Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.
¡Nuevo capítulo por fin! Y por si necesitáis más información, ya sabéis que tenéis el blog del fic, para el que también acepto peticiones sobre temas a tratar. Lo encontraréis en siemprequidditchfanfic . blogspot . com . es / (quitando los espacios).
54. Adiós a Nueva York
Era el día después de Navidad en Hogwarts. Era la primera Navidad después del fin de la guerra, y la mayoría de los estudiantes había preferido regresar a sus casas para pasar las fiestas con sus familias. Sin embargo, Bruce se había quedado en el castillo. En los años anteriores solo había pasados las Navidades en casa cuando la alternativa era peor, como cuando los Carrow habían estado al mando de Hogwarts. Pero ahora que las cosas ya habían vuelto a la normalidad, más o menos, no le apetecía en absoluto ir a pasar el tiempo encerrado en su pequeña casa con la única compañía de su padre. Además, en cuanto Eve se había enterado que iba a pasar las fiestas allí, ella también había decidido quedarse; y estaban siendo las mejores Navidades que Bruce podía recordar en muchos años.
Ese curso estaba yendo de maravilla, aunque al principio a todos les costó sobreponerse a todas las ausencias. La mayoría de los profesores estaban siendo más delicados con ellos de lo normal (aunque otros, como McGonagall, seguían tan estrictos como siempre; cada uno tenía su modo de intentar volver a la normalidad) y eso, sumado a que de momento, la mayoría de las cosas que daban en clase ya las habían aprendido el año pasado estaba haciendo que el curso fuera inusualmente relajado. Seguramente las cosas se complicarían a medida que avanzaran los meses, pero de momento casi todos aprovechaban el tener más tiempo libre. Ya se preocuparían por las toneladas de exámenes y trabajos más adelante.
Él, por su parte, estaba pasando más tiempo con Eve que nunca y las cosas no podrían ir mejor entre ellos. También pasaba mucho tiempo con Lily, Theodore y Tracey, y estaba aprendiendo a tolerar a los amigos de Eve, aunque a algunos más que otros (estaba seguro de que Vicky Frobisher le odiaba y Ginny Weasley no se quedaba muy atrás, pero Maggie Ackerley era simpática con él y las pocas veces que había coincidido con Hermione Granger, había sido agradable). Pero lo mejor de todo era poder estar juntos en público siempre que quisieran; casi nunca podían estar en las Salas Comunes porque siempre estaba alguno en territorio "enemigo" y eso no les hacía gracia a ninguno de sus compañeros de Casa, pero no había problemas con el resto del castillo.
Por eso estaban ahora en el Gran Comedor, sentados en el suelo contra una de las paredes laterales y pasándoselo en grande mientras sus risas resonaban en la gran sala vacía. El resto de la gente se había retirado después de la comida a otros lugares, pero para ellos era el lugar perfecto para pasar el rato. Además, todo decorado con motivos navideños, era más cálido que cualquier otra sala abandonada.
—…y Kevin también dice que se está congelando los pies, las manos y la nariz. Que si tuviera solo un poco más de frío, se convertiría en un muñeco de nieve—estaba contando Eve.
—Creía que tu hermano sabía que en Laponia hacía frío—respondió Bruce, incrédulo.
El hermano mayor de Eve, Kevin, se había ido a pasar las Navidades al norte de Finlandia, en Laponia, con unos antiguos amigos de Hogwarts, y Eve había recibido una carta de él esa mañana.
—Claro que lo sabía, pero creía que todo el mundo exageraba—bufó Eve, apoyando su cabeza en el hombro de Bruce—. "En Hogwarts también nieva y hace mucho frío", decía. Tengo un hermano idiota. Solo él se puede creer que la gente exagera sobre el frío que hace más allá del círculo polar ártico.
—Qué se le va a hacer, tú te quedaste con todo el cerebro de la familia—repuso Bruce, y Eve rio.
—Sí, yo con el cerebro y él con la cabeza dura. ¿Sabes qué? Nosotros también deberíamos hacerlo. Irnos de viaje, digo.
—¿A pasar frío con los renos?
—¿Por qué no?—Eve se incorporó un poco para poder mirarle a la cara y sonrió—O a lo mejor algo más cálido. ¿Recuerdas cuando el año pasado hablamos sobre lugares a los que podríamos huir? Podríamos ir a Grecia. O a Italia, o España… ¿Te he hablado alguna vez sobre lo interesante que es Turquía?
—Por favor, solo te he oído hablar sobre las batallas entre centauros, goblins y vampiros de la Edad Media en Turquía como cincuenta veces—se burló Bruce—. No quiero saber nada más de Turquía.
—Vale, entonces nada de Turquía… De momento—respondió Eve con una sonrisa traviesa—. ¿Y más lejos? ¿Sudamérica? ¿Japón? ¿Australia?
—¿De dónde quieres sacar el dinero para viajar hasta Australia, Eve?
—Podríamos fingir ser magos muggles ambulantes—sugirió ella—. Y que nos den propinas en la calle.
—Sí, yo podría convertir conejos en cuervos peludos. Y convertir los cuervos en copas con plumas. Seguro que a los muggles les gusta tanto como a la profesora McGonagall.
Eve se rio, le abrazó y le dio un breve beso.
—Venga, no te tortures tanto con eso, te acabará saliendo. Las transfiguraciones animales son complicadas y solo te está fallando la textura… Si quieres mañana practicamos, ¿vale? Pero probablemente tengas razón. E ir hechizando plumas para que persigan a la gente por la calle tampoco sería muy interesante… Supongo que habrá que esperar.
—Sí, solo habrá que esperar a que yo sea una estrella del quidditch y tú el miembro estrella del Wizengamot. Así que unos ¿diez años?
—Me conformo con ser miembro estrella júnior en diez años—rio Eve.
—Vale, entonces en diez años seremos estrellas y por fin podremos ir a Australia juntos.
—Ay, espero que hayamos podido hacer algo productivo con nuestras vidas antes de diez años, o será muy triste—se burló Eve, y ambos rieron.
—¡Ey, Eve! ¡Estás aquí!
La persona que acababa de entrar en el Gran Comedor les sacó de su burbuja de inmediato, pero cuando Bruce le identificó se relajó. Era Ritchie Coote, y era uno de los amigos de Eve que no le caía mal del todo. Eran enemigos a muerte durante los partidos de quidditch, pero el resto del tiempo tenían bastantes cosas en común. Coote había empezado a salir con Anael Madley, de Hufflepuff, hacía apenas un mes, y por eso la nueva pareja también se había quedado en Hogwarts para pasar tiempo juntos.
—Ritchie—le saludó Eve mientras el chico se les acercaba—. ¿Me buscabas?
—Sí. Euan lo tiene todo listo ya para el torneo de snap explosivo en la Sala Común y estamos a punto de empezar, solo nos faltas tú—entonces se giró hacia Bruce, y se encogió de hombros antes de añadir—. Lo siento, Vaisey. Solo para Gryffindor.
—No te preocupes, Coote. Encontraré algo que hacer.
—De acuerdo, Ritchie, voy—suspiró Eve, poniéndose en pie, y Bruce la imitó—. ¿Nos vemos para la cena?
—Claro, ve y diviértete. Yo voy a ver qué están haciendo Theodore y Lily. O puedo empezar a planear nuestras vacaciones épicas en Australia.
—Genial—Eve le sonrió y le dio un beso de despedida—. Te quiero.
—Y yo a ti.
Bruce se levantó a la mañana siguiente de la Fiesta de Fin de Temporada con un dolor de cabeza impresionante, como era habitual. Le costó un poco recordar cómo había conseguido llegar a la habitación del hotel la noche anterior, y tardó todavía más tiempo en acordarse de que previendo esa situación, había metido un pequeño bote de poción antirresaca en el bolsillo de sus pantalones antes de salir de Nueva York el día anterior. Fue difícil salir de la cama para rebuscar en los bolsillos de la ropa que había dejado tirada en el suelo, pero encontró el botecito y se lo tomó a largos tragos con alivio. En unos minutos comenzaría a hacer efecto, y entonces tendría fuerzas suficientes como para volver a casa.
Fue el primero en llegar al piso de Nueva York, de hecho. Sus compañeros fueron llegando a lo largo de la mañana y de las primeras horas de la tarde, tan hechos polvo como él, y se pasaron el día descansando, escuchando la radio y viendo la televisión. Las noticias mágicas hablaron de su fiesta y de la entrega de premios, resaltando algunos de los resultados más sorprendentes, la victoria de Bruce como Mejor Jugador y la aparición inesperada de Klaus Brüning.
Pero el domingo fue muy diferente. Ya recuperados de la resaca, todos se dedicaron a ordenar sus habitaciones y a preparar sus maletas: al día siguiente Jason se iba a Perú con el resto de la Selección Estadounidense para participar en el Trofeo América, y Alex y Austin se marchaban a sus respectivas casas familiares. Bruce, por su parte, todavía se quedaría unos días más en Nueva York antes de viajar también a Perú (tenía pensado ver los partidos de octavos de final), pero después de tres años viviendo allí, iba a necesitar un tiempo para poner en orden su habitación y decidir qué se llevaba y qué tiraba.
Jason, que se iba a ir el lunes a primera hora de la mañana, fue el primero en despedirse, llamando a la puerta de su habitación el domingo por la noche mientras Bruce estaba ocupado vaciando su estantería.
—Va a ser muy raro no tenerte aquí el año que viene—confesó su amigo—. Han sido tres años juntos.
—Para mí también—admitió Bruce—. Pero así es la vida, ¿no? Tarde o temprano, todos nos iremos de aquí. Yo voto por que no tardarás mucho en irte a vivir con Lily. Os imagino a los dos en una casa en medio de la nada entre Nueva York y Washington, con una chimenea gigante y guardando todos los Oracle de la semana para hacer los crucigramas los domingos.
Jason sonrió.
—La verdad es que eso suena genial.
—Y lo será. Solo dale un poco de tiempo.
—Sabes que para cualquier cosa que necesites, solo tienes que ponerte en contacto conmigo, ¿verdad? Aunque estés viviendo en la otra punta del mundo. Si me necesitas, ahí estaré.
Se emocionó un poco, aunque lo disimuló. Había conocido mucha gente y hecho muchos amigos en Estados Unidos, pero Jason había sido el único que había estado allí desde el primer hasta el último día. Jason había sido más que un amigo; había sido su hermano mayor durante esos tres años. Incluso le había acogido en su propia familia sin problemas. Todo habría sido tan diferente sin él… Y sin duda, le iba a echar de menos más que a nadie.
—Lo sé. Claro que lo sé.
Jason le abrazó, y después carraspeó y se sentó en el borde de su cama, desde dónde se quedó observando cómo Bruce se ocupaba de la estantería. Charlaron durante un rato más y al final, se desearon suerte antes de que Jason se fuera a dormir.
No era la última vez que se veían: ambos estarían en el Trofeo América, y en apenas un mes tenían que acudir a la boda de Theodore y Tracey. Pero era la última noche que iban a estar viviendo juntos, y Bruce sintió como ya empezaba a echar de menos una parte de su vida en Nueva York.
Alex y Austin se despidieron a la vez de él el lunes por la mañana. Alex le abrazó y se quedó pegada a él lo que pareció una eternidad, mientras no dejaba de hablar y de recordarle todas las cosas que debía hacer y que no tenía que olvidarse de mantener el contacto. En cambio, la despedida con Austin fue un breve abrazo amistoso y algo incómodo, pero lo solucionaron ignorando el tema y deseándose suerte para el futuro. Tal vez se verían en el Trofeo América: Austin tenía previsto ir al partido de Estados Unidos con unos amigos, y puede que tuvieran suerte y se encontraran entre la marea de gente. Pero de lo contrario, quién sabe cuánto tardarían en verse de nuevo. Puede que pasaran meses, pero podrían ser años perfectamente. Bruce no tenía ningún plan a partir de finales de julio, cuando llegaría a Australia poco antes del comienzo de su pretemporada. No sabía cuándo, o si volvería a Estados Unidos en algún momento.
Por eso se había despedido del resto de sus compañeros rápidamente en la Fiesta de Fin de Temporada. No le gustaban las despedidas, y no se veía con ánimos de decirle "hasta siempre" a tanta gente.
Pero aún y así, no podía irse sin despedirse en condiciones de Amanda.
Esa tarde quedaron en la Avenida Cero. Ambos llevaban gorra y gafas de sol, y como ese mes de junio había empezado cálido, pasaban perfectamente desapercibidos en la terraza de uno de sus bares preferidos tomando unas cervezas de mantequilla. Habían pasado bastante rato juntos durante la fiesta del viernes, pero no habían tenido mucho tiempo para hablar a solas lejos de oídos indiscretos.
—Se va a hacer tan raro saber que estás tan lejos…—comentó Amanda—Esta temporada, al menos sabía que aunque no nos viéramos tanto, podíamos quedar en Nueva York en cualquier momento. Pero ahora te vas a Australia. No puedo meterme en la red Flu y llegar a Sídney en un minuto, ¿sabes?
—Creía que no tendrías problemas para intentar aparecerte al otro lado del océano—se burló Bruce, y Amanda bufó.
—Claro, no soy capaz de aparecerme de Phoenix a Albuquerque y debería intentarlo hasta Australia. A lo mejor en veinte años un submarinista encuentra mis restos en el fondo del Pacífico. Por cierto, ¿te has preparado para el acento de los australianos? Tú hablas raro, pero ellos son lo peor.
—Yo no hablo raro—se defendió él—. Mi acento es el original. Sois vosotros los que no sabéis pronunciar. Y por lo que tengo entendido, los australianos aún menos.
—No te metas ahora con los estadounidenses, Vaisey. Has conseguido caernos bien, no lo estropees al final—le advirtió Amanda con una sonrisa burlona—. Y ahora que menciono esto, ¡necesitas ver una cosa! Has sido la portada del número de Hechizadas que salió ayer, y es muy alucinante.
—¿Cuántas veces te he dicho que no me interesa haber salido en Hechizadas?
Amanda estaba rebuscando en su bolso, que parecía ser mucho más grande por dentro de lo que era en realidad.
—Muchas—respondió Amanda sin prestarle mucha atención mientras seguía buscando—. Pero esta vez es diferente… ¡Mira! ¡Aquí tienes!
Amanda había sacado de su bolso la edición de Hechizadas del uno de junio, y efectivamente, tenía la cara sonriente de Bruce en primer plano de la portada. El titular rezaba: "Bruce Vaisey, ganador de la Mejor Sonrisa de 2003".
—¿Mejor sonrisa?—repitió Bruce, alzando una ceja, y Amanda chasqueó la lengua antes de explicarle:
—Hechizadas entrega cada año el premio a la mejor sonrisa masculina del mundo mágico. Obviamente, del mundo mágico importante para Estados Unidos… En marzo se abre una preselección con cincuenta candidatos, y cualquiera que lea la revista puede votar. A mediados de abril, se revelan los diez candidatos con más votos y se vota de nuevo. La persona que haya recibido más votos al cierre de la edición de junio, gana. En tu primer año en Nueva York, quedaste tercero. El año pasado, caíste hasta el séptimo puesto. Y este año has ganado, así que felicidades.
—¿Y qué se supone que gano?
—Satisfacción moral—dijo Amanda, y cogió la revista para pasar páginas hasta llegar a la noticia en cuestión—. Y un trofeo muy feo. Mira, aquí está Hugh Goldstein recogiéndolo el año pasado. Si todavía no te han contactado, lo harán pronto.
—¿Y si no me interesa recogerlo?
Amanda se encogió de hombros y sonrió.
—No serías el primero ni de lejos. Entonces no habrá ceremonia de entrega, pero seguirás siendo el ganador oficial hasta junio del año que viene.
—Menuda tontería de premio y de todo—bufó Bruce, y Amanda se rio.
—Oh, no sabes lo que voy a echar de menos cuando te enfadas así. Prométeme que me contarás si también te vuelves una estrella de la prensa rosa ahí.
—No pienso contártelo.
—No hace falta, estoy segura que lo serás. Seguro que ya están todas las revistas enteradas de que la Mejor Sonrisa de Estados Unidos se mudará a Australia próximamente—Amanda rio de nuevo y agitó la cabeza—. Creo que voy a intentar averiguar cómo suscribirme a la entregas.
Bruce suspiró y se masajeó la frente.
—Te odio.
—Yo también te voy a echar de menos, Bruce.
—Y yo, Amanda. Y yo.
Como Amanda había predicho, recibió una carta de Hechizadas a la mañana siguiente, informándole de que había ganado el premio y de que les gustaría que les escribiera de vuelta para acordar una fecha de entrega para el trofeo. No se molestó en contestar, sino que directamente rompió la carta en pedacitos, convirtió los pedazos en pelotitas y los usó para practicar su puntería lanzándolos a la chimenea.
Más tarde ese mismo día se reunió con David Smith en las oficinas de los Minotaurs. Tenía que firmar los últimos papeles y recoger unas cuantas cosas (se podía quedar su escoba, y Smith también le hizo entrega de una camiseta del equipo firmada por todos los jugadores y trabajadores de los Minotaurs), y el director deportivo también quería despedirse de él. En lugar de ponerse melancólico, como cabría esperar, Smith estaba entusiasmado y le dio multitud de consejos sobre la liga en Australia y las diferencias más importantes con las que se encontraría al llegar. También le recordó que Caitlin Rhodes, la directora deportiva de los Warriors, era una persona un tanto especial, y que no debía sorprenderse si de vez en cuando tenía comportamientos algo erráticos. Mientras charlaban (o más bien, mientras Smith monologaba), Rosalie entró en el despacho y abrazó cariñosamente a Bruce. La mujer, que era como una madre para todos los del equipo siempre que se pasaban por el estadio o las oficinas, lloró un poco y declaró lo orgullosa que estaba de que se fuera a Australia a continuar con su carrera. También le ofreció su casa para quedarse a dormir si algún día volvía a pasar unos días en Nueva York, y eso le hizo recordar que no tenía ni idea de la vida de Rosalie fuera de la oficina de los Minotaurs.
Pero la reunión acabó, y Bruce estaba a punto de marcharse ya cuando el entrenador Johnson apareció al final del pasillo.
—Vaisey—le llamó—, ¿puedo tener un momento contigo?
—Claro, entrenador.
Ya no era su entrenador, pero sabía que nunca iba a poder dejar de llamarle "entrenador Johnson". David Smith también se mostró de acuerdo, y estrechó la mano de Bruce antes de despedirse definitivamente y dejarles solos, así que Bruce se acercó al entrenador.
—Vaisey, solamente quería desearte suerte en los Warriors—el entrenador le miró a los ojos y habló con voz grave, seria y pausada. Como siempre, sonaba como si todo lo que dijera fuera extremadamente importante—, y en el resto de tu carrera. Ahora que ya no estás a mis órdenes, puedo decirte que sin lugar a dudas, eres el mejor de los jugadores que he entrenado hasta la fecha, y uno de los mejores cazadores que he visto en los últimos años. Tienes talento y potencial, Vaisey, y un cerebro privilegiado para leer un partido de quidditch. Y mientras conserves esa actitud, ese esfuerzo y esa entrega que tienes, vas a llegar hasta donde te propongas llegar. En los Warriors y en lo que sea que venga después. Si mantienes tu esencia, solo tus aspiraciones serán tu límite, Vaisey.
Un día más tarde, por fin tuvo su último compromiso en Nueva York, aunque iba a durar más que cualquier otro. A primera hora de la mañana se vio con Daisy en las oficinas de Armory, y la joven no estaba del mejor humor posible.
—Ya te vale, Bruce—se pasó un buen rato de la reunión refunfuñando—. Sí, muy bien, no había ninguna cláusula que te impidiera tener otro trabajo en el quidditch fuera del país, pero podrías habernos avisado un poco antes…
—El contrato era específicamente un secreto hasta el final de la temporada—le había explicado él.
—¿Y cuántos días pasaron desde el final de la temporada hasta el anuncio oficial?—replicó Daisy rápidamente—Al menos, podrías haberme informado un poco antes. Pero bueno, quejarme de lo insensible que eres no va a cambiar nada ni me va a quitar trabajo. A ver, en realidad el mayor problema va a estar en la comunicación; tenemos una pequeña sede en Australia, así que podemos asignar un contacto intermedio allí. Entre las cosas positivas está el hecho de que puede que esto nos haga ganar algo de popularidad ahí, si las cosas te van bien deportivamente; esos pesados de los franceses tienen el mercado prácticamente monopolizado. Y tienes seis entrevistas después de comer, así que ahora vamos a ver lo mucho que has aprendido este año y vamos a repasar qué te van a preguntar y qué queremos que respondas, ¿de acuerdo?
Después de eso, Daisy y él se reunieron con otra mujer que habló con ellos sobre los próximos planes de Bruce con Armory y los efectos que tendría su traslado a Australia en ellos. En realidad, Bruce apenas participó, sino que se limitó a asentir de vez en cuando mientras las mujeres llevaban las riendas de la conversación. Al parecer fue suficiente, porque cuando acabaron la reunión ambas parecían bastante satisfechas.
Comió un sándwich y algo de fruta con Daisy en su oficina (y le hizo repasar de nuevo qué tenía que contestar en las entrevistas), y después de eso por fin se enfrentó a las entrevistas en sí.
Ya fuera por la experiencia que había ganado, porque solo eran seis, porque el tema de conversación era diferente o por lo que fuera, fueron mucho más sencillas que las que tuvo que hacer cuando fue la presentación de la campaña. De hecho, varias de las preguntas giraron alrededor de su vida profesional en el quidditch, de si le había costado compaginarlo con el éxito de Armory o si Australia iba a suponer algún problema, y todo aquello fue relativamente fácil de contestar. Al final, Daisy acabó más satisfecha con él de lo que había estado nunca.
—Y ahora que empezábamos a llevarnos bien, te vas—comentó la joven mordazmente—. Pero no te preocupes, no te librarás del todo de mí. Y por mucho que te alejes, Armory te seguirá reclamando para algunas fiestas, así que no te relajes tanto y aprende a peinarte tú solo en condiciones, por Merlín.
El jueves fue su último día completo en Nueva York, y dedicó buena parte del día a acabar de recoger su habitación. Vació el armario, y cuando consiguió guardar toda la ropa junto al resto del equipaje, confirmó lo que ya llevaba unos cuantos días pensando: tenía muy poco espacio de almacenamiento… o demasiadas cosas. En esos momentos, todo lo que le pertenecía estaba metido en la mochila y la pequeña maleta que tenía frente a él. Ambas eran mágicamente expandibles y eran mucho más grandes por dentro de lo que aparentaban, pero aún y así ambas estaban llenas. A excepción de algo de ropa y cosas de su infancia que todavía estaban en casa de su padre en el callejón Diagon, todo lo que poseía estaba allí delante de él. Y como a partir del día siguiente no iba a tener un lugar de residencia fijo (al menos, hasta que se trasladara a Australia), eso significaba que iba a tener que arrastrar todas sus cosas por todo el mundo.
Sí, estaba seguro de que si lo hablaba con Jason o alguno de sus compañeros, no tendrían ningún problema en dejarle almacenar algunas cosas en el piso. A Theodore (y Tracey, en cuanto se mudaran juntos definitivamente tras la boda) le sobraba una habitación completa. A Lily tampoco le molestaría, y como último recurso siempre podría volver a ver a su padre… Pero la cuestión era que no quería hacerlo. No quería tener que depender de sus amigos, o de su padre, para una tontería como aquella. No quería sentir que estaba ocupando un espacio que no era suyo.
Había una idea que llevaba rondándole la cabeza de vez en cuando desde enero, pero que había ido tomando forma en los últimos días, mientras recogía su habitación. Desde que había dejado Londres y se había trasladado a Nueva York, no tenía un hogar; tenía una habitación, sí, pero no un lugar al que perteneciera, o que le perteneciera a él. El piso de Nueva York era de los Minotaurs, y la casa en la que iba a vivir en Australia era de los Warriors; podía estar allí mientras jugara para ellos, pero no conseguía sentirlo como un lugar suyo. Y quería tener un lugar así.
Llevaba unos días meditándolo. Tarde o temprano acabaría volviendo al Reino Unido, y aunque tuvieran que pasar muchos años, acabaría necesitando una casa allí, incluso aunque fuera cuando tuviera que retirarse. Y tenía dinero de sobras, lo suficiente como para empezar a pagar una casa aunque no viviera en ella… Tendría que empezar a investigar la próxima vez que estuviera en Londres. Tal vez debería pedir consejo en Gringotts. Era lo mejor cuando se quería mezclar el mundo muggle con el mágico.
Por la tarde fue a la Avenida Cero por última vez. Tenía que despedirse de los dueños de sus tiendas favoritas, ya que más de uno le había escrito tras saberse la noticia de que fichaba por los Warriors. Hank, de We love muggles, fue tan amable de regalarle un libro sobre historia muggle de Australia, y Mayer, de Quidditch para todos, le entretuvo más de lo normal hablando sobre todos los temas relacionados con quidditch que uno se pudiera imaginar. De hecho, no fue ningún problema para Bruce: Mayer sabía más que nadie sobre quidditch, y cuando se ceñía a eso y no intentaba indagar en otros detalles era un placer hablar con él. Le contó lo que sabía sobre la Liga Australiana y sus expectativas de futuro para los Minotaurs ahora que él, Donald y Elizabeth se marchaban (predecía unos primeros meses duros, pero si fichaban buenos sustitutos creía que podrían luchar por la Liga). Cuando por fin se quedaron sin nada de qué hablar, Bruce se despidió y estuvo a punto de chocarse con una persona mientras salía de la tienda. Habría quedado en una anécdota de no ser porque reconoció de inmediato a la persona y viceversa: bajo, delgado y con sus características gafas de pasta, el periodista Clark Hawthorne era inconfundible.
—Vaisey, vaya. Te imaginaba ya en Sídney preparándote para la nueva temporada—comentó el periodista con una ligera sonrisa.
Bruce no pudo evitar sonreír ante lo que sabía que era una broma. Clark Hawthorne era, probablemente, su periodista favorito de Estados Unidos.
—Me temo que todavía no. No me necesitan hasta agosto.
—Eso me imaginaba, pero contacté con David Smith hace unos días para pedirle una entrevista contigo y me contestó que él ya no se encargaba de eso. No has hablado con nadie de la prensa desde el final de la Liga, y todo el mundo está desesperado por conseguir tus últimas declaraciones. ¿O has dado alguna entrevista secreta?
—No. Ayer charlé con unos periodistas, pero fue a causa del contrato con Armory, nada relacionado con el quidditch—respondió Bruce, encogiéndose de hombros—. He estado evitando bastante a la prensa en general.
—¿Qué tendría que hacer para convencerte para darme tu última entrevista en Nueva York?
—Lo siento, me voy mañana por la mañana. El Trofeo América.
Clark Hawthorne le echó un vistazo al reloj de la tienda. Marcaba casi las seis de la tarde.
—¿Y qué te parece ahora? ¿Tienes prisa?
Bruce dudó. Era la hora de cenar, y tenía ganas de ir a su restaurante favorito para comer su hamburguesa favorita por última vez, y así se lo dijo al periodista. Hawthorne sonrió y preguntó:
—¿Te refieres a Magic Taste?
—El mismo—tuvo que admitir Bruce.
—¿Y qué te parece si te invito? Y a cambio, tú me contestas unas cuantas preguntas.
—De acuerdo, trato. Pero no vale revelar cuál es mi hamburguesa favorita.
Al final, acabaron siendo bastantes más que "unas cuantas" preguntas. Pero Bruce se sintió cómodo; no solo por el restaurante y por estar comiendo hamburguesas, sino porque una entrevista con Hawthorne era casi como charlar con un amigo. Hablaron de todo: de cómo había ido cambiando su vida en Nueva York en esos tres años, cómo había ido evolucionando en el equipo, la de horas que le dedicaba al quidditch fuera de los entrenamientos, cómo se había sentido en el partido del TIAQ en el que se había lesionado, cómo había vivido la final del TIAQ, cómo había sido la decisión de fichar por los Wollongong Warriors, si se esperaba el éxito que había tenido con los premios a final de temporada, cómo veía el futuro de los Minotaurs y el suyo propio… Durante todo el tiempo, la vuelapluma de Hawthorne fue tomando detalladas notas, y Bruce se aseguró de que no tergiversaba nada. Al final de la charla, Bruce dio el visto bueno a todo y le permitió publicarlo. Lo más probable era que acabara en el Oracle, pero durante los meses de verano las revistas internacionales de quidditch iban bastante necesitadas de noticias; tal vez tuviera suerte y alguna importante tuviera interés. Al fin y al cabo, era una detallada entrevista al Mejor Jugador de Estados Unidos. Aunque no fuera una Liga importante, podía ser relevante para alguien, sobre todo teniendo en cuenta su futuro en Australia. Y si existía la opción de que eso le hiciera más conocido a nivel mundial, aunque solo fuera un poco, Bruce ya estaba satisfecho.
El viernes se despertó pronto, y revisó que no se dejara nada en el piso antes de marcharse. Casi se olvidó su cepillo de dientes, pero lo recordó en su última visita al baño. Y después de eso se desapareció, sin saber si volvería a pisar esa casa algún día.
Tuvo que pasar por la sede del Congreso de Nueva York, y de ahí llegar hasta Salem porque, como era habitual, todo el transporte de masas hacia el extranjero se organizaba en el pueblo mágico. Como durante el Mundial, había una parte de la plaza principal rodeada por postes y cintas, donde encargados del Congreso recibían a los viajeros y les asistían hasta el momento de tomar el traslador. Bruce se acercó a uno de los trabajadores y recibió las instrucciones correspondientes, y hasta tuvo tiempo de pasear un rato por el pueblo mientras esperaba a que su traslador saliera. Había mucho menos tráfico que cuando había sido el Mundial, como era de esperar; además, la última vez que él había estado allí había sido justo antes de la final del Mundial, y no justo al comienzo del torneo, y eso también suponía una gran diferencia. Sin embargo, eso significaba que había más gente local paseando por Salem, y Bruce les observó con curiosidad. Salem era el único lugar de Estados Unidos en el que había visto regularmente a gente con ropa completamente mágica; en el resto del país, los magos vestían casi completamente al estilo muggle. Incluso él, que había crecido llevando prácticamente siempre ropas mágicas, se había adaptado a la ropa muggle habitual del país, tanto que se le hacía extraño pensar en volver a vestir túnicas.
Finalmente su traslador salió, y poco más tarde aterrizó en el otro lado del continente. Había llegado junto con otras cinco personas, y mientras todos recuperaban un poco el aire, observó el lugar. Era un claro en un bosque, donde los árboles a su alrededor crecían tupidos y altos. El suelo estaba un poco inclinado, así que parecía terreno algo montañoso; y el aire era fresco y la temperatura agradable, tal vez un poco más fría que en Salem a esa misma hora. Se forzó a recordar que también había diferencia horaria, por lo que en Perú era más pronto que en Salem; eso también debía influir en la diferencia en el tiempo.
Un hombre bajito y sonriente les saludó en cuanto todos estuvieron en pie y ubicados; se identificó como su guía y les pidió que se presentaran ellos también, y tras los trámites les condujo a través del bosque por un estrecho camino.
—A estas alturas el campamento está bastante vacío—reconoció su guía—. Diría que solo hay un veinticinco por ciento de ocupación, pero todavía es muy pronto. A lo largo del día debería llegar hasta el setenta y cinco por ciento, aunque mucha gente se va a marchar mañana, ya que muchos solo vienen para el partido inaugural. Durante los próximos días, se irá llenando progresivamente… Hasta el lleno absoluto el día de la final. Sea el que sea el tiempo que se queden aquí, ¡espero que lo disfruten al máximo!
Justo entonces el campamento apareció frente a ellos: giraron un recodo del camino y se encontraron con una entrada casi de bruces, ya que la vegetación era tan tupida que apenas habían podido ver nada hasta tenerlo justo delante. El campamento estaba a la misma altura que ellos, tal vez incluso un poco más elevado, y era difícil ver algo más aparte de las tiendas más cercanas al borde, a excepción del estadio. El estadio de quidditch era suficientemente grande como para sobresalir: era una sorprendentemente elegante mezcla de altas y estilizadas columnas de acero unidas por paneles de cristal translúcido y verde, de un tono que imitaba las copas de los árboles del bosque. Era más pequeño que el del Mundial en Chad, pero su tamaño no era nada desdeñable. Bruce no podía esperar a que fuera la hora del partido para poder verlo por dentro.
Había una pequeña caseta de madera que hacía las veces de entrada al campamento, y el guía les hizo pasar a todos. Dentro, una mujer recogió su traslador y les entregó mapas, explicando la numeración de los terrenos para plantar sus tiendas. A continuación les deseó una feliz estancia, y todos entraron por fin en el campamento en sí.
Como el guía les había dicho, aún estaba bastante vacío, y eso unido a que aún era pronto por la mañana convertía el lugar en un gran páramo silencioso. Sin embargo, parecía que poco a poco empezaba a despertar. A medida que Bruce recorría el campamento buscando su sitio, fue viendo gente soñolienta que se dirigía hacia las zonas comunes, olores a comida empezaban a salir de las tiendas, en las duchas comunes corría el agua y los puestos de venta comenzaban a abrir. Tardó un largo rato en encontrar su lugar (la organización del campamento no era tan fácil de comprender como había esperado) y todavía más en montar la tienda, a pesar de los trucos que había aprendido la última vez. Sin embargo, al final lo consiguió, y para celebrarlo dejó sus cosas dentro y se fue en busca de la zona común más cercana para comer algo. Estaba hambriento.
El partido inaugural del Trofeo América congregó a más gente de la que Bruce se había imaginado. Sabía que el estadio tenía capacidad para sesenta mil personas, y según su cálculo aproximado en esos momentos debía haber cerca de cincuenta mil. Los peruanos, como huéspedes del torneo y participantes en ese primer partido, eran obviamente mayoría, con los colores de su bandera ocupando gran parte de las gradas. Sin embargo el país rival, Venezuela, también estaba mostrando una presencia importante en el estadio; puede que no fueran tantos como los peruanos, pero sin duda eran ruidosos. Muchos de los aficionados venezolanos habían entrado en el estadio con una especie de trompetas multicolores, y a lo largo del partido las habían hecho sonar con una frecuencia que a Bruce le había parecido exasperante. Además, las trompetas emitían un sonido muy parecido a los gritos de las mascotas de Venezuela, una bandada de media docena de diricawls; eso no habría sido un problema de no ser porque cada vez que las trompetas sonaban demasiado fuerte, varios de los diricawls se asustaban y desaparecían y se aparecían espontáneamente. La mayoría del rato los diricawls reaparecían en algún lado del césped del estadio, pero otras veces acababan entre el público o en brazos de algún jugador, lo que hacía que se tuviera que detener el partido. Una vez incluso uno de los diricawls había aparecido sobre el lomo de uno de los tres caballos alados que eran las mascotas de Perú, justo mientras este estaba realizando una maniobra en el aire: el diricawl se había asustado, el caballo alado también, el resto de criaturas mágicas también y el partido se había tenido que detener quince minutos para arreglar todo aquel desastre.
La verdad, Bruce no entendía el propósito de las mascotas en los torneos. Daban más problemas que alegrías.
Sin embargo, quitando las continuas interrupciones el partido estaba siendo increíble; era lo que tenía juntar a los mejores jugadores de cada país. No había cámaras ni retransmisión del partido, como habría habido en Estados Unidos, así que Bruce había tenido que volver a lo básico. Se había comprado un buen par de omniculares en los que repasaba las jugadas más interesantes del partido cuando el juego se detenía, pero el resto del tiempo seguía atentamente los movimientos que pasaban en directo. La mayoría de las cosas que veía no eran nuevas, aunque el talento de los jugadores era innegable y el nivel de juego altísimo. A pesar de eso, de vez en cuando veía pequeños detalles nuevos, un amago que no había practicado nunca, un efecto de la quaffle que no se había esperado, una combinación de jugadores novedosa... Y entonces, escribía una nota rápida al respecto en las hojas que se había traído; sería suficiente para recordarlo al día siguiente, y desarrollarlo mejor cuando tuviera más tiempo. Porque para eso estaba allí. Quería ver buenos partidos de quidditch, claro, pero también quería aprender todo lo posible antes de marcharse. Y sin duda, había mucho que aprender de los mejores de América.
Aunque el partido había empezado muy igualado, Perú había empezado a desmarcarse a partir de la segunda hora. En algunos momentos del juego volvieron a igualarse un poco (Venezuela tuvo una increíble racha de cuatro goles en doce minutos poco después de las tres horas y media), pero Perú fue más consistente durante las cinco horas que duró el partido. Le sacaba noventa puntos de ventaja a Venezuela cuando, en un movimiento rapidísimo y totalmente inesperado, el buscador de Perú atrapó la snitch y le dio la victoria a su país. Los aplausos, gritos y ovaciones del público fueron tan estruendosos que los seis diricawls de Venezuela se desaparecieron a la vez y reaparecieron en distintos extremos de las gradas, causando confusión y que los encargados de seguridad tuvieran que correr de un lado a otro para recogerlos a todos. Uno de ellos apareció a solo un par de metros de Bruce, en los brazos de una mujer peruana, que empezó a chillar ante la sorpresa.
Sinceramente, Bruce necesitaba en serio que alguien le explicara por qué las mascotas en los partidos de quidditch eran necesarias.
El siguiente partido, el que enfrentaría a Estados Unidos contra Brasil, no iba a tener lugar hasta dentro de cuatro días, por lo que Bruce tuvo todo ese tiempo para explorar el campamento. Sabía que Jason estaba viviendo no muy lejos de él, en el área reservada solo para los equipos, junto a Robert, Fiona y Gina, pero obviamente estaban recluidos y concentrados en el inminente partido, de modo que Bruce estaba solo.
Estaba solo, pero no estaba nada mal. Podía hacer lo que le diera la gana a todas horas, pero el ambiente en el campamento era agradable y tranquilo. El guía había tenido razón, y por la tarde del día siguiente muchas de las tiendas que habían aparecido la noche del partido inaugural ya habían vuelto a desaparecer. El campamento había quedado entonces a un cincuenta por ciento de su capacidad total, según las estimaciones de Bruce, y le parecía normal. Al fin y al cabo, estaban en junio, y la mayoría de la gente no tenía vacaciones a esas alturas del año como para pasarse un mes en un campamento en medio del bosque de Perú para ver partidos de quidditch. Por lo tanto, la gente que estaba allí se podía dividir a grandes rasgos en cuatro grupos. Por un lado estaban los grandes fanáticos del quidditch, aquellos que sí que habían dejado los trabajos por un mes para pasarlo allí; eran la mayoría de gente, y a Bruce le sorprendió que algunos de ellos no eran ni siquiera americanos, sino que también conoció algunos europeos y africanos, que simplemente habían ido a parar ahí atraídos por el quidditch de alto nivel. Por otro lado había familias con niños pequeños, demasiado jóvenes como para ir a Salem, Castelobruxo o alguna de las escuelas de magia menores que existían por el continente; incluso descubrió que en un extremo del campamento había una escuela de entrenamiento de quidditch, donde los niños aprendían a volar y jugar. También había un nutrido grupo de jugadores de quidditch que, como él, habían acabado la temporada pero no habían sido elegidos para jugar con sus países (o sus países no habían llegado hasta la fase final del Trofeo América), y que habían decidido que pasar sus vacaciones en el campamento sería una buena idea; Bruce reconoció a varios estadounidenses, pero había muchísimos más del resto del continente. Además había una buena cantidad de reporteros y demás gente de la prensa mágica mundial; de aquellos Bruce reconoció a un buen puñado gracias al TIAQ, y tuvo que aprender a escabullirse cuando veía acercarse a algunos especialmente insistentes, ya que los había desesperados por obtener noticias interesantes entre partido y partido. Y por último, había gente que no encajaba en ninguno de los grupos: vendedores ambulantes, ancianos retirados sin nada mejor que hacer, viajeros, curiosos…
Bruce no tardó en fabricarse un amuleto de traducción, porque el idioma de comunicación básico resultó ser el español, y dedicó los días a investigar el lugar, conocer gente y trabajar en su cuaderno. Había tenido la suerte de que Jeannette hubiera conseguido acabar los últimos dibujos antes de que acabara la temporada, por lo que aunque ahora sus apuntes eran bastante caóticos y desordenados, al menos las gráficas y explicaciones eran perfectamente entendibles, y eso ya era un gran paso adelante. No sabía cómo se las iba a arreglar en el futuro con las páginas que añadiera, o con las pocas cosas que ya había empezado a redactar en los últimos días, pero ya se encargaría de eso más adelante. De momento, le entusiasmaba saber que el proyecto que tenía entre manos iba tomando forma.
Estados Unidos perdió contra Brasil en el partido del martes, y lo cierto es que a nadie le sorprendió (exceptuando a los fans estadounidenses más acérrimos, por supuesto). Brasil tenía a tres jugadores de su equipo titular jugando en Europa, en algunos de los mejores equipos de Francia, Alemania y Polonia, mientras que el resto eran estrellas en América. Por su parte, Estados Unidos podía tener un buen equipo, pero todos jugaban en su Liga nacional. Bruce lo sintió mucho por sus compañeros: Jason, Robert y Gina jugaron el partido y lo hicieron bien, pero era dolorosamente obvio que sus rivales eran mejores. Estados Unidos tenía nivel para que alguno de sus equipos lo hiciera bien en el TIAQ de vez en cuando, si se daban las condiciones ideales, pero todavía no estaban preparados para ganar algo como país. Que hubieran llegado hasta la fase final del Trofeo América, hasta los ocho mejores países de la actualidad, ya había sido un gran logro.
Sorprendentemente, cuando vio a Jason al día siguiente (la forma de comunicación dentro del campamento eran pájaros de papel encantados, y había recibido uno por la mañana con una autorización para acceder al área restringida) su amigo no estaba alicaído, como se habría imaginado tras la derrota, sino que estaba calmado y hasta un poco alegre.
—Ya, supongo que debería sentirme peor—reconoció Jason cuando Bruce le hizo notar su observación—, pero… No sé. Sinceramente, casi nadie se esperaba que llegáramos hasta aquí, no cuando Estados Unidos llevaba tantos años sin participar. Pero llegamos, y eso ya es motivo para celebrar. Y yo personalmente… Creía que no iba a jugar, sobre todo después de que eligieran a Myers en el equipo ideal de la Liga. Así que el hecho de haber podido jugar, de verdad, en el Trofeo América, ya es bastante alucinante. Por no hablar de la cara que se le quedó a Myers al enterarse. La verdad, no es el tío más simpático del mundo, y se lo tenía un poco creído.
—Ya, ni siquiera me felicitó por conseguir el premio a Mejor Jugador. Y eso que le marqué a él alguno de mis mejores goles—bromeó Bruce.
—Menudo monstruo—se burló Jason.
La tienda en la que estaba hospedado Jason y el resto del equipo de Estados Unidos era la más lujosa que Bruce había visto nunca. El espacio central era una enorme habitación circular que hacía las veces de comedor, sala de estar y de reuniones, y al fondo se abría una bien equipada cocina y una estancia separada con unos baños tan increíbles que parecían de una casa real. A los lados de la sala principal había habitaciones, una habitación privada para cada persona, y unas escaleras de caracol conducían a la planta superior, donde estaban el resto de habitaciones. La de Jason estaba en el piso de arriba, y a Bruce le produjo mucha curiosidad caminar por ese suelo: a simple vista era tela, tan ligera y suave como la de las paredes, pero allí donde pisaba era dura y resistente como piedra. Los primeros pasos que dio le hicieron sentirse como si el suelo fuera a ceder bajo sus pies y fuera a caer al piso de abajo, pero todo fue bien; y Jason se rio cuando le vio tan desconcertado y mirando fijamente la superficie de tela.
—Ni siquiera me has dado tiempo para echarte de menos, y ya estás aquí siendo tan tú otra vez.
Hablaron un rato y se pusieron al día de las últimas novedades, pero aunque Estados Unidos ya hubiera quedado eliminado del torneo, eso no significaba que Jason estuviera libre. Los jugadores habían podido decidir si se marchaban a casa después de la derrota o si seguían en el campamento: los que decidieran quedarse iban a seguir sometiéndose a entrenamientos regularmente y charlas técnicas, para que pudieran integrarse mejor como grupo en los próximos partidos que jugaran con la Selección. Robert y Fiona se habían marchado a primera hora de la mañana, así como aproximadamente la mitad del equipo, para disfrutar de unas buenas vacaciones privadas. Pero Jason había decidido quedarse, al igual que Gina, por lo que gran parte de sus días estaban ocupados con "actividades de equipo", como las había llamado su entrenador.
La verdad fue que le sorprendió que Jason no aprovechara ese tiempo para ir a visitar a su familia, o a Lily, o a algunos amigos, y que prefiriera pasarlo ahí encerrado. Pero supo algunos detalles más, lo entendió. Quedarse esas semanas más prácticamente le garantizaba ser convocado con la Selección durante los siguientes años, y el tiempo sacrificado le valía la pena. Además, podría escaparse en un par de fines de semana para ir a ver a sus padres, y se quedaría en Londres dos semanas después de la boda de Tracey y Theodore. Y por lo visto Jason también sabía que Lily había conseguido unos días de vacaciones durante la segunda mitad de julio, por lo que ambos pasarían ese tiempo en la granja de los Lane.
Jason tenía toda su vida mejor organizada de lo que parecía, y Bruce se alegraba por él.
Ahora, solo tenía que encargarse de la suya.
¡Hola de nuevo!
Sí, lo sé, he tardado un montón en publicar y me siento como una persona horrible, y es que ¡llevo dos meses trabajando a tope y sin siquiera tocar un ordenador! La vida a bordo es genial, pero también significa no tener nunca tiempo para estar a solas. Y también llevo meses sin dormir una noche del tirón, pero aquí no interesa mi vida, ¿verdad? ¡Así que vamos a la de Bruce!
Empezamos el capítulo con un flashback a los años felices en Hogwarts, cuando todo era maravilloso y Bruce y Eve soñaban con viajar a Australia algún día. Cómo han cambiado las cosas, ¿eh? Y después nos despedimos de todo el mundo en Nueva York, donde todos tienen algunas últimas palabras que decir. Va a ser una lástima despedirse de tantos personajes, pero no van a desaparecer, aunque claro, dejarán de aparecer con tanta frecuencia. Y después de decir adiós a Nueva York, ¡viajamos a Perú para ver más quidditch! Donde Bruce está empezando a disfrutar de sus vacaciones e integrándose en la vida en el campamento (Nota aparte: los diricawls son, según Animales fantásticos, iguales a los pájaros dodo, solo que con la habilidad de aparecerse espontáneamente ante el peligro).
Como siempre, millones de gracias a los que seguís leyendo y tenéis la paciencia de esperar tanto tiempo entre capítulos. Y por supuesto, muchísimas gracias a los que también os tomáis un rato extra para dejar un review. No tengo tiempo para responderos ahora mismo, pero ¡sois lo mejor de lo mejor!
Ahora sí, me despido, esperemos que hasta dentro de poco.
¡Hasta la próxima!
