SEGUNDA PARTE

DENTRO DE LOS CALABOZOS

Capítulo IV - Durante la sentencia

4

—¡Por favor soy inocente!

—¡Deja de molestar, maldito mocoso!

En protesta, Crono volvió a aporrear los barrotes de su celda, sin imaginarse que terminaría con la paciencia de uno de los dos misteriosos guardias de abultado cuerpo y voces gruesas.

—¡Muy bien! Si así lo quieres entonces —se vuelve a su compañero—. Abre la puerta.

Su compañero, ya también cansado del escándalo del prisionero, no le puso trabas accionando el cerrojo para alzar la puerta de barrotes. A pesar de la oportunidad, el muchacho retrocedió hacia adentro asustado al ver al guardia acercase sacando su espada. Crono cerró los ojos maldiciéndose por haber adelantado su final tan tontamente, pero lo que lo hizo gritar de dolor fue la parte plana de la espada al ser golpeada contra sus costillas

—Para que aprendas a no estar fastidiando —deja al prisionero lamentándose de dolor en suelo y sale de nuevo. Su compañero cierra nuevamente la celda—. Sé paciente, que solo te quedan dos días para tu muerte.

Cuando caminó, Crono notó el ruido metálico que hizo al andar con su pesada y gruesa armadura. Intentó soportar el dolor pensando en otra cosa, como la curiosidad que sentía de ver a alguno de aquellos sujetos sin sus abultados cascos en lo que ni sus ojos se veían. Al mitigarse la dolencia, perdió el hilo de sus pensamientos hasta derivar en la desesperación.

Dos días más su vida terminaría. De cierta manera, agradecía que los soldados lo hubieran dejado inconsciente ayer cuando llegó a las oficinas de los calabozos; pues el shock le hubiera impedido seguir caminando. Cuando despertó ya estaba dentro de su celda: un espacio pequeño con un banco, un pan rancio a un lado con una norme jarra metálica con agua sabor metálico. Hasta donde recordaba, siempre dos guardias custodiaron su celda, a veces turnándose con otros, pero siempre se trataban del extraño grupo de robustos acorazados de voces rasposas.

Estaba bastante débil. Le dolía el cuerpo, sentía hambre y los mendrugos de pan eran demasiado ásperos para poder tragarlos, y la poca agua dulce que podía extraer del musgo crecido por entre las baldosas del suelo, parecía ser más potable que el agua de la sucia jarra. La primera noche fue incapaz de dormir sobre el catre que tenía, una plancha de madera y piedra cubierta por una vieja cortina, pero el sueño lo vencería esa noche sin saberlo, animado por el próximo acontecimiento inesperado, aunque eso no lo salvaría de despertar con la mitad de los músculos agarrotados. Hasta entonces pasaría gran parte de la tarde reflexionando. No sabía que era de tarde, la luz no llegaba a ese sitio tan encerrado que bien podría ser de noche.

Le parece increíble que tan solo una semana atrás le pedía disculpas a Lucca por haber roto su compromiso y traicionado su amistad de aquella vil manera, intentando casarse con ella por conveniencia, y ahora se miraba actualmente en una posición tan inesperada como asombrosa: Encerrado en una celda y condenado a muerte, por haber presuntamente intentado retener a la princesa del majestuoso reino de Guardia en contra de su voluntad, ¿En qué momento ocurrió todo? Claro está, no olvidaba su excursión cuatrocientos años al pasado donde obtuvo irónicamente a la actualidad, un nombramiento de Lord por haber rescatado a la antepasada del rey que lo condenó, asistiendo a una rana bípeda parlante de más de un metro de alto.

El día pasaba lentamente y Crono lamentaba que muy probable el día de mañana transcurriría al mismo ritmo hasta el anochecer, antes de ser conducido al patíbulo. Su mente no dejaba de atosigarlo con recuerdos, especialmente los que vivió recientemente, cuando lo mejor de todo sucedió al conocer al amor de su vida. La mucama Marle, la ladronzuela que robó cien piezas de oro del Castillo convirtiéndose en una fugitiva, una fugitiva que además de oro le robó el corazón. El haber descubierto que en realidad era la princesa del reino no había cambiado sus sentimientos por ella, salvo el dolor de comprender que aunque hubiese sido declarado inocente, igualmente jamás hubieran podido estar juntos por sus condiciones sociales.

La noche llegó y los guardias no mostraban señales de adormecerse. Uno se quejaba de hambre, pero el otro le decía que aguantara hasta mañana cuando llegasen los relevos. Crono deseaba ver el rostro de esos hombres, tenía una gran curiosidad de ver las caras de esos sujetos capaces de aguantar tanto tiempo en vigilancia. El golpe de su costado continuaba doliéndole, por lo que la idea de aventurarse a pedirles que le mostrasen sus rostros se alejó de sus pensamientos. Decidió acompañarlos en vela, el hambre, la incomodidad, el miedo y el dolor impedían su sueño.

Pensó en su madre y su aspecto durante el juicio. Su corazón se rompió al verla sufrir y perder la compostura cuando anunciaron su sentencia. Se quedaría sola. Él siempre fue su principal apoyo cuando los aldeanos solo la señalaban con el dedo, ¿Qué sería de ella ahora? Sabía que los Gendius no la desampararían, pero no era lo mismo el cariño de los amigos al amor de un hijo. ¿Buscaría a su padre para regresar con él? La idea pareció divertirle un poco.

Aunque nunca lo comprendiera y hubiese en el pasado hecho rabietas de pequeño con su madre al respecto, era la idea de saber el sufrimiento que su padre había infringido en ella, tanto que nunca habló de él a nadie jamás, ni siquiera a su hijo. Uno de sus juegos favoritos de pequeño, había sido mirar fijamente a la gente que se encontraba a su alrededor cuando salía a jugar o a trabajar, con la esperanza de ver en el rostro de los desconocidos, características semejantes a las suyas con el fin de averiguar por sus propios medios la identidad de su padre, incluso Lucca lo había intentado ayudar antes de recibir una reprimenda de sus respectivos padres. A la larga se resignó a jamás encontrarlo, y medita lo poco que hubiese servido de haberlo hallado.

Los Gendius. También estaba Lucca. Quizá en parte se sentía merecedor de lo que le ocurría por haberla engañado de aquella manera. Pero la conocía, sin duda estaba triste. Hubiera deseado hablar con ella por última vez antes o durante el juicio, cierto es que no la amaba, pero mentiría si su cariño por ella no era semejante al que se le puede tener a una hermana.

Afuera el anochecer había comenzado, y Crono continuaba sin conciliar el sueño.

—¿Quién anda ahí? —exclamó un guardia de pronto.

Una luz se acercaba por los pasillos de los calabozos. Los guardias sacaron sus espadas de la funda, el custodió se acercó interesado, seguramente los guardias no recordaban a nadie que debería de estar en el Castillo a esas horas.

—He preguntada que quién anda ahí. ¡Identifíquese!

Cinco personas aparecieron por el pasillo, ocultándose bajo los gorros de sus largos mantos negros, dos llevaban una antorcha cada una, y las otras dos atrás de ellas, terminaban de rodear la figura de en medio. Crono quiso averiguar a donde se dirigía semejante procesión, y para su sorpresa, se detuvieron frente a su celda.

—¿Quiénes son ustedes y qué hacen aquí? —preguntó amenazante uno de los guardias. Se dio cuenta junto con su compañero y Crono también de las formas curvilíneas de las cinco figuras—. ¡Mujeres, si no quieren recibir la paliza de sus vidas será mejor que respondan!

La mujer de en medio, la más menuda y que parecía llevar algunos sacos de donde llegaban agradables aromas, se quitó el gorro de la túnica con su mano libre. Los soldados frenaron sus palabras mordiéndose la lengua. Detrás de ellos el muchacho no podía creer lo que veía. La princesa Guardia en persona había bajado en secreto hasta los calabozos con su propia escolta, seguramente mucamas discretas y confiables. Con un semblante firme, la princesa se puso de pie sin temor frente a los guardias, entregándole al que había hablado un pequeño saco. Al abrirlo, se sorprendió como su compañero por las finas joyas que su padre le había regalado intentando compensar sus acciones. Recelosos miraron a la princesa con cautela. Ella les habló por primera vez.

—Dos horas. Abran esa celda y márchense por dos horas.

—Alteza —gruñó el que había permanecido callado—, no podemos dejar que este hombre escape.

—Entonces ciérrenla después de haber entrado con él.

Sus acompañantes se sobresaltaron más callaron su sorpresa, los soldados no se inmutaron visiblemente, pero intercambiaron miradas. Para Gertha eso era ir demasiado lejos. Una cosa había sido ayudarla a entrar para ver por última vez al muchacho en secreto, habiendo rechazado las joyas que la princesa terminó repartiendo en las otras muchachas, pero aún si hubiese aceptado todas, el riesgo seguía sin valer la pena. Antes de poder decirle algo, el guardia se aclaró la garganta ruidosamente asustándola, antes de hablar con voz gutural.

—¿Usted quiere que la dejemos dos horas encerrada en una celda con un prisionero peligroso?

—¡Recapacite, Princesa! —Suplicó una de las acompañantes.

—No puede exponerse a ese peligro— rogó otra.

La princesa se acercó a la celda, Crono la observó maravillado por la osadía de Marle, y también por la manera en que su rostro se reflejaba con la luz de las antorchas en la oscuridad, parecía un espíritu hermoso. Ella le sonrió.

—Correré ese riesgo.

Y al ver sus miradas cruzarse, Gertha calló imaginándose lo que la reina Aliza hubiera pensado de todo aquello.


Volgrand gracias por mantenerte al pendiente de la historia. Me alegra saber que hasta ahora, nadie parece haberse molestado por las libertades que me he tomado en la adaptación. Como dije una vez, no creo que una novelización o adaptación real deba de ser la calca de la historia como es, siento hay que añadirle otros toques sin quitar el original. Gracias.

ROLL-CHAN, gracias por leer mi fic. Al igual que tu hermano y tu comencé este juego gracias a los emuladores. Muchos han tenido ideas similares con este juego u otros, y la verdad sabía desde un inicio que intentar llevarla acabo sería algo largo y laborioso (quizá por ello me tomó tantos años desarrollarla). Me pensé mucho antes de comenzarla si llevarla a cabo o no y aunque me ha costado trabajo, no me arrepiento, la seguiré hasta al final mientras me quede vida. Gracias.