Ranma ½ no me pertenece.
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Advertencia: Las notas están muy, muy, pero muy largas y densas. Los advierto, más que la última vez que dije que estaban largas.
Espero disfruten del capítulo de hoy.
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Fantasy Fiction Estudios presenta:
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«He muerto dos veces y nací dos veces en esta vida» —Tsutomu Yamaguchi (1916-2010).
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S & S Detectives
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Por el futuro de una nación
Parte 37
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—Si ese día hubiera asesinado a tu madre, acabado contigo, el último eslabón de la cadena de los Okami, la verdad escrita en nuestros genes jamás se hubiera conocido, y la familia imperial hubiera quedado desprotegida. Ella hubiera ganado. Porque ella lo planeó haciéndonos creer en una guerra solo para darnos un propósito, y que no cayéramos antes en cuenta de su engaño. Ella quería eliminar a las auténticas espadas de Amaterasu, y para eso ella creó a las copias, las falsas espadas, usando la misma ciencia que robó de Susanoo, alterando los genes de Yamata-no-Orochi para que fueran sus títeres. Ella me creó, como creó a otros asesinos. A las katanas de Izanami, la impostora.
¡Tú eres mi espada! Es mi voluntad, debes matarlo, debes acabar con él, debes… ¡Debes destruir al falso kusanagi! Yo, Amaterasu, te lo ordeno.
—Puedo escucharla —respondió Ranma—. Jamás creí decir esto, pero esa bruja es más irritante que Kodachi.
—Quiere que te mate —dijo Saigo.
—Ya me di cuenta —respondió Ranma, cansado del dolor que le provocaba la imperativa voz de la diosa.
—Lo está gritando ahora hasta enloquecerme. Sus deseos están escritos en mis genes y pronto mi voluntad no será suficiente para resistirla. Lo he hecho los últimos años, sabiendo que si caía, me convertiría en… No, eso no —Saigo agitó la cabeza, como si estuviera sufriendo—. Necesitaba ganar tiempo, debía distraerla, que no me presionara más allá de mis límites. Tenía que darte el suficiente tiempo para que estuvieras preparado.
—¿Preparado? —preguntó el muchacho—. Habla ya, ¡¿de qué se trata todo esto?!
Takamori rio, y su risa iba aumentando. Su voz quebrada le indicaba que lo poco que quedaba de su cordura estaba desmoronándose.
—Investigando durante los últimos años pude armar las piezas faltantes —explicó Takamori Saigo—. Todo era una farsa. Amaterasu… Amaterasu duerme, no… no solo su cuerpo como otros primigenios, también su consciencia duerme... Sí, la traición de los Okami fue el golpe maestro de Izanami. Aunque hayan sobrevivido, la caída de la familia imperial provocó el debilitamiento de Amaterasu y pronto Izanami echó a andar los engranajes de su plan: la gran guerra, La Segunda Guerra Mundial.
—Eso no tiene sentido… —murmuró Ranma.
—El dolor, el miedo, la muerte… miles de millones de consciencias gritando de pavor —Saigo habló como si una fuerza superior lo estuviera poseyendo, provocándole bruscos movimientos que trataba de contener, con el rostro empapado de sudor—. Hiroshima fue el lugar escogido para provocar el despertar de la diosa de la muerte, la primigenia Izanami.
—¡No es verdad! —exclamó Ranma. Pero sus genes, sus células, su cuerpo, le decían lo contrario. La certeza estaba dentro de su ser y le confirmaba la horrible verdad, y como un eco lejano pudo escuchar los gritos de terror y el ensordecedor bramido de una gran explosión que lo quemó todo—. No, todas esas muertes… fue por la bomba…
—¿Bomba? —Saigo lanzó otra oscura carcajada—. La bomba atómica jamás fue lanzada, todo es una mentira, una tapadera con la que Izanami manipuló las conciencias y la información. Manipuló la historia para ocultar la verdad. Porque ese día, la debilitada Amaterasu ya no pudo retenerla; debilitado también el sello arcano de los antiguos que la tenían atada, por la aflicción de las conciencias de las multitudes de la que se alimenta la primigenia, su cuerpo consiguió despertar… Hiroshima fue el resultado de su primer pisar en este mundo.
—¡Ah!
Ranma pudo verlo, como si fuera un recuerdo propio. La inmensidad tornándose presente sobre una ciudad de casas tradicionales. El pánico de la gente. Una opresión sacudió sus corazones y muchos no sobrevivieron siquiera al susurrar de su voz, enloqueciendo, estallando sus cabezas como sandías maduras contra el piso. Otros tuvieron peor suerte y se volvieron bestias, deformados sus cuerpos y dientes bajo la sombra de la primigenia, que como una montaña cubrió a la ciudad, y cazaron a sus esposas, padres e hijos, devorándolos vivos. Era una imagen absurda, abstracta, una pesadilla horrible que lo hizo sentir náuseas. ¿Así era el despertar de una primigenia? Durante los siguientes días la ciudad desapareció, convertida en un infierno viviente de monstruosas deformaciones, cenizas rojas en el aire, cadáveres por doquier convertidos en alimento, sus carnes se mezclaron en una sola masa sanguinolenta que como hebras cubría todo, creciendo como la hierba. El cielo se tornó cobrizo, las abominaciones reptaron desde las profundidades de la Tierra. Los gritos se podían escuchar hasta las montañas.
—Amaterasu aunó sus fuerzas —dijo Saigo, y su voz pareció mezclarse con las imágenes que Ranma no podía dejar de ver, como una pesadilla de la que no se podía despertar—, más allá de sus límites, y también se levantó, aprovechando el desorden que Izanami provocó con su despertar en las fuerzas arcanas. Si todo seguía así pronto los sellos colapsarían y otros primigenios se levantarían, del mar, del desierto, del fuego profundo, y la Tierra llegaría a su fin. Pero Amaterasu realmente tiene cierta afección por la raza humana, hasta cierto punto, y no podía tampoco tolerar el triunfo de su enemiga sobre la tierra que creía propia. Su despertar provocó no menos destrucción, a los pocos días, en la ciudad de Nagasaki.
—Hiroshima… Nagasaki… Déjame adivinar, tampoco fue una bomba atómica, ¿verdad? —preguntó Ranma, con miedo.
Su mente le respondió. Pudo ver el despertar de Amaterasu, la bondadosa diosa del sol, y lo que vio no le pareció ni sagrado, ni luminoso, ni mucho menos bondadoso con la gente de la ciudad donde emergió la primigenia. Fue una maldita masacre. Realmente los humanos eran menos que los insectos para esos seres. Ranma sacudió la cabeza. No quería ver más.
Una luz, como una estrella, cayó del cielo. Seguida por otras más, como un bombardeo de luces sobre ambas ciudades.
—Las diosas combatieron hasta que sus cuerpos fueron sepultados bajo el fuego, que convirtió a las ciudades en lo que, la gente creyó después, era el resultado de las bombas nucleares —concluyó Saigo—. Al caer en debilidad, los sellos arcanos volvieron a apresarlas. Pero para mala suerte nuestra, la conciencia de Amaterasu, que estaba más débil, fue dormida, y su influencia desaparecida casi del todo.
—¿Dormida? —Ranma abrió los ojos sorprendido—. Entonces, la Amatarasu que escuchamos…
Takamori continuó, interrumpiendo a Ranma.
—La única que ha dirigido nuestros destinos, que le dio poder al Ishin Shishi y que todavía busca la muerte de la familia imperial por ser la gota de Amaterasu y la última señal de su poder en esta tierra. La misma que al comprender, tras tantos fallidos intentos, que su mayor impedimento no era la familia imperial en sí. No, su auténtico muro era el kusanagi de Amaterasu, que siempre conseguía una manera de detenerla. El último kusanagi fue el que la ayudó en su despertar…
—¿Qué? ¿Un kusanagi? —Ranma apretó los puños, furioso—. ¡Nagasaki quedó destruida por su culpa!
—Pero Izanami fue detenida y el resto del mundo siguió a salvo, por ahora —respondió Takamori—. ¿Qué son unos cuántos miles al lado de billones?
Ranma rabeó, no tenía una respuesta, pero no estaba de acuerdo.
—Ahora comprendes —dijo Saigo—, por qué Izanami concluyó que su mayor dificultad no era la familia imperial, sino su guardián, la obra más ingeniosa de Susanoo, el kusanagi. Airada por su gran derrota, planeó en su ira destruir la cuna genética donde son procreados los kusanagi —extendió los brazos y su katana brilló bajo el eterno sol—. Fuimos engañados, Ranma, desde el principio ambos lo fuimos. Al final los Okami también lo comprendieron, que fueron víctimas del mismo engaño al traicionar a Amaterasu. Se arrepintieron de su error al haber ayudado al Ishin Shishi a atentar contra la familia imperial. Entonces quisieron reparar el error, y lo primero que hicieron fue tratar de acabar con su más pérfida creación… con la nueva arma de Izanami que ellos mismos ayudaron a crear, revelándole al enemigo los secretos que guardaban de la ciencia de Susanoo.
—No puede ser —Ranma abrió los ojos ante la verdad—, tú… ¡tú no eres un kusanagi!
—No… No lo soy, Ranma. No como… tú —respondió con la voz raspada, ya casi no quedaba nada de su conciencia humana—. Ya no… Ya… No puedo más… Lo siento, Ranma.
Los ojos de Takamori Saigo se tornaron más oscuros que la noche sin estrellas, y su sonrisa calmada a pesar de los espasmos que lo sacudían, reveló que la poca razón que le quedaba, que había luchado por conservar año tras año para proteger al kusanagi y a su madre, sucumbió ante la demencia para la que fue creado originalmente. Entonces su cuerpo se movió preparándose para luchar, empuñó la katana de una manera diferente, en una postura que a Ranma no le costó reconocer como una variante de la que él aprendió de su abuelo, empuñando la katana también de manera invertida, cruzándola detrás de su espalda, con la punta asomándose por detrás de uno de sus hombros. Imitando el estilo secreto de los Okami que usaba Ranma.
—Los Okami tuvieron razón al tratar de exterminarme, a mí, su mayor error. Mis compañeros y yo, la última generación de katanas de los Okami del clan en que me crie, éramos los sobrevivientes del experimento. Ellos esperaron para ver si alguno daba frutos, como una flor polinizada, que las células de Orochi revivieran en nuestro ser… Yo fui el maldecido, y apenas lo supieron quisieron exterminarme, como hicieron con Ichi, sí, como hicieron con otros antes. ¡Quisieron borrar lo que ellos mismos crearon! Nunca fui un huérfano, ninguno lo fue, jamás nos recogieron de la calle, todo fue falso. Soy un producto de sus experimentos, uno de los pocos que sobrevivió a muchos intentos en que trataron de replicar al Kusanagi creado por Susanoo, inspirados por la malevolencia de Izanami. Yo soy el resultado, el único que sobrevivió ese día. Yo asesiné a mis creadores y a los otros espadas candidatos. ¡A todos!... Yo soy la espada negra de Izanami.
Ranma apenas consiguió ver el movimiento de Saigo, como un destello oscuro levantando una estela de agua en su embestida. Cruzó su espada desesperado justo a tiempo para detener la espada de Saigo, quedando sus rostros a pocos centímetros, separados solo por las hojas cruzadas bajo sus mentones, con el acero brillando bajo el cruel sol de la verdad. El rostro de Takamori ya no era el mismo, su deseo de matar a Ranma finalmente lo había superado. Porque siempre estuvo allí, latente, como una ansiedad que solo contenido por su consciencia había aguantado, hasta ese momento. La voz de Izanami era más fuerte, más ruidosa, más insistente, reclamando a su espada que cumpliera su propósito y acabara no a la familia imperial, sino a él, el kusanagi.
Takamori Saigo finalmente se había perdido en la oscuridad, consumida su consciencia para siempre.
—Yo soy el destructor del kusanagi y el puñal que atravesará el corazón de Amaterasu —dijo con una frialdad que a Ranma le heló la sangre—. Yo soy el Muramasa.
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Continuará
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Nota de autor:
Gracias a todos los que me siguen leyendo, con paciencia y decodificador, porque el tema está un poco denso. Tengo que tener cuidado cuando me divierto, porque no me mido y termino cayendo en mis ñoñerías de siempre, y tiendo a aburrir con mis fascinación por mezclar muchos temas a la vez.
Hablaremos ahora sobre el mito de la creación según el sintoísmo japonés. Originalmente solo existía el cielo y la tierra estaba desordenada como un aceite sin forma. Aparecieron en el cielo cañas de bambú del que nacieron los primeros dioses, que moraban en el cielo. Luego nacieron dos dioses hermanos, Izanagi (el hombre que invita) e Izanami (la mujer que invita), que por ser los más jóvenes fueron enviados por los demás dioses a ordenar la tierra. Para la tarea se les entregó una lanza adornada con muchas joyas llamada Ame-no-nuboko (lanza celestial). Ambos dioses hermanos descendieron entonces al Ame-no-ukihashi (puente flotante del cielo), y desde allí usaron la lanza, sumergiendo la punta en el mar, para ordenar el caos que imperaba en el mundo. Al sacar la lanza, de la punta cayó una gota de agua de mar que se coaguló convirtiéndose en una isla llamada Onogoroshima (la isla creada a sí misma), que sería actualmente la isla principal de Japón. Luego ambos bajaron a la isla y la habitaron construyendo allí su palacio.
El mito continúa. En el palacio edificaron un enorme pilar. Izanami e Izanagi caminaron en torno del pilar en sentidos opuestos, y cuando se encontraron del otro lado Izanami lo saludó primero, lo que a Izanagi no le pareció bien, pero de todas formas se unieron y dieron a luz a dos hijos, una criatura espantosa y deforme llamada Hiroku (niño sanguijuela) y una isla flotante llamada Awashima (isla débil). Se supone que al verlos los pusieron en el agua y los despidieron enviándolos al mar. Luego preguntaron a los otros dioses el por qué pasó esto, y les explicaron que estuvo mal que Izanami, siendo mujer, hablara primero a su esposo durante el ritual (no me digan, ¿y luego eso no es machismo?). Ambos dioses repitieron el ritual alrededor del pilar, pero ahora fue Izanagi el que habló primero a su esposa. Entonces se unieron y el matrimonio tuvo éxito, tuvieron muchos hijos, dioses que representaron a las otras islas de Japón, u ōyashima (las grandes ocho islas).
Ahora vamos a lo interesante (me sobo las manos). Durante el parto de Izanami en que dio a luz al kami del fuego, o Kagutsushi (encarnación del fuego), ella falleció por las heridas que le provocaron las llamas. Izanagi, furioso por la muerte de su esposa, asesinó al recién nacido, despedazándolo, provocando el nacimiento de otra docena de dioses de su cuerpo.
Izanagi no pudiendo soportar la pérdida de su esposa-hermana Izanami, descendió al Yomi-no-kuni (la tierra de Yomi), o el inframundo, para recuperarla. La tierra de los muertos es un lugar de oscuridad donde apenas si consigue ver, aunque consigue encontrar a Izanami, pero ella le dice que ya no puede dejar ese lugar porque comió alimentos de Yomi, y según las creencias sintoístas, el que come en el inframundo ya no lo puede abandonar. Izanagi insiste y le promete que irán juntos a pedirle al rey de Yomi que la deje en libertad. Izanami esperanzada acepta, pero le arranca una promesa a Izanagi para que mientras tanto no encienda ninguna luz, porque no la puede ver en su estado actual hasta que ella sea liberada.
Izanami, como buen mentecato de todo mito que se precie, no cumple su palabra dominado por la curiosidad y enciende un fuego para mirar a su mujer (estaría ansioso el hombre, después de todo, el complejo de hermana que tiene debe ser nivel otaku). Se lleva una desagradable sorpresa, pues descubre que su antes elegante esposa (cof, cof, y hermana), de piel tersa y suave y cabello lustroso, se ha convertido en un monstruo horrible, de carne putrefacta, órganos expuestos, ropas raídas, huesos a la vista, quizás un ojo colgando para darle su toque sexy. Izanagi, asqueado por lo que ve, la rechaza, e Izanami, enfurecida y dolida de que él no cumpliera su promesa, lo persigue para vengarse.
Entonces Izanagi escapa de Yomi siendo perseguido por Izanami y los guardianes del inframundo, y apenas consigue cruzar la salida, la cierra con una enorme roca. Pero esto no queda así, pues Izanami desde el inframundo lo amenaza, convertida en una monstruosa diosa de la muerte, dicta que para vengarse mil almas morirán cada día. Izanagi entonces le responde que si ella hace eso, él se encargará de que nazcan mil quinientas almas cada día. Y con ello se representa el ciclo de la vida y la muerte entre los pobres mortales que no tenían la culpa de que al Izanagi este, además de gustarle su hermana, la prefería más fresquita… Digo, además de incestuoso, es un pedófilo, ¡habrase visto! En su defensa podemos decir que no le hace a la necrofilia, que eso ya sería el acabose.
Poniéndonos serios y para darle un poco más de redondeo al mito, se cuenta que tras escapar Izanagi se dirige al río para lavar su cuerpo del pecado y la vergüenza por su falta al haber perdido a Izanami por no cumplir su promesa. Del agua que cayó de su cuerpo nacieron los tres dioses nobles del sintoísmo: la popular diosa del sol Amaterasu-ō-mikami; el agresivo dios del rayo, el mar y la batalla Susanoo; y el sabio dios de la luna Tsukuyomi.
Espero no haberlos aburrido. He recopilado varias fuentes para sacar lo mejor de cada una y hacerles este no tan resumen, pero que quisiera les sirviera para comprender un poco más sobre el sintoísmo, además de responder a sus preguntas, y también valorar lo importante que es Izanami, Susanoo y Amaterasu en la mitología japonesa. También comprenderán el por qué Izanami es la diosa de la muerte y es usada en muchos mangas, animes y videojuegos como una diosa maligna.
Ahora, para explicar la cita al comienzo, solo resta contarles que el señor Tsutomu Yamaguchi era un ingeniero japonés durante la Segunda Guerra Mundial, y tuvo la suerte o desdicha de haber sido testigo y sobreviviente de las dos explosiones atómicas, primero de viaje de negocios en Hiroshima, y a los pocos días estando en su puesto de trabajo en Nagasaki. Y aún así vivió hasta los noventa y tres años. No la cuenta tres veces.
Gracias por soportar tan aburrida lectura hasta aquí, ustedes siempre me motivan, y no teman que en lo posible intentaré siempre darme tiempo para responder a sus dudas como ahora. Gracias muy especiales a Rokumon, Azulmitla, Andy-Saotome-Tendo, Jessica, Denisse, y Aimi Tendo. Y a todos los que me leen en silencio, muchas gracias por todo.
Nos leemos mañana, con la esperada resolución de un combate que ha durado más de treinta entregas. XD
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Noham Theonaus
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