Capítulo 53

"Donde sea que estemos"

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N/A Me gustaría que comenzaran a cargar la canción "Inishie no Mahou" de la artista "Takanashi Yasuharu" terminación en link: /watch?v=t4gwaRrYr-4 y cuando vean tres líneas de separación en el escrito, ponerle play.

Por supuesto, solo es una sugerencia ;)

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-¿Qué pasó con tu cara?

-¿Qué pasó con la tuya?

-Oh, disculpa. Alguien me dejó encerrado en el baño- Saga hizo énfasis en la palabra como quien suelta una palabrota.-Cómo el detective que está encerrado al principio de ésa película de terror.

-¿De qué estás hablando?

Los cinco niños estaban sentados junto a la fuente del patio, Aioros seguía secando el pelo de Shura con una toalla color oliva que Nahír le había dado. Aldebarán y Vittoria, después de haber sido duchados por las amazonas, metían los pies en el agua mientras Shura le daba de coscorrones al niño moreno, cuyo tamaño le igualaba.

-De la película en la que la doctora bonita despierta rodeada de tripas. ¿No te acuerdas?

-No, Saga. Eres el único que mantiene esa película en tu mente, me hizo querer vomitar dos veces... ¡Ya déjalo en paz Shura!

El niño dejó de darle de tortazos a Aldebarán, quien apenas se vio libre de él, se giró y enseñándole la lengua, se sentó en la orilla del estanque de nuevo, desde donde Shura lo había derribado… unas cinco veces.

-Bueno, ahora que todo está en orden y volveremos a Grecia pronto ¿no quieres salir a ver la ciudad?

Aioros le miró entre incrédulo y asqueado

-No Saga, no quiero salir a una ciudad en la que hay peligro de encontrarme con un matón en cada esquina.

El chico extendió la toalla junto a él para que se secase y sentó a Shura en sus piernas para lograr controlar sus ataques sobre el nuevo niño.

-Vamos Aioros. Como cuando Su Santidad canceló la televisión cuando se dio cuenta de que solo veías el programa del gato que habla.

-Sabes que grabé eso por accidente.

-¿Por qué entonces, no lo borraste durante tres meses?

-No tuve tiempo.

-Como digas pero yo quiero un pan de pita. Lo venden cerca de aquí- anunció Saga dejando a la niña pelirroja, cuyo pelo se encontraba acariciando, sentada junto a Aioros. Los ojos de Shura se iluminaron al verla tan cerca de él.

-Acabamos de almorzar.

-Lo guardaré para la tarde.

-Mmm, entonces tráeme un kebab.

-¡Oh gorrón maloliente!- Saga fingió escandalizarse –¿No me acompañas? ¿Y encima te tengo que invitar?

-Así es- Aioros ni siquiera le miró, su banda color carmesí competía con los reflejos del cabello de la niña a su lado.

Saga se giró enfurruñado y se marchó con paso decidido hacia la calle, no notó la sonrisa que se formó en el rostro de su amigo cuando se fue.

Aioros ayudó a Aldebarán a salir del agua una vez más, mientras Shura ayudaba a Vittoria a incorporarse de la orilla.

-Eles malo Aiolos- dijo mientras procuraba agacharse para coger la toalla

Aioros se volvió y cargó a Vittoria en sus brazos, no podía pasar mucho tiempo sin sentirla cerca. Luego tomó de la mano a Aldebarán y mientras se encaminaban a una de las terrazas, preguntó a Shura:

-¿Por qué lo dices?

El Santo de Oro de Capricornio aún era muy pequeño para formular coherentemente una respuesta, a pesar de que Eko ya le había enseñado varias cosas. Por lo que simplemente se limitó a responder.

-Polque a ti tambén te gusta hacel enojarl a Saga.

-Tenemos que irnos a empates Shura, sino yo caería enfermo del disgusto.

-Ajá. ¡Oye!

Shura tironeó del brazo a Aldebarán quien a pesar de su tamaño, no pudo evitar tambalearse. Los largos meses dentro del barco en altamar desde su tierra natal habían entorpecido sus piernas, y acostumbrarse a caminar por el blanco empedrado le tomaría tiempo.

-Vamos a cogel flu, flu- fl… frrrruta- el chiquillo puso doble esfuerzo en pronunciar correctamente la sílaba,- Del huéto- añadió señalando el camino a la huerta del Adoratorio.

-Acabas de almorzar Shura- dijo Aioros sentando a Vittoria en una de las sillas, cuyo mullido almohadón ocupaba mucho más espacio que ella en el asiento.

-No imporlta- repuso el niño sin preocuparse y aferrando a su compañero por la muñeca, se lo llevó prácticamente a rastras.

Aioros se sentó en otra de las sillas y se perdió tras un libro; ni siquiera notó que Vittoria, como florecilla atrasada por el viento, se retiró bamboléandose cómicamente en pos de Shura y Aldebarán.

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-No quelo.

-¿Tú hablas?

-No quelo.

-Te prregunté si entendiste lo que hay que hacel… hacerrrr

-No quelo.

-Bien ya entendí.

Shura se puso en jarras y miró decepcionado las ricas y redondas naranjas que colgaban sobre sus cabezas. Había intentado sin éxito convencer a Aldebarán de fungir como escalera para alcanzarlas, y suspiró con decepción a la vista de las sabrosas frutas.

La huerta era bastante pequeña en comparación con la del Santuario, ahora restaurada tras el incendio de la invasión; y Shura se sabía de memoria los trucos para tomar las naranjas, mandarinas o limas de los árboles porque… Saga los había realizado mil veces en su presencia y en la del bebé Sin Nombre.

Una vez cortaron demasiadas mandarinas y cuando fueron de nuevo, las más sabrosas estaban en la copa del frondoso árbol. Saga no se arredró y le ordenó ir por ayuda, pero no le especificó cuanta, de modo que volvió a la huerta con Aioros, luego volvió con Afrodita, quien traía gateando tras él a Aioria y Milo. Y al final arrastró el moisés del comedor que contenía a Camus y a Mu, la huerta se convirtió literalmente en un jardín de niños, cuyas risas se colaban hacia el desierto comedor.

A regañadientes, Aioros se había subido en Saga para poder cortar las mandarinas, aquello fue lo que suscitó el desastre pues, con Camus cerca de él y durmiendo…. No había nada que tentara más al pequeño Milo que su amiguito dormido… e indefenso. Codeó a Aioria y le invitó, en su simple y peculiar lenguaje, a imitarle. Gateando y rodeando el moisés, Milo por el lado de Camus y Aioria por arriba.

Para cuando Shura se dio cuenta, Camus estaba gimoteando cubierto de pies a cabeza por cáscaras de mandarina y hojas de naranjo secas. Mu, como era usual, se dio la media vuelta y siguió roncando. Sin embargo, apenas Camus divisó a Milo, sus grandes ojos azules chispearon de rabia y tomó fuerzas para incorporarse.

Aioria y Milo en medio de gorgojeos y carcajadas, se echaron medio a correr, medio a gatear por toda la huerta. Pero Camus se limitó a esperarles detrás de Shura, y cuando pasaron junto a él, el pequeño Santo de Acuario les salió al paso provocándoles tal sobresalto que ambos niños salieron despedidos hacia Saga, al que como es natural, derribaron. Shura se preocupó al ver al pobre Aioros pender de una rama, al final no sirvió de mucho, pues aunque el mandarino era alto, su tronco no era muy firme; así que no pasó mucho tiempo antes de que Aioros tumbara el árbol.

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El equipo culinario de aquella semana, cuyos miembros consistían en Lygian, Febo y algunos más, llegaron corriendo a la huerta tras oír el escándalo, descubriendo a los Santos llenos de arañazos y bañados en jugo de mandarina. En castigo por desperdiciar comida, el papa tuvo a Saga y a Aioros a dieta de mandarinas toda aquella semana, los otros niños se vieron obligados a tomar agrio jugo de la fruta verde, para que aprendieran que derribar árboles del huerto no era algo bueno.

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Shura estaba rememorando el episodio cuando Vittoria hizo aparición junto a él de una forma tan delicada que pareció un soplo de brisa. El chico se volvió hacia ella encontrándose con sus pupilas aceradas y centelleantes a la luz del sol.

-¡Vittolia!- gritó entusiasmado.- Tú ayúdame.

Sujetando a la chiquilla del brazo, señaló las naranjas arriba de ellos y juntó las manos para que la niña subiera el pie en ellas y alcanzara las frutas. Ella no se lo hizo repetir y le obedeció alegremente; Vittoria alargó los bracitos, las mangas de la camisa cayeron hasta sus hombros.

-¡Uggh!

Al fin alcanzó un par de ellas y trató de arrancarlas, pero lo hizo con tal vehemencia que Shura no pudo sostenerla y la niña se cayó… sobre el niño brasileño. El Santo de Capricornio les miró ansioso, pero al ver la expresión aturdida de Aldebarán tendido en el suelo y la de perplejidad de Vittoria, sentada sobre su estómago, no pudo evitar descoserse de risa.

La pequeña cara de Shura, por la que corrían las lágrimas hicieron que casi instantáneamente, sus dos compañeros tendidos sobre la verde alfombra del césped también se echaran a reír.

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-Ten tus kebabs- Saga casi se los echó a la cara, pero Aioros los cogió al vuelo.

-Eres muy amable- respondió con una gran sonrisa, mientras abría la envoltura de plástico.

Por toda respuesta, Saga gruñó y se sentó en el lugar que poco antes ocupara Vittoria. Y sacando su pita de la bolsa, se puso a untarle los condimentos y con delicadeza maternal le espolvoreó las especias.

-¿Qué haces?- preguntó Aioros con la boca llena de comida. -¿Es tu hijo? Tu cara cariñosa es algo repugnante- dijo con una sonrisa, las hierbas comestibles de su kebab le tiñeron del mismo color los dientes.

-Bueno, tu cabello parece salido de un molde para pastel y yo no me burlo- le espetó Saga llevándose el pita a la boca.

-Ya verás cuando termine de comer.

-Sin ofender, es difícil sentirme amenazado cuando tus dientes están pintarrajeados de verde.

-De mi puedes burlarte, pero a ver qué te dice Gesphare cuando volvamos a Grecia.

Saga perdió su máscara de serenidad y se puso pálido, el reflejo del sol sobre el empedrado le daba un tinte blanquecino a su piel y a su pelo color púrpura.

-Ya me preocuparé cuando estemos a punto de llegar a Rodorio. Por cierto- añadió mirando a su alrededor, -¿Dónde están los demás?

Estaba a la mitad de su pregunta cuando se oyó una explosión de risa desde el interior del jardín.

-Olvídalo. Están en la huerta.

Siguieron comiendo cuando escucharon pasos acercarse por el umbral de la antesala y Hekas salió al patio.

-¡Hekas!- saludó Aioros, el guerrero se acercó con prontitud y se sentó en la banca junto a Saga.

-Hola niños ¿listos para volver? Trae acá…

-Por sup- ¡hey!

El pita de Saga desapareció en la boca del guerrero.

-Ya habías comido Saga y te pondrás gordo.

-¿Y eso qué?

-Si engordas mucho, ya no te cabrá la Armadura de Géminis.

-¡Bah!

Saga se cruzó de brazos

-¿Qué haremos ahora Hekas?

-Volveremos al Santuario al atardecer. Nuestros hermanos turcos se harán cargo del resto, ya cumplimos la misión al tener a la niña y al niño en nuestra compañía. Nahír recuperó nuestro barco hace unas horas y tan pronto Eudoxia y Mirtha vuelvan de presentar declaración de testigo contra Azím, nos marcharemos.

-¿Dónde está Azím?

-Talina dijo que le han puesto en el calabozo de los tribunales en Estambul para trasladarlo a Ankara en una semana. Pero los testimonios los están tomando unos oficiales en el vestíbulo.

-Entonces ¿nos vamos en unas horas?- Aioros arrojó la envoltura de sus kebabs, que devoró temeroso del apetito del guerrero; en un cesto de basura junto a la banca.

-Así es ¿ya le han dado las gracias a Nahír, Özgür y a los gemelos?

-Ya- respondieron a coro.

-Bien, iré a terminar unos asuntos y luego nos vemos- Hekas se despidió revolviendo la cabellera de Saga, luego se fue hacia la calle.

-Vamos por Shura y los otros- anunció el chico a su compañero, poniéndose de pie y acomodándose el cabello.-Y antes de irnos… ¿me compras otro pan pita?

Aioros resopló, pero asintió mientras ambos se dirigían a la huerta en donde encontraron a los tres niños sentados en círculo bajo el naranjo comiendo alegremente sus frutos.

No pasó mucho rato hasta que llegaron las amazonas griegas y luego las turcas, después se les unieron los guerreros turcos y al final los griegos. Pronto la huerta estaba tan abarrotada, que los últimos dos soldados se tuvieron que recargar en el umbral.

Todos sentados, todos comiendo naranjas, todos riendo como si se conociesen desde siempre. Porque al final todos, lejos o cerca de la Montaña del Santuario, eran parte de un solo corazón, una gran y poderosa familia que trascendía el tiempo y el espacio.

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-Eso es todo por ahora ¿no?

-Creo que sí

-Espero nos encontremos pronto Talina.

-Yo también Özgür.

Ambos se dieron la mano y Talina subió a la cubierta del barco que les llevaría de vuelta a Grecia. La brisa salina agitaba los cabellos de los guerreros y las pañoletas multicolores que las amazonas llevaban anudadas en sus cinturas. El sol de la tarde pintaba de naranja las argénteas superficies de las máscaras y el manto de la noche comenzaba a asomarse en el horizonte.

Ninguno de ellos se había saltado aquella despedida tan especial. Incluso el viejo y malhumorado doctor se les unió con fingido fastidio, dijo adiós a Saga y Aioros con la mano; los niños le respondieron entusiasmados empinándose por la borda.

Hekas tenía a Shura sobre sus hombros, agarrado a su cabeza. A su lado Oláy y Eudoxia mantenían a los nuevos miembros de la familia elevados para que también se despidiesen.

-¡Adiós! ¡Adiós!

La consabida palabra poseía un delicioso sabor melancólico y dulce en las gargantas de griegos y turcos. Pues en realidad, no había mucho más que decir aunque sí mucho que sentir.

No habían hablado mucho, no habían convivido mucho. Pero haber peleado juntos les unía más que mil palabras, pues confiar la vida misma en las manos del otro les otorgaba una unidad que ni siquiera podría haber sido superada por lazos de sangre. Una unidad por la que el Patriarca había luchado a lo largo de los años y que ahora, se mantenía viva por la poderosa voluntad de Atena.

Ni ellos podrían explicar lo que arrancaba lágrimas de júbilo a sus ojos, mientras el perfil de la ciudad se alejaba lentamente y Santa Sofía se grababa en sus retinas, solamente era que… aquellos hombres y aquellas mujeres eran su parentela, la estirpe por la que unos y otros apostaban sus vidas día a día.

Jamás se arrepentían de haber renunciado a todo por simplemente gozar de aquellos instantes de intimidad familiar sin palabras que la vida les otorgaba, en aquel puerto de Estambul.

-Donde sea que vivamos…- dijo Talina sin dejar de ver a sus hermanos turcos.

-Donde sea que estemos…- continuó Mirtha

-Donde sea que muramos…- siguió Oláy con solemnidad

-Siempre seremos uno, por Atena…

El barco se balanceaba entre las tranquilas aguas del crepúsculo que corrían desde el Cuerno de Oro, llevando a todos de vuelta al puerto de Volos, donde aquella aventura turca, había comenzado.

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¡Hola! Ahora sí que el próximo capítulo será el último antes del intermedio.

La canción de Azím es "El beso del silencio" de "Trágico Ballet", lo siento, olvidé ponerla antes.

Espero y hayan disfrutado del capítulo