"El amanecer es siempre una esperanza para los hombres."
"Diecisiete"
Capítulo LIII
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Chasqueó la lengua, fastidiado. Esa era una de las cosas que más le jodían, tener que hacer el trabajo por duplicado.
Los documentos que los Rangers tenían que cumplimentar en caso de detectar infracciones en las leyes del parque eran variados, pero los peores eran, sin duda, los de las detenciones.
Tanto si se trataba de cazadores furtivos como de simples excursionistas que incumplían la normativa de la reserva, había que rellenar una serie de formularios, por duplicado, uno para la oficina de los Rangers y otro para la Fiscalía. Solicitaban la misma información pero en otro orden y otro formato.
Le daba vueltas a la ramita que llevaba en la boca, mientras con los dedos de una mano se frotaba la frente en claro gesto de impaciencia y con la otra trataba de rellenar los huecos lo más rápido que podía.
Al menos, Diecisiete escribía muy deprisa.
"¿El detenido ha sido arrestado dentro de la jurisdicción del oficial?"
El androide marcó la casilla del sí con un gesto casi de desdén y pasó al siguiente apartado.
"¿Se le han leído/recitado los derechos con los que cuenta?"
—Mmmmh… —gruñó Diecisiete. Y tamborileó con los dedos en la repisa del mostrador. Esa parte siempre se le olvidaba. Pero el agente que custodiaba las celdas ya le conocía lo suficiente, y cuando el androide le entregaba a los detenidos se encargaba de leerles los derechos él mismo antes de encerrarlos—. Bah… —murmuró. Marcó de nuevo el sí y volteó la hoja.
"¿El detenido ha sido tratado con respeto y su dignidad ha sido considerada?"
Diecisiete rió levemente. ¡Qué graciosos eran los formularios de detenciones!
—¡Mira esto! —exclamó Jimmy. Se levantó de su mesa y plantó sobre el mostrador, ante Diecisiete una publicación semanal que llegó el día anterior. Con su dedo señalaba una página ocupada totalmente por un gran anuncio publicitario—. ¡La semana que viene corren la Nascar en la Capital del Sur! La van a emitir en directo por televisión.
Diecisiete clavó sus ojos de hielo sobre Jimmy. Este parecía inmune ya al efecto devastador de la electrizante mirada del androide.
—Ya lo sabía —respondió, fríamente.
Tenía programadas en el televisor de su casa las grabaciones de todas las carreras de la temporada. Esa competición era lo único que le gustaba de toda la porquería que emitían por televisión.
Piper se asomó por encima del hombro de Diecisiete y miró el anuncio, con curiosidad. Y de pronto a Jimmy se le encendió la bombilla.
—Oye Piper, si quieres podemos verla juntos en la taberna de Yunpei.
Diecisiete esbozó una sonrisa maligna y aguardó la respuesta de "Pimienta", mientras continuaba con el tedioso segundo formulario.
La chica hizo una mueca, mezcla de confusión y asombro, mientras Jimmy le dedicaba lo que pretendía ser una sonrisa cautivadora, y para Diecisiete no era más que el resultado de una parálisis facial.
—¿Me estás invitando a ver una carrera de coches por la tele? ¿Es eso para ti un plan interesante, Jimmy? —la parálisis aún fue más acusada y Diecisiete tosió, disimulando la risa—. He conocido pocas personas más optimistas que tú.
—¡Gracias, nena!
—¡No era un cumplido! —rugió Piper—. ¡Y no me llames nena!
—Pequeña, soy único hasta para detectar mensajes ocultos en tus palabras —dijo Jimmy, rebosando seguridad en sí mismo.
Diecisiete alzó la vista de los papeles y le miró. Era increíblemente idiota.
Piper bufó, apartando con ese gesto un largo tirabuzón rubio que caía sobre sus ojos.
—Espero de verdad que seas único, porque como hayan dos como tú, Jimmy, agarro una botella de lejía y… Y me la bebo.
Y con esa frase Piper puso rumbo a la cafetera. Necesitaba una carga de cafeína urgente.
Diecisiete sonrió, divertido, al ver en primer plano la cara que se le acababa de quedar a Jimmy. Hasta el Jefe, que se encontraba trabajando en su mesa silenciosamente se carcajeaba de aquella manera suya tan característica: con un ojo cerrado por estar recibiendo el humo directo del cigarrillo.
"Pimienta" no sólo estaba aprendiendo sus técnicas de "caza" también se estaba contagiando de su forma de expresarse, era como él mismo en versión femenina.
La puerta de la oficina se abrió con violencia en aquel instante y Mot irrumpió en la estancia con expresión de alarma en el rostro.
—¡Salid todos! —exclamó—. ¡Deprisa!
El bolígrafo se quedó sobre los formularios a medio cumplimentar; la revista, encima del mostrador y el café de Piper en la máquina. En tropel, todos salieron tras Mot y miraron en la dirección que el oficial señalaba. Una fina columna de humo ascendía hacia el cielo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el Jefe.
—¡No tengo ni idea! —respondió Mot, encogiéndose de hombros—. De pronto se escuchó el sonido del motor de un avión descendiendo. Luego dejó de oírse, y fue cuando vi el humo.
Diecisiete miró hacia allí fijamente y escupió la ramita. Estaba seguro de que aquel hilo de humo se originaba en su cuadrante.
Pero lo peor estaba aún por llegar.
El ruido ensordecedor de las aspas de un helicóptero se aproximó hacia la Oficina Central de los Rangers y, desde la parte trasera, aparecieron dos aeronaves movidas por este tipo de rotor que aterrizaron en la amplia explanada frente al edificio. La corriente de aire levantada por las aspas y el ruido insoportable, hizo que los oficiales presentes se encogieran en sus lugares y taparan sus oídos. Todos excepto Diecisiete, que ni siquiera parpadeó mientras observaba el fuselaje de aquellos artefactos voladores, su cabello negro azotado por la violenta corriente. Eran de color gris oscuro con tres letras pintadas en blanco en la parte trasera, formando un logotipo que reconocería en cualquier parte: MIR.
El viento que levantaban los dos helicópteros disminuyó poco a poco y las portezuelas de estos se deslizaron para abrirse. De uno de ellos descendieron varios hombres armados y preparados como para invadir terreno enemigo, en el pecho del uniforme que llevaban también podían leerse las mismas siglas de la organización. Del otro se bajó un hombre vestido con un traje negro y con lentes oscuros, que se agazapó levemente al avanzar bajo las lejanas aspas de la aeronave en dirección a los atónitos Rangers.
—¿El Jefe de los Rangers? —preguntó, al llegar frente a Diecisiete.
Él frunció el ceño y señaló con el pulgar hacia atrás. El tipo se quitó los lentes y miró a los cuatro agentes que permanecían absortos, en el porche, hasta que uno de ellos se le acercó.
—Yo soy el oficial al mando —informó el Jefe.
Un cordial apretón de manos precedió a una sorprendente explicación.
—Disculpe la intromisión —dijo el hombre, educadamente—. Somos del MIR, una organización privada que se dedica a la protección de especies en peligro de extinción. Esta noche, unos furtivos equipados con armas y vehículos especiales, se colaron en una de nuestras reservas, mataron al equipo de vigilantes que se encargaba de la protección de la zona y nos robaron una de las criaturas más valiosas que tenemos: un bégimo. Les hemos estado persiguiendo durante...
El Jefe entornó los ojos y alzó una mano para detener la perorata inacabable del hombre de negro.
—Perdone, creo que no entendí bien… ¿Ha dicho usted un bégimo? —preguntó. Aún no salía de su asombro.
—Entendió usted perfectamente, señor.
Diecisiete miraba de soslayo a los dos hombres, escuchando atentamente la conversación. No sabía qué carajo era un bégimo. No disponía de la información correspondiente a aquella especie en sus archivos. Probablemente, Gero no le vio utilidad al hecho de proporcionarle aquellos datos.
De lo único que estaba seguro era de que aquel espectacular despliegue del MIR no le gustaba nada.
—Como le decía, hemos estado persiguiendo durante horas al avión de carga que transportaba la criatura. Hasta dos veces han desaparecido de nuestro radar pero nuestros técnicos consiguieron localizarles de nuevo. Lo último que sabemos es que el piloto perdió el control y el avión se ha estrellado aquí, en el Royal Nature Park. La última vez que la aeronave estuvo activa en las pantallas de nuestro radar fue cuando sobrevolaba a muy baja altura la zona sur, cerca de una gran masa de agua.
—Mierda… —masculló Diecisiete. Cerró los ojos y chasqueó la lengua.
Lo sabía. Su cuadrante.
—Ese bégimo es el último que queda en el mundo —prosiguió el agente del MIR—, igual que muchos especímenes que tenemos en la isla. Los Bégimos...
Diecisiete ya no escuchó nada más. Se alejó de la conversación y sacó su walkie.
—Ruby, aquí Diecisiete —dijo, pulsando el botón. Y aguardó la respuesta de ella.
Pero no recibió nada.
—Ruby, responde —repitió el llamado. Y de nuevo se hizo el silencio.
Guardó el walkie y sacó su teléfono móvil. Lo desbloqueó a toda velocidad y buscó entre las últimas llamadas recibidas. Pulsó el botón verde y escuchó el tono de llamada.
Tragó fuerte, una sensación muy desagradable de vacío sacudió su estómago. Ruby jamás tardaba más de cuatro tonos en responder. Ya llevaba nueve.
Resopló, volteó y vio que su Jefe aún hablaba con aquel tipo del traje negro.
—Voy a buscarles —dijo, interrumpiéndoles. Y guardó su teléfono en el bolsillo.
—Claro Diecisiete, podrías también guiar a los agentes del MIR, de paso, hasta la zona del accidente y… —comenzó a proponerle el Jefe, con aire despistado.
Pero cerró la boca, instantáneamente, al ver la expresión amenazadora de los ojos gélidos del androide, mirándole con desprecio.
—¿Guiar? Y una mierda —farfulló.
Les dio la espalda, corrió dos o tres zancadas y alzó el vuelo a toda velocidad.
Aquella situación, con él mismo dispuesto a peinar cada rincón del parque en pos de encontrar a Ruby, le resultaba demasiado familiar. Como un déjà vu.
Ruby era un imán para los problemas, siempre lo había sido.
En el suelo, el tipo del traje le miró alejarse, asombrado.
—¿Quién es ese tío? —preguntó, jugueteando con las patillas de sus lentes.
—El "arma secreta" del Cuerpo de Rangers —informó el Jefe—. Y también el oficial más rebelde de todos —añadió, y prendió un cigarrillo—. Y el más cabrón —finalizó, cerrando con un gesto seco la tapa de su encendedor.
—El arma secreta, ¿eh? —musitó el agente del MIR.
—Ajá —confirmó el Jefe—. Dígale a su piloto que le siga y que no le pierda de vista —dijo entonces—. Les llevará hasta la zona del accidente y podrán recuperar su criatura. ¡Mot, Jimmy! —exclamó, dándose la vuelta y finalizando la conversación con el MIR—. Sacad los coches y llamad a todos. Nos vamos a buscar a Ruby.
…
En estado de shock, con aquel devastador zumbido resonando aún en los oídos, Ruby miraba, sin ver, a Adler y Alec comprobar el estado de los coches. Estaban completamente inutilizables, meras piezas de carrocería deformadas siniestramente.
Aún no podía creer que estuvieran vivos.
Miró a Blake. Permanecía en silencio, sentado en el suelo. Auri se aferraba a la mano de Ruby y trataba de contener los sollozos. Estaba realmente asustada.
Y Ruby jamás se había sentido más desprotegida. Se daba cuenta tras aquel golpe de realidad que acababan de sufrir de que ella sola, embarazada o no, no podía protegerse a sí misma y a sus hijos de todo mal. La suerte era lo que había estado de su lado aquella vez y la idea la hacía estremecerse.
Las vidas de todos pendían de hilos tan finos que corrían el riesgo de romperse en cualquier momento.
Suspiró. Lo único que quería y en lo que era capaz de pensar con claridad era contactar con ÉL. Le necesitaba más que nunca.
Acababa de percibir su propia fragilidad de un modo cruel, y pensó en todas las veces que Diecisiete le había llamado "chica frágil". Era una verdad demasiado grande. Sobretodo ahora.
Acarició su vientre con la mano libre y su labio inferior tembló. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Era horrible sentirse tan inútil, tan desprotegida e indefensa, tan impotente ante un peligro así. Sentir que lo único que deseaba era preservar la vida de sus hijos y saberse incapaz de ello.
Limpió rápidamente la primera lágrima que rodó mejilla abajo, y miró de soslayo a los niños. Ninguno de los dos había visto su momento de derrumbe.
No, no podía dejarse llevar por el pánico. Y sí, era una chica frágil, pero debía sacar entereza de donde fuera, debía transmitir fortaleza y tranquilidad a sus niños, sobretodo a Auri, quien no era capaz de alejarse ni un centímetro de su pierna. Ellos la necesitaban con los nervios templados.
Ruby respiró hondo varias veces, con los ojos cerrados. Despacio, se dejó invadir por la calma, por la racionalidad. «Valor... Sangre fría», pensaba para sí misma, dictándose las directrices a seguir en aquel instante.
Si no pensaba con claridad no podía proteger a sus hijos.
Diecisiete les encontraría, pero hasta que eso sucediera ella era el sustento de Blake y Auri.
Y todo terminaría bien, estaba segura. Habían sobrevivido y, no sólo eso: estaban ilesos. Sólo era cuestión de tiempo que Diecisiete diera con ellos.
—No hay nada que hacer. Con esto no iremos a ningún lado —informó Adler.
Entre él y Alec habían logrado apartar aquella gran rama que había caído sobre el todoterreno descapotable de Adler, rompiendo la luna delantera y doblando la columna de dirección del volante.
—Deberíamos avisar a la Central —musitó Ruby, hablando por primera vez desde que todo pasó. Y su voz sonó algo débil—. Aunque seguramente lo habrán escuchado todo desde allí.
—Tienes razón —concedió Alec, y sacudió sus manos—. Tenemos que regresar allí arriba y recuperar los walkies. Oye, cielo —dijo entonces, y acarició la mejilla de Ruby, un gesto que, al estar despistada, le provocó un pequeño respingo—, ¿estás bien?
Ella le observó con sus ojos enormes antes de responder. En otro momento de su vida, se habría enterrado en los protectores brazos de Alec y habría llorado hasta quedarse sin lágrimas. Pero ahora no podía hacer algo así. No tocaba aún dejarse llevar.
Asintió, irguiéndose y adoptando una pose de seguridad, mientras los bracitos de Auri rodeaban sus caderas.
—Sí, no te preocupes. Vayamos a buscar esos walkies.
…
Volaba sobre los árboles directamente hacia la columna de humo que ascendía hacia el cielo, con el sonido del rotor de uno de los helicópteros justo detrás. Aceleró. No le importaba el MIR, no le importaba su maldita criatura.
Sólo quería encontrar a su familia.
Y al reducir la distancia hasta el lugar del siniestro sintió una presión extraña en la boca del estómago: náuseas. El humo salía precisamente del risco de las Tres Hermanas.
La respiración se le aceleró. Sus sentidos se agudizaron y miró con ojos desencajados los restos en llamas del avión que ya podía distinguir desde donde estaba.
Su mente bloqueaba la idea de que su familia hubiera resultado herida o… algo peor. Pero era casi imposible que un ser humano sobreviviera a un accidente así.
La sugestión que experimentó al ver aquel horror le traicionó y se imaginó a sí mismo buscando en medio de los amasijos de hierros, bajo planchas metálicas, entre los restos calcinados del avión, algún pedazo de tejido, alguna prenda de ropa, algo que le resultara familiar. Y no quería encontrarlo, no quería ver un zapato perdido de Auri o el tirachinas de Blake. No quería encontrar un retazo de la camisa blanca con bordados que Ruby vestía aquel día.
Diecisiete comenzó a temblar y le invadió una sensación muy extraña, como un sudor frío.
—¡Ruby! —la llamó en medio de su vuelo, y aceleró, desesperado.
Tenía que encontrarles, necesitaba comprobar que estaban a salvo.
Pero antes de llegar a la zona del accidente, divisó por debajo de sí, la zona de aparcamiento en la que solían estacionar los vehículos que no cabían por el estrecho sendero que ascendía hasta la cima.
—No... —susurró, y la voz se le murió en la garganta a mitad de palabra.
El coche de Ruby con una hélice del avión incrustada en la puerta del conductor. El rostro se le deformó en una expresión de desesperación y de terror.
Su espíritu rebelde y arrogante, y la certeza de saberse más poderoso que el mismo Kamisama que protegía a la humanidad le había desmarcado siempre de pensar en modo alguno en divinidades o entes superiores. No había nadie superior a él. Y por eso Diecisiete jamás en su vida había rogado. Hasta aquel momento.
Un milagro era lo único que le quedaba, él no podía hacer nada por ellos. Lo que sentía iba mucho más allá de la impotencia y la rabia que ya había sentido anteriormente. Estaba experimentando el terror de perder a su familia y aquella sí era la peor de las pesadillas.
Se estaba dando cuenta de cuánto les necesitaba. No podría vivir sin ellos, ya no.
Le abrumaba pensar en encontrarse solo después de haber tenido tanto… De haber tenido TODO.
Frunció el ceño y volvió en sí, tratando de mantener la calma. Se estaba dejando llevar.
De todas las sensaciones que había aprendido a identificar durante su vida, aquella era la peor, porque invadía su mente con imágenes escalofriantes que no podía controlar y que, en realidad, no habían sucedido.
Ninguno de los horrores que Diecisiete estaba imaginando había ocurrido aún.
Y, pensando en ello, descendió y oteó la zona. Se armó de valor y miró el interior del habitáculo cortado en dos de aquel modo tan horrible y, entonces, un suspiro de alivio salió de su boca de forma automática. El coche de Ruby estaba vacío y no había rastro de que hubiera habido alguien allí en el momento en que sucedió todo aquello.
Tampoco en el otro coche había nadie. Su paciencia y su autocontrol estaban rozando límites desconocidos.
Se elevó y retomó el rumbo directamente a la zona del accidente. La sensación de náuseas de su estómago regresó en cuanto visualizó las llamas.
Y entonces escuchó un aullido. Reconocería esa llamada en cualquier situación.
Era Tristan.
...
El espectáculo en la cima del risco era dantesco. Una de las rocas que daban el nombre al lugar, las Tres Hermanas, había desaparecido: contra ella se había estrellado la aeronave de carga, precisamente el lugar en el que Ruby y Auri habían estado comiendo un tentempié, horas atrás.
No. No debía pensar de nuevo en eso. Auri y Blake estaban bien, y habían subido de nuevo al risco para buscar los walkies o su teléfono móvil. Pero la zona devastada era también el sitio en el que ella había dejado sus pertenencias y el estado en que se hallaba todo pocas probabilidades dejaba de encontrar algo que aún funcionara.
Había restos del accidente aéreo por doquier, y de algunos de ellos ascendía el humo negro resultante de la combustión de queroseno derramado. Si los fuegos no se hubieran iniciado en zonas desprovistas de vegetación se hallarían sin duda ante el inicio de un incendio forestal.
Todo indicaba que el tren de aterrizaje había impactado contra el suelo del risco y el avión se había deslizado por él, arrastrando la barriga por toda la extensión de la enorme planicie, sin posibilidad alguna de controlar velocidad o trayectoria, arrasando con todo lo que había allá, árboles centenarios, rocas míticas, etc.
Una de las alas se había desprendido del fuselaje y su hélice había salido despedida a través del bosque. Era la que había terminado finalmente clavada en la puerta de su coche.
Adler y Alec se acercaron a los restos de la cabina del avión, que se hallaba incrustada en los troncos de los árboles que rodeaban y delimitaban la cima, y cuyas raíces habían sido arrancadas por el choque. El habitáculo principal de la cabina, el del piloto, estaba deformado y apenas podía distinguirse algo a través de los cristales rotos. Pero había salpicaduras de sangre en la parte interna de estos.
Alec volteó y caminó hacia Ruby, era imposible que alguien hubiera sobrevivido a aquel accidente. Y por su expresión y la falta de color de su rostro, ella entendió el mensaje.
Ruby mantuvo a sus niños lejos de los restos del siniestro en todo momento. Sabía cómo quedaban los cuerpos de las personas en un accidente aéreo y no deseaba que Auri o Blake divisaran algo tan aterrador como cadáveres o miembros mutilados.
Alec se acercó a Ruby y los niños esbozando una sonrisa tan forzada que se asemejaba más a una mueca. Ella suspiró.
—Me parece que encontrar los walkies va a ser una tarea imposible —dijo la chica. Y Alec se limitó a asentir, pensativo.
Sólo podían esperar a que los Rangers y los Bomberos aparecieran para encargarse de la situación.
—Quiero a mi papá… —musitó Auri, entonces.
Ruby suspiró y acarició su cabello. Estaba siendo muy duro para ellos, y aún así, esa era la primera vez que Auri expresaba cómo se sentía. Y era completamente comprensible.
—Yo también, cielo. Pronto llegará, no te preocupes.
Auri abrazó su pierna y no dijo nada más.
La vista de Ruby buscó entonces a Blake. Sentado en el suelo, de nuevo, cerca de ellas y al lado de Tristan, el niño miraba sus propias manos, sin verlas. Estaba ausente, en completo silencio. Con lo sensible que era, Ruby no dudaba que en cuanto todo hubiera pasado y se hallaran de nuevo en casa Blake necesitaría hablar de todo y desahogarse.
Estaba ansiosa por volver a casa. Por estar en el salón y prepararles a los niños un par de refrescos, mientras escuchaba a Diecisiete y Auri intercambiar sus acostumbrados argumentos.
¡BUUM!
El sobresalto fue general. Los niños y Ruby se miraron entre ellos, asustados, y el estruendo volvió a sonar.
¡BUUUM!
Auri se ocultó tras Ruby y ésta miró a Alec y a Adler, quien aún se hallaba cerca del fuselaje. Ambos observaban el compartimento de carga de la aeronave, la parte que había resultado menos dañada, y el lugar del que provenían los violentos golpes. Eran como los que provocaría un gran ariete golpeando la compuerta desde dentro.
¡BUUUUUM!
Con el tercer y último golpe, el único gozne que aún sujetaba la enorme compuerta de carga se desprendió y esta cayó, revelando su interior.
—¡Por Kamisama! —susurró Ruby. En un acto reflejo, agarró a su hija de un brazo, obligó a Blake a levantarse y retrocedió unos cuantos pasos, preparada para correr sendero abajo, hacia la zona de aparcamiento.
El bramido del bégimo resonó en la zona del accidente y el monstruo resopló violentamente, mirando a su alrededor de forma amenazadora. Debía medir aproximadamente seis metros hasta la cruz. Tenía el cuerpo de un gigantesco y monstruoso león, una musculatura muy desarrollada y unas garras delanteras enormes, con uñas largas como espadas. Tenía los dientes afilados y unos colmillos que se asemejaban a los de un Dientes de Sable. Unas púas que parecían de acero nacían de su espalda y su lomo estaba cubierto de pelo espeso y áspero. El resto de su cuerpo, de color violeta, se hallaba desprovisto de pelo y su piel, cubierta de escamas, brillaba. Los ojos amarillos se posaron enseguida sobre Ruby y los demás y adoptó una actitud de amenaza.
Adler llegó corriendo y se posicionó junto a Ruby.
—¿Habíais visto alguna vez…? —comenzó a preguntar Alec, asombrado.
—Nunca —respondió Ruby sin quitarle ojo de encima al animal.
Intentó liberarse, pero al dar un paso hacia el exterior, la cadena con la que aún estaba sujeto a la nave por la pata trasera llegó al límite de su longitud y le detuvo. Eso fue suficiente para provocarle otro bramido que les hizo encogerse.
—¿Cómo puede haber sobrevivido a algo así? —preguntó Alec, más para sí mismo que buscando una respuesta válida, mientras hacía un gesto con las manos señalando los restos del accidente.
—Los bégimos son animales muy fuertes, tienen una piel muy dura y resistente —respondió Adler.
—Ojalá pudiéramos contactar con la Central. Este animal es muy raro, yo creía que ya estaban extintos… —musitó Ruby.
Adler soltó una risotada entre dientes.
—De hecho este precisamente es el último que queda en el mundo —dijo el veterinario.
—¿Cómo puedes saber eso?
—Porque el último bégimo registrado mundialmente está bajo la tutela de una organización privada que se dedica al rescate de especies en peligro de extinción... —dijo Adler. Ruby entornó los ojos. ¿Estaba hablando de lo que ella creía? Pero antes de que pudiera preguntar nada, Adler finalizó su explicación—, y yo fui quien les ayudó a rescatarlo de una red de tráfico de animales. Lo reconocería en cualquier parte porque tiene una cicatriz en la pata, con forma de estrella.
Los ojos de todos se posaron en las enormes garras delanteras del bégimo y, allí, en la pata derecha, tenía una marca con forma de asterisco que parecía haber sido causada por un objeto punzante.
Al verse observado el animal enseñó los colmillos y se abalanzó hacia ellos. El gesto les pilló desprevenidos y retrocedieron inmediatamente, pese a saber que se hallaba sujeto por una gruesa cadena y que no podía acercarse.
Era una criatura en verdad perturbadora.
—Atrás —masculló Adler, mientras, él mismo retrocedía cuatro o cinco pasos más—. Cuanta más distancia pongamos de por medio, mejor. Los bégimos tienen un sistema ofensivo que los científicos llaman fulgor helado. Descomponen molecularmente el agua que consumen y utilizan el hidrógeno en estado líquido, para lo que son capaces de disminuir la temperatura hasta más de los -270º necesarios para fusionar el hidrógeno. Luego lo expulsan a través de la boca. El fulgor puede llegar hasta más allá de los quince metros de distancia —explicó, y miró pensativamente al animal—. Por eso fue que dejé las exploraciones —confesó.
El monstruo se sacudió una vez más, tratando de liberarse, sin éxito.
Pero entonces sucedió algo inesperado.
Tristan, que había permanecido obedientemente junto a ellos y en silencio, alzó las orejas y se irguió, poniéndose al acecho. Nervioso, comenzó a lloriquear y, casi enseguida, sus aullidos resonaron en la explanada superior del risco.
Sucedió todo tan deprisa que no les dio tiempo apenas a reaccionar. Como respuesta a los aullidos del lobo el bégimo entró en cólera, forcejeó violentamente con la cadena que le sujetaba al fuselaje de la nave y, en un par de sacudidas más, la arrancó de la pared del aparato.
Al quedar libre cargó inmediatamente contra ellos.
Inconscientemente, Ruby empujó a Auri hacia detrás y gritó.
—¡Corred! —Blake y Auri se tomaron de las manos y se precipitaron hacia el sendero, mientras la pequeña lloraba a lágrima viva.
—¡Mamá!
Ruby se colocó entre el monstruo y sus hijos y cerró los ojos. De todas formas ya había comprobado que su vientre no le permitía correr.
No había forma de que sobreviviera a aquel ataque. Iba a morir.
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Nota de autora
Cuando eres madre sabes que tus hijos dependen completamente de ti, que necesitan la seguridad que les transmites, y no puedes flaquear, no ante ellos. Porque en tu fortaleza ellos se agarran, y si te debilitas ellos caen. Esa es una parte de la maternidad muy dura y cruel para los padres: dejas de pensar en ti para anteponer a tus hijos, siempre. Y Ruby la experimenta de forma natural tras vivir esa experiencia tan traumática. Ya habrá tiempo de llorar cuando ellos no miren.
Diecisiete, por su parte, descubre también el pánico, pero desde el punto de vista de un padre destrozado por la incertidumbre. Es un sentimiento muy humano y tan destructor que puede llegar a anular la capacidad de raciocinio. Y la frialdad de Diecisiete nunca se había visto en jaque de aquella manera.
De nuevo se halla ante la misma tesitura que hace años, cuando destruyó el laboratorio de Spark. Entender y asumir que el amor está intrínsecamente ligado al sufrimiento, al miedo a que les suceda algo a los suyos.
¡Muchas gracias por leer!
Dragon Ball Akira Toriyama
