Capítulo 46
Cuando Charles llegó al penthouse, se encontró con Camille yendo de un lado a otro del salón, indignada, y a Colette siguiéndole los pasos con cara suplicante.
- ¡De ninguna manera!
- Pero, Camille…
- ¡No! Ni siquiera vuelvas a mencionarlo.
- Pero no podemos…
- ¿"Podemos"? Perdona, pero "podemos" me suena a mucha gente. ¡No tenemos nada que ver con ese tipo! ¿Cómo se te ocurre que vamos a traerlo a casa?
"Ese" tipo. Duval sonrió. Así que Colette se había atrevido a plantearle su idea a Camille. Era valiente, debía reconocerlo.
- Es que aún no se recupera… – oyó rogar de nuevo Colette.
- ¿Y a mí que me importa? Qué se vaya a un hospital si está tan mal.
- No está tan mal como para eso – aclaró Charles, entrando al salón y saludando a ambas mujeres - ¿Qué tal, Camille?
- Vamos, doctor, dígale que no exagero.
- Es verdad que le haría bien estar acompañado…
- ¡Pues que se contrate una enfermera entonces! ¿Cómo se te puede pasar por la cabeza que vamos a alojarlo aquí, Colette? Estamos a punto de irnos.
- Por eso mismo, Camille… Vamos, serán sólo un par de días. Ese hotel sólo le trae problemas.
- ¡Ja! Dímelo a mí. Mira nada más el problema que me está trayendo a mí. En fin, ya llevamos más de media hora hablando de esto y mi respuesta sigue siendo la misma: no.
- Por favor, Camille… Es muy importante para mí… Lo sabes…
Colette le dio a su amiga una mirada que le habría partido el corazón a cualquiera. Sabiendo a qué se refería, la francesa dudó por unos instantes, pero cuando recordó a quién pretendía traer Colette a casa, cambió de opinión.
- ¡No! Es mi última palabra.
- ¡Entonces renuncio!
- Colette, por favor… - rió Lefevre.
- Bueno, no. No renuncio. Pero vamos, Camille, yo siempre te doy en el gusto en todo, siempre te ayudo… ¿Qué te cuesta ayudarme esta vez?
- Te pago para me ayudes, ¿recuerdas?
- Pero sabes que también te ayudo en otras cosas. Vamos… Esto es por una buena causa.
- Ay, Colette, ¡por favor!
Charles miraba la escena divertido, sabiendo que Colette no se rendiría hasta conseguir su objetivo: alojar a Terry en el penthouse hasta que se recuperara.
- La culpa de todo la tiene el doctor – reclamó Colette.
- ¿Yo? – preguntó sorprendido Duval - ¿Por qué yo?
- Porque se le tenía que ocurrir viajar fuera de la ciudad justo ahora.
- Pues para su información, madame, esta reunión estaba fijada hace mucho tiempo. Es más: pedí que la adelantaran para estar aquí cuando partan a Francia.
- Ah, qué lindo – se burló Colette.
- Así que no puedo cambiarla.
- ¿Lo ves, Camille? Charles tiene que salir de la ciudad. ¿Quién más va a cuidar a Terry?
- Otro médico.
- No hay otro tan bueno como Charles.
- Alguna enfermera. Una amiga. Un amigo. Un familiar. ¿Qué sé yo?
- Sabes que Terry no tiene gente de confianza en Nueva York… Vamos, Camille. Esta también es mi casa y Terry es mi amigo. Te juro que yo me haré cargo de todo.
- ¡No!
- Charles… por favor… dígale… - rogó Colette.
- Sólo sería por un par de días, Camille…
- Olvídalo – contestó Lefevre tercamente, cruzándose de brazos.
- Terry necesita pocos cuidados…
- ¿Terry? Veo que ya son amigos… - observó Camille.
- Pues algo así – admitió Duval –. Te lo pido como un favor personal.
- Yo también– agregó Colette.
Camille gruñó y les dio la espalda. Duval y Colette sonrieron. Estaban a punto de conseguirlo.
- No puedo creer que esto esté pasando… ¿Cómo pueden pedirme algo así después de lo que ha pasado por su culpa? ¿Se imaginan qué va a pasar cuando la gente se entere de que está metido en mi casa?
- Ah, vamos, mademoiselle Lefevre, olvídate de eso de una vez por todas, ¿quieres? – dijo Duval, poniéndole suavemente una mano sobre el hombro derecho –. Hace mucho tiempo que el mundo dejó de girar en torno a ti. Sólo será por unos días, nadie tiene por qué enterarse.
- Te prometo que no dejaré que te lance por el ascensor – bromeó Colette.
Los tres sonrieron y Camille dejó caer la máscara.
- No pienso llevarle ni siquiera un vaso de agua…
- ¡Gracias, Camille! – gritó Colette, abrazándola.
- Gracias, Camille – dijo Charles, con una sonrisa de satisfacción.
- La próxima vez que necesites que cuiden a uno de tus pacientes, consíguete tu propia clínica, ¿quieres? – rezongó Lefevre.
Duval sonrió divertido. No había caso con ella. Le encantaba mostrarse osca y dura, pero en el fondo, muy en el fondo, tenía un corazón de oro. Charles se acercó, le tomó la mano derecha y depositó un tierno beso en ella.
- Qué conste que fue idea tuya– comentó enigmático, guiñándole un ojo.
Camille lo miró sin entender. Sus ojos se encontraron con los de Charles y por un momento, por un muy breve momento, sintió mariposas en el estómago. Ambos se quedaron mirando en silencio.
- Ok, ok… ya entendí. Los dejó solos – reclamó Colette dejando la habitación - ¿Nos vamos en diez minutos, Charles?
- Lo que usted ordene, madame – contestó el doctor sin quitarle los ojos de encima a Lefevre.
Colette sonrió contenta. Todo iba tal como habían planificado. Lo único que les faltaba ahora era convencer a Terry.
- p - p -p - p- p -
Tom y Archie trabajan a toda máquina. Cada vez quedaba menos tiempo y ahora, gracias a la inversión que Albert haría en la sociedad, contaban con recursos adicionales que les daban mayor rango de acción. Podían comprar más terrenos, mejor maquinaria y contratar a más trabajadores, pero...
- Si este tipo no gana las elecciones todo esto va a ser una gran pérdida – comentó Archie, sopesando la situación.
- Pero va a ganar, ¿verdad?
- No hay cómo saberlo. La única encuesta que vale es la votación final. El resto son especulaciones.
- Cierto. Pero la tierra sigue siendo buena, Archie. Siempre podemos cultivar naranjas, no lo olvides.
Ambos sonrieron. Era verdad. Al menos en parte. Lo verdaderamente rentable, aquello por lo cual estaban apostando, era que la prohibición terminara de una vez y que lograran estar entre los primeros en importar vino y otros licores mientras ganaban experiencia y lograban hacerse de sus propios viñedos. Aún faltaba mucho por hacer.
- ¿Qué dicen los diarios? – preguntó Tom.
- Ya sabes cómo son los diarios: dicen lo que otros les pagan por decir…
- ¿Todos? No creo…
- Bueno, hay algunos que son más críticos, pero en realidad nunca se puede confiar. Ahora me doy cuenta de lo bueno que era tener el diario – suspiró Archie, recordando las viejas glorias de los Andrew.
- ¿Y tus amigos millonarios?
- Ah, esos no tienen más idea que nosotros. Además, todo el mundo se cuida las espaldas cuando se trata de estos temas. Nadie quede quedar mal con los demás en caso de que pierda su candidato.
Un suave golpe en la puerta los sacó de sus cavilaciones.
- Adelante – invitó Archie.
- ¡Ah! ¡Café! – comentó alegre Tom – Ya me hacía falta una buena taza.
- Cierto. Gracias, Lily.
- De nada, señor Cornwell.
- Oh y también trajiste galletas. Me encantan estas galletas.
- Me alegra, señor Stevens.
- ¿Sabes algo? La próxima vez que vayas a mi casa, debes hacerme estas galletas. Nadie cocina mejor que tú.
- Oh, vamos, no diga eso – dijo Lily, sonrojándose.
- Es verdad. La cocinera del rancho lo intenta, pero la pobre no tiene gracia para estas cosas.
Mientras Tom y Lily conversaban sobre galletas, una pequeña y loca idea comenzó a gestarse en la mente de Archie. ¿Funcionaría? El hecho de que nadie relacionara a Tom con empresas e inversiones les había ayudado a obtener muy buena información. Tal vez si hacían algo similar para obtener información fresca desde el centro mismo de Nueva York…
- Lily, ¿puedo hacerte una pregunta?
- Claro, señor Cornwell.
- Rose trabaja con un periodista importante en Nueva York, ¿verdad?
- Así es, señor – contestó la mujer orgullosa.
- ¿Sabes si escribe sobre temas políticos?
- La verdad no lo sé, señor.
- ¿Podrías preguntárselo?
- Rose está en la cocina… - Archie notó como Tom miraba a Lily -¿Quiere que le pida que venga para que ella misma le diga?
- ¿Lo harías?
- Claro, señor. Vuelvo enseguida.
Tom se la quedó mirando hasta que dejó el despacho y luego interrogó sin palabras a su socio.
- ¿Qué pasa? – le preguntó Archie.
- ¿Qué tiene que ver la hija de Lily con lo que estamos conversando?
- Tranquilo, cuñado. Se me acaba de ocurrir una idea para que obtengamos información fresca sin que los demás se enteren.
- ¿A través de Rose?
- ¡Claro! Trabajó un tiempo con Albert y te aseguro que no hay quién la supere averiguando cosas.
- Bueno, cualquier mujer es buena cuando se trata de chismes – bromeó Tom.
- No me refiero a eso, tonto – lo corrijo Archie -. Me refiero a datos, documentos… información. Hace mucho que no voy a Nueva York… Creo que nos vendría bien saber cómo están las cosas por ahí. Además, entiendo que trabaja con los hijos de varias familias importantes. Tal vez ella pueda darnos alguna idea del pulso de la ciudad…
- ¿Y cómo sabes tanto sobre ella?
- No te pongas celoso…Annie me lo contó – sonrió Archie.
- No digas tonterías – reclamó Tom - ¿Por qué tendría que…?
Un golpe en la puerta.
- Adelante – dijo Archie.
- Te salvaste – susurró Tom antes de que entraran Lily y su hija.
- Buenas tardes, señor Cornwell, señor Stevens – dijo Rose, haciendo una leve inclinación de cabeza – Me dijo mi madre que necesita saber algo sobre mi trabajo.
- Sí. Pero, por favor, siéntate – la invitó Archie -. Tomen asiento las dos, por favor.
Tom tomó asiento a una prudente distancia. Archie sonrió. Tendría que echar mano a todo su encanto y destreza para obtener información sin dejar ver qué era eso lo que estaba haciendo. Antes, cuando trabajaba con Albert, lo hacía todo el tiempo con otros empresarios. Nunca antes lo había intentado con una simple jovencita. Seguro sería mucho más sencillo.
- Has oído hablar sobre los planes para terminar con la prohibición, supongo.
- Desde luego – asintió Rose.
- Nueva York siempre está dos pasos más adelante que el resto del país en cuanto a estas cosas. En las fiestas… Ya sabes, siempre hay rumores….
- No voy a fiestas, señor Cornwell –lo interrumpió Rose.
- Pero esos rumores llegan a la prensa…
Rose inclinó la cabeza graciosamente hacia la derecha y entrecerró los ojos, dando a Archie una mirada muy significativa. Tom casi pudo ver cómo el rostro de la joven reflejaba los rápidos cálculos que hacía en mente, en silencio, sopesando la situación. Lily se movió nerviosa en su silla. El silencio se extendió aún por unos segundos, hasta que el rostro de Rose se iluminó con una sonrisa.
- ¿Usted y el señor Stevens piensan invertir en viñedos? ¿Es ese su nuevo negocio?
Lily la miró con ojos enormes, pues sus palabras dejaban ver que ella algo le había contado sobre los negocios que aparentemente estaban realizando. Archie dejó caer la pluma que tenía entre los dedos y Tom quedó con la boca abierta. Adiós a las sorpresas.
- Es eso, ¿verdad? – preguntó de nuevo Rose, con una sonrisa inocente en los labios.
- Bueno… yo…
- Rose, por favor… - susurró Lily apenada.
- Lo siento – se disculpó la joven – No sabía que…
- No, no, está bien, Rose, no te disculpes – dijo Archie, recuperando la compostura – Había olvidado lo rápida que eras para estas cosas.
Lily y Rose sonrieron. Sin saber por qué, Tom sintió algo parecido a cosquillas en toda la piel.
- Bien, querida – continuó Archie – Creo que contigo no se puede más que ser directo.
- Eso permite ahorrar mucho tiempo, señor Cornwell.
- Tienes razón. Bien, Tom, mi nuevo socio aquí presente – dijo Archie, haciendo un gesto para que Stevens se acercara – Ya lo conoces, ¿verdad?
- Desde luego que sí– sonrió Rose – Todos en Lakewood lo conocemos.
- Claro… Cómo ignorarlo, ¿verdad? – bromeó Archie.
- ¡Imposible! – rió Rose, entrando en confianza – Las chicas del pueblo siempre comentaban sus…
Lily, dio un salto en su silla y le apretó con fuerza la mano a su hija. Tom sintió cómo los colores le subían al rostro y Archie apenas logró contener una risotada.
- … sus donaciones de libros a la biblioteca del pueblo – terminó Rose, mirando a todos sorprendida - ¿Qué les pasa? ¿Dije algo malo?
- No, claro que no – la tranquilizó Archie mirando divertido a Tom, quién de un salto se había puesto tras Rose y Lily, dejando claro con gestos que en cuanto aquello terminara, él mismo terminaría con Archie.
- ¿Qué pasa? – preguntó Rose girándose a mirarlo con cara de pregunta.
- Nada, Rose. Lo siento. Es sólo que… que…
- ¿Qué?
- Que… pensé que lo de los libros era un secreto… - trató de excusarse Tom.
- ¿Secreto? Ah, vamos, señor Stevens. Ya debería saber que las bibliotecarias no son buenas para mantener secretos. Mis amigas tampoco… - agregó Rose, levantando una ceja.
- Claro…
Rose lo había dicho con doble intención, Tom no tuvo dudas. ¿Sus amigas? ¿Quiénes podían ser sus amigas? Si había crecido en el pueblo, ínfimo como era, eso significaba que lo más probable era que conociera a casi todas las chicas del lugar… tan bien como él las conocía a ellas. A algunas mejor que otras, desde luego. ¡Diablos!
Archie retomó la palabra y se las arregló para llevar la conversación hacia donde quería, animando a Rose a expresarse abiertamente. La chica no dudó en hacerlo, al punto de dejar a su pobre madre hecha un atado de nervios. No era correcto hablar así con los patrones, pensaba Lily. Menos cuando se trataba de negocios. ¿Qué podía saber Rose de esas cosas? Pero para su sorpresa, el señor Cornwell y el señor Stevens se mostraban interesados por los comentarios de su hija. Al principio, Lily trató de seguir el hilo de la conversación, pero lo perdió rápidamente.
Dejándose llevar por su orgullo de madre, Lily optó por tomar distancia para apreciar a su niña. El corazón se le hinchó de orgullo y a ratos la hizo preguntarse si esa joven tan articulada y segura era la misma chiquilla a la cual ella hacía trenzas de niña. ¡Cuánto había crecido! Sus ojitos aún conservaban la misma chispa de curiosidad que la distinguía del resto cuando estaba en el colegio, pero su cuerpo y su mente habían cambiado. Estaba delgada, mucho para su gusto, pero su rostro seguía siendo agradable. Desde luego, para una madre todos los hijos son hermosos; nadie podría culparla de decir que Rose era linda, pero la verdad era que la belleza no era su principal atributo. De seguro había chicas mucho más agraciadas que ella, pero pocas, muy pocas la igualaban en inteligencia.
Rose gesticulaba con gracias, prestaba atención a las explicaciones de Archie y de vez en cuando le pedía más detalles. Argumentaba con convicción y no dudaba en expresar su disconformidad con algunas ideas, en especial sobre política y pobreza.
- ¿Qué saben los políticos de pobreza, señor Cornwell?
- Son los líderes del país, Rose. Debemos concederles el beneficio de la duda…
- Pues es en su propio beneficio que yo prefiero creer que de verdad no tienen idea de lo que pasa con la gente pobre. Porque si de verdad lo saben y aun así no hacen nada para arreglar la situación, entonces significa que son unos des…
- Rose… - la interrumpió Lily.
- Unos… Unos descorazonados… Lo siento –se disculpó Rose, bajando la vista – Estos temas me hacen olvidar los buenos modales.
- Está bien – la animó Tom – Opino igual que tú. Esos senadores ricachones, todos los de Washington… Estoy seguro de que beben más que cualquiera.
- Puede estar seguro de que es así, señor Stevens - confirmó Rose -. Hay mucha información que así lo demuestra.
- Entonces, ¿tú crees que la prohibición va a terminar? ¿Es esa la sensación que hay en Nueva York?– le preguntó de nuevo Archie.
- En Nueva York hay mucha confusión. Y miedo…
- ¿Miedo? – preguntó Tom.
- La mafia – aclaró Rose -. Ellos son los que más pierden con todo esto. Se rumorea que varios senadores reciben fondos de algunos grupos importantes. Para nadie es un secreto que hay varios grupos fuertes en pugna. Nueva York es una ciudad clave para ellos.
- Y Chicago – agregó Tom.
La joven asintió y, por un momento, pareció dudar.
- Dicen… Hay rumores…
- ¿De qué? – la animó Archie.
- Bueno, son sólo rumores, nada seguro – aclaró Rose.
- ¿Qué? – insistió Tom.
- Así como pelean, también se ponen de acuerdo… Sobre todo cuando se trata de eliminar a otros del camino… - agregó Rose, casi en un susurro.
Tom y Archie se miraron confundidos.
- ¿Qué quieres decir? – preguntó Archie.
- Qué las empresas que quieran aprovechar el fin de la prohibición tendrán problemas con ellos, ¿verdad, Rose? – dijo Tom, expresando lo que la joven temía insinuar.
- Puede ser… - admitió ella.
Las caras de todos se tornaron serias. Era una posibilidad que hasta entonces ninguno había considerado. Lily, que apenas entendía la conversación, sólo entendió que la mafia podía hacerles algo malo y que, para su sorpresa, su hija sabía mucho sobre ellos. Demasiado, tal vez.
- Señor Cornwell – preguntó Lily, rompiendo el pesado silencio.
- ¿Sí?
- Se hace tarde para preparar la cena…
- Oh, tienes razón – dijo Archie, mirando su reloj - ¡Perdona! No me di cuenta de lo tarde que era. Lamento haberte hecho perder el tiempo.
- No se preocupe. ¿Puedo ir a la cocina?
- Claro que sí.
Rose y Lily se pusieron de pie.
- No, Rose. Tú puedes quedarte – dijo Tom con una sonrisa.
- Tengo que ayudar a mi mamá a preparar la cena, señor Stevens – explicó la chica.
- Ah, vamos, no digas eso. Tú no trabajas para los Andrew.
- Yo no, pero mi madre sí y me gusta ayudarle en su trabajo.
La respuesta de Rose dejó sin palabras a Tom. Lily negó con la cabeza, sintiendo que Rose le había faltado el respeto, pero la joven no dio señas de sentirse aludida.
- Tienes razón, Rose. Ya te hemos quitado mucho tiempo y estás de vacaciones – dijo Archie para salir del paso.
- Gracias, señor Cornwell. Con permiso.
- Adelante. Muchas gracias, Rose.
- De nada.
Las mujeres salieron del despacho y por algunos instantes, Tom y Archie permanecieron en silencio.
- Así que libros para la biblioteca del pueblo – comentó finalmente Archie, con una amplia sonrisa – Esa treta no te la conocía.
- No es ninguna treta, es la verdad.
- Lo de los libros, seguro. Pero no sabía que también habías salido con la encargada de la biblioteca.
- Ah, vamos, no digas tonterías – dijo Tom, dándole la espalda.
- ¿Y?
- ¿Y qué?
- ¿Besa bien…?
- ¡Chismoso! – reclamó Tom, lanzándole el libro que tenía en las manos, haciendo que Archie se partiera de la risa.
- ¡Libros! – se burló de nuevo Archie- ¡Eres el primer vaquero intelectual que conozco, Tom!
- Y será el último, si sigues con tus bromas – lo amenazó Tom – Voy por un vaso de agua – dijo saliendo del despacho, para volver de inmediato sobre sus pasos y asomar la cabeza por la puerta– Y ya que lo preguntas, sí: Shirley besa muy, muy bien.
- ¡Lo sabía! – rió Archie, lanzándole el libro y dándole a Tom el tiempo justo para cerrar la puerta y salvarse del golpe.
- Para que lo tengas en cuenta la próxima vez que me salgas con la canción de que me hace falta una novia – agregó Tom, asomando rápidamente la cabeza de nuevo, para luego desaparecer.
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Cuando Charles y Colette llegaron al hotel, no encontraron a Terry tan bien como esperaban. Se suponía que luego de tres días la intoxicación debería remitir, pero Grantchester había resultado ser uno de esos casos raros en los cuales el malestar persistía. Estaba tan deshidratado y adolorido, que ante la posibilidad de encontrarse solo en Nueva York producto del viaje de Duval, aceptó gustoso dejar el hotel. Terry no logró comprender muy bien las explicaciones, pero le bastó saber que Lefevre lo invitaba a su casa. Jamás habría aceptado de saber que Camille no lo quería cerca, pero Colette decidió que esos eran detalles que él no necesitaba saber.
- ¿Cuánto tuvo que pagarle? – preguntó más tarde, cuando dejaban el hotel en el automóvil de Charles, camino al penthouse.
- ¡Oh, ni lo menciones! – contestó Colette con la cara llena de risa. Ese día comenzó a tratarlo con aún más familiaridad – Pienso cobrárselo todo al hotel, no te preocupes.
- Lo sabía. Lefevre no da puntada sin hilo…
- Ni yo tampoco, querido – le aseguró Colette dándole unas suaves palmaditas en la mano derecha.
Terry esbozó una sonrisa y cerró los ojos. La cabeza le daba vueltas, se sentía débil y adolorido y, por si fuera poco, había tenido que pedirle a Miller que negociara con el intransigente de Hathaway para que aceptara recibirlo en la audición la semana siguiente. Tenía que recuperarse. Necesitaba estar bien para esa maldita audición, por eso estaba dispuesto a tragarse el orgullo y aceptar la "invitación" de Lefevre. Por eso y porque de verdad se sentía demasiado mal como para quedarse tirado en el hotel por quién sabía cuántos días más.
Cuando llegaron al penthouse, encontraron sólo una nota de Camille en que les avisaba que había tenido que salir a hacer "algo". Colette se lo esperaba y se alegró; así podían acomodar sin problemas a Terry. Una hora después, tras haber tomado una ducha, comer algo liviano y oír las instrucciones del doctor, el actor dormía tranquilamente.
Colette lo observaba en silencio. Charles le había dado todas las indicaciones y le había dejado todos los datos del hotel en que se alojaría en Boston, por si necesitaba algo. Terry se recuperaría pronto, eso estaba claro, pero viéndolo tan pálido y desmejorado, la francesa sintió que el corazón se le encogía. Con paso lento, volvió a su habitación. Tomó su cartera y sacó su tesoro más valioso: una pequeña cartera de cuero negro para llevar documentos, en la cual guardaba dos desgastadas fotografías en blanco y negro de su hijo y el americano junto al cual murió. Sonreían. Colette posó sus dedos sobre el rostro de su hijo, mientras una lágrima silenciosa caía por su rostro. "Si tan sólo…", pensó. Pero no valía la pena pensar en eso. Los chicos descansaban en paz.
Nos engañaron, mamá. Todos nos engañaron.
Los políticos dijeron que esta guerra sería corta;
los de la iglesia nos hicieron creer que esto era
nuestro deber y que matar a del otro bando estaba bien;
nuestros generales nos siguen lanzando una y otra vez
contra las líneas enemigas. Todos nos mintieron, mamá.
Tú tenías razón. Quiero volver a casa.
Sólo quiero volver a casa.
Sabía de memoria las palabras que su hijo le había escrito al reverso de la fotografía que recibió en su última carta. La otra fotografía estaba entre las cosas del chico americano, ese del que se había responsabilizado y al que había llegado a querer con el cariño de una madre verdadera, sin siquiera saber su nombre. Había sido amigo de su hijo, una víctima más de la guerra: eso era lo único que ella necesitaba para quererlo.
- p - p -p - p- p -
- No sé, Albert, aún creo que es prematuro.
- George siempre sabe lo que hace – le recordó su marido.
- No digo que no lo sepa, sólo digo que ya no soporto esta espera.
- Sólo se fue hace unas horas…
- Sí, pero… No es sólo este viaje. Es todo. Estas negociaciones han sido tan lentas.
- Según recuerdo eras tú la que no quería hacer negocios en Nueva York…
- No se trata de eso. Es sólo que la ciudad no me gusta, nunca dije que no quería hacer negocios ahí.
- ¿No es lo mismo?
- ¡Claro que no es lo mismo! – reclamó Candy molesta.
- Ok, perdón.
Albert levantó las manos en señal de rendición. Pasaban de las once de la noche y Candy recién había terminado la reunión junto a la plana mayor de las clínicas en la cual habían dado las últimas instrucciones a George. Esa noche partía a Boston, donde sostendría una importante reunión. Albert la había esperado leyendo en su recámara, comprendiendo por fin qué sentían las mujeres cuando esperaban que ellos volvieran de sus reuniones de negocios. Lo que había aprendido en esas noches esperando a Candy no le gustaba.
- A todo el mundo lo encandila esa ciudad, pero no todo lo que brilla es oro –explicó Candy, quitándose los aretes, para luego sentarse frente al tocador.
- Las cosas están difíciles en todas partes, cariño.
- Pero en Nueva York hay siempre más oportunidades. Llegan muchos inmigrantes, atrae mucho dinero…
- Cierto – admitió Albert.
Ahí estaba otra vez su mujer, hablando consigo misma más que con él, tratando de convencerse de algo que no quería hacer, dándose argumentos y contraargumentos en voz alta. No era su opinión lo que ella necesitaba, sólo quería quejarse; lo mejor era seguir leyendo.
- Además, es complicado hacerse de clientela. Pero George dice que este contacto podría ser de gran ayuda. No sé realmente qué es lo que planea, ya sabes cómo es George – continuó Candy quitándose el maquillaje.
- Claro…
- Parece que es alguien que conoció en Francia o en Canadá. No sé, la verdad no se lo pregunté. Tal vez sea buena idea intentarlo, pero la inversión es tan grande y la deuda con Easton y Wallits sería enorme.
- Ya sabes lo que yo pienso de eso… - comentó Albert en tono distraído.
- Y tú también sabes lo que yo pienso. Creo que es mejor que mantengamos las cosas como están, sobre todo ahora.
- Claro…
- Es mejor que tú sigas evaluando bien tus inversiones. Lo de Archie y Tom me parece muy buena idea. Aunque tampoco me hace gracia que Annie tenga que irse lejos.
- Nadie ha dicho que vayan a irse… - comentó Albert sin quitar la vista de su novela.
- Pero Annie dice que ella cree que en algún momento tendrán que irse. ¿No crees que es triste? ¡Por culpa del dinero la familia se tiene que separar! Es tan injusto – determinó Candy quitándose los anillos y la delicada gargantilla que llevaba. Suspiró y se puso de pie – No me gustaría que se vayan a Los Ángeles.
- Es una bonita ciudad…
- Lo digo por los niños – aclaró Candy tomando su camisón – Imagínate, están acostumbrados a verse todo el tiempo.
- Para eso existen los trenes…
- Pero el viaje es eterno. Ya sabes lo inquieto que es Alex, siempre se aburre en el tren.
- ¿Deberíamos pedirle a Archie que no haga negocios en Los Ángeles para evitarle a Alex el aburrimiento de los viajes en tren? – preguntó Albert en fingido tono serio, levantando su vista del libro.
- ¡Claro que no! Alex tiene que aprender a viajar tranquilo de una vez por todas. No tienes que decirle eso a Archie. ¿Cómo crees? – reclamó su mujer, sin entender la broma
- Cierto, qué cosas digo.
Candy negó con la cabeza, lamentando las desafortunadas ideas de su marido. Para él todo era tan sencillo, pensó. En cambio ella, como madre, tenía que pensar en todo. Antes de entrar al baño, se detuvo.
- Sabías que el fin de semana nos esperan en Lakewood, ¿verdad?
- Claro que lo sé. Me lo has dicho al menos diez veces.
- Es que contigo nunca se sabe; siempre lo olvidas todo – explicó Candy cerrando la puerta del baño.
Albert levantó la vista de su novela y suspiró enfadado. ¿Qué él lo olvidaba todo? Candy sí que podía ser una señora aburrida e insoportable cuando se lo proponía. En fin, ya estaba en casa, lo mejor era que él también se prepara para dormir. Al día siguiente él también tenía mucho que hacer. A los quince minutos Candy llegó a la cama, terminando de aplicarse crema en las manos. Albert aún leía su novela.
- Parece que esta vez sí que te atrapó el libro…
- Me lo recomendó Tom.
- ¿Tom?
- Sí. Tu hermano ha leído mucho últimamente.
- Siempre he dicho que Tom es muy inteligente. Esa bruja de Lefevre no tiene idea del tremendo hombre que se perdió.
Albert levantó la vista de la lectura, sorprendido ante el tono amargo de las palabras de su mujer. Miró a Candy con severidad, cerró el libro y lo dejó sobre su mesa de noche.
- ¿Por qué me miras así? Sabes que es verdad lo que digo.
- Nunca he entendido por qué sientes tanto odio por Camille Lefevre. Han pasado ya tantos años…
- ¿Te parece poco lo que le hizo a mi pobre hermano?
- ¿A tu pobre hermano? – rió Albert - ¿Qué le hizo? Un favor. Eso fue lo que le hizo.
- ¿Un favor?
- Candy, en serio: fue Tom el que terminó con ella, no Lefevre.
- ¡Pero ella le mintió por años! ¿Qué más quería que hiciera? – reclamó Candy profundamente molesta.
- Ok… Basta. ¿Se puede saber por qué estamos hablando de Camille Lefevre a esta hora de la noche?
- ¡Tú empezaste!
- ¿Yo empecé? Ay, Candy… A veces eres tan… tan…
- ¿Tan qué? ¡Dímelo!
- Olvídalo, mi amor – en un segundo, Albert la besó en los labios, apagó la luz de su mesita de noche y se acomodó en su lado de la cama, dándole la espalda – Que duermas bien.
- ¡Claro! Lanzas la piedra y después escondes la mano. Siempre haces lo mismo. ¿No te das cuenta de que me preocupa mi hermano?
- Tu hermano está muy bien, te lo aseguro.
- ¿Crees que lo conoces mejor que yo?
- No, claro que no…
- Archie hizo muy bien en asociarse con Tom. Annie dice que han trabajado muy bien juntos.
- Lo sé. Yo también voy a trabajar con ellos, ¿recuerdas?
- Pero es diferente: ellos trabajan de verdad.
- ¿Y yo no? – preguntó Albert volviéndose a mirarla.
- Tú sólo vas a invertir…
Albert negó con la cabeza y prefirió morderse la lengua. Dándole de nuevo la espalda a su mujer, decidió que lo mejor era tratar de dormir.
- Easton y Wallits van a hacer lo mismo con nosotros: sólo invertir. El trabajo de verdad lo tenemos que hacer nosotros.
- A mí no me molestaría invertir con ustedes…
- Pero ya tienes muchas ofertas en qué pensar.
- ¿Y qué? Según tú, sólo tendría que sentarme sin hacer nada a ver cómo tú y los demás trabajan. Seguro que puedo hacer eso mientras miro cómo Tom y Archie hacen lo suyo. Se me da bien eso de mirar a los demás trabajar.
- Ay, Albert, no te pongas dramático.
- ¿Sabes qué? Deberías leer el libro que me recomendó Tom – dijo Albert, incorporándose en la cama – Te haría bien ahora que vas a trabajar en Nueva York.
- ¡No he dicho que vaya a trabajar en Nueva York!
- Como quieras. Ahí lo tienes – Albert dejó caer la novela en el regazo de Candy, para luego volver a su lado de la cama.
- ¿El Gran Gatsby? ¿De qué se trata? ¿De un circo?
- Pues… en cierta forma… podría decirse que sí.
- No me interesa leer sobre circos.
- No dije que fuera sobre eso.
- No tengo tiempo para estas cosas, Albert. Tengo mucho que hacer, lo sabes.
- Como gustes – Albert tomó el libro y lo puso de nuevo en su mesa de noche.
- Estoy tan cansada. Trabajo tanto todo el día, todos quieren saber algo, todos quieren una respuesta, todos reclaman…
Candy siguió lo que parecía ser una interminable perorata de autocompasión y reclamos de toda clase sin que Albert interviniera. ¿Para qué hacerlo? Sólo la alentaría a seguir reclamando.
- Y luego está este viaje a Lakewood el fin de semana…
- Nos hará bien.
- Sí, pero tengo que preparar tantas cosas.
- Yo me encargo de Alex. Lily está en la mansión hace ya varias semanas, ¿qué tan complicado puede ser?
- Tú no entiendes…
- No, es verdad, yo no entiendo – dijo Albert incorporándose otra vez en la cama – No entiendo por qué te quejas todo el día como si fueras la única que trabaja, como si el mundo dependiera de ti, como si yo no hiciera nada más que leer novelas todo el día. ¡Eso pasa!
- ¡Yo no dije eso!
- ¿Ah no?
- Claro que no. Yo sé que también trabajas mucho. Pero estoy… estoy cansada.
- Entonces descansa un poco. Delega en alguien, no sé. Algo podrás hacer.
- ¿Igual como tú delegabas en los demás? –le preguntó levantando una ceja – No me pidas que haga lo que tú no hacías.
- Pues deberías tomar eso como un buen ejemplo de algo que no vale la pena hacer, Candy.
- Estás enojado conmigo porque trabajo, ¿verdad?
- ¡No! – aseguró Albert, levantando los brazos, frustrado - Sabes que no, ya lo hemos conversado mil veces.
- ¿Y entonces? ¿Por qué me tratas así?
- ¿Así como?
- Así… sin tomarme en cuenta, leyendo mientras te pido que me ayudes...
- Tú no necesitabas, ni quieres mis consejos, Candy. Hace muchos años que te manejas en todo esto sola.
- Ya sé que nunca te ha interesado lo que hago, pero al menos podrías disimular un poco, ¿no crees?
Albert apretó los dientes y le dio la espalda de nuevo.
- Antes siempre me preguntabas todo, querías saber…
- Lo sigo haciendo…
- ¡Pero no me escuchas!
- ¡Sí te escucho! Sé que estás cansada. Hazme caso, por favor: necesitas unas vacaciones.
- ¿Vacaciones? No puedo ahora. Sabes que…
Candy comenzó otro largo monólogo de quejas y dramas. Albert tomó la almohada y se cubrió la cabeza. Candy ni siquiera lo notó, concentrada como estaba en llorar sus penas. Al poco rato los reclamos rayaban en lo absurdo. Entonces Albert recordó el calendario. Si comenzaba a reclamar contra el clima…
- … y claro, para ti es muy fácil decir que te haces cargo del niño. ¿No te has dado cuenta del frío que hace? Este clima sólo trae complicaciones, la gente se resfría, sobre todo los niños. Imagínate si luego contagia a Emily. ¡Odio el invierno!
Ahí estaba. Con una amplia sonrisa, Albert se sentó sobre la cama.
- ¿Por qué te ríes ahora?
- Aún no estamos en invierno, Candy. Es sólo otoño.
- ¡Pues detesto el otoño!
- Ven acá, vieja gruñona –le dijo Albert, tomándola por los hombros y obligándola a recostarse sobre su pecho.
- ¿Me estás diciendo vieja?
- Sí: vieja gruñona – Candy frunció el ceño - ¡Sabes que estoy bromeando! Vamos, mujer, deja ya de reclamar por todo. Estás cansada, tuviste un mal día, estás preocupada, eso es lo que pasa. Sé muy bien lo que es sentir que tienes el mundo sobre tus hombros.
- Es terrible.
- Pero es sólo una ilusión, Candy – le explicó Albert acariciando suavemente su cabello – No estás sola, mi amor. Digas lo que digas, sabes que no estás sola, ¿verdad?
Candy hizo un puchero y se le llenaron los ojos de lágrimas.
- Oh, ven aquí, llorona – Albert la abrazó, la cubrió de besos y la meció en sus brazos, abrigándola con su calor.
- A veces no sé qué es lo quiero…
- Lo sé… Suele pasarte por estas fechas…
Candy lo miró extrañada.
- ¿Por estas fechas?
- Ya sabes… esos días del mes… siempre te pones algo más…
- ¿Histérica? – preguntó Candy subiendo la voz.
- No, no. Por supuesto que no, ¿cómo crees? – se apuró a aclarar Albert.
- ¿Entonces? ¿Qué días del mes? No son esos días del mes.
- ¿Estás segura?
- ¿Crees que no lo sabría?
- Es cierto, tienes razón. Olvídalo, olvídalo – le rogó Albert con voz dulce y suplicante, obligándola de nuevo a recostarse sobre su pecho.
En silencio, siguió acariciando su cabello y poniendo un dedo sobre sus labios cada vez que intentó volver a quejarse. La besó en la frente. La besó en los labios y la arrulló hasta que ambos se durmieron.
Pasadas las tres de la mañana, Candy despertó entre los brazos de su marido, con un dolor punzante en el bajo vientre. Una vez en el baño, unas indiscretas manchitas rojas le recordaron que incluso en los detalles más íntimos, Albert la conocía mejor que nadie.
CONTINUARÁ...
Albert, siendo Albert, es mejor que nadie :-)
Chicas, lectoras, amigas mías, gracias a todas por sus muchos comentarios, por sus bromas, por sus mensajes y por su paciencia infinita. Otro poquito de la historia ya ha quedado claro y así, poquito a poco, lo que parecía no tener ni pies ni cabez (al menos en mi mente) ya comienza a armarse para la escena final.
Como siempre, recuerden: sus comentarios son mi sueldo :-) Así que aquí van mis respuestas.
Maxima, ¡me encantó tu comentario! (a mí pasa lo mismo respecto a la edad de Albert en este fic... cof, cof, cof)
ale.m: Gracias por animarte a comentar, sobre todo considerando que recién empiezas a leer fics :-) Claro que hay final, de eso se trata, no te preocupes.
Eva Mara Hernndez : Lamento haberme tardado tanto en actualizar. He tenido unas semanas muy, muy trabajadas.
Paolau2: "Y tienes el poder de q adore a Terry, su ironía, sarcasmo y aires de divo o dios me matan! Es lo máximo, lo odié en Pupilas de Gato I pero acá es todo lo contrario."... ¡Fuertes declaraciones! Pero me encantan :-D
Blackcat2010: ¡Wooohoooo! Me alegra que te haya gustado tanto el capítulo anterior. El "pobre" Terry pagó caro su capricho, de eso no hay dudas. Qué bueno que haya enamorado de nuevo este Albert tan...tan... Albert. Así no más.
Lynda K: "Me gusta mucho esta versión de Terry, arrogante pero elegante". Creo que no pudiste haberlo descrito mejor :-D
Pathya: ahhhh... ese chico americano... pues sí, no hay mucho más que hacer...
Thia017: "Cómo me ilusionas mencionando a Stear sin decir su nombre, permitiendo que me emocione al pensar que quizás está vivo y después me lo matas en una prisión" Perdón, Thia, pero hay han pasado muchos años desde que Stear partió y la única forma de traerlo a la vida sería convirtiéndolo en eterno amnésico que quedó perdido en Europa y pos... creo que hay se han escrito muchos fics al respecto :-(
sayuri1707: Emmmm... tú tenías muchas preguntas. ESpero haber respondido a más de una en este capítulo ;-)
Gatita Andrew: "un abrazototote con el cariño de siempre "... ¡GRACIAS! (vaya que te emocionaste con el capítulo anterior, ¿eh?)
Val rod: "wow wow wo hermoso capitulo ) amo a albert". ¡YO TAMBIÉN!
Paloma: "me fascina la historia y me alegro que les hagas justicia". Albert y Candy lo merecen, ¿no crees?
Lissette: "me encantó que este capítulo saliera tan pronto! " Lamento que este último se demorara tanto :-(
Magnolia A: "Terry sabrà dios donde le consiguieron esas ostras... como va ayudar a Charles?" Ah pos... el hombre tiene sus métodos. Si hay algo que Terry NO tiene es inseguridades. O al menos eso es lo que siempre intenta demostrar. De ahí a que sea cierto...
.9237: Lamento la tardanza :-(
carlotta 27: "este capitulo me dejo... sin palabras!jajajajaja genial! " Pues eso me parece muy, muy bien. ¡Genial!
maymen: "pues no eres la única cursí yo también lo soy y me encanta la magia que creas con albert y candy es emocionante". Ufff, qué alivio leer esto. A veces pienso que se me puede pasar la mano y exagerar la miel entre ellos, pero es que... ¿cómo hacerlo, si son el uno para el otro?
lady susi: "soy fan albert candy espero pronto un hermanito o hermanita para alex"... pues varias lo esperan. Pero ya ves tú: al menos este mes no será :-)
: "cualquiera se vuelve ogro con tanto trabajo y preocupaciones. .dejalo asi a mi querido albert" No sabes cuánta razón tienes. Yo misma lo he sufrido estos días. El trabajo, como todo en exceso, es lo peor.
Karina : "me encanta el amor que se profesan Candy y Albert... es algo maravilloso... y que eso los hace mas fuertes" ¡Toda la razón!
Dreamerburch: "buen capitulo, espero pronto leer la continuacion y ver el desenlace de tu historia !" Yo también. El desenlace, por fin, ya lo empiezo a vislumbrar. Espero que resulte bien.
Lady Blue: " Increible por demas como ahora enlazaras a Colette con la familia Andrew con esto de que ella tiene el conocimiento de los restos de Stear, wao, mis respetos a tu imaginacion!" Pues... ¿confieso algo? Eso no estaba en mis planes originales, simplemente me lo dictó desde alguna parte esa vocecilla que a uno le dicta los fics. Antes, cuando yo oía a otros decir algo así, me parecía tan absurdo. Ahora sé que es la pura verdad. Es así tal cual como pasa. Y es muy genial.
Chilenita : "me encantó tu capítulo, sólo faltó vino chileno para la cena en el Dpto. de magnolia." Cierto. Pero por entonces aún era ilegal. Igual todos tomaban, la verdad sea dicha :-D Pero es algo que tendré muy en cuenta ;-)
Clau Ardley: "Ay lo amo! Mi Albert querido es maravilloso!" Seeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee! Totalmente maravilloso. Mira tú que hasta saber "esos" días de Candy...
quevivacandy : "Terry, reí con la frase "a la hora de la verdad, no era más que un hombre como cualquier otro, mortal al fin y al cabo"... jajaja pobre Terry en el baño, se le fue el glamour..." jajajajajajajaajajajaa! Así no más fue, por el baño todo el glamur :-D
Zafiro Azul Cielo 1313: "que bueno ver a albert tan bien y recuperado ha madurado mucho...ya dejó su amargura y resentimientos...ha sufrido tanto el pobre, me alegro de ver a la familia andrew tan bien..." Cierto. Lo han pasado muy mal. Se merecían un descanso.
¡Abrazos!
PCR
