por un tiempo corto, quizá unos dos segundos. Debía ser un mensaje. Bajé la cabeza para mirar al suelo y justo ahí estaba el aparato de Edward con la pantalla brillando por las llamadas insistentes y el mensaje recién recibido. Lo tomé, apretando el botón para ver de quién era. Me sentía realmente una sicópata al estar haciendo aquello, pero me picaba la curiosidad.
Llevé mi mano a la boca para reprimir un grito. Era Jane. Mis dedos comenzaron a temblar constantemente, pues el recuerdo de aquel sueño estaba bastante fresco en mi memoria. ¿Y qué hacía todavía el teléfono de Jane guardado en su agenda?
Me levanté con cuidado de la cama, dejando a Edward aferrado a sí mismo. Tenía el sueño demasiado pesado, no había sentido nada. Golpeé el teléfono contra mi frente, muy suavemente, intentando calmarme. Esto no iba para nada bueno, no. Me decidí a llamarla a pesar de mis temores, infundiéndome valor, diciéndome mentalmente que todo saldría bien, que no tenía por qué preocuparme.
—Aló —susurré.
Se sentía una respiración rápida y agitada, un suave jadeo involuntario.
—¿Aló? ¿Bella? —gimió—. Oh, ¡gracias a Dios me has llamado! ¡Tienes que ayudarme, por favor! —lloró.
Miré hacia la habitación, pero Edward seguía durmiendo plácidamente.
—¿Jane? ¿Te ha sucedido algo? —inquirí atemorizada.
—¡Damian! Bella, Dios… Me ha violado —sollozó.
N/A: Lloré mares escribiendo. Creo que nunca he implantado tanta emoción en un capítulo. Estoy triste la verdad, y no es porque será un final terrible ni nada de eso, más que nada es porque al tenerlo todo en mi cabeza se me hace imposible no sentir tristeza. Bueno, en fin... Lamento decirles esto pero al fanfic le ha llegado la recta final, estoy realmente apenada, he estado con esto hace casi dos años, no saben cómo duele, más cuando estos personajes tienen mucho de mí. Pero espero que todas esas personitas me sigan leyendo, porque tengo muchas ideas metidas en la cabeza.
Capítulo especialmente dedicado a la Pepa, una niña que me ha pedido expresamente que le dedique este pedazo porque adora la historia, y bueno lo acabo de hacer (: Gracias por todo, Pepita.
Espero les haya gustado, además, todo comportamiento de Bella aquí tiene un fundamento en el próximo capítulo. ¡Me muero por leer sus rr! Gracias por todoooooooooooooooo.
