High School DxD no me pertenece, pertenece a su respectivo autor. Yo hago esto sin ánimo de lucro, solo para pasar el rato.
RedSS: hombre, cuando detalló la guerra había viajado hasta allí jajaja, y parece que nos veremos por aquí antes que por allí jajaja.
miguelgiuliano co: pues aquí está, y en tiempo record ! En parte es así, pero bueno, el ser humano es el único animal que puede pasar de su instinto de supervivencia jajaja.
Dark Issei: cuando uno puede colega: si, lo sabía; en la vietnamita no, en las mundiales sí; pues no se decirte si será algo como en la estadounidense o será algo directo; se ha visto muchas veces, solo que aquí me centro más en lo humano. En lo del harem, ya hay mucho harem y bueno, prefiero que no lo sea, aunque no es mi primer fic de DxD que no será harem.
CHRISTOFELD: no exactamente.
Nechroz: Cuando estuvo en Grecia y Roma, quitando algún momento clave, Issei siempre estuvo más con los intelectuales. Jajaja, me gusta hacer eso. Pues ambas vivieron felices hasta que murieron, simple jajaja. Bueno, es posible que alguna ocasión más como esa aparezca.
UzuShiro: pues lee las notas finales colega. Pues no ya que es un personaje de literatura.
Eliceo Zamora Alvarez: … que dices ?
Krystyam091: hola tío. Es posible que pase en algún otro momento :3 Después de todo un arco de historia inventada… Pues cinco días han pasado, no está mal, eh ? El fic no terminará ahí, solo que, para mi gusto y tenerlo todo más organizado, prefiero separar la parte histórica de la parte de la serie, solo eso.
Este fic contiene/contendrá violencia, palabrotas, lemon mas o menos fuerte y demás cosas. Leedlo bajo vuestra responsabilidad, que yo ya lo he puesto en categoría M.
-comentarios.
-*hablando por teléfono, comunicador, etc.*
Os invito a leer mis demás historias, buscadlas en mi perfil
Capítulo 44:
ERA DE LAS REVOLUCIONES – PARTE 02
Una vez volví de las Américas, luego de ver como un nuevo Estado nacía y cómo la democracia volvía a su lugar, volví a Francia, y conmigo todas las noticias sobre el nuevo Estado. Pero cuando llegué al Viejo Mundo, pude vislumbrar que las cosas no pintaban nada bien en Francia. Había vivido durante muchos siglos, casi tres mil años, y en toda mi vida había observado el nacer y morir de muchas aldeas, regiones, Reinos e Imperios. El Reino de Francia pasaba por una crisis cuyos antecedentes arrastraba desde hacía varios años, una crisis que llevaría a un cambio tan grande como el de los Estados Unidos de América.
XXXXX
Los escritores ilustrados, filósofos, politólogos, científicos y economistas contribuyeron a minar las bases del Derecho Divino de los Reyes. La corriente de pensamiento vigente en Francia era el Racionalismo, cuyos principios se basaban en la razón, la igualdad y la libertad. La Ilustración había servido de impulso a las Trece Colonias norteamericanas para la independencia de su metrópolis europea. Tanto la influencia de la Ilustración como el ejemplo de los Estados Unidos de América sirvieron para el inicio de una revolución en Francia.
En términos generales fueron varios los factores que influyeron en la Revolución:
Un régimen monárquico que sucumbiría ante su propia rigidez en el contexto de un mundo cambiante, y que, tras varios intentos de adoptar medidas destinadas a atajar la crisis política y económica, capituló ante la violenta reacción de la nobleza.
Una aristocracia, la nobleza y el alto clero, aferrada a sus privilegios feudales, que bloqueó todas las reformas estructurales de Machault, de Maupeou y de Turgot que se intentaron implantar desde la Corte.
El auge de una clase burguesa nacida siglos atrás, que había alcanzado un gran poder en el terreno económico y que ahora empezaba a propugnar el político. Su riqueza y su cultura la había elevado al primer puesto en la sociedad, posición que estaba en contradicción con la existencia de los estamentos privilegiados, nobleza y clero.
La exasperación de las clases populares urbanas y del campesinado, empobrecidos por la subida de los precios, en particular de los cereales y del pan, base de la alimentación, y por el incremento continuo de los impuestos y derechos señoriales y reales. El diezmo que cobraba el clero, apenas servía para mantener el culto y socorrer a los pobres. El campesinado contestaba además el origen de la propiedad de los derechos y servidumbres feudales, que les parecían abusivos e injustos.
La expansión de las nuevas ideas ilustradas.
La regresión económica y las crisis agrícolas cíclicas, agravados por las malas cosechas.
La quiebra financiera provocada por los vicios del sistema fiscal, la mala percepción y la desigualdad de los impuestos, los gastos de la Corte, los costes de las guerras, y por los graves problemas hacendísticos causados por el apoyo militar a la guerra de Independencia de los Estados Unidos. Esta intervención militar se convertiría en arma de doble filo, pues, pese a ganar Francia la guerra contra Gran Bretaña y resarcirse así de la anterior derrota en la guerra de los Siete Años, la hacienda quedó en bancarrota y con una importante deuda externa. Los problemas fiscales de la monarquía, junto al ejemplo de democracia del nuevo Estado emancipado precipitaron los acontecimientos.
Desde el punto de vista político, fueron fundamentales ideas tales como las expuestas del Racionalismo. Todo ello fue rompiendo el prestigio de las instituciones del Antiguo Régimen, ayudando a su desplome.
Desde el punto de vista económico, la inmanejable deuda del Estado fue exacerbada por un sistema de extrema desigualdad social y de altos impuestos que los estamentos privilegiados, nobleza y clero no tenían obligación de pagar, pero que sí oprimía al resto de la sociedad. Hubo un aumento de los gastos del Estado simultáneo a un descenso de la producción agraria de terratenientes y campesinos, lo que produjo una grave escasez de alimentos. Las tensiones, tanto sociales como políticas, mucho tiempo contenidas, se desataron en una gran crisis económica a consecuencia de los dos hechos puntuales señalados: la colaboración interesada de Francia con la causa de la independencia estadounidense, que ocasionó un gigantesco déficit fiscal, y el aumento de los precios agrícolas.
El conjunto de la población mostraba un resentimiento generalizado dirigido hacia los privilegios de los nobles y del alto clero, que mantenían su dominio sobre la vida pública impidiendo que accediera a ella una pujante clase profesional y comerciante.
XXXX
Los Estados Generales del ochenta y nueve se trató de una asamblea general extraordinaria compuesta de representantes de todos los segmentos de la sociedad francesa, salvo los más pobres, repartidos en tres estamentos: el clero o Primer Estado, la nobleza o Segundo Estado, y el pueblo llano o Tercer Estado. La independencia que demostraron los diputados del Tercer Estado con respecto a los dos primeros estamentos y a la Corona, fue sin duda alguna un punto de inflexión para todo lo que iba a llegar. Los sucesivos intentos de reformar este sistema se encontraron con la resistencia del Primer y Segundo Estado.
Como bien he mencionado, una revolución iba a estallar, y ni el clero ni la nobleza, ni siquiera la Corona se librarían.
La asamblea tuvo lugar en una sala acondicionada para la ocasión en el palacete de los Menus-Plaisirs, Placeres Menudos, que servía de almacén para decorados de teatro, instrumentos de música y accesorios de deportes de la Corte de Versalles. Estuvieron presentes mil ciento treinta y nueve diputados: doscientos noventa y uno pertenecen al clero, doscientos setenta a la nobleza, y quinientos setenta y ocho al Tercer Estado, este último representaba a más del noventa y cinco por ciento de la población.
Yo no era parte del clero, ni mucho menos de la nobleza. En los seis años que habían transcurrido desde el fin de la guerra en las Américas hasta el momento actual, había vivido en el campo, como otro más. Pero, a pesar de ello, fui elegido para ir como representante del Tercer Estado, pues mi fama de culto había llegado hasta París, y mis viejos amigos del Racionalismo fueron muy insistentes. A pesar de ser un simple campesino, mis ideas compartidas con todos ellos me hicieron ganarme el derecho que me permite ahora participar y ser uno de los cabezas del Tercer Estado.
La sesión inaugural, el cinco de mayo del ochenta y nueve, fue presidida por el Rey Luis XVI, el clero se sentó a la derecha del trono, la nobleza a su izquierda, y nosotros, el Tercer Estado, enfrente. Los oradores fueron el Rey, el garde des sceaux Barentin, segundo oficial del gobierno, y el Ministro de Hacienda, Jacques Necker.
El Rey abrió la sesión con un discurso escueto y bien acogido por los diputados. El ministro Necker pronunció un discurso de dos horas y media, durante el cual el Rey se durmió. Con este discurso, todos los diputados nos dimos cuenta de que la situación financiera del Reino era aún más desastrosa de lo que se pensaba, y de que el gobierno estaba desorientado. Quedó entonces patente el motivo de la convocatoria de los Estados Generales: el grave déficit presupuestario.
Pero el ministro no mencionó el problema que más preocupaba a los diputados: la votación por estamento o por cabeza, que condicionaba la aprobación de cualquier reforma.
Ni el clero ni la nobleza formaban bloques homogéneos, ya que también comportaban estratos de ingresos modestos, cuyos intereses y forma de vida se aproximaban a los del Tercer Estado. La nobleza contaba con un buen número de pequeños nobles campesinos llamados hobereaux, que poco compartían con la gran nobleza próxima a la Corte. Y entre el clero, los simples curas, los bas-clergé, se sentían más cercanos a las reivindicaciones de sus feligreses que de sus superiores eclesiásticos, lo cual enorgullecía a los feligreses.
La nobleza y el clero reclamaban el voto por estamento, que les aseguraba la mayoría sin necesidad de lograr un consenso. Nosotros pedíamos el voto por cabeza, que permitía más igualdad en la votación, y debates abiertos. Ante la negativa de los dos primeros Estados y el consecuente bloqueo de toda votación, nosotros, siendo aconsejados por el sacerdote Sieyès, uno de nuestros diputados, y mi propia persona, invitamos a los diputados de la nobleza y del clero a que se unieran. Dos nobles y ciento cuarenta y nueve miembros del clero lo hicieron.
Se produjo por lo tanto una revolución de carácter jurídico: se desmantelaron los estamentos tradicionales del Reino, los que fueron sustituidos por una asamblea única en representación de todo el pueblo. A propuesta de Sieyès, tomó el nombre de Asamblea Nacional el diecisiete de junio.
XXXXX
El diecisiete de junio se declaró la Asamblea Nacional: una asamblea no de los Estados, sino "del pueblo". Solange Ponce fue elegido primer presidente. La Asamblea invito al resto de estamentos a que se les unieran, pero dejando claro que pensaban ocuparse de los asuntos nacionales con o sin ellos. La nueva asamblea enseguida se alineó con los capitalistas, la fuente de crédito necesaria para financiar la deuda pública. En relación al pueblo, la Asamblea estableció un comité de subsistencia para ocuparse de los déficits alimentarios. Inicialmente, la Asamblea anunció, y en gran medida creyó, que estaba trabajando tanto en el interés del Rey Luis XVI como en el de la gente. En teoría, la autoridad real todavía prevalecía en el proceso de adopción de las nuevas leyes, que seguía requiriendo el consentimiento real.
Jacques Necker propuso a Luis XVI la posibilidad de convocar una Séance Royale, Sesión Real, e intentar así reconciliar a los Estados divididos. El plan fue aceptado; sin embargo, no se notificó la decisión de tener la Sesión Real a ninguno de los tres estamentos. Todos los debates se pararon hasta que se celebrase la séance royale.
El transcurso de los eventos pronto sobrepasó al plan de Necker de dar la razón a los Communes en algunos puntos sin ceder un ápice en otros. Perdido el interés en el consejo de Necker, Luis XVI, bajo la influencia de su consejo privado, decidió ir de forma oficial a la Asamblea, anular sus decretos, ordenar la separación de los Estados y dictar las reformas necesarias en los Estados Generales. El diecinueve de junio, ordenó cerrar la Salle des États, la habitación donde la Asamblea Nacional celebrábamos nuestras reuniones.
Quizá si Luis hubiese simplemente entrado en la Salle des États, su plan hubiese funcionado. Sin embargo, permaneció en Marly-le-Roi, ordenando la clausura de la sala, esperando que esto impediría reunirse a la Asamblea mientras él se preparaba.
Pobre iluso.
Por la mañana del veinte de junio, casi todos los diputados se sorprendieron al ver las puertas de su sala de reuniones cerrada y custodiada por soldados, bajo el pretexto de que la misma estaba siendo reformada para la Séance Royale.
El Dr. Joseph-Ignace Guillotin se acercó a mi persona, preocupado y temeroso de la disolución y sospechando de un golpe de poder real.
-Hyodo, ¿qué deberíamos hacer?
-Obviamente el Rey quiere que no nos reunamos y pone esta estupidez como excusa. Hay que buscar algún modo de celebrar la asamblea.
Guillotin se llevó una mano a la barbilla, pensando, y unos segundos después sonrió. Se dio la vuelta para encarar a todos los diputados, que se encontraban muy nerviosos y sin saber qué hacer.
-Compañeros, tranquilicémonos. Puede que nuestro lugar de asamblea no esté accesible, pero podemos ir a una sala cercana, una pista de juego de pelota.
Aquella idea de Guillotin fue bien aceptada, por lo que todos fuimos hasta esta sala. Allí pronunciamos un discurso solemne de "no separarse y reunirse cualesquiera sean las circunstancias, hasta que la Constitución del Reino esté establecida y fundada sobre base firme". Los diputados prometimos reunirnos hasta completar la escritura de una Constitución. Quinientos setenta y seis diputados firmamos el juramento, y sólo uno rehusó hacerlo.
Dos días después, privados también del uso de la sala de las pelotas, la Asamblea Nacional nos reunimos en la iglesia de San Luis, donde la mayoría del clero se nos unió. Cuando, el veintitrés de junio, de acuerdo con su plan, el Rey habló a los representantes de los tres Estados, se encontró con un silencio impenetrable. En esta sesión, el Rey prohibió que los tres estamentos deliberaramos juntos, declaró nulas las decisiones adoptadas por los diputados del Tercer Estado, pero prometió algunas reformas como la igualdad ante el impuesto, la abolición de la talla, de las corveas, de las lettres de cachet, etc. Concluyó ordenando a los tres Estados que nos retiráramos. La nobleza y el clero obedecieron; pero los diputados del Tercer Estado permanecimos en nuestros asientos en silencio, hasta que Mirabeau pronunció un gran discurso que acabó asi:
-… ¡La fuerza armada rodea la Asamblea! ¿Dónde están, pues, los enemigos de la nación? ¿Por ventura está un Catilina ante las puertas? Os requiero a que os revistáis de vuestra dignidad, de vuestra autoridad legislativa, que os apoyéis en la santidad de vuestro juramento, que no nos permite separarnos hasta que se haya terminado la Constitución.
Seguidamente, entró en la sala el marqués de Brézé, Gran Maestro de Ceremonias del Rey, que invitó a los Comunes a abandonar la sala diciendo:
-¡Señores, habéis oído lo que ha mandado el Rey!
Los diputados no hicimos movimiento alguno. Mirabeau, entonces, replicó al marqués.
-¡Sí, señor mío, hemos oído lo que se ha inspirado al Rey! Pero vos que no podéis ser ante los Estados el intérprete de su voluntad; vos, que no tenéis aquí asiento ni derecho a hablar, no tenéis autoridad para recordarnos sus palabras. Pero para ser claro y breve, os digo, que si os han encargado echarnos de aquí, habréis de emplear la fuerza: pues sólo cederemos ante la fuerza de las bayonetas.
Los diputados nos mantuvimos firmes y Mirabeau se ganó el respeto de toda la Asamblea. Este día también significó el derrocamiento del poder real, que pasaba así del Rey a la Asamblea.
Necker, que llamó la atención por su ausencia en la sesión real, cayó en desgracia ante los ojos de Luis, a la vez que volvía a ser apreciado en la Asamblea Nacional. Los miembros del clero que se unieron a la Asamblea en la iglesia de San Luis permanecieron en ella. Al día siguiente, veinticuatro de junio, cuarenta y siete miembros de la nobleza, incluyendo al Duque de Orleans también se nosunieron. A pesar que los apoyos al Rey entre los diputados disminuían, la amenaza de un golpe militar seguía en el aire. Elementos del ejército francés empezaban a llegar a las inmediaciones de París y de Versalles.
El intento del Rey de mantener a las tres cámaras separadas fracasó. Con la práctica totalidad del clero y algunos nobles formando parte de la Asamblea Nacional, el Rey se vio forzado a pedir a los diputados que todavía se reunían aparte que se uniesen a la Asamblea Nacional. Los Estados Generales habían dejado de existir, convirtiéndose en Asamblea Nacional, aunque ambas instituciones se componían de los mismos diputados, electos por estamentos separados.
XXXXX
Tras la proclamación de la Asamblea como Constituyente, el Rey relevó de su cargo al ministro de finanzas Jacques Necker. El Tercer Estado veíamos a Necker como nuestro gran defensor, y como el hombre que debía llevar a cabo las reformas fiscales tan necesarias para el futuro económico de la nación. Por otra parte, esta destitución fue vista en París como el comienzo de un contragolpe monárquico. Las noticias llegaron al Palais Royal de mano de Camille Desmoulins, que subido a una mesa con una pistola en la mano, alzó su voz bien alto para que todos pudieran oírle bien:
-¡Ciudadanos, no hay tiempo que perder; el cese de Necker es la señal de la Noche de San Bartolomé para los patriotas! ¡Esta noche, batallones de suizos y alemanes tomarán el Campo de Marte para masacrarnos; sólo queda una solución: tomar las armas!
La Revolución de los franceses… la Revolución contra la Corona… había dado comienzo…
XXXXX
Ante la situación de hambre y carestía, comenzó a extenderse un creciente malestar entre el pueblo parisino, que creía que la escasez de alimentos y su alto precio se debían a que los «especuladores» habían acaparado grandes cantidades de ellos esperando hacer buenos negocios. Este malestar se manifestaba en el comienzo de saqueos a tiendas y almacenes. Se trataba del comienzo de una revuelta de hambre típica.
XXXXX
Diez de julio.
Los electores de París, el grupo de delegados que habían elegido a quienes representarían a la ciudad de París en los Estados Generales, se reunieron en el ayuntamiento de la capital y decidieron constituirse en el «nuevo» poder municipal, y comenzar a constituir una «Guardia Nacional», que fuese la fuerza de choque de las nuevas instituciones y que mantuviese el «nuevo orden» en las calles de París. El problema era que esta guardia no tenía armamento.
…..
Doce de julio
Una multitud creciente, blandiendo bustos de Necker y el duque de Orleans, cruzó las calles hacia la Plaza Vendôme, donde había un destacamento de Royal-Allemand Cavalerie, fuerte regimiento de caballería en la germanófona Alsacia, con el que lucharon con una lluvia de piedras. En la Plaza Luis XV, la caballería, comandada por el príncipe de Lambesc, disparó al portador de uno de los bustos y un soldado murió. Lambesc y sus tropas cargaron contra la muchedumbre y un civil, según los informes, fue la única baja de los manifestantes.
El regimiento de Gardes Françaises, la Guardia Francesa, formaba la guarnición permanente de París que, con muchos vínculos locales, era favorable a la causa popular. Este regimiento había sido confinado a sus cuarteles durante los primeros altercados a comienzos de julio. Con París convertido en un polvorín, Lambesc, que no confiaba en que este regimiento obedeciera sus órdenes, colocó a sesenta hombres a caballo para vigilarlo frente a su sede en la calle Chaussée d'Antin.
Una vez más, la medida que tenía la intención de refrenar las revueltas solo sirvió para provocarlas.
La Guardia Francesa hizo frente a ese grupo de caballería, matando a dos soldados e hiriendo a tres más, a pesar de que los oficiales de la Guardia Francesa hicieron tentativas inútiles de replegar a sus hombres. La revuelta ciudadana tuvo entonces a su servicio a un contingente militar experimentado, definitivamente en el lado popular, que acampó en el Campo de Marte, para contrarrestar a los esperados regimientos mercenarios. La autoridad incierta del barón de Besenval, jefe de la Guardia Francesa, supuso una abdicación virtual por parte de los encargados de controlar el centro de París.
…..
Trece de julio.
A la una de la mañana, cuarenta de los cincuenta puestos de control que permitían la entrada a París fueron incendiados. La muchedumbre amotinada exigía la rebaja del precio de trigo y del pan que jamás habían alcanzado tal precio en el curso del siglo. Además, un rumor circulaba por París: en el convento de Saint-Lazare sería almacenado el trigo; este fue tomado a las seis de la tarde.
Mientras, desde las dos de la tarde, los manifestantes se reunieron en torno al Ayuntamiento de París y cundió la alarma. El recelo existente entre el Comité de los electores, los representantes de la municipalidad de París congregados dentro del edificio, y las masas en el exterior fue empeorando por el error o inhabilidad política de los primeros en proveer de armas a estos últimos. Entre la insurrección revolucionaria y el saqueo oportunista, París estalló en el caos.
En Versalles, la Asamblea nos reunimos en sesión continua para evitar que, una vez más, fuéramos privados de un lugar para reunirnos. Los electores dirigidos por el preboste Jacques de Flesselles decidieron formar un "comité permanente" y tomaron la decisión de crear una "milicia burguesa", la Guardia Nacional, de cuarenta y ocho mil hombres con el fin de limitar los desórdenes. Cada hombre llevaría como marca distintiva una escarapela con los colores de París, rojo y azul. Pero la Guardia Nacional no tenía ni armas ni municiones. Para pertrechar esta milicia, los amotinados saquearon el Garde-Meuble, nombre popular del hotel de la Marina, donde se almacenaban armas y una colección de antigüedades. A las cinco de la tarde, una delegación de los electores del Ayuntamiento se dirigió a Los Inválidos para reclamar las armas almacenadas allí. El gobernador se negó, mientras la Corte no reaccionaba. La muchedumbre hablaba ya de tomar la Bastilla donde se almacenaban grandes cantidades de pólvora.
…
Catorce de julio.
A las diez de la mañana y a pesar de la negativa del día anterior, unas cien mil personas invadieron el Hôtel des Invalides para reunir armas, entre veintinueve mil y treinta y dos mil mosquetes sin pólvora o munición, doce cañones y un mortero. Los Inválidos estaban protegidos por cañones pero la toma fue sencilla porque sus guardias parecían dispuestos a no abrir fuego sobre los parisinos. A solo unos cientos de metros, varios regimientos de caballería, de infantería y de artillería acampaban sobre la explanada de Campo de Marte, bajo el mando del Barón de Besenval. Este reunió a los jefes de los cuerpos para saber si sus soldados marcharían sobre los amotinados. Unánimemente, respondieron que no. Este acontecimiento capital pudo haber cambiado el curso del día.
Los atacantes buscaban principalmente apoderarse de la gran cantidad de armas y munición almacenadas allí, ya que el día catorce había más de diez mil kilos de pólvora. La guarnición regular consistía en ochenta y dos inválidos, soldados veteranos no apropiados para el servicio de combate. A pesar de ello, la Bastilla había sido reforzada el siete con treinta y dos granaderos del regimiento suizo "Salis-Samade" provenientes del campamento del Campo de Marte. Los muros estaban protegidos por dieciocho cañones de ocho libras cada uno y doce de menor tamaño. El alcaide era Bernard-René, marqués de Launay, hijo del anterior alcaide, que había nacido en la misma fortaleza.
La multitud se reunió en el exterior hacia media mañana pidiendo la rendición de la prisión, la retirada de los cañones y la entrega de las armas y la pólvora.
A las diez y media, una delegación de la Asamblea de los electores de París fue a la Bastilla. Los miembros del Comité permanente no habían previsto tomar el edificio por la fuerza pero deseaban abrir la vía de las negociaciones.
A las once y media, una segunda delegación compuesta por Jacques Alexis Hamard Thuriot y Louis Ethis de Corny intentó de nuevo negociar la entrega de las armas y municiones al pueblo de París para proveer a la Guardia Nacional recién creada. El esfuerzo negociador se fue alargando mientras los ánimos de la masa armada llegada de Los Inválidos iban impacientándose.
Alrededor de la una y media, la muchedumbre entró en el patio externo y las cadenas sobre el puente levadizo al patio interior fueron cortadas, aplastando a un asaltante desafortunado. René-Bernard Jordan de Launay ordenó entonces disparar sobre la muchedumbre, haciendo numerosas víctimas.
A las dos una tercera delegación, de la que toma parte el abate Claude Fauchet, se reunió con el alcaide de la Bastilla sin más éxito.
Hacia las tres una cuarta delegación llegó a la Bastilla encabezada de nuevo por Louis Ethis de Corny pero no obtuvo nada. En este momento comenzó el fuego cruzado, aunque me fue imposible saber qué bando comenzó primero. Los asaltantes comprobaron que la fortaleza era una ratonera y la lucha se hizo más violenta e intensa, mientras las tentativas por parte de las autoridades para dictar un alto el fuego no fueron tenidas en cuenta.
A las tres y media, los atacantes se vieron reforzados por sesenta y un "gardes françaises", guardias franceses, amotinados y otros desertores de las tropas regulares, bajo el mando de Pierre-Augustin Hulin, antiguo sargento en la Guardia Suiza. Portaban las armas tomadas anteriormente en Los Inválidos y entre dos y cinco cañones. Estos fueron colocados en batería contra las puertas y el puente levadizo de la fortaleza.
Ante la masacre, cerca de cien víctimas entre los atacantes, el alcaide de Launay ordenó cesar el fuego a las cinco de la tarde. Una carta con los términos de la rendición fue pegada por un hueco en las puertas interiores e inmediatamente rescatada por los asaltantes. La guarnición de la Bastilla rindió las armas, bajo promesa a los amotinados de que ninguna ejecución se efectuaría si se producía la capitulación. Las demandas exigidas fueron rechazadas, pero de Launay rindió la plaza porque comprendió que sus tropas no podían resistir mucho más tiempo en esa situación y abrieron las puertas del patio interior y los parisinos tomaron la fortaleza hacia las cinco y media. Liberaron a los siete prisioneros encarcelados allí y se apoderaron de la pólvora y la munición.
La guarnición de la Bastilla fue apresada y llevada al Ayuntamiento de París. En el camino, Bernard-René de Launay fue apuñalado, su cabeza aserrada y clavada en una pica para ser exhibida por las calles. Tres oficiales de la guarnición permanente de la fortaleza también fueron asesinados por la muchedumbre durante el trayecto. Estos y dos guardias suizos fueron los únicos militares fallecidos, ya que el resto de la guarnición fue protegida por la Guardia Francesa para que más tarde o más temprano fueran liberados y pudieran volver a sus regimientos. En el Ayuntamiento, la muchedumbre acusó a Jacques de Flesselles de traición. Se improvisó un juicio en el Palais Royal y fue también ejecutado.
El Teniente Louis de Flue escribió un informe detallado sobre la defensa de la Bastilla que fue incorporado al diario del regimiento "Salis-Samade". Fue crítico con el malogrado marqués de Launay, a quien de Flue acusó de ejercer el mando con debilidad e indecisión. La causa de la caída de la Bastilla pudiera buscarse en la actitud de los comandantes de la fuerza principal de las tropas reales acampadas en el Campo de Marte, que no intervinieron ni en el saqueo de Los Inválidos ni en la toma de la Bastilla.
Además de los presos, la fortaleza albergaba los archivos del Lieutenant général de pólice, Teniente general de la Policía de París, que fueron sometidos a un pillaje sistemático. Fue solo al cabo de dos días que las autoridades tomaron medidas con el fin de conservar los restos de este archivo. El mismo Beaumarchais, cuya casa estaba situada justo enfrente de la fortaleza, no vaciló en apoderarse de documentos. Denunciado, tuvo que restituirlos posteriormente.
A las seis de la tarde, ignorando la caída de la Bastilla, Luis XVI dio orden a las tropas de evacuar la capital. Esta orden llegó al Ayuntamiento a las dos de la madrugada del día siguiente.
XXXXX
La noche del cuatro de agosto.
Aquella noche, entre el cuatro y el cinco de agosto del ochenta y nueve, la Asamblea acordó la supresión del feudalismo. Fueron dos nobles, Louis-Marie de Noailles y el duque de Aiguillon, Armand Désiré de Vignerot du Plessis, los que propusieron la abolición de los señoríos y demás privilegios feudales. El vizconde de Noailles exclamó:
-Propongo la declaración de que en lo futuro todas las cargas públicas serán sostenidas por todos, que todos los derechos feudales son redimibles por los comunes, en dinero o según una equitativa estimación; que los servicios personales, las manos muertas y otras cargas personales cesarán desde luego sin redención.
Este discurso provocó una escalada de excitación y una cascada de propuestas a cada cual más desinteresada, una competición de rendiciones y patriotismo. La excitación subía con rapidez. Los obispos de Nantes y de Chartres renunciaron a sus diezmos. El mutuo entusiasmo acabó con la disolución de toda jurisdicción señorial, la compensación de los diezmos y la igualdad de los impuestos, admisión de todos a todos los cargos y otra serie de medidas como la supresión del derecho exclusivo de caza o la abolición de todos los privilegios de ciudades y comarcas. Se acuñó una medalla para conmemorar el día, y la Asamblea declaró a Luis XVI "Restaurador de la libertad francesa".
…..
Tras la abolición de los derechos feudales y los privilegios tanto individuales como colectivos, la siguiente gran decisión de la Asamblea fue la aprobación de la declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
Al comenzar los trabajos de la nueva Constitución, rápidamente surgió la cuestión de cómo comenzarla. Fue Mounier quien, el ocho de julio, propuso hacerlo con la "declaración de los derechos del hombre", inspirados por la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En seguida comenzaron los trabajos de redacción. Se llegaron a leer veintiun proyectos de declaración, incluido uno de La Fayette y otro de la ciudad de París. No hubo un consenso total sobre la necesidad de la declaración: Grégoire pidió que se redactara una declaración de deberes que la acompañase; Mirabeau comentaba que una nación rebelde y en plena anarquía necesitaba que se le enseñasen sus deberes, no sus derechos. La redacción final se encargó a una Comisión, aprobándose su forma definitiva el veintiseis de agosto. La declaración, escrita con aspiraciones de universalidad, trató de recoger, en sus diecisiete artículos, los derechos fundamentales de todos los hombres para todas las épocas: igualdad formal ante la ley, soberanía popular, ley como expresión de la voluntad popular, inviolabilidad de la propiedad privada, etc. La declaración era de aplicación a los varones exclusivamente, cosa que, a pesar de mis quejas, no fue arreglado, aunque Olympe de Gouges me aseguró que lo tomaría en cuenta y publicaría más tarde, cuando todo estuviera más establecido y tranquilo.
…..
La Declaración de derechos enunciaba los principios generales por los que se debía regir la política francesa, pero no resolvía ninguna cuestión acerca de la forma de gobierno. Por aquel entonces, aunque la Asamblea funcionaba como auténtico poder legislativo en Francia, no existía un modelo en el que fundar un nuevo gobierno. Por tanto, al finalizar la discusión acerca de la Declaración de Derechos que debía prologar la Constitución se reanudaron los trabajos sobre esta. ¿Debía ser el poder legislativo unicameral o bicameral? ¿Qué poderes debían permanecer en el Rey? ¿Cada cuánto se debían convocar elecciones, y qué puestos debían ser electivos?
El veintiocho de agosto, Mounier presentó en nombre de la Comisión para la Constitución seis artículos para su deliberación, que incluían un gobierno monárquico hereditario, la inviolabilidad del Rey y plena separación de poderes. El debate pronto se centró sobre la composición del poder legislativo. Mounier y Lally-Tolendal, siguiendo el sentido de Necker, propusieron un legislativo bicameral: una cámara baja compuesta de seiscientos diputados elegidos por el pueblo, y una cámara alta compuesta por doscientos senadores elegidos por el Rey a propuesta de los departamentos, que evitase así la tiranía de una sola cámara y moderase el uso del poder. La mayoría de la aristocracia estaba a favor del sistema bicameral, pero se posicionaron a favor de un Senado elegido por los nobles, y no a propuesta de los Departamentos. El partido nacionalista se opuso a la bicameralidad, ya que temían una cámara alta aristocrática, además de que les pareció ilegal el constituir legisladores de por vida. Debido a la división de sus oponentes, aristócratas y demócratas realistas, consiguieron la aprobación de sus propuestas: Francia tendría una asamblea legislativa unicameral. El doce de septiembre, se decidió la obligatoriedad de renovar los diputados de la futura asamblea única en legislaturas de dos años.
La cuestión del veto real suscitó nuevos debates en la Asamblea. La cuestión giraba acerca de si debía dejarse al Rey la potestad de aprobar o rescindir la legislación de la Asamblea. Aunque había un consenso de que el Rey debía tener el derecho de veto, una facción, entre los que se contaban Mirabeau y Mounier, sostenía que este veto debía ser absoluto, mientras que otra, liderados por Pétion defendía un veto suspensivo, que retrasase la entrada en vigor de las decisiones de la asamblea. Fuera de la asamblea, y principalmente en París, la cuestión del veto causó una gran excitación. Tras los eventos del catorce de julio y algunos otros tumultos menores la ciudad no estaba calmada, por lo que el temor de dar el veto absoluto al Rey era inmenso.
La multitud, ignorante de la naturaleza y límites de esta facultad, quería que el Rey no tuviese ningún poder. En el Palais Royal fueron designados como traidores los diputados que hablaban a favor del veto, a los que se les remitieron cartas amenazando con asaltar Versalles. Debido a la importancia pública que alcanzó la cuestión, Necker recomendó al Rey posicionarse a favor del veto suspensivo, para evitar así perder popularidad. Finalmente, el veto suspensivo fue aprobado, por lo que el Rey podría demorar la sanción de una ley como mucho dos legislaturas.
…..
El banquete de los nuevos regimientos del Rey en Versalles del uno de octubre y la carestía en la ciudad provocaron una marcha hacia Versalles de mujeres parisinas, que reclamaron al Rey su presencia en París. El Rey accedió y la familia real se trasladó al parisino palacio de las Tullerías. La Asamblea se dividía entre seguir o no al Rey a París. Mounier dijo que "el Rey desea tener en torno a sí a los representantes del pueblo". Mirabeau replicó que "con una representación de treinta diputados basta". Barnave por su parte pronunció un breve discurso:
-Hemos de tomar una determinación sobre nosotros mismos. Una cosa es cierta; que el Rey y la Asamblea nacional no se han de separar. La felicidad y la paz del Reino, la unidad del poder público y nuestra adhesión al Rey lo reclaman.
De esta forma, la Asamblea decidió que era inseparable de la persona del Rey, siguiéndole a París, instalándose brevemente en el palacio arzobispal, hasta que estuvo listo el picadero del palacio de las Tullerías, su emplazamiento definitivo. Esta decisión no contentó a muchos, como Mounier o Lally-Tolendal que, ya descontentos con el curso de la Revolución, optaron por abandonar la Asamblea y emigrar. Yo también estuve a punto de abandonar la Asamblea a la vista de lo que estaba pasando con el Rey, pero al final desistí de esa idea y decidí quedarme un poco más.
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El cuatro de marzo del mil setecientos noventa, la Asamblea Nacional aprobó la división de Francia en departamentos a propuesta de Sieyès. Se abolieron las antiguas provincias y se dividió a Francia en ochenta y tres departamentos buscando la proporcionalidad antes que los vínculos históricos. Cada departamento se dividió en cuatro a nueve distritos; los distritos en cantones y cada cantón en seis a ocho municipalidades. Esta medida no sólo reformó la organización territorial de Francia, sino que también significó la abolición efectiva de los parlamentos locales.
A la división territorial le acompañó una organización administrativa para los nuevos departamentos y una nueva ley electoral. La administración de los distritos recaía en un consejo de doce hombres. En cada municipalidad el pueblo elegía a sus empleados, mientras que en los distritos y departamentos eran elegidos por un número de electores que nombraban las asambleas primeras. De esta forma, la nueva administración francesa pasó a estar formada por más de un millón hombres.
La ley electoral asociada otorgó el derecho a voto a casi todos los varones. Solamente los sirvientes y jornaleros que no tenían propiedades ni renta quedaron excluidos. Los electores quedaron divididos en dos clases: los que tenían menos ingresos y pagaban menos impuestos eran electores de segundo grado, por lo que sólo podían ser elegidos funcionarios de distrito o departamento; los que más renta y más impuestos pagaban podían ser elegidos para la Asamblea Nacional. La elección de diputados seguía un esquema piramidal: los electores de primer grado se reunían por cantones, eligiendo compromisarios para el distrito; estos se reunían para elegir compromisarios para el departamento, los cuales, finalmente, elegían a los diputados para la Asamblea.
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Tras la noche del cuatro de agosto del ochenta y nueve, los diezmos se habían declarado compensables. Sin embargo, el once de agosto de ese mismo año, la Asamblea los suprimió totalmente, a lo que algunos miembros del clero se opusieron. El treinta de octubre llegaría el mayor ataque a los bienes de la Iglesia en Francia. Ese día, Talleyrand, Obispo de Autun, propuso que todos los bienes eclesiales pasasen a ser propiedad de la nación, bajo la condición de que esta se ocupase de los clérigos e iglesias, fijando en su propuesta las cuantías precisas a considerar. Esta propuesta, argumentó Talleyrand, salvaría la deuda nacional.
La excitación que provocó esta propuesta fue grande. Los contrarios a la proposición argumentaban que si se tomaba la misma entonces el clero dependería del capricho del pueblo. Maury señaló la dificultad de ejecución del proyecto, recordando a los diputados lo ocurrido al confiscar los bienes de los jesuitas: se esperaban grandes riquezas y se obtuvo lo justo para alimentar a los ex-jesuitas. Los que apoyaban la confiscación argumentaban que la Iglesia no debía ser propietaria de los bienes, ya que estos habían sido dados por la nación y por los propios creyentes y el clero no era más que un simple depositario que los explotaba. Thouret objetó que la Iglesia no podía ser un Estado dentro de otro Estado:
-De ahí que la Nación francesa fue quién en Francia hizo del Clero una corporación y propietario, y tiene en consecuencia facultad para decir a cada uno de los que lo forman: no quiero que en adelante forméis una corporación especial, dispongo los bienes que yo uní a vuestra corporación. Los bienes del clero pertenecen, pues, a la Nación.
Mirabeau propuso otra formulación alternativa a la pertenencia: "los bienes del clero están a disposición de la nación". Esta fórmula fue aprobada el dos de noviembre por quinientos sesenta y ocho votos contra trescientos sesenta y cuatro con cuarenta abstenciones.
En diciembre de ese año, al describir Necker a la Asamblea el apuro que pasaba la Hacienda nacional, se resolvió la venta de dominios y bienes eclesiásticos por la cuantía de cuatrocientos millones de francos. Para conseguir generar efectivo rápidamente, se introdujo una nueva moneda, los asignados, respaldada por las tierras confiscadas. Este sistema fue muy eficaz para la venta de las tierras eclesiásticas, aunque produjo una gran inflación. En junio del noventa se emitieron sesenta millones más y en septiembre otros ochocientos, a lo que siguieron otras emisiones menores.
Junto a los bienes eclesiásticos también se suprimió a las órdenes religiosas. El trece de febrero del noventa se prohibieron los votos y la vida común en las órdenes.
La cuestión religiosa continuó siendo tratada en la Asamblea. El seis de febrero del noventa, la comisión religiosa de la Asamblea fue ampliada a treinta miembros con el encargo de preparar una reforma de la iglesia francesa. Dicha reforma se conoció en conjunto como la constitución civil del clero. La actuación previa de la Asamblea y este nuevo proyecto había provocado un cambio de orientación en gran parte del clero y en los franceses católicos, que no veían con buenos ojos la actuación de la Asamblea en materia religiosa. Además, la elección de Jean-Paul Rabaut Saint-Étienne, protestante, como presidente de la Asamblea provocó una conmoción. A pesar de que algunos miembros de la derecha, incluido François de Bonal obispo de Clermont, propusieron el veintinueve de mayo que el proyecto se mandase al Papa para su aprobación, la Asamblea discutió el proyecto entre el uno y el doce de julio.
El proyecto incluía varias medidas, entre las que destacaban: los límites y número de las diócesis se equiparaban con los recién creados departamentos; se suprimía el título de arzobispo; el nombramiento de los obispos y párrocos se realizaría por los mismos electores que nombraban a los funcionarios de los departamentos sin necesidad de confirmación papal; los cargos podrían ser ocupados por personas de cualquier religión, a pesar de ser para un puesto de la iglesia católica; se instituía la obligación de pronunciar un juramento de adhesión a la nación y al Rey en el momento de ser nombrado un cargo eclesiástico.
Pero nadie de la Asamblea contó con un problema muy grave. Pio VI, el actual Papa del Vaticano, aunque su verdadero nombre era Giovanni Angelico Braschi, se mostró nada favorable a la Revolución y sus consecuencias para con la Corona y el Clero. A pesar de estar en contra de la Revolución, curiosamente en el ochenta y cuatro, por intermediación de Benjamin Franklin, el sacerdote jesuita John Carroll fue nombrado prefecto apostólico de las misiones católicas de los Estados Unidos de América. Esto significó el primer reconocimiento oficial que otorgó la Santa Sede a un territorio eclesiástico en los Estados Unidos. Para la aplicación de la reciente clericatura, la Bula de abril del ochenta y ocho erigió la Sede de Baltimore como primera diócesis de los Estados Unidos.
Cuando se produjo en París la toma de la Bastilla, acción que representó el fin simbólico del Antiguo Régimen y el inicio de la Revolución, el Papa empezó a denunciar las actuaciones del régimen revolucionario y condenó la persecución religiosa a que fueron sometidos los miembros eclesiásticos. Intentó proveer de ayuda al clero que fue confinado. En secreto, Pio VI ordenó enviar a su élite de exorcistas para acabar con esta revolución. Iban a usar todos los medios disponibles, incluso el uso de espadas sagradas y Longinus para evitar que esto llegara a más… pero iba a impedirlo a toda costa…
XXXXX
El lugar donde desembarcaron los tres navíos papales fue cerca de la frontera entre la Republica de Francia y el Reino de Cerdeña, en la ciudad de Cannes. Era mediodía, pero las negras nubes cubrían el cielo, convirtiendo el día en noche. La lluvia comenzó a caer como si nunca más fuera a hacerlo. Un gran grupo de hombres vestidos con ropas de exorcista, un crucifijo alrededor del cuello, una espada y una pistola cada uno enfundadas y mantos blancos con capucha con detalles en oro y azul.
Me detuve delante de ellos. Andúril se encontraba en mi cintura, enfundada, mientras que Ame no Nuboko, también enfundada, descansaba en mi espalda. La armadura de Hefesto no tomó la forma de una armadura de placas de acero, como las que usaban por aquí hace unos cien años, sino que adoptó otra forma… ropa. Cualquiera que me viera afirmaría con total seguridad que no llevaba ninguna clase de armadura, pero había aprendido a cambiar la apariencia y textura de la armadura a través de siglos de estudio de esta armadura, de cómo fue hecha y como podría modificarla a mi gusto. Desde entonces puedo modificarla a mi gusto, como hice durante mi era como pirata. Es más cómoda cuando la hago pasar por ropas normales que en su auténtica forma Pocos eran los que sabían diferenciar entre mis ropas holgadas y mi armadura. Ni siquiera los Semidioses se dieron cuenta al principio.
Cincuenta y tres exorcistas de los Estados Pontificios, los territorios del Papa. La gran mayoría de ellos eran simples exorcistas armados con espadas y pistolas de luz obtenidas por la "gracia" del Cielo. Allí arriba, esa banda de palomas se había basado en el diseño humano de las pistolas para crear armas que usaran el poder sagrado así como se usaban la pólvora y las balas. Un buen método para luchar contra demonios. Pero de entre todos ellos, había tres que llamaban mi atención. Por sus ropas pude distinguir su rango: un Cardenal y dos Arzobispos.
Los tres dieron tres pasos adelante, alejándose del resto. Todos ellos rondaban los cincuenta años, se podía sentir la experiencia del combate y una mente tranquila y serena, adaptada y evolucionada para evitar los errores de la juventud. Uno de ellos era portador de una Longinus, sin duda alguna, otro portaba a Durandal, pues aunque estuviera enfundada podía reconocer su empuñadura, y el tercero no poseía nada, pero seguramente tenía algún poder psíquico-quinésico.
-Vos sois Issei Hyodo, ¿verdad?
El portador de la Longinus fue el primero en hablar.
-Así es. ¿Puedo saber que ha traído a la élite del Papa a estas tierras?
-Hemos venido a poner fin a esta absurda Revolución. Los revolucionarios franceses llevan años atacando a la Iglesia, quitándole lo que es suyo, humillándola. Por orden de su Santidad, nosotros, una de las Secciones del Vaticano, los Redemptionists, pondremos fin a esta Revolución, a esta República, y reinstauraremos la Monarquía, y devolveremos todo aquello que han robado a la Iglesia… a cualquier costo.
Me llevé una mano a mi barbilla, como si estuviera pensando algo importante. Los tres líderes de exorcistas no hicieron movimiento alguno, ni mostraron sus intenciones, pero conforme pasaban los segundos, sus subordinados si mostraron claros indicios de hostilidad hacia mi persona. Sonreí ante aquello.
-Es curioso, ¿sabéis? Supuestamente la Iglesia fue creada para ayudar al prójimo. Son los representantes de la obra de Jesús en la Tierra y, por tanto, siguen sus enseñanzas. ¿Acaso no era Jesús alguien humilde que vivió entre los pobres? ¿Por qué motivo la Iglesia tiene tantos bienes cuando su jefe no tenía ninguno? Habláis de devolver a un Rey estúpido al trono y devolver a la Iglesia cosas que no debería de poseer. Habláis de matar vidas inocentes, de matar al prójimo, a otros humanos, con tal de alcanzar vuestro objetivo. ¿Dónde han quedado las enseñanzas de mi viejo amigo? No, caballeros, no os dejaré pasar de aquí.
-¿Osáis enfrentaros a la Iglesia de nuestro Señor? ¿Os atrevéis a enfrentaros a su máximo representante entre los Hombres? ¿Os volveréis enemigos de la Iglesia?
-¡Al diablo la Iglesia! ¡Que el Papa se vaya a lo más profundo del Infierno! ¡Ojala todos esos desgraciados que habitan el Cielo se pudran en él! ¡¿Qué mí me atrevo a volverme enemigo de la Iglesia?! ¡Destruiré a todos aquellos que osan decir que siguen las enseñanzas de mi viejo amigo cuando en realidad no hacen más que ensuciar su memoria y enseñanzas! ¡Destruiré el Vaticano hasta sus cimientos, y le meteré al Papa su bastón de oro con joyas incrustadas por el culo!
Ante mi potente declaración, todos ellos desenvainaron sus armas, mostrando ahora sí toda su hostilidad hacia mi persona. Rápidamente desenfundé a Andúril con mi mano derecha y a Ame no Nuboko con la izquierda mientras los exorcistas comenzaban su ataque. Uno de los Arzobispos, el portador de Durandal, desenfundó su espada y esta se desbordó en poder sagrado, el jefe de los exorcistas, oséase el Cardenal, se quitó la cruz y unas flamas purpuras envolvieron sus manos, y el segundo Arzobispo se remangó y apretó sus puños, los cuales cambiaron de color hasta parecerse al fuego.
Durandal, la espada casi indestructible que todo lo corta, creada por mí con adamantinus y con poder sagrado otorgado por el Cielo Judeocristiano.
Incinerate Anthem, la Santa Cruz, una de las primeras Longinus… así que esa es la Sacred Gear del líder de los exorcistas… no está mal, y parece ser que tiene un gran control sobre ella.
Termoquinesis, la capacidad de manipular la temperatura corporal, disminuyéndola o aumentándola a voluntad. Permite aumentar la temperatura de algún objeto para ponerlo al rojo o incendiarlo.
Los tres cabezas de grupo formaron un triángulo a mí alrededor mientras que los otros cincuenta exorcistas formaban un círculo. El primero en atacar fue el Cardenal. Sus manos apuntaron en mi dirección y, en un instante, un pilar de flamas purpuras me envolvieron. Podía sentir el ardiente calor de las llamas, estas llamas puras y púrpuras con el poder de calcinar seres de categoría semi divina… pero su actual portador no llegaba a poseer un nivel que pudiera destruir mis defensas automáticas.
Observé mis brazos, los cuales brillaban con una tonalidad rojiza bajo mi armadura, demostrándome que las defensas mágicas automáticas estaban funcionando a la perfección.
El portador de Durandal intentó ayudar a su superior enviando ondas de poder destructivo, pero para su desconcierto, las ondas de aura sagrada no llegaban a tocar las barreras, y no era precisamente porque fueran destruidas por las llamas. El Cardenal, al ver que su fuego no podía atravesar mis barreras, decidió finalizar el ataque. Todos quedaron viendo mis barreras, apretando sus armas con gran enojo.
El Arzobispo portador de Durandal fue el siguiente en atacar. Blandió con gran maestría la espada, pero esta no emitió poder sagrado alguno. A pesar de ello, el Arzobispo no dudó en intentar cortar mis defensas con la espada. Durandal, y todas aquellas que han sido forjadas con adamantinus pueden cortar muchas cosas, pero cuando hablamos de defensas mágicas a un nivel como el mío, como el de un Jefe de Panteón, esas espadas resultan inútiles sin algún tipo de apoyo.
KACHIN
Tal y como esperaba, Durandal no pudo cortar mis barreras mágicas, pero podía sentir además que la espada no quería cortarlas, claro que una cosa era suprimir su aura y la otra intentar destruir su filo, y ella no podía hacer lo segundo.
-Arzobispo, os aconsejo volver al Vaticano con el rabo entre las piernas. Durandal no hará daño alguno a su creador, mi persona, siempre que pueda impedirlo, y si no sois capaces de usar su poder sagrado contra mí, entonces sois más débiles que el más débil de vuestros exorcistas.
-¡Cállate! ¡Durandal, responde a MI voluntad, no a la de él!
A pesar de que intentaba que Durandal respondiera a su voluntad, la voluntad de la espada era más fuerte, por lo que no vimos ningún atisbo de poder sagrado surgiendo de ella. Le apunté con Andúril y las llamas de color cobrizo surgieron de ella, saliendo disparadas hacia el Arzobispo, quien se cubrió con Durandal mientras retrocedía.
-Os hago una última advertencia a todos vosotros. Volved al Vaticano, marchaos de Francia y no volváis aquí a intentar destruir esta República, o morid aquí por nada.
-¡Nosotros somos hombres de Dios, siervos de Dios y su Santidad el Papa! ¡No nos acobardaremos por tu culpa, Destructor del Equilibrio! ¡Te derrotaremos, serás juzgado en el Vaticano ante el Papa y el Cielo y exterminaremos tu maligna, pecadora y hereje vida!
Suspiré mientras negaba. Bien, si ellos deseaban seguir adelante con este enfrentamiento… entonces no mostraría misericordia.
-¡Cubríos!
El Cardenal gritó aquella orden al verme acumular Touki en mi pie, pero fue demasiado tarde. Cuando golpeé el suelo, la tierra se levantó al tiempo que se agrietaba. Esperé a que el polvo cubriera el tiempo suficiente a los exorcistas, pues con la lluvia apenas y duraría algo. Las barreras volvieron a activarse debido al ataque de las pistolas de luz y la Longinus del Cardenal. Dado que aún no me había movido, sabían a donde disparar… pero eso no sería así mucho más.
Me agaché y comencé a correr hacia los exorcistas. No fue hasta que el polvo calló al suelo en forma de barro, cuando tuvieron la vista libre de nuevo, que me vieron, pero demasiado tarde. Los primeros que ataqué intentaron reaccionar, pero mi velocidad superaba ampliamente la suya. Por mucho que me desagradaran todos estos hombres, no iba a darles sufrimiento. Mis ataques eran certeros y mortales, muertes rápidas y lo más indoloras posibles.
Las espadas de luz nada podían hacer contra Ame no Nuboko y Andúril y sus pistolas no podían atravesar mis defensas. Las armas de la Iglesia eran insuficientes contra mí. Mientras mi lanza y espada cortaban y atravesaban la carne de los exorcistas, mi Magia me protegía, y aunque mi armadura por ahora no tuviera trabajo, siempre era bueno tenerla para un por si acaso.
Con gran rapidez eliminé a la gran mayoría exorcistas. La sangre regó el suelo y el agua llevó la sobrante hacia el mar. Los tres altos cargos de la Iglesia apretaban los dientes con fuerza, furiosos al ver como sus subordinados habían sido eliminados con tal facilidad.
-Os de una oportunidad. ¿Acaso no conocéis nuestra diferencia de poder? ¿Pio sabía de mi estancia aquí? ¿Acaso no os avisó?
-¡Cállate infiel!
-Veo que la respuesta es que sí. Y aun sabiendo que estaba aquí y me interpondría en vuestro camino, os envió directamente al matadero. Propio de esta Iglesia corrompida. Lástima de aquella Iglesia que si seguía en verdad las enseñanzas de Jesús.
-¡He dicho que te calles!
-Es como si vuestra vida no valiera nada para el Papa ni para el Cielo. ¿Dónde están esos estúpidos de alas blancas cuando los fieles a su Jefe y su Hijo sufren? ¿Dónde están aquellos que se inclinaron ante los hombres? No, solo necesitan la fe de las personas y aquellos que portan Sacred Gears o Longinus, y nada más. Jesús no solo estaría decepcionado de su Iglesia, sino de aquellos que creó su padre para servir de guía a sus creyentes y ayudarles cuando estos los necesitaran. Que decepción más grande.
-¡Ya basta!
El portador de Durandal me atacó con gran ira, a lo loco, dejando aperturas por todas partes. Dejé que mis defensas mágicas detuvieran la hoja de Durandal, y clavé a Ame no Nuboko en su pecho, atravesando su corazón. La espada cayó al suelo mientras el cuerpo perdía su sangre. El Cardenal invocó nuevamente sus llamas sagradas, pero estas no podían atravesar mis defensas, ni aun en su estado de balance roto, el Balance Breaker. No poseía suficiente control sobre su Longinus.
Sacando la lanza del cuerpo del Arzobispo, enfundé ambas armas al ver como el otro Arzobispo corría hacia mí con sus puños al rojo vivo. Se había quitado el calzado para poder usar también sus pies en esta lucha, los cuales también estaban ardiendo. No usé Touki ni Senjutsu, no me molesté. Los ataques de este Arzobispo, a pesar de ser más controlados que los movimientos de su compañero de rango, seguían siendo inferiores. No tenía control sobre sus emociones y esto le provocaba errar en sus ataques. Sin duda debía ser un gran contrincante cuerpo a cuerpo, pues por su tipo de habilidad era la mejor opción… pero no estaba en condiciones de pelear…
PAM
Un puñetazo en la mandíbula para romper su ritmo…
PAM
Uno en el estómago, para dejarle sin aire…
PAM
Y un golpe seco en el cuello para dejarle inconsciente…
Solo quedaba el Cardenal y once exorcistas. Los de bajo rango estaban muy heridos y agotados por la lucha, y el Cardenal no estaba en mejores condiciones. Puede que no hubiera luchado cuerpo a cuerpo, pero controlar el Balance Breaker de una Longinus minaba mucho la resistencia. Me preparé para finalizar esta batalla, pero entonces sentí una presencia, una vieja presencia conocida, una presencia que no sentía desde hace muchísimo tiempo…
-¿Qué haces aquí? ¿Acaso el Concilio te ha dejado bajar hasta aquí?
-Por favor, detén esto. Ya no lo aguanto más.
Esa belleza no era fácil de olvidar, ni tampoco ese tipo de corazón.
Gabriel, la Arcángel, una de los Serafines sobrevivientes a la Gran Guerra. Pero, ¿qué hacía aquí abajo? Desde el fin de la guerra, ningún alto cargo del Cielo judeocristiano ha vuelto a pisar la Tierra. ¿Por qué motivo ha venido aquí uno de los ángeles más importantes?
-No tengo motivo para detenerme, Gabriel. Ellos han aceptado las condiciones, y no hay vuelta atrás.
La rubia extendió sus brazos, interponiéndose entre los exorcistas, que la miraban con asombro, y mi persona. En verdad nunca pensé en ver a un alto mando del Cielo de esta manera, con los descalzos pies en el suelo, permitiendo que la lluvia mojara desde la cima de sus cabellos hasta las plantas de sus pies. Gabriel me miraba suplicante, pero no iba a quitarse de en medio.
-No has respondido a mi pregunta, Gabriel. ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora? Si ellos hubieran llegado a París… ¿habrías aparecido igual?
Ella se mordió los labios, bajando la cabeza.
-No… no lo habría hecho…
-Lo que pensaba.
-Pero tus palabras han llegado al Concilio.
Rodé los ojos. Obviamente esas estúpidas palomas escucharían la conversación que he tenido con estas abominaciones que tienen por sus guerreros humanos.
-¿Y qué?
-Yo… no he podido aguantarlo más… tienes razón… tienes toda la razón del mundo respecto a la Iglesia y el Cielo… –entrecerré los ojos, esperando más–. La Iglesia se ha desviado de su camino, y el Cielo también. Por mucho que lo intente, no logro que mis hermanos vuelvan al buen sendero, y lo mismo con la Iglesia…
-¿A dónde quieres llegar, Gabriel? Me estoy cansando de esto.
Sus azulados ojos se clavaron en los míos, y pude ver a través de ellos.
-Te pido que te detengas, a cambio te dejaré elegir a los próximos portadores –Durandal y la Cruz–. Son las mayores armas de la Iglesia, sin ellas no tendrán poderes no humanos por un tiempo. Ya les arrebataste la Lanza, y ahora te ofrezco la espada que todo lo corta y la Santa Cruz.
-Medidas temporales… es tiempo lo que me ofreces.
-Tiempo, para intentar que la Iglesia y el Cielo vuelvan a su buen camino, que cumplan con lo que nuestro Padre quiere de nosotros para con los humanos.
Miró al Cardenal, y de él surgió un fuego purpura que tomó la forma de una pequeña cruz de madera. La Cruz flotó hasta caer en una de las manos de Gabriel mientras que en la otra agarraba la empuñadura de Durandal.
-¿Estás segura de poder hacer esto?
-Sí, estoy segura.
-Dejarás a la Iglesia Católica débil ante sus enemigos.
-Ella misma es un enemigo para sí. ¿Aceptas mi oferta?
Extendió sus manos hacia mí, ofreciéndome la espada y la cruz. Le devolví la mirada y luego la desvié hacia los exorcistas, que seguían maravillados ante la presencia de la mujer.
-Si consigues que ninguno de ellos vuelva a realizar los actos que estaban a punto de cometer. Si logras que sigan las verdaderas enseñanzas de Jesús, entonces aceptaré.
Ella sonrió y volvió a ofrecerme ambos objetos. Yo los cogí y luego se dio la vuelta, acercándose a los exorcistas. Les dijo algunas palabras y ellos, como respuesta, se inclinaron hasta poner sus cabezas en el suelo, jurando por varias cosas hacer su voluntad. Gabriel no solo era una poderosa Serafín, sino que tenía un poder especial, por decirlo de algún modo. Los exorcistas se volvieron a poner en pie, comenzando a cavar con sus propias manos tumbas para sus compañeros. La Serafín volvió a acercarse a mi persona.
-Ya está. Enterrarán a sus muertos aquí y no volverán al Vaticano. Se dedicarán a seguir las verdaderas enseñanzas de Jesús, aun sabiendo que aquello no les libera de sus pecados cometidos. Si en algún momento, alguno de ellos vuelve a pecar de esa manera, yo misma te avisaré.
-Es un trato, Gabriel.
Ambos asentimos y la mujer desplegó sus alas, convocando un círculo mágico para volver al Cielo. Yo observé a los exorcistas, quienes seguían trabajando en las tumbas provisionales al tiempo que rezaban y pedían perdón con lágrimas en los ojos.
Yo volví mi mirada a mis manos. En mi mano izquierda, Durandal desbordaba aura, respondiendo a mi presencia. En mi mano izquierda estaba la Cruz. Nunca había portado una Longinus, pero con el tiempo descubrí una extraña conexión con aquellas que tocaron la sangre de Jesús. Siempre que estoy cerca de una de ellas, o las toco, una extraña sensación recorre mi cuerpo. Ellas me hablan, y siempre es por un motivo. La última vez fue con la Lanza, cuando le transmití su voluntad al español de la Cruz. Entonces sentí como ambas me hablaban.
-¿Estáis segura? –una nueva cuestión, que le buscara un portador más digno. Durandal reaccionó a aquella voluntad de la Cruz–. Si es así como queréis, lo haré.
Guardé la Cruz entre mis ropas y Durandal la guardé junto a Andúril y Ame no Nuboko y me marché de allí, confiando en las palabras de Gabriel.
XXXXX
A comienzos del año mil novecientos noventa se produjo entre Inglaterra y España una discusión sobre la posesión de la isla de Nutka. Ambos países se armaron para la guerra y, según el Pacto de Familia, Luis XVI y Francia deberían acudir a apoyar a España. Esta situación hizo surgir en la Asamblea la cuestión del derecho real a la paz y la guerra. El ministro de Asuntos Exteriores, Montmorin, habló ante la Asamblea el catorce de mayo, pidiendo fondos para armar los catorce buques que el Rey había ordenado enviar. La decisión se pospuso para el día siguiente, en la que se resolvió, gracias a Mirabeau, agradecer al Rey el armamento de los buques y aplazar para los días venideros la discusión sobre a quién pertenecía el derecho de declarar la paz y la guerra.
La discusión se prolongó cinco días. La excitación fue grande hasta que Mirabeau propuso que la cuestión no era si el derecho de declarar la guerra pertenecía a la Asamblea o al Rey, sino que ambos lo tenían mancomunadamente. Así, se decidió dejar el derecho de ordenar ataques, principalmente de carácter defensivo, al poder ejecutivo, al Rey, ya que estos pertenecen al dominio de las acciones, y la declaración formal de guerra al poder legislativo, la Asamblea, que tiene más que ver con la voluntad.
…..
El diecinueve de junio de ese mismo año en la sesión de tarde, Lambel de Villafranca y los hermanos Lameth propusieron la supresión de la nobleza hereditaria, que, aunque estaba implícita en la Declaración de Derechos, no se había producido efectivamente en el país. La cuestión cogió por sorpresa a los nobles asistentes, ya que no era costumbre proponer cuestiones importantes en las sesiones de tarde y, por supuesto, ninguna que no figurase en el orden del día.
Las proposiciones se sucedieron unas a otras: la supresión total, aplazar la cuestión para poder realizar un estudio detallado, prohibir sólo el uso de blasones, etc. Sin embargo, la izquierda de la Asamblea insistía en la votación contando con que eran mayoría. Efectivamente, gran parte de la nobleza no asistía a las sesiones de tarde, ya que la mayoría tenían compromisos sociales, lo que llevó a Thomas Lindet a comentar a su hermano que "la Revolución se hace a la luz de las candelas". Los nobles asistentes intentaron tomar la palabra, pero no pudieron debido a la gran excitación con la que se pedía la votación. Al proceder a la misma, la Asamblea acordó que "la nobleza hereditaria queda suprimida para siempre", incluyéndose en dicha prohibición la de hacer usar librea a los criados o el uso de escudos y blasones nobiliarios.
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Bouillé, tras dirigir la represión de las insurrecciones de Nancy y Metz, se encontró con que los nobles de las zonas fronterizas del este de Francia eran muy favorables al Rey y contrarios a la Asamblea. Esto le llevó a proponer a la familia real la posibilidad de escapar de París hacia Montmedy, donde podría rodearse de leales y preparar un ejército que le permitiera recuperar el favor del pueblo y liberarlo de los revolucionarios.
Tres acontecimientos dieron el impulso definitivo al proceso: la muerte de Mirabeau, que había sido el gran aliado del Rey en la Asamblea; la oposición que el Rey encontró al intentar salir de París para celebrar la Pascua del noventa y uno en Saint-Cloud, como hacía todos los años; y la partida de las tías del Rey hacia Roma, que creo una gran excitación tanto en la Asamblea como en París, a pesar de que el hecho era completamente legal. Esto le hizo comprender definitivamente era prácticamente un preso en París, bajo la vigilancia de Lafayette.
El veinte de junio el Rey huyó hacia la frontera, pero fue capturado en Varennes, reconocido en una casa de postas por un revolucionario llamado Jean-Baptiste Drouet.
Todos los miembros de la Asamblea conocimos la huida del Rey por medio de una carta que había dejado a la misma, titulada "Proclamación para todos los franceses". La Asamblea quedó en una gran confusión. El problema político provocado por la huida resultó en la petición de nombramiento de un dictador, que el duque de Orleans tratase de conseguir el favor popular para obtener el trono o que el Rey fuese depuesto. Una vez que llegaron las noticias de la detención del Rey a la Asamblea, esta acordó enviar una representación en las personas de Pétion, Barnave y Latour-Maubourg para que vigilasen el regreso de la familia real a París. La ciudad recibió el regreso del Rey en medio de un sepulcral silencio que reflejaba los ánimos del pueblo con respecto al monarca.
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Tras la captura del Rey, tres partidos luchaban por definir el curso de la Revolución: los orleanistas deseaban que se derrocara al Rey por su huida, para poder así elevar al trono a Luis Felipe II de Orleans en calidad de regente; los republicanos, que habíamos cogido fuerza tras el episodio de Varennes, deseabamos también la condena del Rey, para poder instaurar una constitución republicana; finalmente, los monárquicos pretendían la continuidad de la monarquía reflejada en el proyecto de Constitución.
Los monárquicos argumentaron en la Asamblea que el cese del Rey provocaría una crisis de gobierno que la Asamblea no podría manejar, principalmente en las zonas periféricas monárquicas. Además, argumentaron, si los diputados debían ser inviolables, más todavía debería serlo el Rey. Así, Muguet propuso declarar al Rey inviolable, acusando, sin embargo, al resto de cómplices en el intento de fuga.
Pétion argumentó en contra de la declaración, recordando que el Rey era un ciudadano y funcionario público. Grégoire propuso la creación de una Convención para juzgar al Rey. Sin embargo, Barnave, convertido en monárquico después del viaje de vuelta de Varennes, salió en defensa del Rey, declarando el principio de separación de poderes como la garantía máxima de libertad y permanencia, y éste prohibía que el poder legislativo pudiese tener ascendencia sobre el poder ejecutivo.
Tras estos debates, se aceptó la inviolabilidad del Rey, pero siempre sujeta a la aceptación de la Constitución por parte de éste.
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Hacia agosto del noventa y uno, los trabajos en la Constitución se acercaban a su fin. El cinco de agosto, Barnave, Duport, Clermont-Tonnerre y Lameth fueron elegidos para revisar la Constitución y realizar las correcciones oportunas, ya que el conjunto de decretos constitucionales debían fundirse en un único texto y se podrían detectar conflictos.
Como dos últimas medidas, se aprobó en la Asamblea la supresión de condecoraciones, a propuesta de Camus y bajo el supuesto de que violaban el principio de igualdad, exceptuando la Cruz de San Luis, y Malouet realizó un último intento de aumentar el poder real en la Constitución y realizar una profunda revisión de la misma, argumentando que no había seguridad en la monarquía que proponía la Constitución ni en su sistema unicameral.
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El dieciseis de mayo se acordó la no re elegibilidad de los miembros de la Asamblea, muy apoyada por Robespierre. De esta manera, ninguno de sus miembros formaron parte de la nueva asamblea que preveía el proyecto de Constitución.
Tras dos años de servicio, una gran cantidad de reformas y más de dos mil cuatrocientos decretos, la Constitución fue finalizada y presentada al Rey para su aceptación. Sesenta diputados, encabezados por el entonces presidente Thouret, llevaron el tres de septiembre al Rey la Constitución. Tras la aceptación real, la Asamblea se disolvió el treinta de septiembre. Al día siguiente, la Constitución entró en vigor, dando el poder a la nueva Asamblea Legislativa.
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Bajo la Constitución del noventa y uno, Francia funcionó como una monarquía constitucional. El Rey tenía que compartir su poder con la Asamblea, pero todavía mantenía el poder de veto y la potestad de elegir a sus ministros.
La Asamblea Legislativa se reunió por primera vez el uno de octubre. La componían doscientos sesenta y cuatro diputados situados a la derecha: feuillants, dirigidos por Barnave, Duport y Lameth, y girondinos, portavoces republicanos de la gran burguesía. En el centro figuraban trescientos cuarenta y cinco diputados independientes, carentes de programa político definido. A la izquierda ciento treinta y seis diputados inscritos en el club de los jacobinos o en el de los cordeliers, que representaban al pueblo llano parisino a través de sus periódicos L´Ami du Peuple y Le Père Duchesne, y con Marat y Hebert como portavoces. Pese a su importancia social y el apoyo popular y de la pequeña burguesía, en la Asamblea era escasa la influencia de la izquierda, pues la Asamblea estaba dominada por las ideas políticas que representaban los girondinos. Mientras los jacobinos tienen detrás a la gran masa de la pequeña burguesía, los cordeliers cuentan con el apoyo del pueblo llano, a través de las secciones parisienses.
Este gran número de diputados se reunían en los clubes, germen de los partidos políticos. El más célebre de entre éstos fue el partido de los jacobinos, dominado por Robespierre. A la izquierda de este partido se encontraban los cordeleros, quienes defendían el sufragio universal masculino, derecho de todos los hombres al voto a partir de una determinada edad. Los cordeliers querían la eliminación de la monarquía e instauración de la república. Estaban dirigidos por Jean-Paul Marat y Georges Danton, representando siempre al pueblo más humilde. El grupo de ideas más moderadas era el de los girondinos, que defendían el sufragio censitario y propugnaban una monarquía constitucional descentralizada. También se encontraban aquellos que formaban parte de «el Pantano», o «el Llano», como eran llamados aquellos que no tenían un voto propio, y que se iban por las proposiciones que más les convenían, ya vinieran de los jacobinos o de los girondinos.
En los primeros meses de funcionamiento de la Asamblea, el Rey había vetado una ley que amenazaba con la condena a muerte a los émigrés, y otra que exigía al clero prestar juramento de lealtad al Estado. Desacuerdos de este tipo fueron los que llevaron más adelante a la crisis constitucional.
Mientras tanto, dos potencias absolutistas europeas, Austria y Prusia, se dispusieron a invadir la Francia revolucionaria, lo que hizo que el pueblo francés se convirtiera en un ejército nacional, dispuesto a defender y a difundir el nuevo orden revolucionario por toda Europa. Durante la guerra, la libertad de expresión permitió que el pueblo manifestase su hostilidad hacia la reina María Antonieta, llamada «la Austriaca» por ser hija de un Emperador de aquel país y «Madame Déficit» por el gasto que había representado al Estado, que no era mayor que la mayoría de los cortesanos, y contra Luis XVI, que casi siempre se negaba a firmar leyes propuestas por la Asamblea Legislativa.
El diez de agosto del noventa y dos, las masas asaltaron el Palacio de las Tullerías, y la Asamblea Legislativa suspendió las funciones constitucionales del Rey. La Asamblea acabó convocando elecciones con el objetivo de configurar, por sufragio universal, un nuevo parlamento que recibiría el nombre de Convención. Aumentaba la tensión política y social en Francia, así como la amenaza militar de las potencias europeas. El conflicto se planteaba así entre una monarquía constitucional francesa en camino de convertirse en una democracia republicana, y las monarquías europeas absolutas. El nuevo parlamento elegido ese año abolió la monarquía y proclamó la República. Creó también un nuevo calendario, según el cual el año noventa y dos se convertiría en el año uno de su nueva era.
El gobierno pasó a depender de la Comuna insurreccional. Cuando la Comuna envió grupos de sicarios a las prisiones, asesinaron a mil cuatrocientas víctimas, y pidió a otras ciudades de Francia que hicieran lo mismo, la Asamblea no opuso resistencia, aunque éramos unos cuantos los que pedíamos que se detuviera. Esta situación persistió hasta el veintidós de septiembre, en que se creó un nuevo cuerpo legislativo denominado Convención, que de hecho se convirtió en el nuevo gobierno de Francia.
El poder legislativo de la nueva República estuvo a cargo de la Convención, mientras que el poder ejecutivo recayó sobre el Comité de Salvación Nacional.
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En el Manifiesto de Brunswick, los Ejércitos Imperiales y de Prusia amenazaron con invadir Francia si la población se resistía al restablecimiento de la monarquía. Esto ocasionó que Luis XVI fuera visto como conspirador con los enemigos de Francia. El diecisiete de enero del noventa y tres, la Convención condenó al Rey a muerte por una pequeña mayoría, acusándolo de «conspiración contra la libertad pública y la seguridad general del Estado». El veintiuno de enero el Rey fue ejecutado por la guillotina, lo cual encendió nuevamente la mecha de la guerra con otros países europeos. La reina María Antonieta, nacida en Austria y hermana del Emperador, fue ejecutada el dieciséis de octubre del mismo año, iniciándose así una revolución en Austria para sustituir a la reina. Esto provocó la ruptura de toda relación entre ambos países y el comienzo de una nueva guerra entre Francia y la Coalición.
La coalición se inició con la invasión del territorio francés por Austria y Prusia, y como respuesta ofensiva Francia declara la guerra a la Monarquía Habsburgo de Austria el veinte de abril del noventa y dos, guerra a la que poco después se unirían el Reino de Prusia, Gran Bretaña, España y otros Estados. A pesar de las derrotas iniciales de los ejércitos franceses, a partir del noventa y cuatro estos lograron imponerse en el campo militar y derrotar sucesivamente uno por uno a todos los países que habían entrado en la coalición antifrancesa. En el noventa y cinco, Prusia y España firmaron la paz con el país galo y se retiraron de la coalición, al tiempo que era establecida la República Bátava como un estado satélite francés en Holanda. A partir de ese año el Directorio Francés preparó diversas operaciones para lanzar ofensivas en Alemania y el norte de Italia. Tras los últimos años en que las tropas francesas lograron mantener su hegemonía, en el noventa y siete se firmó el Tratado de Campo Formio entre Francia y Austria, poniendo fin a la Coalición.
Este acuerdo de paz no fue muy duradero ni del todo efectivo, ya que Gran Bretaña continuó en guerra y al año siguiente se volvió a formar una Segunda Coalición antifrancesa y la reapertura de hostilidades.
Sin embargo, la situación económica seguía empeorando, lo cual dio origen a revueltas de las clases más pobres. Los llamados sans-culottes expresaban su descontento por el hecho de que la Revolución francesa no sólo no estaba satisfaciendo los intereses de las clases bajas sino que incluso algunas medidas liberales causaban un enorme perjuicio a éstas, libertad de precios, libertad de contratación, Ley Le Chapelier, etc.. Al mismo tiempo se comenzaron a gestar luchas antirrevolucionarias en diversas regiones de Francia. En la Vandea, un levantamiento popular fue especialmente significativo: campesinos y aldeanos se alzaron por el Rey y las tradiciones católicas, provocando la llamada Guerra de Vandea, reprimida tan cruentamente por las autoridades revolucionarias parisinas que se ha llegado a calificar de genocidio. Por otra parte, la guerra exterior amenazaba con destruir la Revolución y la República. Todo ello motivó la trama de un golpe de estado por parte de los jacobinos, quienes buscaron el favor popular en contra de los girondinos. La alianza de los jacobinos con los sans-culottes se convirtió de hecho en el centro del gobierno.
Los jacobinos llevarían en su política algunas de las reivindicaciones de los sans-culottes y las clases bajas, pero no todas sus reivindicaciones serían aceptadas, y jamás se cuestionó la propiedad privada. Los jacobinos no pusieron nunca en duda el orden liberal, pero sí llevaron a cabo una democratización del mismo, pese a la represión que desataron contra los opositores políticos, tanto conservadores como radicales.
Se redactó en el noventa y tres una nueva Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y una nueva constitución de tipo democrático que reconocía el sufragio universal. El Comité de Salvación Pública cayó bajo el mando de Maximilien Robespierre y los jacobinos desataron lo que se denominó el Reinado del Terror. No menos de diez personas fueron guillotinadas ante acusaciones de actividades contrarrevolucionarias. La menor sospecha de dichas actividades podía hacer recaer sobre una persona acusaciones que eventualmente la llevarían a la guillotina. En aquel año que duró me marché de la Asamblea, pues el camino que la Revolución y la Asamblea estaban llevando no era bueno. Todo esto no iba a acabar nada bien.
En el noventa y cuatro, Robespierre procedió a ejecutar a ultrarradicales y a jacobinos moderados. Su popularidad, sin embargo, comenzó a erosionarse. El veintisiete de julio, ocurrió otra revuelta popular contra Robespierre, apoyada por los moderados que veían peligroso el trayecto de la Revolución, cada vez más exaltada. El pueblo, por otro lado, se rebela contra la condición burguesa de Robespierre que revolucionario antes, ahora perseguía a Verlet, Leclerc y Roux. Los miembros de la Convención lograron convencer al «Pantano», y derrocar y ejecutar a Robespierre junto con otros líderes del Comité de Salvación Pública.
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La Convención aprobó una nueva Constitución el diecisiete de agosto del noventa y cinco, ratificada el veintiséis de septiembre en un plebiscito. La nueva Constitución, llamada Constitución del Año III, confería el poder ejecutivo a un Directorio, formado por cinco miembros llamados directores. El poder legislativo sería ejercido por una asamblea bicameral, compuesta por el Consejo de Ancianos, doscientos cincuenta miembros, y el Consejo de los Quinientos. Esta Constitución suprimió el sufragio universal masculino y restableció el sufragio censitario.
La nueva Constitución encontró la oposición de grupos monárquicos y jacobinos. Hubo diferentes revueltas que fueron reprimidas por el ejército, todo lo cual motivó que el General Napoleón Bonaparte, retornado de su campaña en Egipto, diera el nueve del noventa y nueve un golpe de estado instalando el Consulado.
La Constitución del Año VIII, redactada por Pierre Daunou y promulgada el veinticinco de diciembre del noventa y nueve, estableció un régimen autoritario que concentraba el poder en manos de Napoleón Bonaparte, para supuestamente salvar la república de una posible restauración monárquica. Contrariamente a las Constituciones anteriores, no incluía ninguna declaración sobre los derechos fundamentales de los ciudadanos. El poder ejecutivo recaía en tres cónsules: el primer cónsul, designado por la misma Constitución, era Napoleón Bonaparte, y los otros dos sólo tenían un poder consultivo. En mil ochocientos dos, Napoleón impuso la aprobación de un senadoconsulto que lo convirtió en cónsul vitalicio, con derecho a designar su sucesor.
El cargo de cónsules lo ostentaron Napoleón Bonaparte, Sieyès y Ducos temporalmente hasta el doce de diciembre del noventa y nueve. Posteriormente, Sieyés y Ducos fueron reemplazados por Jean Jacques Régis de Cambacérès y Charles-François Lebrun, quienes siguieron en el cargo hasta el dieciocho de mayo de mil ochocientos cuatro, cuando un nuevo senadoconsulto proclamó el Primer Imperio y la extinción de la Primera República, cerrando con esto el capítulo histórico de la Revolución.
No pude sino entristecerme al ver como todo había acabado. La Revolución, a pesar de la violencia ejercida, fue hermosa en un principio, pues llevó a la cima las ideas del Racionalismo, dio voto a todos los hombres, y durante un tiempo las mujeres cobraron una importancia maravillosa, y otros derechos que no se habían visto en muchos siglos en Europa. Pero la Asamblea llegó a perder el buen camino, llevando nuevamente la sangre a la Revolución. Lo que pudo ser una nueva Grecia o Roma… fue destruida, dando paso a otro Imperio.
Bueno, este capítulo se ha dedicado por completo a uno de los mayores eventos de la historia moderna, la Revolución Francesa. En este caso, Issei si participó directamente, no solo frenando a los ejércitos de la Iglesia Católica, sino participando directamente en la Asamblea con palabras, no con violencia. Aviso de que Issei no se quedará ni con Durandal ni con la Cruz, pero las mantendrá hasta encontrarles portadores dignos, como ellas y Gabriel piden.
Puede que haya varias preguntas sobre Napoleón, pero estas serán respondidas en el siguiente capítulo, el cual estará dedicado a su persona y lo que fue el Imperio Francés. UzuShiro, espero que dejes de dar por saco con él XDDD
Por cierto, apunte muy importante a tener en cuenta, Olympe de Gouges publicó la declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana en un intento de igualar los derechos de ambos sexos en 1793.
Redemptionists = Redencionistas
Nos leemos !
