Ranma ½ no me pertenece. Pero si lo fuera, tendría un mejor final, fufufu...
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Fantasy Fiction Estudios
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Proyecto Idavollr 2017 - 2019
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Movía los pies casi por inercia. El frío era cruel, más que cualquier otra parte conocida de Midgard e incluso de Asgard. El hielo se escarchaba en las paredes de un túnel amplio y alto por el que corría una ancestral avenida. El rostro lo llevaba inclinado, como si su alma colgara penosamente de su cuerpo y toda su existencia pesara más que una tonelada. Sudaba, y el sudor que caía de su rostro al tocar el suelo ya lo hacía convertido en pequeñas estrellas de cristal, congeladas las gotas para la eternidad. El cabello oscuro lo tenía nevado hasta la trenza y más nieve y escarcha se había formado sobre sus hombros. El aliento se condensaba al escapar su boca con cada dificultosa respiración.
No quería mirar, estaba asustado de levantar los ojos, porque si lo hacía la vería otra vez morir. Estaba confundido, no sabía todavía si aquello eran recuerdos reales o tal vez solo ecos de millares de restos de almas que se mezclaban en el ginnugagap. Si algo pudo agradecer en su endeble y herida conciencia, era el que Akane no lo hubiera acompañado. Todas las ruinas estaban sumergidas en el miasma del abismo, demasiado peligroso, incluso letal para una mortal.
En su caso era diferente, él ya no era humano, no del todo. Su naturaleza como un ser híbrido del vacío lo protegía hasta cierto punto de una influencia tan directa y corrosiva.
Tropezó con una parte resbalosa del suelo y cayó de rodillas. Respiró con fuerza y el aliento formó una densa capa de vapor alrededor de su rostro. Estaba tan cansado, como si tanto dolor y desesperación, pesaran más que un mundo sobre su espalda.
—Akane, lo siento —murmuró Ranma—. Ya no puedo más. No… puedo…
De tantas voces, rostros, vidas y desgracias que había presenciado, muchas en muy corto tiempo, su propia voz le sonó extraña. Incluso el nombre de Akane casi le fue irreconocible al ser pronunciado por sus labios. Tampoco podía recordar como era su rostro, o esa sonrisa que sabía era tan especial, todo había desaparecido de su mente. No, no había desaparecido, solo que sus recuerdos más recientes de una vida mortal tan joven estaban sumergidos y mezclados con todos los demás, de pronto su vida junto a Akane en Nerima no era más que una pequeña gota de agua en el océano. Un mar de vivencias tan denso y profundo que no sabía de qué aferrarse para recordar quién realmente él era, y quién era la chica a la que estaba llamando por el nombre de Akane.
Entonces sintió una débil tibieza en la piel. Era algo tan tenue, apenas perceptible en el desgarrador frío que lo envolvía. Parpadeó confundido con las pestañas cubiertas de una fina capa de nieve. Su mano en el piso estaba tan helada como el suelo y cubierta ya de hielo. El calor que dio en el dorso de su mano era una pequeña mancha dorada.
Brillante, perfecta, de una pureza admirable. Esa pequeña mota dorada era en realidad la luz del sol que daba sobre su mano. Y al mirarla fue como si por primera vez viera la luz en su vida.
—Akane…
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IDAVOLLR
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La guerra de los hijos del vacío
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Vollr131
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I
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Ella se llamaba Akane la última vez que la perdí.
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Finalmente pudo recordarla, como si aquella pequeña luz sobre su mano abriera la puerta a todo lo cálido y dulce que una vez conoció en su vida. Eran los recuerdos más recientes, más vívidos, que todavía podía sentir en su piel. El día en que llegó a Nerima, la primera vez que la vio sonreír, o la vergonzosa pero deseable memoria de descubrir por accidente la piel desnuda de esa mujer. Todos los recuerdos comenzaron a ordenarse, escapando de la oscuridad donde estaban todas las demás escenas que había vivido dentro de las ruinas, de otras vidas y eras, de otras dimensiones. Finalmente, su mente, corazón y alma regresaban a él.
Todo gracias a esa luz que brillaba como la sonrisa de Akane, la que ahora podía recordar. Empuñó las manos y las levantó un poco para dejarlas caer otra vez con fuerza, golpeando el piso. El estruendo hizo temblar la estructura del túnel. Hielo y nieve, junto con polvo y rocas, cayeron del techo y rodaron por las paredes. Ranma apretó los dientes y gruñó. Se asustó de su propia debilidad y de haber sido casi devorado por el vacío. Alzó el rostro ahora sin miedo.
Ya no tuvo ninguna extraña visión, recién pudo percatarse de que estaba en un túnel en ascenso, que a pesar de su antigüedad le provocó una escalofriante sensación al parecerle la arquitectura muy similar a algo que ya conocía. Ese túnel no estaba compuesto de bloques de piedras ancestrales, ni murales con jeroglíficos cubrían sus paredes.
Ranma se puso de pie, libre del terrible peso que antes devoraba su alma. Giró la cabeza hacia atrás para descubrir que a sus espaldas el túnel se sumergía en un mar de miasma. Él había escapado de ese lugar sin saber cómo, caminando a ciegas entre milenarios recuerdos de quién sabe qué seres, pero lo había logrado. Al volver la vista hacia adelante descubrió que a unos cien metros el túnel había un bloqueo producto de los escombros, pero entre los grandes bloques de concreto se filtraban pequeñas manchas de luz, la que dio en su rostro bañándolo de un placentero candor.
Miró hacia los lados y también el suelo. Sí, estaba seguro, ese lugar más bien le pareció ser los restos de una moderna autopista. A pesar del desgaste y las grietas, todavía podía apreciar símbolos pintados en la superficie muy similares a las señales de tránsito de su mundo, y de las paredes del túnel colgaban carteles, incluso un par de pantallas ovaladas destruidas de diseño alienígena. No, eso no eran ruinas de una cultura ancestral, eran más bien los restos de una moderna carretera con una división en su centro de ladrillos de concreto, largos y delgados.
Tragó con dificultad. Ranma se sintió inseguro, incluso atemorizado. Su cuerpo todavía temblaba reacio a sufrir más como lo había hecho en las extrañas visiones que ahora se enredaban en su mente sin poder recordar los detalles importantes, como una pesadilla tras despertar. Ese dolor desgarrador seguía latiendo en su corazón, no quería revivirlo de ninguna manera, porque fueron más que visiones: realmente él los había vivido, estuvo ahí, sufrió la pérdida. ¿Y si más cosas así lo esperaban adelante?
¿O algo mucho peor estaba por descubrir?
Sus piernas también temblaron negándose a avanzar. Todo su cuerpo, mente y corazón parecían incendiarse de terror. Lo sabía, de alguna manera su instinto conocía qué estaba ante un nuevo y temible peligro, uno como jamás vivió antes.
Tuvo más miedo que incluso cuando creyó perder a Akane por primera vez en China. No, esto era mucho peor, algo más antiguo, atávico, como si estuviera dormido en lo más profundo de ese mar de miles de recuerdos que había sufrido, y que ahora emergía dándole caza.
Ranma sacudió la cabeza, no podía dejarse asustar por fantasmas del pasado. Allí, al final de las ruinas, lo esperaba el último pilar de Asgard. Akane, todos, necesitaban de ese pilar para conseguir salvar a Noatum de la destrucción de Asgard. No tendrían otra oportunidad, debía seguir adelante no importando lo que fuera a encontrar.
Una explosión de su hechizo destruyó la barrera de escombros. Al salir el sol bañó su cuerpo con generosidad, creyó haber vuelto a la vida tras un milenio bajo una tumba. Entonces descubrió que el túnel emergía a la mitad de una montaña alta y afilada como un colmillo, y continuaba en una autopista en el aire que todavía se mantenía en pie sobre columnas a una inconmensurable altitud, avanzando por en medio de una densa cadena montañosa. La nieve cubría las montañas y reflejaba la luz del débil sol, haciéndole casi imposible mirar de frente.
El aire era frío, casi glacial y congelaba sus pulmones. Su ropa entera se escarchó y aún el suelo de la autopista estaba cubierto por una brillante capa de hielo.
—Está frío… ¡Está endemoniadamente frío! —se quejó. Movió las piernas y se frotó los brazos rápidamente.
¿Dónde estaba ese lugar en Asgard? No pudo reconocerlo, el cielo estaba despejado y no había ninguna nube, y…
—¿Puedo ver el cielo?... Un momento —dudó Ranma frunciendo el ceño—, ¿y por qué puedo ver el cielo?
Recordó la ciudad invertida que cubría los cielos de Asgard, de horizonte a horizonte, y que cada día los amenazaba como si fuera a aplastarlos en cualquier momento. Pero en ese extraño lugar, de un frío como nunca sintió en su vida, estaba bajo el sol en un cielo despejado, de un tiránico y preocupante celeste. ¿Dónde estaba la ciudad en el cielo? ¿Seguía él dentro de Asgard?
Recordó cuando a través de unas ruinas viajó entre las lunas de Vanaheim. El miedo se hizo más palpable, ¿y si se había perdido otra vez y estaba en algún mundo desconocido? ¿O peor, se encontraba en otra dimensión tras haber cruzado por accidente el miasma abisal? No, no podía ser, viajar entre universos era algo más difícil de lo que él creía podía suceder. ¿O no?
Ranma miró otra vez hacia el túnel. Por un momento deseó regresar corriendo, como si así pudiera volver a Asgard. ¿Qué sucedía si de verdad estaba en otro mundo? ¿Akane, su familia y amigos, todos, qué estaría sucediendo con ellos? Luego recordó que para hacerlo debía una vez más meterse en el miasma, el dominio del abismo, ¿podría soportar otras mil vidas de dolorosas visiones de muerte y angustia?
Cerró los ojos y apretó los puños. Estaba confundido, no sabía qué hacer.
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Siguió el camino de la autopista durante horas. El paisaje no cambiaba en nada, solo veía montañas y más montañas hasta perderse la vista. No eran como las de la tierra, ni siquiera como las de Asgard, que al final no se diferenciaban en mucho. Las montañas de ese lugar tan extraño eran muy agudas, de pendientes mortales que desaparecían en las profundidades, donde una densa neblina, como si fuera un mar de nubes entre las paredes de roca escarchada, no permitía descubrir que había más abajo. Incluso ocultaba la base de los gigantescos pilares, más altos que los rascacielos de la tierra, que sostenían en el cielo la autopista.
Los picos y las paredes de roca poseían formas caprichosas, curvas o agujereadas. Era como si los poderosos vientos, que a veces azotaban a mitad del día claro, los hubiera horadado durante milenios esculpiéndolos, dándoles la forma de garras. Ranma comenzó a entender cómo funcionaba ese lugar, pues al sonido del viento debía cubrirse bajo la cornisa del borde de la autopista o tras el bloque central que separaba las dos pistas de casi un metro de alto. Entonces debía aguardar, porque el viento traía consigo hielo, tan poderoso era que oscurecía el día durante los largos segundos, envuelto en truenos y relámpagos, que hacía cantar con violencia la pista en mitad del cielo, incluso estremeciéndola. Después el viento se iba como si nada hubiera sucedido dejando de nuevo el cielo despejado y límpido bajo el bello sol blanco.
Aburrido, Ranma comenzó a dar saltos a través del espacio, desapareciendo y apareciendo en los altos picos cerca de la autopista. Desde esos lugares trató de mirar el mundo que lo rodeaba. Todo lo que veía era la autopista por la que se movía suspendida en el aire, de arquitectura tan solida que parecía haber soportado milenios en ese duro lugar, y una infinidad de cúspides que se extendían hacia las cuatro direcciones. Tampoco pudo distinguir algún valle que pudiera albergar algo entre las montañas, todo lo que veía eran acantilados interminables e inclinaciones imposibles de escalar.
La soledad en ese mundo era abrumadora. Se sentía el único humano, la única alma, en una eternidad blanca. El frío tampoco ayudaba, no tenía como medirlo, pero seguramente era tan extremo que un humano normal no podría resistirlo. ¿Sería tan frío como en los polos de la tierra? ¿O sería peor, más frío todavía, como en un planeta distante donde toda vida era imposible?
De la manera que fuera, agradeció ser un hijo del vacío. No hacía menos doloroso el intenso frío, pero si le permitía sobrevivir en ese ambiente tan hostil. De salto en salto entre los picos, desapareciendo y apareciendo en una niebla platinada que dejaba tras de sí su silueta, trató de avanzar más rápido siguiendo la carretera. No sabía dónde estaba así que tampoco podía ir más lejos con su habilidad de cruzar a través del espacio, no más allá de lo que sus ojos veían. Sin embargo, nada cambiaba, ese camino era eterno y las montañas infinitas.
Temió que la noche lo pudiera encontrar en ese lugar. No había refugio alguno y si de día hacía tanto frío, ¿qué sucedería durante la noche en un mundo tan duro como ese? Porque cada vez estaba más convencido de no encontrarse en Asgard.
Sin embargo, pudo percibir una energía distante, como un eco o pulsación, y una extraña sensación que lo llamaba. Quizás las ruinas lo llevaron a través del tiempo y del espacio a otro mundo, no era extraño imaginar que la influencia del vacío en las ruinas pudiera distorsionar lo que los seres mortales en tres dimensiones entendieran por distancia, y así llevarlo a lugares muy lejanos, incluso imposibles. Aún así, cada vez estaba más seguro de que el pilar de Asgard también estaba ahí, pues esa pulsación le recordó al corazón de Gimle, aunque más débil. ¿No eran los pilares fragmentos del corazón de Gimle que se separaron durante la creación de Asgard? ¿No poseerían esas piedras de poder creador casi infinito la misma vibración familiar que Gimle?
Sí, estaba seguro, de alguna manera cada kilómetro recorrido lo acercaba a su destino. Lamentablemente, la sensación oscura, de desesperación y miedo, no hacía más que aumentar en su pecho. La abrumadora soledad no lo ayudaba y los recuerdos de lo vivido en las ruinas de Forzald tampoco se iban, no importando las horas que pasaran desde entonces. Estaban cada vez más claros, vívidos, como si realmente hubieran sido sus recuerdos. Ranma sacudió otra vez la cabeza al rememorar algunas de esas vidas, si realmente él hubiera perdido a Akane como les sucedió a esos hombres, en los recuerdos perdidos de otros mundos, el dolor no lo hubiera dejado ni siquiera respirar.
Pero Akane seguía con vida, lo esperaba en Noatum y de él dependía que ella siguiera bien.
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El cielo de un celeste diáfano cedió en el horizonte al anaranjado y rojizo del atardecer, mientras que del otro extremo se tornó rápidamente violáceo y azulado. Las estrellas aparecieron, en ese cielo tan puro y sin otra luz que lo contaminara, se veían tantas que eran incontables, como si estuviera en el centro de la galaxia. También se hicieron visibles hermosas nebulosas verdosas y rojizas entre las estrellas, y algunos anillos de luz que rodeaban el sol, que antes de día eran invisibles. Pero el pequeño sol blanco desapareciendo entre los picos no lo hizo sentirse mejor, ni tampoco disfrutó de la nueva vista. El frío avanzó, rápido, despiadado, incluso él siendo un hijo del vacío sufrió a tal punto que su cuerpo se llenaba de nieve y escarcha apenas se detenía. La brisa se transformó rápidamente en una poderosa corriente, como aquella que asaltaba la pista de vez en cuando durante el día, pero ahora era constante. Era tal el frío que comenzó a tener dificultades para moverse, incluso para concentrarse y dar saltos por el vacío, cuando en su desesperación quiso avanzar más deprisa. Respiraba agitado, tratando de generar calor con su propio cuerpo para mantenerse en el camino. Miraba entre sombras y la poca luz de día que quedaba, buscando algún refugio, caverna o lo que fuera en las lisas caras de las montañas.
Ya la noche estaba en su plenitud, del sol apenas quedaba un halo brillante en el horizonte que destacaba algunos picos sobre las sombras. Ranma jadeaba a viva voz y corría tratando de mantener el calor de su cuerpo. El viento frío golpeaba con fuerza el costado de la pista, su silbido se convirtió en algo espeluznante, como el canto de un espectro.
Escuchó un fuerte impacto seguido por un ruido como de cristal despedazado.
—¿Qué demonios…? ¡Argh!
Algo cruzó frente a su rostro y cortó su mejilla, como un cuchillo afilado. No alcanzó a quejarse cuando sintió el mismo dolor en su mano y luego en una pierna.
—¡No!
Ranma se lanzó al costado de la autopista ocultándose bajo la baranda del borde, tal como hacía antes durante los momentos de ventiscas. Entonces vio pasar sobre su cabeza pequeños resplandores, que se hicieron más constantes y rápidos a medida que el viento se hacía más poderoso. Los sonidos de cristal chocando contra la pista se hicieron constantes, intensos y violentos. Descubrió con horror, a pesar de la oscuridad, que el hielo escarchado en el aire era más abundante que la nieve, y algunos trozos eran lo suficientemente grandes para convertirse en auténticas saetas.
—¡Debe ser una broma! —gritó para poder escucharse a sí mismo por encima del ruido.
El viento se convirtió en una tormenta y las saetas de cristal fueron como las gotas de lluvia, que caían en diagonal, castigando impíamente al puente y las montañas. A pesar de estar cubierto, los cristales de hielo que estallaban cerca del suelo salpicaban sobre su cuerpo, con tanta fuerza que seguían siendo lo suficientemente afilados como para lastimarlo. Ranma se pasó la mano por la mejilla, intentando protegerse con la capa de su uniforme de los Dragones Rojos que seguía usando con orgullo y también como una manera de nunca olvidar quién era. Al mirarse la mano, su propia sangre le recordó su nueva naturaleza.
Los cristales impactaron con mayor violencia y Ranma avanzó en cuclillas, cubriéndose con la capa. El frío no había desaparecido, sino que se tornó todavía peor de lo que el joven jamás creyó poder soportar.
Al final no pudo avanzar más, sin refugio, acurrucado bajo una pequeña baranda de concreto. Envuelto en la capa todavía podía sentir las esquirlas de hielo golpeándolo de manera dolorosa al rebotar en la pista. El ruido era estremecedor y el hielo comenzaba a cubrir sus piernas, brazos y torso a pesar de estar rodeado por su capa.
El dolor que le provocaba el frío lo hacía creer que en cualquier momento su corazón dejaría de latir.
—Akane. Estúpida Akane —Cerró los párpados con fuerza. Incluso las lágrimas que asomaron a sus ojos se endurecieron lastimando la piel—. Boba…, por suerte no estás aquí.
Ese fue su único consuelo.
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El sol despuntando sobre las montañas iluminó la densa capa de nieve que se había acumulado sobre las paredes de las montañas, y también encima de la interminable autopista que cortaba como una línea el cielo entre los picos. El color blanco reflejó con severidad la luz del pequeño y débil astro. El cielo rápidamente se tornó celeste y perfecto como durante el día anterior. El silencio lo sumía todo en una solemne soledad, de un mundo abandonado de toda vida desde hacía miles, quizás millones de años.
Un montículo se levantó en mitad de la nieve sobre la pista. Entonces se abrió y Ranma emergió empujando con los brazos, alzando el rostro y respirando a grandes bocanadas el aire dolorosamente frío. El joven estaba asomado desde la cintura y su cuerpo estaba cubierto de escarcha y más nieve. Su voz sonaba ronca, raspada, como si cada respiración doliera al rasgar su interior. Al instante abrazó su cuerpo con los brazos. Temblaba con violencia.
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—¿Eso es…? —se preguntó el joven con el rostro pálido y el cabello todavía cubierto de nieve—. No, no puedo ser, ¿estoy imaginando cosas?
Ranma no podía dar crédito a lo que sus ojos veían. Tras caminar durante horas, perdiendo la fe de que su destino no fuera otro que el deambular eternamente en esa fría autopista, hundiendo los pies en la capa de nieve que la cubría desde anoche, finalmente veía en el horizonte siluetas distintas al de las montañas.
—Es… ¡Demonios, es verdad!
Reía como un demente que encontró un oasis en el desierto. Ranma perdió el equilibrio y cayó sobre sus manos al tratar de avanzar con rapidez. Levantándose de la nieve intentó volver a correr sobre ella, pero tal era su agotamiento y emoción, que no conseguía avanzar mucho y con torpeza volvía hundirse con la cara en la nieve.
—Puedo verlo, ¡puedo verlo!
Se levantaba y volvía a caer, apenas conseguía avanzar, entonces desapareció. Una docena de metros más adelante reapareció de una estela platinada y cayó otra vez sobre la nieve. Ranma reía con más fuerza a cada tropiezo. Caía y se volvía a levantar. Desaparecía y reaparecía diez, veinte, cincuenta metros más adelante.
Desapareció por última vez. La autopista volvió a sumirse en el eterno silencio y soledad.
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Lo que vio era una gran estructura más alta que las montañas que la rodeaban. Ranma consiguió aparecer sobre su azotea y, al no estar seguro de dónde estaba, cayó un par de metros y rodó sobre el piso. En ese lugar también había nevado. Se levantó extendiendo los brazos y desapareció de ese lugar, dejando su silueta en la nieve.
La mancha neblinosa de luz plateada se manifestó en el borde de la azotea junto a una alta columna de acero que daba la impresión de haber sido en otra época alguna especie de antena. Ranma al aparecer se equilibró con los pies sobre la baranda y con la mano se afirmó de la antena. Entonces pudo admirar el nuevo paisaje. Lo hizo con la boca abierta, sin entender del todo lo que veía.
La larga autopista en el cielo terminaba en un valle elevado. La calle se abría en dos siguiendo la pared natural de las montañas a ambos lados. Entre las calles había un terreno cubierto de hielo que en otros tiempos debió ser una plaza frente a la que se encontraba el primer edificio, la torre sobre la que estaba Ranma. Una superestructura de acero y cristal, dañada por el paso de los eones, pero aún en pie.
Más sorprendido estaba el joven de Nerima al descubrir que esa torre tan solo era la primera de muchas más. Ante sus ojos se extendía una silenciosa ciudad de grandes rascacielos de cristal, metal y concreto. Era como un bosque de superficies rectangulares y pulidas como espejo, rodeado por las montañas de las que ya estaba cansado. Lamentablemente, la mayoría de los edificios estaban convertidos en ruinas, con gran parte de sus cascarones abiertos, signos de una antigua destrucción, mostrando los interiores amoblados pero desiertos. La nieve había hecho su hogar en ellos y al bajar los ojos pudo descubrir que las calles estaban sepultadas una veintena de metros por un sólido y traslúcido piso de hielo.
Los ojos de Ranma se abrieron del todo y luego se afilaron. Sus pupilas danzaron saltando de un punto al otro, y gracias a sus habilidades del vacío podía ver más allá de lo normal, como si tuviera una mira telescópica. Así recorrió cada edificio y lo que se veía dentro de ellos, entre los agujeros y los ventanales. Apretó los labios y desapareció.
Estuvo vagando durante un rato, recorriendo las calles y dando veloces saltos entre los distintos departamentos y oficinas, iluminando con su aura de plata las ventanas. El inmobiliario era extraño, los diseños de los interiores que todavía se conservaban eran muy diferentes a los de la Tierra. Había rectángulos negros en las paredes de algunos interiores, quizás habían servido como una televisión en ese mundo. Las mesas estaban tiradas en el piso, eran ovaladas o cuadradas de cristal transparente, pero no parecían haber tenido patas o alguna columna que las sostuvieran. Recordó de alguno de los mundos de sus visiones que las mesas levitaban en el aire. Debía tratarse de ello entonces.
Estaba tan aturdido con cada pequeña cosa que descubría, que incluso olvidó su misión.
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El sol blanco alcanzó su cenit y Ranma todavía no dejaba de dar saltos de un edificio a otro, apareciendo en el interior de los departamentos, investigando, perdido en artefactos que parecían sacados de una vieja película de ciencia ficción, o en los juguetes de alguna habitación que debió ser de los niños.
Dio un saltó a través del espacio más largo que los anteriores, a un edificio central en la ciudad que antes veía únicamente en el horizonte de torres y megaestructuras arcaicas. Era más grande que el resto, con un gótico diseño exterior terminado en una afilada punta que desafiaba al cielo. Se transportó de un piso al otro, rápidamente, buscando quizás algo nuevo a lo que ya había descubierto, que no fuera amoblado, adornos o chatarra. Se dirigió a la planta baja, la parte que estaba sumergida bajo el hielo. Descubrió con entusiasmo que el hall principal estaba intacto, pues el hielo no entró al edificio. A pesar de la oscuridad algo de luz alcanzaba a llegar a través del traslúcido y denso hielo que cubría las calles. Ranma supuso que ese lugar era alguna clase de entrada principal, con dos escaleras en los extremos y un mesón en el centro, tras una amplia zona despejada. En el suelo había un mural con símbolos que él reconoció de sus visiones como pertenecientes al antiguo imperio que creó a los hijos del vacío.
Giró y se acercó a la entrada, todo el frontis del edificio estaba hecho de ventanales. Tras ello pudo observar las calles de la ciudad. Al estar sumergidas bajo el hielo y bajo la tenue luz del sol, daba la impresión que estuviera admirando el interior de un acuario congelado en el tiempo. El hielo era tan diáfano que, de no ser por alguna grieta ocasional, juraría que no había nada llenando las calles. Pero comprobó que no era así al acercarse a la puerta y comprobar, tras romper el cristal de un golpe, que sí había una pared de hielo tan sólida como la roca.
Siguió admirando la calle. Incluso vehículos similares a los automóviles quedaron atrapados en el exterior, sus ruedas en lugar de redondas eran auténticas esferas que sobresalía de sus bases, algunos con cuatro, otros con tan solo tres.
¿Qué había sucedido? ¿Hubo alguna clase de inundación que luego se congeló? Lo dudaba, no era un experto en esas cosas, en ninguna en realidad que tratara sobre historia o ciencias, así que solo se encogió de hombros y siguió admirando el extraño paisaje como un niño en una excursión. Todo en la calle, si bien estaba congelado dentro de una densa y sólida capa de hielo, le pareció interesante. Estaba viendo otro mundo, no, más que eso, restos de un imperio que abarcó muchas dimensiones, y que existió antes del tiempo, mucho antes siquiera de la creación de la Tierra.
—Espera, este lugar me parece conocido, es… No, no, ¡no puede ser!
Su cuerpo tembló. Sus labios se entreabrieron incapaces de decir más. La memoria era cruel, a veces en lugar de devolver la claridad de manera gradual y cuidadosa, lo hace con brusquedad, haciendo que la verdad sea todavía más dolorosa.
—Yo lo conozco. Conozco este lugar, no lo estoy imaginando —Ranma retrocedió dando pasos torpes. Esa calle más allá del cristal, era esa calle, estaba seguro—. Yo…
¿Qué haces aquí?
Ranma giró de prisa al escuchar esa voz tan conocida y preciosa para él, llamándolo.
—¡Akane!
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Entró en la recepción del edificio. El lugar estaba atiborrado de gente como era costumbre a cualquier hora que se llegara, especialmente en esos agitados días en que la colonia científica, una pequeña ciudad autónoma con sus respectivas instalaciones, se estaba todavía montando en aquel universo primigenio. Burócratas y también personal de investigación se cruzaban constantemente, incluso algunos más distraídos chocaban entre sí provocando divertidos accidentes. Había muchos miembros del ejército presentes dentro de la instalación.
En su mayoría el ejército en la colonia estaba compuesto por oficiales jóvenes provenientes de mundos nativos que hacía poco fueron conquistados. Era ya una tradición que, a los jóvenes pertenecientes a las familias gobernantes de aquellos mundos, se les daba la oportunidad de ser educados en la capital de los cien universos entrando en la academia militar, para así obtener tras graduarse un título nobiliario menor en la corte imperial. La mayoría de estos jóvenes intentaban arduamente ascender en sus carreras y escalar puestos en la corte, por lo que no era raro que se ofrecieran voluntariamente para las operaciones de investigación en la frontera exterior, en los inhóspitos universos desconocidos, para ganar más prestigio.
Los oficiales del ejército imperial se paseaban por la recepción comandando pequeños grupos de aesirs. Por los uniformes de los aesirs pudo diferenciar quienes eran del ejército imperial y quienes servían como escolta personal del oficial. Era costumbre que mientras mayor fuera la importancia y rango del noble, podía poseer más armas vivientes, o aesirs, para su protección y uso personal. Los soldados creados artificialmente eran capaces de dominar la energía creadora en su esencia más elemental y especializados en destrezas marciales específicas. Por ello a los aesirs que servían de escolta, que eran los mejores producidos de cada serie y generación, se los solía llamar no por sus nombres propios, que sí los tenían, sino únicamente por el apodo de armas dependiendo de su función. Es así como un noble podía llamar a su escolta o escoltas personales como arquero, espada, lanza, escudo, trueno, fuego, hielo, entre otras muchas etiquetas.
Desde su lugar cerca de la entrada pudo ver a oficiales acompañados por dos y tres armas. Incluso presenció a un muchacho de rango mayor, que por su cara de bebé y notoria falta de experiencia comprendió que las medallas de su uniforme debieron ser compradas por la influencia de su familia en la corte. Y caminaba al frente de una escuadra completa de aesirs. Por suerte, pensó él, no tenía que andar con sus armas, pues por su rango e importancia seguramente se compondría de un innumerable ejército de aesirs esperando sus órdenes y aplastando todo lugar por dónde quisiera pasar… ¡Qué molestia! Aún así, tenía a su lanza del que jamás se podía librar por mucho tiempo, y que junto a su heraldo eran una verdadera pesadilla.
También notó la numerosa presencia de enanos, las herramientas del imperio, que trabajaban de a dos o tres en la infraestructura del edificio. Pues a pesar de que la colonia llevaba ya un tiempo en operación, todavía no estaba del todo establecida. Sonrió aliviado, tanto caos lo ayudaba a ocultarse, a disfrutar de un dulce anonimato, pues parecía que nadie se percataba de su presencia. Después de todo ese lugar era una colonia científica, en un inhóspito y frío universo en etapa primigenia, un hallazgo tan extraño como peligroso, por lo que menos atractivo para los altos nobles o los representantes del ejército que podrían identificarlo con mayor facilidad. En ese lugar solo había científicos afanados en su trabajo, oficiales tan verdes que con suerte sabrían como empuñar una espada, y personal administrativo compuesto en su mayoría por jóvenes nacidos de mundos nativos, los que seguramente jamás visitaron la capital ni mucho menos lo reconocerían fuera de una retocada holografía personal.
Ese lugar era el paraíso.
Respiró profundamente la paz que le daba el sentirse ignorado en mitad del caos, después suspiró hasta vaciar de aire su pecho. Todo era perfecto… hasta que notó, levantando la ceja con desilusión, que una de las tres chicas tras el mostrador de la recepción lo miraba atentamente, como si viera un fantasma.
¡Demonios!, pensó, había sido descubierto.
La recepcionista, una noble menor, pero de rango superior a las otras dos en el mesón, se paró en su lugar y empujó su silla, la que al estar levitando sobre el suelo se deslizó por el aire un par de metros hacia atrás. Sus dos compañeras la miraron sin comprender su violenta reacción, pero ella les explicó rápidamente en entrecortados susurros lo que sucedía. Las otras dos, con rostros desencajados, miraron también hacia la entrada de la recepción.
En su dirección. Y él maldijo doblemente entre dientes.
Las otras dos chicas también se pusieron de pie, sus rostros palidecieron y una de ellas tembló mirando a ambos lados, sin saber cómo reaccionar, buscando alguna clase de socorro.
Él sintió lástima de ellas, apenas unas novatas, seguramente no sabían de qué forma actuar en una situación así, tan fuera del protocolo.
Ese maldito protocolo, lo odiaba.
No tuvo más opción que hacerlo él, salvar a esas chicas del terrible predicamento en que, sin desearlo, las había metido. Todo por haberse presentado sin avisar previamente, o sin una escolta adecuada, o por último con el molesto de su heraldo para que cumpliera con las fastidiosas y lentas formalidades, ese arte de decir verdades a medias, y mentiras que parecen verdades, de las que no le gustaba participar en absoluto. Cruzó la estancia con largas zancadas marciales. Sus botas resonaron en el piso de piedra en el que estaban grabados los escudos imperiales. Entonces se detuvo a pocos metros del mesón. Irguió un poco más el cuerpo, con aburrida costumbre, movió con la mano la trenza que cruzaba su hombro por el costado de su pecho hacia su espalda, y cruzó las manos por detrás ensanchando el pecho.
Lo había hecho, aunque eso fuera contrario al protocolo, tuvo la generosidad de haberse movido primero únicamente por su enorme consideración. No necesitaba hacer más. Aunque el tiempo seguía y ellas no se movían todavía pasmadas. Siendo el poderoso emperador jamás confesaría que esas situaciones lo seguían poniendo nervioso, incómodo, fuera de lugar, como si todavía tuviera diecisiete años a pesar de los siglos transcurridos, pero sabía disimularlo bien endureciendo más el rostro. Un gesto que los demás siempre interpretaban por error como de enfado, autoritario y atemorizante. Alzó la otra ceja con impaciencia.
—Mu-Muévanse —ordenó la superior entre las tres, reaccionando al fin, con un mal disimulado susurro.
Las recepcionistas corrieron rodeando el mesón y se pararon delante de él. Cruzaron un brazo con la mano extendida por delante de sus pechos y se inclinaron respetuosamente.
—¡Salve, su grandiosa majestad abisal, conquistador de los cien universos!
El fuerte coro de las recepcionistas puso en aviso a toda la gente en la amplia recepción del edificio, reaccionando con sorpresa, algunos incluso temor.
—¡Su majestad!
—¡Majestad!
—¡Salve, emperador!
Lo rodearon en un amplio círculo, una distancia prudente, presentándole sus respetos. Los jóvenes oficiales del ejército imperial y sus aesirs, apresurados para cubrir la deshonra de no haberse dado cuenta antes de la presencia de su máximo líder, se postraron con una rodilla en el piso y las cabezas inclinadas en señal de sumisión. Uno de ellos, ese jovenzuelo comandaba tan fastuosa escuadra de armas, se adelantó a los demás e hizo los honores oficiales como si estuviera a cargo de todo. Pero, torpe e inmaduro, lanzó un ampuloso discurso lleno de lisonjas.
Él solo se hundía y hundía en el más absoluto aburrimiento y tesón. Odiaba el protocolo. Odiaba no poder caminar por las calles sin que todo el mundo se arrojara a sus pies. Odiaba que lo halagaran falsamente o, en el peor de los casos, suplicaran por sus vidas como si hubieran cometido algún pecado en su contra. Y odiaba que le temieran como si fuera una especie de monstruo inmortal, un ser de una dimensión superior al que trataban con sumo cuidado para no ser destruidos, aunque en realidad sí lo fuera.
—No es necesario —respondió él ante la molesta insistencia de ese pedante oficial por escoltarlo hasta su estudio principal, el centro administrativo de la colonia científica Volrr131 en el piso más alto de la torre. Lugar donde se reunía únicamente con sus consejeros y oficiales de confianza—, iré por mi cuenta.
—Pero, su excelentísima majestad, jamás podría siquiera imaginar, menos permitir, el que usted no sea escoltado por un séquito de los mejores guerreros de nuestra…
—¿Tengo que repetirme?
El aire en la estancia, a pesar de ser un lugar tan amplio y lleno de personas, se tornó frío como la superficie de ese mundo fronterizo. Un mundo siempre cubierto de nieve y hielo, con temperaturas crueles que lo hacían inhabitable más allá del valle creado artificialmente en que se había erigido la colonia. El oficial perdió la fuerza sobre sus piernas y en un acto involuntario cayó sobre las rodillas, apenas sosteniéndose con las manos. Luego, sintiendo que una oscura fuerza desgarraba su alma, se arrepintió y se postró con mayor sumisión, temblando aterrado. Su escuadra de aesirs lo imitó y no por voluntad propia, sino porque también fueron víctimas de esa fuerza oscura que los hizo desplomarse de rodillas. Rápidamente los aesirs postraron sus cabezas tocando con sus frentes el piso.
—¡Ruego me perdone, su majestad, tenga piedad de este inútil que no sabía lo que hacía! —suplicó el oficial, con los ojos abiertos y derramando sobre el piso lágrimas de dolor—. Grandioso emperador, conquistar de cien universos, ¡jamás quise…!
—Me parece perfecto —lo interrumpió el emperador con un aire de desdén y despreocupación. Agitó la mano en el aire—. Siga con sus funciones. Lo mismo va para todos, no dejen de trabajar por mi culpa.
El aire en la estancia dejó de enfriarse. El oficial levantó el torso, como si la poderosa presión que lo aplastaba cedió de un momento a otro, igual que lo hizo el dolor que lo torturaba desde su alma hacia cada músculo y tendón de su cuerpo.
Los demás en la recepción se miraron con un atemorizado silencio y retrocedieron un poco evitando llamar la atención del emperador.
Él lo notó y más se sintió irritado, pero no podía hacer nada.
—¡Vuelvan al trabajo! —ordenó.
Todos corrieron, cruzándose y tropezando entre ellos.
—Demonios, esto es molesto —susurró. A pesar de que los mandó a seguir con sus funciones, todos caminaban a su derredor dejando siempre un amplio círculo y haciéndole pronunciadas reverencias, aunque él no los viera—. ¿Algo más? —preguntó a las recepcionistas, que seguían de pie y esperando.
—No-No, su majestad, na-nada…
—Bien. Vuelvan a lo suyo —ordenó.
El emperador, abrumado porque su momento de paz y anonimato había terminado, giró dispuesto a continuar con su aburrido trabajo en el estudio en el piso más alto de la torre. Allí lo esperaban su heraldo y también su lanza, los únicos a los que trataba como compañeros, y los únicos también que por suerte no se inclinaban tras cada palabra que él dijera.
Estaba distraído pensando en ello cuando alguien lo empujó con fuerza por detrás, haciéndolo por poco perder el equilibrio. El emperador gruñó, como si le faltaran más molestias, y giró enfadado para saber quién se había atrevido a tal osadía de tocarlo.
No había nadie contra el que desquitar su furor.
—¿Ah? —exclamó el emperador.
Solo al bajar la vista descubrió a una jovencita que tras haber chocado con él estaba sentada en el suelo en medio de una pila de documentos regados por el piso. Él la observó, al principio confundido, luego sorprendido a tal punto de que no pudo hablar, ni siquiera reaccionar, y se quedó asombrado observándola. La chica, por su juventud y por el uniforme militar-administrativo que vestía, y que le quedaba holgado por ser de una talla más grande, revelaba haber sido recientemente ascendida al primer grado de alférez tras graduarse, y que pertenecía a la unidad de logística científica imperial. La blusa tras la caída se había zafado de la falda ceñida a sus piernas. La fina correa de cuero, que debía cruzar con elegancia su pecho, colgaba sobre su brazo. La pequeña gorra de tela se había caído de su cabeza y ahora estaba sobre sus piernas cubiertas por medias oscuras.
—Ay, ay… ¡Qué bruto! —se quejó, todavía en el piso, sobándose bajo la espalda. Alzó los ojos y lo fulminó con un gesto de enfado—. ¡¿No podías fijarte por dónde andabas?!
Él siguió sin responder. Tan solo la miraba. La chica tenía una melena azulada, corta que le rozaba los hombros, pero con dos largos mechones a los costados que danzaban delante de sus brazos, era una de las últimas modas de la capital entre las más jóvenes.
—Oh… —la chica recién recordó los documentos sobre los que estaba sentada—. ¿Qué?, pero, no… Oh no, ¡por el sagrado imperio, está todo revuelto!
Tomó la pequeña gorra y se la acomodó en la cabeza, con torpeza dejándola torcida, y girando en el piso comenzó a andar sobre las rodillas tratando de ordenar los papeles.
—Me pasé toda la noche preparando este informe para que lo viera el maestro Kvasirham —se quejó—, son más de ochocientas páginas, ¿qué voy a hacer ahora?
—¿Toda la… noche? —preguntó el emperador, todavía de pie y confundido.
—Pues claro —replicó la chica, todavía molesta, pero un poco más calmada—. ¿A qué hora iba a poder hacerlo, si durante el día no hago más que aburridas tareas administrativas encerrada en este edificio? Después de que me gradué de la academia luché por un cupo para ser una iniciada en la orden de los sabios. ¡Fui la primera de mi clase, condecorada con el lienzo azul a la excelencia! ¿Y de qué me sirvió, si al final los escasos cupos que se dan cada año fueron ocupados por idiotas hijos de nobles pomposos y más idiotas todavía, a los que no les importa un ápice la ciencia? Por suerte, mis méritos fueron reconocidos lo suficiente como para ofrecerme la oportunidad de participar de una importante incursión científica aquí en la frontera exterior. Hubiera sido perfecto. ¿Y qué sucedió? Que terminé convirtiéndome en la chica de los mandados de un montón de ineptos que se creen científicos, pervertidos de los que tengo que cuidarme, porque no quiero terminar golpeando a un superior, cosa que tarde o temprano va a suceder si no dejan de insinuarse con tanta desesperación.
Al escuchar la última parte el emperador se tensó, su rostro se endureció y su mano se cerró haciendo tronar los huesos de su mano. Pero ella no lo notó y siguió desahogándose con tesón.
—¿Por qué no se preocupan de hacer bien su trabajo en lugar de acosar a las chicas de mi unidad de logística? Yo puedo defenderme, no lo digo porque necesite ayuda, pero mis compañeras, muchas sufren por culpa de esos babosos que calientan un puesto importante en los laboratorios, pero ni siquiera dominan las fórmulas más simples de la conversión materia-antimateria. Si no fuera por las asistentes como nosotras que hacemos los verdaderos cálculos y corregimos sus errores, no sé qué sería de esta instalación científica. ¡Y luego se quieren quedar con el crédito de nuestro trabajo!
—¿Quiénes? —preguntó en un tono sombrío, con la voz enronquecida.
No era una pregunta casual para seguir la conversación, sino que el emperador realmente estaba interesado en saber los nombres de los que se habían intentado propasar con esa chica.
—Por favor, ¿cómo no lo sabes? —la chica se tranquilizó y lo observó con curiosidad. Había algo conocido en el rostro de ese hombre joven, algo especial y que la hizo sentir un poco nerviosa—. ¿Puede ser que eres un recién llegado a la colonia? No llevas tus insignias de grado, ¿eres un alférez como yo? Oh, lo siento, debo haberte abrumado con todo esto y de seguro no entiendes ni la mitad. —Entonces, a pesar de todos sus problemas, le dedicó una confortante sonrisa al hombre para hacerlo sentir mejor—. Supongo que debes ser difícil para ti este lugar, para mí también lo fue cuando llegué hace un mes, me perdía incluso buscando los comedores. Por suerte todavía no sabes lo difícil que es trabajar aquí, las jornadas son extenuantes y apenas hay tiempo para comer, muchas veces nos tenemos que llevar nuestras raciones al laboratorio, o nos toca hacer el trabajo de campo y el frío es espantoso allá afuera —susurró pensando en voz alta, entonces exclamó preocupada—. ¡Ah!, quizás no debería haberte dicho esto, no es que quiera asustarte.
—En realidad, yo…
—Está bien, de seguro te gusta lo que haces, sino no estarías aquí al igual que yo. —La chica dejó de refunfuñar y suspiró resignada—. Perdóname por haberte gritado, sé que fui yo la que no estaba atenta y choqué contigo. Te pido me perdones… ¡Me rindo! —exclamó cansada y dejó de tratar de recoger las hojas en orden. Entonces hizo una rápida y desorganizada pila que apoyó sobre sus piernas juntas y dobladas mientras se equilibraba en la punta de los pies—, tendré que dejarlo para después. Además, no sé ni para qué me esfuerzo tanto, el maestro Kvasirham jamás miraría seriamente la investigación de una recién graduada alférez.
—¿Mirar qué cosa?
Él parecía confundido, perdiendo la compostura y aire de poderoso gobernante, idolatrado por su pueblo, el emperador inmortal que había vivido desde la fundación del imperio. Estaba perdido, completamente, actuando como si en verdad tuviera la juventud que su cuerpo y rostro representaban, prendido de la parlanchina jovencita a la que observaba como si fuera un objeto único, un evento milagroso, un cometa fugaz que aparecía una vez cada dos o tres siglos.
—Esto —respondió la chica agitando los papeles que tenía en la mano—. Mi tesis sobre el daño ambiental en los mundos nativos provocados por el uso indiscriminado de los reactores abisales —recitó sin respirar. Al ver que el hombre seguía en silencio, suspiró apesadumbrada, pues estaba acostumbrada a que nadie entendiera su trabajo, o lo considerara inútil para los intereses del imperio. Se levantó entonces, abrazó las desordenadas hojas contra su pecho con una mano, mientras que con la otra sacudió su vestido por delante y por detrás. —Me encantaría explicártelo más a fondo, en especial sobre la relación que existe entre el aumento de las mutaciones en la flora y fauna nativa tras la exposición descontrolada a la antimateria, como la que provocan nuestros cruceros transdimensionales de clase A y B, pero ya se me hace tarde para presentarme en mi sección. —Dio una rápida mirada a los símbolos de luz que parecían flotar delante de una de las enormes paredes del hall. Hizo un gesto de dolor—. ¡Ay, no! Debería haberme presentado en mi sección hace media hora.
Antes de irse extendió su mano en un cándido gesto de saludo. En su distracción no prestó atención a las exclamaciones de sorpresa y disgusto que su gesto provocó en el numeroso grupo que los rodeaba.
—Mi nombre es Akane Cennet, alférez de tercer grado de la primera división de logística científica imperial. Si tienes problemas o te pierdes en la colonia, no dudes en buscarme. Cuando eres un recién llegado puedes sentirte muy solo —Akane titubeó. Había algo en ese hombre, en la manera con que la miraba, su gesto de pequeño cachorro perdido, que provocó una misteriosa punzada en su corazón. Era un sentimiento que nunca había tenido antes en su corta vida y no importando su deber, no deseaba terminar esa conversación—. Dime, si no te molesta, y ya que seremos de alguna manera compañeros de trabajo… yo… ¿Te gustaría que fuéramos amigos?
La sonrisa de esa muchacha provocó un extraño efecto en el emperador. El hombre se quedó pasmado, con los ojos abiertos de par en par y los labios temblando en silencio. Pero poco duró su confusión, pues volviendo en sí miró hacia los lados recordando que se encontraba en público. Entonces, extendió también su mano y estrechó la pequeña mano de la chica. Las expresiones de sorpresa del público fueron en aumento.
Akane Cennet contuvo el aliento. La sensación de esa mano grande, poderosa y fría envolviéndola con un celo casi atemorizante, provocó un intenso dolor en su pecho. Había algo en él, en esos ojos azules, voraces, pero de una tristeza insondable, que la traspasaron como si quisieran transmitirle más de lo que ella podía comprender. Su corazón dio un saltó dentro de su pecho y sus piernas temblaron. Creyó que podría haber caído otra vez al piso si no fuera por esa mano que la sostenía con mucha fuerza, como si no la quisiera soltar jamás.
De pronto la joven Cennet tuvo la sensación de haberlo conocido de mucho antes, a pesar de ser la primera vez que veía a ese muchacho de cabello largo atado en una trenza que caía por su espalda. ¿Sería que lo había visto antes? ¿Quizás en alguna calle de la colonia horas atrás y no lo recordaba? No, no podía ser eso, estaba segura que no lo conocía de nada. Aún así, un incómodo calor se apoderó de su rostro. Era la primera vez que Akane sufría tales sentimientos, perdiendo la energía que siempre la dominaba, llenándose de frustración, avergonzada y aturdida. Ella, la que siempre estuvo sumergida en estudios e investigaciones, obsesionada con comprender el abismo y sus misterios, la que hundida en los libros ignoró la llegada de la primavera, mientras que otras jovencitas de su misma edad ya tenían pretendientes y aventuras que contar, estaba perpleja. Más que perpleja, aturdida como si hubiera recibido un golpe.
En ningún momento ella se percató de la atención que atraían en el hall, del numeroso grupo de personas que los rodeaba en un círculo distante y temeroso. Tampoco se enteró de los gestos de pánico de las chicas de la recepción por culpa de su imprudente actuar. Solo se quedó allí, con la mano extendida y sostenida por la de ese hombre, los labios temblando, sus ojos canela conquistados por el imperio de esos ojos azules que no le permitían escapar.
El hombre fue el primero en reaccionar y lentamente, muy lentamente, soltó la mano de la chica retrocediendo la suya, rozando una última vez, en una intensa pausa, la punta de sus dedos.
—De-Debo volver a… eso… —titubeó Akane sin poder librarse del hipnótico encanto de esos ojos azules.
—A tu trabajo, claro —concluyó el hombre joven—. Tienes razón, no te retendré más tiempo.
El emperador miró a su derredor y entonces se dirigió a las chicas de la recepción detrás de Akane.
—Necesito una nueva asistente científica —ordenó. Entonces se transformó a los ojos de Akane, tornándose arrogante, impaciente y con una mirada que provocaba terror.
—¿Có-Cómo?... ¡Ah, sí, lo que ordene su majestad! —respondió la jefa de las recepcionistas recobrando la voz—. Si lo desea, puedo recomendarle a uno de nuestros especialistas que trabajan directamente con el maestro Kvasirham…
La ignoró, dejándola hablar sola, y miró otra vez a Akane de una manera que a ella la hizo olvidar toda la calidez de hace un momento, llenándola de un repentino temor.
—¿Majestad? —se preguntó Akane, recién dándose cuenta de lo que había escuchado, pensando en voz alta—. ¿Quién?...
El emperador sonrió, arrogante, con un pequeño destello de felicidad muy oculto en la severidad cruel de sus ojos como el hielo. Ya no fue dulce ni tímido al momento de dirigirse a ella con autoridad:
—Akane Cennet, tienes media hora para mover tus cosas a mi estudio —Dio una mirada todavía más severa e impaciente a las recepcionistas—. Y ustedes la ayudarán.
Dio media vuelta sin esperar la respuesta de sus súbditos y caminó directo hacia los elevadores.
Akane Cennet miró hacia atrás, atemorizada de las conclusiones que estaba sacando. Las chicas de la recepción le devolvieron la mirada con gestos de auténtico pavor, como si ella hubiera cometido un terrible crimen. La gente que las rodeaba murmuró con fuerza ante lo sucedido.
—Esperen un momento, no me digan que él… él es… ¿Él es…?
Las otras chicas asintieron lentamente. Akane alzó los ojos y recién tuvo la ocurrencia de mirar el enorme retrato que adornaba la pared central de la recepción. Era la imagen del inmortal emperador, el conquistador de cien universos, su majestad Ranma Saotome de Nerima.
—Oh…
La joven alférez Akane Cennet, pálida como la nieve del exterior, incapaz de decir otra palabra, soltó las hojas que abrazaba y estas se deslizaron por su cuerpo hasta desparramarse en el piso a sus pies.
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Ranma cayó de rodillas en el centro de la recepción, entre ruinas y silencio, hielo los ecos de recuerdos sucedidos hace cientos de miles de años atrás. Sus ojos estaban humedecidos, se los frotó con fuerza pasándose ambas manos, refregándoselo, como si quisiera despertar de una pesadilla. Ahora lo sabía, los recuerdos vividos en las ruinas de Forzald en realidad siempre fueron suyos.
Los recuerdos no eran completos, ¿quién podría soportar, en una mente mortal, miles, quizás millones de vidas pasadas, de dolor insoportables? Eran más como fragmentos de sueños vividos y olvidados, pero que llegaban y llegaban como un río, que el trataba de detener con sus manos frías.
Sabía quién era. Ahora lo sabía. Pero más aterrador era saber lo que él había hecho.
Ante él, en la pared de la recepción, colgaba el gigantesco retrato, todavía visible a pesar de los milenios que destiñeron sus colores. No, no era el mismo que vio en sus recuerdos de esa vez, como tantas otras, en que se había reencontrado con el alma de Akane.
En el retrato ahora había dos figuras, dos personas. Una era el imponente emperador de los cien universos, al que reconoció con horror ser idéntico a él. Y junto a él había a una mujer de gran belleza y elegancia sentada, la emperatriz, a la que el emperador sostenía celosamente con la mano sobre el pequeño hombro. Era la viva imagen de Akane.
—No, no es verdad, ¡no puede ser verdad! —gimió el joven, preso de la demencia y el dolor—. Soy yo…
Todo lo que había vivido desde que tenía memoria, los eventos sucedidos en Asgard, su renacer como un hijo del vacío, incluso las manipulaciones de las que fue víctima, por las que culpó a otros, todo…
Todo…
Golpeó el suelo con ambas manos, envueltas en una llama oscura creada por su rabia y desesperación. El edificio tembló violentamente. Hielo, polvo y escombros cayeron por las paredes.
—Yo lo hice. Yo… No… ¡NO!
Apretó los dientes sin poder contener el dolor, las lágrimas, la culpa y el rencor que lo retorcía por dentro. La angustia eterna, la que cargó un millón de veces en el pasado, volvía otra vez a su alma para ser parte de él, una de la que jamás pudo escapar no importando sus sobrehumanos esfuerzos o sus milenarios planes. Otra vez estaban reunidos para saborear su fracaso, sus crímenes, los imperdonables pecados que había cometido por su ambición. Y los que todavía estaba por cometer.
Había despertado, finalmente, como lo anunció su heraldo al que terminó traicionando y destruyendo, a pesar de que todas sus acciones desde antes de la fundación de Asgard habían sido previamente orquestadas por no otro que él mismo.
—Fue mi culpa… —La voz de Ranma se quebró. Alzó el cuerpo y lanzó al aire un grito desgarrador, uno que recorrió las ruinas de un mundo muerto, uno más de los asesinados por él—. ¡Todo fue mi maldita culpa!
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Continuará
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A los conocedores de la verdad:
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Si se pierde, la desolación será eterna. Multipliquen ese dolor por siglos, milenios, eones… ¿Existirá un alma capaz de soportar tanta desesperación?
Y por si no lo habían notado hoy cumplimos cincuenta capítulos de Idavollr. ¿Este autor merecerá algún pequeño premio? Fufufu...
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Noham Theonaus
Espadachín mago de Idavollr
