Capítulo 55: Aporia (Desesperación)
-"¿Quién?"
Aioria, Mü y Aldebarán tornaron su total atención a Milo. Incluso Shaka pareció sorprenderse un tanto ante la extraña declaración del Escorpión.
-"Kanon."
-"¿Y ese quién rayos es?"- Aioria exigió una explicación. Colocó sus puños cerrados a cada lado de su cintura y cerró los ojos mientras invocaba paciencia a los Dioses.
-"El hermano gemelo de Saga."- La respuesta de Milo causó aún más sorpresa que la que el nombre por sí mismo ocasionó. Mü disimuló como mejor pudo su asombro. Aldebarán alzó las cejas y entreabrió su boca. Aioria espetó algo que pareció ser un: '¿Tenía hermano?', mientras que Shaka lanzó un suspiro que pareció ser de alivio.
-"Como su constelación guardiana."- Aclaró Virgo. –"Era de suponer que las estrellas elegirían a unos gemelos como candidatos a la Tercera Armadura."
-"Nunca oí de algo semejante."- Leo, indignado, se cruzó de brazos. –"Si desde siempre hubo dos candidatos a Géminis ¿cómo es que no escuchamos hablar de este Kanon antes?"
-"Solía esconderse de la gente. No gustaba del Santuario."
-"Saga fue el elegido para ser Santo Dorado."- Aldebarán comenzó a sonreír como si hubiera resuelto un gran acertijo. –"No es de sorprender que su hermano quedara resentido y que decidiera irse del lado de Poseidón."
Milo sabía que los motivos de Kanon debían de ser un tanto más complicados que eso. Sin embargo, él mismo no entendía del todo lo que ocurría, por lo que optó callar.
-"Sorrento."
Kanon de Géminis acababa de sacar a Fénix de su camino. Apenas comenzaba a regodearse en su éxito cuando, una vez más, fue interrumpido por Sirena.
La música del General Marino inundaba el ambiente.
-"Dragón del Mar, ¿no deberías estar en el Pilar del Atlántico Norte?"- Su actitud resultó ser aún más presuntuosa que lo usual. Era como si se jactara de saber algo que Kanon no.
-"El Santo de Fénix intentó llegar a Poseidón hace un momento. Por eso vine. Aún cuando son solo Caballeros y no podrían atacar de frente a nuestro Señor, lo consideré correcto."
-"Oh."- Finalmente separó del todo sus labios de su flauta. –"Creo que lo entiendo."- Su rostro continuaba sereno pero arrogante. –"Nosotros somos la élite de la armada del Señor Poseidón. Somos en quienes confía para liderar a nuestra gente a la Utopía que caerá cuando termine la inundación. Por lo tanto, si deseamos triunfar en la Tierra, debemos ser superiores a los Santos que protegen a Atena. Eso claro, siempre que hablemos de los que somos realmente fieles a nuestro Señor."
-"¿Qué?"- Bajo su casco, Kanon frunció el ceño.
-"Justo ahora que Poseidón lucha contra la voluntad de Atena ¿es normal que sus Generales más poderosos no estemos en nuestro puesto?"
-"Sirena, ¿tienes algo que decir?"
El cosmo de Sorrento se elevó un tanto. Kanon le respondió con una sonrisa socarrona.
–"Sabes bien de lo que hablo, Dragón Marino. Sabía que eras el hermano menor de Géminis, pero no sé cómo llegaste a ser una Marina. Tenemos que confiar entre nosotros. Sin embargo, ahora que lo pienso, fuiste tú de entre todos el primero que con el Señor Poseidón-"
Kanon lo interrumpió con una sonora risa.
-"Sirena. Si aprecias tu vida te callarás."
La discusión, sin embargo, tuvo que ser dejada para otro momento. Un cosmo se acercaba al Pilar de Sorrento, por lo que cada General partió inmediatamente a su Pilar respectivo.
-"Esos muchachos son impresionantes."
Ante el nerviosismo, Aldebarán sonreía. El resto decidió permanecer en silencio.
Los Santos de Bronce una vez más habían probado su habilidad de escapar de la muerte. Andrómeda peleaba con Sorrento de Sirena mientras Pegaso, Cygnus y Dragón se enfrentaban cara a cara con Poseidón. Aunque nadie la pronunciaba, todos los Santos de Oro tenían la misma idea en mente 'Tres Santos del más bajo nivel enfrentándose a un Dios: tendrán suerte si después de la batalla queda el polvo de sus huesos.'
Ante aquella imagen, Aioria decidió continuar con su descenso.
-"No puedo permanecer por más tiempo sin hacer nada. Iré y me uniré a los Santos de Bronce."
-"Aioria."- Mü aún estaba dispuesto a retenerle. –"¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Si no cambias tu modo de pensar tendré que matarte por rebelarte ante Atena. Serías igual a un traidor."
-"¿Escuché bien? ¿Dijiste que me matarías?"
-"No quisiera, pero tendría que hacerlo."
Ambos se prepararon para combatir.
-"Basta, señores."- Las palabras del Escorpión interrumpieron nuevamente su discusión. –"¿Qué obtendrán de pelear entre ustedes? Tenemos la obligación de hacer algo. De lo contrario los Santos y Atena estarán muertos."- Se dirigió más a Mü que a cualquier otro. –"Todos nos hemos reunido aquí para pelear con todo nuestro poder y salvar a Atena. ¿No es cierto?"
Mü asintió. El Santo de Aries dudaba; eso era obvio para todos. Tal vez no sería tan difícil convencerlo. Aún así, cualquier argumento que Milo pudo haber armado fue borrado por un destello de luz que cruzó el cielo con dirección al Mediterráneo.
-"Pero... ¿qué..."- Aioria fue el primero en articular palabra. –"Viene de la Casa de Sagitario."
-"Va a ayudar los Santos de Bronce."- Fue la simple conclusión de Virgo.
Aioria sonrió triunfante.
-"Mü, tal parece que ni el Maestro pudo detener a mi hermano Aioros."
-"Aún hay esperanza."- Aldebarán sonrió ligeramente aliviado. –"Además, Poseidón aún no despierta del todo. Puede que puedan vencerlo."
El Pilar del Atlántico Sur no tardó mucho tiempo en caer.
Mientras Mü, Shaka, Aldebarán y Aioria centraban su atención en el interior del Templo de Poseidón, Milo se conformaba en estudiar lo que ocurría en su exterior.
-'Estás vivo.'- Pensó. –'Después de todo estás vivo.'- Milo no estaba seguro en qué momento se había casi convencido de la muerte de Kanon, pero el sentirlo de nuevo en el mundo le regresó un poco de la esperanza que había perdido.
Kanon sí había escapado del Cabo Sunión.
No.
Posiblemente la presencia tan cercana al Templo Submarino ocasionó que el alma del Dios despertara después de un largo sueño. Era probable que Poseidón liberara a Kanon a condición de que éste se convirtiera en su General Marino. Con toda seguridad Kanon aceptó esta oferta. Después de todo lo que había sufrido merecía ser liberado. Incluso si eso significaba convertirse en lacayo del Dios.
-'Estás vivo.'- Escorpio sonreía levemente (no quería que sus compañeros lo notaran).
Desafortunadamente, su felicidad no duró demasiado tiempo, pues pronto recordó que el enemigo de Kanon no era otro más que el Fénix.
Trece años.
¿Tanto tiempo había sido ya?
Habían pasado trece años desde la última vez que vio a Saga.
Desde que utilizaba a Poseidón.
Desde que recordaba al Santo de Escorpio con cariño y no con miedo.
Habían pasado más de una docena de años desde la última vez que puso un pie en el Santuario, aquel lugar que anegaba su mente de terribles recuerdos. Todos ellos provenientes de sus últimos trece días antes de convertirse en Kanon de Dragón Marino. Si bien desde un principio sus deseos fueron los de derrocar a Atena, su tortuosa estancia en el Cabo Sunión fue lo que realmente le dio el valor para hacerlo. Incluso a sabiendas de que en su batalla estaría solo.
Saga siempre dijo que él era diferente. Que era bondadoso. Que no era el demonio que su hermano siempre dijo que era.
Tonterías.
Si eso era cierto, ¿cómo fue que tuvo el corazón para hacerle a su propio hermano lo que le hizo?
El por qué el Cabo Sunión era el último castigo otorgado por la Diosa no era un gran misterio.
Durante todo el primer día de su estadía en prisión, Kanon gritó a todo pulmón el nombre de su hermano. Pasó horas esperando que Saga volviera. Que lo rescatara de ese horrible destino.
Pero él nunca regresó.
Pasaba cada mañana maldiciendo a Saga, a Atena y a sus Santos.
Por las tardes se limitaba a tratar de curar las heridas de sus manos. Aunque el agua salada cauterizaba con rapidez los cortes hechos por las rocas del Cabo, era la misma humedad la que impedía que los pliegues de su piel se unieran del todo. Jirones de pellejos comenzaron a cubrir sus manos y antebrazos. Sus dedos se hincharon hasta un punto grotesco y las zonas de su cuerpo cubiertas por ropa eran atacadas por la insistente fricción de los granos de arena con la tela.
Por supuesto que lo peor venía por las noches. Cuando el nivel del agua rebasaba el de su cuello, Kanon podía llegar a beber varios litros de agua salada. Sus extenuados músculos se rendían y su cuerpo trataba de aferrarse a las picudas rocas con solo sus emblandecidas uñas.
Se sentía más desesperado cuando, a causa del ardor, cerraba los ojos. Deseaba no volver a abrirlos. Deseaba poder soltarse de las piedras que se enterraban en las puntas de sus dedos y dejar que su cuerpo flotara sin importar si lo hacía boca abajo o boca arriba. Al menos una vez por noche el cerebro de Kanon detenía, por cansancio, las maldiciones proferidas hacia su hermano y la Diosa. Eran esos momentos en los que estaba a punto de darse por vencido.
Pero también era entonces que un desconocido pero apacible y poderoso cosmo recobraba sus fuerzas. Kanon nunca pensó demasiado en aquella energía. Su primera explicación fue que se trataba de algún Dios burlándose de él, permitiéndole vivir tan solo para que sufriera los mismos estragos una y otra vez. Esa idea pronto salió de su mente. Aquel sentimiento que el cosmo le ocasionaba era demasiado hermoso como para que fuera de alguien con malas intenciones. Dejó, pues, que aquel recuerdo permaneciera en su mente como algo demasiado puro como para ser entendido. Nunca lo volvió a cuestionar. Solo llegó a bendecirlo en sus momentos más desesperados.
La marea baja y los primeros rayos del Sol anunciaban al reo que había sobrevivido una noche más.
Kanon entonces esperaba que el mocoso, el ratoncito de ojos turquesas, bajara la blanca escalinata del Cabo y le diera una preciada botella de agua potable. Lo escucharía hablar de tonterías. Le prometería que escaparía en cualquier momento y le despediría ordenándole que no regresara.
Todo eso a sabiendas de que al día siguiente seguiría ahí y que esperaría al niño con ansias. Ansias no impulsadas precisamente por el hambre o la sed.
Después de todo, el aprendiz de Escorpio se preocupaba por él. El niño sabía que Kanon era un traidor y aún así se tomaba las molestias de robar comida y agua para luego dárselas a un desagradecido.
De no haber sido por el agua que el aprendiz de Ewan le daba, y por aquel dulce y reconfortante cosmo, habría muerto en un par de días. No tanto consumido por la sed o por el hambre, sino por la desesperación.
Aún así, sufrió lo insufrible. Cada que recordaba aquellos días sus piernas temblaban y sus ojos amenazaban con llenarse con lágrimas. Todavía, cuando se hacía consiente del intenso olor a agua salada que llevaba siempre consigo, su estómago se estrujaba con fuerza, obligándole a inclinarse hacia adelante, presionando su estómago con ambas manos como si con ello pudiera calmar las violentas contracciones de sus viseras. Todavía en las noches solía levantarse violentamente después de revivir su agonía en pesadillas. Todas las noches dudaba en irse a la cama a sabiendas de que si lo hacía, no pasaría mucho tiempo antes de que su cuerpo comenzara a sentirse volando entre las sábanas; flotando de un lado a otro del mismo modo en el que lo había hecho en el Cabo.
Pero pronto, pensaba, todas esas desagradables emociones lo abandonarían.
Su venganza estaba a punto de ser consumada y no permitiría que nadie se interpusiera en su camino. Con su odio llevaría a la Tierra a su fin. Ahora serían los demás los que se sentirían atrapados entre enormes columnas de agua. Serían ellos los que suplicarían por una ayuda que nunca llegaría; los que sufrirían de la desesperación y el pánico.
Pero Kanon era más bondadoso que Atena o que Saga: él le concedería una muerte rápida a sus enemigos.
Acabaría con todos. No le molestaba la idea de quedar solo en el mundo. Tampoco le inquietaba el pensar en que su venganza seguramente terminaría acarreándolo a su propia muerte.
Todo estaría bien siempre y cuando el cosmo de Atena se consumiera. Su propia muerte, la de su hermano y la del resto de los seres humanos valdrían la pena con tal de sellar el alma de la descarada Hija de Zeus.
Pero...
¿Qué era ese incesante dolor en su pecho?
¿Qué era lo que le causaba esa angustia? ¿Esos deseos reprimidos de llorar?
¿Sería acaso el cosmo que se le acercaba? ¿Serían las presencias de los Santos de Bronce ante Poseidón?
Quizás era la Armadura de Sagitario en el Templo del Crónida.
Mientras el Fénix renacía ante sus ojos, Kanon sudaba frío.
¿Qué era?
¿Qué era lo que le causaba esa horrible sensación de estar equivocado?
Comentario de la Autora: Un capie que originalmente me gustó mucho. Tal vez porque ahora ando cansada (XD y, lo admito, algo neurasténica), como que ya no me pareció tan bueno... pero espero que al menos no lo odien. El diálogo entre Kanon y Sorrento fue sacado del manga (me pareció que en el anime esa conversación estaba muy... mal traducida como para arreglarla). La escena en Aries tiene partes del anime.
Etto... hn... creo que eso es todo. ..
Gracias y que tengan un buen día.
