-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada (bajo mi cronología) por Metin Akdülger (Sultan Murad IV), Aslı Tandoğan (Sultana Gevherhan) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 55
Sasuke tenía la mirada perdida en la nada, tumbado sobre la cama con la espalda pegada al colchón y el torso descubierto, recuperando el aliento después de aquel horrible error, porque no podía llamar de otra forma a lo que acababa de cometer. ¿Cómo había sucedido algo así? Lo que acaba de hacer no tenía justificación posible. Había roto con sus propias declaraciones, había desarraigado y destruido sus propias promesas. Había existido un tiempo en el que no había necesitado nada más que contemplar la impoluta belleza de su esposa, luego esa necesidad había aumentado haciendo que tuviera que tenerla en su cama todas las noches, deleitándose con la perfección que ella solo podía transmitirle…pero ahora, tras meses sin la cadenciosa y erótica belleza de la incuestionable y única dueña de su corazón; todo su entorno se había convertido en un vacío, ya nada tenía el peso ni el valor de antaño si no la tenía a ella para iluminar sus días y sus noches, para no hacerle sentir que todo era un reto nuevo a enfrentar, para hacerle sentir que siempre había un motivo por el que ver con deleite y pasión cada nuevo día que emergía desde el horizonte. Pero ese tiempo ya no era el tiempo de Sasuke, cada día era monótono, cada amanecer una tortura y cada respiro una opresión inaguantable que lo mataba por dentro más y más cada día.
Había acudido a la celebración de la boda de su nieta Ayame únicamente porque Sarada se lo había pedido, esa había sido la única razón, pero en ella…sabía que la mujer que le había sido presentada estaba actuando bajo las ordenes de Sarada, ella dirigía el Harem después de todo e inicialmente, recordando a su esposa, Sasuke había creído que quizás todo podría volver a empezar, que como sus predecesores habían hecho antes de él, podría abrir su corazón a un nuevo amor o que compartiendo su cama con otra mujer quizás podría dejar el pasado atrás y volver a empezar, pero no se había sentido bien en ningún aspecto, todo el tiempo tenía a Sakura ocupando su corazón y su mente, y no quería que eso cambiara, pero lo que había hecho con esa mujer…en el fondo de su corazón sentía que había sido un tipo de traición contra Sakura. Nunca había existido una mujer más perfecta que ella y, pese a acabar de haberle sido infiel hace solo unos instantes, Sasuke acababa de corroborar que no había mujer más deseable o erótica sobre la faz de la tierra. Sin importar cuantas vueltas le diera al asunto, Sasuke no entendía cómo es que se había acostado con otra mujer, ¿Es que su deseo no había sido siempre hacia Sakura?, ¿Qué rayos había estado pensando para hacerlo? Volteo el rostro hacia su derecha y encontró el enorme espejo que estaba a al menos diez pasos de la cama y que reflejaba su rostro así como la espalda de la mujer a su lado y que se encontraba dormida. Observando su reflejo, Sasuke notaba que no había cambiado físicamente, pero…si seguía siendo el mismo, ¿Por qué había hecho algo tan impropio de él?
Le quedaba solamente un consuelo, durante todo el acto-y se repetía todo, porque así había sido-había pensado en Sakura, había murmurado su nombre, había intentado olvidar que la mujer con la que había estado era una completa desconocida para él y había logrado creer que era Sakura quien estaba en esa habitación, en esa cama, con él. Había pecado de infidelidad en la carne, pero no de mente ni de corazón. Gruñendo por lo bajo al darse cuenta de que la mujer a su lado comenzaba a despertarse, Sasuke se irguió y sentó sobre la cama, aparto las sabanas, poniéndose de pie y caminando hacia donde se encontraba su ropa para comenzar a vestirse antes de que esa mujer pudiera acercársele siquiera. No sentía nada, ¡nada! por esa mujer que solo había sido un leve consuelo y ni siquiera eso. Se abrocho los pantalones antes de tomar la bata colgada junto a la cama, observando el rabillo del ojo como esa mujer lo observaba en esperaba de decir algo o que él le dijera algo, pero él no planeaba ser amable, no le importaba que ella fuera una mujer, solo quería abandonar la habitación lo más pronto posible. Encaminándose tan pronto como pudo hacia la terraza, Sasuke se sintió próximo a estremecer a causa del frió aire nocturno, más su mente estaba tan lejos de paradigma terrenal que le hubo impedido sentir plenamente el aire frió que meció su flequillo y la tela de su bata mientras se situaba ante el prominente balcón, apoyando las palmas de sus manos, aferrándose al maro hasta sentirse que se hería las palmas de las manos. Minuto a minuto no hacía más que sentirse aún más miserable de lo que ya se había sentido hasta entonces porque había cometido la mayor traición que hubiera podido imaginar…
Razones para ser felices existían muchas dependiendo de la perspectiva que se tuviera de la felicidad, y aunque Sasuke no quería alardear en lo absoluto, sabía que tenía una razón mayor—que otras personas—para estar tan feliz; se había casado, era uno de los Sultanes más jóvenes de la historia y con diecisiete años no solo era padre sino también esposo y su Haseki no era otra que la hermosa griega de cabellos rosados que se encontraba recostada frente a él en la cama, ambos observándose en silencio el uno al otro, cubiertos por las sabanas, sumergidos en sus miradas ónix y esmeralda. Jugando distraídamente con uno de sus mechones rozados, Sakura observaba en silencio a su esposo, con una sonrisa adornando sus labios. No era nada tonta, sabia lo inusual que era que un Sultan contrajera matrimonio, no lo habían hecho ni el Sultan Madara ni el Sultan Izuna, ellos si se había aplicado a las normas y el protocolo en ese sentido más Sasuke había desafiado lo establecido por ella, y aunque se sintiera inmensamente feliz por ello….Sakura temió generar un revuelo innecesario aunque sintiera el hormigueo del reciente placer compartido recorrer su cuerpo. Los cuarenta días de reposo tras el parto se le habían hecho eternos más ahora y tras tanta espera por fin volvía a ser la única que pudiera complacer al Sultan y aumentar su deseo y el propio, aunque una parte de su persona le decía que no se hiciera demasiadas ilusiones al respecto ya que por las costumbres del Harem, Sasuke habría de yacer con otras mujeres, no solo con ella.
-¿Por qué lo hiciste?- cuestiono Sakura tras tanto silencio, incapaz de comprenderlo. -Las leyes del Imperio son claras, ningún Sultan puede casarse- obvio ya que pese a su inocencia e inexperiencia, no era para nada tonta. -Temo que esta decisión levante más polémica de lo planeado- descendió su mirada a la nada misma, formando un ligero e infantil puchero que lo enterneció a tal punto de hacerlo reír. -¿Por qué te ríes?- inquirió ella, divertida y contagiada por su alegría.
-¿No puedes solo disfrutarlo?- debatió Sasuke, apoyando el mentón sobre la palma de su mano, observándola meditabundo, perdido en su belleza.
Era joven, sin duda y Sakura también lo era ya que al fin y al cabo tenían la misma edad—ella era un par de meses mayor que él, debía añadir, aunque esto ni siquiera se notaba—pero esto no era en lo absoluto un problema ni tampoco significaba que no reparase en las polémicas que traería su enlace, pero estaba seguro de que amaba a Sakura y tras haber hecho tanto por el Imperio; detener rebeliones, impartir justicia, no permitir el fratricidio, ser tolerante y compasivo y dar al Imperio el heredero que se necesitaba…poder darse el lujo de tratar a la mujer que amaba como "su esposa" definitivamente no podía ser un pecado y si lo era estaba más que dispuesto a arder en el infierno hasta que sus huesos se consumieran, por el amor que sentía estaba dispuesto a hacer cuanto fuese necesario por la felicidad de Sakura e incluso más de ser necesario. En respuesta a esta cuestión, Sakura solo pudo negar para sí; tal vez la juventud de ambos fuera motivo de preocupación pero no era así, tenían piedad y humanismo en sus corazones y eso era algo que notoriamente había faltado a lo largo de la historia del Imperio Uchiha, más Sakura estaba completamente segura de que juntos harían que todo fuera diferente, distarían de sus predecesores, desbordarían amor y crearían un nuevo Imperio donde nadie fuera desdichado y pese a cualquier predicción de sus aliados o enemigos tendrían una familia muy numerosa y unida, no permitirían que nadie los separara, eso lograrían, ese sería el mayor triunfo de sus vidas.
-Nunca te había visto así, es como si tus ojos rieran- observo la Haseki, abrumada por ser el motivo de tanta dicha.
-Porque me gusta lo que veo y quiero ver más- distraídamente alzo su otra mano, trazando líneas invisibles sobre la piel de uno de los hombros de ella, intentando prender sus dedos del borde de la sabana para exponer su cadenciosa e incomparable belleza, más ella se lo hubo impedido, enterrando su rostro contra la almohada, recostándose boca arriba, -¿Por qué no?- se contuvo de reír al ver el sonrojo en las mejillas de su ahora esposa. -Eres todo lo que necesito en este mundo y siempre será así- prometió en caso de que la ceremonia de boda que había tenido lugar ese día no hubiera representado todo cuanto él sentía por ella.
-Perdóname que discrepe, pero no suele ser así- discutió Sakura, no quería ser excesivamente negativa ni vidente, pero sabía que como sucedía con todos los hombres, llegaría el momento en que Sasuke se cansaría de ella y buscaría a otra mujer que satisficiera su lívido, más con tener un infaltable lugar en su corazón se sentiría completamente feliz. -Todos los Sultanes acaban sucumbiendo a las pasiones que se les ofrecen, tarde o temprano- recordó al ver a Sasuke fruncir el ceño, no es como si quisiera ofenderlo, pero era inevitable pensar en lo que tarde o temprano sucedería.
-Pues yo no, lo juro por mi alma, siempre has sido y serás la única para mí- prometió Sasuke y no solo lo decía para hacerla sentir mejor, no quería a ninguna otra mujer ni lo haría jamás, ella era todo cuanto podía necesitar, su alma y su aire, su agua y su luz, su fuego y su tierra, ella era todo para él.
A lo largo de su vida se había sentido extraño en cierto modo o al menos hasta ese punto, había sentido que su perspectiva no encajaba para nada con aquella que soterraban quienes lo rodeaban, su hermano Itachi había pensado como él—en parte—pero la vida no les había permitido permanecer juntos y explorar las expectativas de apoyarse incondicionalmente, en lugar de ello uno había sido ejecutado y el otro había sobrevivido para ser Sultan, ¿Por qué había sido así? Solo Kami lo sabía. No era tonto, sabía que sus padres no se habían amado jamás, nunca había visto amor entre ellos, no como había notado entre su padre y la Sultana Mei, más no era su asunto inmiscuirse en ello, pero siempre se había propuesto que todo fuera diferente. Se había enamorado de Sakura nada más verla retratada en una pintura, su inocencia y encanto era tal que aun cuando la pintura no hubiera sido totalmente exacta…había retratado su alma y coraje, y eso había bastado para hacerlo su completo esclavo desde el primer segundo en que la había visto. No quería ser en lo absoluto como su padre, albergando un Harem de concubinas de quienes tan solo sabía el nombre y a quienes llamaba ocasiones para obtener placer, no quería tener más de alguna mujer que engendrara a los herederos del Imperio para sucederlo. No, solo quería que Sakura lo recibiera tras cada ausencia, quería verla a su lado cada día y quería tener una familia con ella, muchos Príncipes y Sultanas como ella le había prometido. No quería compartirla con nadie y no quería a nadie que no fuese ella, sabía que Sakura tenía razones para sentir celos o inquietud, más él no desviaría su vista de ella jamás.
-No me importa llegar a compartirte con otras, quizás tenga que pasar algún día- se resignó Sakura haciendo que el entornase lo ojos, algo divertido por su tozudez idéntica a la propia, -pero solo déjame ser la única en tu corazón, así sabré que mi existencia tiene un motivo- apoyo una mano sobre el pecho de Sakura que mantuvo sus ojos tan centrados ne ella como ella los centraba en él, separados por infinitésimos centímetros que se volvían nada ante el fulgor de la pasión que rápidamente comenzaba a reavivarse, -quiero vivir en tu corazón hasta el final de los tiempos, vivir por un amor así sería el mayor logro de mi vida- sin intención de ser sentimental, su voz se hubo quebrado ligeramente a la par que as lagrimas brillaban en su ojos, haciéndola bajar la mirada para secarlas.
-Siempre serás la única para mí- el Uchiha le acaricio afectuosamente la mejilla, limpiando sus lágrimas y rozando sus labios con los de ella.
Uniendo sus labios con los de ella, Sasuke se juraba a si mismo que no importaba como ni cuando fuese, él jamás traicionaría a Sakura con otra mujer, ni aun cuando la muerte misma llegase a intentar separarlos, nunca la traicionaría. Lo capcioso e irónico de la vida es que llevaba a una persona replantearse decenas, infinidad de cosas, en un momento dado se cometían actos impensables, se traicionaban promesas, se ignoraba quien se había sido y solo importaba saciar el ego, Sasuke lo sabía mejor que nadie porque lo había padecido; él, a quien habían aclamado como un Sultan compasivo hoy era apodado "el cruel", había sufrido una metamorfosis tal que no sabía si sentirse impresionado o asqueado de su reflejo. Si, su intención había sido recobrar la justicia y las leyes originales del Imperio, más nunca había esperado temor a cambio y ante lo que, con el tiempo, se había vuelto indiferente. Pero traicionar quien más amaba, incumplir la mayor promesa hecha en su vida había hecho que de forma silenciosa y ya a solas, las lágrimas comenzasen a resbalar por sus mejillas, estaba decepcionado de todo, no solo de la vida y el destino que lo habían dejado solo para resistir el peso del imperio sobre sus hombros sino también por haberse trastornado en una yerma coraza de aquello que había sido en su momento. ¿Cuándo había cambiado y por qué? Ni siquiera él tenía la respuesta, solo se sentía herido y perdido como nunca y nada ni nadie podía sanar sus heridas.
-Perdóname…- sollozo Sasuke al aire, acongojado en lo más profundo de su alma.
Dentro de la habitación, Yumiko se vistió tan pronto como le fue posible, tal vez el Sultan no se lo hubiese ordenado pero era obvio que cuando volviera a entrar en la habitación no la quería allí. Había sido algo extraño, placentero pero extraño, era como compartir un omento que se suponía debía ser agradable con algo inanimado, que no tenía ni alma ni fuerzas, que estaba allí pero a la vez no estaba. Cerrando la parte trasera de su vestido, Yumiko desvió muy brevemente la mirada hacia la terraza tan solo para ver la espalda del soberano del mudo que estaba perdido en su dolor y en su propio sufrimiento como Yumiko jamás había imaginado que lo vería. Se decían tantas cosas con respecto al Sultan, pero en el fondo todas las grandes expectativas quedaban en nada. El Sultan vivía, pero el hombre que era estaba completamente destrozado y camino a un rumbo que no tenía ni tendría retorno jamás.
Oh, como han caído los poderosos…
La mejor forma de dejar los aconteceres desagradables atrás era llenarse hasta el cuello de la agobiante rutina y en un Sultan esto era tremendamente fácil y aunque antes hubiera tenido la competa intención de no agobiarse para permitirse recurrir a su habitual melancolía, ahora no quería tener nada de tiempo libre porque de hacerlo se sentía como una basura al recordar el error cometido con esa mujer, Yumiko, la noche anterior. De solo recordarlo se sentía el ser más miserable sobre la tierra. Además esa mañana había despertado con una incomodidad inusual en los pulmones y una sensación de agotamiento que por poco y le había impedido levantarse de la cama, más su deber no era otro que sostener le Imperio tanto como pudiera hacerlo para que su nieto Itachi—aunque tenía muy poca fe en él, por no decir nula—pudiera despegarse de la influencia de Takara lo más posible para impedirle ejercer como Sultana Regente. Nadie salvo Sakura debía ni merecía tener el honor de llevar sobre sus hombros y en su mente el peso de todas las vidas y labores del Imperio y como no volvería a vivir otra mujer semejante a su esposa, ese peso solo podía ser destinado a sus hijas. Ya se había agobiado mucho aquella mañana al lidiar con una reunió un tanto más prolongada de lo normal en la sala del consejo real, el pueblo aparentemente no emitía protesta alguna que resultase preocupante para nadie, más algunos funcionarios del estado que le eran leales a Takara sospechosamente estaban comenzando a ser acusados de corrupción, algo que antaño lo hubiera preocupado a punto de tomar la justicia en sus manos y tomar sus vidas para exterminar toda macula innecesaria, más ahora no creía que eso fuera necesario.
Tarde o temprano todos caían por su propio peso, y ahora no tenía interés alguno en continuar pareciendo más cruel de lo que el pueblo pensaba, por lo tanto dejaría que la justicia divina se cumpliese sola, él ya había intervenido demasiado. Mucho más resignado consigo mismo, el Uchiha se dirigía hacia sus aposentos bajo la habitual escolta jenízara si como por Suigetsu que—para agregar—se había vuelto poco menos que su sombra desde que había concluido el tiempo de luto, si pudiera vigilarlo a cada hora del día, Sasuke no tenía duda alguna de que el Hosuki lo haría, irónicamente en ese punto de su vida había encontrado a un verdadero amigo, aquello que pocos Sultanes había conseguido hacer y sin embargo no tenía la entereza ni el valor para valorarlo. Apegado a su propio luto y melancolía, portaba la usual túnica de seda negra, de cuello alto y mangas ceñidas hasta las muñecas, apenas visibles—salvo por las mangas—a causa de elegante Kaftan de terciopelo granate, de cuello alto forrado en piel color negro, y cerrado por un broche que replicaba el emblema de los Uchiha, con cuatro botones de plata en caída vertical hasta la altura del abdomen, entrelazados por dos botones de lado a lado con cordones de cuero, de mangas holgadas y abierta bajo la altura de los hombros—para exponer las mangas inferiores—y ceñido a su cuerpo por un fajín de seda negra de igual tono que los pantalones bajo el Kaftan y que eran ocultados por la caída de la tela, tan solo consiguiendo exponer las botas de cuero negro. Frente en alto y sumergido en sus propios pensamientos, el Uchiha fue reverenciado a su paso por los escoltas
-¡Atención!, ¡Su Majestad el Sultan Sasuke!
El anuncio de parte de Choji en la entrada del Harem le resulto indiferente al igual que las concubina que lo hubieron reverenciado, cuchicheando y chillando entre si, más si lo hizo una repentina aparición en el pasillo continuo y cuyo camino lo conduciría a sus aposentos y por el que apareció su hija Izumi que tras dirigirle una mirada de rencor aparto la vista y se dispuso a continuar con su camino como si no lo hubiera visto. Tan elegante y digna como siempre, la Sultan Izumi se encontraba ataviada de un sencillo vestido verde brillante de seda perfectamente calzado a su figura, de escote corazón, con seis botones de diamante en caída vertical hasta la altura de su vientre, sin mangas, por sobre el vestido se encontraba una chaqueta oliva hecha de georgette, de mangas holgadas hasta los codos donde se ajustaban como una especie de largas muñequeras, además y matizándose con el vestido inferior es que la misma seda del vestido formaba—en la chaqueta—unas marcadas hombreras que desvencijan formando una especie de caída en V en los laterales, y un cuello que se enmarcaba posteriormente. Su larga melena de rizos castaños, elegantemente peinada, caía perfectamente sobre su hombro derecho, y un par de rizos rebeldes pero encantadores enmarcaban los contornos de su rostro, favoreciendo así no solo la corona de oro, jade y esmeraldas en forma de flores de jazmín que sostenía un largo velo dorado que caía tras su espalda, sino que también un par de pendientes de oro y cristal oliva en forma de lagrima. Reparando en su padre, Izumi no quiso siquiera compartir el mismo espacio que él por más tiempo, tal vez compartieran la misma sangre pero eso nunca le había disgustado tanto a Izumi como en ese preciso instante.
-Izumi- llamo Sasuke causando que su hija se detuviera su lado, emitiendo un mudo suspiro antes de voltear a verlo, pero no como una hija vería a su padre sino más bien como una mujer vería a su mayor enemigo y no sabía cuanto le dolía que pensase así de él. -Aun no quieres hablarme- afirmo más bien para sí, intentando no expresar en lo absoluto cuanto le disgustaba y hería aquello. Si ella no iba a ceder, pues el tampoco.
-No sé cuándo el dolor que siento vaya a pasar, no sé cuándo podre encontrar paz de nuevo- respondió Izumi sin afirmar ni negar nada, ya había aguantado meses sin dirigirle la palabra pero ahora que podía sonaba como una serpiente venenosa y lo hacía con total intención. -Pero si hay algo que sé es que jamás te perdonare- gruño por lo bajo pero lo bastante audible como para que su padre la escuchase.
-Si con eso encuentras alivio, suelta todo el veneno que quieras, insúltame- animo Sasuke al ver que nada de lo que hiciera o dijera cambiaría la opinión que su hija tenia de él ni los reconciliaría tampoco. -Al fin y al cabo me consideras una cizaña en este mundo- aludió ya que aquel era el comparativo más adecuado a hacer en aquellas circunstancias.
-¿Desde cuándo te interesa tanto lo que yo podría pensar, padre?-cuestiono Izumi con una sutil y cínica carcajada. -Todo lo que haces es para mejor- menciono con sarcasmo.
Una serpiente destilaba veneno contra quienes eran enemigos en pro de defenderse y aunque a Izumi no quería compararse con la apología que realizaban usualmente a Takara, por ese instante si se sintió como una serpiente y por demás orgullosa. Había perdido a dos de sus hermanos por su culpa y a su propia madre, ¿Cómo perdonarlo? Sarada lo había hecho, Hanan también y Shina y Mikoto parecía neutrales peor ella no podía bajar la cabeza ante él y aceptar todo cuanto dijera, ella no era como el resto de sus hermanas. Ni siquiera entendía o empatizaba con el presunto "dolor" que su padre decía sentir tras la muerte de su madre, en lugar de ello consideraba que a su padre solo le remordía la conciencia y bien merecido tenía que fuese así. Una parte de él quería sorprenderse del comportamiento expresado por Izumi, más…¿Cómo hacerlo? Era tal vez La única de sus hijas que se parecía tanto a él, el mismo carácter que no hacía aquello que le era ordenado, que tenía un opinión que dar, que no era dócil en lo absoluto y era precisamente esto lo que había hecho que hubieran sido tan cercanos entre si y que había conseguido separarlos. Por momentos le dolía ver que la misma niña que había cargado en sus brazos como una inocente bebé, en el pasado, ahora lo atacase verbalmente o lo odiara como hacia contra quienes eran sus enemigos y aunque sabía que se lo merecía, definitivamente ningún padre quería ser motivo del odio de una de sus hijas, más él lo era y debía vivir con ello aunque su inderrotable voluntad no quisiera aceptarlo.
-Así que continuas dándome la espalda- negó el Uchiha sutilmente para sí, sin dejarse sorprender. -Que así sea, no necesito gente débil como tú- desestimo con estoicismo, dispuesto a marcharse, no tenía porque hablar con alguien que no quería escuchar.
-Eso lo decidiste tú, padre, fue tu elección quedarte solo- debatió Izumi impidiéndole partir, molesta al haberla aludido como alguien débil siendo que él lo era el permitir que la crueldad hubiera nublado su juicio y envuelto su corazón. Esto había cobrado la vida de su madre, ella se había cansado de ser otra víctima de su crueldad. -No culpes a nadie por eso- una sonrisa ladina se apropió de sus labios, satisfecha consigo mismo tras decir esto.
Su madre había padecido bajo las despreciables Sultanas Mei y Rin, quienes le habían arrebatado a sus hermanos Itachi y Baru a quienes no recordaba por haber sido apenas una bebé, todo ello había generado un dolor tan grande a su madre, transformándola en una figura sumamente triste. Luego había sido el turno de la Sultana Naoko por culpa de quien había muerto su hermano Kagami, pero las muertes de Rai y de Shisui…esas solo tenían una etiología y era el Sultan. Todos quienes había dicho amar habían muerto por su propia mano habiendo sido su madre la mayor de todas víctimas, ¿Acaso su madre había tenido la culpa? Nunca, ni siquiera había llegado al Palacio por voluntad propia, toda su vida había sido vivida por voluntad de otros, no por sí misma, había tenido momentos en que había podido elegir más las restricciones habían sido abismales y eso Izumi lo sabía muy bien porque también la habían obligado a obedecer. Había escuchado muchas cosas en su vida, recordaba con especial énfasis como Sakura lo había culpado de la desgracia del Imperio y de la muerte de gran parte de sus hijos y tristemente sabía que ella había tenido razón al culparlo porque si hubiera sido más cuidadoso tal vez hoy todo sería diferente, pero aun así no podía saberlo, más la acusación de Izumi era totalmente errónea, ¿Su madre Mikoto había muerto por su culpa, Fugaku, su hermano Itachi, Hinata, Daisuke…Sakura? La vida de ellos y su supervivencia había escapado de su autocontrol, no era Kami, no podía hacer todo cuanto desease, solo podía resignarse a la perdida y continuar viviendo. Izumi había cruzado la raya, no guardaría silencio ante semejante acusación hacia su persona, su conciencia se lo impedía.
-¿En serio piensas que quedarme solo era mi decisión?, ¿Quién te crees que eres para asumir lo que yo pienso o deseo?- Sasuke no tuvo la intención pero sonó completamente furioso al decir esto. Las palabras de Izumi realmente habían conseguido enfurecerlo como no había sucedido hasta entonces, -¿Acaso has buscado el bienestar de este Imperio por encima de tu felicidad o de la de quienes amas?- Izumi trago saliva sutilmente para sí, desviando la mirada…quizás si había cometido un error al hablar así. -Yo he perdido a todos a quienes he amado, ¿Y dices que fui yo quien eligió la soledad?- no servía de nada que se dejase controlar por la ira, finalmente hubo reparado en ello, serenándose a sí mismo ante la mirada de Izumi que por un instante pareció avergonzada por su declaración. -Qué pena- suspiro al aire finalmente.
Ofendido en lo más profundo de su alma, más negándose a exteriorizarlo, el Sultan parto la mirada de su hija, retomando de inmediato su camino hacia sus aposentos, seguido por Suigetsu y su escolta jenízara que hubieron tardado una fracción de segundo en seguirlo, abrumados por el calibre de la discusión. Siguiendo con la mirada a su padre, hasta perderlo de vista, Izumi no se sintió tentada a impedirle partir, ni tampoco a disculparse pese a saber que se había extralimitado, su juventud la había llevado a errar y acusarlo de algo que escapaba de su usual cordura, mas era demasiado tarde para retractarse siquiera mientras ella también seguía con su camino, escoltada por sus doncellas. La muerte de Shisui había hecho que ella y su pare se separasen definitivamente y no había poder ni en la tierra ni en el cielo que pudiese reconciliarlos.
Esa mañana en específico, Sarada había permitido que todo en el Palacio se realizase según su propio ritmo tras despedir a su esposo Boruto que había asistido a la reunión del Consejo Real. Lady Ino había asistido muy temprano a su presencia para garantizarle que Yumiko estaba instalada en sus nuevos aposentos como favorita, así como para presentarle la contabilidad realizar cada semana. Hayate Gekko y Deidara Pasha, los dos aliados más importantes de Takara estaban rodeados de rumores de corrupción, rumores que Sarada había hecho que fueran falsamente pronunciados por el pueblo por información que ella había hecho circular y por ciertos arcones y piezas de oro que había filtrado en los respectivos aposentos y Palacios de los dos visires. Cuando su "culpabilidad" fuera probada, Sarada le asestaría el golpe más grande a Takara al hacer que sus dos mayores aliados y valedores fueran ejecutados. La intriga y la crueldad eran dos características que toda Sultana debía tener, y aunque Sarada sabía que su madre no se enorgullecería al verla actuar así, Sarada tenía un juramento que cumplir por encima de su propia moral y su dignidad; hacer lo mejor por el bienestar y la protección de la dinastía, los pequeños príncipes y el Imperio. Sentada sobre el diván junto a la ventana de sus aposentos, Sarada recibió una taza de té de manos de su doncella Chouchou quien la reverencio a la par de Himawari que le tenido otra taza a su hermana Hanan que se encontraba silentemente sentada a su lado. Como leyéndole el pensamientos, una serie de respetuosos golpes repiquetearon contra las puertas, haciéndola alzar la vista tas beber el té de manzanilla cuya taza aferro a sus manos.
Apenas se hubieron abierto las puertas, Yumiko finalmente hubo hecho acto de aparición tal y como la Sultana Sarada había predicho que sucedería, así le había pedido a lady Ino que la enviase para que pudieran hablar de lo sucedido la noche anterior. La ahora favorita del Sultan vestía unas halagadoras galas de seda color rojo que conformaban un vestido de escote corazón levemente rebajado con un margen superior más recatado y entre los cuales se hallaba un fino bordado de hilo de oro a partir del cual descendían siete botones rojo oscuro en caída vertical hasta la altura del vientre, mangas ajustadas hasta los codos y que se abrían frontalmente cuales lienzos de gasa para así exponer los brazos, por sobre el vestido o más bien pegada a él se hallaba una chaqueta sin mangas granate oscuro que enmarcada en los costados del corpiño, únicamente dividido por la diferenciación del color y un margen de hilo de oro que separaba el centro del corpiño de los laterales y la falda inferior de la superior. Su largo castaño, peinado en cadenciosos rizos, caía libremente sobre su hombro derecho y tras su espalda sin restricción alguna, únicamente adornado por una diadema de oro de tipo cintillo que le aportaba una imagen ligeramente inocente. Deteniéndose a un par de pasos frente a las dos nobles Sultanas, Yumiko hubo bajado diligentemente la mirada ante las hijas del Sultan y que la hubieron analizado de forma exhaustiva, más conformes con su apariencia al parecer, más Yumiko no lo entendía porque no creía que hubiera algo notorio en ella que halagar.
-Sultanas- reverencio Yumiko educadamente.
Como siempre, la Sultana Sarada era el sinónimo de elegancia, así lo hubo juzgado Yumiko nada más verla, en ella las palabras; belleza, encanto y dignidad se quedaban cortas, solo la Sultana Sakura—de continuar viva—sería más hermosa que ella. Sentada sobre el diván junto a la ventana, vestía unas elegantes galas esmeralda brillante de mangas ajustadas hasta las muñecas, bajo escote corazón y perfectamente calzado a su figura y de falda de una sola capa hecha de seda, ribeteadas en encaje dorado con incrustaciones de diamantes que iba desde el escote a la altura del busto y que igualmente creaba unas elegantes muñequeras, por sobre las galas una chaqueta superior hecha de seda e igual color, sin mangas y que formaba un profundo escote en V que se cerraba escasamente a la altura del vientre y que como el vestido inferior estaba ribeteada en encaje dorado con diamantes incrustados y que conformaba los bordes de la tela y escote, la caída de la tela y el dobladillo de la falda. Su largo cabello azabache, caía libremente tras su espalda como una cascada de rizos, adornado por una hermosa corona de oro en forma de diminutas flores de jazmín ascendiendo en una estructura cónica con diamantes, cristales jade y esmeraldas engarzados sobre la estructura, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. Pocas mujeres a su edad gozaban de tanto poder y belleza, y eso definitivamente merecía celebrarse, especialmente porque nadie era tan preciada en el corazón del Sultan como lo era la Sultana Sarada, de esos absolutamente todos eran testigos.
Tal vez solo una persona pudiera hacerle competencia a la Sultana Sarada y aquella era la Sultana Hanan que se encontraba sentada a su lado y que por momentos parecía mayor de lo que era, así como el enorme parecido que guardaba con su difunta madre y a quien se asemejaba más cada día que pasaba. Un hermoso e inocente vestido aguamarina cubría su figura, compuesto de dos capas; la inferior de caída en V y en tonos aguamarina claro, con una capa aún más inferior de un matiz levemente oscurecido que formaba el escote y una superior, más clara, que era el corpiño con una serie de cinco botones de igual color como adorno. Las mangas de tipo gitana, abiertas desde la mitad superior al hombro, desde la mitad del hombro hacia abajo, exponían sus brazos. Por sobre el vestido se encontraba una chaqueta aguamarina transparente, sin mangas, con bordados de plata y diamantes por sobre toda la tela que replicaban flores de cerezo, de profundo escote en V que se cerraba a la altura del vientre, formando suaves y femeninas ondas en los bordes y extremos de toda la tela, que brillaba con el movimiento. Sus largos risos rosados caían impecablemente sueltos sobre sus hombros y tras su espalda, adornados por una elegante y pequeña corona de oro ribeteada en diamantes y cristales aguamarina que resplandecían con la luz y los pequeños detalles de diamantes que tenían alrededor. No había que dejarse engañar por su inocente belleza, aquella joven Sultana era tan inteligente y cauta como cualquiera de sus hermanas, tal vez más porque su silencio otorgaba vida propia, lo que no sucedía con nadie más.
-Yumiko, felicidades- sonrió Sarada no pudiendo evitarlo. -Compartiste la cama con el Sultan, algo que ninguna otra mujer salvo mi madre pudo lograr- celebro, ya que la fallecida Sultana Naoko no entraba en esta clasificación, por…obvias razones. -Sé que conoces a mi difunta madre, la Sultana Sakura, debiste verla muchas veces y oír de ella- aludió con sencillez.
-Así es Sultana, Kami la tenga en su gloria- menciono Yumiko con sumo respeto, ya que todos siempre debían y merecían reverenciar a la fallecida Haseki.
-Amén- oro Hanan para sí, hablando por primera vez.
-Amén- correspondió Sarada, totalmente de acuerdo y sin dejar de sonreír, esperando pronto la buena nueva. -No abandonaste los aposentos del Sultan hasta bien entrada la noche, eso te hace una favorita, tendrás vestidos y joyas solo para ti, y tus propios aposentos, estarás por encima del resto de las mujeres del Harem- eso dictaba el protocolo el Harem y aunque como hija no le agradase mucho saber que su padre había compartido la cama con otra mujer, esperaba que hubiera sido feliz en algún grado. -Sin embargo, no te veo feliz, ¿Acaso no fue una experiencia placentera?- inquirió al ver a Yumiko con la mirada baja y distante, no por incomodidad o vergüenza, sino más bien indiferente.
-Lo fue, Sultana y mucho- afirmo Yumiko, alzando la mirada para observar a la Sultana, -pero temo que…- enmudeció gradualmente ante los recuerdos que la hubieron azorado.
-¿Qué temes?- la Uchiha frunció el ceño, confundida ante su silencio
Un "pero" había despertado por completo el temor de Sarada, había elegido a Yumiko únicamente pensando en la felicidad de su padre, en hacer que el dolor le fuera más llevadero, poder darle ánimo para que Itachi tuviera más tiempo de prepararse para ser Sultan y de paso desligarse de Takara, no lo hacía únicamente por el bien del Imperio sino por su padre, su padre que era lo único que le quedaba en el mundo tras la muerte de su madre y saber que sufría…la hacía sufrir a ella. Por primera vez en la historia del actual Sultanato, el Sultan Sasuke había tenido una favorita, pero lejos de mostrarse dichosa, orgullosa o alegre, Yumiko—elegida por la mismísima Sultana Sarada—parecía decepcionada de su primera noche, pero no porque no hubiera sido placentera, todo lo contrario, d hecho para ser su primera vez había sido algo memorable pero parcialmente y solo si se daba información de manera generalizada, porque en el fondo se había sentido como un placer yermo, placer al fin y al cabo sin sentimientos de por medio y esto generaba un vacío estremecedor. Había visto a la Sultana Sakura mientras había vivido y como tantas otras mujeres del Harem, había envidiado su belleza y bondad, había deseado tener la oportunidad de entrar en la cama del Sultan y aun cuando lo hubiera hecho, era una experiencia extraña, había estado con un hombre que tenía el corazón hecho trizas y que jamás podría sentir nada por ella, era una experiencia dolorosa de recordar porque Yumiko había sentido empatía por el Sultan, un hombre que ahora vivía por obligación, sin tener deseo alguno de disfrutar de la existencia humana, un hombre que solo deseaba su propia muerte para encontrar paz.
-Las heridas en el corazón del Sultan son demasiado grandes, nunca podrán sanar- vaticino Yumiko pese a saber que lo que estaba diciendo era por demás osado, pero era la verdad. -Anoche compartí la cama con un hombre cualquiera, pero ni su corazón ni su alma estuvieron realmente presentes, Sultana- eso había pensado en todo momento, en que el Sultan era un hombre como cualquier otro, pero un hombre que al fin y al cabo estaba sufriendo por la pérdida de quien más amaba. -Pido permiso para retirarme, Sultanas- solicito finalmente, bajando la mirada con recato y no teniendo otro motivo para permanecer allí ya que no había más que decir.
-Concedido- acepto Sarada emitiendo un vago suspiro, no sintiendo ira sino más bien tristeza y preocupación ante lo que Yumiko había dicho.
Sarada podría sentir ira o indignación al escuchar a Yumiko referirse al Sultan del mundo como "un hombre cualquiera", más eso no era en lo absoluto una mentira, aunque el mundo los alabase por ser miembros de una noble dinastía tocada por la mano de Kami y que debía representar su voluntad, en el fondo todos eran hombre, mujeres y niños que llevaba sobre si un peso enorme. Claro, por momentos parecían sentirse obnubilados a más no poder por la influencia y gloria que ello traía, pero que padecían lo mismo que muchas otras personas. Reverenciando a ambas Sultanas, sujetándose el dobladillo de su vestido para no tropezar, Yumiko abandono la habitación tan pronto como pudo, únicamente dejando el suave chirrido de las puertas al cerrarse tras de sí como vestigio de su presencia. El silencio dejado por Yumiko, con su partida, fue roto por el profundo suspiro de los labios de la Sultana Sarada, que se llevó una mano a la frente con frustración, no entiendo como se había equivocado. Cruzando las manos sobre su regazo tras dejar su taza de té sobre la mesa, Hanan permaneció impávida como si lo dicho por Yumiko pudiera predecirse y ella en parte lo había hecho. La menor de sus hermanas, la última hija de sus padres; cinco príncipes y seis Sultanas, ese era el número de hijos que sus padres habían tenido como prueba de su amor, apenas con unos meses, un año o dos años de diferencia como testigo de su devoción y pasión. Resultaba tonto pensar que un amor así, que había marcado un antes y después en la historia del Imperio, pudiera dejarse en el pasado sin más, eso evidentemente no era posible.
-Kami…creí que una nueva mujer haría que nuestro padre se recuperara, creí que podría dejar a nuestra madre en el pasado y seguir adelante- admitió Sarada, no sabiendo que más hacer para evitar que su padre continuase sumiéndose aún más en el dolor.
-Las raíces de nuestra madre en este Imperio son demasiado grandes, Sarada- recordó Hanan en caso de que su hermana lo hubiese olvidado, -dejo un vacío inmenso con su partida, un vacío que nada ni nadie podrá llenar jamás- esta era tal vez la única gran verdad que se había dicho en mucho tiempo.
Ciertamente era la menor de sus hermanas y la que menos experiencia tenía sobre si, si alguien quería referirse a eso, pero no por ello era tonta ni tampoco insulsa. Claro que albergaba inocencia sobre su persona, como toda adolescente de trece años que poco y nada sabía de la vida y sus muchos planos, pero también era astuta, sabia de la política como pocas personas a su edad, y manejaba la crueldad sin llegar a dejarse cegar por su candor y fuego como había sucedido con su padre y a medias con su hermana Mikoto. No conocía el amor por experiencia, no se había permitido sentirlo, pero conocía sus caras y virtudes así como dolores, su madre le había enseñado del amor y Hanan sabía que nunca habría otro amor en el mundo como el que sus padres habían compartido, el amor de dos almas destinas a estar unidas y que no tenía comparación imaginable. Cuando había elegido a Yumiko solo había pensado en lo evidente; en que era hermosa o lo suficientemente bella para tentar a un hombre con los encantos adecuados, no había sido su intención—en lo absoluto hacer que esa mujer se embarazase por lo que le había sido suministrada cierta medicina que lo evitara…pero su padre no se había sentido mejor o más feliz mediante su intervención sino que, aparentemente y según Yumiko había dicho, más miserable consigo mismo. Su padre había sido desde siempre, el hombre más perfecto en su vida, lo había idolatrado tanto…que aun cuando hubiera tornado sus acciones en crueldad, ella nunca había podido atacarlo o traicionarlo, justo como su madre, porque lo amaban demasiado como para hacerlo.
-Me equivoque, Hanan, pero ya no sé qué hacer- reconoció la Uchiha sin llegar a darse por vencida, pero si más desanimada, -mi corazón sangra al ver a nuestro padre sumergido en semejante dolor, no quiere seguir viviendo- su voz e quebró en un sutil sollozo al decir esto, porque esta verdad resultaba tremendamente obvia cada vez que veía a su padre.
-¿Cómo hacerlo, Sarada?- inquirió Hanan, observando a su hermana que pareció meditar ante su cuestionamiento. -Una parte de él murió ese día-afirmo tanto para si como para su hermana, porque había podido ver más allá del dolor de su padre y comprender que es lo que pasaba por su corazón desde el día en que su madre había muerto.
Nadie había reparado en los errores, habían usado estrategias antiguas, habían creído que contentar su padre sería algo fácil pero él no era un Sultan como otros; había amado con todo su corazón, había vivido por un amor que había prometido sobrevivir la eternidad misma y en consecuencia la muerte de quien tanto había amado se había llevado la parte más importante de él, dejando en su lugar una cascara vacía, un corazón herido de extremo a extremo que sangraba en espera de la muerte.
Una forma que tenia de animarse o de lidiar más fácilmente con el dolor era pasear por el jardín, pero no en cualquier parte de él sino en aquella área más bien privada donde se encontraban plantadas aquellas rosas que Sakura tanto había cuidado a lo largo de su vida, uno de los pocos puntos del Palacio que representaban su belleza y su presencia como si aún estuviera allí; rosas blancas, rosas, azules, amarillas, cremas y rojas se apropiaban de los excelsamente cuidados arbustos, haciendo palidecer a los altos robles que se alzaban tras estos. Aunque había desestimado encontrarse allí sin escolta, pedirle a Suigetsu que lo dejara solo era como pedirle al viento que dejase de soplar, así que, resignado, el Uchiha hubo disfrutado del dulce perfume de las rosas acompañado por su leal amigo. Las palabras de Izumi no lo habían afectado porque no podía sentirse más culpable de lo que ya se sentía, más aún estaba algo colérico porque le llevasen la contraria, ese siempre había sido su mayor defecto desde que tenía memoria y tal vez la razón por la que Sakura siempre había conseguido tranquilizar su ánimo en vida era que nunca lo había contradicho sino guiado y aconsejado. Hoy, sin ella, estaba totalmente perdido. Caminando con lentitud, intento que idílico paisaje cubierto de rosas sosegara su mente, más no hubieron conseguido hacerlo hasta que algo entro en su rango de visión, algo que desde la muerte de su esposa no había visto; prendidas en medio de un arbusto opaco que era de la misma altura de los rosales, una pequeña multitud de capullos de flores de cerezo florecían con fortaleza…tan solo ver aquellas flores tan predilectas para él lo hubo sorprendido a más no poder.
-Suigetsu, ¿Y estas flores de cerezo?, ¿Tú las plantaste?- indago el Uchiha, por demás curioso, así como sorprendido.
-Es una bendición de Kami, Majestad, al parecer crecieron solas- negó el Hosuki, igual de sorprendido. -A usted del gustan mucho- menciono con nostalgia viendo, para su propia incredulidad la sonrisa ladina que se hubo apropiado del Sultan y ante lo que intento parecer no tan sorprendido como realmente estaba. -Mientras la Sultana Sakura aún vivía usted ordeno que se sembraran anualmente por toda la capital- recordó en espera de animarlo más, de ser posible.
-Todas se marchitaron cuando Sakura murió, y no vi motivos para volver a ordenar que se plantarán-asintió Sasuke, volteando a ver a Suigetsu, aun había melancolía en su mirad, más no como antes, como si el aroma de las flores hubiera conseguido quitarle un peso de encima, -porque su aroma me recuerda a las personas que he amado, mi familia…mi ángel- guardo silencio, cerrando los ojos por un breve instante, intentando guardar la calma. -Creí que si no sentía ese aroma dejaría de extrañarlos y que los olvidaría- desvió la mirada hacia aquellas flores que había añorado por meses y que ahora parecían llenar parte de aquel vacío en su corazón.
Nunca había sentido especial predilección por nada en su vida salvo esas flores de aroma tan dulce y que extrañamente representaban a su ángel mejor que cualquier otra cosa; delicadas, bellas, dulces, frágiles y a la vez intrigantes, no había otra flor igual en el mundo, si, podía haber similitudes con otras pero nuca serían las mismas, lo había ocurrido con Sakura. Había perdido a su madre, a Fugaku que había sido como un padre para él, a su hermano Itachi a quien siempre había sido tan unido, su tía Hinata, sus hijos Baru, Itachi, Daisuke, Rai, Kagami y Shisui…sus nietos, su hermano Yosuke. No lo iba a negar, era responsable de varias de estas muertes recordadas, pero no importaba la responsabilidad sino el dolor que aquello traía de solo recordarlo. Cruel e inhumano de su parte seria no llorarlos y no sentir angustia al temer por quienes aún le quedaban en la vida; Mikoto, Shina, Sarada…Izumi y Hanan. Cada vez que deseaba rendirse y recurrir cobardemente al suicidio, recordaba como Sakura había luchado por sus hijos y eso le infundía ánimo, le hacía entender que no podía darse por vencido, que debía continuar aferrándose a la vida hasta que Kami le permitiera volver a ver a quien tanto amaba, orando cada día porque ese momento llegase y pronto. Cuando un muchacho era sacado de su hogar con apenas doce años para formar parte de la élite jenízara, olvidaba su hogar y sus orígenes, eso había pasado con Suigetsu que pensando en las palabras del Sultan y viendo aquellas flores…por un minuto sintió nostalgia de la vida que había tenido en su niñez en un país y tierra que ya ni siquiera podía imaginar, todo eso estaba en blanco para él.
-¿Una persona puede olvidar a quienes ama, Majestad?, ¿Es posible?- se aventuró a indagar Suigetsu que ni siquiera recordaba a sus propios padres.
-Claro que no- por primera vez en meses, semanas, una casi inaudible carcajada abandono los labios del Sultan, parecía revitalizado ante la presencia de aquellas bellas flores. -Yo quería que mi vida y mi final fuera distinto, quería un epilogo que reflejara la primavera y la felicidad; quería estar junto a mis hijos, mis hijas y mi esposa- era la única vez que confesaba su mayor sueño, lo que había intentado sostener por el futuro cuando había sido mucho más joven y Sakura y él no habían sentido miedo, pero lo triste de los sueños es que no siempre podían realizarse como se deseaba, -pero en lugar de ello todo luce como el más frió y yermo de los inviernos…debo aceptarlo- suspiro, intentando no dejarse abatir por la melancolía ya que eso de nada le servía.
Sakura había hecho el mayor de los sacrificios imaginables y solo por él; en un principio había querido creer que el hechizo por el que Sakura había sacrificado tanto para salvarle la vida hacia tantos años, ese hechizo que le había quitado a sus hijos, uno por uno y a su propia esposa…no había sido real, pero los hechos habían demostrado todo lo contrario, ¿Y él, cómo había respondido al amor de Sakura? Con iniquidad, las inclemencias e las revueltas y los enemigos que los rodeaban le habían quitado su conciencia y piedad, lo habían hecho como cualquier otro Sultan, implacable, inderrotable y a su vez participe de la crueldad. No es como si hubiera tenido ocasión de resistirse, tal vez no lo hubiera hecho ni aun cuando hubiera tenido la ocasión porque quien gobernase ese Imperio no podía tener corazón, esa era la primera lección a aprender. Había dejado vivir a su hermano Yosuke, pero ¿Con qué consecuencias?, ¿Alguien había visto amabilidad o compasión en su actuar? No, habían visto debilidad, lo habían atacado y le habían arrebatado a sus hijos sin permitirle evitarlo. Cuando sus hijos habían sido unos niños y el futuro había parecido más idílico, siempre había imaginado una vida tranquila; él haciéndose cargo de los asuntos de estado, Sakura encargándose del Harem y sus Príncipes y Sultanas siendo una familia unida a inseparable que no permitiría que nadie ser inmiscuyera en sus vidas, pero en lugar de ello hoy todo parecía una sombra de lo que él había deseado que fuera, un invierno en lugar de una primavera.
Pero el presente no podía cambiarse, solo podía resignarse y aceptarlo, solo eso podía hacer.
Permitir que la cólera o ira dominase su vida era el mayor error que se podía cometer, así que Sasuke había elegido continuar dándole tiempo al tiempo y permitir que Izumi viviera su periodo de ira y odio hacia él tanto como quisiera si así conseguía desahogarse, él tenía sobrada paciencia para ganar su perdón si es que lo conseguía, pero definitivamente darse por vencido no era en lo absoluto una opción. Desde esa tarde en que había encontrado sosiego en el jardín Imperial, había pedido que estas flores de cerezo que habían comenzado a florecer fueran diariamente dispuestas en sus aposentos y que ahora lo hicieron sonreír ladinamente para sí al verlas sobre un jarrón sobre su escritorio. Días habían pasado desde ese omento e increíblemente no sentía le mismo peso sobre si únicamente por el aroma de esas flores, como si la nostalgia se evaporase con su presencia, haciéndole recordar esos días de paz y alegría junto a quienes tanto había amado, permitiéndole recordarlos pero no co el antes desquiciante dolor producto de la perdida. No, ahora podía añorarlos pensando en lo felices que habían sido aquellos días y no en la tragedia que los había precedido. Aceptar las alegrías y penas que habían sido destinadas a su vida era tal vez la única posibilidad que le quedaba por un instante quiso creer que tal vez el dolor que llevaba días azorándole los pulmones era únicamente producto del dolor que sentía su corazón, quizás no debería continuar aferrándose a la pena y la desolación, quizás debería intentar vivir aunque fuese por poco tiempo.
Apartando la mirada de su reflejo ante el espejo, el Uchiha termino de ceñir el fajín de seda para cerrar el Kaftan, intentando ignorar la molestia en los pulmones que por momentos parecía impedirle respirar y no lo decía por exagerar. Ante el espejo no había otro reflejo que el de un gobernante que había visto muchas décadas y eras de otros individuos que habían perecido, más su Sultanato no había flaqueado en ningún punto, mucho podían haberlo atacado en espera de hacerlo claudicar más nadie lo había logrado, ni con él ni con Sakura, ese era tal vez el mayor legado que pudieran dejar de cara al futuro y para quienes reflexionaran con respecto a su vida. Usando una simple túnica color negro, de cuello alto y mangas ceñidas a las muñecas, el poderoso Sultan portaba un soberbio Kaftan gris azulado oscuro de aspecto arcaico y militar que permanecía abierto en el pecho y se ceñía a su cuerpo por obra de un fajín de seda color negro, a la altura de los hombros y cuales hombreras se encontraban elaborados detalles de cuero negro—así como en los bordes del pecho y el dobladillo, y diminutos detalles degrado celeste metálico que adornaban los laterales del pecho, con mangas cortas hasta los codos para exponer las ceñidas mangas de la túnica y unas mangas posteriores que oscilaban ligeramente hacia el frente como largos lienzos a los costados de sus brazos, brindándole una imagen imponente ante la elegante caída de la tela que muy parcialmente rebelaba las botas de cuero negro bajo el atuendo. Habitualmente no permitía que nada ni nadie le impidiese cumplir co su deber, más mientras rodeaba su cama para dirigirse hacia las puertas, se sintió próximo a caer, con la vista nublándose tan abruptamente que lo próximo que sintio fue como la luz se acaba para él y se encontraba cayendo al suelo…
Acompañada por sus doncellas, la Sultana Sarada apareció en el umbral que conectaba el resto de los pasillos con el área perteneciente a los aposentos del Sultan. Su esbelta figura se encontraba ataviada en un elegante vestido de seda esmeralda-aguamarina, de recatado escote cuadrado, muy detallado a sus curvas, transparentes mangas agitanada que se ceñían a la muñeca y larga falda ribeteada en seda que facilitaba el movimiento; los hombros, el margen desde el escote hasta bajo el busto formando una delgada línea hasta la altura del vientre, una línea en el costado de las mangas que iba desde el hombros hasta las muñecas y el borde del cinto que envolvía sus caderas estaba hecho de encaje mantequilla con pequeños detalles de diamante, replicando flores de cerezo de un modo tanto tradicional como inusualmente halagador. Su largo cabello azabache caía libremente tras su espalda como una cascada de rizos, adornado por una hermosa corona en forma cónica y que replicaba una estructura con base en forma de enrejado pero que en su cima representaba lilas y orquídeas con diamantes engarzados que brillaban contra la luz, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. Extrañamente y desde hacía ya varios días su padre había comenzado a manifestar un mejor ánimo y disponibilidad para todo cuanto lo rodeaba, de hecho y por más increíble que pareciera la había llamado a sus aposentos cada mañana para que desayunasen juntos, una petición ante la que Sarada no había podido negarse, porque saber animoso a su padre la hacía feliz a ella.
Sus doncellas permanecieron en el umbral del pasillo, aguardando en silencio como de costumbre mientras la Sultan Sarada se dirigía hacia las puertas ante las que, como siempre, se encontraba Suigetsu que nada más verla bajo la cabeza en una respetuosa reverencia ante la que la Sultana correspondió con una ligera sonrisa como saludo. Alguien tan eficiente y leal como Suigetsu merecía una gran recompensa por sus actos, más sin embargo él no estaba pidiendo nada para si por asistir al Sultan y ser su mano derecha en todo asunto existente. Su madre la Sultana Sakura no había sentido confianza hacia él, porque en aquellos días Suigetsu había parecido una especie de antagonista, más hoy Sarada definitivamente consideraba a Suigetsu como un importante aliado con el que contar y a quien pedirle ayuda de ser preciso. Ni la Sultana Sarada tuvo tiempo d dar otro paso, ni tampoco Suigetsu de dirigirles una mirada a los guardias para que abriesen las puertas, porque el abrupto eco metálico de algo colisionando contra el suelo al interior de los aposentos del Sultan los hubo sobresaltado, deteniéndose a observarse en entre si antes de que el Hasoda Basi abriera las puertas e ingresase en la habitación junto con la Sultana Sarada que a nada estuvo de sentir como se le detenía el corazón al ver a su padre inconsciente sobre el suelo.
-¡Papá!- chillo Sarada, aterrada a más no poder, arrodillándose junto a su padre. -Papa, estoy aquí- le golpeo ligeramente la mejilla, intentando hacerlo reaccionar más no lo hizo e o absoluto, solo permaneció inconsciente y respirando como signo de que estaba vivo. -¡Guardias! Traigan al médico, ¡rápido!- ordeno alzando la mirada hacia Suigetsu.
El eco de las botas de los escotas jenízaros abandonando la habitación para cumplir sus órdenes hubo paso casi inadvertido para Sarada que, ayudada por Suigetsu, dispuso toda las fuerzas de que poseía, envolviendo sus brazos a los hombros y espalda de su padre que parecía un peso muerto mientras ella y Suigetsu lo levantaban del suelo. Sentía la irregular respiración de su padre cuya cabeza reposaba contra su hombro, haciéndola estremecer de temor mientras lo recostaba sobre la cama. El Hosuki, sin pronunciar palabra alguna, observo al Sultan que por años había servido y apreciado como a un hermano, como su amigo y que por primera vez en tantos años realmente parecía haber flaqueado. Intentando mantener la calma lo más posible, acomodando con sutileza la almohada bajo la cabeza de su padre, Sarada alzo la mirada hacia Suigetsu con una sola mirada que el Hosuki compendio a la perfección, reverenciándola y marchándose enseguida para dar la noticia a sus hermanas, hijas, esposo y cuñados. Pensar en la posibilidad de que un Sultan pudiese morir era un error imperdonable; Kami le había dado la vida a los gobernantes del Imperio y solo él podía quitarla, pero aunque Sarada hubiera creído con esta imperante ideología en su mente, pensar en que su padre pudiera morir la aterraba por completo, no por la continuidad del Imperio, sino por la posibilidad de quedarse sola, sin el pilar más importante de su vida.
-Tranquilo, papá, todo estará bien, ¿sí?- prometió Sarada, esperando que sin importar la inconsciencia de su padre, él consiguiera escucharla. -Te lo prometo, estarás bien- murmuro intentando convencerse de ello en el proceso, no deseando que la vida le arrebatase a alguien más, no ahora.
Cuando su madre había muerto, su vida había tomado una perspectiva nueva, su madre había sido su modelo a seguir durante toda su vida, en ella había encontrado consuelo e inspiración cada vez que su voluntad había parecido flaquear; el segundo gran pilar de su vida había sido su padre, él que la había adorado durante toda su niñez, abrazándola, animándola a ser fuerte, el que siempre había buscado su felicidad incluso por encima del bienestar del Imperio y que hoy era lo que la continuaba aferrando a los días felices del pasado…a él no quería perderlo, él era lo poco que le quedaba de su dichoso pasado y niñez, él era su mundo. Su madre había perdido todo, su familia, su hogar, sus hijos, su fuerza, la habían hecho ceder a la vulnerabilidad como nunca antes se había visto en la historia del Imperio hasta su muerte, no había claudicado ante intentos de asesinato, sino más bien a una constante tortura mental que la había hecho la víctima más clara de la crueldad del Sultanato. Su padre, por otro lado, siempre había parecido ser capaz de aguantarlo todo, había sido herido en lo más profundo de su alma mucho antes que su madre, había perdido a un hermano, a un padre, a su madre, a un gran amigo, y a múltiples miembros de su familia que tanto le habían sido arrebatados como él mismo había tenido que consentir sus muertes para evitar el derramamiento de sangre, pero esta piedad había sido vista como una debilidad y como consecuencia todos habían visto su Sultanato no como el paraíso, sino como el infierno, pero ella…ella jamás lo había abandonado y ahora le suplicaba a Kami que lo le quitase a su padre, que no le quitase a su adorado padre.
-Sakura…- murmuro el Uchiha de forma casi inaudible, en medio de su inconsciencia.
El Sultanato del Sultan Sasuke pendía de un fino hilo…su propia vida.
Mikoto hubiera deseado poder estar serena como Shina, Hanan o Aratani, o sumida en sus preocupantes pensamientos fatalistas como Sarada que se contentaba al humedecerle la frente a su padre, atenta a su respiración en todo momento para intentar ayudarlo en cuanto le fuera posible. El doctor C, por otro lado, estaba concentrado auscultándolo y además, al igual que Sarada, muy pendiente de su errática respiración. Su padre siempre había sido un hombre por demás fuerte, solo la viruela y la malaria lo habían azorado a lo largo de los cincuenta y dos años de vida que tenía y aunque así hubiera sido, había escapado de las garras de la muerte sin importar que los pronósticos hubieran sido desoladores, todo únicamente por causa de su voluntad y nadie había dudado en que siempre podría resistirlo todo. Más ahora todo era diferente, su madre había muerto, ella ya no podía ser el foco de la voluntad de su padre, esta vez nada garantizaba que el Sultan del mundo tuviera siquiera un ápice de voluntad para resistirse a la muerte, ahora el miedo cundía en los corazones de todas las Sultanas y Príncipes, salvo unas nimias excepciones por supuesto. Los Pashas no habían sido informados de la salud del Sultan, no era necesario más el secreto no se mantendría por mucho tiempo. Izumi no había querido acudir junto a su pare para saber de su condición y nadie la había obligado a ello, más juntas, las Sultanas esperaban una pronta resolución que sosegase cuanto antes sus corazones.
-Debimos darnos cuenta de que estaba enfermo, lleva días despertando con fiebre- se reprochó Mikoto a sí misma, molesta con su propia negligencia, apretando furiosamente las manos en un intento por herirse las palmas para sosegar su mente tan agitada.
-No es culpa de nadie- contradijo Shina que increíblemente mantenía la calma en contrapunto con su hermana mayor, -estuvimos demasiado concentradas en acorralar a Takara, perdimos la noción del tiempo- justifico aunque en lo profundo de su mente sabía que de nada servía esta justificación.
-Confiemos en el doctor C- silencio Hanan por su parte, tan imperturbable como Shina.
Quien intentaba parecer tranquila sin conseguirlo era la Sultana Mikoto que como el resto de sus hermanas se encontraba de pie tras la cama, observando a su padre y de vez en vez al doctor C, intentando controlarse para no demandar una explicación, rompiendo con su digno silencio. Portaba unas galas purpura-morado de escote corazón, cerrado por seis botones de oro en vertical hasta la altura del vientre, decorados en los costados por finos bordados de hilo de oro en forma de diminutas líneas paralelas, falda de doble capa,—una inferior y una superior—mangas holgadas de tipo gitana hechas de gasa que se transparentaban hasta los codos donde la seda volvía a tomar partido en forma de muñequeras que brindaban un aspecto más bien oriental al conjunto como tal; por sobre el vestido una elegante chaqueta de seda morado oscuro con pequeños detalles de diamante que hacían brillar la tela, con un fascinante degrade rosa violáceo que enmarcaba el profundo corte en V que se cerraba a la altura del vientre, así como el dobladillo y una línea vertical que rodeaba los laterales hasta la espalda, toco con intrínsecos bordados violeta que recreaban flores de cerezo. Como siempre su largo cabello rosado se encontraba perfectamente recogido tras su nuca para resaltar una magnifica corona de oro ribeteada en diminutos cristales multicolor, diamantes y amatistas sobre una estructura de oro que emulaba figuras semejantes a flores de jazmín, sosteniendo un largo velo índigo purpureo y a juego con un par de pendientes de cuna de oro e forma de ovalo con una amatista en su centro. La noticia lo había tomado a todos por sorpresa, nadie había esperado algo así aunque en nada cambiaba sus pensamientos sobre Takara a quien voluntaria involuntariamente culpaban de todo en sus mentes.
Cuando le habían dicho la noticia, Shina no lo había creído, había pensado que se trataba de un error o una mentira, más al momento de ingresar en la habitación y ver a su padre siendo examinado por el doctor C, con Sarada a su diestra con una expresión melancólica…había quedado claro que aquello no era ninguna broma. Hermosa como siempre, la Sultana Shina vestía un sencillo atuendo de seda granate-rubí, de recatado escote redondo, cerrado desde el escote a la altura del vientre por seis botones de igual color que tela, ceñido adecuadamente a su figura, con un falso escote en V ligeramente más alto, falda holgada hasta el suelo y sin mangas; por sobre el vestido se encontraba un corto bolero hasta la altura del busto, hecho de tafetán con encaje cobrizo y crema que recreaba rosas y flores de cerezo en los bordes y a lo largo de la tela, con mangas acampanadas hasta la altura de las muñecas. Sus largos rizos rubio castaño se encontraba elegantemente recogidos tras su nuca, adornados superiormente en la coronilla por un broche de oro de tipo diadema que replicaba flores de cerezo engarzadas entre sí, hechas de diamantes y rubíes—sosteniendo un largo velo que caía tras su espalda—a juego con unos pendientes de oro en forma de línea vertical con un ovalo en el centro que dejaba espacio para un granate de idéntica forma. Como Sultanas se esperaba que estuvieran preparadas para hacerlo lo mejor para el Imperio, y aunque lo estaban…en esos momentos, apabulladas, nadie podía pensar con coherencia en esta oportunidad, por ahora.
Pero si alguien precia no dejarse afectar por nada era la Sultana Hanan, que con las manos ligeramente cruzadas a la altura de vientre, jugando con sus dedos, tenía su intensa mirada esmeralda centrada en su padre y muy brevemente en su hermana Sarada. Un inocente y sencillo vestido crema suave, casi blanco, ensalzaba la floreciente belleza de la hija menor del Sultan Sasuke, de rectado escote redondo, cerrado por seis batones blancos desde el escote hasta la altura del vientre, continuando en una holgada falda de múltiples capas de gasa superpuestas entre sí para mayor comodidad, mangas ajustadas hasta los codos y que proseguían en acampanadas mangas traslucidas de color beige que le llegaban a cubrir las manos; por sobre el vestido, ocultando perfectamente su escote se encontraba una bellísima chaqueta de gasa y chiffon beige, ribeteada en encaje ligeramente más notorio en el alto escote en V que no daba lugar a la imaginación, en la línea vertical en el centro del abdomen, así como en el dobladillo, dispersándose en punto estratégicos de la tela para crear pequeñas flores de cerezo. Sus largos rizos rosaos caían graciosamente sobre sus hombros y tras su espalda, adornados por un broche de oro en forma de diadema que recreaba flores de cerezo engarzadas entre si, hecha con diamantes multicolor, a imagen del dije que sostenía la cadena de oro que se perdía en su escote, tal y como los pendientes de oro que se camuflaban entre sus rizos. Había hecho lo que su madre le había encomendado y en cada momento libre, por las tardes, había asistido a los aposentos de su padre, a intentar ayudarlo con los asuntos de estado y leer algo para él, la labor d cualquier concubina del Harem si se le pedía pero que ella había llevado a cabo con diligencia y afecto filiar…ahora tenía mucho miedo, aunque no lo exteriorizaba, no quería perder a su padre como ya había pedido a todos su hermanos y a su madre…más no podía irse contra Kami, la providencia ni el sentido de la vida.
No era parte del Imperio por nacimiento, ni siquiera era la hija del Sultan en ningún contexto…más así como en había considerado a la Sultana Sakura como su madre, Aratani igualmente había llegado a pensar en el Sultan Sasuke como si fuera su padre, porque siempre la había animado, guiado y enaltecido aun cuando actualmente solo fuera la viuda de quien había sido un Príncipe Heredero. Un sencillo vestido de terciopelo jade oscuro cubría su figura, ciñéndose a cada curva de su cuerpo aunque sin intención, de alto escote cuadrado con un grueso margen ligeramente más claro, falda de una sola capa muy ligeramente ribeteada en seda para mayor movilidad y mangas cortas hasta los codos que continuaba en acampanados lienzos de traslucida gasa que llegaban a cubrirle las manos; por sobre el vestido se encontraba una chaqueta de georgette jade claro de profundo escote en V que se cerraba a la altura del vientre por un broche de oro y esmeralda en forma de flor de cerezo, sin manga y que volvía a abrirse bajo el vientre, con intrínsecos bordados negros y cobrizos abarcando la tela. Su largos rizos castaños, como de costumbre, se encontraban perfectamente recogidos elegantemente tras su nuca, resaltando la bella corona de oro, esmeraldas y diamantes ámbar que recreaba espinas y pequeños capullos de rosas—y que sostenía un largo velo esmeralda que caía tras su espalda—a juego con un par de pendientes de cuna de diamante en forma de ovalo con una esmeralda homologa en el centro, y alrededor de su cuello el emblema de los Uchiha hecho de oro y engarzado por diamante, obsequio de la difunta Sultana Sakura. El doctor C, tras lo que pareció una infinita espera, hubo terminado su trabajo y se encamino hacia las Sultanas que, absortos en sus propios miedos y preocupaciones, solo se percataron cuando lo tuvieron en frente. Por la expresión del sabio médico, las Sultanas podían asegurar que la condición del Sultan no era para nada buena.
-Sultanas- reverencio el doctor C.
-¿Y bien?, ¿Cómo está?- exigió Mikoto de forma inmediata, incapaz de callar.
-La fiebre no cede- inició el medico haciendo que una expresión de angustia y preocupación se apropiase de los rostros de las hermosas Sultanas, -se ha quejado de dolor en los pulmones…y ha escupido sangre- Mikoto, golpeándose el pecho mentalmente, deseaba que el doctor les dijera de una maldita vez que es lo que tenía su padre. -Es veneno, dado en pequeñas cantidades y desde hace tiempo hasta ser fatal.
Sarada, sentada en la cama, sosteniendo la mano de su padre sin despegarse de él ni por asomo, escucho las palabras del médico pero no abandono su labor. Aunque el ánimo de su padre fuera perpetuamente el de un hombre agonizante, no era en lo absoluto el tipo e hombre que se rendiría a todo y vería el suicidio como una opción, nadie dentro de la familia Imperial veía esta posibilidad como algo en que pensar, sus predecesoras quizás, más no alguna de ella, ni siquiera su madre lo había hecho. En cierto modo sabía que no le quedaba mucho tiempo a su padre y por ello había elegido quedarse muy cerca de él, más sabiendo que no tenía una enfermedad, había estado con él casi todo el tiempo y sabía que estaba perfectamente sano…hubiera llegado a la misma conclusión del doctor C sin necesidad de detenerse a pensarlo. En ese caso solo una persona merecía ser apuntada con el dedo como la responsable; Takara y en nada había que considerar esto como una acusación sino como una realidad, porque así su hijo llegaría al trono cuanto antes y ella podría ser Sultana Regente. No hubo necesidad de que Sarada compartiese sus pensamientos para que sus hermanas y Aratani adivinasen lo que estaba pensando, no había nadie más en que pensar porque o bien era Takara o sus aliados, más todo apuntaba en la misma dirección. Apretando las manos a la altura de su vientre, alzando el mentón y carraspeando de la forma más inaudible posible, ocultando su propia sorpresa ante lo que acababa de escuchar, Mikoto rompió finalmente el silencio.
-Sea franco- pidió Mikoto intentando mantenerse estoica para que no se le quebrase la voz, -¿Qué puede hacer por él?
-Nada- reconoció el doctor C para pesar de Mikoto que cerró los ojos con un gesto doloroso, sin poder evitarlo. -Salvo…abreviarle la vida- sugirió únicamente ya que nada más podía hacerse.
Sabiendo que aquello complacería a su padre, pero las haría sentir peor a ellas, Mikoto de inmediato se hubo negado, manifestándoselo al docto C con una sola mirada. No podrían vivir con la muerte de su padre en sus conciencias, no sabiéndose responsables de ello. El doctor C, sin más, solo se retiró dejando tras de sí el sutil chirrido de las puertas al cerrarse. La condición del Sultan no era para nada buena…apenas y podría vivir hasta el atardecer cuando mucho. Su voluntad, aquello que era lo más fundamental en ese momento, no deseaba combatir el veneno y eso lo condenaba. Sin palabras, Shina y Hanan se resignaron a observar a Sarada que tenía sus ojos pegados a su padre, incrédula de que eso estuviera pasando, nadie jamás había llegado a pensar que el Sultanato de su padre pudiera acabar de esa forma. Quizás deberían haber estado más atentas y considerar lo que Takara podría hacer, no contra ellas sino contra su padre, más como humanas que eran no habían conseguido evitar errar. Jamás ninguna de ellas había creído que su padre moriría por obra de un complot, siempre habían creído que viviría por muchos años, cediéndole el trono a Itachi cuando pudiera pensar lejos del atosigante vinculo de Takara, pero al parecer la vida nuevamente no les pedía opinión, únicamente dejándolas resignarse a lo que la providencia decía hacer, más…¿Qué harían sin él?
En silencio solo pudieron observar a su padre y rogar porque Kami hiciera un milagro.
Las horas hubieron transcurrido como una eternidad, el Palacio se vio ensombrecido por las nubes, como si la luz no pudiera reinar mientras todos oraban o bien conspiraban al saber que la vida el Sultan corría un peligro real, mientras en los aposentos del Sultan, la Sultan Sarada—sentada sobre la cama, junto a su padre—voluntariamente ajena de todo y todos, le refrescaba la frente con un lienzo húmedo mientras su padre, apenas y pudiendo respirar, debatiéndose entre la conciencia e inconsciencia, hubiera deseado poder agradecerle como se lo merecía, por estar ahí para él en estos momentos. Solo ella podía entender su dolor, su sufrimiento y agonía por haber perdido la razón de su felicidad, haber sido tan unidos a lo largo de sus vidas le permitía comprender todo cuanto él sintiera. Estrechando la mano de su padre entre la suya, Sarada se sostuvo el dobladillo de la falda para no tropezar al levantarse, rodeando la cama en dirección al escritorio sobre el cual se encontraba una jarra de porcelana y oro por un poco de vino que sirvió en una copa. El aire frió casi parecía colarse por a minúscula rendija de las puertas hacia la terraza y que permanecían cerradas, el simple sentir del aire la hacía estremecer. Realmente no tenía sed o hambre, solo bebía el contenido de vino en su copa para entrar en calor, meditabunda, fijando su vista en el jarrón con flores de cerezo sobre el escritorio y que acaricio con la punta de sus dedos.
Una fuerte opresión en los pulmones le impedía respirar, y a su vez una simple acción normal como estar cuerdo, abrir los ojos y saber qué es lo que pasaba a su alrededor le hubo tomado horas y ahora, finalmente, haciendo todo el esfuerzo que le era posible, entrecerró los ojos, viendo el techo…ni siquiera sabía como pero estaba en su cama. Aunque le doliese cada musculo del cuerpo, se esforzó en apoyar la manos sobre el colchón, sentándose con más dolor y cansancio sobre su cuerpo del que hubiera podido siquiera recordar sentir alguna vez…necesitó parpadear unas cuantas veces en un intento por ver con claridad el espacio que abarcaban sus aposentos y en que no parecía haber nada fuera de lo usual. Enfoco la vista en la silueta de pie junto a su escritorio; aquel largo cabello plagado de rizos cayendo libremente tras su espalda, esas joyas tan halagadoras que eran sus ojos, haciendo resaltar aún más su belleza…toda ella era hermosa. ¿Sakura? A medida que aquel nombre tan deseable y perfecto de pronunciar resonaba en su mente, observo tristemente como los detalles y facciones melancólicas y tristes de aquel perfecto rostro se modificaban ligeramente. Los labios eran sutilmente diferentes, la forma de los ojos se asemejaba a la suya al igual que el mentón, el color de cabello no era el rosa semejante a las flores de cerezo, sino un profundo azabache así como sus ojos semejantes a dos ónix y no esmeraldas como le había parecido vislumbrar. El parecido físico con Sakura era tremendamente similar…pero no era ella; se trataba de Sarada.
-Sarada…- murmuro Sasuke, lo bastante fuerte como para que su hija, hasta entonces perdida en sus propios pensamientos, reaccionase, sobresaltándose ligeramente.
-Padre, estoy aquí- acudió Sarada de inmediato, arrodillándose a su lado y entrelazando su mano con la de él, -¿necesitas algo?- más bien afirmo, no sabiendo si sentirse dichosa o inquieta porque hubiera recobrado el conocimiento y pareciera haber recobrado fuerzas.
Jamás se imaginó, ni en sus sueños más locos, el verse muriendo en cama. Siempre había deseado, de no poder morir junto a Sakura, el morir como un conquistador, un Sultan en todo sentido de la frase, más, al igual que su esposa y su propio padre el Sultan Izuna, estaba destinado a morir preso de una enfermedad que, a diferencia de ellos, tal vez se merecía por su crueldad. Aunque casi no tuviera fueras en el cuerpo, por más mínima que fuera su voluntad le impedía rendirse en esta oportunidad, porque si iba a morir quería hacerlo como y donde él quería hacerlo. La vida lo había privado de muchas cosas, de muchos de sus seres queridos, ni aun como Sultan había podido hacer su voluntad, solo había hecho "lo mejor para el Imperio", como todos siempre se referían a la voluntad del Sultan, pero si iba a morir como había dicho el doctor C—y eso si había podido escucharlo—entonces quería morir como él quería hacerlo, eso nadie lo iba a impedir. Con esfuerzo, aparto las sabanas y mantas de la cama ante la confusa mirada de Sarada que lo observo atentamente y con preocupación al verlo apoyarse en uno de los muelles de la cama para levantarse. Había cometido decenas de billones de billones de errores y sabía muy bien que, aunque lo intentase, no le alcanzaría la vida para pagarlos, ni para pedir perdón a los vivos o muertos que pesaban en su conciencia, que volvían vividos aquellos recuerdos de errores y pecados que recorrían su existencia casi por completo. De inmediato, Sarada le rodeo el hombro con uno de sus brazos por si perdía le equilibrio de tal manera que se apoyase en ella que lo observo a la cara, intentando leer su opaca mirada ónix.
-Llévame al jardín secreto- pidió Sasuke, apenas siendo capaz de hablar, esforzándose para conseguirlo.
-Padre, no…- se opuso la Uchiha inmediatamente, le dolía que su padre le pidiera aquello y ni siquiera comprendía porque, -el doctor C dijo que necesitas descansar, aun no estás bien- intento hacerlo cambiar de opinión, más no creía poder hacerlo aunque su padre estuviera enfermo, era demasiado terco como para dar traspié a su petición.
-Sarada, por favor, llévame allí, llévame a donde vi a tu madre por primera vez- insistió Sasuke, incansable, dispuesto a hacerlo ya sea que ella se lo permitiese o no. Mejor que lo ayudase a llegar allí, porque no creía ser capaz de hacerlo solo. -Quiero terminar mi vida allí- aclaro en caso de que su hija no quisiera aceptar lo inevitable.
-No digas eso, padre, te vas a recuperar- replico Sarada mecánicamente, sin dar espacio a la duda.
Observando por un instante el rostro de su hija, Sasuke bajo la cabeza, apesadumbrado, sin negar o afirmar las palabras de ella porque simplemente no creía en nada de lo que dijeran los médicos; cuando una persona iba a morir, o sentía, era un instinto y como nunca antes, estaba totalmente convencido de que no había vuelta atrás, iba a morir. La mirada que su padre le dio hizo que Sarada se inquietara, como si una aguja se le hubiera clavado en el corazón, como si todo en lo que creía fuera a desaparecer. No quería creer en esa posibilidad, no quería creer que su padre podía morir, más quizás su mayor error era pensar en lo que la haría feliz y no en lo que haría feliz a su padre…
Los guardias jenízaros fuera de la habitación, así como Suigetsu, la hubieron reverenciado de forma inmediata en cuanto ella abandono la habitación junto a su padre, sirviéndole de apoyo para caminar, intento ignorar la preocupación en los ojos de Suigetsu y consiguió hacerlo, pero no podía ocultar su propia preocupación mientras desviaba la mirada de vez en vez hacia él, que ni siquiera podía alzar la cabeza, casi sin fuerzas. Sin quitarle los ojos de encima, Sarada se fijó en el camino que debían seguir hacia el jardín secreto, un lugar que por meses—si no es que años—se había encontrado desprovisto de visitas. En su infancia había jugado allí muchas veces junto a sus hermanos, sus hermanas y su madre, en un par de ocasiones con su padre cuando no había tenido asuntos de estado que atender. Incluso en una oportunidad habían hecho un picnic, toda la familia junta…antes de que la crueldad de sus enemigos los separase con la muerte. Era una suerte que el camino al jardín secreto no conectase con el Harem, por lo que tranquilamente y lejos de la mirada de indiscretos, Sarada le dio la espalda al mármol dorado, a las joyas y al protocolo, temblando ligeramente cuando el frió aire nocturno que azoraba el palco iluminado por la luz de la luna choco contra ella. En cuanto sintió la brisa invernal, Sasuke no pudo contener la irrefrenable necesidad de alzar la vista como no había hecho hasta entonces…
Aun las prominentes enredaderas pegadas a los muros de roca se alzaban como en los primeros años en que había compartido ese espacio con su hermano mayor, Itachi, allí habían aprendido a luchar, a mantenerse aislados de las intrigas y formar sus propios ideales. Tras la muerte de su hermano, siempre se había encontrado solo en ese lugar que había acabado por ser un refugio para sus preocupaciones, pero un día había entrado allí y encontrado a una joven griega recientemente traída al Harem había intentado escapar. No había sabido quien era, ni ella quien era él, pero el momento de encontrar sus miradas, sus nombres habían sido insignificantes, tan solo una mirada había bastado para que supieran que ese momento había sido el más importante de sus vidas. Tanta inocencia, tanta libertad…en un mundo como el del Imperio Uchiha, donde la crueldad y mentiras abundaban, ella había sido la única luz existente para guiarlo, por ello desde el primer día opinión de Sakura había sido sagrada para él, su buen juicio y bondad habían sido lo único que había mantenido al Imperio Uchiha en pie, eso y su amor. Mil y un recuerdos se le vinieron a la mente, momentos felices que parecían más vividos que nunca tanto en su mente como en su corazón. Intento dar un paso, perdiendo el equilibro, Sarada, envolviendo sus brazos a sus hombros, apoyo su rodillas sobre el suelo, evitándole una dolorosa caída, apoyando la cabeza de su padre en su regazo, sin quitarle los ojos de encima, casi temblando al ver un delgado hilo de sangre escapar de entre sus labios, quitándole el aliento.
-Padre…- murmuro Sarada, intentando contener su angustia y preocupación al verlo así.
Sabía que realizar esfuerzo solo condenaría más a su padre, pero negarse a una petición de su parte no entraba en la mente de Sarada que guardo silencio, esperando que su padre la tranquilizara, con una palabra o una mirada, pero en lugar de ello por primera vez en meses realmente parecía feliz. Había hecho tanto; había conquistado infinidad de territorios, había hecho claudicar a sus enemigos, había enaltecido la justicia y condenado la corrupción, había sido el último gran Sultan del Imperio, estaba convencido de ello, más en el proceso había perdido la fuerza con la muerte de su esposa. No era nada tonto, sabía que no estaba enfermo en realidad, una enfermedad se presentía, él siempre lo había sentido así; lo habían envenenado, irónicamente moriría igual que lo había hecho su padre, el Sultan Izuna pese a los descomunales intentos que había hecho por demostrar que era diferente, pero al final también había demostrado ser una víctima de los complots que lo rodeaban y solo había una responsable hacia quien desviar la vista; Takara. Ella era la auténtica gran enfermedad del Imperio, la calamidad comenzaría en cuanto ella fuera Madre Sultana, ella era el parásito que destruiría todo por lo que él y Sakura habían luchado hasta el cansancio, lo sabía. Más ahora lo último en lo que quería pensar era en el futuro, por fin la muerte había sido compasiva y venia por él en lugar de por un miembro de su familia y estaba más que dispuesto a aceptarlo.
-Todo comenzó aquí, en este jardín- recordó con nostalgia, sintiendo como los recuerdos parecían hacerse más vividos que nunca. -Pero no terminara aquí, este no es el final- veía a su hija a punto de romper en llanto, más no quería que lo hiciera, nadie tenía porque llorarlo, no quería eso. -Viviré en ti y en tus hermanas, en sus corazones- estrecho su manos alrededor de la de su hija que inspiro profundamente en un intento por mantener la calma lo más posible aunque le resultaba demasiado difícil, -no estés triste, no necesitan guardar luto por mí, tuve una gran vida junto a mi Sultana- intento animar aunque como siempre no tenía éxito en eso.
-Padre, no digas esos, te pondrás bien- protesto la Uchiha con la voz quebrada, negando tanto para su padre como para sí misma.
Se estaba mintiendo a sí misma, lo sabía muy bien, quería creer que su padre no moriría, quería creer que había vuelta atrás para algo tan absoluto y complejo como la muerte, ¿Al fin y al cabo quien quería perder a alguien que amaba? No quería creer que la vida fuera tan cruel con ella como para golpearla una vez más; Itachi, Baru, Kagami, Rai, Daisuke, Shisui, su madre…¿Por qué ella?, ¿Por qué sus hermanas? Los pobres del Imperio no debían pensar en el deber, solo en trabajar y entregar amor a sus familias, ellos podían elegir que hacer, pero ellos al ser miembros de la ilustre dinastía Uchiha ni siquiera podían vivir por el placer de ser felices, siempre había algo más en lo que pensar antes que en uno mismo, ¿Por qué? La vida era demasiado injusta y Sarada no quería cambiar de perspectiva sin importar que su padre ansiase la muerte, ella no veía eso con felicidad, él sí. Muchos Sultanes habían temido por el futuro que dejaban a su suerte con sus muertes, peor él no, había dedicado su vida al Sultanato de tal modo que ahora ansiaba ser egoísta y pasar a la otra vida, quería morir y obtener algo de tranquilidad, por fin entendía cómo es que Sakura se había sentido, por fin alcazaba a entender la razón por la que se había rendido a la muerte…para acabar con el dolor que no le había permitido respirar. Hasta el cansancio se habían amado desde el primer día y ese amor perduraría más que la eternidad misma, estaba convencido de ello, pero en ocasiones hasta un alma se cansaba de luchar contra las adversidades. El Imperio estaría a salvo con su partida, confiaba en sus hijas, nietas y nietos. Ya no tenía nada más por lo que continuar luchando
-Tú y tus hermanas harán lo que tu madre y yo no pudimos hacer- vaticino, convencido de que el Imperio continuaría siendo como él y Sakura habían destinado, ellas podrían lograr lo que nadie más podría hacer.
-No podremos hacerlo sin ti, sin ustedes- negó Sarada, incapaz de aceptar que hubiera un futuro donde su padre no estuviera, para ella no existía algo así, -ninguna de nosotras es tan fuerte, no podemos seguir sin ustedes- sollozo, intentando respirar con regularidad para no ceder completamente al llanto como si querría hacer para aliviar su corazón.
-Lo harán, lo sé- reitero Sasuke sin cambiar de opinión; eran sus hijas, su sangre, no confiaba e nadie más que en ellas. -Son nuestras hijas, las Sultanas del mundo- una cansina sonrisa ladina se plazo en sus labios al citar esto último, no sintiendo dolor alguno sino calma, una inmensa calma por saber que la muerte finalmente había venido por él. -El estado, el imperio, te lo confió a ti, Sarada- designo con su último aliento.
Podía morir, lo sentía, había hecho tanto por el imperio aun antes que por quienes amaba y ahora definitivamente ya no quería sacrificar más, no quería continuar una lucha que desde el primer día le había resultado interminable. Como un halito divino, un brillo celestial, tras parpadear tan solo una vez…en lugar de Sarada, vio a Sakura acunando su cabeza en su regazo, sonriéndole de ese modo tan angelical y propio de ella. Su siempre delicada figura se encontraba ensalzada por un inocente vestido de seda blanca, de inocente escote corazón; el centro del corpiño era color beige con un grueso margen blanco enmarcando el escote y dividiendo el centro del corpiño en dos tal y como sucedía con la falda que inferior era beige, más la superior completamente blanca. Un elegante corte en V cerraba el vestido tras la espalda, con un margen de chiffon creando unas angelicales hombreras. Los laterales del corpiño, así como las mangas cortas hasta los codos estaban bordados en hilo de diamante que brillaban contra la luz nocturna, replicando tanto el emblema de los Uchiha como las flores de cerezo, engarzados entre si, continuando en lienzos de gasa que exponían sus brazos. Un broche peinaba sus sedosos rizos rosados desde el lado derecho para que caerán libremente tas su espalda y sobre sus hombros como una fascinante cascada, enmarcando un par de diminutos pendientes de diamante en forma de lagrima y alrededor de su cuello el emblema de los Uchiha como él tanto la recordaba. Era tan hermosa…si ella iba a ser su ángel de la muerte, entonces aceptaba ir ya sea al cielo o al infierno.
En la vida y en la muerte, sintió la voz de Sakura como un susurro en sus oídos, viéndola esbozar una sonrisa sumamente dulce y que él había añorado de forma interminable. Por fin y como no había hecho en mucho tiempo, volvía a sentir paz, por fin su mente y conciencia estaban tranquilas producto de su presencia, de saberla allí con él. Sintiendo su último halito de vida, se aferró con todas sus fuerzas a su presencia, deseando que aquello fuera real y pudiera morir como tanto había estado deseando hacer, le dolía no poder obtener el perdón de Izumi, pero algún día volvería a verla, eso conseguía consolar su pesar. Cada año de mi vida atravesé anillos de fuego, morí y resucite en cada ocasión, más fuerte que antes, más poderoso, con la cabeza en alto, me convertí en el mismísimo fuego, el precio a pagar por eso es alto, eso aprendí; dagas, veneno y traición, y el peso de muchos años se transformaron en un veneno que ahora ha acabado conmigo, yo, el invencible Sultan Sasuke, soy el fénix y muero por última vez. Ella le acaricio la mejilla cándidamente con una de sus manos, haciéndolo cerrar los ojos, acariciándole los parpados. Con su dulce presencia embargándolo, se entregó a aquello que tanto había deseado y pudo abandonarse tranquilo a la voluntad de la providencia. Atenta al actuar de su padre Sarada no fue capaz de respirar siquiera al sentir como su padre dejaba de moverse y como su pecho se quedaba inmóvil, sin emitir singo alguno de que continuase junto a ella.
-Papá…- sollozo Sarada, apenas y consiguiendo hablar.
Acariciando una última vez el rostro de su padre que había cerrado los ojos co una expresión de absoluta calma, Sarada sollozo con el corazón oprimido de dolor. La hermosa Sultana envolvió sus brazos al cuerpo de su padre, abrazándolo con todas sus fuerzas sin importar que ahora, en aquel hermoso jardín de aspecto celestial se encontrase totalmente sola, con la brisa invernal meciendo sus cabellos y estremeciendo su cuerpo en un intento por hacerle sentir algo en medio del dolor que llenaba su corazón. Ahora realmente estaba sola, sin su madre y ahora sin su padre volvía a ser la pequeña niña que había sufrido bajo la crueldad de las Sultanas Mei y Rin, le temía a la guerra que se abría para ser librada contra Takara, tenía miedo porque creía no ser lo suficientemente buena como para llevar sobre sus frágiles hombros el peso del Imperio que su padre les había legado a ella y a sus hermanas. Si, tendría a sus hermanas para apoyarla, pero se sentía insignificante, como una débil llamada soportando una tormenta, sola en aquel jardín. Sollozando con el espíritu abatido debido a la enorme tristeza de que era presa su alma, Sarada mantuvo sus brazos alrededor del cuerpo de su padre, aferrándose a él, imposibilitada a abandonarlo ahora más que nunca, había muerto pero ella jamás lo defraudaría aunque se le fuera la vida en ello.
La época del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura definitivamente había llegado a su fin.
PD: nuevamente y con todo el corazón me disculpo por mi prolongada ausencia nuevamente debido a mis estudios pero podre volver a deciar mi tiempo a escribir durante dos semanas e incluso puede que tres :3 la historia esta llegando a su fin, mis queridos lectores, les recuerdo que cuando el fic termine, les daré la opción de si quieren que haga la secuela-siguiendo el rumbo que trace el epilogo-que tengo en mente y que se titula"El Siglo Magnifico: El Sultan y La Sultana" y que esta levemente inspirada en la serie "Medcezir" :3 durante la proxima semana o la siguiente, actualizare el fic "Lady Sakura: Flor de Cerezo", "El Clan Uchiha" y "El Emperador Sasuke":3 les recuerdo que finalice el guion completo-diálogos y detalles menores-de la futura adaptación de la película "Avatar", por lo que les pido a los interesados que comenten cuando quieren que inicie el fic u otro que tengan en mente, esperando contar con su aprobación, por supuesto :3 como siempre la actualización está dedicada a DULCECITO311(que siempre está cerca y a quien dedico y dedicare todas y cada una de mis historias y a quien le pido perdón mi larga ausencia:3) y a todos aquellos que sigan cualquier otro de mis fics :3 También les recuerdo que además de los fic ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "El Siglo Magnifico: El Sultan y La Sultana", "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron cuya secuela comenzó su rodaje, y cuyo guion-de la primera película-ya he terminado), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia", que prometo actualizar en cuanto tenga tiempo) "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer) "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul"), por no hablar de las películas del universo de "el Conjuro" y que prometo iniciar durante y a lo largo de este año :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
