CAPÍTULO 50. FUNDAMENTO.
La tarde del domingo había sido casi paradisíaca para la pareja de actores y quienes les acompañaban, hasta que Erwan les recordó que al día siguiente, sería el día de pelear por la custodia de Sarah y que ella también tendría muchos trámites por hacer junto a J. y dio recomendaciones a todo mundo de cómo actuar y qué decir.
—Nos vemos en el juzgado —advirtió el abogado, quien se marchaba antes que ellos para arreglar un par de detalles de último momento.
—Allí estaremos todos —Jeremy aseguró tomando la mano de su esposa por encima de la mesa transmitiéndole que estaría a su lado fuera a donde fuera.
—Sr. Gywdeon, confío en sus innatas cualidades para manejarse por el caso Brunello.
—No se preocupe, Dr. Jones. Y claro está, que el caso es suyo. No dejaría a nadie más a cargo. —Este le hizo una pequeña reverencia con un dejo de burla que llamó la atención a Sarah, pero, sabía que "J." siempre tenía un as bajo la manga y, quizás, algo de eso representaba este hombre. Jeremy observó a J. ¿Ya estaba decidiendo sobre Sarah? Luego recordó que él mismo le había sugerido al abogado y se encogió levemente de hombros pensando que el muchacho hablaría de sí mismo y a causa de su recomendación.
—Sarah —llamó su madre—, no es necesario que vengas con nosotros, no esta vez.
—Lo sé, mamá. Pero... quiero hacerlo. Amo a papá, pero... él no piensa en mí, no verdaderamente.
—Lo siento, bebé. —Linda tomó su mano entre las suyas con cierto remordimiento en su mirada, quizás pensando que debió haber escogido mejor al padre de su hija.
—Mamá, no te sientas mal... Yo... sé que en el fondo me ama, a su retorcido modo y... quizás no soy su prioridad, pero... no deja de ser mi padre por muy... insensato que sea.
—Nuestra muchacha, ha crecido mucho —Jeremy sonrió con bonanza viéndolas—. ¿Tienes algo que ver, J.?
—¿Yo? ¿Por qué?
—Bueno... le llevas unos cuantos años...
—Jeremy... sé bueno. —Linda lo fulminó—. Discúlpalo, J., aunque no parezca suele comportarse como un crío celoso.
—¡Tsk...! ¡Eso no es cierto! —se quejó el actor, en tanto, Sarah se echó a reír y J. le acompañó con más recato.
—Bueno, nosotros ya nos vamos —Jareth, en su forma humana, avisó levantándose de la mesa tras ver que Sarah había terminado con su taza de café con leche—. Tenemos que hacer varias cosas antes de ir al juzgado de familia.
—Nos vemos allá, chicos. Vayan con cuidado. —Linda besó en la mejilla a su hija tras un abrazo—. Te amo.
—Y yo a ti, mamá. —Le correspondió el abrazo cerrando los ojos. Y finalmente se separaron. Sería un día muy largo para todos.
—¿Nos vamos ya? —J. sonrió ante el beneplácito de Jeremy.
—¡Sí, estoy lista! —Sarah casi corrió hacia él y se aferró de su brazo, donde giró para ver a su madre y padrastro—. Espero con todo mi corazón que ganen.
—¿Con quién crees que hablas, niña? —Jeremy se puso de pie con aire jactancioso acomodándose el cabello—. Este magnífico actor pondrá al jurado a su favor...
—No habrá juzgado, amor, no es un juicio —Linda le vio de reojo burlona, haciendo desarmar al actor con cierta molestia. La otra pareja rió—. Ya váyanse, si es por él estaría pavoneándose todo el día. —Los jóvenes se marcharon de buen talante.
—¡Oye...! ¡Eso no fue bonito de tu parte!
—¿Y sacarte el puesto de bonito a ti? ¡Ni pensarlo! —se volvió a mofar yéndose hacia el cuarto—. ¡Vamos, señor galanura, hora de terminar de arreglarse!
—Ella es cruel... —refunfuñó casi como un niño—. ¡Y yo ya estoy vestido! —reclamó con la camisa de su traje entreabierta. Esperaba que ella no se refiriera a la corbata. Odiaba las corbatas, sólo lo toleraba durante los premios Oscar.
La comisaría estaba bastante concurrida con los abogados de unos y de otros. Todo era caótico y todo mundo iba y venía. En eso, se presentó Brunello al enterarse tras su viaje, que su hijo estaba en problemas.
—¿Quién está a cargo aquí? —reclamó con soberbia al oficial que estaba en el recibidor de entrada.
—Hasta nuevo aviso, el Capitán Eisenbergiron.
—¿Eisnen... qué? ¿Quién es? —indagó confundido.
—Nuestro capitán —el hombre respondió con obviedad.
—¿Es nuevo?
—No, señor, hace años que está con nosotros. ¿Se siente usted bien?
—S-sí... Vengo a pagar la fianza de mi hijo y a exigir que retiren los cargos. —El joven frente a él le echó una mirada poco amistosa.
—¿Usted sabe bajo qué cargos fue arrestado, Dr. Brunello?
—Lo que sea que hayan inventado... —Ahora el oficial frunció las cejas.
—¿Nos está tratando de mentirosos? —Apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—¡Pues, mire, sargento... —leyó su placa antes de proseguir con cierta dificultad— Ei.. senber... giron...! —Segundos después advirtió que portaba el mismo apellido que el capitán a cargo, pero, aquello no le detuvo del todo—. ¡Yo sé que mi hijo puede ser algo idiota a veces y... fumar alguna que otra hierba cuando se junta con algunos muchachos, pero...!
—Y planificar una orgía con menores de edad en su casa; prostituir menores sin consentimiento alguno y, hasta en algunos casos, drogarlas. ¿Le sigo o todo esto ya lo sabía? —Una voz masculina y grave se dejó oír tras él. El abogado giró furioso dispuesto a discutir. El hombre que vio y al que advirtió con las insignias de capitán tenía una presencia por demás autoritaria, no era de extrañar que las oficiales y hasta alguna que otra detenida no le quitara los ojos de encima, al igual que al que lo había recibido. Se lo advertía un tipo difícil de contradecir.
—Supongo que usted es el capitán Eisenter...
—Eisenbergiron. No es difícil. —Comenzó a ir hacia el hombre, en tanto, siguió hablando con seguridad—. Su hijo y todos los involucrados en la causa, no saldrán bajo fianza, Dr. Brunello. El juez ya lo dictaminó debido a la seriedad del asunto. Y... le recuerdo que usted no puede representar a su propio hijo.
—¡Pero, soy su padre, sí puedo pagar su fianza! ¿Quién es el juez a cargo del caso? ¡Todo esto está mal! ¡Sam no es capaz de todo eso...! —Era notorio que el hombre estaba perdiendo los estribos.
—Dr. Brunello, venga por aquí, por favor, a mi oficina. —Encabezó la marcha abriendo paso con su sola presencia, junto a la puerta de su despacho, la detective Bellerose, sentada en su propio escritorio haciendo el papeleo—. Detective, por favor, que nadie nos interrumpa.
—¡A la orden, capitán! —Siguió anotando aquí y por allá varios formularios y juntándolos todos, los emparejó con unos golpecitos sobre la superficie de su mesa, cuando aquel compañero humano le lanzó un beso con su mano y ella le correspondió coqueta en respuesta. Pena que no duraría mucho todo esto, luego, cuando todo terminase, volvería a ser Liroye, el chico raro de las Highs Mountains. Pero, al menos, se iría sabiendo qué se siente, sonrió satisfecha consigo misma.
Casi una hora después, Brunello salió con la cara transfigurada, parecía que su mundo se había derrumbado y atribulado se frotaba las sienes. ¿Cómo podía haberle hecho esto? ¿Cómo podía haber hundido a la familia y su nombre tan profundo en el fango? Esta sería la última vez que le ayudaría, le pondría un buen abogado porque era su único hijo, pero... ya no recibiría ayuda económica después de esto. Debería empezar a apañárselas solo. Ni siquiera fue a verle. No quería hacerlo. Dejó el edificio lo más rápido posible.
Bellerose le miraba curiosa al padre del causante de todo el alboroto y no pudo evitar notar a su capitán, unos metros por detrás de ella en la entrada de su despacho.
—¿Capitán, qué le hizo? —indagó cuando vio que este se reclinó a sus anchas en el marco de la puerta.
—Eres demasiado curiosa, niña. Le mostré parte de las evidencias donde aparece su hijo y, previo a eso, le mostré fotografías de las jóvenes afectadas, él mismo reconoció que las chicas habían tenido algo con su hijo; nada más.
—¡Oh...! Casi me da pena. —Quedó pensativa y volvió a su buen humor—. ¿Le sirvo un café, capi?
—De acuerdo. Y... hazme un favor. Consigue una de esas cajas de rosquillas.
—¿Una caja completa? —se azoró—. ¿Tanto apetito tiene?
—No es para mí. Para el "Dr. Jones" que parece se ha hecho afecto a lo dulce, últimamente.
—¡De acuerdo! ¡Entonces buscaré una linda presentación para regalar! —Tomó su bolsito negro y partió hacia la calle tarareando, cruzándose con el teniente que portaba igual apellido que los otros dos, el cual la observó con indagación, yendo hacia su tío.
—¿Y ahora qué le pasa que se le ve tan feliz?
—Creo que me hizo caso y está aprovechando lo que ahora tiene —respondió el capitán sonriente.
—Espero que no le afecte al regresar a casa.
—No creo. Es inteligente y... fuerte a su modo. ¿Viste lo que hizo a esa mocosa detestable? —Rió por lo bajo con su oscura voz.
—¿Bromeas? Lo grabé —susurró sacando un aparato del bolsillo de su pantalón—. Alguien disfrutará mucho viendo esto una y otra vez... —Mostró lo capturado en su cámara del celular y rió casi a la par de su tío, quién se lo quedó viendo instintivo e hizo una perversa sonrisa de costado.
—¿Para tu cuñado? —examinó con naturalidad aprovechando que el otro parecía todavía distraído con el vídeo en su celular.
—¡Sí, Conrad, amará ver...! —Se calló, de pronto, echando una hostigadora mirada de reojo a su jefe que le dejó solo partiéndose de risa y cerrando la puerta de su oficina, donde aún se le podía oír reír. El teniente, entrecerró sus ojos junto a un gruñido.
—¿Dónde está Brunello? —Robert chilló al ver al otro colega en su reemplazo. A varios metros de él, los demandantes con el propio procurador.
—Yo lo reemplazaré, Dr. Williams. Él... ha tenido un grave problema con su hijo y... —Fue irrumpido con la llegada del secretario encargado de abrir la sesión.
—Buenos días, caballeros. Si hacen el favor de ir ingresando, en minutos comenzaremos la audiencia.
—S-sí, claro —respondió con incomodidad el representante de Williams haciendo señal a su cliente de que también ingresara. Sin embargo, este se quedó viendo con odio al actor que ya se acercaba con su ex-esposa y el maldito abogado inglés.
Jeremy le sonrió con la misma osadía burlona de siempre al verlo vestido absolutamente de gris rata, hasta la camisa era aburrida. Robert lo estudió de pies a cabeza; la camisa de color gris muy claro, apenas podías distinguir si era gris o un blanco sucio a no ser que estuvieras cerca; el pantalón haciendo juego con su estúpido gorro color manteca y una chaqueta de reluciente blanco. "¡Payaso!" pensó el padre de Sarah; "siempre teniendo que hacerse notar". Linda parecía echar dagas por sus ojos, de conocerla, y la conocía lo suficiente, lo estaría estrangulando en ese momento. Ella también lucía un atelier que le quedaba exquisito, color negro con una elegante blusa sin mangas color púrpura, la falda por encima de las rodillas. El Dr. Jones se adelantó a ellos e hizo ademán de dar pase a su colega en desgracia.
—Buenos días, Dr. Williams. Espero que todo lo que resulte de hoy, sea lo mejor para la joven Williams.
—Ella está bien tal cual ha estado hasta ahora.
—Si usted lo dice... Pero, pase, por favor. —Extendió su brazo a modo de caballerosa invitación, por lo que el otro no se pudo negar. Luego cedió el lugar a su cliente y al esposo de esta al cual le advirtió con la mirada que se comportara, este sólo volvió a sonreír nuevamente y centró su especuladora mirada en el trasero del hombre quien iba delante, pues, Linda le estaba aguardando unos pasos más avanzados; al llegar a esta, recibió una palmada en el brazo con cierto disimulo.
—¡Compórtate, por todos los cielos!
—Sólo tenía curiosidad. —Se mordió los labios.
—Jeremy... —Lo observo severa y él no pudo evitar reír muy por lo bajo y darle un pequeño beso en los labios antes de guiarla con su brazo en su cintura.
—No te preocupes. Me portaré bien. —Se direccionaron a sus respectivos asientos frente al estrado. En tanto, los representantes legales ordenaban sus papeles y demás; y los confrontantes se espiaban, de tanto en tanto, con disimulo, la puerta al costado del plataforma se abrió.
En otro pupitre, Robert Williams con el asociado que, si bien era conocido, no le inspiraba la confianza como su amigo, Brunello, del cual todavía no pudo enterarse demasiado qué había sucedido con Sam, pues, hasta ahora, su colega le indicó que no sabía demasiado al respecto, ya que el mismo Brunello no había querido comentar mucho, pero, que parecía que el muchacho se había metido en un problema grande. Ante la insistencia de Robert, por conocer en qué momento había sucedido eso, el letrado le indicó que aparentemente en el transcurso del domingo, pero, que no estaba seguro. Aquello preocupó a Robert, pues, desde el sábado que no había sabido nada de Sarah.
—¿El domingo? ¿Y mi hija? —El abogado unos años más joven, le miró con cierta sorpresa. ¿No sabía dónde estaba su hija o qué?
—¡De pie! —Los presentes se incorporaron todos. El juzgado fue presidido por el juez Mitchell, no había mucha elección en aquellos lugares y esto era algo que el abogado de los Fairchild tuvo muy en claro a la hora de moverse. Junto a él, Linda Harrison, más conocida como Linda Williams y a su lado, su esposo Jeremy Fairchild—. Presidirá esta audiencia, el honrado juez Malcolm Edgard Mitchell.
—Pueden sentarse —indicó el magistrado. Y el caso comenzó a echar a rodar. Desde la separación de los Williams, el motivo de la misma, el abandono de la casa de la madre y la tenencia que había quedado al padre.
—¿Algo que decir a favor de su cliente, Dr. Jones? —inquirió el Mitchell.
—Si usted me permite, Su Señoría —se incorporó—, quiero dejar en claro, que la Señora Fairchild, jamás tuvo intenciones de abandonar a su hija, por el contrario, siempre fue su deseo llevarla consigo, pero, en vista de que su ex esposo, el Sr. Williams estaba tan enfadado, pues, hizo cuanto estuvo a su alcance para que ella se marchara sin ella y quedarse con la tutela de la menor.
—¡Protesto! —irrumpió el contrapunto—. Mi cliente hizo todo cuanto pudo por su hija. ¿Qué padre permitiría que una niña fuera a un rumbo incierto con gente de poca credibilidad y con un pasado como el del señor Fairchild?
—Aquí no se está juzgando el pasado del Sr. Fairchild, el cual, tiene mucho de publicidad, por cierto. Y la Sra. Fairchild siempre ha sido una madre intachable, siendo esto afectado por la distancia que se le aconsejó, por cierto, y aun así, trató de estar siempre que se le permitió. El Sr. Williams usaba a la joven Sarah para su juego de poder frente a su ex esposa y frente a la misma Sarah Williams; incluso hoy día, cuando ella está a un paso de cumplir la mayoría de edad en este estado.
—¡Esas son conjeturas! ¡No tiene pruebas!
—¿Y usted las tiene con respecto a la vida del Sr. Fairchild o de su esposa? ¿No, verdad? Son sólo chismes de viejas. —Sonrió solo como los suyos podían. El juez martilló para hacer silencio.
—Dr. Rivera, su protesta está fuera de lugar —intervino el magistrado—. Estamos aquí para evaluar cuál es la mejor opción para la señorita Sarah Peggy Williams, no para juzgar al Señor Fairchild por su vida de soltero.
—¡Pero, Su Excelencia...! ¡Mi cliente se ha hecho cargo de la menor todo este tiempo! ¡Jamás le faltó comida, ni abrigo, ni morada, ni estudios! ¿Entonces, por qué se le va a quitar la patria potestad después de tantos años y se lo juzga por nimiedades?
—¿Nimiedades? —Erwan se entrometió con sorna—. Es obvio que no conoce bien a su cliente, Dr. Rivera. El Sr. Williams es un padre y un esposo manipulador, amedrentando a sus parejas con quitarles la tenencia de sus hijos y, amenazando a los mismos, como es en el caso de la Srta. Williams, en que si no hace lo que él ordena y se junta con quien él le conviene, no podrá ver a su madre. Cosa que, aclaro, es parte del derecho tanto de la demandante, aquí presente, como de la menor en cuestión. Y aclaro que, existen pruebas de ello, entre otras cosas, que presentaré como alegato.
—¿Algo que acotar, Dr. Rivera? —indagó el juez.
—No, Su Señoría. Aunque ignoro de qué prueba está hablando el Dr. Jones.
—¿Su Señoría, puedo acercarme a su estrado? —pidió permiso el susodicho. El juez hizo seña con su mano de que así lo hiciera. Erwan tomó una carpeta de su escritorio y se direccionó hacia el Dr. Mitchell—. Con todo respeto, Su Excelencia, debo pedir permiso para presentar pruebas contundentes de que el Sr. Williams no es el más capacitado para cuidar de su hija. Me gustaría que usted eche una ojeada a esto. —Le facilitó el legajo. El hombre mayor tomó la misma y comenzó a hojear, abriendo sus ojos.
—¿Qué es esto...? —cuestionó mareado y algo tocado por la situación que allí veía en las fotos.
—Lo primero, fotos de un suceso reciente que no sé si usted se habrá enterado; si sigue dándole la vuelta a las hojas, encontrará la prueba del por qué afirmo que, a su edad, la Srta. Williams estará en mejores manos con su madre que con su padre. Nadie niega lo mucho que el Sr. Williams se ha esmerado porque a su familia no le falte nada, incluso, volvió a intentarlo para tener una madre sustituta en el hogar, pero... sus métodos de obediencia, son pocos ortodoxos y saludables para cualquier menor y, en especial si dicho menor no es un joven problemático y lleva una vida saludable, como cualquiera de su edad haría.
—¿Esto es legal? —cuestionó el juez.
—El domingo se detuvo a toda esa pandilla, Su Excelencia. Y, esta mañana, la misma joven fue a hacer los trámites que faltan para llevar esto a juicio.
—¿Sola? —Se sorprendió.
—No. Con su prometido, un joven más que respetable e influyente, debo agregar.
—¿Tiene el consentimiento de sus padres?
—El de su madre. Pues, fue quien la cobijó después de la mala experiencia.
—¿Ella fue ab...?
—No. Por suerte, la policía llegó a tiempo gracias a unos paparazzis que andaban a la pesca y... lamentablemente, directa o indirectamente, su padre estaba involucrado. Lea con tranquilidad esas últimas hojas. Se encuentra transcripta la conversación del Sr. Williams con el joven Brunello, en común acuerdo para que su hija no estuviere hoy presente. Eso es secuestro, lo sabe. —El juez observó a Robert, al abogado defensor y a quien tenía frente a sí otra vez y dejó escapar un suspiro.
—Esto cada vez se vuelve más complicado. Pondremos al tanto al Dr. Rivera. No tiene mucho sentido que siga acotando mucho más si esto se comprueba.
—Estoy de acuerdo.
—Dr. Rivera, acérquese, por favor —invitó el juez y el hombre fue presto.
—¿Sí, Su Excelencia?
—¿Está usted al tanto de un hecho delictivo que ha sucedido este fin de semana y que involucra al acusado y a la menor por la cual estamos reunidos?
—¿Hecho delictivo...? ¿Qué hecho delictivo se refiere?
—Véalo por usted mismo. —Le extendió la carpeta. La cara de Rivera se iba transformando a medida que proseguía viendo y leyendo.
—¿Esto... no es demasiado sospechoso que haya aparecido ahora? —pareció reclamar a su colega.
—¿Sospechoso? Sí, lo es. Pero, real y quien está en la mira de la sospecha es su cliente, no el mío ni mi bufete. ¿El joven Brunello no era partícipe también del suyo?
—Yo... —El hombre tragó saliva. Pues, eso no lo podía discutir—. Sí; claro. Después de todo, es hijo de mayor socio.
—Abogados, les propongo lo siguiente. Tomemos un receso de... —observó el costoso reloj en su muñeca— digamos una hora. En ese tiempo, se comprobará la fidelidad de estas pruebas y le daremos tiempo a la Srta. Williams de que compadezca y escuchemos qué tiene para decirnos. ¿Les parece? De paso usted, Dr. Rivera, pondrá al corriente a su cliente. Lo noto bastante desconcertado.
—Lo está tanto como yo. Se suponía que el Dr. Brunello lo asistiría, pero, creo que no es necesario agregar más si lo que dice allí es cierto y... de momento que me envió en su lugar... algo debe haber.
—Muy bien, nos veremos en una hora. Vuelvan a sus lugares. ¿Dr. Jones, puedo quedarme con esto? —indagó al letrado.
—Con gusto, Su Señoría. Es una copia de la original. —Sonrió con atrevimiento y fue hacia sus clientes. Jeremy no dejaba de estudiarle. Sí, era un mañoso astuto, el mejor, se regocijó para sus adentros.
—Muy bien, señores. Este juzgado tomará un receso de una hora, donde se presentarán unas pruebas relevantes y, esperaremos que la Srta. Williams se haga presente. —Robert, sonrió pensando en que su hija en este momento estaría en el instituto y, por tanto, jamás se presentaría a testimoniar—. Los espero a las... —volvió a consultar su reloj— 11:30 am. —Se retiró por la misma entrada por donde vino.
—¿Qué rayos está tramando? —Robert pareció reclamar a Linda.
—Lo siento, Robert. Tengo prohibido dirigirte la palabra. —Se levantó con Jeremy detrás.
—¿Qué significa...? —Roberte se adelantó para tomarla del brazo, mas, Jeremy fue más veloz que él y tomó el suyo antes.
—No toques a mi esposa. Y cuando te dirijas a ella, lo harás con el debido respeto.
—¡Tú...! —Ya iba a ofuscarse, pero, intercedió Jones, que se cruzó en medio de ellos para cortar el contacto entre ambos y el mismo Rivera detuvo a Williams.
—Caballeros, les recuerdo que estamos en el juzgado. Ahora, si no quieren terminar todos tras las rejas, por favor, salgamos como hombres civilizados que somos. ¿Sr. Fairchild? —Le incitó a avanzar.
—Seguro... —Le echó una mirada de reojo a Robert—. Lindo traje, acentúa tu trasero. —Acotó yéndose riendo por lo bajo. Linda ya estaba a mitad de camino y no le había oído.
—¡Pedazo de...! —Otra vez le detuvo Rivera.
—¡Sr. Williams! —le reprendió—. ¡Le recuerdo que estamos aquí para otra cosa y no ponga más leña en el fuego del que ya hay! —Robert le vio perplejo.
—¿Qué sucede? ¿Qué presentó ese petulante inglés?
—Vamos a tomar algo al bar y allí le pondré al tanto. Será mejor que lo tome con calma porque se está haciendo difícil este caso.
—¿Jeremy, era eso necesario? —Erwan llegó a él antes que alcanzara a la actriz.
—¡Mucho! —Le sonrió atrevido—. Además, el viejo no vio nada, así que sigo siendo un hombre ejemplar. —Se colocó el sombrero con gran arte y tomando del brazo a su esposa siguió camino—. Vamos a comer unos tostados, ¿les parece? —Erwan se frotó la frente.
—Por momentos, me recuerdas a alguien que conozco demasiado bien... —murmuró para sí y les alcanzó—. Vamos por esos tostados y un poco de té para mí.
—Yo también quiero té —Linda acordó—. ¿Cree que todo marchará bien?
—Como pez en el agua, my lady. Usted no se preocupe. Tengo todo cubierto.
