Disclaimer: Ni los personajes que le pertenecen a la maravillosa J.K Rowling ni la trama de esta fantástica historia que le pertenece a Rizzle (encontrareis el enlace a la historia original en historias favoritas, en mi perfil), son de mi propiedad, yo sólo traduzco la historia para que pueda llegar a más gente.
.- Una historia de Rizzle -.
Capítulo 55 – Decisions (Decisiones)
Para Alexander Amarov, el proceso de morir era un simple caso de quedarse en segundo plano y ver como el Otro se iba apoderando de él gradualmente.
Se preguntó si alguien se habría tomado la molestia de preguntarle a una persona Infectada qué se sentía. No se refería al dolor, sufrimiento, escalofríos, náuseas, desorientación, debilidad, fiebre y el fallo gradual de los órganos del cuerpo. No, se refería a lo que se sentía psicológicamente. Si alguien se molestara en preguntarle, Alexander felizmente transmitirá la experiencia para la posteridad.
Al principio, se sentía como un estado de ánimo; de ese tipo en el que te rindes ante el impulso de la dificultad o irritabilidad, generalmente sabiendo que era por hambre, fatiga, dolor o cualquier otra cosa identificable. Sabías que el mal rato era temporal y que finalmente encontrarías el camino de vuelta al equilibro emocional.
Eso no pasaba cuando estabas Infectado.
Ese "estado de ánimo" era un elemento permanente - curiosamente, tanto en tu interior como a tu alrededor -, una oscuridad que se extendía como una placa neurodegenerativa, expandiendo insidiosas raíces por todo el cerebro. A través de la inercia y la potenciación, la mórbida red se fortalecía con el tiempo, de modo que el Otro estaba en las profundidades en cada acción que realizabas, en cada pensamiento que tenías.
Si Alexander tenía sed, bebía, pero el Otro estaba ahí para recordarle que no importaba cuánta agua consumiera, su sed no se apagaría. La piel alrededor de las heridas de mordiscos había empezado a agrietarse y encostrarse. Si hubiera tenido las manos libres, se habría rascado, pero el Otro le susurraba al oído, que rascarse no sería suficiente. Le habría incitado a rascar con más fuerza, a rasgar su propia carne hasta que se despedazara entre sus manos.
Entonces, había sido algo bueno que lo hubieran atado.
Desafortunadamente, esos macabros pensamientos no se limitaban a su propia persona. Observaba a los demás a su alrededor; Belikov, Prestin y otros que venían a atender sus heridas y a tratarlo. Si desenfocaba su mente y dejaba que el Otro corriera sin control, ya no los veía como personas, sino como… unidades vivientes con un incumplido propósito. No eran presas, porque no era hambre lo que sentía exactamente. El virus no requería que su huésped consumiera carne humana para sobrevivir, aunque los zombies neófitos parecían tener predilección por ciertos órganos grasos y ricos en nutrientes. Lo que el virus quería era sobrevivir, y para que eso sucediera, tenía que propagarse.
Alexander comenzó a fijarse en los movimientos. El zumbido guiado de un ventilador en el escritorio, el oscilante arco de un trozo de papel que revoloteaba por el suelo, el pulso se la enfermería que unos ojos normales y humanos no podían detectar. Esos movimientos lo atraían, pero no tanto como las personas. La gente era impredecible y, como tal, la Infectada mirada de Amarov se sentía atraída hacia ellos.
Se percató, que el siguiente paso de la Infección era que esa atracción se convirtiera en sed de sangre y en una necesidad de devorar y desgarrar. Cuando eso pasara, entonces es que el Otro había tomado el control y Alexander, el hombre, ya no existiría. El ReGen libraba una valiente, pero en última instancia, inútil batalla dentro de su cuerpo. Evitaba lo inevitable y le proporcionaba la posición, dudosamente beneficiosa, de poder observar lucidamente todo mientras el virus se iba apropiando de sus facultades.
Los científicos lo usarían hasta que fuera inservible. Era lo mismo que habría hecho él bajo circunstancias similares. También existía la pequeña esperanza de que la cura pudiera perfeccionarse a tiempo para salvarlo. Sabía que las posibilidades eran escasas o nulas, pero el equipo ya había obrado milagros. ¿Tal vez un último milagro en la trastienda?
No muchas personas tenían motivos para ingresar en la enfermería de hombres. Si lo hacían, eran pacientes externos y no se quedaban allí por mucho tiempo. Aparte de eso, el personal médico venía a controlarlo, alimentarlo, lavarlo, cambiarle la ropa de cama y a atender sus necesidades fisiológicas. Lo observaban, le extraían sangre y le inyectaban aún más ReGen, como si eso fuera suficiente para mantenerlo activo durante unos pocos días más. No había conversación. Nadie quería salvarlo, lo cual era irónico porque lo necesitaban.
Para su sorpresa, Hermione Granger comenzó a visitar la enfermería más a menudo esa última semana.
La primera vez, apareció con un carrito lleno de equipamiento. Eso fue antes de que los refugiados de Taransay se unieran a la flota. Podría haberle pedido a Potter que la ayudara con su magia, pero no lo hizo. Con un esfuerzo físico pronunciado, medio arrastró y medio empujó el carrito a través de la enfermería, con alambres y cables colgando. Al principio, Alexander asumió que estaba instalando una segunda estación de trabajo para realizarle más pruebas, pero rápido descubrió que las maquinas tenían otro propósito.
Pronto, la celda de vidrio que habían trasladado a la enfermería estaba llena de las cosas que había traído Hermione; una mesa, una silla, instrumentos médicos. Alexander sabía que la celda estaba ahí para contenerlo si se… mejor dicho, cuando se convirtiera. ¿Era esa eventualidad más inminente de lo que esperaba?
Si la celda no estaba siendo equipada para él, entonces, ¿qué estaba haciendo Hermione con todo eso? ¿Y por qué nadie más la estaba ayudando? La respuesta se le escapaba y estaba demasiado débil como para entablar una conversación con ella que de todos modos ignoraría. La siguiente vez que apareció, traía aún más equipamiento. Una lona cubría todo el lote, de modo que parecía un equipo de laboratorio superfluo. En la tercera ocasión, trajo un microscopio. Alexander se preguntó si alguien habría notado que algunos artículos estaban desapareciendo del laboratorio.
Era imposible ver exactamente lo que estaba haciendo dentro del cubo de cristal, ya que la cama de Alexander estaba alejada de allí, pero podía oír los pitidos del equipo cuando se encendía y calibraba. Una tarde, mientras él sentía una febril agonía, abrió los ojos y vio a Hermione junto a él. Su expresión era ilegible, lo cual era inusual en ella. Quería decirle que sentía las entrañas como si estuvieran en llamas, pero tenía la boca demasiado seca para ser de utilidad. Todas las articulaciones de su cuerpo sentían agonía. Sentía como si lo estuvieran descuartizando. Incluso a través de la bruma de la delirante fiebre, era muy consciente de ella. Quería pedirle ayuda. O misericordia. Todavía no estaba seguro.
– Vas a morir muy pronto. – dijo, respondiendo de alguna manera a ambas versiones de su petición no formulada.
Ella olía… diferente. Había algo casi tentador en su aroma. Era intenso y embriagador. Provocando que su vacío y encogido estómago se retorciera dolorosamente. Podía sentir sus pupilas dilatándose y, repentinamente, la ya de por si escasa luz de la enfermería era demasiado. Apartó la cabeza de las luces, componiendo un sonido gutural para transmitir su agonía. Aun así, el impulso de agarrarla era impío. Aunque no tenía ni idea de lo que haría después si se le brindara la oportunidad.
El impacto de un trapo mojado y helado sobre su frente y párpados cerrados logró silenciar cualquier palabra sin sentido que hubiera estado pensando. Le proporcionó cierto alivio al sentimiento de quemazón. Y Hermione le dio un poco de agua para beber. Sintió un tirón en la cánula de su mano izquierda, seguido por el frío de la solución salina y luego… algo más. Algo que rápidamente impartía felicidad a su paso. Pronto, el dolor abrasador en sus extremidades disminuyó, al igual que el golpeteo en su cabeza y la sobrecarga sensorial.
– Gracias. – dijo con voz ronca.
– Intenta seguir aquí hasta la siguiente semana. – le dijo – Y después no dudes en aferrarte a ello.
Cuando se despertó unas horas más tarde, se preguntó si simplemente había imaginado esa interacción. Pero entonces sintió el trapo mojado en la frente. Y seguía estando relativamente libre de dolor.
El día anterior, el ex médico personal de Alexander, el doctor Prestin lo visitó por la mañana y comprobó sus observaciones. Como siempre, uno de los guardias estaba cerca. La flota no confiaba en Prestin y con razón, reflexionó Amarov. Era un hombre desagradable, pero le había sido leal.
– ¿Cuánto tiempo me queda? – le preguntó Alexander.
– Es difícil de decir. – respondió Prestin, mientras le cambiaba el vendaje de la herida de mordedura. Le lanzó una mirada de reojo a su vigilante sombra – No soy experto en esta enfermedad. Belikov dice que podrían ser días o semanas.
Alexander cerró los ojos, pero entonces los abrió con sorpresa cuando Prestin le puso algo en la mano. El doctor se inclinó sobre su paciente, simulando que estaba arreglando las sábanas.
– Muere con tus propias condiciones, Alexander. – le susurró. Se enderezó, se quitó los guantes y el delantal y los arrojó en recipientes separados de materiales peligrosos – Ya he terminado. – le dijo al guardia, imperiosamente.
Alexander no se atrevió a mirar el objeto que tenía en la mano hasta que Prestin y el guardia se hubieran marchado. Levantó la cabeza para mirar hacia abajo, componiendo una mueca al usar los músculos abdominales. Abrió la mano. Al parecer, Prestin le había dado el regalo de la misericordia.
Era una cuchilla de afeitar.
La visita de Hermione a la enfermería esa mañana temprano fue inesperada. El reloj de pared colgado a las puertas de la enfermería le decía a Amarov que el turno de la chica acababa de empezar en los laboratorios. No tenía motivos para estar ahí a esa hora del día. En esa ocasión todo lo que llevaba consigo era una caja de cartón. La dejó sobre una mesa y sin molestarse en ponerse ropa protectora, ni siquiera guantes, procedió a extraerle sangre.
– Buenos días. – le dijo él, con su voz permanentemente ronca.
Para su sorpresa, ella realmente le devolvió la mirada y le habló.
– Buenos días, señor Amarov.
– ¿Por qué estás aquí tan temprano?
La sonrisa que le dedicó fue milagrosa. Y bastante irónica.
– Llego bastante tarde, en realidad. Debería haber hecho esto hace días.
– ¿Hecho qué? – le preguntó, pero su voz falló.
Ahí estaba ese olor otra vez. Era enloquecedor. Cerró los ojos por un momento, esperando que eso lo ayudara a calmarse. Desafortunadamente, todo lo que podía pensar detrás de sus párpados cerrados era en agarrarla, apretar y presionar hasta que algo cediera, hasta que los huesos se agrietaran y la sangre comenzara a correr.
La cuchilla de afeitar estaba metida debajo de su muslo izquierdo, justo al lado de la mano canulada. Sería fácil agarrarla en ese momento, mientras se movía a su alrededor, completamente enfocada en su trabajo. Su cabello largo y suelto caía hasta rozar un lado de su cara. Estaba ligeramente mojado. Por alguna razón insondable, Hermione no estaba tomando ninguna precaución de seguridad con respecto a la Infección. El virus solo se transmitía a través de la sangre y no podía sobrevivir al aire libre durante mucho tiempo, pero aun así, había protocolos…
Hermione recogió muestras y después se retiró al cubo de cristal que había en una de las esquinas de la estancia. No fue hasta que se alejó de él que Alexander pudo ver la varita que sobresalía de uno de los bolsillos de su pantalón. Y entonces, escuchó el suave y succionador silbido de la puerta de la celda al abrirse. Escuchó el sonido de las maquinas al encenderse, ya fuera por electricidad o magia. Y algo raro sucedió en ese momento. O mejor dicho, una serie de cosas raras.
La presión del aire en la enfermería cambió. Alexander podía sentirlo en sus oídos. Esto fue seguido por un fuerte estallido de energía que barrió la sala en un resplandor dorado y brillante.
– No. – gritó, intentando girar su cuerpo para poder ver la celda. La parte de él que era quintaesencialmente Amarov finalmente se había dado cuenta de lo que estaba pasando – No lo… – jadeó.
Desde dentro de la celda ella no podía verlo ni oírlo. Necesitaba atraer su atención.
O tal vez, su atención no.
La parte más complicada de escapar de la enfermería fue utilizar la cuchilla de Prestin para cortar las ataduras de sus muñecas. Fue un trabajo lento, demostrando que la parte más molesta de cortar era el relleno de espuma de las abrazaderas, ya que seguían girando alrededor de las ataduras. No obstante, después de unos veinte minutos, consiguió liberar sus manos. Ese pequeño esfuerzo ya lo había dejado sudoroso y jadeante.
Salir de la cama y ponerse en pie resultó ser la parte más difícil. Su corazón estaba acelerado por el esfuerzo, el sudor perlaba su frente y deseaba sinceramente una dosis extra de morfina. Era la adrenalina lo que lo mantenía en pie. Belikov le había explicado que su cuerpo se estaba volviendo más y más experto en producirla. Compuso una mueca mientras se extraía la sonda urinaria con manos temblorosas. Después de quitarse el tubo intravenoso, se dejó caer de la cama, sabiendo que había un camino dolorosamente largo hasta el suelo.
Una vez allí, Alexander procuró mantenerse agazapado, para que Hermione no lo viera en caso de que se le ocurriera mirar en su dirección. Las cortinas alrededor de la cama le proporcionaban una cobertura inicial. El suelo estaba agradablemente fresco y Alexander se tomó un momento para absorber el frío. La diferencia de temperatura entre sus palmas y el linóleo era marcada. Logró acomodar sus extremidades en una posición para gatear y rápidamente descubrió que no tenía fuerza para levantarse. El soporte de goteo intravenoso se alzaba sobre él. Se agarró al palo metálico y, usando el soporte con ruedas como apoyo, se tambaleó hacia la puerta de la enfermería. Las puertas eran ridículamente pesadas, pero se las arregló para travesarlas junto con el soporte, después de un largo minuto.
Una vez en el corredor del barco que solía ser suyo, en la flota que había presidido una vez, Alexander Amarov tuvo que tomar otra decisión.
Con los ojos inyectados en sangre y en deshabillé, Draco abrió la puerta del camarote. Inicialmente, se sintió confundido al encontrar un soporte de goteo intravenoso solitario, sin nadie más allá del umbral hasta que un sonido silbante a sus pies captó su atención.
Amarov yacía sobre el suelo alfombrado, en posición fetal. Extendió un brazo hacia Draco, quien ignoró esa suplica de ayuda y en su lugar arrastró al enfermo por la parte delantera de su camisa empapada en sudor hasta posicionarlo a la altura de sus ojos.
– Por favor, dime que esto es un elaborado intento de suicidio. Si es así, estaré muy feliz de dejarte caer, cerrar la puerta y volverme a dormir.
Sus últimas reservas se estaban desvaneciendo. La oscuridad se cernía sobre él, pero antes de que Amarov se desmayara por completo, se forzó a decir una sola palabra; en forma de advertencia y súplica.
– Hermione.
A esto me refería cuando decía que ahora empezaban una serie de complicados capítulos... ¿Habéis intuido lo que ha hecho Hermione? Creo que os va a sorprender y fascinar lo que está por pasar. Pero no os digo más para no fastidiaros la intriga. MuUUaAajjAJajJA xD
Con respecto al capítulo pasado, es normal que todas sintáis frustración con este Draco y su manera tan desesperante de comportarse, pero Rizzle no da puntada sin hilo, todo tiene explicación ;) ¡Prontooooooo!
¡Necesito leer vuestras teorías!
Intentaré actualizar el sábado.
Gracias por comentar el capítulo anterior a: *Carmen-114* *Doristarazona* *guiguita* *Eri0* *Monsther Malfoy* *AliceMlfy* *Loonydraconian* *Carmen* *AKAmart* *Fechu Callejera* *LluviaDeOro* *Sally Elizabeth. HR* *SALESIA*
PD: Hoy no respondo reviews porque no quiero dejar ninguna pista de lo que viene. ¡Agarraos que vienen curvas!
