Capítulo 52
- ¿Y? – preguntó Archie en cuanto se abrió la puerta.
- No quiso venir.
- Te lo dije, Candy – comentó Albert con voz triste.
- Lo sé, lo sé, pero tenía que intentarlo, ¿no?
- ¿Pudiste hablar con él ayer? – preguntó Annie.
- No, llegamos tarde y cuando me di cuenta ya era muy tarde para llamarlo.
- ¿Muy tarde para llamar a tu hermano? – preguntó Archie con una sonrisa torcida en los labios, mirando alternadamente a Candy y a Albert – No me digas… ¿y en qué se te hizo tan tarde, me pregunto yo?
Candy bajó la vista y sus mejillas adquirieron un color rojo furioso. Albert se aclaró la garganta y se acomodó en la silla desviando la vista hacia el patio, donde una mancha negra, como muchas otras veces, le sirvió de excusa para distraer la atención.
- ¡Pelusa! – gritó poniéndose de pie - ¡Deja a ese pobre conejo en paz! ¡Ven acá!
- ¡Ah, no! – reclamó Archie poniéndose de pie de un salto.
Con esa elegancia innata que lo caracterizaba, Archie alcanzó a Albert por los hombros y en un segundo volvió a sentarlo en la silla, donde lo retuvo como a un prisionero a punto de ser sometido a interrogatorio, algo que, por cierto, no estaba muy lejos de la realidad. Annie hizo su parte del trabajo tomando a Candy de la mano y obligándola a mirarla con una sonrisa picarona en los labios.
- ¿Y? – comenzó el interrogatorio el señor Cornwell - ¿No tienen nada que contarnos? Porque supongo que no sólo me hiciste viajar desde Boston para lo de Lefevre, ¿cierto?
- ¿Y para qué más va a ser si ustedes ya lo saben todo? – preguntó incómodo Albert.
- ¿Todo? ¡Pero si no nos han contado nada! – reclamó Annie dando a su hermana una mirada de desaprobación.
- ¿Pero qué más quieren saber? – preguntó tímidamente Candy.
- ¿Qué más? ¡Todo! – demandó Archie.
- Y con lujo de detalles – concluyó Annie.
- Pero… pero…
- Porque supongo que pueden contarnos todo, ¿o no? – continuó Annie con la tortura.
- Bueno, amor, por ahora dejemos que ellos decidan qué nos cuentan y qué se guardan para ellos, ¿te parece? Todas las parejas tienen secretos – terminó Archie guiñándole un ojo.
A Candy no le pasó desapercibido el brillo en la mirada de Archie y su hermana, pero en su posición de víctima, no tenía derecho a preguntar nada, sólo a confesar. Archie se sentó junto a su mujer y ambos adoptaron la posición de dos niños que se preparan a escuchar un cuento de hadas, príncipes desaparecidos en colinas y millonarios enamorados, como esos que uno sólo puede imaginar o ver en sueños, pero que en el caso de ellos, era realidad.
Albert se acercó a Candy y tomó su mano con ternura. La chica bajó la vista, apenada por el gesto que los delataba ante su familia, pero Albert tomó con delicadeza su mentón para obligarla a mirarlo a los ojos. En cuanto sus miradas se encontraron, Candy se olvidó del mundo y se dejó llevar por el vértigo que le producía el saberse amada. Albert acarició el contorno de su mejilla con su dedo índice y la atrajo lentamente hasta que sus labios se encontraron en un delicado y dulce beso que por unos instantes los transportó al país de los sueños y los deseos.
Lentamente, Albert se separó de su amada y, apoyando su frente sobre la de ella, aprisionó el bello rostro de Candy entre sus fuertes manos.
- Te amo, pequeña…
- Y yo a ti, mi príncipe…
La pareja estaba a punto de comenzar lo que a todas luces era uno de esos apasionados besos que costaba trabajo detener y resultaba embarazoso contemplar. Archie decidió que aquello era suficiente.
- Bien, bien, bien… No es necesario sigan, nos queda claro… - dijo Archie en tono nervioso, tratando de evitar lo inevitable.
- No, pero yo insisto – dijo Albert, tomando a Candy posesivamente entre sus brazos.
- No, en serio, en serio – dijo Archie contrariado.
- ¡Tú empezaste! – lo retó Annie.
- ¡Y tú también querías saber! – se defendió su esposo.
- No importa, es un placer – dijo Candy alcanzando por fin los labios de su novio.
Pero para alivió del matrimonio Cornwell, Candy sólo le dio un pequeño beso a Albert y ambos terminaron abrazos, riéndose de buena gana de la indiscreta curiosidad de sus amigos.
- Creo que tendremos que enterarnos de los detalles de otra forma, Annie – sentenció Archie, provocando la risa de todos.
Estaban enamorados. Hacía mucho, mucho tiempo que lo habían estado, pero ninguno de los dos había querido aceptarlo. Sus vidas habían cambiado en forma dramática desde aquellos días, cuando todos eran más jóvenes y el futuro parecía aún más incierto. Annie amaba a Archie, pero aún no sabía si algún día lograría conquistar de verdad su corazón. Candy aún resentía su primer desengaño con Terry y Albert aún la creía enamorada de él. Archie, por su parte, lloraba la muerte de su hermano y su vida entraba en una crisis profunda en la que se cuestionó todo, desde sus valores hasta sus cariños. El consejo de la familia se estaba preparando para presentar en sociedad a Albert, pero éste, en una demostración de valor y determinación, se había adelantado a todos para defender a Candy, la delgada y pecosa rubia que tenía a su cuidado desde hacía años, la misma que, a su vez, lo tuvo a él bajo su cuidado cuando más lo necesitaba.
De todos esos turbulentos hechos sólo dos personas salieron ganadoras en los temas del amor. Archie se había dado cuenta del real valor de Annie, pues la vida seguía su curso y de una vez por todas debía dejar atrás el amor platónico que alguna vez había acariciado en su adolescencia, cuando junto a su hermano y a su primo bueno suspiraba por la empleada de la casa de sus primos malos. Dejar atrás el amor platónico que había sentido alguna vez por Candy había sido su adiós definitivo a una adolescencia llena de risas, inventos fallidos, rosales, portales escondidos y el cariño severo y vigilante de la tía abuela. La muerte de Anthony había sido el comienzo de un camino accidentado que incluyó veranos en Escocia y peleas con rufianes en el colegio y que terminó con la muerte absurda de su hermano mayor.
El dolor había dejado en Archie heridas ocultas que sólo Annie había sabido reconocer. Fue su consuelo, y no otra cosa, lo que evitó que cayera en un abismo aún más negro de pena y dolor. Annie, por su parte, había comprendido que para estar junto a Archie debía ser mucho más fuerte de lo que pensaba y que no debía esperar encontrar en él sólo un refugio. Archie también necesitaba que ella fuera un refugio para él. Aunque reconocía que su madre había obrado mal haciéndola renegar de sus raíces, Annie comprendía que sólo lo había hecho porque la amaba y deseaba a toda costa protegerla de una sociedad discriminadora que no sabía perdonar. Por amor, también, su padre había llegado a quererla como jamás pensó que llegaría a hacerlo, borrando finalmente con ese cariño todo vestigio de la negra envidia que alguna vez Annie había sentido por su propia hermana, a quien desde niña había culpado en silencio de arrebatarle el cariño de los demás. Annie había crecido acurrucada en el cariño de sus padres. Archie, protegido por el amor de su hermano y su primo, ambos mayores, porque sus padres habían estado siempre lejos, siempre ocupados, siempre ausentes. Perder a Anthony y a Stear había sido, en cierta forma, perder también a sus protectores y en medio de ese desamparo y confusión, Annie lo había tomado de la mano y le había enseñado que la vida también le podía sonreír.
La amaba. La amaba completamente, aunque a veces su temperamento lo traicionaba y el frío orgullo, defecto congénito de los Andrew, le hacía actuar con ella de forma estúpida. Los recientes acontecimientos lo habían hecho reflexionar sobre cuánto le debía a su mujer y se había abocado con esmero a la tarea de ser un mejor marido para ella. Annie lo había recibido con la misma sabiduría de ocasiones anteriores, pero no sin antes dejarle saber que la había herido y que no siempre aguantaría sus desplantes de niño mimado, porque ya no era un niño, sino un hombre, pero sobre todo porque ella no se lo merecía y no estaba dispuesta a soportarlo para siempre.
En un primer momento, Archie pensó que aquella amenaza velada era una reacción exagerada de su mujer. Sin embargo, estando sólo por unas semanas en uno de sus viajes de negocios, Archie le tomó el peso a la situación y se imaginó por una vez sin su cariño.
Sin ella no era nada. Sin Annie era sólo un hombre elegante, con un apellido importante, pero sin propósito en la vida. Sin Annie, el huérfano era él, y no ella. Se dio cuenta de nuevo cuánto la amaba y que lo de Annie no había sido una amenaza, sino un consejo para él mismo, porque de los dos, era él, y no ella, quien más tenía que perder.
Poco a poco la relación se había fortalecido. La dolorosa crisis había servido para que ambos se reencontraran y se amaran como nunca antes lo habían hecho, para complementarse en forma perfecta. El momento había llegado para que su amor siguiera otros caminos y se expresara en nuevas formas, para que creciera y los envolviera, para que alimentara una nueva esperanza en su interior.
Annie miró a su marido y éste tomó su mano pequeña, depositó sobre ella un suave beso y luego la apretó, abrazando con cariño a su mujer. Archie se aclaró la garganta, recuperando la atención de los enamorados.
- Nosotros también tenemos algo que contarles… - dijo con una voz seria que los tomó por sorpresa.
- ¿Algo? – preguntó Albert curioso.
Una rápida mirada al rostro de Annie le bastó a Candy para saber qué era ese "algo".
- ¡Estás embarazada! – dijo Candy dando un salto, sin preámbulos.
- ¿Embarazada? – preguntó sorprendido Albert.
- ¡Le contaste antes! – reclamó Archie decepcionado al ver que su gran introducción había perdido todo propósito.
- ¡No! – se defendió Annie tan sorprendida como él.
- ¡Entonces es verdad! – gritó de nuevo Candy - ¡Estás embarazada, estás embarazada!
- Pero… pero… ¿cómo lo supiste? – le preguntó Annie.
- Pues… ¡porque eres mi hermana! ¡Lo supe en cuanto te miré!
Archie y Albert se miraron con cara de incredulidad mientras las mujeres se abrazaban y gritaban de alegría.
- Pues… por más que te miro, Archie, no te noto nada diferente… - comentó Albert seriamente al feliz padre.
- En cambio a ti sólo hay que mirarte para darse cuenta de que Candy te tiene en la palma de su mano – bromeó Archie de vuelta.
Ambos rieron de buena gana y se abrazaron felices. ¡Un hijo!
- O una hija – agregó Annie acercándose de nuevo a su marido.
- O una hija, cierto – dijo el orgulloso padre besando con gesto protector a su mujer, cuidándola como si se tratara de una porcelana fina y delicada.
- Un hijo… - dijo Albert emocionado – el primero…
Sin quererlo se transportó al día en que supo que sería tío, cuando Rosemary trató de explicarle que pronto sería mamá y él no entendió nada, porque para él, ella ya era mamá, ¡su mamá!, y cualquier cosa que naciera de ella sería su hermanito, no un sobrino. Recordó también con nostalgia cuando la vieja casa de Lakewood comenzó a llenarse de más niños con los que nunca pudo jugar y de los cuales terminaron por separarlo, aunque él siempre se las arregló para seguirles la pista.
Ahora el ciclo volvía a comenzar. Archie, el menor de todos ellos, había terminado por ser el primero en transformarse en padre. Los demás eran sólo un recuerdo y él había perdido demasiados años entre las sombras de las intrigas primero y de sus propios miedos y errores después.
La cálida y pequeña mano de Candy sobre la suya lo hizo volver a la realidad. La mujer, su mujer, lo miraba con una sonrisa tranquilizadora. Albert supo entonces que todo estaba bien y que ese era el comienzo del nuevo comienzo, que los Andrew no desaparecerían con él y que más temprano que tarde él haría su parte para aumentar la familia… junto a Candy.
Ambos sonrieron. Albert la atrajo hacia sí y Candy se refugió en su pecho.
- ¿Todavía no sabes si quieres casarte conmigo? – le susurró Albert la oído.
Candy se escondió más entre sus brazos, sin atreverse a mirarlo, con una sonrisa leve.
No dijo nada.
No era necesario que lo hiciera. Albert la abrazó con más fuerza. Por fin se sentía completo y feliz. Inmensamente feliz.
P P P
Solo en su habitación, Tom se daba cuenta de que poco a poco se estaba transformando en alguien que no quería ser. Debería estar feliz por sus dos hermanas, porque ambas tenían a su lado hombres que las amaban, pero no podía evitarlo. Lo último que quería era que le refregaran en la cara que estaba solo y escuchar los detalles del noviazgo de Candy y Albert no era un panorama que lo llenara de expectación. Ya habría más tiempo, se dijo para tratar de acallar a su conciencia. Candy había dado largos preámbulos antes de decirle que estaba de novia con Albert, algo que le había parecido irritante y hasta absurdo. Ella era la única que lo había negado y aunque Andrew había bajado varios puestos en su escala de personas favoritas del mundo, sin duda se mantenía entre los que le resultaban más simpáticos. Además, Candy lo quería. Lo quería hacia demasiado tiempo, así que no había nada que hacer, salvo alegrarse por ellos.
Pero él no estaba de ánimo para celebraciones, ni tampoco para que lo miraran con cara de lástima. Por eso había declinado la invitación. Aunque tal vez le habría venido bien salir y estar ocupado, para no pensar y para no tentarse.
Hacía dos días había recibido una carta sin remitente desde Francia.
No era necesario un nombre para saber quién la enviaba.
Su primera reacción había sido de sorpresa. Luego de rabia. Estuvo a punto de romperla en mil pedazos, pero en el último instante se contuvo, lanzándola al destierro en el último cajón de su escritorio. Afanándose en las labores del campo había logrado olvidarla, pero tras el llamado de la noche anterior, otra vez luchaba contra sí mismo. Quería leerla. Quería saber qué nueva mentira inventaría, qué nuevo nombre o qué nuevo motivo absurdo para explicar lo inexplicable. La odiaba. Luego recordaba que más que nada en el mundo necesitaba entenderla, saber la verdad, entender sus razones… tal vez aquella carta le permitiría entender de una vez por todas. Pero no, no la leería, porque sabía de sobra que Lorraine tenía el don de transformarlo en un tonto y obligarlo a seguirla aunque él no quisiera. No le temía a Lorraine, sino que le temía al hombre en que se transformaba cuando estaba cerca de ella, porque sabía que ese hombre podía volver a enamorarse.
Jamás.
Jamás volvería a amarla, así lo había decidido. Prefería morir con la duda antes que volver a exponerse a sus mentiras. Así debía ser. Y así sería.
Antes de que volviera a flaquear, caminó hasta el escritorio, sacó la carta y la rompió. Lanzó los restos del mensaje al basurero, tomó su chaqueta y salió. En el pueblo siempre podría encontrar a algunos amigos para conversar, tomar unos tragos, divertirse y olvidar. Sobre todo olvidar.
P P P
Al otro lado del océano, la brillante luz del día comenzaba a languidecer. Tras la lluvia de la noche anterior París había despertado frío, pero con un hermoso cielo azul y despejado. Camille recibió a George en su departamento a las tres de la tarde. El hombre vestía un elegante traje azul y una muy sentadora corbata. Repasaron metódicamente las instrucciones, los pasos, los documentos y todos los detalles de la gran obra que representarían al día siguiente. Temprano habían confirmado que todo estaba dispuesto en la sala donde celebrarían la reunión al día siguiente a primera hora, antes del desayuno. Habían hecho todas las pruebas y ya sólo quedaba esperar que el consejo llegara a París.
Bastaron unos pocos minutos para que George se diera cuenta de que Camille no estaba bien. Nadie más se habría dado cuenta, pero él había aprendido a leer las señales en su tono de voz y en sus ojos. Aunque se mostraba eficiente, George sabía que Camille ya no estaba convencida de lo que estaban haciendo. Era como si de pronto hubiese perdido la motivación que la empujaba y si ello ocurría, bien lo sabía George, todo terminaría en un desastre.
- ¿Está cansada, señorita Lefevre?
- Sí, un poco – dijo sin ganas Camille.
- Ya está todo en orden para mañana. No es necesario que revise el resto de los documentos. Creo que lo mejor es que descanse. Mañana será un día pesado y debe levantarse muy temprano.
- Lo sé…
Las palabras de Camille dieron paso a un breve silencio. Por unos instantes a George le pareció que los ojos se le nublaban, pero tan pronto como creyó haber visto lágrimas en sus ojos, la chica parpadeó y se puso de pie.
Camille Lefevre le recordaba tanto a Albert Andrew. Claro que Albert lo mataría si lo oyera decir tal barbaridad… pero daba lo mismo, porque ni Albert podía leer su mente, ni podía cruzar el mundo de un salto, así que no había problemas en que pensara de esa manera. De una u otra manera los dos habían aprendido a guardarse para sí mismos sus sentimientos, aunque sabía que en el caso de Camille el aprendizaje había sido brutal y repentino, porque las circunstancias la habían empujado a transformarse en algo que ni ella ni sus padres habrían querido. George no los había conocido, desde luego, pero las fotografías en que la chica aparecía feliz y sonriente junto a ellos, le permitían vislumbrar cuánto había sufrido por su muerte. Más aun considerando las causas y sabiendo, como ahora bien sabía, que estaba rodeada de personas que sólo querían deshacerse de ella a como diera lugar.
Albert había tenido mucha suerte, después de todo. Ahora, más que nunca, comprendía que Elroy Andrew no había exagerado con las precauciones para mantenerlo a salvo. Tal vez su sobrino nunca sabría apreciarlo, pero viendo cómo la vida de otra heredera se había transformado en un camino solitario y peligroso, George comprendió que la severa señora Andrew, a su manera, había hecho lo correcto. Era un alivio ver que al final del camino, el triste y solitario jovencito había sobrevivido y se había transformado en un buen hombre. Un tanto testarudo y orgulloso, pero bueno, ¡él tampoco era perfecto!
Camille estaba acostumbrada a dar órdenes y no dudaba en mostrarse cortante y exigente cuando era necesario. Además, a medida que se acercaba el día y las piezas del puzle comenzaban a encajar, había notado que algo dentro de ella crecía: el odio y el resentimiento. Sus comentarios casuales hacían evidente que no dudaría en destruir a cualquiera que se le pusiera en frente o que intentara hacerle daño. Muchas veces perdía la paciencia y apretaba los dientes en señal de silenciosa indignación; cada vez le resultaba más difícil controlarse. El incidente con Grantchester había supuesto una prueba durísima para la joven y George había temido que todo se fuera por la borda. Camille estaba cegada de odio contra Albert y estaba dispuesta a acabar con él. Y luego con Grantchester. George comprendió que no sacaría nada con tratar de razonar con ella por las buenas, así que había optado por darle pelea de frente. Siguiendo su mismo estilo, la hizo comprender que estaba a punto de arruinarlo todo y que sus desplantes en nada la ayudaban. Comiéndose la rabia, Camille había cedido.
Si había alguien que sabía tratar con herederos malcriados ese era George Johnson. Camille, al igual que Albert, era mucho más que una persona adinerada. Ambos eran inteligentes y desconfiados, hábiles y taimados, impenetrables y calculadores. Ambos, además, tenían el un punto débil en común: los afectos. William había inventado el personaje de Albert para poder querer como él quería y a quién él quisiera y, a su vez, Albert usaba al personaje de William para defender esos cariños, costara lo que costara. Camille, en cambio, había crecido sobreprotegida por el amor de sus padres y la primera vez que había querido de verdad a otra persona, ésta había terminado por destruir su vida y matar lo que ella más quería. Había vuelto a confiar en aquellos que debían cuidarla y otra vez la habían traicionado. ¿Quién podría culparla de ser desconfiada? ¿Quién podría reprocharle que llevara tanta rabia y tanta pena en su interior? Recordó las innumerables ocasiones en que Albert había hablado despectivamente de Camille sin conocerla y se sintió como un rufián por no haberla defendido.
- Camille…
La joven se dio vuelta a mirarlo, sorprendida.
- Perdone mi atrevimiento, señorita… pero llevamos cierto tiempo trabajando juntos. ¿Me permitiría llamarla Camille?
- Claro – sonrió la joven – George.
- Eso está mucho mejor – dijo George con una sonrisa, caminando hacia la ventana ante la cual se encontraba Camille. Una vez a su lado, hizo una pausa y luego preguntó sin preámbulos - ¿Está realmente segura de que quiere hacer todo esto?
Camille dio un pesado suspiro y bajó la vista.
- ¿Tengo alguna alternativa? – preguntó en tono derrotado.
- Siempre tenemos alternativas, Camille. ¿Por qué está haciendo todo esto?
- Por mis padres…
- ¿Por vengar a sus padres?
- ¡Por supuesto que sí! – contestó Camille enérgica. En un instante George pudo ver en sus ojos de vuelta el brillo del odio que se asomaba cada vez que revisan los documentos y las evidencias más comprometedoras.
- Camille… - George puso una mano sobre el hombro de la chica, tomándola por sorpresa - ¿Comprendes que nada de lo que hagas los traerá de vuelta? – le preguntó antes de que pudiera recuperarse.
- ¿Pero quién se…? – dijo Camille quitándose la mano de George de un manotazo.
- Camille, escúchame – dijo George sin amilanarse y poniendo esta vez ambas manos sobre sus hombros – Lo que sucedió no es tu culpa. Nada de lo que pasó es tu culpa. Entiéndelo de una vez por todas y perdónate. No importa qué hagas, ni qué pase mañana, ni si logras o no sacarte de encima a esos delincuentes; si tú no logras perdonarte por lo que pasó, todo esto será inútil. ¿Me entiendes? No ganarás nada liberándote de ellos si sigues siendo prisionera de ti misma y de las culpas que no te corresponden. Tú no los mataste, Camille – la chica lo miró sorprendida – Sí, Camille, tú no los mataste. Tú eres una víctima, igual que ellos. Dime, ¿podrías culpar a tu padre de su muerte? ¿O a tu madre? ¿Deberías odiarlos por lo que pasó?
- No – aceptó la joven bajando la vista.
- Camille, mírame – George levantó suavemente su mentón para que lo mirara – Tus padres no te culparon entonces, tampoco te culparían ahora. Tus padres te aman y quieren que seas feliz…
- Pero yo… - intentó decir Camille, con voz entrecortada por el llanto que se agolpaba en su garganta.
- Tú también eres una víctima, Camille. Esa noche no sólo terminaron con la vida de tus padres; también terminaron con una parte de la tuya – George vio por primera vez rodar lágrimas por las mejillas de Camille y sintió que el corazón se le partía – Pero sólo con una parte. Tú estás viva, Camille, y te mereces ser feliz. Mañana vas a despertar de este mal sueño y verás que el mundo a tu alrededor sigue igual, cada uno interesado en sus propios asuntos, todos ocupados. No es el mundo el que tiene que cambiar, Camille. Eres tú. Y si sigues empecinada en dejarte llevar por la rabia y el deseo de venganza, nunca vas a ser libre. Haz lo que tengas que hacer mañana, pero no sólo por tus padres; hazlo también por ti. Y luego ponte de pie y sigue adelante. Pase lo que pase, no te dejes hundir de nuevo. No sigas aferrándote al pasado ni a los fantasmas, Camille. Por favor, no lo hagas.
Por unos instantes reinó el silencio. George pensó que tal vez había ido demasiado lejos y se reprendió por haber cruzado la delgada línea que separa los negocios de la vida privada. Pero ya estaba viejo y no tenía ganas de ver a otros atar su vida a fantasmas que jamás los dejarían ser felices. Él había cometido ese error y lo lamentaba. Si su experiencia podía servir a otros, pues entonces de algo valdría haber pasado por todo aquello. Por otra parte, en realidad no conocía a Camille y si la chica decidía despedirlo, tampoco sería el fin del mundo.
Pero cuando estaba a punto de dar media vuelta para retirarse, Camille rompió en llanto, cubriéndose la cara con ambas manos. Enternecido, George hizo un tímido gesto para abrazarla y la chica terminó por derrumbarse en sus brazos, llorando por sus padres, por su vida y por sus sueños rotos. Odiaba el amor. Odiaba el amor porque sólo le había acarreado desgracias. Pero a la vez no había nada que quisiera más en el mundo que ser amada y aceptada por ser simplemente ella, no por ser una heredera rica, no por ser una persona temida, no ser la mujer implacable y fría en la que había tenido que transformarse. ¿Pero cómo podría alguien amarla si ella era quien más se odiaba?
George la abrazó y acarició tiernamente su cabello, mientras Camille se abandonaba a la pena.
- Llora, Camille. Ya verás que mañana será un día mejor.
La última pieza por fin estaba en su lugar.
CONTINUARÁ...
¡Ya casi terminamos! Gracias por sus súper buenos comentarios sobre el capítulo anterior. ¡Me encantaron! El suspenso todavía se mantiene un poquito más, pero ya sólo faltan los otros ocho capítulos. ¡Un abrazo y gracias a tods por su apoyo!
PCR
