46. Devil Takes The Hindmost

No podia más.

Se sentía incapaz de continuar con toda aquella historia. Por un lado, aquél misterioso fantasma homicida que casi se cobra la vida de su alma gemela y del que temía una inminente vuelta a las andadas. Por otro lado, el extraño comportamiento que Rachel hubiese adoptado desde que el día anterior en el parque de atracciones la encontrase saliendo de la casa del terror abandonada, una antigua atracción que había sido la última moda a mediados del siglo pasado, pero que ahora nadie pisaría ni por un millón de dólares, el Phantasma. Santana y Brittany se habían marchado hacía unas horas, y ella volvía a sentirse irremediablemente abandonada, sola y desconectada de su novia.

Lo único que posiblemente arrojase un poco de serenidad sobre su inquietud era la cita que había concertado con Sierra para que ésta le relatase sus últimas averiguaciones sobre el tema que la mantenía ocupada, a la que el taxi en el que estaba subida la estaba llevando. Cita a la cual, por cierto, Rachel no había podido acudir alegando que tenía cosas que hacer, un asunto extraño que le robaría toda la tarde del domingo.

Y es que, por mucho que Quinn se preocupase por Rachel, por mucho que estuviese sufriendo por todo, no podía imaginarse ni lo más mínimo que las tribulaciones de Rachel eran, si cabía, peores aún.

Había pasado todo el día dándole vueltas a qué debía hacer:

Si cantaba, el Fantasma habría ganado, interpretar Love Never Dies para él sería como firmar ante notario su rendición, pero por otra parte, era la única cosa con la que podía hacerle chantaje para que dejase en paz a Quinn y a Sierra; aunque Erik no lo hubiese mencionado, Rachel sabía que no le importaría mancharse las manos para apartarlas de su camino y que dejasen de fastidiar sus planes. No tenía ni idea de qué podría pasar una vez las últimas notas del tema estuviesen en el aire, pero fuese lo que fuese, estaba claro que no quería que le afectase a su novia y a la chica que estaba intentando resolver el embrollo por ella.

Si no cantaba, obviamente sería el triunfo de Quinn, quedaría demostrado que su amor por ella era incondicional, tan incondicional que prefería dejarlo claro ante Erik antes que hacer todo lo posible por protegerla.

Y si Quinn se enterase de que el motivo que la había atraído hacia el Phantasma no era la mera curiosidad como ya había jurado y perjurado, ella se involucraría. Y el Fantasma no la iba a dejar vivir hasta hacerla comprender que Rachel era solo suya; sería demasiado pedir que lo peor que le ocurriese a Quinn fuese perder la vista. Si Erik se lo proponía, la haría desaparecer del mapa.

Con sólo pensar en aquella posibilidad, Rachel había comprendido que no podía dejar pasar la oportunidad que se le presentaba. Cantaría, sí. Y después, si tenía que hacerlo, se iría con el Fantasma hasta encontrar la mejor manera de expulsarlo de su vida para siempre, pero haría cualquier cosa, cualquier cosa, por impedir que Quinn saliese perjudicada por alguien que había sido para ella tan sólo un capricho. Y por eso precisamente, tenía que enfrentarse a él sola, cargar con las consecuencias de sus actos o de lo contrario la culpabilidad por no hacerlo la perseguiría para siempre.

Dándole vueltas a todo eso se despidió secamente de su novia y marchó presta hacia el teatro.

Mientras tanto, Quinn llegaba hacia Andrews, el café que estaba junto a los grandes almacenes en los que ella trabajaba. Allí, Sierra se lo contaría todo; estaba tan nerviosa que se había comido las uñas hasta que casi no le quedaban, y un tic en su pierna evidenciaba un lamentable estado de ánimo.

- ¡Quinn, querida! – Exclamó en cuanto la vio entrar, corriendo a abrazarla. Estaba sentada en una mesa, al fondo del local. Era la única clienta. En la barra, un camarero limpiaba vasos con aire aburrido. - ¡Estaba muy impaciente por verte!

- Cuéntame. Qué has averiguado. – Inquirió Quinn una vez tuvo ante ella una copa bien cargada (de otro modo no sería capaz de soportar todo lo que venía a continuación).

- Bueno, cielo, creo que lo mejor será que vayamos por partes. – Sierra gesticulaba tanto que en un par de ocasiones estuvo a punto de tirar el vaso con su bebida. – Lo primero que he estado investigando es si hay alguna posibilidad de que Erik sea el culpable del "accidente" de Rachel.

- ¿Y bien?

- No hay una posibilidad. Hay mil. Escucha, verás.

Y los siguientes quince minutos, Sierra le explicó a Quinn cómo había llegado a aquella conclusión.

"Lo primero que hice fue acercarme con Alex al apartamento del profesor. El garaje de su bloque está en la misma calle, a unos cien metros de la puerta de entrada del bloque, y el estacionamiento o parada de vehículos están prohibidos en toda la manzana, por lo que es improbable que Erik tuviese el coche en otro sitio que no fuese su plaza de aparcamiento. El cruce de calles en el que Rachel fue atropellada está a unos minutos andando desde la misma puerta del bloque, yo misma hice el recorrido. En esos cinco o seis minutos, según calculó Alex, a Erik no le habría dado tiempo a bajar al garaje, arrancar el coche, salir y atropellar a Rachel…

A no ser que los semáforos estuviesen en rojo para los peatones y en verde para los coches, en cuyo caso, Erik sí que habría podido pasar, mientras que Rachel estaba esperando a que se pusiera en verde para ella. Un acelerón justo unos segundos antes de que el semáforo se pusiese en rojo para el tráfico y en verde para los peatones habría sido suficiente para perpetrar el intento de homicidio. Si, como al principio creímos todos, hubiese sido un accidente, el autor del mismo habría parado y auxiliado a la víctima, pero no fue así. El coche se dio a la fuga, Erik Andersen dimitió de la NYADA un par de días después y nadie ha vuelto a saber nada de él".

- Vaya… - Quinn abrió la boca, admirada. - ¡Lo has estudiado a fondo! Entonces… ¿Crees que…?

- Espera un momento, cariño, aún no he terminado.

Sierra continuó.

"Después, Alex y yo nos hicimos pasar por una pareja que estaba interesada en comprar el apartamento de debajo del de Andersen y el portero nos dejó entrar. Primero, miramos en el garaje.

Su coche estaba allí. Me resultaba raro porque, sabiendo lo que había hecho, lo más lógico sería haberlo estampado contra una pared y eliminar cualquier cosa que lo pudiese relacionar con la tragedia que le ocurrió a Rachel, pero por suerte para nosotros, no lo hizo.

En el parachoques delantero aún había sangre."

Quinn pareció desolada. Revivir minuto a minuto el peor día de su vida no le estaba resultando nada fácil, a lo que se añadía la impotencia de poder señalar un culpable y no saber en qué punto de la faz de la tierra se encontraba.

- ¿Y cómo es que ninguno de los que viven allí se ha dado cuenta?

- Porque allí no vive nadie, Quinn. – Contestó Sierra, enigmáticamente. – Todos los apartamentos están vacíos, no hay ningún otro coche en el garaje, sólo el de Andersen. Es más, cuando le dijimos al portero que estábamos interesados en comprar uno de los pisos, nos aconsejó que nos lo pensásemos dos veces porque "El lunático del quinto piso no paraba de tocar música por las noches. La gente no podía dormir, y él no hacía caso, y la policía parece demasiado ocupada como para venir a echar un vistazo al apartamento". Nos dijo que llevaba una temporada sin verlo, y si sigue tocando por la noche él no lo sabe porque no vive allí.

- Es lo más extraño que he oído en mi vida. – Susurró Quinn. Su vida se estaba convirtiendo en una película de intriga.

"Después, cuando nos quitamos de encima al portero, subimos al apartamento de Andersen. No parecía haber nadie dentro, no se escuchaba ni un ruido. Alex forzó la puerta. Como esperábamos, no estaba allí, pero sí todas sus cosas.

En el piano encontré esto:"

Sierra abrió el bolso y sacó una partitura. El título rezaba:

Love Never Dies

Quinn la hojeó y la leyó mentalmente según sus parcos pero bien asentados conocimientos de música. Era la canción principal del musical homónimo, musical en el que se retomaba la historia de amor entre el Fantasma de la Ópera y Christine Daaé.

Erik no se rendiría fácilmente, allí estaba la prueba. No había desaparecido del todo, tan sólo se hallaba escondido, al acecho, esperando la oportunidad para abalanzarse sobre su víctima.

- ¿Crees que… - A Quinn cada vez le costaba más respirar. - ¿Crees que quiere obligar a Rachel a volver con él?

- No lo sé, Quinn, pero esta partitura, esta canción, está escrita para ella, para Christine.

Y para Erik Andersen, Rachel Berry era la única Christine.

Fabray tragó saliva y se pasó las manos por el pelo. Si él decidía contraatacar, ¿Qué podría hacer ella? Rachel estaría perdida, si cantaba para él…

Tenía que impedir que lo hiciera.

- ¿Qué hacemos ahora? – Preguntó, intentando controlar el temblor de las manos.

Sierra permaneció pensativa unos minutos.

- Si Erik va a pedirle a Rachel que cante para él, está claro que quiere volver a raptarla. El Fantasma de la Ópera tiene que tener algún escondite, algún lugar en el que vivir; ha desaparecido de la faz de la tierra pero sus planes parecen seguir adelante. Dudo mucho que ande muy lejos, no iba a dejar a Rachel sin control. Tenemos que encontrarlo y atraparlo allí, tenderle una emboscada.

- ¿Y cómo vamos a saberlo? ¡Puede ser cualquier lugar!

- Me hago una leve idea – Sierra sonrió con suspicacia. – Christine canta Love Never Dies en Coney Island, y tú encontraste allí a Rachel…

- … Saliendo de una atracción abandonada que casualmente se llama Phantasma. – Completó Quinn. A Sierra no se le escapaba una. Volvió a meter la mano en el bolso y sacó otro papel, un cartel impreso en color con grandes letras brillantes.

- Esto estaba en su apartamento. Sólo encontré uno, así que supongo que el resto ya los habrá repartido entre los que él haya decidido que irán a ver a Rachel cantar. Parece que va a hacer de ello todo un acontecimiento.

"LOVE NEVER DIES"

Interpretada por la gran Christine Daaé.

Coney Island.

13 de marzo a las 00.00 horas

Única función.

- Así que ya lo tiene todo planeado, el muy… - Quinn arrugó el papel con furia. Era un lunático, un enfermo, un maldito obseso que se creía que podía jugar a su antojo con su novia y convertirla en un personaje de novela destinado a la tragedia, que podía crear un circo de marionetas que manejar a su antojo. Pues estaba muy equivocado.

- Esto es lo que vamos a hacer. Tenemos que tener mucho cuidado porque todo puede salir muy mal ¿Entiendes? – La rubia asintió. – Bien. Tienes que estar muy atenta y enterarte de todo contacto que Rachel pueda tener con Erik. Dudo mucho que la llame por teléfono, más bien le enviará notas. Regístrala y entérate de las citas que tienen hasta que le diga cuándo y dónde tiene que estar para la función final.

- ¿Y entonces?

Sierra suspiró, compungida. Había pensado mucho aquello, era consciente de que había muchas cosas que podían salir mal, de que tendría que pedir a Quinn que se arriesgase demasiado pero, al fin y al cabo, era la única forma de hacerlo y sabía que ella estaría dispuesta a colaborar.

- Entonces me lo dices a mí y yo suplanto a Rachel. Me haré pasar por ella en el espectáculo, cantaré por ella y tú tendrás tiempo para, durante la confusión, tapar cualquier vía de escape que pueda tener ese hijo de puta y acorralarlo. La policía debería estar esperando cerca, de eso podrían encargarse Kurt y Alex.

Quinn parpadeó, no muy segura de haber entendido bien lo que su amiga le estaba diciendo.

- Espera, Sierra. ¿Me estás diciendo que vas a hacerte pasar por Rachel? ¿Sabes lo que puede hacerte Erik?

- Lo sé. Y estoy dispuesta a correr el riesgo.

Todo eso era muy noble, pero a Quinn le costó una hora más aceptar todos los riesgos que su amiga quería asumir, aunque al final no le quedó otra admitir que ella sola no podría ayudar a Rachel. Una vez que el plan estuvo bien atado, cuando ya le había quedado claro que ella misma tendría que impedir que Rachel saliera a escena y enfrentarse cara a cara con Erik Andersen, Sierra anunció su marcha.

- ¡No me da ningún miedo! – Exclamó. - ¡Le voy a hacer lo mismo que él le hizo a Rachel!

- Bien. – Sierra se levantó y cogió sus cosas. – Ahora tengo que irme, pero nos veremos pronto. Y ya sabes, comunícame todo lo que averigües.

Le dio un beso en la mejilla como despedida pero, cuando estaba a punto de salir, se dio la vuelta.

- Por cierto, Quinn. Dile a Rachel que he renunciado al papel de Christine en el musical. Estoy recogiendo firmas para que le permitan volver a actuar. Díselo, ¿Quieres?

Y se marchó.

Sierra era perfecta. Estaba arriesgándolo todo por Rachel, quien nunca habría dado un centavo por ella, aunque Quinn sospechaba que en realidad, lo hacía por ella misma. Para, de alguna manera, compensarla por no haberla podido corresponder aquella noche, la noche en la que casi se besan. Y a pesar de que le dolía pensar que a Sierra pudiesen hacerle daño, aquella era la única forma moralmente correcta de hacer algo la una por la otra, de corresponderse, secretamente, aunque todo se quedase allí cuando aquello hubiese terminado.

Pidió otra copa al camarero, no tenía ganas de volver a casa y lidiar con Rachel y sus secretos, con Kurt y su preocupación, pero sobre todo, con sus propios problemas y el infierno en el que su mente se convertía en cuanto encontraba un poco de tiempo libre para pensar. Sin embargo, allí, en aquel solitario bar, se estaba muy a gusto. La campanita sonó y alguien pidió al camarero una copa de ginebra seca. Ni siquiera se dio la vuelta para verle la cara a su silencioso acompañante, se quedó allí y bebió.

No obstante, minutos después, sintió como una mano se posaba suavemente en su hombro.

Cuando le vio la cara se quedó tan helada, tan inmóvil, que horas después lamentaría no haber sido capaz de partirle los dientes de un puñetazo.

Era él.

- Vaya, vaya, vaya… - Murmuró. Su voz era tan suave, tan aterciopelada, que la rubia sintió cómo un escalofrío de terror le recorría la columna vertebral. – Así que la señorita Fabray no me tiene miedo ¿Eh?

Sin que nadie lo invitase, Erik Andersen se sentó frente a ella, en el asiento que antes hubiese ocupado su amiga, y alzó su copa. Esos ojos negros, que brillaban con una macabra luz, se clavaron directamente en los suyos. Tenía un rostro hermoso, sí, pero su expresión bailaba entre la cordura y algo mucho más oscuro y tenebroso.

- Brindo por ello.

Quinn no pudo hablar, ni siquiera se atrevía a moverse. Allí estaba, el cabrón que casi le arrebata a su Rachel para siempre, y ella no era capaz de devolverle la jugada. Tenía que hacerlo, tenía que ser valiente, y no lo bastante estúpida como para pensar que tenía alguna posibilidad contra él estando a solas. No iba a a echar por tierra el plan que tan dedicadamente Sierra había tejido. Lo único que podía hacer era apretar los dientes para evitar lanzarse a su cuello y ahorcarlo con sus propias manos y contestar con sorna a sus sarcásticas palabras. Tenía que manejar la situación.

Por ella.

- Ya te he derrotado una vez, Andersen. – Poseída por las fuerzas renovadas que el pensar en Rachel le daba, bebió lo que quedaba de su copa y la soltó dando un golpe en la mesa. – Ella hizo su elección. Tú perdiste y ambas ganamos. Es hora de que lo aceptes.

- ¿Apuesta, señorita Fabray? – Preguntó, mirándose las manos vanidosamente, con expresión traviesa. - ¿Quiere que juguemos? ¿A quién elegiría ahora Rachel? ¿A ti, que estás aquí, borracha, huyendo de los problemas que dices que ella te causa?

- ¿Acaso crees que te elegiría a ti? ¿A un enfermo obseso que casi la mata y la dejó ciega en el intento? – Contraatacó Quinn, acompañando sus retóricas con una cruel carcajada. Aunque las palabras del profesor fuesen hirientes, ella no iba a dejarse amedrentar, no quería que pensase que se iba a rendir sin luchar.

- Dejemos que lo haga, entonces. – Sugirió Erik. Pasó un fino dedo blanco por la copa de ginebra de una forma hipnótica, casi sensual. – Si ella decide no cantar, se irá contigo y os dejaré en paz a las dos. Pero si lo hace, desaparecerás tú, por tu propio pie.

Soltó una risita petulante. Jugaba con ventaja, el Fantasma nunca se habría atrevido a hacer conjeturas que pudieran volverse contra él. Él ya sabía el resultado de aquella apuesta. Podía recordar la cita que había tenido con Rachel hacía sólo unas horas, cuando, frente al teatro como acordaran, ella se había rendido.

"Júrame que no vas a hacerle daño, Erik. Júramelo y entonces cantaré. Y cuando lo haga, no volverás a acercarte a ella. Me entregaré a ti, aunque sabes bien que nunca voy a pertenecerte del todo, mi corazón es suyo y por eso voy a hacerlo. Pero ahora tienes que prometerme que Lucy va a estar a salvo."

Y él lo había jurado, pues ¿Qué importaba? Rachel ya era suya. El juego que ahora le proponía a Quinn era mera diversión, así como una forma de demostrar que si quería algo nadie iba a negárselo, y mucho menos una chica tan inexperta e impulsiva como Lucy Quinn Fabray.

- Muy bien, Andersen. – Respondió Quinn. – Voy a demostrarte que ella nunca te ha querido, y voy a hacerlo con todas las de la ley, porque yo no soy como tú. Tengo orgullo y conservo mi dignidad intacta, ¿Sabes lo que es eso?

- Juega tus cartas, Lucy. – La aludida se estremeció al escuchar de sus labios el nombre con el que sólo su Rachel la llamaba, imaginándose que la única forma que Erik tenía de saberlo era que Rachel se lo hubiese contado y se irguió, henchida del orgullo que eso le daba. – Yo jugaré las mías.

- Rachel me quiere a mí. – Insistió la chica. – No puedes convencerla de lo contrario. Lo intentaste y te salió mal ¿Recuerdas? Por eso casi la matas.

Erik, por su parte, no pareció haber escuchado su segura afirmación.

- Esperaré desde el palco que salga a escena. Si no lo hace, te vas con ella y con los bolsillos llenos. Si canta, te vas sola.

El rostro de Erik se quedó pétreo y durante un efímero instante a Quinn le pareció ver la sombra de la máscara que el fantasma llevaba para ocultar su monstruoso rostro. Extendió una mano, pretendiendo que Quinn la estrechase para cerrar el trato, pero en lugar de hacerlo, cogió su bolso y se levantó, sin siquiera tambalearse a pesar de todo lo que había bebido.

- Que el diablo se lleve al último. - Dijo, mirándolo con desprecio antes de salir de allí, cada vez más segura de que si el diablo existía, su nombre era Erik Andersen.