LXXIII

Hercules tuvo la sensación de que los pétalos de rosa llevados por el viento se quedaban suspendidos por un instante.

–La verdad es que no la veo, mi señor– Dijo Nessus.

–Una pena– Dijo el César. Puedes llevarte el rudius, esclavo.

–Por fuego, por espada y de viejo– Dijo Nessus

–Es una profecía que merece ser estudiada, ¿verdad?

Por un instante sus miradas permanecieron fijas la una en la otra, y se produjo un intercambio silencioso de palabras.

–Te gustaría matarme, ¿ Verdad?– Dijo César a Hercules.

El prefecto Paulino miró a ambos antes de decir: – César.

César hizo un gesto con la mano y dijo:

–Que se lleven a Hercules a sus barracones y que envíen al médico imperial a atender sus heridas. No vamos a privar a los dioses de su primera muerte. La muerte en la arena.

–Te ha sacado de tus casillas, ¿eh?– Dijo Ícaro, apartando la cabeza antes de que una jarra se estrellara contra la puerta.– No te desanimes compañero. – Ícaro esquivó un tazón. –Deja de lanzar la vajilla.

Hercules gruño yendo hacía su habitación.

–Ya no nos podremos liberar de él– Dijo el lanista, todavía con la voz débil, después de que Hercules estuviera a punto de estrangularlo por reírse de la situación– Si no fuera por el dinero que produce… Bueno, que los dioses bendigan al emperador. Soy rico de por vida.

–¡Aléjate de mi puerta!– Dijo Hercules a su lanista.

–Siempre pensé que todo ese fatalismo era una farsa– Comento Ícaro.

En los mese siguientes hubo combates que pusieron los pelos de punta.

Hacía mucho que las actuaciones de Hercules se organizaban con mucho tiempo de antelación y , después de sus comienzos, ya no realizaba más de cuatro combates por año. Sin embargo a un que no le apeteciese; combatió sobre un lecho de brasa con solo un par de sandalias para no quemarse; luchó con las heridas todavía abiertas, mareado del dolor; se enfrentó, semidesnudo y sin armaduras, a un carro lleno de arqueros; peleó armado únicamente con un pequeño cuchillo contra un león de negras melenas, y a caballo contra dos toros salvajes.

El dios Hercules.¿Cuántas veces se quedó helada la multitud, conteniendo el aliento unísono, antes de que Hercules apareciera de debajo del cadáver de un león o un carro volcado?

¿ En cuántas ocasiones su mirada se cruzó con la del emperador en un duelo, una y otra vez, terminaba en tablas?

Hercules perdió la cuenta.

–¿Quieres que te maten?– Le preguntó Ícaro– Estas artimañas del emperador ya son bastante malas de por sí, no tienes que quedarte mirándolo al terminar. ¡Piensa un poco por ti! Si mueres, me dedicare a suplicar restos de comida y tendré que esquivar las patadas de la gente, piensa que soy el bufón… para el emperador– Dijo Ícaro con desagrado.

–El que viva o muera no depende de mí.– Respondió Hercules, aunque a veces no lo tenia muy claro.

–¿Usas magia? – Le preguntó el lanista con recelo, un día que Hercules estaba sentado con los ojos cerrados en un banco del patio tras un salvaje combate contra un Cretense. – ¿Te tomaste alguna poción que te hizo invencible?

–Nada de eso– Intervino Ícaro, es un dios entre los hombres.

–Tonterías– exclamo el lanista.

–No son tonterías. Luego, no me vengas llorando cuando acabe lanzando su ira contra ti. – Dijo Ícaro, riéndose como un maniaco.

Hercules puso los ojos en blanco.

–Pero tranquilo, irá a por el emperador. Señor y dios…¡JAJA! César solo es dios por que se hace llamar así. Ya verás como se le caen sus sandalias imperiales, cuando descubra que ha estado jugando al gato y al ratón con la realidad. Sí nuestro amigo aquí presente se encarga primero del emperador. Después vendrá a por ti en mitad de la noche.

–Te mandaré azotar, enano– Exclamo el lanista, marchándose en vuelto en su toga de lino perfumado.

–¿Sabes una cosa?– Dijo Ícaro, mirando a Hercules con gesto irónico– A veces pienso de verdad que eres inmortal. Imagínatelo.

Hercules le mostro una breve sonrisa, pero el sabia que en esa mirada del emperador iba más allá de los retos que le proponía.

Algo semejante al miedo…

–¿Miedo?– Se burlo Ícaro cuando Hercules se atrevió a contárselo.– ¿Por qué iba a tener miedo el emperador de Roma?

–La tiene tomada conmigo– Dijo Hercules, encogiéndose de hombros.

–Ah, claro. Tiene millones de personas a las que atormentar, y gasta todo su tiempo y energía en torturarte a ti. No te vuelvas paranoico.

Pero ¿Acaso eran imaginaciones suyas, ese gesto del emperador cada vez que él alzaba los brazos en la arena junto al cadáver de su último contrincante y miraba hacía el palco imperial?

Hercules no estaba muy seguro…

*Siento si este capitulo es mas corto, espero tener mas tiempo de poder hacer el próximo mas largo, lo estoy empezando : )

Gracias a : "Gabsz" me alegro que te este gustando la historia.

Saludos mis lectores.