CAPITULO 50

Anthony se quedó inmóvil en la gran sala.

Aquél había sido sin duda el momento más inolvidable de toda su vida.

Cuando tuviera la edad de su padre —en el caso de que conociera el lujo de llegar a vivir tanto tiempo—, no le cabía ninguna duda de que todavía estaría haciendo volver a su mente la visión de Jane encaramada a aquel asiento delante del escudo, practicando cómo decirle que lo amaba de la manera exacta en que había que decirlo.

Cuando bajó del piso de arriba en busca de velas nuevas para la cámara de la biblioteca y entró en la sala, lo que estaba haciendo Jane no tuvo al principio ningún sentido para Anthony. Había pensado de todo corazón que se limitaba a extasiarse ante el escudo.

Se burló afablemente de ella, y sólo entonces había percibido la tensión y la desdicha que emanaban de su persona. Jane había empezado a balbucear, lo que siempre era una señal infalible de que se encontraba muy afectada por algo. Cuando le soltó aquel ridículo discurso sobre el refuerzo positivo o alguna insensatez parecida, Anthony comprendió.

Jane había estado practicando cómo decirle que lo amaba.

Cuán completamente adorable era.

Ella lo amaba. Lo había dicho. Claro que se lo había gritado, pero un hombre podía aceptar eso sin problemas cuando el amor que la mujer sentía por él era más grande que el mundo.

Anthony rió exultante, giró sobre sus talones y se apresuró a ir en pos de Jane.

Para decirle que, dado que él era más grande que ella, podía estar segura de que la amaba más.

Pero la cosa no llegó a salir del todo como esperaba, porque no consiguió alcanzarla hasta que ella ya casi había llegado al dormitorio.

Y cuando por fin la alcanzó, al agarrar la falda ondulante de su vestido Anthony tiró de ella con más fuerza de lo que pretendía y la tenue y sedosa tela se rompió. Toda la espalda del vestido quedó rasgada. Y Jane no llevaba nada debajo. Sólo aquellas magníficas piernas y las redondas curvas de su hermoso trasero. La tela se rasgó hasta su nuca y los pensamientos de Anthony enseguida se volvieron salvajes y primitivos.

Jane lo miró, un poco asustada, y aunque él sospechó que debería asegurarle que no había tenido intención de hacer aquello, no pudo pronunciar una sola palabra. La declaración de amor de ella combinada con toda aquella desnuda piel rosada lo habían puesto fuera de sí.

Con un gruñido ahogado, Anthony la tomó en sus brazos y plantó firmemente su boca sobre la suya.

Al principio ella se mantuvo rígida, pero en cuestión de momentos ya estaba devolviéndole apasionadamente el beso.

—No hacía falta que me rompieras el vestido —dijo con voz quejumbrosa cuando él la dejó respirar—. Lo encuentro adorable. Pauna estuvo trabajando en él durante varios días.

—Lo siento, muchacha —dijo él sombríamente—. Fue un accidente. A veces me olvido de mi fuerza. Tengo la intención de ser amable y delicado, pero no me sale de esa manera. ¿Podrás perdonarme?

Ella suspiró, pero asintió y volvió a besarlo, juntando los brazos por detrás de su cuello mientras él la llevaba hacia su dormitorio.

—Tienes, sin lugar a dudas, el trasero más hermoso que he visto jamás —ronroneó él, cambiándola de postura en sus brazos para extender su gran palma por encima de las curvas gemelas de la zona que acababa de mencionar.

—¡Oh! —Ella se retorció entre sus brazos—. ¿Te digo que te amo y eso es lo único que dices?

Él la redujo al silencio con otro beso y abrió de una patada la puerta del dormitorio.

—Y yo te amaría incluso si tú no me amaras —le dijo con voz llena de dulzura.

Ella se derritió en sus brazos.

—Y me parece que a ningún hombre se le ha dicho jamás de una manera tan memorable que era amado, y siempre guardaré ese recuerdo como un tesoro.

Jane sonrió beatíficamente.

— ¿De verdad? ¿No piensas que soy la mema más grande que hay en el mundo?

Él la depositó encima de la cama y sacó un puñal de su bota.

—Pienso —dijo con voz sedosa, mientras tomaba en sus manos el corpiño de su vestido echado a perder y lo rasgaba por la parte de delante, dejando el vestido limpiamente dividido en dos mitades— que eres perfecta exactamente tal como eres y no cambiaría ni una sola cosa de ti.

Arrojó lejos de la cama el vestido rasgado y se pasó la camisa por la cabeza. Ella lo miró con los ojos muy abiertos, y luego se echó a reír.

—Pauna va a preguntarse qué le ha ocurrido a mi vestido.

—Estoy casi completamente seguro de que Pauna nunca preguntará por el vestido —dijo él con voz enronquecida mientras extendía su cuerpo sobre el de ella—. He visto uno o dos vestidos suyos tirados en el montón de los trapos.

—¿De veras?

Jane parpadeó, porque de pronto veía a Silvan bajo una nueva luz. Era un hombre apuesto, y era de sus genes de donde habían salido Anthony y Albert. Detrás de sus maneras de erudito, comprendió de pronto, Silvan MacAndrew probablemente ocultaba un montón de cosas.

—Sí. De veras.

—Llevas demasiada ropa encima —se quejó Jane con voz entrecortada unos instantes después.

Entonces, él le ofreció su puñal para que la cortara, pero ella echó una mirada a aquellos calzones de cuero que le quedaban tan apretados y decidió que ni en sueños iba a permitir que una hoja muy afilada se aproximase a lo que había dentro de ellos.

Así que tomó prestada otra de las deliciosas tácticas de Anthony y lo desnudó con su boca.

Jane casi deliraba de puro contento. Hecha un ovillo con la espalda pegada a la parte delantera del cuerpo de Anthony y sus fuertes brazos rodeándola, se sentía deliciosamente saciada.

Él la amaba. No sólo se lo había dicho, sino que además se lo había mostrado con su cuerpo. El amor se hallaba presente en su manera de acariciarle la mejilla o apartarle suavemente los rizos de los ojos. Se hallaba presente en sus largos y lentos besos. Se hallaba presente en su manera de mantenerla abrazada después del acto sexual.

Con eso aclarado, Jane estaba impaciente por disipar de una vez por todas sus preocupaciones. Con semejante amor entre ellos, sabía que podían hacer frente a cualquier cosa juntos.

Cambiando de postura dentro de su abrazo, se dio la vuelta hasta quedar de cara a él. Anthony le sonrió, con una de aquellas lentas sonrisas que parecían derretirla y que él tan raramente otorgaba, y la besó.

Con un suspiro de placer, y antes de que él pudiera volver a distraerla, Jane interrumpió el beso echando la cabeza hacia atrás.

—Anthony, ahora ya estoy preparada para saber acerca de la maldición. Cuéntame en qué consiste, y qué es lo que estás buscando.

Él volvió a besarla, tomándose su tiempo y chupándole el labio.

—Por favor —insistió ella—. Necesito saberlo.

Él sonrió levemente, y luego suspiró.

—Lo comprendo. Yo quería contártelo, pero tú parecías necesitar un poco más de tiempo.

—Sí, lo necesitaba. Ocurrieron tantas cosas tan deprisa que me sentía como si tuviera que recuperar el aliento. Pero ahora ya estoy preparada —le aseguró.

Él la contempló en silencio durante unos instantes, con los ojos entornados.

—Muchacha —dijo en voz baja—, si intentaras dejarme, me temo que no te lo permitiría. Temo que haría cualquier cosa, sin importar lo implacable y cruel que fuera, para mantenerte a mi lado.

—Me considero advertida —dijo ella animadamente—. Confía en mí, no voy a ir a ninguna parte. Y ahora cuéntamelo.

Él le sostuvo la mirada durante unos momentos, evaluándola en silencio. Luego, tomando sus manos, entrelazó sus dedos con los de Jane y empezó a hablar.

—Vamos a ver si lo he entendido bien —intentó aclarar las cosas una Jane de ojos muy abiertos un rato después—. Utilizaste las piedras para ir hacia atrás en el tiempo y… ¡oh! ¡Eso era lo que quería decir aquel pasaje del Códice Midhe en el que se hablaba del hombre que entra en el puente que engaña a la muerte! El puente es el Ban Drochaid, «el puente blanco», porque puedes usarlo para retroceder en el tiempo y deshacer la muerte de una persona. Esa cita se refería a ti.

—Sí, muchacha.

—¿Así que le salvaste la vida a Albert, pero debido a que rompiste un juramento sagrado que les habías hecho a los tuatha dé, terminaste liberando un antiguo mal?

Él asintió cautelosamente.

—Bueno, ¿dónde está ese antiguo mal? —preguntó ella, perpleja—. ¿Lo estás persiguiendo a través de los siglos o algo por el estilo?

Él emitió un sonido de seca y oscura diversión.

—Algo así —musitó.

—¿Y bien? —lo animó a seguir ella.

—O más bien, es ese antiguo mal quien me está persiguiendo a mí—dijo él, con voz casi inaudible.

—No lo entiendo —insistió ella, y parpadeó.

—¿Por qué no lo dejas estar por ahora, Jane? Ya sabes lo suficiente para ayudarnos a buscar. Si, mientras estás leyendo, encuentras cualquier cosa acerca de los tuatha dé danaan o los draghar, comunícanoslo enseguida a mí o a Silvan.

—¿Dónde está ese antiguo mal, Anthony? —repitió ella sin perder la calma.

Cuando él trató de volver la cara, ella se la tomó entre las manos y se negó a permitir que apartase la mirada.

—Cuéntamelo. Prometiste contármelo todo. Ahora cuéntame dónde está esa maldita cosa y, lo más importante, cómo podemos destruirla.

Clavando su oscura mirada en los ojos de Jane, él se humedeció los labios y murmuró:

—Está dentro de mí.

Jane volvió delicadamente una gruesa página de pergamino del tomo que sostenía encima de su regazo, aunque en realidad no lo estaba leyendo porque se hallaba demasiado absorta en sus pensamientos.

«Está dentro de mí», había dicho Anthony, y muchas cosas finalmente habían adquirido sentido para ella. Las briznas y los fragmentos encajaron limpiamente en su lugar, proporcionándole su primer vislumbre real de la totalidad del hombre.

Él se lo había contado todo aquella noche, hacía varios días, cuando yacían en la cama, los rostros muy próximos y los dedos entrelazados. Le había hablado acerca de Albert y de Candy (¡no era de extrañar que Candy hubiera estado tratando de prepararla!), y acerca de cómo Albert había sido encantado y puesto en la torre. Le contó cómo él se había enfrascado en los trabajos para preparar el futuro hogar de Albert (y ahora Jane sabía por qué su voz sonaba tan llena de orgullo cuando hablaba del castillo), y acerca del incendio en el que había muerto Albert. Le habló de la noche en que había librado una terrible batalla consigo mismo, para luego ir a las piedras y romper su juramento. Le contó que nunca había creído realmente en las viejas leyendas hasta que el antiguo mal se abalanzó sobre él en el lugar intermedio, y entonces había sido demasiado tarde.

Le contó cómo le afectaba el uso de la magia, y que hacer el amor lo ayudaba. Cómo había ido al futuro a través de las piedras, para asegurarse de que Albert realmente se había reunido con Candy, porque necesitaba saber que su sacrificio no había sido en vano. Y cómo se había quedado allí, porque no se sentía capaz de comparecer ante su clan en su estado actual, con la esperanza de encontrar un modo de salvarse a sí mismo.

Le contó que desde entonces no había vuelto a llevar el plaid de los Andrew, aunque no mencionó la tira arrancada de un viejo plaid que ella había encontrado debajo de su almohada, así que ella tampoco lo sacó a colación. Jane sabía lo que significaba eso. Podía imaginarse a Anthony yaciendo solo en su cama en aquel ático que había convertido en un museo, en un mundo que tenía que haberle parecido tan extraño, mirándolo. Aquel trozo de tela desgastada por el uso había simbolizado todas sus esperanzas.

Y cuando lo conoció ¡ella lo había tomado por un ocioso mujeriego, a aquel hombre que era tanto más que eso!

Por fin entendía la sensación de una antigua presencia maligna que había experimentado en varias ocasiones: siempre había ocurrido cuando Anthony había utilizado la magia recientemente. Ahora entendía cómo se había abierto paso él a través de tan impenetrables sistemas de seguridad: con un poco de ayuda sobrenatural. Entendía la naturaleza romántica de sus ojos. Se oscurecían a medida que él se oscurecía. Tenía una apreciación completamente nueva de la disciplina y el control de Anthony. Sospechaba que sólo había entrevisto la punta del iceberg, y no podía ni empezar a imaginar la batalla que libraba durante cada momento que pasaba despierto.

Aunque Anthony se condenaba a sí mismo por llevar semejante mal dentro de sí, por haberlo dejado libre en primer lugar, Jane no podía verlo del todo así.

Anthony había hecho lo que hizo impulsado por el amor que le profesaba a su hermano. ¿Debería haber engañado a la muerte de semejante manera? Quizá no. Aquello parecía ir contra el orden natural de las cosas; con todo, si el poder para hacerlo existía, bueno…, ¿no formaba entonces parte de ese mismo orden natural de las cosas? En el aspecto ético, la cuestión era explosiva, no debido al acto en sí mismo sino a causa del potencial que le ofrecía a un hombre para que abusara de semejante poder, para que hiciera trampa a cada momento.

Sin embargo, Anthony no había vuelto a hacer trampa. Desde que rompió su juramento se había convertido en el recipiente que contenía el poder absoluto, y no había abusado de él ni una sola vez. En lugar de eso, lo que hizo fue dedicar cada momento de su existencia a tratar de encontrar un modo de conseguir que ese poder volviera a quedar inactivo.

¿Cuál era su auténtica transgresión? Amar tanto que lo había arriesgado todo. Y que el cielo la ayudara, pero Jane lo amaba todavía más por eso.

Porque sus motivos tenían que ser considerados en cierta medida como un atenuante de su acto. Incluso en un tribunal humano, el castigo para un crimen era impartido en distintos grados de acuerdo con la intención.

—Después de todo, ninguno de vosotros pidió que se le concediese un poder semejante —dijo con irritación.

Tanto Silvan como Anthony levantaron la vista de sus textos. Desde que Anthony lo había confesado todo hacía dos noches, pasaban prácticamente todos los minutos de vigilia en aquella cámara llena de polvo, resueltos a encontrar respuestas.

—Bueno, no lo hicisteis —se enfureció ella.

Llevaba días hirviendo calladamente por dentro, y como le ocurría con cada una de las emociones que sentía, Jane sólo podía mantenerla a raya durante cierto tiempo.

—A decir verdad, querida mía, pienso que ningún hombre debería poseer el poder de las piedras —dijo Silvan suavemente—. No sabría decirte cuántas veces he querido derribarlas, destruir las tablillas y las fórmulas.

—Hazlo, padre —dijo Anthony con súbita vehemencia—. Después de que nos hayamos vuelto a ir, hazlo.

—Ya sabes que eso sería un claro acto de desafío dirigido hacia ellos —observó Silvan—. ¿Y qué pasaría si el mundo…?

—El mundo debería tener el derecho a prosperar o destruirse a sí mismo, por propia elección —dijo Anthony sin levantar la voz.

—Estoy de acuerdo con Anthony —dijo Jane, extendiendo la mano hacia su taza de té que ya se había enfriado—. No creo que el hombre deba tener un poder que no es capaz de entender y descubrir por sí solo. No puedo evitar pensar que cuando hayamos llegado a evolucionar lo suficiente para saber cómo manipular el tiempo, seremos lo bastante sabios como para no hacerlo. Además, ¿quién puede decir realmente que alguna de las veces que fueron utilizadas las piedras, después las cosas fueron mejor de lo que habrían ido si no se las hubiera usado?

Anthony le había explicado cuáles eran las únicas condiciones bajo las que tenían permitido utilizar las piedras: si su linaje corría peligro de extinción o si el mundo corría un gran peligro. Le había hablado de las escasas ocasiones en que abrieron una puerta a través del tiempo: una vez para llevar a otro lugar objetos sagrados de un gran poder que habían pertenecido a los templarios, para así evitar que cayeran en manos del rey ávido de poder que había destruido la orden. Sin embargo, ¿quién podía asegurar que, si el hombre sólo hubiera podido contar con sus propios recursos, no habría encontrado otra solución igual de eficaz?

Los ojos de Anthony se encontraron con los suyos y los dos compartieron una larga mirada llena de intimidad. La pasión que había en los ojos de él era tan intensa que Jane la sintió como una caricia ardiente sobre su piel.

«No sé cómo puede terminar esto, Jane», le había dicho él aquella noche.

«Cuando termine —había replicado ella firmemente—terminará conmigo a tu lado y te habremos liberado.»

«Te amo», le dijeron en silencio los labios de él a través de la cámara. Jane sonrió, radiante. Ella ya lo sabía.

Lo sabía más completamente de lo que nunca hubiera pensado que podía llegar a saberlo una mujer. Desde que supo en qué consistía realmente la maldición de Anthony, lo que sentía por él no había desfallecido ni siquiera por un instante. Lo que había dentro de Anthony no era él, y Jane se negaba a creer que fuera a serlo nunca. Un hombre que era capaz de soportar algo semejante durante tanto tiempo era un hombre bueno hasta la médula.

«Yo también te amo», articularon sus labios sin producir ningún sonido.

Volvieron a quedarse en silencio y se concentraron nuevamente en su labor con una callada urgencia. Aunque Anthony no había admitido que su estado estuviese empeorando, tanto ella como Silvan se habían dado cuenta de que sus ojos ya no regresaban a su color natural. Habían hablado de ello antes, cuando Anthony salió de la cámara para traerle un poco de té a Jane, y sabían lo que significaba.

Se tomaron un breve descanso cuando Pauna trajo a la cámara la comida del mediodía. Poco después de que Pauna se hubiera llevado los platos, Anthony se irguió abruptamente en su asiento.

—¡Ya era hora, maldita sea!

El corazón de Jane empezó a palpitarle dentro del pecho.

—¿Qué? ¿Qué has encontrado?

—Sí, muchacho, habla, ¿qué es? —lo instó Silvan.

Anthony recorrió la página con la mirada, traduciendo en silencio durante unos instantes.

—Habla de los tuatha dé. Cuenta lo que sucedió cuando los trece fueron… —Luego se calló y siguió leyendo para sí mismo.

—Léelo en voz alta —gruñó Silvan.

Anthony levantó los ojos del quinto Libro de Manannán

—Sí, pero dame un momento.

Jane y Silvan esperaron, conteniendo la respiración mientras lo hacían.

Anthony terminó de leer la página y pasó a la siguiente.

—Muy bien —dijo finalmente—. El cronista cuenta que en los primeros días de Irlanda, los tuatha dé danaan llegaron a la isla descendiendo de entre una niebla tan espesa que oscureció la salida de tres soles. Eran poseedores de muchos y grandes poderes. No eran de la tribu del hombre, aunque su forma era similar. Altos, esbeltos y cautivadores (el cronista los describe como «resplandeciendo con una empírea claridad»), eran un pueblo de artistas llenos de gracia que aseguró que sólo buscaba un lugar en el cual pudiera vivir en paz. La humanidad los proclamó dioses y trató de adorarlos como tales, pero los gobernantes de los tuatha dé prohibieron semejante práctica. Se instalaron entre los hombres, compartiendo su conocimiento y sus artes con ellos, y así fue como llegó una edad de oro distinta de todas las que la habían precedido. La instrucción alcanzó nuevas cimas, el lenguaje se convirtió en algo lleno de poder y belleza, la canción y la poesía desarrollaron el poder de sanar.

—Hasta ahí es bastante similar a lo que cuentan los mitos—observó Jane cuando Anthony hizo una pausa.

—Cierto —convino Anthony—. Como ambas razas parecían prosperar con la unión, a su debido tiempo los tuatha dé seleccionaron y entrenaron a mortales en calidad de druidas: como promulgadores de leyes, custodios de la sabiduría, bardos, videntes y consejeros de los reyes mortales. Dotaron a esos druidas con el conocimiento de las estrellas y del universo, de las matemáticas sagradas y las leyes que gobiernan la naturaleza, e incluso llegaron a iniciarlos en algunos de los misterios del tiempo.

»Pero conforme pasaban los años y los druidas veían cómo sus compañeros ultraterrenos nunca enfermaban o envejecían, la envidia echó raíces dentro de sus corazones mortales. Allí fue pudriéndose y creciendo, hasta que un día trece de los druidas más poderosos presentaron una lista de demandas a los tuatha dé, entre las que figuraba el secreto de su longevidad.

»Se les dijo que el hombre todavía no estaba preparado para poseer tales cosas.

Frotándose el mentón, Anthony se quedó callado y siguió traduciendo en silencio. Justo cuando Jane empezaba a tener ganas de gritar, siguió hablando.

—Los tuatha dé decidieron que ya no podían seguir morando entre la humanidad. Esa misma noche, se esfumaron. Se dijo que durante tres días después de que se fueran, el sol fue eclipsado por nubes oscuras, los océanos permanecieron inmóviles sobre las orillas, y todos los frutos de la tierra se marchitaron en sus ramas.

»En su furia, los trece druidas volvieron los ojos hacia las enseñanzas de un antiguo dios prohibido, "uno cuyo nombre más vale olvidar, de ahí que no esté escrito aquí". El dios al que dirigieron sus súplicas aquellos druidas era un demiurgo primitivo, engendrado en las primeras nieblas de Gea. Invocando al más oscuro de los poderes y armados con el conocimiento que les habían dado los tuatha dé, los druidas trataron de seguir a los inmortales, adueñarse de su sabiduría y robar el secreto de la vida eterna.

—¿Así que realmente eran…, ejem, son inmortales? —preguntó Jane con un hilo de voz.

—Eso parece, muchacha —dijo Anthony. Volvió a concentrarse en el texto—. Dadme un momento, porque no hay palabras equivalentes para algunas de las cosas que se dicen aquí. —Otra larga pausa—. Bueno, creo que más o menos lo que quiere decir es esto: lo que los trece no sabían es que los reinos…, no se me ocurre una palabra mejor, los reinos que existen dentro de los reinos son impenetrables mediante la fuerza. Viajar al interior de ellos es un delicado proceso que consiste en…, eh, tamizar o forzar el tiempo y el lugar. En su intento por abrir un camino entre los reinos mediante el uso de la violencia, los trece druidas estuvieron a punto de hacerlos pedazos. Los tuatha dé, percibiendo la agitación que había en la… urdimbre del mundo, regresaron para evitar la catástrofe.

»La furia de los tuatha dé fue inmensa. Dispersaron a sus antiguos amigos, ahora acérrimos enemigos, por los confines más alejados del mundo. Castigaron a los malvados, los druidas que habían escogido la codicia por encima del honor, que habían amado el poder más de lo que valoraban la santidad de la vida; no matándolos, sino encerrándolos en un lugar situado entre los reinos, otorgándoles así la inmortalidad que tanto anhelaban. Les dieron la eternidad en la nada, carente de forma y que no cesaría jamás.

—Por Amergin, ¿acaso eso no sería el infierno? —jadeó Silvan.

Jane asintió con los ojos muy abiertos.

Anthony hizo un ruido estrangulado.

—¡Dios, conque eso es lo que son los draghar!

—¿Qué son? —dijeron Jane y Silvan como una sola voz.

Anthony frunció el ceño.

—El cronista cuenta que incluso antes de que surgiera el desacuerdo con los tuatha dé, los trece druidas ya habían formado una secta secreta dentro de la congregación de sus hermanas, que existía con independencia de ella y tenía su propio talismán y su propio nombre. Su símbolo era una serpiente alada, y se llamaban a sí mismos los draghar.

Esta vez le tocó el turno a Jane de emitir un sonido estrangulado.

—¿Una serpiente a-alada?

Anthony la miró.

—Sí. ¿Significa eso algo para ti, muchacha? —preguntó rápidamente.

—Anthony, aquel hombre que me atacó en tu ático…, ¿no viste su tatuaje?

Él sacudió la cabeza.

—Lo vi, pero no tuve ocasión de fijarme bien en él. No sé qué era.

—¡Era una serpiente alada! Pude verlo de cerca cuando lo tenía encima de mí en la cocina.

—¡Por todos los infiernos! —estalló Anthony—. Empieza a tener sentido. —Saltó de su asiento tan abruptamente que el Libro de Manannán cayó al suelo—. Pero… —Se calló—. ¿Cómo pudo ser?—musitó después, perplejo.

Jane se disponía a preguntar qué era lo que tenía sentido y cómo había podido ser, cuando Silvan se levantó y recogió el tomo caído. Mientras Anthony recorría la cámara a grandes zancadas sin dejar de mascullar en voz baja, Silvan reanudó la lectura allí donde la había interrumpido Anthony.

—Se dijo que algún tiempo después de que los druidas hubieran sido dispersados, y los trece hubieran quedado encerrados en su prisión, un pequeño número de aquellos que sobrevivieron se reagrupó en un esfuerzo por reclamar su sabiduría perdida. Oh, escuchad esto: entonces surgió una orden, basada en la adivinación de un vidente que aseguraba que un día, muy lejano en el futuro, los draghar regresarían y reclamarían los poderes que les habían arrebatado los tuatha dé. Al parecer ese vidente escribió una profecía muy detallada en la que describía las circunstancias por las que regresarían los antiguos, y así fue como se formó la secta druida de los draghar para observar y esperar los acontecimientos que significarían que la profecía iba a hacerse realidad… —Entonces se calló, leyó en silencio durante unos instantes y luego pasó la página. Después examinó rápidamente las últimas hojas que quedaban del texto—. Ya está. Eso es todo lo que se llegó a escribir acerca de ello.

Masculló un juramento y releyó con rapidez las páginas siguientes. Luego cerró el tomo con un seco chasquido y lo dejó a un lado.

La mente de Jane era un torbellino de pensamientos encontrados mientras contemplaba pasear a Anthony. Ella y Silvan intercambiaron miradas llenas de preocupación.

Finalmente, Anthony se detuvo y miró a su padre.

—Bueno, no hay más que hablar. Jane y yo tenemos que regresar a su siglo.

—No vayas demasiado deprisa, muchacho —protestó Silvan—Antes necesitamos reflexionar sobre esto…

—No, padre —dijo él, la mirada oscura y las facciones tensas—. Es evidente que el hombre que atacó a Jane era un miembro de esta secta de los draghar. Su profecía tiene que haberlos conducido hasta mí. Por lo que acabamos de leer, está claro que no cuentan con el poder de las piedras, así que no pueden venir a por mí a través del tiempo. No sé cómo encontrar la secta en este siglo, pero en el de Jane, ellos saben dónde estoy.

—¿Quieres que ellos te encuentren? — exclamó Silvan—. ¿Por qué?

—¿Qué otras personas pueden poseer información más detallada acerca de esos seres que moran dentro de mí, que los miembros de la orden de druidas que ha preservado su profecía durante todos estos milenios? —Barrió el contenido de la cámara con la mirada—. Podríamos desperdiciar muchas lunas buscando aquí, sin llegar a conseguir nada con ello, y yo… Bueno, digamos que tengo el presentimiento de que el tiempo se me está agotando rápidamente.

Jane respiró hondo y se decidió a hablar.

—Me parece que Anthony tiene razón, Silvan —dijo—. Los Andrew disponen de todos estos conocimientos acerca de su historia, por lo que es lógico suponer que los draghar cuentan con una colección igual de grande de obras acerca de los draghar. Además, tú puedes seguir investigando aquí, y transmitirnos la información en el caso de que descubras algo. Si he entendido correctamente todo este asunto del viaje en el tiempo, cualquier cosa que descubras nos estará esperando cuando lleguemos.

—Esto no me gusta nada —dijo Silvan rígidamente.

—Padre, incluso si hoy no hubiéramos descubierto esta información, yo no habría podido permanecer aquí durante mucho más tiempo y tú lo sabes. Por si no te has dado cuenta de ello, mis ojos…

—Nos hemos dado cuenta —dijeron Jane y Silvan al unísono.

—Entonces —dijo Anthony firmemente—, sabéis que estoy en lo cierto. Aunque no sea para nada más, tengo que devolver a Jane a su tiempo antes de que me resulte demasiado arriesgado utilizar la magia para volver a abrir el puente blanco. Tenemos que regresar, y más vale que lo hagamos sin tardanza.

Pasaron su última noche en el siglo XVI disfrutando de una magnífica cena en la gran sala, y luego se quedaron el resto del crepúsculo en la terraza. Jane estaba sentada en los adoquines con Silvan y Pauna y contemplaba cómo Anthony jugaba con sus medio hermanos, persiguiéndolos por el césped bajo el ocaso teñido de escarlata.

Costaba creer que fueran a regresar, pensó Jane mientras saboreaba el suave ulular de los búhos y el zumbido de los grillos. Había echado de menos aquellos sonidos tan llenos de paz desde que dejó Kansas, y había disfrutado enormemente quedándose dormida cada noche a los sones de una música tan dulce entre los fuertes brazos de su highlander. Entonces se le ocurrió pensar que aunque llevaba semanas en el pasado, no había llegado a ver gran cosa de él, aparte del castillo y una cámara llena de polvo. Había tenido muchas ganas de volver a la población de Balanoch y explorarla más a fondo, y si hubiera dispuesto del tiempo suficiente habría suplicado ir a Edimburgo para poderle echar una buena mirada a la vida medieval. Lamentaba especialmente tener que dejar allí a Silvan y Pauna, sabiendo que nunca volvería a verlos, excepto en retratos colgados de los muros del castillo de Maggie.

Pero entendía la insistencia de Anthony en que regresaran inmediatamente, y sabía que, incluso si él se hubiera mostrado dispuesto a quedarse, ella no habría sido capaz de disfrutar de la estancia. Hasta que encontraran lo que necesitaban para salvarlo, Jane dudaba de que fuera a disfrutar mucho de nada.

—Cuidarás de él, ¿verdad? —dijo Pauna suavemente.

Jane levantó la vista para encontrarse con que tanto Pauna como Silvan tenían la mirada clavada en ella.

Sonrió.

—Lo amo. Estaré a su lado durante cada paso del camino —juró firmemente—. No te preocupes, Silvan —añadió en tono de broma, esperando que eso ayudaría a que su expresión dejara de ser tan sombría—. Cuidaré de tu hijo. Te lo prometo.

Su mirada se dirigió nuevamente hacia Anthony. Ahora llevaba en brazos a Robert mientras perseguía a Ian, y ambos chillaban y reían de puro deleite. Sus dorados cabellos estaban sueltos, y su rostro de facciones cinceladas casi llameaba de amor.

—Si de mí depende, y te aseguro que en eso puedes creerme—añadió Jane fervientemente—, pondré a mis propios bebés en los brazos de ese hombre.

Pauna rió con deleite.

—He aquí a una muchacha como es debido —aprobó, chasqueando la lengua.

Silvan fue de la misma opinión.

Continuara...