Se pasaron un rato más sentados bajo la sombra del árbol, hablando sobre el pasado y después observando el atardecer en silencio. Ninguno quería volver al castillo. Sabían lo que les esperaba allí: un interrogatorio por parte de sus amigos y una muy probable rabieta por parte de Pansy Parkinson, que esa vez los afectaría a ambos.

Pero Harry y Draco no eran de ese tipo de parejas que podían pasarse diez minutos seguidos observando la puesta de sol sin que la conversación volviera a surgir, y pronto estaban hablando de nuevo, provocándose y riéndose el uno del otro.

-Entonces – intervino Draco de pronto, su tono volviéndose serio –, ¿destruisteis todos los Horrocruxes? ¿Estáis absolutamente seguros?

Harry pensó en la posibilidad de narrarle a Draco cómo se habían deshecho de cada uno de los objetos, pero se encontró con que no quería pensar más en ello. Ni en lo que el guardapelo le había hecho ver a Ron, ni en el dolor que les había causado conseguir aquella copa, ni en el hecho de que el mejor amigo de su novio había muerto entre las mismas llamas que habían destruido la tiara. Se lo contaría a Draco algún día, eso seguro. Pero no en ese momento.

-Sí –. Apretó la mano del chico con la suya para asegurarse de que su certeza al respecto quedaba clara.

-Bien – exhaló Draco, asintiendo tal y como Harry acababa de hacerlo –. ¿Y las Reliquias? ¿Qué has hecho con la varita y con la piedra?

-Devolví la varita a donde pertenecía. La llevé a la tumba de Dumbledore. Y... eh... – dudó –. Bueno, es una larga historia.

Draco levantó una ceja con expresión escéptica, como si no esperase nada bueno de aquella afirmación. Y lo cierto es que no estaba equivocado. Porque, desde el momento en que Harry había tirado al suelo la Piedra de la Resurrección en el bosque justo antes de enfrentarse a Voldemort, no había vuelto a dedicarle ni un solo pensamiento, salvo para decirle al retrato de Dumbledore que no pensaba volver a por ella, traumatizado y agotado como había estado tras el fin de la Batalla de Hogwarts.

-Digamos... – Tragó saliva –. Digamos que está tirada en alguna parte del Bosque Prohibido.

Draco soltó un bufido de incredulidad y dejó ir la mano de Harry para cruzar los brazos, seguramente en un intento por darle dramatismo al asunto.

-Madre mía, Potter – se burló –, cada vez que creo que ya no puedes sorprenderme haces alguna idiotez que supera a la anterior. ¿Es que no tienes ningún tipo de límite?

Harry puso mala cara, pensando en todas las tonterías que Draco había hecho a lo largo de los años y en lo fácil que sería echárselas en cara. Lo cierto era, sin embargo, que el idiota tenía razón.

-Admito que no ha sido mi idea más brillante – masculló con fastidio –. Pero creo que lo justifica el hecho de que estaba completamente seguro de que estaba a punto de morir cuando la dejé caer –. Al oír eso, Draco descruzó sus brazos y atrapó de nuevo la mano de Harry con la suya, su expresión suavizándose. Harry cambió la postura de su mano para no tener la muñeca retorcida mientras Draco acariciaba sus dedos con su pulgar –. La usé para hablar con mis padres antes de morir. Y con Sirius y Remus, también. Me dijeron que... – La voz le tembló ligeramente –. Que había sido muy valiente, que estarían conmigo hasta el final.

Harry estaba mirando hacia las profundidades del bosque, deseando que aquel recuerdo no le resultase tan doloroso. Llevaba todo el año sin pensar en ello, y mucho menos sin hablar de ello con nadie, y ahora que lo había hecho entendía por qué. Su cerebro había estado apartando la imagen de su mente porque la simple idea de revivir los momentos previos a su propia muerte le causaba un dolor en el pecho que era como... un vacío. Como un agujero. Había estado tan asustado, y la presencia de sus padres y de Remus y su padrino había sido tan reconfortante...

Volvió a la realidad un instante después, cuando el agarre de Draco en su mano se volvió tan fuerte que empezó a hacerle daño. Miró hacia abajo, hacia sus dedos entrelazados, y el Slytherin relajó ligeramente su mano, cuyos nudillos se habían vuelto completamente blancos.

-Deberíamos ir a buscarla – murmuró el chico. Harry asintió, pero ninguno de los dos se movió del sitio durante unos momentos más.

Al final, fue él quien tomó la iniciativa.

-Vamos –. Tiró de Draco y se irguió, estirando la espalda, que crujió en un par de zonas.

-¿Qué? – se sorprendió el Slytherin –. ¿Quieres ir ahora mismo?

-Sí –. Se encogió de hombros –. Ahora que has sacado el tema, no voy a poder quitármelo de la cabeza.

Sin esperar una respuesta, se encaminó al bosque. Draco le siguió el paso, aunque no sin soltar un comentario borde y poco impresionado acerca de lo temerario de su comportamiento. Avanzaron en silencio, varitas en mano, hacia el lugar en el que Harry recordaba haber estado poco más de un año antes, y Draco se mantuvo muy cerca de él, probablemente debido a que entre los árboles la oscuridad ya era casi absoluta. Al llegar al claro en el que creía haber dejado caer la Piedra de la Resurrección, Harry se detuvo.

-Es aquí – susurró, no queriendo alertar a los centauros, a las Acromántulas, o, peor aún, a Grawp.

-Genial –. La respuesta de Draco fue amortiguada por el cuello de su uniforme, con el que se estaba cubriendo la cara para combatir el frío –. ¿Podemos cogerla rápido y salir de aquí?

-¿Tienes miedo? – preguntó él, su tono de burla emergiendo de la forma más natural.

-Por supuesto que no – bufó el chico, con un tono de voz ligeramente más alto de lo que era seguro. A su izquierda, un sonido como el crujido de una rama resonó a través de los árboles, y Harry vio como su cuerpo se encogía de manera involuntaria.

-No recuerdo exactamente dónde la solté – dijo él, mirando a su alrededor y tratando de identificar la forma de algún árbol, de algún sendero; algo que le recordase al momento en que la había dejado caer. Al parecer, por desgracia, había estado demasiado ocupado pensando en su muerte inminente como para fijarse en los detalles paisajísticos.

-Oh, por favor – se quejó Draco –. Accio Piedra de la Resurrección.

No ocurrió nada.

-No te pertenece, tal vez por eso no ha funcionado – dedujo Harry –. ¡Accio Piedra de la Resurrección! – repitió él, acompañando el conjuro con un movimiento de varita.

Un segundo después, el pequeño objeto estaba volando como una bala hacia su estómago, donde se habría chocado de no ser porque los reflejos de Harry le permitieron atraparla como si se tratase de la snitch.

Se la quedó mirando un momento, procesando lo que acababa de hacer. Asimilando el hecho de que tenía entre sus manos una herramienta que le permitiría ver a sus padres si tan solo decidiera girarla tres veces. El aire dejó sus pulmones y, por un instante, todo a su alrededor se volvió borroso. Su mirada solo podía enfocar la pequeña esfera que estaba sujetando en su propia palma.

-¿Vas a utilizarla? – preguntó Draco en un hilo de voz, entre fascinado y preocupado. Se había acercado a Harry hasta estar de pie frente a él, de forma que su túnica negra estaba rozando los dedos de Harry, y sus frentes, inclinadas hacia delante mientras observaban la preciada reliquia, se encontraban a apenas un centímetro de distancia.

"Sí," estuvo a punto de decir Harry. Quería volver a ver a sus padres; no, lo necesitaba. No solo ver sus fotos o su imagen en un espejo, sino hablar con ellos. Decirles que estaba bien, y que los echaba de menos. Pedirles ayuda acerca de a qué dedicarse después de dejar Hogwarts. Contarles que ahora estaba saliendo con Draco. ¿Se lo tomarían bien? ¿Les importaría que su hijo fuera bisexual?

Pero, sobre todo, quería sentir su presencia. Oír sus voces, ver sus sonrisas, saber que en algún lugar había personas adultas dispuestas a cuidar de él.

O no tan adultas, en realidad. Porque, al morir, solo habían tenido tres años más de los que tenía Harry en ese momento.

-No.

No podía hacerlo. Tenía a sus padres, a Sirius y a Remus en la palma de su mano, pero no podía volver a verlos.

-¿Por qué no? – susurró Draco, levantando la vista para mirar a Harry a los ojos. Él no pudo apartar la mirada de la piedra. Estaban tan cerca, y a la vez tan lejos.

-Conoces la historia – dijo. Su voz sonó rasposa, y tuvo que carraspear. Tenía un nudo en la garganta –. Sabes lo que hace esta piedra.

-¿Crees que esa parte de la historia también es cierta? ¿Que la piedra guía a sus dueños al... suicidio?

Harry asintió, y un pensamiento muy doloroso se formó en su mente.

-Cuando me hablaron a través de la piedra, me dijeron que estarían conmigo hasta el final y que había sido muy valiente – repitió las palabras que había dicho antes, y todo cobró sentido –. Remus me dijo que se alegraba de haber muerto, porque lo había hecho para que Teddy creciera en un mundo mejor, y... Sirius –. Tragó saliva –. Sirius me dijo que morir era más fácil y rápido que quedarse dormido.

Levantó por fin la mirada, y se encontró con la de Draco, el color gris de sus iris apenas visible en la creciente oscuridad. Un suspiro entrecortado dejó sus labios.

-Me estaban persuadiendo para que me dejase matar – dijo en un hilo de voz –. Yo tenía que aceptar la muerte, y Dumbledore lo sabía. Por eso me dio la Piedra de la Resurrección y no permitió que accediese a ella hasta el último momento. Porque sabía que mis padres iban a alentarme a morir. O, al menos, el reflejo de mis padres creado por la piedra. Tal vez ni siquiera eran ellos de verdad. Ellos nunca me habrían dicho eso. Después de haber dado sus vidas para salvar la mía, ¿cómo iban a querer que yo muriera?

Draco no contestó, sino que se quedó mirando a Harry. Él cerró el puño y bajó la mano. No quería tener que seguir viendo aquella piedra, ni tener que pensar más en sus padres. No quería que siguiera doliendo.

Pero dolía. Y mucho.

Apretó tanto los puños que el pequeño bulto se clavó contra la palma de su mano, y cerró los ojos con fuerza, bajando la cabeza en cuanto sintió que las lágrimas empezaban a picar en sus ojos. Mierda. No quería llorar. Solo quería dar patadas, y golpear algo, y gritar, y...

El aire se escapó a través de sus dientes firmemente encajados en un sollozo silencioso, y supo que no había nada que pudiera hacer para evitar que las lágrimas bajasen por sus mejillas frías.

Una mano se cerró alrededor de su muñeca derecha con firmeza. Draco no tiró de él, no trató de abrir su puño para quitarle la piedra, no habló; simplemente rozó su piel con un agarre seguro pero delicado, como si quisiera asegurarle que no estaba solo. Harry entreabrió los ojos y levantó su otra mano para quitarse las gafas y poder secarse las lágrimas con la manga. Su cabeza seguía inclinada hacia delante, y pudo ver la forma ligeramente borrosa del cuerpo de Draco de pie frente a él, dentro de su espacio personal. No levantó la vista. No quería que el chico le mirase a los ojos mientras lloraba.

Cuando consiguió que su respiración se relajase y que las lágrimas dejasen de manar de sus ojos, volvió a ponerse las gafas y se separó del chico, pasándose una mano por el pelo y forzándose a tranquilizarse. Aquel no era el momento de lamentar la muerte de sus padres.

-Salgamos de aquí, Harry – dijo Draco, dando un paso hacia delante para cerrar el espacio entre ellos y sujetando de nuevo su muñeca derecha –. Se la llevaremos a McGonagall y dejaremos que ella se encargue, ¿de acuerdo?

Harry asintió. Después de tantos años teniendo que cargar con una responsabilidad abrumadora sobre sus hombros, la idea de dejar que una profesora se encargase de solucionar un problema le resultaba tan extraña como reconfortante.

Cuando salieron del bosque, la piedra cuidadosamente guardada en el bolsillo de Draco, el cielo estaba teñido de distintos tonos de azul, más claro hacia el oeste y casi negro hacia el este, donde se distinguían algunas estrellas entre las formas de las nubes. Se dirigieron hacia el castillo y hacia la estatua que daba al despacho de McGonagall, caminando juntos pero a una distancia prudencial. La cena ya había terminado, y la mayor parte de la gente debía de haber vuelto a sus salas comunes o la biblioteca, porque no se cruzaron con casi nadie.

Se encontraron con McGonagall justo cuando ella salía de detrás de la estatua.

-Buenas noches, señor Potter – saludó. Su frase terminó de una forma parecida a una exclamación, porque vio que Draco estaba detrás de él, demasiado cerca como para que pudiera parecer que no estaban caminando juntos –. ¡Señor Malfoy! Llevaba un rato buscándote – amonestó con voz severa. Volvió a mirar a Harry con cautela –. ¿Ha pasado algo?

¿Por qué habría estado McGonagall buscando a Draco?

-Esto... sí – se trabó él, preocupado en parte porque la directora notase que acababa de llorar –. Veníamos a darte algo.

Miró torpemente a Draco, quien estaba avanzando hacia McGonagall con resolución.

-¿Quería hablar conmigo, directora? – preguntó con tono cortés. Su espalda estaba muy recta, sus hombros encuadrados, su cabeza levantada en el ángulo exacto para mostrar una seguridad que no rozaba en la prepotencia. Hasta entonces, Harry no se había parado a pensar que fuera posible mostrar respeto a una autoridad simplemente con la postura corporal, y fue extrañamente consciente de la forma en la que él mismo había metido sus manos en los bolsillos, su espalda encorvada, sus hombros hundidos.

-Así es – respondió ella, lanzándole a Harry una mirada cautelosa –. ¿Qué es lo que quieres darme, señor Potter? – preguntó.

Draco se giró un momento y le dedicó a Harry una mirada significativa y un movimiento de cabeza que decía claramente "vete, yo me encargo". Harry volvió a mirar a la directora.

-Estoy seguro de que Malfoy puede explicárselo todo – contestó.

-Muy bien – asintió ella, sonando algo confusa.

Harry volvió a mirar a Draco, pero decidió no decir nada delante de McGonagall y se marchó de allí, dejando al chico a solas con la directora. En cuanto estuvo a salvo en un pasillo desierto, sacó su galeón falso, escribió "te espero en las cocinas", y se dirigió a los sótanos.

Llevaba allí prácticamente una hora, manteniendo una conversación bastante extraña con Winky acerca de lo injusto que era que Kreacher y otro elfo llamado Rober estuvieran escondiendo todas las botellas de cerveza de mantequilla, cuando la puerta se abrió y Draco entró en las cocinas. Parecía más cansado que antes, pero al menos estaba relajado, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios en cuanto localizó a Harry. Se dirigió hasta donde estaba sentado, y él le pidió a Winky que les trajera algo de cenar.

-¿Qué quería McGonagall? – preguntó Harry al ver que el Slytherin no decía nada tras acomodarse frente a él.

-Preguntarme si estaba bien después de lo de la clase de Defensa – musitó el chico, apoyando el codo en la mesa para poder descansar su mejilla contra su mano –. Y asegurarme que cualquiera que intente hacerme la vida difícil por ello será severamente castigado.

-Oh. No está mal – contestó él, empezando a comer en cuanto un plato de espaguetis fue depositado ante él –. Como habías tardado tanto pensé que habría pasado algo – añadió en cuanto tragó la comida.

Draco se encogió de hombros, levantando de nuevo la cabeza con dificultad y empezando a comer, lo que, Harry pensó, era una buena señal. Draco nunca comía cuando estaba nervioso.

-También me ha hecho tener una conversación con el retrato de Dumbledore – dijo sin más –. Por eso he tardado tanto.

-¿Qué? – exclamó él, desconcertado –. ¿Cómo ha sido?

Tras unos segundos de silencio, en los que Draco se dedicó a masticar y, probablemente, a escoger sus siguientes palabras, contestó:

-Raro. Lo que me has contado esta tarde me ayudó a no perder la calma mientras hablaba con él. Ya sabes, saber que su muerte no fue culpa mía – admitió, bajando el tono de voz para que los elfos que pululaban a su alrededor no pudieran oírlo –. Pero al mismo tiempo no sabía cómo mirarle a los ojos teniendo el conocimiento de que te había enviado a tu propia muerte.

Harry asintió, y tragó otra bocanada de espaguetis.

-¿Le diste la piedra a McGonagall?

-Sí. Dijo que ella se encargaría de ponerla a buen recaudo – respondió Draco. Y Harry, para su propia sorpresa, le creyó. Su mente rechazó al instante la idea de que el Slytherin podría haberle mentido y haberse quedado con la reliquia, y sonrió para sí al darse cuenta de que los años en los que había sospechado de las intenciones de Draco Malfoy habían quedado atrás para siempre.

Su sonrisa, sin embargo, se desvaneció poco después.

-Oye... lo siento por echarme a llorar de esa forma – murmuró, algo avergonzado de sí mismo.

-No me pidas perdón – dijo Draco con firmeza –. Soy yo quien te tiene que pedir perdón a ti.

-¿Qué? ¿Por qué?

-¿Cómo que por qué? – dijo Draco, poniendo los ojos en blanco –. Por reírme de que fueras huérfano y por insultar a tus padres una y otra vez solo para hacerte daño. Era un imbécil, ¿vale?

El hecho de que Draco se hubiera disculpado con él de forma completamente voluntaria, incluso con el tono borde que había empleado para hacerlo, hizo que el corazón de Harry diese un pequeño brinco de emoción.

- Es verdad, lo eras – coincidió –. Pero yo también me reí de tus padres en su día, y los dos hemos cambiado mucho desde entonces.

-No es lo mismo – replicó Draco, dejando la mitad de su plato de espaguetis completamente olvidada y apoyando el tenedor en la mesa –. Los míos están vivos.

-Tu padre está en Azkaban – apuntó él –, y la última vez que eso ocurrió me echaste a mí la culpa.

-Eso es porque era un idiota – contestó el chico –. La culpa de que mi padre esté en Azkaban la tiene él y solo él. Han sido sus actos y decisiones los que le han hecho acabar ahí, no tú. De hecho, tú has conseguido que solo lo condenen a quince años. Le esperaba la cadena perpetua, ¿sabes?

Harry abrió la boca para contestar, pero Draco no le dio la oportunidad.

-Calla y acepta las disculpas, Potter. Sabes perfectamente que no son mi fuerte.

Él volvió a cerrar la boca y asintió.

-Disculpas aceptadas.

Cuando terminó de cenar y otro elfo retiró sus platos, Harry suspiró y se apoyó en su codo. Con el estómago lleno y el cuerpo caliente, el cansancio acumulado parecía haber decidido que era hora de volver a reclamar toda su atención, y tuvo que tapar un bostezo con la mano.

-Deberíamos irnos – murmuró contra la palma de su mano. Draco emitió un "hm-hm" de conformidad, pero no hizo ningún movimiento. Se había recostado sobre la mesa, y tenía la cara aplastada contra sus brazos. También él se estaba quedando dormido.

-¿Vamos a ir a la Sala de los Menesteres? – preguntó el chico poco después, aún sin erguirse.

-No – masculló Harry, a pesar de que no le habría importado en absoluto volver a acurrucarse con Draco en su cama y quedarse plácidamente dormido –. Creo que les debes una explicación a tus dos amigos, y deberías dársela antes de que se enteren de que estamos durmiendo juntos.

Draco gruñó.

-No quiero volver a las mazmorras. Pansy va a asaltarme en cuanto me vea y estoy demasiado cansado para discutir – farfulló.

Harry asintió. Comprendía perfectamente aquella sensación.

-Kreacher.

El elfo doméstico estaba a su lado apenas un instante después de que su nombre hubiera sido pronunciado.

-¿Sí, Harry? – preguntó, utilizando su nombre de pila de forma reticente.

-¿Podrías aparecerte con Draco en su habitación en las mazmorras?

Al oír eso, el Slytherin levantó la cabeza.

-¿Qué? ¿En serio? – preguntó al mismo tiempo que Kreacher decía "por supuesto".

-Bien – asintió él. A continuación, le dedicó a Draco una mirada tranquilizadora –. Claro, así no te encontrarás con Pansy hasta mañana por la mañana. Descansa, después habla con tus amigos, y nos vemos mañana por la noche, ¿de acuerdo?

El chico asintió, algo aliviado, y permitió que el elfo apoyase su mano en su brazo cuando éste se acercó a él.

-¿Preparado, señor? – inquirió Kreacher, con el tono de malas pulgas que nunca había logrado dejar de utilizar.

-Eso creo – murmuró Draco. Un instante después, un pequeño estallido resonó en las cocinas y Harry se encontró a solas. Bueno, rodeado de elfos domésticos, más bien.

Al volver de las cocinas, Harry les suplicó a Hermione y Ron que esperasen hasta el día siguiente para hacerle preguntas porque estaba agotado. Después de eso, se metió en la cama y apenas pudo apoyar la cabeza en la almohada antes de quedarse profundamente dormido.

--

Ron, por algún motivo incomprensible para Harry, decidió que era buena idea despertarle a las nueve de la mañana, aun siendo sábado, para saber qué tal había ido todo entre Draco y él.

-Dame un momento – farfulló contra la almohada, abriendo los ojos con pesadez y apartando a su amigo para que dejase de sacudir su cuerpo –. Ahora hablamos.

-Vale, me voy a dar una ducha rápida y hablamos cuando salga – contestó Ron. Un momento después, había desaparecido en dirección al baño.

Harry se puso las gafas y abrió el Mapa del Merodeador para poder observar el nombre de Draco. Por costumbre, más que nada. Al fin y al cabo, se había pasado dos semanas comprobando el mapa cada mañana nada más despertarse para asegurarse de que Draco no se había tirado de ninguna torre mientras él dormía.

El muy afortunado seguía dentro de su cama, y no tenía a sus amigos encima tratando de despertarlo. Pero no parecía estar dormido, porque su nombre estaba moviéndose ligeramente como lo hacía cada vez que Draco daba vueltas en la cama.

"¿Draco?" escribió Harry en su moneda. La respuesta le llegó unos segundos después.

"¿Qué quieres?"

"Te estabas moviendo mucho." "¿Estás bien?"

"Sí."

Ese último mensaje tardó demasiados segundos en llegar como para resultar convincente. Draco se lo había pensado antes de escribirlo, estaba claro.

"Eh, puedes contármelo," envió él.

Otros segundos de silencio. Harry esperó sin moverse de la cama.

"Me acaba de" "calar el hecho" "de que has" "estado muerto."

"Ahora estoy bien," escribió Harry, sentándose en la cama. Se estiró y pasó una mano por su pelo revuelto, y volvió a levantar la moneda cuando sintió que se calentaba contra su pierna.

"Lo sé."

Cuando Ron volvió a asaltarle para hablar sobre Draco, Harry le recordó que tenían que esperar a estar con Hermione y bajaron a la sala común, donde la chica estaba charlando con Neville y Parvati.

-¡Aquí estáis! – exclamó en cuanto los vio venir –. Hablamos luego, chicos – les dijo a sus compañeros. Se metió entre Ron y Harry y entrelazó un brazo con cada uno de ellos, moviéndolos hacia la puerta. En cuanto salieron de la sala común a los pasillos casi vacíos del castillo, se puso a bombardear a Harry con preguntas –. ¿Cómo fue todo ayer? ¿Os habéis reconciliado? ¿Le has dicho a Draco cómo te sientes? ¡Tardaste muchísimo en volver! ¿Qué estuvisteis haciendo?

-No sé si quiero oír la respuesta a esa última pregunta – masculló Ron al otro lado de la chica. Ella lo ignoró, observando a Harry con expectación.

-¿No deberíamos hablar de esto en un lugar más privado? – preguntó él, lanzándole una mirada de desconfianza a los retratos de las paredes, que los observaban con miradas aburridas –. Podría oírnos cualquiera.

-La gente tiene cosas mejores que hacer que escuchar nuestras conversaciones, Harry – apuntó Ron –. Y los detalles privados puedes ahorrártelos, que yo tampoco quiero escucharlos.

Harry puso los ojos en blanco.

-No hemos hecho... eso – se defendió –. Estuvimos hablando y cenando. Y creedme, lo que os tengo que contar es lo bastante privado como para que este no sea un buen lugar para hablar de ello.

De mala gana, sus dos amigos siguieron a Harry hasta los pasillos del séptimo piso. Una vez allí, Harry comprobó en el mapa que no hubiera fantasmas cerca de donde estaban (y aprovechó para comprobar que Pansy Parkinson estaba con Draco en aquel preciso instante), y les contó a sus amigos todo lo que había ocurrido.

-¡¿Que le has contado qué?!

Esa era exactamente la reacción que había esperado, pero el grito de Hermione le hizo pegar un pequeño salto de todas formas.

-Ya os dije que no podíamos hablar de esto en medio del castillo – masculló.

-¡Tío! – exclamó Ron –. Se suponía que lo de los Horrocruxes no podía salir de nuestro círculo. ¿Y si se lo cuenta a alguien más?

-Harry, ¿se puede saber en qué estabas pensando? – arremetió la chica –. ¿Qué vamos a hacer si se entera todo el mundo? ¡Es una información muy peligrosa! ¡Podría darles ideas a los mortífagos que siguen sueltos! ¡Alguien más con malas intenciones podría decidir que crear su propio Horrocrux es una buena idea y todo volvería a empezar!

Antes de poder contenerse, Harry enfrentó a su amiga y espetó:

-Entonces puedes entretenerte desmemorizándolos a todos. El hechizo Obliviate es tu punto fuerte, ¿no?

Hermione cerró la boca al instante, apretando los labios en una línea recta, pero no apartó la mirada. Harry se arrepintió de haber dicho aquellas palabras un segundo después de pronunciarlas.

-Retira eso, Harry – exigió Ron, dándole un pequeño empujón. Él apartó la mirada de la chica y la dirigió hacia su amigo.

-Lo siento – masculló, retrocediendo un paso –. Es que no lo entendéis. Draco ha cambiado. No se lo va a contar a nadie, eso es algo de lo que estoy absolutamente seguro –. Pareció que Ron iba a interrumpirle, pero Harry no le dio la oportunidad –. No, escuchadme. ¿Es que creéis que se lo he contado por capricho? Vosotros no sabéis lo que es escucharle cada día decir que es un monstruo, y que se merece todo lo malo que le pase. No sabéis lo que es oírle admitir que no me merece, que no merece nada. No le habéis visto agarrado a la barandilla de la Torre de Astronomía, llorando y diciéndose a sí mismo que tiene que quitarse la vida porque no consigue perdonarse a sí mismo por lo que hizo durante sexto. Lo que visteis ayer en la clase de Defensa fue solo la punta del iceberg. Draco necesitaba conocer toda la historia para poder perdonarse. Lo que le he contado es algo que le afecta directamente, y yo sé lo que es que te oculten ese tipo de información sin un motivo válido. No pienso hacerle a nadie lo mismo que me hicieron a mí.

Antes de que sus dos amigos pudiesen contestar, Harry ya se había marchado de allí.

--

Hermione aguantó exactamente hasta la hora de comer sin hablarle. Durante la comida, Ron y ella le lanzaron a Harry miradas de aprehensión y, mientras estaban saliendo del Gran Comedor, la chica se acercó a él para decirle que iban a pasarse toda la tarde estudiando en la biblioteca. No le dio la oportunidad de negarse, y Harry la siguió sin oponer resistencia.

Para la hora de la cena, todo parecía haber vuelto a la normalidad. Harry observó a los Slytherins de octavo a través del comedor mientras se tomaba un trozo de tarta de queso. Parkinson estaba sentada a varios asientos de distancia de Draco, lo cual era una mala señal, pero el chico no estaba solo. Zabini estaba a su derecha y, por algún motivo, Nott, sentado a la izquierda de Draco, estaba participando en su conversación.

Por la noche, Harry esperó, como tantas veces antes lo había hecho, a que sus compañeros de habitación se quedasen dormidos, y se cubrió con su capa de invisibilidad. Sin embargo, antes de tener tiempo de salir del dormitorio, oyó el crujido de una cama y los pasos descalzos de alguien acercándose a él.

Levantó la vista y vio, perfilado por la poca luz que entraba por la ventana, a Ron, casi sobre él, tan alto como una torre. Estaba frotándose un ojo con el puño cerrado.

-¿Vas a ir a ver a Malfoy? – susurró –. ¿A la Sala de los Menesteres?

-Sí – dijo él, también en un hilo de voz –. ¿Algún problema? – sintió la necesidad de preguntar.

-No, ninguno –. Ron levantó una mano y le dio una palmada torpe en el hombro, y Harry levantó las cejas, aunque dudó que su amigo pudiera verlo en la oscuridad –. Solo quería saberlo.

-¿Has estado esperando despierto para ver si me marchaba? – inquirió Harry con curiosidad.

-Puede – musitó el chico, bajando la mano –. Me preocupo por ti, ¿sabes?

-Lo sé.

Ron no dijo nada más, y, durante unos segundos, compartieron un silencio incómodo.

-En fin – murmuró el pelirrojo, llevándose una mano a la nuca y bajando un poco la cabeza –. Pásalo bien. Supongo. ¿Es eso lo que se le dice a un amigo cuando va a...?

Harry soltó un bufido y sacudió la cabeza.

-Ron – interrumpió –, vete a dormir.

-Sí, va a ser mejor – susurró su amigo, girándose y caminando hacia su cama, donde se tiró de forma poco silenciosa y cerró las cortinas sin otra palabra.

Harry llegó antes que Draco a la Sala de los Menesteres. Cuando vio la habitación modesta y la cama doble en la que tantas veces antes había dormido con el Slytherin, una sonrisa se dibujó en su rostro y se permitió relajarse, interiorizando, por fin, el hecho de que Draco y él estaban bien. Estaban bien de verdad. Habían hablado, se habían reconciliado y estaban a punto de pasar la noche juntos de nuevo.

Dejó su capa sobre una silla y se quitó las zapatillas, y después se sentó en el borde de la cama para esperar al chico al que quería.

Oh.

El pensamiento había surgido en su mente sin más, y la sorpresa detuvo su respiración. Así que era cierto. Quería a Draco. Vale, sí, se lo había dicho al chico tan solo un día antes, y, si mal no recordaba, se había sentido bien al decirlo en voz alta, pero... acababa de pensarlo. Como si, de alguna forma, querer a Draco Malfoy fuera lo más correcto y natural del mundo para él.

Vaya.

En ese preciso instante, la puerta apareció en la pared y se abrió. En cuanto vio el primer reflejo plateado del pelo de Draco, Harry se puso de pie y avanzó tres pasos grandes hasta estar a tan solo uno de donde el Slytherin se había detenido para cerrar la puerta tras de sí.

Se miraron durante un momento, y Harry estudió el pijama de cuadros que llevaba puesto Draco, sus calcetines impecables, su piel, que parecía brillar con la luz de la habitación, y su pelo, que estaba pulcramente peinado y con una raya a un lado, tan bien dibujada que Harry se preguntó si era posible peinar cada uno de los mechones de su cabello de forma individual. En cuanto respiró por la nariz, le llegó un olor inconfundible a champú, y se dio cuenta de que Draco acababa de ducharse.

Para él. Draco se había duchado para él.

-Hola – murmuró con una sonrisa tirando de las comisuras de sus labios.

En lugar de contestar, Draco se abalanzó sobre él con la urgencia brillando en su mirada. Harry lo atrapó entre sus brazos al instante, y las manos de Draco se posaron en su pecho, sus frentes apoyándose la una contra la otra. Harry inhaló el olor a cítricos y humedad que desprendía el chico, y Draco presionó sus palmas contra el pecho de Harry con los ojos cerrados. Como si estuviera tratando de convencerse de que los latidos del corazón de Harry no eran imaginaciones suyas. Él acarició la espalda y la cintura del Slytherin, permitiendo al chico que se quedase entre sus brazos tanto tiempo como necesitase.

Poco después, Draco retrocedió un paso y miró a Harry a los ojos. La intensidad de su mirada era abrasadora, y Harry no pudo contenterse. Sujetó la mano del Slytherin y tiró de él, guiándolo hasta el borde de la cama. Se sentaron muy cerca el uno del otro.

-¿Saben tus amigos que estás aquí? – preguntó Harry un segundo después. Por algún motivo, sentía la necesidad de comprobar que nada horrible había ocurrido entre los Slytherins antes de meterse en la cama con su novio.

-Blaise sí – murmuró el chico, apoyando su sien contra el hombro de Harry –. Pansy... – Pareció dudar –. Pansy no me habla, pero no está enfadada porque yo sea gay, sino porque se lo he estado ocultando. Se le pasará en un par de días –. Un segundo después de decir eso, Draco levantó ligeramente la cabeza para mirar a Harry desde abajo –. Ni se te ocurra decirle a nadie que he dicho eso. Si alguien te pregunta, yo he dicho que por mí puede irse a la mierda, ¿está claro?

Harry sacudió la cabeza soltando una pequeña carcajada.

-Tranquilo. Tu secreto está a salvo conmigo – afirmó con fingida solemnidad.

-Idiota – masculló el Slytherin, dándole un empujón desganado antes de volver a apoyar su cabeza en el hombro de Harry –. ¿Y los tuyos? ¿Saben que estás aquí?

-Ron sí; esperó despierto a que me fuera para decirme que sabía que yo iba a salir. Creo –. Se sintió de nuevo algo confuso por la extraña conversación que acababa de tener con su mejor amigo –. Y Hermione... bueno, no creo que necesite ninguna prueba para saberlo, la verdad. Pero creo que se alegra de que estemos juntos.

Draco se rio, y Harry sintió el movimiento rítmico de su risa a través de su propio cuerpo.

-Esto es surrealista – murmuró el chico –. Ni siquiera me caen bien tus amigos.

-Ni a mi los tuyos – admitió Harry, acariciando la cintura de Draco de forma distraída –. Pero tendremos que hacer un esfuerzo si queremos que esto salga bien. Yo estoy dispuesto a hacerlo. ¿Y tú?

Draco pareció dudar durante una milésima de segundo, pero entonces afirmó con seguridad:

-Sí. Lo estoy.

-Bien – dijo Harry –, porque quiero hacerlo público.

Tal y como esperaba, Draco se irguió rápidamente y se lo quedó mirando con una mezcla de terror y sobrecogimiento. Su boca estaba formando su habitual mueca de desprecio, pero, al mismo tiempo, su mirada transmitía esperanza.

-Madre mía. Lo estás diciendo en serio, ¿verdad? –. Su tono de voz reflejó a la perfección las tropecientas emociones que debía de estar sintiendo en aquel momento –. Salazar...

-Lo digo en serio – confirmó él, mordiéndose el labio para reprimir la sonrisa que se estaba formando en sus labios.

-¡Ya sé que lo dices en serio! – se quejó el chico, lo que hizo que Harry se riera sin poder evitarlo. Draco le dio un empujón más fuerte que el anterior y, a continuación, se llevó las manos a la cara –. Es una idea descabellada. En cuanto la gente se entere de esto se desatará el caos. Saldremos en todas las portadas. ¿Y qué dirá mi madre? ¿Y el resto del mundo? ¿Y si creen que te estoy forzando? – balbuceó contra las palmas de sus manos.

-Es una posibilidad – admitió Harry –. Pero hay otras. Por ejemplo, puede que todo el mundo considere un honor el contratar a la pareja de Harry Potter y te lluevan las ofertas de empleo.

-Pero yo no quiero eso – insistió el chico –. No quiero que tu fama me ayude a conseguir un trabajo. Ni que me lo impida.

Draco suspiró, y Harry observó que estaba tratando de relajar los músculos de sus hombros y espalda. Harry hizo su siguiente pregunta con un tono de voz calmado, pasando sus dedos por el costado de Draco, desde su axila hasta su cadera, con la esperanza de que el chico se tranquilizase.

-¿Qué es lo que quieres?

El Slytherin tardó un momento en contestar y volvió a suspirar.

-No lo sé – confesó –. Estar contigo. Estar contigo y que nadie tenga nada que decir al respecto.

Harry asintió, deseando que lo que Draco acababa de decir pudiera hacerse realidad.

-Yo también quiero eso, pero ambos sabemos que es imposible. Los medios de comunicación harán de lo nuestro un escándalo, al menos al principio. Pero – puntualizó, encogiéndose de hombros –, si dejamos que sea un escándalo ahora, puede que la gente se haya cansado de hablar de nosotros para finales de verano.

Draco levantó la cabeza para mirarle.

-¿Y si no? – murmuró. A pesar de su tono preocupado, sonaba esperanzado. Como si quisiera más que nada que aquello saliera bien.

-Estoy dispuesto a correr el riesgo – dijo Harry, mirando a Draco a los ojos.

-No sé si yo puedo permitírmelo, dada mi historia.

Harry sonrió, y las palabras que su padrino le había dicho una vez resonaron en su mente.

-Venga, Draco. ¿Qué es la vida sin un poco de riesgo?

-¿No crees que ya hemos corrido bastantes riesgos en nuestras vidas? – preguntó Draco. A pesar de sus intentos por ocultarla, estaba mostrando el indicio de una sonrisa.

-Puede, pero lo predecible en exceso es aburrido, ¿no crees? – Sin darle tiempo a contestar, Harry añadió –: supongo que por eso me gustas tanto.

-¿Porque soy impredecible? – masculló el Slytherin, poniendo mala cara, como si estuviera tratando de determinar si aquello era bueno o malo.

Harry observó el pelo rubio perfectamente peinado de su novio, la forma en la que se estaba mordiendo el labio; percibió su olor a limpio, su piel cálida bajo sus dedos; contempló sus pestañas, sus ojos grises. Y sonrió.

-Hm-hm – murmuró, dejando que su mirada se posase en los labios de Draco –. Impredecible y sexy.

Draco soltó un bufido y puso cara de ofendido.

-Estoy intentando tener una conversación contigo, estúpido – se quejó, aunque Harry registró el rubor que se había extendido por sus mejillas y la forma en la que su mirada se había oscurecido con anticipación.

-Vamos a hacerlo público – dijo él, deseando dar por finalizada aquella conversación. Se inclinó ligeramente hacia delante, hasta que sus labios estuvieron a solo unos centímetros de los de Draco, y esperó. Un momento después, el chico susurró:

-Sí.

Harry cerró el espacio entre sus bocas. Y oh, cómo había extrañado aquellos labios, aquella lengua, aquel pelo rubio y suave en el que entrelazó sus dedos, ganándose un gemido amortiguado por su propia boca. Las manos de Draco estaban por todas partes; en su nuca, en su espalda, en su abdomen por debajo de la camisa del pijama, en sus muslos. Harry suspiró en el beso. Quería más; ansiaba sentir aquellas manos por todas partes, sentir más piel contra su piel.

Sin dejar de besarse, se acercaron el uno al otro y se movieron hacia el centro de la cama, donde se arrodillaron el uno frente al otro, sus pechos alineados, sus erecciones rozándose con cada movimiento de su cuerpo.

-Hmmm –. El suspiro de Draco resonó en su propia boca, convirtiéndose en un gemido mientras, con una urgencia casi desesperada, el chico desabrochaba los botones de la camisa de Harry. Él se la sacó con rapidez, y desnudó también el pecho del chico justo después.

Al pasar la camisa por encima de los hombros de Draco, dejó que sus dedos acariciasen la piel desnuda de sus hombros, y luego la de su garganta, y su clavícula, y su pecho. Iba a bajar por su estómago, pero Draco apartó su mano para poder pegar de nuevo sus cuerpos, tirando del pelo de Harry con su mano libre. Él, con un gruñido, dejó caer el brazo y atrajo al chico hacia sí.

La lengua de Draco estaba haciendo algo mágico en su boca, pero los pulmones de Harry eligieron ese preciso instante para quedarse sin aire, por lo que , muy a su pesar, se separó del beso para poder respirar. Draco, lejos de hacer lo mismo, dejó un sendero de besos húmedos por su mandíbula, su garganta y el lóbulo de su oreja.

-Draco... – exhaló él, apartando la cabeza para exponer más piel a los labios del chico y temblando ligeramente cuando éste respiró sobre su piel mojada –. Te quiero –. Las palabras se escaparon de entre sus labios en un susurro y, al oírlas, Harry sonrió.

Los labios de Draco dejaron su piel. Harry abrió los ojos, y se encontró con la mirada del chico, intensa, ferviente, aunque escondida tras unos párpados entrecerrados por el placer. Draco le estaba mirando como si Harry fuese un oasis en medio de un desierto. Algo extraño inundó el pecho de Harry en ese instante; como una marea sobrecogedora de felicidad, de atracción, de amor hacia el chico que tenía entre sus brazos.

En un instante, Draco bajó sus dos manos por los costados de Harry, hasta que sus dedos se encontraron con el dobladillo de los pantalones de su pijama. Harry se movió ligeramente hacia atrás, buscando el contacto de aquellas manos contra su piel, y luego otra vez hacia delante, de forma que su entrepierna se rozó con la de Draco. A los dos se les escapó un gemido, y las manos de Draco se metieron dentro de su pantalón, lo sujetaron y lo bajaron, con un simple movimiento, hasta sus rodillas.

Harry supo, por el pequeño tirón en su erección, que sus calzoncillos también habían descendido, pero no miró hacia abajo. No pudo apartar la mirada de la de Draco mientras el chico, muy despacio, acariciaba sus testículos con una mano, moviendo la otra para acunar una de sus nalgas.

Harry se inclinó hacia delante, soltando sin querer todo el aire de sus pulmones, cuando Draco lo rodeó con su mano. Sus caderas trataron de moverse hacia el puño del chico, pero apenas ganó fricción con el movimiento, y eso le hizo gruñir con impaciencia. Draco, con una sonrisa entretenida, silenció a Harry con un beso en los labios, pero sus bocas volvieron a separarse un momento después, cuando Harry intentó mover una de sus piernas hacia el hueco que había entre las de Draco y se tropezó con sus propios pantalones.

-Quítatelos – instó el chico, soltando a Harry para que pudiera deshacerse completamente de su ropa.

Él se dio tanta prisa como pudo, lanzando sus pantalones, calzoncillos y calcetines al suelo antes de volver a los brazos de Draco. Suspiró aliviado en cuanto el puño del Slytherin volvió a cerrarse en torno a su pene, y empezó de nuevo a mover sus caderas de forma rítmica contra el agarre firme del chico, esa vez con un mejor resultado. Cada impulso le causaba una oleada de placer, y tuvo que apoyar su mejilla en la de Draco para no perder el equilibrio mientras el chico le tocaba con movimientos expertos, desde la base hasta la punta, y de nuevo hacia abajo.

Dejó que su mirada vagase por la clavícula y el pecho del Slytherin, y siguió bajando, y bajando, hasta que se topó con la protuberancia que estaba tirando del pantalón de pijama de Draco. Se relamió de forma distraída y bajó la vista aún más, de forma inconsciente, hasta que se quedó mirando su propio pene.

¿Era raro que le excitase observarse a sí mismo mientras se mecía contra una mano ajena? Harry no tenía ni idea, y se encontró con que no le importaba. Estaba demasiado ocupado contemplando la forma en la que toda su longitud desaparecía en el puño de Draco cuando movía hacia atrás su cuerpo, de manera que solo la punta asomaba a través de sus dedos, solo para aparecer de golpe cuando volvía a empujar hacia delante. Repitió el movimiento una vez más, más rápido, y se le escapó un gemido de placer.

Cuando pudo volver a levantar la cabeza, sus bocas se encontraron de nuevo en un beso húmedo y profundo. Harry exploró cada rincón del cuerpo de Draco con sus manos mientras los músculos de su propio cuerpo se tensaban en anticipación al orgasmo que estaba creciendo en su entrepierna. Acarició los omóplatos del chico, sus bíceps, sus pezones duros. Bajó por su pecho y dejó que una de sus manos ahuecase la erección caliente que seguía contenida bajo la tela de sus pantalones.

Draco gimió en sus labios, y Harry se movió más rápido contra el puño de su novio, tensando sus glúteos y aferrándose a la cadera del chico para no tambalearse hacia delante.

La mano libre de Draco voló de pronto hasta su pelo, donde tiró con urgencia al mismo tiempo que el chico separaba sus bocas una vez más.

-Harry – jadeó, con sus labios enrojecidos y húmedos y su pelo irresistiblemente despeinado –. Harry, quiero que me mires a los ojos mientras te corres.

Oh, a la mierda su pelo. Eso sí que era irresistible.

Manteniendo la mirada del chico con párpados pesados, Harry se movió con fuerza y dejó que todos sus músculos se tensasen y se relajasen, que el orgasmo llenase todo su cuerpo. Presionó sus labios con fuerza en un intento inútil por amortiguar los gemidos y jadeos que dejaron sus labios mientras se corría sobre su cuerpo y el de su novio, pero estos no tardaron en volver a abrirse. Cuando el siguiente jadeo dejó sus labios y resonó por las paredes del dormitorio, la respiración de Draco se entrecortó.

Draco no soltó a Harry hasta que dejó de moverse con los últimos resquicios del orgasmo subiendo y bajando por su cuerpo. En cuanto lo hizo, Harry empujó al chico con urgencia, y Draco se dejó caer hacia atrás sobre la cama. Harry no perdió ni un segundo antes de subirse sobre él, con una rodilla a cada lado de su cadera. Besó a Draco una y otra vez, como si su vida dependiera de ello, succionando su labio inferior y juntando sus lenguas mientras su abdomen se movía contra la erección de Draco, todavía dura y tirante.

El Slytherin se movió hacia él, suspirando una y otra vez contra su boca. Por un momento, se dedicó a pasar sus manos por el pecho desnudo de Harry, pero después las bajó hacia su propia cintura, donde empezó a tratar de quitarse sus propios pantalones.

-Dame un momento – murmuró, y Harry se apresuró a apartarse de encima de él para que pudiese terminar de desnudarse.

En cuanto tuvo la oportunidad, volvió a posicionarse sobre Draco, pasando sus labios por la curva de su cuello y por su clavícula, y acariciando su cintura y sus muslos. En esa ocasión, había terminado arrodillado entre las piernas abiertas de Draco, lo que le dio pleno acceso a su mano para descender hasta su entrepierna y empezar a trazar la forma de su erección con sus dedos.

Cuando rodeó el miembro pesado con su mano, se vio recompensado con nuevo gemido por parte del Slytherin, que se aferró al pelo de Harry con los puños cerrados y permitió que su boca se abriese en un jadeo silencioso.

Harry separó su boca de la clavícula del chico, en la que había dejado pequeñas manchas rojas salpicadas por todas partes, para poder mirar a Draco a los ojos y observar el placer que estaba sintiendo reflejado en sus facciones. ¿Acaso habían pasado solo dos semanas desde que se habían acostado por última vez? A Harry le parecían siglos. Siglos sin poder tocar el cuerpo de aquel chico que tanto le hacía sentir, sin oír sus suspiros entrecortados; siglos sin empaparse de su olor y de su tacto suave y cálido.

Apretó un poco más su mano y la movió más rápido, bajando desde la punta sensible hasta los testículos del chico y volviendo a subir. Draco, mordiéndose el labio, movió sus manos hasta las sienes de Harry y, con delicadeza, levantó las patillas de sus gafas y se las quitó, depositándolas lo más lejos de él que pudo. Entonces, levantó las dos manos para pasarlas por el cuello de Harry, y bajó, bajó tanto como pudo hasta acariciar su cadera, sus glúteos y la zona interior de sus muslos, doblándose ligeramente hacia delante mientras Harry continuaba masturbándolo.

De pronto, una de las manos de Draco dejó su cuerpo y se movió hasta acunar la mano de Harry mientras ésta se movía alrededor de su erección. La sujetó con fuerza, como instando a Harry a detenerse.

-¿Qué pasa? – preguntó él, confuso y con la voz ronca –. ¿Quieres que pare?

Draco, sin dejar de mirar a Harry a los ojos con una pasión ferviente en su mirada, negó despacio con la cabeza, pero no soltó su mano.

Se mantuvo completamente quieto durante unos segundos, a excepción de su pecho, que estaba subiendo y bajando con pesadez. Harry frunció el ceño, tratando de averiguar qué era lo que el chico quería exactamente.

Y entonces, justo cuando iba a preguntar, Draco habló.

-Quiero que me toques – murmuró, muy despacio, al tiempo que guiaba la mano de Harry con la suya unos centímetros hacia abajo hasta que uno de sus dedos rozó detrás de sus testículos, entre sus nalgas, una zona de piel rugosa y caliente – ... aquí – susurró, un pequeño gemido partiendo de sus labios en cuanto sintió el contacto del dedo.

Oh. Oh.

Draco quería que... que Harry... metiese su dedo.

Ahí.

De golpe, Harry se dio cuenta de lo abiertas que estaban las piernas entre las que estaba situado. ¿Había visto alguna vez al chico tan abierto de piernas? ¿Había llegado a imaginárselo siquiera? ¿Había pensado en todas las formas en las que dos chicos podían tener sexo y que ellos aún no habían probado?

A quién quería engañar. Pues claro que se le había pasado por la cabeza. Pero, sencillamente, le había parecido imposible que algo así pudiera no ser doloroso. ¿Cómo iba a meter sus dedos por ahí, y mucho menos su propio pene, sin causarle dolor al chico? Además, no es como si ese conducto no tuviera otra función. ¿Y si metía el dedo ahí dentro y había...?

-Solo si quieres, claro – murmuró Draco con nerviosismo, haciendo que Harry se percatase de que llevaba varios segundos completamente paralizado.

Y Harry se encontró con que quería. Tenía algo de miedo, sí, pero supuso que Draco no se lo habría ofrecido si creyera que iba a dolerle o si... bueno, si tuviera ganas de ir al baño. Al fin y al cabo, se había duchado justo antes de quedar con él, ¿no? Debía de estar limpio.

Así que, antes de que el Slytherin pudiese echarse atrás y todo se fuese a la mierda, Harry empezó a mover su dedo, dibujando círculos alrededor del borde rugoso de su entrada.

El chico tembló bajo su cuerpo e inclinó la cabeza hacia atrás, relajándose al contacto. Harry, tras localizar el lugar exacto en el que se encontraba el pequeño agujero, empujó con su dedo corazón y, con un movimiento rápido, introdujo la punta dentro del cuerpo de Draco.

-Ah – gimió el Slytherin, frunciendo profundamente el ceño. Harry no supo si aquel había sido un sonido de placer o de dolor, así que, por un momento, no se movió –. Espera – farfulló poco después, abriendo los ojos para mirar a Harry de nuevo –, necesito...

No terminó la frase en voz alta, pero la Sala de los Menesteres le proporcionó lo que había solicitado de todas formas. Un pequeño bote de color azul apareció en su mano, y Draco y Harry se lo quedaron mirando por un segundo, entre confusos y embelesados. Draco le quitó la tapa y lo apretó un poco, y una especie de gel brillante salió de dentro. Al verlo, el Slytherin dirigió su mirada a Harry, quien asintió y retiró su dedo de entre las piernas de Draco. Lo pasó por la superficie del bote, recogiendo todo el lubricante que se había salido y un poco más y untándoselo torpemente por todo el dedo.

Draco soltó una bocanada de aire con anticipación y Harry no tuvo más remedio que mirar hacia abajo para saber a dónde tenía que dirigir el dedo. Se mordió un labio y bajó su mano, hasta que el mismo dedo que tenía impregnado con gel volvió a tocar la entrada del chico, que veía borrosa por no tener sus gafas. Apretó una vez más hacia delante, apartando la mirada para dirigirla de nuevo a los ojos grises que estaban clavados los suyos, y sintió como el cuerpo de Draco lo envolvía con facilidad.

Se deslizó dentro y fuera, dentro y fuera, a un ritmo lento y vacilante, y observó cuidadosamente las expresiones faciales del chico mientras lo hacía para asegurarse de que no le estaba haciendo daño. Draco todavía tenía el ceño fruncido, y sus labios se estaban abriendo y cerrando, provocando que los sonidos que estaba emitiendo se tradujesen en "hmmm"s y "aaah"s intercalados. Movió un poco la cadera, levantándola de la cama de forma que el dedo de Harry pudiera introducirse otro centímetro, y se aferró a la cama mientras se movía al ritmo que Harry había establecido.

Harry estaba fascinado, porque, a pesar de que la erección de Draco descansaba completamente olvidada sobre su pubis y su vientre, Draco estaba gimiendo.

-Harry – susurró el chico, de pronto, y la mirada de Harry se desvió hacia sus labios –. Más, quiero más.

Una corriente de placer descendió por su cuerpo.

-¿Más... dedos? – titubeó, no muy seguro de a qué se refería exactamente. Draco negó con la cabeza.

-Este dedo – jadeó –, mételo más.

Harry asintió, tratando de introducir su dedo todo lo que era posible entre las nalgas del chico, pero se encontró con que su muñeca estaba dolorosamente retorcida y no conseguía pasar del segundo nudillo. Así que, sin extraer su mano de donde estaba encajada, retrocedió un poco en la cama. Se acomodó lo mejor que pudo en su nueva posición, y volvió a intentarlo.

Esa vez, su dedo entró hasta el fondo. Sintió las paredes calientes del chico apretar toda la longitud de su dedo, y oyó a Draco decir una palabrota al mismo tiempo que apoyaba sus dos manos en el pelo de Harry y rodeaba su espalda con sus piernas, apoyando sus talones sobre sus glúteos.

Harry retiró su dedo casi hasta la yema, y volvió a meterlo hasta el fondo. Repitió el movimiento varias veces, cambiando el ángulo de forma instintiva, tratando de determinar hasta donde podía llegar. Su yema rozó varias veces una de las paredes interiores de su cuerpo, y, de pronto, Draco tembló, un sonido ahogado manando de algún lugar de su garganta.

Harry miró hacia arriba, preocupado, creyendo que, tal vez, le había hecho daño sin querer. Pero no tuvo tiempo de preguntar nada, porque Draco se aferró al pelo de su nuca como si su vida dependiera de ello y dijo:

-Ahí, vuelve a tocar ahí.

Así que lo hizo. Volvió a rozar esa zona, a masajearla, mientras el chico se retorcía de placer una y otra vez bajo su cuerpo.

Su pene se estaba balanceando con cada uno de sus movimientos, y Harry, apoyando el peso de su cuerpo sobre uno de sus codos al lado de la pelvis de Draco, sujetó el miembro pesado y caliente con su mano y lo dirigió hasta su boca. Humedeció sus labios con su lengua y, despacio, envolvió la punta rosada y húmeda con ellos.

El chico, en respuesta, se impulsó hacia su boca, y Harry permitió que los primeros centímetros se introdujeran en ella hasta chocar con su paladar, tratando de relajar su garganta y de respirar por la nariz.

-Harry – gimió Draco, sin ningún tipo de contención –. Harry...

En menos de cinco segundos, el chico estaba corriéndose dentro de su boca, mientras el dedo de Harry acariciaba su interior, todavía lubricado y resbaladizo.

Él tragó todo lo que pudo, y luego abrió la boca y dejó que el resto del semen descendiera por su barbilla y por los muslos de Draco, que todavía mantenía su cabeza firmemente sujeta con ambas manos y estaba moviéndose cada vez más despacio.

En cuanto las manos lo liberaron, Harry volvió a apartar su boca y dedicó un momento a tomar una gran bocanada de aire. Pero eso fue todo lo que tuvo tiempo de hacer, porque entonces el chico estaba tirando de él para que volviese a subir. Harry retiró su mano completamente de dentro de su cuerpo y se movió hacia arriba.

Tan pronto como se encontraron cara a cara de nuevo, Draco se separó de la cama y juntó su boca abierta con la de él, besando sus labios, su lengua, y muy probablemente saboreando los restos de su propio semen dentro de la boca de Harry.

-Te quiero – murmuró él contra los labios de Draco en cuanto sus bocas volvieron a separarse, minutos después –. Te quiero, te quiero, te quiero –. ¿Por qué había tardado tanto en decirlo? ¿Por qué había tardado tanto en saberlo? – Draco, te quiero –. Ahora no podía parar de repetirlo como un disco rallado –. Te quiero.

-Idiota – se rio el Slytherin contra sus labios. Y luego, en un hilo de voz, añadió –: yo también a ti.