¡Gracias por su paciencia! Espero disfruten el capítulo :)

¡Hasta pronto!

Love,

NG


Capítulo XLIX:

Demonios con rostro de ángel:

"No me aferro lo suficiente a la vida para temer la muerte."

Los tres mosqueteros, novela escrita por Alexander Dumas.

Llevaban alrededor de media hora caminando, cruzando túnel tras túnel, cuando finalmente dieron con un cambio: Una luz al fondo, más brillante que la de las antorchas.

El grupo se detuvo de golpe.

-¿La luz al final del túnel? –preguntó Arthur, y Peter no pudo evitar concordar con la ironía.

-Quizás sea la salida –sugirió Simon.

-O quizás sea otra maldita habitación, pero más iluminada –agregó Bloodtooth.

Las dos posibilidades eran factibles, pero sólo había una manera de averiguarlo.

-Vamos –dijo Peter, y siguió adelante, recorriendo el resto del camino.

El túnel terminaba en una escalera, y arriba distinguió otro arco, del que venía la luz que habían visto. Fue el primero en subir, seguido por los demás.

-¿A dónde creen que nos lleve? –preguntó Layla.

-No lo sé –admitió Nowe- Podría ser a cualquier parte: Podríamos terminar en un desierto, en medio del mar, en otro edificio enorme, o en─

-¿Un bosque? –Peter volvió a detenerse. Estaba casi en lo alto de la escalera, y desde allí podía distinguir el paisaje al otro lado: Un cielo azul lleno de nubes, hierba, árboles de hojas rosadas, montañas.

-Parece demasiado bonito para ser verdad –comentó Simon.

-Tengan cuidado –advirtió Nowe, y los demás asintieron.

La hierba era tan alta que tenían que moverla para pasar. Fue cuando dejaron atrás la cueva (pues era evidente, al volverse, que se trataba de una cueva) que el muchacho notó por primera vez algo extraño: Una línea de blanco inmaculado que bordeaba varias de las montañas y se perdía en la lejanía, como si alguien hubiera borrado una parte del dibujo, dejando ver la hoja blanca debajo.

-Curioso –comentó Simon- ¿Qué puede haber pasado para qu─

-¡Miren! –gritaron todas las hadas al mismo tiempo, y Peter siguió la dirección que señalaban.

El alma se le vino a los pies.

A lo lejos, junto al río desdibujado, una chica de cabello rojo estaba arrodillada en el suelo, abrazada a lo que al avanzar distinguió como otra persona.

Corrió hacia ella, cruzando la distancia entre los dos en segundos. Sus hombros temblaban, sacudidos por el llanto, y abrazaba al chico con tanta fuerza que lo había alzado varios centímetros del suelo, sus manos cayendo inertes sobre la hierba.

Incluso antes de ver su cabello azul, supo de quién se trataba.

Y ya antes de ver la mirada vacía de Seka, y la palidez antinatural de su rostro, había sabido que algo terrible acababa de ocurrir.

Jane no supo cuánto tiempo permaneció allí, llorando con todas sus fuerzas y temblando de pies a cabeza. Lloró hasta que sus lágrimas se secaron, y siguió abrazándolo en silencio, escondiendo el rostro en la tela empapada de su camisa.

Lejano, sintió que una mano tocaba su hombro, y tardó en comprender que estaban hablándole.

La voz decía su nombre. Alzó la cabeza, y los ojos le ardieron cuando levantó la mirada hacia el recién llegado: Un chico de tez bronceada y cabello rubio que la observaba, sus ojos azules cargados de tristeza y preocupación.

-¿Qué ocurrió? –preguntó, despacio y en voz baja, como si temiera que algo más fuerte fuera a destrozarla.

Jane no respondió. Frunció el ceño, aturdida.

¿Peter? Pero, ¿Cómo…?

La confusión en su rostro debía de ser evidente, pues el muchacho señaló un punto detrás de ella a modo de explicación: Una cueva que no había notado antes al pie de una de las montañas, medio oculta por la hierba.

Cerca de la entrada, Simon y Arthur los observaban, vacilantes, las hadas rodeándolos con aire abatido.

Un ruido le hizo volver la vista al frente, y vio como Bloodtooth y Nowe se arrodillaban junto a ellos, contemplando el cuerpo inmóvil del príncipe. Sus expresiones eran totalmente distintas: Mientras Nowe observaba la escena con aire solemne, Bloodtooth lo hacía con dientes apretados y tensos puños, las mejillas enrojecidas y los ojos llameantes.

-¿Quién lo hizo? –más que decirlo, lo gruñó.

Fue entonces que Jane procesó la pregunta de Peter.

¿Qué ocurrió? ¿Quién lo hizo?

Abrió la boca, pero ningún sonido salió de esta. Sintió que sus ojos se empañaban, y bajó la mirada, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano y sacudiendo la cabeza una y otra vez.

-No, no, no… -No podía decirlo, no cuando la escena seguía repitiéndose en su cabeza, no cuando la última conversación que habían tenido seguía tan vívida en su mente.

-Jane, está bien. Está bien –Peter rodeó su cintura con su brazo, tratando de tranquilizarla, y fue consciente de que estaba al borde de hiperventilar.

-Fue mi culpa, Peter, fue mi culpa -dijo, sin poder apartar la mirada del rostro pálido de Seka- Es mi culpa, yo…

-No digas eso –insistió el muchacho- No fue tu culpa, Jane.

Bloodtooth no insistió, mirando al chico una última vez antes de ponerse en pie. Nowe estiró una mano para cerrar sus ojos vidriosos, su expresión seria e inescrutable, y sólo dijo una frase al respecto:

-Buen viaje, Alteza.

Los sollozos volvieron a arderle en la garganta, y sujetando a Seka con más fuerza, Jane hundió nuevamente la cabeza en su hombro, redoblando la fuerza de su llanto como si nunca hubiera cesado. Vagamente, era consciente de que Peter acariciaba su cabello con los dedos, en un intento de consolarla.

Los minutos se prolongaron, mezclándose unos con otros como las olas del mar, y Jane no supo cuanto tiempo pasó exactamente hasta que el suelo comenzó a sacudirse.

Fue tan brusco como fugaz, la tierra temblando bajo sus pies y volviendo a la calma como si nada hubiera pasado.

La pelirroja alzó la cabeza de nuevo, y miró a su alrededor en busca del cambio. El resto del grupo corría hacia ellos, igual de confundidos, y no fue hasta que Peter señaló el río desmoronado con los ojos muy abiertos que vio lo que ocurría.

Grietas de luz blanca se extendían por la hierba.

-¿Qué es eso? –preguntó Simon.

El valle volvió a sacudirse, aumentando de intensidad. Jane sabía lo que era, lo había visto antes.

-La ilusión se desmorona.

Las grietas aumentaron, creciendo con rapidez y abarcando todo el valle en cuestión de segundos. El suelo se sacudía y crujía. Los colores desaparecían, reemplazados por aquella luz cegadora. Jane cerró los ojos…

Tal como la primera vez, el mundo cambió sin emitir ruido alguno, y cuando la chica abrió los ojos una vez más, no se encontraba en aquel extraño valle, sino en una habitación amplia, casi totalmente a oscuras.

El cuchillo de la Wendy de ese mundo seguía en el suelo, brillando bajo la luz de las velas. Eso fue lo primero que vio.

Lo segundo fue que se hallaba en un camarote, los estantes llenos de mapas y cartas de navegación, todo cubierto de polvo. Había una ventana en la pared contraria, tan llena de mugre que no se podía distinguir si era de día o de noche.

El barco se movía con más fuerza que antes, y gritos y alaridos provenientes de afuera retumbaban en la habitación.

¿Habían llegado los salvajes?

-¡Christine! –gritó Simon, y Jane volvió la cabeza, jadeando de sorpresa al ver la figura solitaria detrás de ella, atada a una silla.

Christine miraba al frente con aire ausente, y de no ser por su respiración, lenta y profunda, habría jurado que estaba muerta.

Una luz rojiza manaba de ella.

-¡Chris, despierta! –Arthur sacudió sus hombros, pero la mujer no dio muestras de notar su presencia- ¡Chris! ¿Puedes oírme?

-No te molestes, cielo. No va a despertar.

La voz los sobresaltó, y volvieron la vista a la pared contraria. Las sombras habían impedido que los vieran, pero los dos emergieron en ese preciso instante: Una mujer muy hermosa, de cabellos negros como la noche y ojos brillantes color carmín les sonreía, y a su lado iba…

Jane abrió mucho los ojos. Había escuchado relatos sobre la maldición que había caído sobre Garfio, había visto cómo ocurría, y el grito desgarrador del hombre al convertirse en una bestia…

Pero nunca lo había visto con sus propios ojos. Poco quedaba del ser humano que había sido, su silueta deformada en distintos ángulos, su piel escamosa y ennegrecida, quemada, sus ojos completamente blancos.

Pero fue Odette quien habló, su voz ronca y seductora, y toda la atención fue de nuevo a ella, como si el monstruo a su lado no fuera más que una flor dibujada en la pared:

-¿Se divirtieron?

...

Dorian se había preguntado varias veces cómo sería Nunca Jamás. Había oído tantas historias sobre la misteriosa tierra, sobre aquella fantástica isla donde el tiempo jamás corría y el clima era siempre apacible, que había llegado a crear su propia concepción de esta en su mente: Un torbellino de colores. El agua del mar, cristalina y fresca. La suave arena blanca, los árboles y las palmeras, las montañas empinadas, las casas de barro y piedras. Cientos de animales, la mayoría producto de su imaginación; hadas diminutas volando por todas partes, sirenas, niños corriendo entre las montañas.

Y entre ellos, riendo como una niña y veloz como una gacela, estaría Kase. Feliz como no había sido en vida, libre de cualquier preocupación.

Lo que los recibió al cruzar el portal no se parecía en nada a eso. Nunca Jamás no era un paraíso, era la tierra a la que enviabas todas las pesadillas para que no acosaran tus sueños en la noche.

Las aguas estaban completamente quietas, lo que significaba que tendrían que remar el resto del trayecto. El silencio le oprimía los oídos, y por primera vez deseó que el hada lo llenara con su incesante parloteo, pero Campanita no había dicho palabra alguna desde que habían llegado a la isla, paseando nerviosamente de un lado a otro de la cubierta.

Supuso que su ansiedad estaba más que justificada.

No tardaron en distinguir el barco, grande, olvidado, en ruinas. El barco que había visto en los recuerdos de Kase aun conservaba vida, pero esta parecía haberse esfumado ya. El cascarón se balanceaba de un lado a otro, y aun en la distancia, Dorian distinguió siluetas alargadas que, entre nubes de humo negro, se sujetaban a la madera y la sacudían con fuerza.

-Ya llegaron –dijo Grym, de pie junto a él, y Campanita se detuvo de golpe y corrió al borde de la cubierta, aferrándose a la barandilla. En efecto, los salvajes ascendían con rapidez hacia la cubierta, preparados para atacar.

-Llegamos justo a tiempo, entonces –dijo Dorian.

Y esperaba de verdad que así fuera.

-Tengo que felicitarlos –siguió Odette, y su sonrisa parecía capaz de helar la sangre- He de admitir que son muchos más de los que esperaba sobrevivieran a mi creación. O quizás estoy perdiendo mis habilidades: ¿Sólo dos de trece…?

Jane giró la cabeza rápidamente, con el corazón en la boca. Fue contando una a una a las personas en la habitación, reprendiéndose a sí misma por no haberse dado cuenta antes. Por haber estado tan perdida en su dolor y en su culpa y en su incredulidad porque no podía estar pasando y Seka no podía estar muerto, que no se había dado cuenta de que…

Contuvo el aliento, sus ojos llenándose de lágrimas otra vez. Marlene.

Era su culpa, todo era su culpa, los había llevado hasta allí. Si tan sólo hubieran llegado antes, si tan solo ella…

Odette caminó hacia ella. Sus movimientos eran fluidos, serpenteantes. Sus ojos rojos eran dagas que se clavaron en los suyos, y no notó que la había alcanzado hasta que se arrodilló a su nivel, paseando la mirada casi con aburrimiento de ella al cuerpo inerte de peliazul.

Chasqueó la lengua, sacudió su cabeza de un lado a otro, y miró a Jane con sobreactuada lástima, las comisuras de sus labios aun elevadas, como si luchara por contener la risa.

-Es una pena, ¿no lo crees? –sus dedos alargados apartaban con delicadeza casi maternal los mechones del rostro de Seka, entrelazándose en la cabellera azul con aire distraído, y Jane tuvo ganas de vomitar- Era un chico tan apuesto…

No supo en qué momento lo hizo. Toda la acción fue un único movimiento, tan rápido e inevitable como un latido del corazón. La ira le quemó las entrañas, y de un instante al otro, había sujetado el cuchillo plateado de Wendy, que cortó el aire con un fino silbido cuando se puso en pie de un salto y se abalanzó sobre la bruja.

Sólo supo que quería hacerle daño. Quería que pagara por todo lo que había hecho, por Seka, por Marlene, por Kase, por su madre y sus tíos, por Christine. Quería borrar la sonrisa de su rostro y su mirada complacida ante el dolor que había causado, quería poner fin a la hilera de eventos que habían comenzado décadas atrás y que parecían no tener fin…

Más que nada, quería romper el hechizo, en un último intento desesperado de recuperar todo lo que había perdido. Quería que se terminara de una vez por todas.

Pero estaba muy lejos de terminarse.

Jane golpeó la pared con fuerza, el aire abandonando sus pulmones. Los dedos helados de Odette se cerraron en torno a su cuello, cortando su suministro de aire y colgándola varios metros del suelo. El cuchillo cayó sobre este con un repiqueteo metálico.

La bruja la miraba, furiosa, y enseñó los dientes con un gruñido feroz, pero Jane enfrentó su mirada, temblando de rabia.

-¡¿Creíste que sería tan fácil, niña tonta?! ¿Qué podrías matarme, cuando fui yo quién te dio el cuchillo?

-¡Suéltala! –Peter corrió hacia ella, completamente desarmado, y vio como horror como se congelaba en el sitio, un brillo azulado rodeándolo y tiñendo su piel de un tono lúgubre.

-¡Peter! –gritó Jane, jadeando de sorpresa y de dolor cuando Odette apretó con más fuerza las manos en torno a su cuello, desviando la vista de Peter a ella.

-No son más que niños, todos ustedes, tambaleándose en un mundo que no conocen y que esperan los trate de manera amable por ello. Tan habituados están a que todas las cosas funcionen a su favor que no conocen el verdadero sufrimiento. ¿Perder a tu madre, a tu amiguito, crees que eso es sufrir? ¿Crees que sabes de dolor? No tienes la menor idea –espetó, sus palabras cargadas de veneno- Tu madre y sus hermanos creyeron que por ser niños estarían exentos de toda culpa, creyeron que sería como todos los hombres y mujeres de su mundo, que cerraría los ojos, y sacudiría la cabeza, y sonreiría y actuaría como si nada. Que por que eran jóvenes, imprudentes, estúpidos y egocéntricos como todas las criaturas de tu podrido hogar nadie jamás les haría daño, y metieron sus narices en un asunto que no les convenía.

-Mi familia no te hizo nada –jadeó Jane, su visión llena de puntos de colores.

-¿Nada? –Odette rió con sorna- Irrumpieron en mi hogar, como los niños arrogantes que eran. Me quitaron la poca paz que había obtenido, la poca que Kase no había podido quitarme, con su maldita sonrisa y su actitud de niña inocente. Despertaron al dragón en la cueva, y creyeron que podrían acabar con él. Pero les demostré que no era tan fácil, así como te demostraré que no has experimentado el verdadero sufrimiento. No hasta ahor─

Odette gritó, soltando a Jane como si la quemara y retrocediendo con sobresalto. La chica cayó de rodillas, tomando aire a bocanadas y parpadeando para apartar la neblina en sus ojos. Apoyó las manos en el suelo para sostenerse y alzó la mirada, confundida.

Era Odette la que ardía. Sus manos brillaban, rojizas, y el humo salía de ellas en finísimas espirales. Agitó las manos, el humo desapareciendo, y encolerizada, giró la cabeza hacia el grupo al otro lado del camarote.

Nowe había liberado a Peter del hechizo de la bruja, y estaba en el momento sumergido en la contradictoria tarea de sujetar al muchacho para impedir que intentara atacar a Odette otra vez, y tratar de incendiar sus manos de nuevo.

Pero tan pronto la mujer giró la cabeza hacia él cayó de rodillas, gruñendo y llevándose una mano al pecho con la respiración entrecortada, mientras Odette cerraba un puño en el aire, entre iracunda y complacida.

-Creo haberte visto antes, querido –siseaba, andando hacia él- Has crecido bastante, pero me parece recordarte.

Nowe la fulminó con la mirada, a pesar de que parecía tornarse más pálido con cada segundo que pasaba. Alzó la mano en señal de alto cuando Simon, Bloodtooth, Arthur y Peter hicieron ademán de acercarse a la bruja, y aunque era evidente que intentaba decirles algo, no parecía encontrar el aire para hacerlo.

O las fuerzas para respirar.

-El niño perdido que recorrió el universo en busca de respuestas y jamás pensó que estuvieron siempre aquí, en esta isla maldita –recitó Odette con ironía- El huérfano que buscó por tantos años a su familia y el por qué se le fue arrebatada cuando todo lo que tenía que hacer era dejar de correr.

Jane escuchaba a medias, sus ojos fijos en Nowe, y sus miradas se cruzaron por una milésima de segundo. Demasiado rápido para que realmente la viera, pero sí lo suficiente para que la chica comprendiera lo que tenía que hacer.

-¿Ya lo descubriste? ¿Uniste las pistas, acaso? –seguía la bruja- Es demasiado evidente. Pero de nuevo, los humanos suelen ser tan increíblemente estúpidos…

No tendría mucho tiempo, un minuto, cuando mucho, antes de que deshiciera el hechizo de nuevo.

Cada segundo contaba.

-Es una pena que se conozcan en tan terribles circunstancias –dijo Odette, sacudiendo la cabeza- Trágico, de verdad.

Fue entonces que ocurrió. Espirales de humo dorado manaron de las palmas abiertas de Nowe, enroscándose en torno a la bruja, quien gritó de sorpresa antes de que la cubrieran por completo. Las hadas salieron disparadas, abalanzándose sobre ella al mismo tiempo que Jane, el cuchillo frío contra su palma sudorosa.

Escuchó un grito, pero no había sido Odette, encerrada en la prisión del peliblanco. No había sonado humano, en cualquier caso. Había sido desgarrador y ronco, como el gruñido de un animal, y la chica tuvo un escalofrío, pues sabía lo que significaba.

Garfio, que había observado la escena en silencio hasta entonces, emergió de la oscuridad y cruzó la habitación en dos largas zancadas, enfrentándose al resto del grupo, reunido en torno a Christine.

Jane estuvo a punto de gritar cuando el cuchillo que sostenía se hundió en la carne, la sangre caliente cubriendo su mano, pero era consciente de que la vida de los demás dependía de ello. No podrían atacar a Garfio si Odette seguía con vida.

Su triunfo duró poco, pues a pesar de que las hadas seguían tirando de sus cabellos, halando la tela de su vestido y pellizcándole la piel, la bruja deshizo la nube de humo momentos después, y sujetó con fuerza la muñeca de Jane, tirando de ella hasta hacerla caer.

-¡Estoy harta de tus juegos! –apartó a las hadas al alzar los brazos, las cinco saliendo despedidas a extremos opuestos de la habitación, y señaló a Jane con un dedo acusador, lívida de rabia- ¿Crees que tienes siquiera oportunidad de vencerme, cuando la única razón que has llegado hasta aquí es porque yo lo quise así?

La chica se puso en pie, agradeciendo no haber soltado el cuchillo en su caída. El barco seguía moviéndose, y los ruidos de la batalla afuera retumbaban a su alrededor. Alaridos inhumanos, choques de espadas y explosiones intermitentes como fuegos artificiales.

Al otro extremo de la habitación, Peter y Nowe trataban de atacar a Garfio por la espalda, que se lanzaba sobre Bloodtooth, Simon y Arthur sin usar arma alguna, a cuatro patas como un lagarto verdadero.

-No has hecho nada que no quisiera que hicieras –siguió la mujer- Todo lo que has hecho, cada decisión que has tomado, cada palabra que has dicho… ¿Creías, a caso, que tuviste momento alguno de elegir? ¿Creías que eras libre? Fue sólo porque yo te lo hice creer, Jane.

Ahora sí se volvió loca, pensó la pelirroja, sin comprender a qué se refería. ¿Deliraba al punto de creerse una entidad todopoderosa?

Odette se fingió dolida una vez más.

-¿Crees que miento? –dijo, haciendo un puchero- ¿Acaso no me recuerdas, Jane? ¿No recuerdas mi voz?

-¿De qué estás… ¡Ah! –Un dolor insoportable creció en su cabeza, y Jane cayó de rodillas, apretándose las sienes con las manos.

Era como si alguien hubiera decidido darle golpes a su cráneo con un martillo, aumentando la intensidad del ataque con cada segundo que pasaba.

-¿No me recuerdas, Jane? He estado contigo desde hace años –musitó- Desde que eras una niña, desde que tu madre murió y mi maldición tuvo que buscar otro ocupante.

La habitación desapareció, el dolor haciéndole cerrar los ojos con fuerza. No podía escuchar nada, ni la batalla afuera, ni la que ocurría adentro, ni sus propios gritos de agonía; nada salvo la voz ronroneante de Odette, que dejaba caer cada palabra con un estallido en su cabeza.

-Estuve allí cuando su luz se apagó, ¿No lo recuerdas?

No va a despertar, Jane, estás sola…

Sola para siempre.

La voz. Esa noche, en la habitación de su madre…

"¿Me recuerdas ahora?" la voz, la misma, sonó clara en su cabeza, cada palabra un violento golpe que la hacía contener la respiración "Podría haber acabado contigo hace años, podría haber alterado tus pensamientos y tu percepción de la realidad hasta volverte loca, pero sabía que algún día me serías útil." Incluso con los ojos cerrados, supo que la bruja sonreía "Aunque ya que hiciste lo que quería será divertido hacerlo, causar que te extingas lentamente, como tu madre…"

"No esta vez, Odette." Dijo una nueva voz, también conocida, y una luz blanca penetró en la oscuridad, sacándola del la fría penumbra y llevándola a un lugar cálido y brillante, donde el dolor no podía alcanzarla.

Eran dos barcos, notó Dorian, cuando finalmente alcanzaron la macabra embarcación, y vio otra más pequeña al otro lado. Parecía desierto, sin embargo, toda la conmoción teniendo lugar en el barco más grande.

Las siluetas subían al barco con rapidez, y Dorian se alegró de que los arqueros estuvieran ya preparados para el ataque. Dispararon no bien los salvajes estuvieron a rango, las flechas volando por los aires y tumbando a más de uno, demasiado sorprendidos para defenderse.

Pero la sorpresa no duró mucho, y antes de que tuvieran tiempo de celebrar el éxito del ataque, aquellos seres se abalanzaron sobre el barco larameo a toda velocidad, arremetiendo contra la tripulación, y se vieron sumidos en la pelea.

Dorian desenvainó su espada, ignorando la protesta de sus músculos sin sanar, y dejó que la adrenalina del combate se llevara todas las emociones innecesarias, el mundo llenándose de un coro de gritos, gruñidos, choques de espadas y aquellas extrañas explosiones que tenían lugar en el barco pirata.

Se había asegurado de colocarse entre Campanita y los recién llegados, el hada aparentemente demasiado sorprendida para moverse, pero sabía que no podría protegerla por mucho tiempo; no sólo estaban disparejos en número, sino que aquellos seres eran mucho más fuertes. El manotazo de una de ellos –Una mujer incluso más baja que el hada, delgada y de cabello largo y rizado- había bastado para enviar a uno de sus caballeros más fornidos al otro extremo de la embarcación, aferrándose al pecho con ambos brazos, como si sólo así fuera a mantenerse de una pieza.

-¿Crees que puedan volar? –preguntó a la rubia, tirando de su brazo para alejarla de la batalla.

-No lo sé –respondió ella- ¿A dónde vamos?

-A los camarotes. Es mejor que te escondas allí hasta que esto termine.

-¿Qué? –Campanita se detuvo de golpe, fulminándolo con la mirada- Ni hablar. ¿Crees que las ancianas me hicieron esto para que me quedara encerrada en el camarote y tú te hicieras cargo de todo, sir idiota?

-¿Tienes alguna idea de cómo defendert─ ¿Cómo me llamaste?

La rubia no tuvo tiempo de replicar. Un salvaje de cabello largo enmarañado y ojos enormes y enrojecidos saltó sobre Dorian, tumbándolo al suelo cuan largo era e interrumpiendo bruscamente su conversación.

El impacto lo dejó sin aire, y las garras del hombre (porque sí, eran garras, alargadas y ambarinas) se clavaron en su pecho, formando agujeros chorreantes que trazaron surcos en su camisa.

Dorian luchó por movilizar su brazo, sujetando aun con fuerza su espada, pero esta le parecía ahora demasiado pesada, y cualquier intento de levantarla sólo traía consigo una descarga de agonía que lo hacía reprimir una mueca.

El ser sonrió de manera espeluznante, dejando ver sus dientes alargados como colmillos. Dorian luchó por liberarse, sacudiéndose de un lado a otro, mas el ser no mostró intensión alguna de querer apartarse…

Y luego, la presión desapareció; el salvaje volaba, alejándose más y más, con una expresión de horror en el rostro y sacudiendo brazos y piernas en un intento de sujetarse a algo.

-Me parece que sé cómo defenderme sola -dijo Campanita, y se arrodilló a su lado, sosteniendo sus hombros para ayudarlo a incorporarse- ¿Te encuentras bien? –preguntó, entre incómoda y preocupada.

Asintió, levantándose con una mueca. Su espada cayó al suelo en el proceso, y por más que trató, no conseguía que el brazo le respondiera. Ninguno de los dos parecía tener la fuerza suficiente para seguir sosteniendo el arma.

-Estas sangrando demasiado –sólo entonces notó que ella seguía sujetándolo del hombro. ¿Se veía tan inestable, como para que pensara que podría caerse si lo soltaba?

-Estoy bien –aseguró, recorriendo el lugar con la mirada. Sus ojos fueron a la cuerda que sostenía la vela más cercana.

Y tuvo una idea.

- ¿Puedes tomar la espada y cortar esa cuerda?

La aludida frunció el ceño.

-¿Para qué?

-Necesito que ates la espada a mi brazo.

-¿¡Te volviste loco?!

Retrocedieron con sobresalto, el hada mandando a volar por acto reflejo al grupo de salvajes que había corrido hacia ellos.

No podían permanecer de pie así, en medio de la batalla, pero la única manera de avanzar era seguir peleando. Y si no podía sujetar su propia espada, tendría que hallar otro modo.

-Es la única manera, Campanita –insistió, y los ojos del hada fueron de la batalla a él, meditando la situación.

-Estás herido –dijo.

-He estado peor –aseguró- Y no es como si eso a ellos les importe –añadió, mandando su orgullo al demonio- Por favor, Campanita.

Tras otro segundo de vacilación, el hada lo fulminó con la mirada, inclinándose a recoger la espada.

-¿Estás seguro de esto?

Dorian asintió, sin la menor duda.

-No llegamos tan lejos para rendirnos ahora.

Rendirse había sido siempre el camino fácil.

En eso pensaba Peter, cuando se vio enfrentando a Garfio una vez más, como tantas otras batallas que habían tenido años atrás─ Mucho había cambiado desde la última, sin embargo. Él ya no era un niño con una espada de madera, y su contrincante ya no era siquiera humano.

Siempre había podido darse la vuelta y huir, fingir que Nunca Jamás había sido sólo un sueño febril, y tomar por realidad su vida monótona en Londres. Podía no haber vuelto al restaurante, haber ignorado así la extraña conexión que había sentido con Jane, la sensación de haberla visto antes, en otro lugar, en otra vida…

En resumen, nada le habría costado quedarse sentado y ver el momento llegar y pasar, como muchas otras personas hacían. Podía haberse quedado en su zona de comodidad, rechazando lo desconocido y el peligro. Podía haber ignorado a Jane, haberse negado a llevarla a su casa, incluso haberse devuelto inmediatamente habría cambiado radicalmente el resultado final.

Pero una cosa había llevado a la otra, y Peter se había visto de vuelta en aquel mundo más allá de las estrellas; había hablado con brujas y magos, visto los fantasmas de los Niños Perdidos, discutido con Campanita y visitado su hogar de la infancia─ Ambos hogares.

Y se había visto ante el monstruo que quedaba del Capitán Garfio. Los ojos nublados en su rostro quemado casi parecían capaces de verlo. Sabía que estaba allí, se había asegurado de que así fuera. Había esperado años para cobrar su venganza, como si su desgracia fuera otra de sus travesuras.

Nowe le había dado su espada, empujándolo a un lado y forzando sus dedos alrededor de la empuñadura, antes de lanzar serpientes de humo electrificado hacia Garfio, que poco consiguieron hacer. Los cinco se dedicaban a mantener al pirata rodeado, si bien este parecía concentrarse solamente en atacar a Peter, y sus intentos de detenerlo no estaban dando mucho resultado.

Ahora se veía esquivando sus embestidas con estocadas de la espada, la fuerza del impacto casi haciéndolo perder el equilibrio.

Y en medio de la acometida, sus pensamientos fueron a Jane. Solían hacerlo desde hacía días, como si todos los caminos fueran una ruta a sus ojos almendrados, sus rizos cobrizos y su sonrisa.

Y se dijo, cuando una embestida particularmente fuerte de Garfio lo envió de espaldas al suelo, la espada a un par de pasos de distancia y la cara deforme del capitán contorsionada en una mueca sanguinaria, que rendirse habría sido la peor decisión que podría haber tomado en su vida.