Capítulo 46: La carta
Gracias a la más que oportuna aparición de Haymitch, las aguas volvieron a su cauce y tanto Peeta como Gale enterraron el hacha de guerra, al menos de momento… Cuando la cosa estuvo más calmada, traté de sonsacarle a Gale qué diablos hacía aquí nada más y nada menos que el día de la Libertad (se supone que hay que pasarlo en familia, y la suya está con él en el dos), pero no hizo más que esquivar mis preguntas e insistir en que primero debía leer la carta y luego hablar con él. Está empeñado en que ese es el orden correcto de las cosas porque dice que así todo será mucho más fácil. No me gusta que sea tan insistente respecto a ello, porque eso quiere decir que lo que pone en la carta es importante, y si es importante es porque es sobre sus sentimientos, y si es sobre sus sentimientos quiere decir que trata sobre él y yo, y si trata sobre él y yo no hay cabida para Peeta, y eso no puede ser. Tiene que tenerlo claro.
Aún con la puñetera carta esperándome en casa, todavía me queda por resolver otro asunto no menos importante. No tengo ni idea de cómo le voy a decir a Peeta lo que pasó el día de mi desaparición. Sé que, con Gale por el distrito, será cuestión de tiempo que se entere. La discreción nunca ha sido el fuerte de mi ex-amigo si alguien no le caía bien y, obviamente, Peeta no entra en su lista de personas favoritas. Aún si no dijese nada, existe la posibilidad para nada remota de que nos oyese discutir sobre el tema (para que engañarnos, no voy a poder evitar eternamente la charla pendiente que tengo con Gale), y aunque no lo oyese él directamente, el doce está plagado de lenguas viperinas capaces de todo por un buen chismorreo… ¡A saber entonces qué clase de retorcida mentira llegaría a sus oídos! Definitivamente, tiene que oírlo de mi boca, aunque me cueste tener que volver a dormir sola.
Haymitch, Peeta y yo nos hemos quedado en casa después de que Gale se fuera. Puso la excusa de que tenía que ir al centro por asuntos de trabajo para darme tiempo de leer la carta y me dejó caer que podría encontrarlo en la pensión de la plaza cuando estuviese lista. Al parecer se alojará ahí durante su paso por el distrito que, por cierto, no sé durante cuánto tiempo se alargará. Por el bien de todos, solo espero que se marche cuanto antes.
Peeta y nuestro mentor están bastante entretenidos terminando de desayunar y charlando sobre la repentina aparición de Gale. Decido que necesito tener toda la información posible para poder hablar con Peeta francamente, por lo que me visto y bajo a prisa por las escaleras. Antes de salir por la puerta aviso de que me voy:
- ¡Me marcho! ¡Volveré antes de la hora de comer! - grito desde la entrada en lo que paro para coger las llaves.
No alcanzo a oír si alguno de los dos contesta algo porque, de la misma, salgo de casa cerrando la puerta tras de mí. No estoy acostumbrada a rendir cuentas sobre cuándo voy, cuándo vengo o cuándo dejo de venir, al fin y al cabo llevo siendo independiente desde los once años. De todas formas, procuro hacer un esfuerzo y, al menos, avisar a Peeta de que me marcho. Presiento que si no se lo dijese y no me encontrara durante un tiempo determinado, por pequeño que fuese, pondría el distrito entero y parte de Panem patas arriba. Supongo que no tuvo que pasarlo demasiado bien cuando desaparecí, no le culpo. Creo que yo actuaría aún peor en su misma situación.
Recorro los escasos metros que separan mi casa de la de Peeta y doy gracias por que sean tan pocos. El calor es sofocante. Desde la tormenta, hemos tenido unos días de tregua ya que, a pesar de que seguía haciendo calor, por las noches refrescaba y se podía pegar ojo, pero lo de hoy es inhumano. Parece que se haya estado acumulando el calor que no ha hecho estos días y alguien lo haya soltado todo de golpe. Entro en casa a todo correr y respiro aliviada el aire fresco, consecuencia de haber sido previsora y haber bajado las persianas por completo.
Busco, busco y rebusco por todos lados la dichosa carta, pero no hay ni rastro. En última instancia, recurro a un consejo que me dio mi padre hace muchos años: "cuando no encuentres algo, repasa lo que hiciste hasta la última vez que lo viste". Llevo a cabo la misma rutina de aquél día: vuelvo a entrar por la puerta, hago que cojo el botiquín, me dirijo hacía la salida, paro en seco al ver la carta en el buzón, simulo que la cojo, veo el sello del Distrito 4, no le doy más importancia y la dejo sobre la mesita para salir a prisa, cierro la puerta y antes de cerrar oigo que algo se cae… ¡Eso es! La carta debió de ser aquel ruido. Busco por los alrededores de la mesita y por fin la encuentro tirada tras ésta. La corriente de aire que provocó la puerta al cerrarse debió de hacer que se cayera, lo que también explica que no la viera el día que volví a por mis cosas.
Me dirijo al salón dispuesta a leer el contenido de la carta de una vez por todas. ¡Maldita la hora en la que decidí ignorarla! Estoy segura de que, habiendo sabido que Gale vendría, no estaría metida en el lío a tres bandas en el que estoy. Al menos hubiese tenido tiempo de prevenir a Peeta. Como de costumbre, todo lo hago que hago resulta ser poco, tarde y mal.
Me siento en el fresco sofá y un ligero suspiro de alivio escapa de mi boca. Menos mal que no decidí reamueblar el salón con sofás de cuero… Me seco las manos en la tela de mi asiento y, con pulso tembloroso por lo que me pueda encontrar, abro el sobre. Al sacar la carta, lo primero que reconozco son los descuidados e inconfundibles trazos de Gale. Si bien es cierto que nunca fuimos juntos a clase por la diferencia de edad, vi su letra en incontables ocasiones cuando íbamos juntos a pedir teselas y teníamos que declarar estar conformes con lo que ello suponía. Un triste motivo por el que recordar la letra de alguien, más si se trata de tu mejor amigo. Supongo que el significado de aquello fue lo que dejó grabada en mi mente su letra irregular.
La observo por encima: tendrá poco más de quinientas palabras. Gale siempre ha sido hombre de pocas palabras, por lo que presumo que debió costarle mucho escribir esto. Nos parecemos en tantas cosas… Hoy es el día que aún recuerdo lo imposible que se me hizo despedirme de mi familia mediante una carta, tal y como sugirió Peeta que lo hiciéramos, después de que no nos dejaran decir adiós tras la cosecha del Vasallaje.
Empiezo a agobiarme por la cantidad de recuerdos nada agradables que se me vienen a la mente, por lo que decido empezar a leer sin más dilación. Al principio, no me extraña nada de lo que me dice. Supuse que sería lo suficientemente cobarde y orgulloso como para no pedirme perdón a la cara, por lo que no me cae de susto que me lo pida así. No es hasta tres cuartos de carta cuando las letras empiezan a bailarme sin orden ni sentido. He terminado de leerla, pero estoy tan en shock por lo que pone que necesito hacerlo de nuevo. Leo una y otra vez la misma frase, la culpable de que todo lo que creía se esté yendo al traste. No puedo creer lo que ven mis ojos. Podría haber imaginado millones de cosas, pero esto nunca hubiese entrado en mis planes.
