Cap. 38: Decepción (Parte uno)
Pestañee, confundida y desubicada, mirando a los lados tratando de ver en donde me encontraba.
Era una casa.
Todo estaba oscuro debido a que era de noche, a unas altas hora de la madrugada supuse.
Miré, extrañada, a la desconocida casa donde me encontraba actualmente, sin saber como había llegado hasta aquí. La anticuada, aunque elegante, decoración me tenía desconcertada, tanto como el hecho de que haya aparecido de la nada aquí.
No tuve más tiempo para seguir apreciando el decorado y ambiente de la casa, porque un fuerte sonido me sobresaltó.
Todo pasó muy rápido. Demasiado rápido.
Un pequeño cuervo se chocó contra el vidrio de la ventada, para luego irse volando entre fuertes aleteos y graznidos distorsionados, haciendo también que el gato, aquel que no había notado hasta ahora, maullase fuertemente y tirara sin querer el lamparín que estaba a su lado al salir corriendo. Este se calló de la pequeña mesa donde estaba, rompiéndose al estrellarse contra el suelo.
Y la alfombra empezó a arder.
Fue la primera victima de las llamas que, voraces, no se conformaron con la fina alfombra de felpa roja, y comenzaron a avanzar consumiendo también la pequeña mesa de madera de donde se había caído el farol.
Nunca antes había visto un incendio, no directamente, y puedo decir con toda seguridad que es aun peor de lo que se ve en la televisión o las imágenes.
Cuando el humo empezó a inundar el lugar reaccioné y me di cuenta de que tenía que salir de aquí.
Y también fue cuando me di cuenta de que no podía salir de aquí a toda velocidad como quería porque no tenía piernas con que correr. De hecho, no tenía ninguna otra parte del cuerpo.
Fue ahí cuando llegué a la conclusión de que esto no era más que un sueño, uno de esos donde eres simplemente el espectador.
Un sueño demasiado vivido, debo agregar, ya que todo esto parecía real, muy real. Hasta podía sentir el calor de las crecidas llamas y oler el humo que producían las cosas al quemarse.
-¿Qué sucede, Princesa? ¿Por qué me despiertas a estas horas? ¿Tienes hambre?- dijo una suave voz femenina-
Miré en dirección a donde provenía la voz.
Por el pasillo del segundo piso apareció una chica en camisón de dormir, sosteniendo en brazos a aquel gato de color blanco que tiró el lamparín.
Me llamó la atención el color poco común de su cabello, que era de un rojo extraño, pero hermoso, y caía como cascadas por su espalda y hombros en suaves ondas. Nunca antes había visto uno de ese color, era una mescla de rojo y dorado.
Pero lo que realmente me asombraron fueron sus ojos, de un color verde menta que por primera vez había visto, ligeramente rasgados y grandes, lo que le hacían parecer dulce e inocente, aunque si te fijabas bien podías ver un brillo astuto en ellos. Habría creído que es un vampiro si no fuera por sus ojos, ya que su rostro era tan hermoso y perfecto como sus anteriores ya mencionados rasgos.
La chica gritó al asomarse por el barandal de las escaleras y ver el salón, ahora en su mayoría cubierto en llamas.
-¡MAMÁ, PAPÁ, TOM!- gritó, girándose y corriendo por donde había venido, aun con el gato entre sus brazos.
Se escucharon algunas voces lejanos, y después de unos segundos la pelirroja apareció por el pasillo acompañada por lo que supongo eran sus padres y un niño pequeño al que asumí era su hermanito menor. Vi que su madre tenía el pelo rojo, y su padre ojos verdes, pero ninguno se igualaba con los de la chica, que ahora además de estar cargando al gato también sostenía con un brazo al niño. Me sorprendió lo fácil que le resultaba cargarlos a los dos al mismo tiempo sin inmutarse. Por otro lado, su padre parecía llevar abrazado una antigua, y algo grande, caja fuerte. La señora no tenía nada sujeto.
Bajaron rápidamente las escaleras y se dirigieron directamente a la puerta, sin ni siquiera prestarle atención a la casa y las cosas que se estaban incendiando. Afortunadamente, la salida aun estaba libre de las llamas y pudieron salir de la casa sin problemas.
-No puedo creer, nuestra casa…- comenzó la madre.
-De igual manera íbamos a mudarnos a una casa más cercana a la ciudad- cortó de manera despectiva el padre.- Nos quedaremos esta noche en la casa de mi primo-
La chica le dirigió una mirada furibunda antes de dejar al niño que cargaba en el suelo, aunque rodeándolo con un brazo de manera protectora, y sosteniendo al gato con el otro.
La pelirroja suspiró con tristeza al girarse y ver su casa.
De pronto el niño se soltó del agarre de la chica y empezó a decir que había olvidado su oso de peluche y echó a correr hacia la casa.
-¡No, Tom!- gritó la madre.
-Este imbécil… ¡Vuelve aquí!- gritó la chica.
-¡¿Qué te he dicho sobre ese vocabulario tuyo..? ¡Evangeline!-
-¡Evangeline, hija, no!-
Pero ella no les escuchó. La chica dejó al gato en el suelo y salió corriendo tras el niño.
Cuando ella entró a la casa el niño no estaba por ningún lado. Lo llamó varias veces pero el no respondió a ninguna de sus llamadas. La desesperación estaba presente en su rostro.
Estuvo a punto de entrar en un ataque de pánico cuando el niño fue visible en lo alto de las escaleras.
-¡Tom!- gritó, aliviada- ¡Ahí estas! ¡Baja ahora mismo!-
El niño bajó rápidamente, abrazando con fuerza el oso de peluche que tenía con los dos brazos. Ella lo regañó por haber hecho eso, entrar de nuevo a la casa en llamas. El pequeño se disculpó, pero insistió en que no podía dejar que su oso "muriera" en el incendio.
-También traje algo tuyo- le dijo el niño cuando se reunió con ella en el descanso y tomó su mano -
-¿Ah, si?- inquirió, respirando agitadamente mientras caminaba sorteando el fuego.
-Si- asintió el niño, quien tosió levemente por el humo-Tu tiara y tu brazalete favorito- le dijo enseñándole las cosas: Una tiara delgada de oro y un brazalete de plata.
En ese momento ella se envaró y dejó caminar por un segundo, antes de seguir con su recorrido.
-Gracias- dijo sinceramente .
-Tenía que traerlas también, tu amas estas cosas, y eres la única que se preocupa por mi en esta casa-
-Eso no es cierto- le contradijo suavemente.
-Si es cierto. Nadie ha venido por mi cuando entré a la casa, solo tu- él bajó la vista, triste-
Ella iba a contestarle, pero entonces una llama de fuego se alzó frente a ellos, haciendo que ella de un fuerte respingo y se tambalease hacia atrás. Rápidamente recobró el equilibrio y siguió por otro camino.
-¿Me contaras la historia del vampiro más tarde?- le preguntó el niño.
-¿Otra vez?-preguntó ella, sonriendo de lado.
-Si- asintió- Es muy emocionante-
-No tiene nada de emocionante, Tom. Ese vampiro era muy estúpido. Creyó con demasiada rapidez mi mentira. ¡Por favor! ¿Yo una bruja?- negó con la cabeza.
El niño se encogió de hombros.
-Curaste a Princesa una vez, solo con tocarla.
La sonrisa de la chica se borró.
-Fue una coincidencia- dijo, apretando los dientes.
El niño se volvió a encoger de hombros.
-Si tu lo dices…
-¿No se lo habrás dicho a alguien, verdad? Quiero decir, no desearías ver a tu hermana quemándose en una hoguera-
Parecía decirlo en broma, pero yo podía ver claramente su nerviosismo.
-Claro que no. Es un secreto que acordamos guardar- la chica asintió, aliviada- No te preocupes por eso, tu pesadilla nunca se hará realidad-
Ella se tensó.
-¿Pesadilla?-repitió.
-Si- asintió el niño- A veces sueñas con que te queman o algo así. Mamá dice que las tenías desde pequeña. Según ella, tu pesadilla consistía en que te acusaban de brujería, y te quemaban por lo mismo. -
Ella se quedó callada durante unos segundos, hasta que finalmente le preguntó:
-¿Tu crees que soy una bruja?- su voz sonó temblorosa.
-Yo creo que eres Evangeline, y lo demás no me importa-
Evangeline no le respondió nada, simplemente siguió caminando.
-Oye ¿Te querrías casar conmigo?- le preguntó el niño cuando estaban cerca a la puerta, mirándola con ojos grandes y soñadores.
Unos ojos que reconocería en cualquier parte.
Eran de un color diferente, café claro, pero la mirada era la misma.
¿Pero que…?
-No puedo casarme contigo, tonto, somos hermanos ¿recuerdas?- se rió la chica-
-Soy adoptado, ¿recuerdas?- imitó- No tenemos ningún lazo sanguíneo-
Bien, eso explicaba por qué no tenía ningún parecido con sus padres. Su pelo era de color castaño oscuro casi negro y los ojos cafés.
Pero aun no explicaba el hecho de que tenga su mirada ¿Por qué…?
-Aun así… soy muy mayor para ti ¿no crees?- le preguntó.
-No me importa. No se notará mucho cuando crezca, solo tienes que esperar un par de años- replicó rápidamente, sonriendo de manera esperanzada.
El niño empezó a toser con más fuerza que la vez anterior, pero logró calmarse.
-No hables, te va a entrar el humo a los pulmones- le dijo rápidamente la chica.
Finalmente, después de haber atravesado el amplio salón, pudieron llegar a la entrada.
Sentí un profundo alivio cuando vi que se acercaron a la puerta.
Pero me relajé demasiado pronto.
Al igual que hace un rato, el fuego les cerró el paso, solo que está vez no era una simple llama, eran tres enormes llamas y cubrían todo el ancho y casi el alto de la puerta. Rápidamente ella se giró y miró a los lados en busca de otra salida. Nada.
La expresión de la chica fue cambiando a una de miedo y desesperación, me di cuenta, pero rápidamente se controló y volvió a la normalidad.
-¿Qué vamos a hacer?- preguntó asustado el niño, pegado a ella- No quiero morir-
-No vas morir- le dijo, agachándose para llegar a su altura. Lagrimas comenzaron a correr por su pequeño rostro- ¿Me has escuchado? No vas morir. No tengas miedo- limpio rápida, pero suave, sus lagrimas con la yema de sus pulgares-
-¿Pero como? No hay salida. Estamos atrapados-
Sus ojos grandes y asustados me rompieron el corazón. ¡Maldición! Deseaba poder de alguna manera ayudarles, hacer algo, pero no podía. En este sueño, aunque estuviera lucida y consiente de que lo era, no podía hacer ni controlar nada.
Entonces mi vista se centró en una de las ventanas que no estaba del todo cubierta por fuego. Aun.
La chica también se dio cuenta de ello. Se lo pensó un segundo.
-Voy a sacarte de aquí- le prometió.
Se levantó de un salto, cargando al niño con tanta facilidad que me sorprendió de nuevo, y se dirigió a la ventana rápidamente.
-¿Pudiste recolectar las hojas secas y reunirlas en un montón, a lado de la ventada, verdad?- le preguntó.
-Si- respondió el niño.
-Bien entonces- asintió para si misma- Voy a lanzarte por aquí, y tu deberías caer sobre el montón de hojas secas. Eso amortiguará un poco tu caída- explicó con rapidez y algo de nerviosismo, aunque dudo que el niño haya podido percatarse del ligero temblor en su voz.
Por suerte, esa ventana estaba abierta, y aunque estuviera bloqueada por el fuego, aun podía pasar por ella una persona pequeña y delgada, siendo impulsada por alguien.
Una persona delgada y pequeña, impulsada por alguien…
Seguramente el niño saldría sin problemas, puesto que tenía a lo mucho ocho años, siendo lanzado por la chica, pero ella… ¿Cómo saldría?
La dura y triste respuesta me golpea.
-Voy a sacarte de aquí- le prometió.
Mas no dijo nada de salir ella también.
-¿Confías en mi?-le preguntó ella, mirándolo a los ojos.
Él asintió.
-¿Qué pasará contigo?- le preguntó él.
Vi como los ojos de la chica se humedecían levemente, aunque le sonrió al responder:
-No te preocupes por mi. Yo estaré bien- le aseguró, me sorprendió la seguridad con que sonó su voz- ¿Sabes que te quiero?- inquirió, dándole un beso en la frente- A ti, y a mamá. Y papá también, aunque sea insorteable a veces. - Acarició su mejilla- Nos veremos… pronto - sentí un nudo en la garganta cuando entendí a lo que se refería- ¿Estas listo?- le preguntó.
-Si- asintió.
Ella cerró fuertemente los ojos, abrazándolo por ultima vez, y luego los abrió, lanzándolo con fuerza justa por la ventana. Se oyó el crujir de las hojas secas afuera.
Pude escuchar los suspiros de alegría y alivio de la madre, y por extraño que parezca, del padre. Pero su felicidad se apagó cuando se dieron cuenta de la ausencia de su hija, entonces comenzó de nuevo el griterío.
La chica sonrió con alivio al saber que su hermano estaba bien, y que ahora estaba a salvo de las llamas que muy pronto la consumirían a ella, tal y como lo hacían con la casa.
Su rostro se desencajó después, al ver lo que le esperaba. Lagrimas comenzaron a caer descontroladamente por su niveo rostro.
Y justo cuando pensé que entraría en un ataque de pánico y empezara a gritar de desesperación, hizo todo lo contrario.
Suspiró largamente, el poco oxigeno que quedaba en este lugar lleno de humo asfixiante, y abrió finalmente sus ojos.
Cuando los abrió, pude ver que su mirada era calmada y resignada, como si de pronto morir carbonizada no fuera algo de que temer.
Pero había algo más.
Reconocí de inmediato la extraña sensación que tuve al mirar en ellos.
Ella estaba embarazada.
Caminó lentamente hasta una esquina libre del fuego, y se sentó, hundiendo la cabeza en sus rodillas.
-Lo siento- se lamentó con voz temblorosa- No podré cumplir mi promesa. Cuando lo siento… Te amo-
No decía a quien iban dirigidas esas palabras que, obviamente, no eran para su hermano.
Sabía que estaba soñando, pero no hacía menos horroroso lo que estaba pasando frente a mis ojos.
Vi como su figura se iba desapareciendo de mi campo de visión conforme las llamas se aproximaban a ella y la cubrían lentamente.
-¡NO!- grité, horrorizada.
-¿Bella?¡Bella! -
Sentí como unas frías manos me sacudían ligeramente por los hombros. Otro gritito salió de mis labios y me removí tratando de liberarme.
-Bella, amor, soy yo- susurró una aterciopelada voz.
Abrí los ojos lentamente. Dos hermosos orbes dorados me observaban, dilatados por la preocupación.
Yo, a lo único que atiné fue a incorporarme, abrazarlo y hundir la cabeza e su cuello. Entonces empecé a llorar.
-Sshhh... todo está bien. Solo fue una pesadilla, ya ha terminado- me consoló.
Edward rápidamente me atrajo hacia si, sentándome en su regazo y rodeándome con sus brazos como si fuese una niña pequeña.
No solía llorar cuando tenía pesadillas. Nunca lo hacía, de hecho. Cuando tenía una y me despertaba, tratase de lo que se tratase, simplemente me quedaba pensando un rato en ello y luego me levantaba o me volvíaa dormir, depende de la situación. Solo lloraba con una en especial: Cuando mamá moría. No pude salvarla y moría. Recordaba que cuando eso pasaba, y compartía habitación con mi madre, ella iba a mi cama y me abrazaba, y se quedaba a dormir conmigo. Yo no le decía lo que había soñado, claro, y ella tampoco me lo preguntaba. Me avergonzaba decírselo.
Nunca le dije que la quería, y ahora lamentaba no haberlo hecho. Yo y mi maldita costumbre de no expresar mis sentimientos.
Escuché a Edward susurrarme palabras tranquilizadoras mientras frotaba suavemente mi espalda. Me decía que solo era pesadilla, que no era real y todo estaba bien.
Poco a poco, me di cuenta de lo ridícula que era la situación y de lo patética que seguro me estaba viendo ahora. Es decir ¿Quién persona de dieciocho años tiene una pesadilla y llora? ¡Por favor! Yo era mucho más madura que eso. En serio, ¿que me estaba pasando? ¿Desde cuando era una llorona?
- Tuve una pesadilla- dije como una niña pequeña, aun sin separarme de él. Me sentía cómoda y segura entre sus brazos, además que mis mejillas seguro estaban rojas y no quería que Edward lo notase.
-¿Quieres hablar de ello? Tal vez eso ayude- sugirió.
No respondí. Quería contárselo, pero temía lo que pudiera pensar de mi. No quería verme más patética de lo que ya me veía.
Al final, tomé un largo suspiro y se lo conté. Desde la tonta causa del incendio, hasta la trágica muerte de la chica pelirroja. No me atreví a sacar la cara de su cuello, me sentía ridícula contándole todo eso y me daba vergüenza mirarle.
Edward tenía razón, me sentí mejor cuando terminé a contárselo. Aunque todavía me sentía avergonzada y mis mejillas estaban sonrojadas.
-Dios. Soy patética- me lamenté cuando terminé con mi estúpido relato. Solo yo me pongo a llorar por una pesadilla, aun cuando yo ni nadie que conozca participa en ella. - Lo siento-
-No eres patética, Bella- me contradijo suavemente, acariciando mi cabello con una mano y con la otra trazaba figuras en mi espalda- Y tampoco lo sientas. Me das una excusa para hacer esto- dijo besando mi cabeza y estrechándome más.
Suspiré.
-Bueno, eso definitivamente es una ventaja- dije.
Oí su risa. Su pecho sacudiéndose ligeramente. Sonreí.
Por fin, pude disminuir mi vergüenza, digo disminuir porque no había desaparecido del todo, y me alejé de él un poco para poder mirarle.
Lo primero que vi fue sus ojos, que como siempre me atraparon.
Los ojos del niño de mi pesadilla aparecieron como un flash en mi mente.
Me estremecí.
-¿Me das un minuto humano?- le pregunté antes de que dijera algo sobre mi repentino estremecimiento.
-Todos los que quieras- sonrió- Pero recuerda que hoy es lunes y tenemos escuela - Deshizo nuestro abrazo y me tomó por la cintura, levantándome con facilidad, para luego dejarme nuevamente en la cama. Me dio un suave beso en la frente antes de salir de mi habitación.
Yo me quedé unos segundos ahí sentada sin mover un musculo.
La misma mirada, colores diferentes...
Al final, negué con la cabeza desechando las ilusas ideas de mi cabeza y me dirigí al baño.
Aquello no era posible. Empezando porque el niño no se parecía en nada a Edward, salvo por los ojos...
No. Simplemente no. Seguro me sugestioné, si. Soñé a un niño con los ojos de Edward, que no se parecía en nada a él. Si. Eso es.
Asentí para mi misma mientras entraba a la ducha.
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Apoyé la cara en mi mano de manera aburrida, suspirando.
-Así que…- empezó Jessica. Giré la cabeza y la miré.- ¿Cómo te va con Edward?-
Sinceramente, estaba sorprendida de que me hablara. Quiero decir, no es que haya tenido algún problema con ella durante este tiempo, pero no hablábamos como antes. Y me sorprendí aun más que me preguntara sobre Edward. No solía preguntarme sobre él las pocas veces que intercambiábamos algunas palabras.
-Bien. Muy bien. Hoy cumplimos un mes- sonreí ampliamente, aunque seguía sorprendida- Gracias-
Ella murmuró un "Ah" y asintió para si misma. Parecía un poco desilusionada.
-¿Por qué?- pregunté, frunciendo el ceño.
-Oh, por nada- se encogió de hombros- Solo que… Bueno, las parejas de aquí no suelen durar tanto- Suspiró- Mike y yo nos pelamos el viernes, por eso te llamé- bajó la vista.
Y así fue como el resto de la clase nos la pasamos hablando de Mike y la pelea que tuvo con Jessica. Según ella, Mike coqueteó con la mesera del restaurante donde la llevó a cenar esa noche. Conociendo a Mike, eso pudo haber pasado. Pero también conocía a Jessica, y su costumbre de exagerar la cosas. Así que no podía decidir quien realmente tenía razón.
Adolescentes tenían que ser.
Y yo hablo como si no fuera una.
Le di mi opinión final segundos antes de que el timbre de la hora del almuerzo sonara. Justo a tiempo. Le dije que debería tomárselo con más calma y hablar con Mike en vez de ignorarlo, y quizás darle una segunda oportunidad en caso de que esté verdaderamente arrepentido.
Jess me agradeció por escucharla, y yo le sonreí antes de girarme hacia la salida, saliendo de mi papel "psicóloga-Bella".
Edward ya me esperaba en la entrada, recostado contra la pared. Sonreí ampliamente.
-Así que, Bella, ¿Cuánto me cobrarías por una sesión?- me preguntó cuando llegué a su lado y me diera un suave beso en la frente. Nos encaminamos a la cafetería.
Fruncí el ceño y le miré. Él sonreía de manera burlona.
-Con que te crees muy gracioso, ¿no?- inquirí, molesta-
-Es que le hablaste a Jessica de una manera tan profesional, le aconsejaste con una paciencia que muy pocas veces tienes…-
-¿Qué quieres decir con "muy pocas veces"?- pregunté, deteniéndome en la mitad del desierto pasillo.
Edward también se detuvo.
-Vamos, Bella, tu no eres precisamente una persona paciente- su gran sonrisa no decayó- Y verte siéndolo con alguien siempre es fascinante. Extraño, pero fascinante-
Puse los ojos en blanco y reanudé la marcha. Edward me siguió.
No puedo negar que me gustó cuando Edward me dijo que le parecía fascinante, pero aun estaba molesta por decirme que no tenía paciencia.
-Eso no es cierto.- repliqué cuando entramos estuvimos cerca a la cafetería- Yo si tengo paciencia-
-Claro- dijo de manera sarcástica.
Para esto ya habíamos llegado a la cafetería y habíamos hecho nuestra cola para comprar nuestra comida.
Luego nos dirigimos a nuestra mesa, él llevaba la bandeja de comida.
-Si tengo paciencia- insistí. Sonreí cuando Edward retiró la silla por mi después de dejar la bandeja en la mesa, luego arrastró su silla hasta situarla al lado de la mía.
-Recuerdo que una vez un idiota me quitó el sitio de aparcar en el supermercado. Fue dos días antes de mi cumpleaños. Me había quedado esperando mientras una mujer con dos niños cargaba sus compras en el maletero de su monovolumen, dando golpecitos ansiosamente con mis dedos en el volante de mi auto.-
Recuerdo perfectamente las ganas que tuve de sacar la cabeza por la ventanilla del auto y gritarle a la vieja que se apure en guardar sus cosas.
-Cuando finalmente la señora se fue, un tipo con un auto deportivo negro se metió en el espacio. Toqué el claxon mientras él dejaba el coche, y él me hizo el corte de manga. Quise chocar mi auto contra la parte trasera de su brillante auto...-
Edward me miraba atentamente, con los ojos ligeramente ampliados.
-Podría haberlo hecho, pero no lo hice.-
Suspiró con alivio.
-En su lugar, con mucha calma, encontré otro espacio, a diez filas más allá. Con mucha calma, volví a la parte trasera de su hermoso auto. Y, con mucha calma… le pinché la rueda delantera izquierda.-
Edward me miró por unos segundos en silencio antes de explotar en fuertes risas. Risas que muy pronto fueron acompañadas por las mías.
Probablemente todos nos estuvieran mirando ahora, lo sabía, seguro creyendo que nos volvimos locos. Bueno, más de lo que ellos pensaban que estábamos.
-Lo sé, lo sé- dije entre risas- No justifica mi acto de vandalismo. Pero, vamos, como si tú no hubieras querido hacer lo mismo.- otra ronda de risas-
-Bueno, eso para ti es todo un avance en cuanto a tu paciencia. No chocaste la parte trasera de su auto, y tampoco lo golpeaste hasta que se fuera y te dejara el espacio libre. Además, fuiste generosa con la elección de la rueda.
-¿Generosa? ¿Por qué?-pregunté.
-Al menos lo vería en cuanto volviera. Si hubieras elegido la trasera derecha, tal vez no lo hubiera notado hasta estar conduciendo calle abajo y le podría haber causado serios daños a sus llantas de encargo.-
-Tienes razón- me reí- Debería estar agradecido.-
Nos reímos un poco más cuando nos giramos y vimos las caras con las que nos miraban todos, de manera más silenciosa, claro.
El resto del tiempo nos la pasamos hablando de cosas triviales y sin importancia como lo anterior, riendo ocasionalmente.
Comimos. Bueno, yo comí. Edward solo fingió hacerlo. Hice una mueca al ver la bandeja aun llena, que seguramente terminaríamos tirando a la basura.
Él tenía la culpa, yo siempre le decía que no se molestara en comprar tantas cosas. Yo no solía comer mucho a esta hora, y últimamente casi nada con mi repentina y extraña carencia de hambre.
Esa era otra de las cosas por las cuales me estaba preocupando últimamente. Mi falta de apetito. No es que antes comiera un montón, claro está.
Debía admitirlo, estaba empezando a asustarme.
Comía, si, pero poco y no sintiendo hambre. No me era incomodo, pero tampoco era agradable.
Lo más extraño era que mi peso seguía siendo el mismo. Mi energía y fuerza no habían disminuido. Al contrario, creo que había aumentado.
Y lo mismo me pasaba con respecto a dormir.
-Recuérdame conseguir esta tarde un poco de sangre de puma, ponerlo en un recipiente térmico y traértelo mañana para el almuerzo- le dije cuando él me tendió la manzana que "supuestamente" se iba a "comer".
Vi aparecer la sombra de una sonrisa, pero luego le vi tensarse ligeramente y mirar hacia otro lado.
Yo rápidamente me giré y seguí la dirección de su mirada.
Reconocí de inmediato a quien estaba mirando, era al chico con quien Tanya estaba saliendo antes.
Al principio no entendí por qué Edward le miró, o por qué el chico parecía asustado y sorprendido, pero luego de unos segundos logré saberlo.
Su mesa era la más cercana a la nuestra, así que seguro escuchó mi comentario sobre la sangre.
Nos miró por un rato más, intimidado, antes de negar ligeramente con la cabeza y desviar la vista.
Suspiré silenciosamente con alivio y dejé de mirarle.
Edward también dejó de hacerlo.
Nuestras miradas se encontraron antes de explotar en risas de nuevo.
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La clase de Biología pasó rápido. Demasiado rápido, quizás. Resulta que hoy el profesor Banner no se presentó en la clase. Al principio creí que de verdad le habían despedido, pero luego nos informaron que era por motivos de salud. Solo nos dieron eso. Ningún otro detalle más.
A pesar de lo que pasó la anterior clase, me sentí realmente preocupada por él.
Y culpable.
¿Recuerdan que una vez les dije que, extrañamente, el que se mete conmigo le pasan cosas malas?
Ya, pues creía que esto estuviese pasado ahora.
Algo tonto, lo sé, pero no podía evitar no sentirme culpable.
El director se fue y el salón se convirtió en un verdadero desastre. Bolas, aviones, y todo tipo de formas de papel volaban por los aires. Fuertes conversaciones y risas. Peleas. Algunos incluso se pusieron a dibujar y escribir obscenidades en la pizarra.
En serio, era como regresar a primer grado, cuando la profesora salía fuer a del salón unos minutos.
Solo que en vez de niños pequeños y traviesos, eran adolescentes inmaduros e insensibles que no sienten ni una pisca de preocupación hacia su profesor.
Sentía rabia. Simplemente no lo entendía.
-Tuvo un accidente automovilístico. Su auto chocó contra un poste esta mañana al esquivar un peatón que iba cruzando la calle. Según la policía, fue un fallo en los frenos - me dijo Edward después que yo le preguntara que le había pasado.
No pude evitar sentir un estremecimiento en el cuerpo cuando mencionó en el fallo en los frenos.
Tenía razones muy buenas para temblar, claro.
A mi tío le había pasado lo mismo. Justo después de haber… hecho lo que hizo esa noche. Su auto tuvo un fallo en los frenos.
Solo que él no sobrevivió.
-Él no está tan grave, Bella- me tranquilizó Edward cuando vio mi temblor- Va a recuperarse pronto- me aseguró.
Le dediqué una pequeña sonrisa de agradecimiento. Él me sonrió de vuelta, acariciando mi mejilla y posó suavemente sus labios en los míos. Suspiré antes de rodear su cuello con los brazos y acercarlo más.
Sentí sus helados dedos por debajo de mi blusa otra vez, en la parte baja de mi espalda. Una muy placentera corriente eléctrica recorrió mi cuerpo.
Edward se alejó cuando se dio cuenta de que me yo realmente necesitaba respirar.
Me sonrojé ligeramente cuando vi a Ángela mirarnos fijamente desde su mesa del frente, con los ojos ampliados por la sorpresa, aunque sus labios se curvaban ligeramente en una sonrisa.
Me pregunté desde cuando había estado mirando, y cuanto había mirado.
Me hubiera sentido mal por ella si no fuera porque ya estaba con Ben, o más bien, ya la habíamos emparejado con Ben. Bueno, nosotros no hicimos mucho, los sentimientos ya estaban ahí, solo les dimos un empujoncito. Ben parecía un buen chico, alguien merecedor de Angela. Los había visto un par de veces y si, se veían muy bien juntos.
Edward me atrajo hacia si segundos después, haciendo que me apoyara en su pecho y rodeándome con sus brazos, acariciando mi cabello.
-Me encanta lo cálida que eres- murmuró antes de darme un beso en la coronilla.- Es como si estuviera al lado de un estufa-
Me reí ante sus palabras. Me hizo recordar a mi madre, ella decía lo mismo. De hecho, le gustaba abrazarme por la misma razón. Ella siempre tenía frió.
También recuerdo haberle mirado ceñuda cuando se acercaba a mi con intención de abrazarme. Yo odiaba los abrazos.
Lo sé. Raro.
Y los sigo odiando, solo con una pequeña excepción. Edward.
-Estufa, ¿eh?- dije- ¿Es solo por eso que te gusta abrazarme?- le pregunté.
Él besó mi mejilla antes de contestar.
-También porque eres suave.- acarició mi mejilla con la yema de los dedos- Porque siento que estoy en cielo cuando te tengo entre mis brazos- su abrazó se apretó ligeramente- Y porque te amo-
Sonreí.
-Yo también te amo-
Me giré un poco con intenciones de besarlo, pero entonces algo captó mi atención.
Atrapé la bola de papel que me lanzaron con una sola mano.
Miré a los lados y vi quien la había lanzado. Evelyne. Parecía sorprendida de que yo haya podio atrapar la bola de papel.
Quise levantarme.
Quise levantarme y gritarle.
Quise levantarme, gritarle y pegarle.
Pero no lo hice.
En su lugar, me limité a lanzarle el mismo papel con toda la fuerza que poseía.
-Realmente estás aprendiendo a controlar tu ira- dijo Edward, parecía asombrado.
Yo me reí antes de reanudar nuestro beso frustrado.
