Capítulo 53: Dignos.

Deltha apretó aún más las rodillas contra su pecho. Frente a ella, sobre la caja de Pandora abierta, Apus brillaba inmaculada. La calma que infundía el ropaje de plata, no parecía ser suficiente para aplacar su nerviosismo… y es que desde que había recibido la orden de alistarse de parte de Camus, se le había olvidado prácticamente como respirar.

Como equipo, el suyo quizá no era el más prodigioso, pero trabajaban bien bajo las órdenes del de Acuario. Sabía manejarles del modo apropiado para que las habilidades de cada uno brillaran cuando era necesario. Había logrado infundirles un poco de la confianza que a todos ellos les faltaba… y en la misión anterior lo habían hecho realmente bien. Aún así, Deltha se sentía terriblemente insegura.

Las pocas misiones que había atendido fuera del Santuario, ya fuera antes de Ares o después, habían ido bien. Siempre se había sentido ansiosa, e imaginaba que era una sensación normal después de todo. Sin embargo, hoy era distinto.

Tenía un nudo en la garganta que a duras penas le dejaba respirar, y el nerviosismo al que estaba acostumbrada, se sentía más como miedo que como ansias. Odiaba sentirse así. Era una amazona después de todo… Apus la había considerado digna hacía muchos años, y parecía que seguía haciéndolo, pues no la había abandonado. No quería defraudarla a ella, tampoco a sí misma… pero sobre todo, no quería defraudar a su Ilustrísima.

¿A cuál de ellos? Se sopló el flequillo. A Saga. Tan solo a Saga, se recordó. Después de todo, había pocas posibilidades de decepcionar más aún a Aioros. Pero Saga confiaba en ella, y si habían tomado la decisión de que el equipo de Camus debía atender aquella misión, era porque creían que lo harían bien. Todos. Saga no sacrificaría a nadie.

Si algo sabía, era que cuando los Santos Dorados enfrentaban misiones especialmente arriesgadas que nadie más podía manejar, no iban acompañados de sus subordinados. Iban solos. No necesitaban estorbos en esos casos. Así que confiaba en que, al menos, las cosas no fueran tan oscuras como se sentían.

—Vas a hacerlo bien. —Tal fue su respingo sobre la cama, que Saga, desde la puerta, alzó la manos en señal de inocencia. —Perdón, no quise asustarte…

—No es tu culpa, es que estaba… concentrada. —Saga asintió con una minúscula sonrisa en sus labios, aunque ella dudaba seriamente que se hubiera creído su excusa.

El peliazul se adentró en su antigua habitación, que ahora pertenecía a la amazona, y se sentó junto a ella. El mono de peluche a su lado. Atrapó la mano de la pelipúrpura y la estrechó suavemente, logrando que la amazona voltease hacia él. Cuando lo hizo, Deltha se se sintió minúscula ante el peso de aquella mirada esmeralda. Suspiró, y agachó el rostro.

—¿Es por la misión? —El peliazul entendía la teoría… entendía que tuviera miedo.

Aunque a él le resultaban ya demasiado lejanos los día en que se sintió así. Sabía que ella era de una pasta diferente a la suya —¡y le agradeció a los dioses por ello!—, pero había demostrado que era una buena guerrera cuando era necesario. Deltha solamente tenía que recordar quién era.

De pronto, la amazona negó suavemente con el rostro.

—¿Te has preguntado alguna vez por qué construyeron Meteora en… Meteora? —Saga alzó una ceja, confuso. —Es decir, es un sitio inhóspito e incómodo. ¡Algo escondían! ¡O de alguien se escondían! Nada bueno puede albergar un lugar así.

—Es una buena teoría.

—¿Verdad? —Sonrió, pero el silencio siguió a sus palabras por unos segundos.

—¿Qué te pasa? —El gemelo ladeó el rostro y preguntó con dulzura.

—Nada. —Se apresuró a negar ella, pero sus ojos se humedecieron, traicionándola. La mano del peliazul se enredó en su pelo, y Deltha se inclinó para alargar la caricia. Saga la atrajo hacia sí, hasta que la cabeza de ella reposó en su hombro.

—Le confiaría mi vida a Shura y Camus. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé.

—¿Entonces?

—No quiero ser una carga… ni un estorbo.

—Eres una amazona de plata. No eres ni una cosa, ni otra.

—Pero… —Buscó sus ojos. —¿Cómo es que cada vez que afrontais una misión… ni siquiera pestañeais?

—Eso no es del todo cierto. —Deltha bufó, mostrando su desacuerdo. —Mira el templo, míralo bien.

Desde la posición segura donde estaba, Deltha paseó sus ojos por el salón. O al menos por la parte del salón que se veía desde su puerta abierta. Era una estancia enorme, elegante y espartana. Lo único que destacaba por las demás cosas, era el decrépito sofá. Era lo único que transmitía un mínimo de… calor. Lo único en todo el salón que parecía salido de un hogar de verdad. Frunció levemente el ceño. Ahora que pensaba en ello, y ahora que podía decir que conocía el templo… todo él era así. Frío, impersonal. No había fotografías, no había desorden… Entonces se dio cuenta. Saga era el dueño de Géminis, pero de alguna forma, el templo podía pertenecer a cualquiera.

Deltha se mordió los labios, y lo abrazó con fuerza. Era el templo de alguien que cuando salía, no esperaba volver… Alguien que solamente estaba de paso. Si él faltaba, no habría casi efectos personales que recoger, no había… vida.

—Tengo un mal presentimiento, Saga. —Y se sentía horrible por decírselo. No necesitaba más preocupaciones. —No sé por qué, ni sé por qué te lo estoy diciendo cuando tienes todo el Santuario sobre tus hombros, pero…

—Tranquila, ¿vale? Al volver te sentirás un poquito más fuerte. —Le guiñó el ojo con travesura, y se recostó en la cama que ahora le resultaba minúscula. —Vamos, descansa un poco Apus. —Tiró de ella, hasta que se acostó a su lado. —Toma. —Puso a Mico entre sus manos y sonrió. —Te quedan un par de horas aún antes de irte.

Deltha devolvió la sonrisa, y espachurró al monito contra su pecho. Sus ojos volaron fugazmente hacia la muñeca del peliazul, donde el curioso lacito azul que el mono trajo en su colita el día que se lo regaló seguía firmemente anudado.

—No funciona si no cierras los ojos.

—¿El qué?

—Dormir. Descansar. —Deltha rodó los ojos y picó las costillas del santo con sus dedos. Lo escuchó reír, y por un momento, se sintió infinitamente mejor. —Vamos, su Ilustrísima te hará compañía mientras duermes.

La amazona sonrió y tomó la mano del santo entre la suya. Saga había cerrado los ojos, adoptando una expresión de paz asombrosa. Pronto, su cosmos comenzó a arder. Se elevó poco a poco, pero de modo constante, hasta que la potencia fue tal, que una cálida luz dorada les envolvió a ambos en la habitación.

Deltha sintió el firme cosquilleo de su cosmoenergía al tocar la suya, y el agradable calor en que se sumió su cuerpo. "El escudo", pensó, "por eso está aquí a esta hora". Se veía tan concentrado, y a la vez tan tranquilo… como si aquel despliegue asombroso de poderío, no fuera nada.

La amazona estrechó la mano de Saga un poco más, acercandola a sus labios, y besando sus dedos con cuidado… consciente de que, a pesar de todo, el gemelo necesitaba concentrarse para llevar a cabo esa tarea. Y ahí estaba, encontrando la paz necesaria a su lado.

—Gracias.

Lograría que Géminis se sintiera como un hogar de verdad, se dijo. Él lo merecía… y para ella era más hogar ya de lo que lo había sido la cabaña en los últimos meses. Después cerró los ojos, sintiendo una inmensa paz… consciente de que el peliazul continuaba a su lado en silencio.

-X-

Había pasado un largo tiempo desde que la lluvia y el mal clima habían permitido un atardecer como aquel. Existía magia en las tardes como esa, en las que el cielo se volvía una mezcla de pinceladas de tonos azules y naranjas, que contrastaban con el gris de los nubarrones en el horizonte. Las Doce Casas, en especial, se tornaban en una visión digna de un sueño. La luz las bañaba de una forma especial, convirtiendo el mármol en oro.

A pesar del temor que se sentía en el ambiente, desde que Athena había levantado el escudo protector, impregnado con su cosmos y con el de los Doce, algo había cambiado. Todavía había incertidumbre, sí. Pero también había esperanza, y eso ocasionaba que a los ojos de cualquiera, el mundo pintara como un sitio mejor.

Para Naia en particular, esa tarde le traía cierta paz que no había sentido en mucho tiempo. Las semanas anteriores, tan revueltas y agotadoras, parecían estar llegando a su fin y, aunque triste, la resignación siempre era bienvenida. Pronto, con un poco de suerte, sería capaz de aceptar las pérdidas y de seguir adelante… Del mejor modo en que pudiera, a pesar de no tener idea cómo hacer tal cosa.

—¿En qué piensas?

Volteó y encontró que, detrás de ella, la máscara de Tatiana la miraba fijamente. Su presencia la tomó por sorpresa, puesto que durante los meses que había pasado en el Santuario, las conversaciones entre ambas habían sido prácticamente inexistentes.

—Oh… Hola. Pensaba en lo bonita que se ve la Colina Zodiacal bajo la luz del atardecer.

—Es verdad. No había reparado en ello. —Tatiana ladeó la cabeza con curiosidad. Era cierto que esos detalles usualmente se pasaban por alto en un sitio como el Santuario. —¿Puedo sentarme contigo? —Naia asintió. Había elegido una pequeña colina, cerca de los límites del campamento de las Amazonas, desde la cual se veía el mar, el Coliseo y, al fondo, la Escalinata Zodiacal en todo su esplendor, y por el otro lado, se alcanzaba a ver Cabo Sunión. —Este es un sito agradable.

—A Deltha y a mí nos encantaba venir aquí cuando éramos niñas.

—Os recuerdo.

—¿Sí?

—Erais un par de mocositas ensimismadas en vuestro mundo. No lo tomes a mal, pero aún me sorprende que hayáis llegado a convertiros en Amazonas. Especialmente Apus. —Rió y ante los recuerdos, Naia dibujó un sonrisa también. —Fueron buenos tiempos que, quizás con un poco de suerte, ahora que Athena, el Maestro y los Doce están de vuelta, puedan regresar.

—¿Te parece?

—¿A ti no?

—No estoy muy optimista últimamente.

—Ya veo. —La miró de reojo. ¡Vaya que sabía algo de eso! Pasaba buena parte de su día entrenando directamente con Aioros, y otra parte con Shura, quién como amigo cercano de él y de Saga, estaba informado de su situación por completo. —¿Sabes? Puede que sea solo mi idea, sin embargo, siento que algunas cosas comenzarán a mejorar para vosotros. —Centró su mirada en el Templo Papal, a los pies de la enorme estatua de Athena.

—Tal vez realmente sea solo tu idea…

Detrás de la máscara, la Amazona de Lince levantó las cejas con curiosidad y, tras unos segundos de silencio, rompió en carcajadas.

—¡Por los dioses, Caelum! En verdad estás nada optimista en estos días…

—Te lo advertí. —Sin embargo, ella misma no pudo evitar sonreír ante la observación de la rubia.

—¿Aceptarías el consejo de una Amazona treinteañera? A mi edad, en el Santuario, tengo un rango de sabiduría comparable con el viejo Maestro de Rozán. —Golpeó los labios de metal de máscara con el índice, en una actitud tan pensativa como pícara.

—Oh, por Athena… Tengo veintisiete. Eso me convierte en… ¿Qué? ¿En el equivalente a Arles?

—Somos un par de abuelitas en este lugar lleno de adolescentes. Admitámoslo y resignémonos a ello. —Internamente, Naiara sonrió.

—¿Cuál era el consejo?

—Tómate tu tiempo para sanar, pero no dejes pasar la vida en ello. Sé que los implicados eran cercanos y queridos para ti, pero existe más en el mundo que Saga, o que Apus. Aunque no lo parezca ahora mismo. —Suspiró. —Además, a veces la distancia es buena. Nos hace reflexionar y recordar cuánto queremos y extrañamos a una persona; y al revés, hace que las personas nos valoren más. En ocasiones damos a las personas por sentado, aún cuando no deberíamos.

—¿Qué propones que haga ahora que estoy sola?

—¿Sola? Sola no estás. Tienes a tu hermano y tienes a Aioros. Ambos darían su vida por ti en un pestañeo. Y, si a pesar de ellos te sientes sola, tienes dos opciones bastante útiles que no son excluyentes: aprender a amar tu soledad e independencia, y abrir los ojos al montón de personas alrededor de ti, que pueden llenar ese vacío que sientes.

—No es fácil.

—Las cosas buenas nunca son fáciles. Pero… Valen la pena. Por lo pronto, cuenta conmigo para lo que necesites. Sé lo duro que puede ser este sitio cuando sientes que no tienes a nadie.

Naia la miró en silencio. Ella y Tatiana jamás habían sido cercanas. El mayor recuerdo que tenía de ella era de aquella noche, quince años atrás, cuando secuestró a un Saga adolescente, rompiéndole el corazón en el acto. Del resto de ella sabía muy poco, a excepción de las historias que Aioros le había contado.

Tal vez, todos esos años había estado equivocada, sintiendo cierta aversión hacia ella. Quizás ambas habían crecido y en vez de rivales, ahora podían ser aliadas. Incluso amigas.

—Gracias...—musitó—. Yo no… No esperaba esto de ti.

—¡Oye! Los adultos tenemos que hacer un frente unido contra el montón de mocosos que habitan en este lugar—rió la rusa. De pronto, Naia se encontró compartiendo su risa.

—¡Eso es verdad!

—¡Por supuesto! —Sin embargo, en un instante, la risa cantarina de Tatiana se esfumó. —Además, creo que tú y yo entendemos muy bien que el futuro es incierto. Especialmente para ellos… —Levantó la mirada, hacia las Doce Casas. —Somos afortunadas, ¿sabes? Porque ellos nos han dado entrada en sus vidas y nos han obsequiado su aprecio. Por esa razón, debemos estar bien, debemos ser fuertes. Llegará el momento en que tengamos que ser su fuerza y su sostén. Así que debemos estar preparadas. ¡Solo míralos! Tan perdidos y desvalidos a pesar de su gran poder. Pero tan valientes. —Naiara bajó la mirada. Cada palabra de Tatiana apretó un poco más el nudo en su garganta y trajo lágrimas a sus ojos, que humedecieron su mirada. —No le resto mérito a ninguno, pero Saga y Aioros me parecen especialmente admirables. Uno tan hundido en la mierda luchando por salir, y el otro, tan arriba en el cielo, luchando por no caer y arrastrar consigo a otros. Los dos con el peso de esos años que les fueron robados sobre los hombros…. Pero ahí los tienes. Sus Ilustrísimas. Se requiere valor para enfrentar el peor miedo de cada uno de ellos: el maldito trono.

—Eso son ellos, Tatiana—susurró la amazona de Caelum—. Son valor. Son esperanza. Y lo son, para que el resto de nosotros nos mantengamos a flote.

—Entonces, no seamos una carga más. Ellos se están levantando, levántate tú también.

Sus palabras hicieron eco en los oídos de la morena, a pesar de que en ningún momento hubo reacción de su parte. Se limitó a permanecer en silencio, meditabunda y conmovida… Taciturna.

Reaccionó solamente cuando sintió a Tatiana moverse de su lado. Tras la máscara, sus ojos violetas buscaron a la amazona de Lince. La rusa se había puesto en pie, pero mantenía la mirada fija en los Doce Templos. No había dado un paso más, ni un paso menos, y todo indicaba que no tenía intenciones de hacerlo. Naia se preguntó en qué pensaba, o si pensaba en lo mismo que ella.

—Con todo lo complicado que son estos tiempos, al menos hay algo bueno que ha salido de todo—dijo Tatiana.

—¿Sí? ¿Qué es?

—Ahora creo que caerán en cuenta de que tienen mucho más apoyo de lo que pensaban. Que hay mucha más gente que cree en ellos. Y no hablo solo de ti o de mí. Hay todo un ejército completo detrás de ellos, que ahora empieza a verlos como lo hacemos nosotras. —Miró de soslayo a su compañera. —Eso siempre es grande, ¿no lo crees?

—Vaya que sí…

—Grandes cosas se acercan para todos, Naia. Estemos a la altura. —Y, tras palmearle el hombro, la rubia giró y retomó el camino de regreso al campamento, dejando a Naiara con sus pensamientos. —Cuando necesites de alguien, sabes dónde encontrarme.

La Amazona de Caelum asintió mientras la veía marcharse. Descubrió una faceta de Tatiana que desconocía hasta ese momento. Había sido una conversación inesperada, pero que daría vueltas en su cabeza por varios días.

Porque tenía razón. Tatiana tenía razón en todo.

Absolutamente en todo.

-X-

Para Dohko, todo, absolutamente todo, había desaparecido de su mente, siendo el único objetivo encontrar a Shion cuanto antes… y encontrarlo vivo. Era un milagro, lo sabía, puesto que el desprendimiento que había arrollado al lemuriano, solo había sido el inicio de una sucesión de derrumbes de nieve y roca procedentes de la cumbre.

La ventisca, sumada a la nieve, piedra y polvo en suspensión, hacía extremadamente difícil mantener el equilibrio, y prácticamente imposible el descenso. Avanzando mucho más lento de lo que hubiera querido en cualquier circunstancia, trató por todos los medios de mantener la dirección. En medio de aquel caos era difícil orientarse… y teniendo que aprovechar los salientes de roca viva para afianzar sus pies y manos, solo le quedaba rezar y confiar porque no se desviase demasiado del punto donde pensaba podía estar Shion.

—¡Shion!—gritó a pleno pulmón, aunque de modo inmediato, sus ojos verdes volaron a lo más alto cuando la montaña le devolvió el eco de su voz. No deseaba de ningún modo provocar otro derrumbe por minúsculo que fuera.

Tenía las manos destrozadas. Hacía horas que los guantes se habían convertido en un despojo mojado de cuero ensangrentado, pero sabía que tampoco era buena idea deshacerse de ellos. Un fino reguero de sangre goteaba lentamente desde su cuero cabelludo, procedente de un corte del que no había reparado, esquivando su ojo izquierdo solo por milímetros. El resto de su cuerpo… estaba relativamente bien. Bueno, salvo el desastre que habían organizado los malditos pájaros después de que se viera obligado a dejar a Libra por la ausencia de cosmos.

¡Por los dioses! ¡Cuánto la extrañaba!

Saltó con todo el cuidado que le fue posible a una pequeña terraza que sobresalía un par de metros más abajo y parecía segura. Según sus cálculos, Shion no podía estar mucho más lejos.

—¡Shion!—gritó de nuevo. No hubo respuesta.

Cerró los ojos con fuerza, y apoyó las manos en sus rodillas, tratando de pensar con claridad y recuperar el aliento. ¡Estaba moviéndose a ciegas, y si no lograba escuchar al peliverde, no tendría modo de encontrarlo!

—¡Yáng! —La palabra abandonó sus labios sin que fuera siquiera consciente. —¡Yáng!

No sabía cuánto tiempo había pasado desde la última vez que lo llamó así. Cuando ambos eran niños, procediendo de lugares tan dispares del Santuario y Grecia como eran China o Jamir, les resultaba fascinante intercambiar palabras de sus lenguas maternas. Y a él le había resultado tan graciosa la expresión de Shion cuando lo llamó Oveja por primera vez, que se había quedado con aquel viejo apodo cariñoso. Yáng.

Respiró hondo una vez más, resignándose a continuar con su búsqueda en silencio.

-X-

Desde que se había enterado de que su destino iba mucho más allá de convertirse en la multimillonaria heredera de Mitsumasa Kido, Saori había luchado cada día por aceptar su identidad de diosa de la sabiduría y se había esforzado por hacer honor a su rango. El regreso al Santuario le había representado un gran reto. De cierta forma, sentía que había abandonado su vida anterior para adentrarse en un mundo al que apenas conocía. Sus propias decisiones la habían asustado. Sin embargo, con Shion y Arles a su lado, sus esfuerzos iban guiados por los mejores maestros que cualquiera en su situación pudiera desear.

Era de la mano de ellos que estaba aprendiendo a amar su esencia divina. Empezaba a comprender lo mucho que su poder y su cosmos podían brindar a la humanidad, especialmente a aquellos a quienes quería. Era por ellos que ahora se esforzaba más que nunca por conocerse a sí misma, por maximizar sus talentos, pero por sobre todo, por encontrar el modo de utilizarlos para mantener a salvo a las personas especiales en su vida.

La plaga había llegado a ella como una prueba más. Con Shion lejos, buscando en Jandara por el modo de salvar a cuantos fuera posible, la responsabilidad de mantenerlos con vida hasta su regreso, era de ella.

Saga y Aioros hacían su parte gobernando durante la ausencia del lemuriano. El resto de sus chicos prestaban sus cosmos a la causa. Pero a final de cuentas, las vidas de quienes habían caído víctimas de la enfermedad, dependía de ella y de su capacidad para imponer su cosmoenergía sobre el ataque enemigo, evitándole avanzar al punto de no retorno.

Diezmada como estaba, sabía que debía concentrarse al máximo. Había cedido parte de su divinidad para traer de regreso a sus Santos después de la gran guerra contra Hades. Ahora, todo lo que tenía era su fuerza interior. Su voluntad y su resistencia serían puestas a prueba. Sin embargo, Saori no iba a permitirse fallar. No claudicaría. No fracasaría. Simplemente no podía pensar en la derrota.

Junto con Arles y los dos Patriarcas sustitutos, habían acordado que la Fuente de Athena era el mejor lugar para ubicarla durante aquel largo y duro proceso. Por encima de todo, su seguridad era prioridad, y todos sabían que estando en la Fuente, contaría con el beneficio de los cuidados de Eudora a la más mínima señal de necesitarlos. Además, el antiguo sanatorio se caracterizaba por ser un lugar de paz, propicio para la meditación y concentración, que Saori tanto necesitaría durante su ardua tarea.

Fue así que había terminado en la Fuente, en la habitación destinada exclusivamente para ella, dentro del mismo pabellón de los Doce. Su encierro era estricto. No había nada ni nadie ahí adentro con ella que pudiera distraerla de su titánica labor. Estaba sola… Aunque en realidad, no era así cómo se sentía.

El escudo llevaba horas en pie. Ella había podido sentir el ir y venir de los cosmos de sus Santos Dorados, apoyando al suyo según lo acordado. Le gustaba sentir sus energías entrelazadas con la suya. Era un lazo especial e íntimo, que reforzaban el cariño que tenía por cada uno de ellos. A pesar de la distancia, los sentía a su lado. Ellos la acompañaban y la sostenían. No la dejarían caer.

Un sutil golpe a la puerta anunció visitas. Sus ojos grises buscaron rápidamente la entrada a la habitación esperando encontrar la mirada del recién llegado. Cuando reparó en el rostro de Arles, le obsequió una de sus brillantes sonrisas, ligeramente opacada por el cansancio.

—Princesa. —Él le respondió con una reverencia. —Vine a ver cómo te encuentras, y aproveché para traerte algo de comer. Debes estar hambrienta.

—Un poco, gracias. —Observó en silencio mientras el Santo de Altaír acomodaba la bandeja de plata sobre una mesilla cercana a la ventana y, cuando estuvo listo, decidió acercarse. El aroma de los panecillos de crema y el chocolate caliente le hizo reparar en el vacío de su estómago. —Esto se ve muy rico. Gracias, Arles.

—No hay nada que agradecer. Ahora, come. Necesitas recobrar fuerzas. —Ella asintió.

—Sé que estáis ocupados ahí afuera, pero… ¿Podrías hacerme compañía por un ratito?

—Será un honor, princesa. —Y sin que hubiese necesidad de que se lo repitieran, Arles tomó asiento al otro lado de la mesilla. —Te traje bollos de crema y chocolate. Sé que son tus favoritos.

—¡Lo son!

—También eran los favoritos de los gemelos y de Aioros cuando eran unos niños. —Rió por lo bajo, recordando todos los aprietos en que aquel trío de diablillos se había metido por robar los panecillos de la cocina en el pasado.

—¿Eso es verdad?

—Lo es. Siempre encontraban el modo de robarse algunos de ellos de la cocina y, de algún modo, siempre terminaban metidos en algún lío por hacerlo.

—Puedo imaginármelos. —Saori soltó una risilla traviesa. Le hubiera encantado conocer a esos tres cuando pequeños. Le hubiera gustado verlos sonreír más seguido. —A propósito, ¿cómo les va con todo? A Saga y Aioros, me refiero.

—Oh. Pues, debo decir, con alivio y orgullo, que contra todo pronóstico, ese par está haciendo un estupendo trabajo. —La sonrisa de la joven diosa se ensanchó, mientras su rostro se iluminaba con alegría. —No han discutido una sola vez, sino que actúan como lo hacían hace tantísimos años atrás: como un equipo excepcional. Recién han coordinado la salida de un par de equipos hacia Meteora. Parece ser que tenemos una pista importante acerca de nuestro enemigo, y no han perdido el tiempo en tomar acciones.

—No esperaba menos de ellos. Me alegra tanto escucharte.

—A mí también.

—¿Tenemos noticias de Shion? —Ante su pregunta, Arles negó.

—Nada.

—Oh…

—Pero debemos mantenernos positivos. Recuerda princesa: las malas noticias llegan rápido. Así que confiemos en que todo está bien. —Las palabras del Santo de Altaír parecieron aliviarla, y asintió con más determinación.

—Aioros, Saga, Shion, Dohko, tú y todos los demás estáis haciendo vuestra parte. Yo haré la mía, y lo haré del mejor posible.

—No tengo la menor duda de que así será.

Arles le respondió con una sonrisa. Su pequeña diosa había crecido tanto...

Cuando la veía, también sentía un orgullo desmesurado hacia ella. Sabía que Saori estaba haciendo todo lo posible por transformarse en el verdadero reflejo de su divinidad. Entendía sus retos, sus obstáculos y limitaciones. Pero también, conocía todos sus puntos fuertes y Arles sabía que la joven poseía lo más importante: corazón.

Tenía un corazón enorme que repartía amor a montones. Era esta profunda emoción la que la movía. Cada acto suyo estaba basado en amor.

-X-

Todos sus años al servicio de la vida, habían enseñado a Eudora que la muerte era una dama caprichosa y traicionera, que disfrutaba de mentir y engañar. Su juego favorito era cultivar esperanza, para después arrancarla de raíz y dejar solo vacío en su lugar. Polinar, uno de los muchos guardias que había caído víctima de la enfermedad, estaba a punto de convertirse en el protagonista de aquel juego cruel.

Unas horas antes, había experimentado una recuperación increíble. Después de haber pasado días agonizando, dividido entre la consciencia y la inconsciencia, de pronto, había sido capaz de despertar, hablar y de incorporarse en su lecho. Incluso había comida un poco de sopa con verduras, la cual su estómago había agradecido. Su rostro había retomado color y sus mejillas se habían coloreado con el sonrojo propio de un hombre fuerte y sano. En sus propias palabras había narrado los malestares de la enfermedad, así como también había expresado su gratitud hacia la vida por permitirle alargar sus días sobre la tierra. Estaba feliz y seguro de que lo peor había pasado.

La misma Athena había acudido a saludarle. Habían conversado durante algunos minutos. Ella le contó sus planes para mantener al Santuario a salvo y él alabó su valentía. Después, se habían despedido.

Entonces, toda la ilusión se esfumó.

Como un castillo de naipes, la salud de Polinar se había derrumbado. Estaba en cama de nuevo, tendido, ardiendo en fiebres y delirante. Sus ojos tenían un color grisáceo y opaco. Las facciones en su rostro se habían angulado, mientras su boca pedía con gritos húmedos por un poco de paz. Eran aquellas las señales de que la muerte rondaba a su alrededor.

—Athena… Athe… Athena… —musitó. A su lado, Eudora y Eurídice luchaban por aplacar los estragos que la fiebre causaba en su cuerpo.

—Tranquilo, Poli, tranquilo. Ella está cerca. Athena está luchando por todos nosotros. —Eudora le secó el sudor. Pero el hombre se revolvió violentamente en su cama, como si intentase levantarse de ella. De inmediato, la vieja curandera lo detuvo. —No, no, Poli. No puedes incorporarte, o te harás daño.

—Athena… Necesito…

—Tranquilo, Poli. No te… —Pero no pudo terminar. Con un manotazo, el soldado se libró del agarre de la anciana, lanzándola al piso.

—¡Eudora! —Varias doncellas acudieron a la ayuda. Algunas de ellas se concentraron en la anciana, mientras que otras lucharon para detener a Polinar, quién a punta de tropezones había encaminado su pasos hacia la salida de la habitación.

—Estoy bien, estoy bien. ¡Atrapádlo antes de que se haga más daño!

Sin embargo, el guardia les llevaba ventaja. A pesar de ser un hombre consumido por la enfermedad, su fuerza superaba a la de ellas. Tomó unos instantes para que las doncellas lograran imponerse a Polinar. A base de fuerza lo llevaron de regreso a su lecho, sin que él dejase de luchar. Lo tumbaron y sus ojos vacíos se clavaron en el domo sobre su cabeza.

Poco sabían que aquella sería la última batalla que el hombre libraría. Su último soplo de vida se consumió con una sola palabra.

—Athena…

-X-

—¡Yáng!

Un quejido apenas audible abandonó sus labios cuando intentó moverse. Llevaba horas sumido en aquel estupor involuntario, perdido entre la conciencia y la inconsciencia.

—¡Shion!

Volvió a escuchar, y como si aquella voz lejana tirase de él de nuevo al mundo de los vivos, una minúscula sonrisa se dibujó en sus labios.

—Dohko… —Casi al momento de pronunciar su nombre, se dio cuenta de que necesitaría gritar más alto para que lo escuchase. Intentó llenar sus pulmones de una bocanada de aire, pero su pecho se quejó con tanta fuerza, que se quedó a medias. Sin duda se había roto un par de costillas. Al menos.

—¡Dohko! —Lo intentó de nuevo con algo más de éxito.

Abrió los ojos, y pestañeó unas cuantas veces. El polvo le hacía difícil ver y el picor le provocó un lagrimeo incesante.

—¡Dohko!—gritó esta vez. Complacido cuando escuchó el eco de su voz, sonrió y esperó. Segundos, minutos… no lo sabía. Se le hacía un poco difícil ubicarse y centrarse, pero afinó el oído tanto como le fue posible.

—¡Shion! ¡Yáng! —La voz del chino era más clara, y aún sin verle, el lemuriano supo de inmediato que había pronunciado su nombre con una sonrisa en los labios. —¡Te he oído! ¡Estoy cerca!

—Ten cuidado…

—¡Sigue hablando! ¡Me será más fácil encontrarte!

Hizo tal y como le dijo. A pesar de que sentía una necesidad atroz de cerrar los ojos y dormirse, se esforzó. Después de todo, todo aquel desastre había sido idea suya. ¡Casi podía imaginarse la expresión de pánico tan inusual en el rostro del Viejo Maestro!

—¿Estás bien?—preguntó.

—Si por bien te refieres a no haberme despeñado montaña abajo y hecho puré por un montón de roca, si. ¡Lo estoy! —La sonrisa dolorida de Shion se ensanchó. Dohko no le perdonaría esta aventura.— ¿Y tú?

Arrugó los lunares. Lo cierto es que la voz del chino le había sacado del aletargamiento en que se encontraba, pero no había reunido fuerzas para hacer cómputo de daños. Ladeó el rostro y estiró la mano que tenía más libre, como pudo se quitó de encima tantos fragmentos de roca como pudo. Su mano derecha fue otro cantar. Reconocía de sobra aquel dolor como para saber que en algún punto, su brazo se había roto. Quiso mover las piernas, y tras un forcejeo que le dejó agotado, llegó a la conclusión de que sin ayuda no podría liberarse.

—¡Más o menos!—respondió al fin.

—Vale, no te muevas. Estoy cerca.

Y no mentía. Aliviado, Dohko había logrado distinguir un mechón de pelo verde entre la pálida roca. Estaba a unos pocos metros de él, y su única preocupación era no pisar en alguna roca que les comprometiera a ambos. Miró fugazmente hacia arriba, con el ceño arrugado. Habían sido unos cuantos metros de caída, y con lo que les había costado subir hasta allá… Gruñó. Y finalmente, tras un par de zancadas más, llegó hasta él y se arrodilló a su lado.

—¡Yáng! Estoy aquí, estoy aquí. —Los ojos rosados de Shion se abrieron de nuevo, y sus labios resecos y azulados, se ensancharon.

—Te he asustado… hace mucho que no me llamabas así.

—¿Asustado? —La mirada desencajada del chino, hablaba por él. Con cuidado, le apartó un mechón de la melena de la cara y le giró el rostro para verle bien. —No se porqué lo dices… —Se revolvió el pelo con nerviosismo. —Quitaré estas rocas y te sacaré de ahí, ¿de acuerdo? —Shion asintió.

—¿Cuánto he caído?

—No lo sé… tal y como está el panorama es difícil orientarse. Ha sido difícil lograr bajar más o menos en línea recta. —El lemuriano observó las heridas de sus manos.

—Quizá deberías intentar llamar a Libra… Es posible que hayamos bajado lo suficiente—murmuró.

Dohko se detuvo y buscó sus ojos con el ceño fruncido. Con cuidado, acomodó el brazo herido del ariano en la posición más cómoda posible, y tal y como había sugerido, llamó a su armadura. No esperaba respuesta, pero cuando sintió el cosquilleo de su cosmos en el pecho, supo que podría hacerlo. Apenas unos segundos después, el calor de Libra lo envolvió y con alivio, dejó escapar el aire que sin darse cuenta había retenido en los pulmones.

—Así será más fácil—musitó el peliverde. Dohko chasqueó la lengua, y sin más discusión, continuó apartando obstáculos. Era más fácil ahora que podía ayudarse de su cosmos y Libra protegía su cuerpo del frío y sus manos de las esquirlas afiladas de roca y hielo. Y con la suavidad de una vela agonizante, el inmenso cosmos del Patriarca, despertó de su letargo.

Dohko apartó el último bloque de piedra que aprisionaba las piernas de Shion, y tras un primer diagnóstico, suspiró. El lemuriano no iba a subir con él a la cima, eso estaba claro.

—Vale… vamos a buscar un saliente que nos sirva de refugio, está cayendo la noche—dijo. Afiló los ojos y buscó por los alrededores. —Vi un hueco que puede servir cuando bajaba. Vamos. —Lo ayudó a incorporarse hasta quedar sentado, y con cuidado, se pasó el brazo de Shion por los hombros. —Espero que esto no se nos haya olvidado. Voy a levantarte, cuidado con la pierna.

En otro momento, Shion se hubiera reído. Dohko y él tenían cierta tendencia a acabar arrastrándose el uno al otro en situaciones de lo más variopintas. De veras se hubiera reído, pero se sentía tan dolorido, que solamente tuvo fuerzas para hacer como le había dicho y tratar de minimizar daños.

Aguantó como pudo el esfuerzo. Contuvo la respiración, aunque sabía que no le ayudaría con el dolor y apretó los ojos con fuerza. Rápidamente, los brazos de Dohko lo sujetaron con más firmeza, y en un visto y no visto —bendita velocidad de la luz—, se encontró con la espalda apoyada en la pared y el chino ayudándolo a sentarse.

—Con cuidado. —Asintió. Los ojos verdes de Roshi lo miraban con preocupación. ¡Menudo espectáculo debía de ser! Se sentó a su lado, y tras unos segundos rebuscando en la mochila, le dio un poco de agua que le supo a gloria. —Vale… la situacion es esta. —Desdobló la manta y rodeó a Shion con ella, ambos estaban al borde de la hipotermia. —¿Sabes andar con muletas? Porque tu brazo y tu pierna estarán fuera de servicio una temporada. —Shion rodó los ojos. —Asumo que alguna de tus costillas ha sufrido la misma suerte y por ese silbido que escucho cuando respiras… —No hacía falta que dijera nada. Shion sabía de sobra lo que era. —No te duermas, ¿de acuerdo? Tomemos precauciones.

—Tranquilo.

—Sí, mucho. —Se revolvió de nuevo la maraña de pelo. —Mantén tu cosmos encendido todo lo que puedas, al menos así estarás caliente.

—Tienes que subir.

—Lo sé… —Y lo haría, eso no significaba que le gustase. —Pero no lo haré sin asegurarme de que te dejo a salvo y lejos de un oso que decida comerte, o algo así. —La risilla cantarina y débil del ariano resonó en el aire. Dohko sonrió de vuelta. —Subiré, sé el camino, y no queda mucho. Dejaré a Libra contigo. Cogeré el agua, bajaré, le darás un sorbo y nos vamos.

—No funciona así. El agua de vida no cura heridas de este tipo…

—Lo sé… pero quizá ayude en algo.

—¿Dohko?

—¿Si?

—No podré bajar así.

—Ya lo sé. —Suspiró y cerró los ojos por un momento. —Lo más lógico sería pedir ayuda al Santuario ahora que nuestro cosmos…

—No.

—¿No? Saga y Aioros van a ahorcarme por esto.

—No es culpa tuya.

—¡No importa! Es más, debería avisar ahora y que Mu viniera por ti. No tienes porque pasar aquí la noche… Vas a congelarte.

—No, no, no… —Negó, con esa expresión terca en el rostro. —Esperaré aquí, y cuando vuelvas con el agua, avisaremos para que vengan por nosotros. Podría teletransportarnos, pero no sé si el aterrizaje sería seguro…

—¡Por los dioses! Estoy viejo para esto.

—¡Claro que no! Ha estado bien.

—No solo Saga y Aioros. Eudora va a ahorcarme. Aioria nos llamó locos. Milo nos increpó por inconscientes. —Suspiró. —Soy pequeño, al menos no podrán asesinarme todos ellos. —Shion rio, aunque el esfuerzo le pasó factura rápidamente, y cerró los ojos fuerza para aplacar el dolor.

—Vamos, deberías irte.

Dohko asintió. Se puso en pie, y se deshizo de Libra, lamentándolo casi en el acto. Una sensación de abrumadora vulnerabilidad lo embargó. Respiró hondo y se puso la mochila, cargando únicamente lo indispensable y dejando lo demás con Shion.

—Si algo sucede, Libra me protegerá. Tranquilo. —Shion trataba de calmarlo, pero no estaba muy cercano a conseguirlo.

—Espero que no sea necesario… —porque si se daba el caso, significaba que el viejo había sido incapaz de defenderse por sí mismo, aún con su cosmos.— Si viene ese oso del que hablamos, fríelo. Y lo mismo con los pájaros.

—Aja. —Asintió.

—Si necesitas algo… —A veces recordaba por qué amaba tanto a Libra y por qué le parecía tan útil. Era una caja de sorpresas. Tomó una de las espadas y el escudo y se lo echó a la espalda. —Pídeselo. Sabes tratar con ella. —Por qué no habían pensado antes en las armas de Libra, no lo sabía.— La cadena del escudo me será útil para subir y bajar.

Los lunares del viejo se alzaron sutilmente. Trescientos años y ninguno de los dos había pensado en ello.

—No se lo digas a nadie.

—¿El qué? ¿Qué parecemos novatos?—musitó con una sonrisa. —Tranquilo, nuestro secreto está a salvo. Bastante mortificado me siento ya con los mocosos como para empeorarlo así…

Intercambiaron una mirada seria, y prácticamente al instante, los dos rompieron a reír.

—Ten cuidado…

—Tú también.

Y cuando Dohko se hubo alejado lo suficiente, como para que al volver el rostro Shion no fuera más que un punto lejano en su imaginación y su cosmos un hormigueo en el recuerdo… recordó de nuevo porque le gustaba tan poco la soledad.

-X-

Desde que Arles saliera para visitar a Saori, Aioros había permanecido inusualmente callado. Llevaba un largo rato en completo silencio, desparramado en su silla, con los pensamientos muy lejos de ahí. Sostenía un bolígrafo, deslizándolo entre sus dedos una y otra vez. Aunque sus ojos azules parecían seguir cada detalle, en realidad, su mirada estaba ausente.

Ni siquiera habían reparado en la atención de Saga, quien le observaba de soslayo, inquieto por su determinación de mantener la boca cerrada. Lo vio fruncir el ceño y afilar la mirada. El modo en que apretó los labios le pareció muy particular; era un gesto muy propio del arquero, que usualmente denotaba un extraño interés por tragarse las palabras. Entonces, fue Saga quién se encontró a sí mismo suspirando. La seriedad y el silencio de Aioros no resultaban nunca en nada bueno.

—¿En qué estás pensando?—preguntó por fin, sacando al castaño de sus pensamientos.

—¿Eh?

—¿Qué piensas? Estás demasiado callado… y serio.

—Oh, bueno… Pensaba en todo lo que está sucediendo. —Se llevó las manos a la cabeza, para revolverse el cabello, pero de pronto, algo dentro de sí le recordó que solo arruinaría el trabajo intenso de domar sus rizos, así que desistió con un bufido.

—Explícate mejor.

—Si llegamos a tiempo a Meteora, si conseguimos atrapar a quién sea que está detrás de todo esto… —Se incorporó de su asiento. —¿A quién vamos a encontrar, Saga? ¿O, qué vamos a encontrar? —Esta vez fue Saga quién arrugó el ceño. Al verlo, Aioros supo que entendía a lo que él se refería. —Este… ser misterioso puede dominar el clima, los elementos, las enfermedades… Puede crear criaturas mitológicas. ¡Puede hacerlo todo!

—Suponiendo que se trate de un solo alguien… Y no de muchos.

—¡Exacto!—exclamó, no sin cierta frustración—. Y, entonces, nos quedará preguntarnos si esa alianza es una entre iguales, o una entre líder y subordinados.

—No sé cuál prefiero.

—No seas modesto, sí que lo sabes. —Las miradas de los dos Santos chocaron. Se conocían demasiado bien, lo suficiente como estar uno dentro de la mente del otro. Saga esbozó algo parecido a una sonrisa. —Si se trata de un solo dios y sus subordinados, cortamos la cabeza y la serpiente muere. Pero…

—Si hablamos de una alianza entre dioses, cuando uno muera, nos quedará otro sediento de venganza.

—¿Ves? Por supuesto que lo sabías—bufó Aioros. Volvió a espanzurrarse en su asiento y llevó sus ojos hacia el techo de la habitación, decorado con imágenes que narraban épicas batallas del pasado.

A esas alturas, esperar por noticias resultaba un verdadero tormento. Aquella era la parte que Aioros siempre había odiado de convertirse en Patriarca: esperar y esperar, porque alguien más hiciera el trabajo en su nombre. Quizás por eso, de pronto comprendió la alegría y la emoción en el rostro de Shion al abandonar el Santuario para ir a su primera aventura en más de doscientos años. Había también algo de alivio en sus facciones; alivio de ser él mismo quien tomase las riendas de una misión peligrosa, y no tener que pedirle a alguien más que arriesgase su vida en su nombre.

Se preguntó si Saga se sentía del mismo modo. Estaba seguro de que, al igual que él, sentía la ansiedad de la espera. La diferencia radicaba en que el gemelo era muchísimo mejor disimulando. Él era un desastre.

Fue por eso que cuando el gemelo se levantó de improviso de su silla y caminó hacia la salida sin decir nada, se sorprendió.

—¿A dónde vas?

—Afuera, al balcón. Necesito un poco de aire. —La cabeza comenzaba a dolerle y no era agradable. —¿Vienes?

Aioros levantó una ceja. Lo pensó un segundo y después, se levantó para ir tras de él.

-X-

Antes de ser trasladados a las piras funerarias, los cuerpos de aquellos que habían abandonado el mundo de los vivos descansaban en una habitación de la Fuente destinada para ello. Únicamente los cuerpos de hombres y mujeres que nadie reclamaba terminaban ahí. En su mayoría, personas relacionadas directamente con el Santuario, como guardias, aprendices, escuderos, santos y otros. Era ahí donde Polinar yacía, enclaustrado en el sueño eterno.

Junto a él, había dos cadáveres más. Uno pertenecía a un viejo escriba del Santuario, quien había sucumbido ante el tiempo, y el otro, se trataba de una aprendiza adolescente, quien poco había podido hacer para sobrevivir a la plaga.

Tres personas tan diferentes, cuyas vidas les habían dado un final conjunto.

Pronto, más avanzada la noche, si la lluvia lo permitía y el viento se prestaba para avivar las llamas, los tres partirían hacia el Inframundo, en busca de Caronte. Hasta entonces, dormirían envueltos en sábanas de sinigual blancura, bajo el cobijo de la Fuente de Athena.

Descansaban en paz y en soledad, pues las doncellas se concentraban en los vivos y la guardia en la Fuente era escasa, para evitar perturbar a los enfermos. Solo la brisa que soplaba por la ventana y traía consigo el aroma de la tierra mojada, les hacía compañía. El Sol había comenzado a ocultarse en el horizonte, envuelto en su manto de nubarrones grises que habían pasado el día completo tratando de opacarle.

Dentro de la habitación, la oscuridad ganaba la batalla a la luz. Sobre los muros, las sombras de los árboles de los jardines exteriores dibujaban figuras que danzaban al ritmo del viento. Una ráfaga de aire se coló con fuerza a través de las ventanas, arrancando la sábana que cubría el rostro de Polinar. Su cadáver, de piel pálida y amarillenta quedó al descubierto.

Entonces, sus ojos de abrieron. Ojos inyectados en sangre. Ojos color carmesí.

-X-

Meteora era un sitio precioso, con paisajes capaces de robar el aliento a cualquiera y una historia tan rica, como hermosa.

La ciudad estaba situada en un valle, rodeada de picos sobre los cuales, a la distancia se encontraban los monasterios. A pesar del turismo, se respiraba tranquilidad en el aire. Los pobladores parecían no estar al tanto de lo que sucedía cerca de ellos, ni de aquella misteriosa criatura que rondaba su pueblo, como una amenaza. Eso significaba que el misterioso animal no se acercaba demasiado a las zonas pobladas… Al menos todavía no.

Ante dicho panorama, la decisión de los Santos había sido evitar el pueblo y escabullirse en los alrededores, para observar y buscar entre las sombras por los que fuese que les había llevado hasta aquella región.

—¿Habéis entendido lo que tenéis que hacer?—preguntó Camus. A la vez, el grupo completo asintió. —Shura guiará el camino, pues es quien está más familiarizado con el terreno. El resto de nosotros iremos tras él, atentos a cualquier movimiento. ¿Alguna duda? —Una vez más, se aseguró de que todos estuvieran prestando atención, mirando directamente a sus ojos. Nadie le respondió. —Vale, si todo está claro, entonces, puedes empezar Jamian.

—¡Sí!

El Santo del Cuervo levantó los brazos y, a su comando, decenas de aves oscuras se elevaron en el aire. Sus graznidos hicieron eco en el silencio de aquella noche tranquila, mientras una lluvia de plumas, negras como la noche, cayó sobre el grupo de guerreros.

Una vez en el aire, los cuervos se esparcieron en todas las direcciones. Rápidamente se perdieron de vista, ocultos entre las montañas. Desde ahí arriba, serían los vigías; sus ojos en el cielo.

-X-

Aún con su excelente control del cosmos, seguir los movimientos de los equipos desplegados en Meteora estaba resultando difícil. Tanto Camus como Shura estaban haciendo un trabajando impresionante manteniéndose completamente fuera del radar. Su presencia era imposible de detectar.

Las instrucciones habían sido claras: mantener un perfil bajo hasta encontrar algo, cualquier cosa, que delatase la presencia del enemigo. Después habrían de observar y recolectar tanta información como fuese necesaria. La verdadera intervención vendría cuando estuvieran frente a frente con el enemigo. Solo así, y no de ningún otro modo.

Era por eso que la espera se estaba tornando en una tortura. Sin señales de enemigos o aliados, solo quedaba especular, y tanto Saga como Aioros lo odiaban.

Saga encendió un cigarrillo. Se lo llevó a los labios y caló ligeramente. Poco después, una bocanada de vapor blanquecino abandonó sus labios. El calor era agradable en una noche fría como esa, después de un día que, como la mayoría de los anteriores, había pasado entre agua y nubarrones.

—¿Fumas?—preguntó a Aioros, ofreciéndole un cigarrillo.

—No, gracias. —Con curiosidad, Saga levantó una ceja. —No me apetece que la boca me sepa a cenicero. Me sorprende que tú aún fumes—añadió, mascullando y con cierta amargura.

—¿A qué viene eso?

—Deberías saberlo ya, pero yo no voy a explicártelo.

No le apetecía detallarle el profundo disgusto de Apus hacia el tabaco, o lo difícil que era siquiera acercarse a ella oliendo a cenicero viejo. ¡Que Saga hiciera sus propias investigaciones! El tema respecto a Apus, sus manías y sus gracias, esas de las que tanto se había enamorado alguna vez, estaba zanjado para él.

—¿Sabes? —El gemelo volvió a hablarle y, por alguna razón, le sorprendió que estuviera tan platicador. ¿Nervios, quizás?

—No, ¿qué?

—Me alegra que Sagitario haya decidido renunciar a sus alas en estos días…

—Oh… Sí… Lo ha hecho… —Aioros carraspeó. —Aunque no lo ha hecho de buena gana.

—¿A qué te refieres?

—Solo diré que no está feliz. Pero—se encogió de hombros—, entiende que es mala idea tener a una Patriarca adjunto muriendo de alergia en nuestra presencia.

—Al menos ha sido razonable—masculló el gemelo. El maldito polvo dorado de las alas de Sagitario era una constante amenaza para su nariz. No estaba seguro de cómo podría haber resistido a él todo el tiempo.

—Sí, lo ha sido. Su orgullo está un poco magullado, pero ha cedido por ahora.

—¿Por ahora?

—Oye, oye, no me mires a mí. —El arquero levantó las manos con inocencia. Una sonrisa tonta, aquella que siempre le había parecido graciosa a Saga, le apareció en los labios. El gemelo entrecerró los ojos con sospecha. —Yo doy algunas órdenes, pero tú sabes bien que las armaduras hacen lo que…

Aioros calló de golpe. Sus ojos azules se abrieron desmesurados, mientras sus labios se separaban sutilmente, con asombro.

Por un instante, vio su misma reacción en el rostro de Saga. Sin embargo, aquel gesto fugaz de sorpresa desapareció con rapidez, siendo sustituido por una aguerrida sobriedad que el castaño conocía bien.

Saga lo había sentido también. Ambos sabían que todo había iniciado.

—Se mueven…

-X-

Los graznidos de los cuervos sobre sus cabezas les pusieron en alerta. Las aves se revolvían en el cielo oscuro, como sombras bajo el acecho de la luna. Sus alas batallaban contra la gravedad, tratando de vencerla. Con cada segundo que transcurría, sus graznidos se tornaban en gritos siniestros que auguraban muerte. Entonces, el primero de ellos cayó a tierra.

Uno más le siguió y luego otro. En tan solo un instante, una decena de aves yacía sobre el suelo de tierra rojiza, revolviéndose en su último aliento.

—Esto… Esto no puede estar pasando… —chilló Jamian. Se llevó las manos a la cabeza, sin dar crédito a lo que sus ojos veían.

—Jamian… ¿Qué demonios está pasando con tus pajarracos?—ladró Capella. Pero antes de que el Santo del Cuervo pudiera responderle, Camus se le adelantó.

—Están muriendo.

Por un instante, el vacío del silencio se apropió del grupo mientras las aves se revolvían sobre la tierra en espera de la muerte. Cada Santo y Amazona contemplaba la escena con incredulidad. Pero, cuando las aves que aún se mantenían en vuelo chillaron y rompieron filas para alejarse de aquel sitio maldito, los Santos de Oro reaccionaron.

—¡Todos! ¡Manteneos alertas!—ordenó Camus—. ¡No bajéis la guardia!

Ante su orden, el grupo tomó una formación de orbe, espalda contra espalda y atentos a sus alrededores.

—¿Qué está pasando?—cuestionó Tremy. Su cosmos se hizo visible, envolviendo su cuerpo en una tenue aura platinada. Poco a poco, el de sus compañeros despertó también.

—Está cerca. —Shura respondió. Protegiéndole las espaldas, Eire lo miró de soslayo.

—¿Quién?—musitó, como si temiera que sus palabras se escuchasen más allá de ellos.

—No lo sabemos…

—Mantened los ojos abiertos. Desconocemos quién o qué está detrás de todo esto—replicó Camus.

Sin embargo, sus ojos eran incapaces de ver más allá de la oscuridad de la noche, y su cosmos, por mucho que buscaba, no encontraba nada que pudiera considerarse una amenaza. Había, en esa incertidumbre, un dejo de desesperación al que no estaba acostumbrado.

Cuando el último chillido de los animales agonizantes se desvaneció, solo quedó silencio, interrumpido por el sonido de las hojas, que se mecía al son de la brisa.

La temperatura descendió un par de grados cuando el Santo de Acuario creció su cosmoenergía un poco más. Pudo sentir el cosmos de Shura igualando al suyo. Ambos habían pensado lo mismo: buscar más allá. Y para ello, su mejor aliado era el cosmos. No sus ojos, no sus oídos. Solo su cosmos.

—Oh… No… —La voz de Eire resonó de nuevo. Al igual que antes, como un susurro. Sin embargo, había algo diferente en ella. Un matiz que hizo a los dos Santos de Oro buscarla con la mirada. —No… No puedo…

Era miedo y desesperación.

—¡Eire! —Ante la visión frente a él, Shura rompió la formación y se centró en la pelirroja.

La amazona de Grulla estaba de rodillas. Sus manos se aferraban a su garganta con desesperación mientras sus labios musitaban con desesperación palabras que el español no alcanzaba a escuchar y sus pulmones luchaban por aire, sin ningún éxito. Había una mezcla de pánico y dolor en su cosmos.

—¡Eire! ¡¿Qué te sucede?! —La tomó de los hombros y trató de forzarla a centrar su atención a él. Pero, la tensión en su cuerpo y la desesperación de su energía, solo consiguió arrastrarlo a él hasta esa misma preocupación. —¡Camus! ¡Algo no está bien con…! —Las palabras desaparecieron de sus labios cuando reparó en el panorama a su alrededor. —¿Qué está sucediendo…?

Eire no era la única atrapada en aquella desconocida amenaza. Cada uno de los Santos de Plata que iban con ellos habían caído. Los síntomas eran los mismos en todos: el ahogo, la falta de aliento, el sudor frío y el pánico en la mirada.

La incertidumbre jamás había pesado tanto al español como en aquel momento. A juzgar por el mar de emociones que encontró en la mirada de Camus, usualmente inexpresiva, no era el único que se encontraba completamente perdido. Nada tenía sentido esa noche. Si habían llegado ahí pensando que tendrían ventaja por sobre el enemigo envuelto en misterio, estaban equivocados. Una vez más, los habían superado.

—Respira, Apus, respira. —Oyó a Camus lidiando con su subordinada. Aunque la desesperación en la forma en que la Amazona jalaba por aire, le decía que sus instrucciones era inútiles. No era la única. —Jamian, necesitas tranquilizarte. Mantén la calma. Vamos. Tú también, Tremy. Mientras más os estreseis, más difícil os será respirar. —Cuando sus miradas se encontraron, Shura supo que tan precaria era su situación. —¡Shura! Esto ha sido una emboscada, debemos…

Pero Camus apenas tuvo tiempo para levantar la mano y congelar el anillo metálico que se dirigía a toda velocidad contra él, con toda intención de matarle. En una fracción de segundo, el aro se congeló y cayó al suelo, para hacerse pedazos.

Frente al francés y a unos pocos pasos de Shura, el Santo de Auriga había conseguido ponerse de pie, y con los labios pálidos, las manos y piernas temblorosos, y la boca jadeando, lo había atacado sin ninguna consideración. Sin embargo, a pesar de la gravedad de aquel acto traicionero, el terror en su mirada se mantenía intacto.

—¡Capella! ¡¿Qué crees que estás haciendo?!—recriminó Shura.

—No soy… No soy… Yo.

—¡Has atacado a un compañero y superior! ¡¿Qué pasa con…?!

Entonces, una lluvia de plumas plateadas voló hacia Shura, quien apenas tuvo tiempo de tomar a Eire en brazos para librar el ataque. Cuando sus ojos dieron con su enemigo, sintió un desconcierto aún mayor.

—Deltha...—musitó. Pero aún ni bien había puesto los pies sobre el suelo nuevamente, un golpe de cosmos impactó contra sus costillas, arrancándole un quejido de dolor. Todavía en sus brazos, Eire lo golpeó de nuevo, obligándole a dejarla ir. —¡Eire! ¡¿Qué..?!

—¡Deja ya de sorprenderte y presta atención! —La voz autoritaria de Camus atrajo su mirada. El Santo de Acuario libraba su propia batalla contra Jamian y Tremy. —¡Alguien los está manipulando!

—¡¿Cómo es posible?!

—¡No lo sé! ¡Pero… Es bastante obvio que no están haciendo esto por sí mismos! —Lanzó una patada a Jamian, que le ganó el espacio suficiente para esquivar una flecha de Tremy. —¡No podemos confiarnos!

—¡Maldición! ¡Eire, no quiero lastimarte! —Sin embargo, no tuvo más remedio que encajar un golpe en el estómago de la Amazona para llevarla de regreso a sus rodillas.

—Shu… Shura…

—Lo siento, lo siento. No quiero haceros esto. ¡Pero no tengo más opción! —Giró con rapidez para encajar otro golpe, esta vez a Apus, y con una patada más, se deshizo de Capella.

Con un quejido, ambos cayeron. Un poco más allá, la pelea entre Jamian, Tremy y Camus también había terminado.

Con los cinco santos de plata en el suelo, ambos dorados se permitieron respirar. Mientras sus ojos seguían cada movimiento de sus subordinados, viéndoles levantarse lenta y trabajosamente, sus cosmos escaneaban los alrededores. Había alguien más ahí con ellos, y debían encontrarlo antes de que fuera demasiado tarde.

—Esto no puede estar pasando...—jadeó Shura.

—Se está convirtiendo en un desastre. Debemos... —¿Por qué le estaba costando tanto trabajo respirar? —Debemos informar a Saga y a Aioros…

—Pero, ¿qué pasará con ellos? —El español se aclaró la garganta. —En este estado no pueden volver al Santuario. Son… peligrosos. ¡Maldición! —Se movió con rapidez a un costado, para evitar otro de los discos del Santo de Auriga.

—Tendremos que neutralizarlos.

—¡¿Qué?!

—Me escuchaste.

Shura apretó los dientes. Por mucho que le disgustase, no había ninguna otra opción. Algo en ellos mismos no estaba del todo bien y las posibilidades que tenían frente a ellos eran malas. Si su condición empeoraba, entonces no podrían contener a cinco santos de plata sin mayores estragos. Y, aunque la piel se erizara de pensarlo, siempre existía la posibilidad de terminar convertidos en marionetas, como ellos.

—No me gusta, pero debemos hacerlo.

—La mayor parte de nuestras vidas como Santos de Oro hemos hecho cosas que no nos gustan, así que… —Los puños de Camus se envolvieron en cosmos blanquecino y pequeños cristales de hielo se formaron en los guanteletes de su armadura.

—Tratemos de no matar a ninguno…

—No es como que tuviera intenciones de hacerlo. —Dañar a Eire, en sí, ya era suficientemente malo, y ni pensar en volver al Santuario para explicarle a Saga y a Aioros que el asunto se le había salido de las manos con Deltha.

Pero, en una jugada más del destino, antes de que cualquiera de los dos pudiera mover un dedo, Eire se desvaneció.

—¡Eire!—gritó Shura.

—¡El resto de vosotros! ¡A dormir! —Con un estallido de cosmos congelado, Camus barrió con el resto de los Santos de Plata. —¡Eire!—corrió hacia la Amazona y la tomó entre sus brazos y notó que apenas respiraba.

—¿Está viva?

—Apenas. —Le tomó un par de segundos decidirse, pero al fin, le arrancó la máscara. Lo que encontró detrás del frío rostro de plata, lo dejó perplejo.

El rostro de la pelirroja estaba blanco como una hoja de papel. Sus labios habían tomado un tono violeta y sus ojos azules, abiertos e inquietantes como los de un cadáver, estaban enmarcados en rojo. Luchaba por mantenerse con vida, pero sus pulmones no soportarían mucho más.

—No, Eire, no. Vamos, respira, por favor. Respira. —Trató de incorporarla un poco, pensando que eso ayudaría a que respirase mejor. Sin embargo, no hubo ningún cambio.

—Pediré ayuda…

—Eso, hacedlo. Llamad por ayuda. Suplicad por las vidas de vuestros compañeros. —Una voz extraña, a espaldas de ellos, los hizo voltear.

Un hombre los miraba desde la distancia, avanzando lentamente hacia ellos. Sus ojos color escarlata vibraban en la oscuridad, y su tez, pálida como la luna, le proveía de un aire sombrío y vacío. No portaba armadura, ni llevaba arma alguna consigo. Una túnica sencilla pero elegante cubría su cuerpo, mientras sus cabellos verdes se revolvían al son del viento.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, notaron que sonreía. Su sonrisa era siniestra. Una expresión sádica desfiguró su rostro al observarles.

Entonces, su voz tétrica y oscura, se escuchó una vez más.

—¿Es así como los hombres lucen antes de morir?—cuestionó—. Dejadme veros a los ojos. Dejadme ver a través de ellos. Porque la muerte es mi dominio y vosotros la lleváis en la sangre.

-X-

Estaba tan agotada que sentía a sus párpados pesando una tonelada. La cena que Arles le había llevado, lejos de mantenerla despierta, la había adormilado. El escudo llevaba ya demasiadas horas en pie, con el coste que eso representaba para el físico de Saori. Con su cosmos y su divinidad menguados, el esfuerzo que se requería para mantener al Santuario protegido era brutal. La joven diosa hacía todo lo posible por mantenerse firme, pero aun contando con el apoyo permanente de uno de los Doce, su lado humano empezaba a flaquear.

Se había acurrucado en uno de los sillones dispuestos para ella. Los almohadones que la rodeaban eran extremadamente suaves, y el calor que le traían era acogedor. Había un agradable aroma a romero en el aire, gracias al aceite infusionado de las teas, y el fuego del hogar, que ardía con fuerza, creaba sombras que la tenían hipnotizada.

En medio del cansancio, los recuerdos la asaltaron. Asgard y Atlantis le vinieron a la mente.

No había olvidado aquellas largas horas de agonía, lejos de casa. Cuando pensaba en ello, podía sentir el hiriente empuje del aire congelado sobre su piel en el corazón del reino del norte, así como también recordaba el punzante dolor de sus pulmones, mientras usaba cada gramo de cosmos que tenía para sobrevivir a la inundación del Pilar Principal en el reino submarino. Sin embargo, había algo más que recordaba por encima de todo: a sus chicos.

La parte más terrible y dolorosa de aquellas infames aventuras había sido seguirlos a la distancia, sintiendo su dolor a cada batalla y experimentando la desesperación a la que ella misma les empujaba. En algunos casos había llegado a pensar que los perdía, y su corazón se le rompía en mil pedazos. Y, sin importar cuantas veces les tuviera de regreso, algo dentro de ella siempre había albergado un toque de culpabilidad, a sabiendas de que esa vida de guerra y sangre que ellos conocían era por ella.

Por nadie más que ella.

Una solitaria lágrima se le escapó de los ojos al recordarlos. Por mucho que les extrañara, entendía que su nueva vida, lejos de ella y de su mundo, era el mejor obsequio que pudo haberles dado. Solo deseaba poder verlos de nuevo algún día. Esperaba poder hablarles y que ellos le sonrieran. Esperaba…

Cerró los ojos, tan solo por un segundo, para tratar de recordar sus rostros con detalle. Pero en ese momento, cuando menos lo esperaba, el sueño la venció y cayó dormida, soñando con el pasado e imaginando un futuro que jamás existiría.

-X-

Sus cuerpos habían comenzado a mutar. La espalda se les había encorvado hacia adelante y un par de cuernos habían rasgado la piel sobre sus omóplatos para liberarse. Sangre oscura brotaba de sus heridas, que se deslizaba por los muñones de lo que pronto se convertirían en un par de alas, terroríficas como las de un vampiro. Los dedos de sus pies se habían contraído para formar pezuñas en sus extremidades. En cambio, en sus manos, los dedos se alargaron y filosas garras brotaron donde alguna vez hubo uñas humanas. Los colmillos en su boca despedazaron sus labios y desfiguraron sus narices, dándoles una apariencia felina.

A pesar de su torpeza de su nuevo cuerpo, se movían por los pasillos con sigilo, en busca de su víctima. Como sabuesos de cacería, podían sentirla a través de su cosmos y sabían hacia dónde avanzar.

Ocultaban su presencia, esperando por el momento adecuado para revelarse.

Era tarde y la Fuente estaba vacía, dándoles ventaja. Pero, si alguien llegase a cruzar en su camino, lo eliminarían. El gran de error de Athena había sido sentirse segura dentro de su palacio. Había sido ingenua y arrogante al quedarse sola. Ahora, pagaría el precio.

Cuando una de aquellas manos huesudas se posó sobre el pomo de la puerta y lo giró para abrirla, la otra criatura se lamió la sangre de los labios rotos, saboreando la victoria.

-X-

—¿Aioros? ¿Saga? Lamento la tardanza. Ha habido un exabrupto en la Fuente. Uno de los soldados que agonizaba se puso violento y he tenido que ir a ver qué había sucedido. La pobre Eudora se ha llevado un golpe, y el pobre Polinar ha fallecido a final de cuentas… Es una pena. Menos mal que lo de Eudora no ha pasado a más y… —Reparó entonces en los rostros de sus Santos y se preocupó. Había una seriedad oscura en el rostro de Saga y un desconcierto total en el de Aioros. —¿Qué os sucede…?

Ninguno se movió. Eran como un par de estatuas bajo la luz de la luna. Dos obras de arte, tan semejantes en espíritu que a Arles a veces le sorprendía lo distintos que podían ser por fuera.

Aún así, los conocía demasiado bien. Podían hacer pasado catorce años, pero la esencia del par de críos a los que había crecido, no había cambiado en lo absoluto. Algunas cicatrices más en el alma, pero su corazón seguía ahí, intacto y protegido de aquel nuevo mundo que a veces les parecía un sueño. Para prueba estaban aquellos pequeños detalles que los delataban: el modo en que Saga fruncía los labios cuando su corazón sacaba de balance a ese intrincado cerebro suyo, o el modo en que Aioros apretaba los puños cuando sus emociones estaban a punto de ganarle la partida.

Algo estaba mal. Algo que ellos podían sentir en el aire, pero que él no terminaba de encontrar.

Se concentró en buscar lo que los Santos de Oro ya habían encontrado. A pesar de no encontrarse a su nivel, como Santo de Altaír estaba bastante cerca. Con un esfuerzo extra, lo encontraría.

—Por los dioses...—musitó cuando, tras unos segundos, encontró el motivo de sus preocupaciones.

—Esto parece un mal sueño… —Escuchó a Aioros.

—¡Tenemos que…! —Arles sabía que aquella misión estaba a punto de convertirse en una tragedia. Algo tenía que hacerse.

—No podemos. —Saga lo interrumpió. Su mirada esmeralda, sin embargo, jamás enfrentó al Santo de Altair.

—Pero, Saga...

—Él está en lo cierto, Arles. —Para su sorpresa, Aioros respaldo al geminiano. —De alguna forma se han contaminado con el cosmos enemigo. Si los traemos aquí, corremos el riesgo de… De permitir a nuestro adversario la entrada al Santuario a través de ellos.

—Pero, Camus… Shura…

"Deltha", pensó Saga. ¿Había cometido un error al elegir a su equipo para ir a aquella importante misión? ¿Pudo enviar a un grupo distinto? ¿A alguien más adecuado para la misión? Tenía un mal presentimiento, se lo había dicho.

Se mordió los labios con rabia. Si ella moría… Si todos ellos morían, sería su culpa. Y aunque nadie lo culpase, él sabría bien que había sido su decisión la que selló sus destinos.

—No lo entiendo—dijo Aioros, aunque su voz sonó más como un murmullo—. ¿Cómo han podido cambiar tanto? ¿Cómo llegamos a esto? —Sin embargo, nadie respondió a sus preguntas. —Sus cosmos… Apenas puedo reconocerlos. De no haber estado atentos todo el tiempo, jamás podría adivinar que ellos son…

—Entonces, ¿los hemos perdido? —Arles miró de uno al otro.

—Debemos confiar en Shura y en Camus. Ellos harán lo correcto. —Y, suplicaba a los dioses por no estar equivocado.

—¿A qué precio, Aioros? —Pero antes de que el arquero pudiera responderle, Saga se le adelantó.

—Al precio adecuado.

Aioros tragó saliva y apartó la mirada, a aquel mismo punto desconocido al que los ojos de Saga miraban con tanta insistencia.

Momentos como ese, eran la razón por la que ser Patriarca le había resultado una misión maldita en su juventud. Esperar y esperar, sabiendo que todo lo que podía hacer era confiar. Y confiaba. Confiaba profundamente en cada amigo y compañero a la distancia. Pero también temía; temía que su fe fuera su sentencia de muerte.

Podía sentir los cosmos de Shura y de Camus, tan erráticos y confundidos como él mismo. Había sentido también los cosmos de los demás menguando lentamente, transformándose en algo que no reconocía. Y ahí estaba de nuevo, confiando. Confiando en que hubiese un camino de retorno, en que algo pasaría que les permitiera recuperarlos. Confiando en que no les hubiese perdido ya.

—Maldición, ¡maldición! —Golpeó la baranda con sus puños, en un gesto de pura frustración. —Es como si algo hubiese entrado a sus cuerpos, como si les hubieran infectado…

—¿Qué has dicho? —Por primera vez en la conversación, Saga apartó los ojos del horizonte y los fijó en él. Las orbes esmeralda le interrogaban con tanta insistencia, que Aioros se sorprendió. Dubitativo, respondió.

—Que es como si les hubieran infecta… —Y en ese preciso instante, comprendió a Saga. Sus ojos se abrieron en pura incredulidad. Habían sido un par de tontos, un par de niños engañados por una ilusión. —Oh, no...—musitó, mientras un temor aún más grande se esparcía por su pecho. —Por los dioses, no…

-X-

Era cierto que sin cosmos sus movimientos eran más torpes, y el modo en que manejaba el escudo no era tan fino como con su cosmoenergía en funcionamiento. Aún así, se sorprendió de lo mucho que le estaba facilitando el trabajo.

Necesitó un par de intentos para encontrar el mejor modo de utilizarlo, pero una vez lo hubo logrado —buscar el punto aparentemente más fuerte de la roca, lanzarlo con la suficiente fuerza como para que el filo del escudo ahondase en la pared de la montaña, y usar la cadena para subir y saltar de un lado a otro—, el ascenso fue mucho más sencillo que la vez anterior.

También, quizá, porque los pájaros infernales no estaban en ningún lugar a la vista, y porque la ventisca había amainado. Dohko sabía de sobra que existían muchos factores que complicaban el camino a Jandara, unos mundanos y normales como el propio clima, y otros más… místicos. Quería pensar que había alcanzado aquel punto en que la montaña les había considerado dignos de llegar a su corazón. Después de lo que les había costado subir y la propia caída, ambos seguían vivos. ¡Tenía que ser una señal!

Seiya había logrado llegar. Siendo un niño con la mitad de habilidades que ellos dos, con casi tres siglos menos de experiencia… pero si algo había caracterizado al joven Pegaso, había sido siempre su tenacidad. Aquella capacidad abrumadora que tenía de no rendirse. Y Dohko no iba a rendirse. Podía ser un viejo disfrazado en un cuerpo de chiquillo, pero la edad le había enseñado que siempre había algo que aprender de todo el mundo, incluidos los más jóvenes.

Él había tenido la asombrosa fortuna de conocer y compartir su vida con los chicos más especiales y memorables que habían existido jamás. Primero los cinco de bronce, y después, sus chicos dorados. Orgullosos, tercos y con un ego inmenso, pero asombrosos. Ellos tampoco se hubieran dejado vencer por una montaña cabreada, unos pájaros malditos y unos cuantos huesos rotos.

Se lo iba repitiendo una y otra vez, a medida que subía metro tras metro, y solamente cuando la diminuta planicie se abrió ante sus ojos, y el brillo nacarado del agua que se lograba ver a través de la entrada de la gruta… se dio cuenta de lo cerquísima que habían estado de llegar en el primer intento.

Cuando finalmente sus brazos lograron auparlo lo suficiente, su cuerpo rodó sobre la roca, quedando tendido boca arriba, con la respiración desbocada y la mirada fija en la luna. ¡Dichosa luna! Hasta las nubes se habían despejado por un momento… abrió y cerró las manos, tratando de relajarlas un poco y se incorporó. Recogió la cadena del escudo, y volvió a colocarlo en su espalda. ¡Bendita fuera Libra!

Después, no sin cierto esfuerzo, se puso en pie. Se humedeció los labios agrietados, emprendió el camino que el brillo de la propia luna marcaba. Desde donde estaba, podía ver el destello trémulo del agua, aunque la entrada de la gruta protegía la mayor parte de la fuente. Arrastró los doloridos pies hasta allí, y cuando se halló en el borde, se arrodilló. Vio su propio reflejo magullado en el agua, y casi sonrió. Hundió las manos, en el punto más alejado del manantial… con la esperanza de que las heridas mejorasen levemente y sin intención alguna de contaminar el agua milagrosa. Después, se lavó la cara sucia de sangre y polvo.

Se llevó un sorbo a los labios, y lejos de encontrarla helada, le pareció el mejor agua que hubiera probado jamás. Rápidamente se apresuró a rellenar las botellas que habían traído y habían logrado sobrevivir a la caída, y las guardó con cuidado en la mochila.

Suspiró aliviado, y permaneció unos minutos sentado en el mismo lugar. Necesitaba apaciguarse un poco, descansar y recuperar fuerzas. Solamente quedaba bajar.

Cuando abrió los ojos, se puso en pie y abandonó la gruta. Mas, justo en el momento en que salió a cielo abierto, se quedó helado en el sitio.

Allí, frente a él, toda la planicie que antes le pareció minúscula, no debía de serlo tanto por la cantidad de águilas con picos y garras de bronce, que lo miraban con sus afilados ojos brillantes.

Gruñó, pero permaneció inmóvil. Era hombre muerto si todas ellas lo atacaban, así que por instinto, llevó la mano a la empuñadura de la espada y con la otra, tanteó la cadena del escudo.

Pero ni una sola pluma se movió. Frunció el ceño y echó a andar. Viendo de soslayo de un lado a otro, y siendo observado con tal persistencia, que temían que abrieran un agujero en su cuerpo de tanto mirarle.

Era una escena perturbadora, cientos de aves enormes y hermosas sino fuera por la experiencia previa que habían compartido, vigilando sus pasos, sin moverse un solo milímetro ni emitir un solo sonido.

Procurando no interrumpir aquel trance en que parecían encontrarse, tomó el escudo con firmeza. Lo lanzó al punto exacto que necesitaba para ayudarse a bajar, y sin echar la vista atrás un solo segundo, comenzó el descenso.

Una cosa estaba clara, no volvería a ver a las rapaces del mismo modo.

-X-

—Lo que sea que les hayas hecho, ¡deshazlo ya!—ordenó Shura.

—Es momento para que toméis una decisión. En unos pocos minutos, la enfermedad que he puesto en los cuerpos de vuestros subordinados les arrancará la vida. Entonces, obedecerán por completo el mandado de mi voluntad y harán todo lo posible por mataros, alimentados por mi propia cosmoenergía. Os superarán con facilidad. —La sonrisa cínica del recién llegado se ensanchó. —Por supuesto, siempre podéis matarlos ahora mismo y evitar que eso suceda. Pero, ¿os atreveréis? ¿Seréis capaces de tomar sus vidas para proteger vuestro futuro?

Shura apretó los dientes. Ninguna de las dos opciones estaba dentro de sus planes y a juzgar por la mirada de Camus, él lo sabía también.

—Te estás olvidando de algo. —Con cuidado, Camus dejó a Eire sobre el suelo y se incorporó. —Hay algo más que podemos hacer. —Su cosmos se encendió y el de Shura, a su lado, hizo lo mismo.—Podemos matarte y liberarlos.

Con sus energías ardiendo, se abalanzaron contra Acesio. Pero antes de que pudieran tocarlo, Jamian y Capella salieron a su encuentro.

—¡Astil del Ala Negra! —Los cuervos de Jamián se multiplicaron y, como un enjambre, rodearon a los Santos Dorados. La tormenta negra les arrancó toda visibilidad y sus graznidos endemoniados, les privaron del sentido del oído.

—¡No puedo ver nada!—exclamó Shura.

—¡Ataque Platillo!

—¡Flechas Fantasmas!

Un torbellino de discos y flechas voló en su dirección, buscando hacer blanco en ellos. Pero, por precaria que fuera su situación, seguían siendo Santos Dorados.

—¡Polvo de Diamantes! —El frío de la tundra inundó el aire. Cuervos, aros y flechas por igual cedieron ante la ventisca que congelaba todo lo que tocaba. Una capa de hielo, delgada pero firme cubrió el suelo alrededor del Santo de Acuario. Cuando tocó los pies de los tres Santos de Plata, trepó por sus armaduras para inmovilizarlos. —¡Ve a por él, Shura! ¡Termina con esto!

—¡Excali…!

—¡Alas de de Luz y Sombra! —La luz que brotó del cuerpo de Deltha, quien se interponía entre él y Acesio, era tan blanca que lo cegó por un momento. La Amazona aprovechó el momento para abalanzarse contra él.

—¡Maldición, Deltha! ¡Lo siento! —Recuperándose de la sorpresa anterior, dio una voltereta en el aire para posicionarse tras de ella. —¡Piedra saltarina!

Con un grito, el cuerpo desvalido de Deltha golpeó el suelo, mientras Shura tomó impulso una vez más para alcanzar a su verdadero enemigo.

—¡Excalibur! —invocó el nombre de su técnica suprema y escuchó el crujido de la tierra y de los árboles rompiéndose frente a él, mientras la luz de su espada legendaria, de un dorado intenso, quebró la solemnidad de aquella noche oscura.

El caos que Excalibur trajo consigo fue seguido por un silencio sepulcral. Una densa nube de polvo y hojas se levantó, envolviendo a la comitiva de Santos. En medio de ella, los ojos de Shura buscaban por el resultado de su embate. Por un segundo se permitió respirar tranquilo. Todo indicaba que aquella pesadilla se había terminado.

—¿Es el final?—escuchó a Camus cuestionarle a sus espaldas.

—Espero que sí… —Suspiró. Se sentía agotado física y emocionalmente.

—Por los dioses, ¿qué ha sido esta locura?

—Una locura. —El español se llevó las manos a la cabeza, que de pronto le dolía.

—¿En serio pensáis que un ataque así podría derrotarme? —Una vez más, la voz del desconocido los puso en alerta. A espaldas de ellos, y rodeado de los cinco santos de plata, Acesio contemplaba la escena con aquella expresión de maldad en el rostro. —Miraos. Jadeáis, sentís dolor y comenzáis a envolveros en confusión. ¿Pensáis que solo querría Santos de Plata cuando puedo tener Santos Dorados? Puede que en vuestro Santuario deba contenerme, pero aquí afuera, puedo hacer como me plazca y esta vez iré por vosotros. —Levantó las manos. —¡Es el fin del camino para todos!

-X-

Cuando dio el último salto, sus piernas le jugaron una mala pasada y las rodillas cedieron más de lo necesario al caer. Evitó la caída con las manos, pero estaba claro que las heridas, el cansancio y el frío, estaban comenzando a hacer mella. Lo mejor de todo, era que los cortes habían dejado de sangrar. Lo atribuiría a la fe que desde ese día, le tendría a la fuente de la vida.

—¡Me alegra saber que no te comió ningún oso! —Se quitó a mochila, la dejó en el suelo, y se desplomó sin miramientos junto a Shion.

Adormilado, pero no abandonado al mundo de los sueños, el lemuriano se sobó los ojos rosáceos y se desperezó del mejor modo que pudo. Esbozó una minúscula sonrisa.

—¿Lo lograste?

Dohko apenas se movió, pero logró tomar una de las botellas. Se la tendió a Shion, y le acercó el agua a los labios.

—Bebe un poco… quizá no reparen huesos rotos, pero yo dejé de sangrar… —El peliverde hizo como le mandó, agradeciendo el agua que rozó sus labios. Observó de soslayo a su viejo amigo y llevó su mano sana a la cabeza del chino. Revolvió la maraña de pelos con torpe travesura y lo acercó suavemente hacia sí.

—Llamemos a casa—dijo.

No le dio oportunidad de hacerlo, porque en el preciso momento en que lo dijo, su cosmos tintineó. Y cuando sintió el cosmos de Saga y Aioros al otro lado… Sonrió.

-X-

Cuando la puerta chilló y la primera de las demoníacas criaturas acechó dentro de la habitación, un agujero negro se abrió a mitad de la habitación. Diminutas estrellas doradas iluminaron su interior. Su luz creció y creció hasta convertirse en una lluvia de saetas doradas, que atravesaron a la quimera sin compasión.

—¡Destrucción Infinita!

Su aullido de dolor despertó a Saori quien palideció ante la presencia del monstruo. Su primer instinto fue gritar y el segundo, correr. Pero en el instante en que comenzaba a perder el control, Aioros apareció en medio de la oscuridad de la Otra Dimensión y la atrapó, abrazándola contra sí para protegerla tras las alas de Sagitario que rodearon a ambos.

—¡Princesa, todo está bien! Todo está bien ahora… —Le dijo sin soltarla. Una sonrisa se dibujó en los labios de arquero quien levantó la mirada para observar a la segunda bestia, que enfurecida por el destino de la primera, cargó contra ellos.

Pero, en el momento en que dio el primer paso, una segunda dimensión se abrió a sus espaldas, y el rugido inconfundible de las galaxias colapsando se dejó escuchar con un eco abrumador.

—¡Explosión de Galaxias!

Como arena llevada por el viento, la quimera se disolvió en la brillante explosión de cosmos. Fue entonces que, al otro lado de la puerta, Saori alcanzó a distinguir la melena azulada de Saga, ondeando en las ráfagas de energía liberada.

La tensión que llevaba contenida en el pecho se le escapó en la forma de una lágrima. Se aferró más a Aioros y dejó que las lágrimas fluyeran sin reprimirlas. Pero en medio del llanto, una risa abandonó sus labios.

—Gracias. Gracias a ambos por cuidar siempre de mí—dijo, con la voz ahogada en una extraña mezcla de llanto y de alegría.

Sabía que ellos siempre estarían ahí para ella. Sabía que Aioros y Saga siempre iban a protegerla. Después de todo, eran sus héroes legendarios y con ellos siempre estaría a salvo. Sin importar qué.

-X-

La ceniza no se había asentado, ni ellos habían bajado la guardia aún cuando la voz de Shion retumbó en sus mentes.

¿Saga? ¿Aioros? —Se escuchaba lejano, casi adormilado.

¡¿Estás bien?!—espetó Saga casi sin pensar, con el corazón desbocado. Los últimos minutos habían sido un torbellino tal de confusión, que no había podido seguir el ir y venir del cosmos de Shion y Dohko. La mirada inusualmente seria de Aioros, aún con la princesa en sus brazos, permaneció fija en él, pero ni siquiera se dio cuenta.

Tenemos el agua, pero… —Los dos santos contuvieron la respiración. —Necesitamos que Mu venga por nosotros. Hubo algunas complicaciones.

¿Estáis bien? —Quiso saber el arquero.

Si, si… —Ambos escucharon como su voz se quebraba por el esfuerzo. —Nada que no sane unos días en la Fuente. —Aioros apretó los dientes y, entonces, reparó en la expresión pálida de Saga. Estaba asustado, y si no hubiera sido porque ambos lo estaban escuchando, no estaba seguro de cómo hubiera reaccionado el geminiano. Él tampoco, ¡qué demonios! Todos los malos presagios que se plantearon antes, se estaban cumpliendo: Shion, Dohko, Meteora, el Santuario…

Avisaremos a Mu inmediatamente. —De dónde salió la voz de Saga, Aioros no lo sabía, pero no perdió un ápice de autoridad.

Bien, bien… Estad tranquilos. —Entonces, la conexión se rompió.

El peliazul dejó escapar el aire contenido y se sobó los ojos. ¡Le dolía tanto la cabeza! Aioros, por su parte, se revolvió finalmente los rizos ordenados con desesperación. Saori vio de uno a otro, consciente de que algo había sucedido además del ataque.

—¿Chicos?—musitó, aún temblando.

—¿Está todo bien?—inquirió Arles—. ¿Bajo control?

—Shion y Dohko tienen el agua—explicó el arquero.

—Mu debe ir por ellos. —Saga giró sobre sí mismo, observando el desastre que sus técnicas combinadas habían causado. —Daré la orden… y la alerta de lo sucedido a los demás.

—Vamos, princesa, será mejor salir de aquí…—dijo Aioros, animandola a seguir al peliazul—. Será mejor que te quedes con nosotros de ahora en adelante.

De modo inmediato, el cosmos de Saga ardió. Aioros, con la vista fija en su espalda y sobresaltado de primeras por el exabrupto… no tardó en comprender el motivo. ¡El escudo! Por un momento, la protección del Santuario se había quebrado bajo el ataque. Quemó su cosmos hasta que igualó el del peliazul. La barrera se fortaleció.

No podían distraerse un solo segundo… ni descansar, tampoco. Ninguno.

Aquella iba a ser una larga noche…

-X-

—¡Es el fin del camino para vosotros! ¡Maldición de San…!

Un resplandor de impresionantes dimensiones le hizo callar. La luz era intensa y ardiente. Tanto que incluso las reminiscencias del Polvo de Diamante se derritieron en su presencia. Ninguno de ellos fue capaz de levantar la mirada, cubriéndose con las manos para aplacar el ardor en los ojos.

—¡¿Qué demonios…?! —Ese día se estaba convirtiendo en un desastre de proporciones épicas para Shura. Camus no le respondió, pero estaba tan confundido como él, y odiaba esa sensación. —¡Mi señor! —Alcanzaron a escuchar la voz de su adversario. La cantidad de respeto y temor que encontraron en ella les erizó la piel. Un simple vasallo, eso era aquel hombre tan poderoso.

—Regresa ahora. —Una segunda voz, templada y suave se dejó oír. —Has actuado sin conciencia, ni razón. El tiempo de Athena y sus Santos todavía no ha llegado.

—¡Pero señor, están a mi merced! ¡Su muerte será una alabanza a tu nombre!

—¿Acaso es necesario que me repita? ¿Debo entender tu respuesta como una señal de rebeldía o de estupidez?

—No… Yo… —Acesio agachó la cabeza y en su rostro, una mueca de rabia se dibujó. Toda la frustración y la ira que aquella orden le ocasionaba, enturbió su mirada. —Como mandes, señor mío.

Fueron esas palabras suficientes para que la luz se desvaneciera, y las tinieblas volvieran a apoderarse de la noche.

Un par de segundos transcurrieron con lentitud, en los que no existió nada. Solo silencio. Ahí, frente a frente, Acesio y los dos Santos de Oro se miraron frente a él.

Uno a uno, los Santos de Plata se desplomaron a los pies del enemigo. El viento sopló más fresco y menos denso. Lentamente, la fuerza de Camus y Shura regresaba, alejando los malestares que les hacían víctimas. Tal vez, por esa ocasión, de verdad todo llegaba a su final.

—Habéis de vivir unos días más, pero escuchadme bien, porque la próxima vez que nos encontremos, no habrá mañana para vosotros. Entregad mi mensaje a vuestros jóvenes maestros y aseguraos que escuchen atentos: el final de vuestro tiempo está cerca. No habrá hombre ni dios que pueda detenerlo. Porque todos habéis pecado, todos habréis de morir.

Y con un resplandor, su adversario desapareció. Mientras, a la distancia, escondidos en la oscuridad, un par de ojos los observaban, dubitativos pero emocionados.

-Continuará…-

NdA:

Milo: Creo que tenemos un rompecabezas de ovejita…

Gato: Pero, ¿qué…? ¡¿Qué ha pasado?!

Shura: ¡No estoy seguro de nada! ¡No sé que ha pasado?

Kanon: ¡Valium! Tengo Valium para todos!

Aioros: ¡Por todo el panteón olímpico! De pronto siento ganas de fumar…

Saga: Ay…

Eudora: Mas vale que alguien pague por las reparaciones en mi fuente.

Arles: Nos ocuparemos de eso, Eudora… cof… cof…

Saori: Madre mía…

Milo: ¿Pegarán los huesos de Shion? ¿Cómo recogeremos el orgullo de Shura y de Camus? ¿Evitarán nuestras Ilustrísimas Sustitutas un infarto?

Gato: ¡Todo esto y mucho más, en el próximo capítulo!

Saga: Ay, ay, ay...