Berwald Oxenstierna: Konungariket Sverige, Kingdom of Sweden.
Cuando finalmente llegamos donde el maese del puerto, quien llevaba las finanzas generadas, nos echó una ojeada despectiva e hizo un movimiento con la mano.
― ¿Qué son estos vagos?, huelen horrible, fuera de aquí―murmuró sin levantar la vista de sus papeles llenos de números.
Al lado de su escritorio, se encontraba una mujer totalmente concentrada en cálculos de ganancias y sólo levantó la vista cuando el hombre regordete de bigote peinado se refirió a nosotros.
Lukas sabía lo importante que es ganarse a una mujer.
A pesar de su apariencia sucia y descuidada, en los ojos de Lukas siempre rondaba un aire aristócrata único de él. Cuando el hombre retornó sus ojos a un montón de sumarios y papeles, aprovechó de sonreírle a la joven mujer y cerrarle los ojos de manera que hasta Tino se quedó prendado de sus ojos. El color único de sus pupilas que a pesar de no ser comunes eran fácilmente ignorables, capturaba a las personas como si fuese un hechizo, cada vez que Lukas quería. Se notaba enormemente sus facultades feéricas en sus actos, porque él era consciente de lo cautivador que podía llegar a ser. Cuando se trataba de ser encantador, Lukas nos ganaba a todos por lejos. La joven se tornó roja a más no poder y al parecer perdió una cuenta, a la que retornó apenada, borrando disimuladamente su error.
― ¿Qué parte de "fuera de aquí" no entienden? ―reiteró el hombre y con un dedo regordete, ordenó a los soldados sacarnos de ahí.
―Dicen ser importantes mercaderes suecos, pero venían en una embarcación rebelde finlandesa. Dicen sólo querer regresar a sus dominios y que fueron estafados.
Lukas se adelantó a la situación y sacó la medalla que lo identificaba como Noruega y nos pidió a Tino y a mí que lo imitáramos.
―Supongo reconoce estos importantes emblemas del gremio de mercaderes nórdicos―dijo suavemente Lukas, enarcando disimuladamente una ceja.
―¿Emblema de qué? ―contestó el maese, arrugando su roja cara.
El viejo se quedó mirando fijamente la medalla de Lukas. Se acercó con un gesto de asco y se arregló los lentes. Luego de un momento, se reclinó rápidamente y miró a Lukas como quién mira una aparición. Al parecer, comprendió perfectamente de qué trataba.
― ¡Cielos! ―masculló después de un momento. Miró a los soldados y vimos cómo evidentemente el hombre parecía incómodo y un sudor frío perló su frente como rocío en las hojas― Claro que reconozco aquel gremio. Muchas gracias por traer a tan importantes mercaderes. Yo me encargo de ellos y dejaré un informe a la milicia. Pueden retirarse.
La milicia parecía atender normalmente a sus peticiones como si se tratase de un superior.
La mujer de las cuentas fue enviada afuera sin antes echarle una ojeada invasiva a Lukas y el maese se mantuvo en silencio mucho rato. Lukas se aventuró con una sonrisa cómplice.
―Te dije que caería―me susurró Lukas en un nórdico antiguo, victorioso de su logro.
El hombre regordete se atrevió a abrir los labios, sin embargo, sólo soltó frases anonadadas.
―Jamás creí que me toparía con gente de su excelencia―dijo el maese, en estonio.
―Descuide, no necesitamos regalías ni nada así. Sólo queremos volver a Suecia, no es necesaria tanta solemnidad. Debemos atender nuestras importa…
―No―replicó rápidamente el hombre con suavidad. Miró el muelle a través de su ventanilla con la vista perdida―Sé que son ustedes. Lo sé y estoy nervioso. Yo colaboro con el gobierno ruso por un asunto de sumisión. Ni a nuestra propia personificación lo conozco y de pronto vienen personas como ustedes. Por supuesto que sé quiénes son―el maese hizo una pausa para limpiarse el sudor y continuó con su monólogo―. Lo siento señores, pero yo no puedo ayudarlos. Los enviaré al Palacio de Kadriorg como lo que ustedes pretenden ser. No está en mis manos defenderlos ni entregarlos. Es lo único que puedo hacer por ustedes, no debo entrometerme más. Allá ustedes se las arreglarán y quizás encuentren ayuda para volver o… lo que sea que estén haciendo aquí. Sinceramente no quiero involucrarme en este asunto. No sé si son impostores o realmente son Dinamarca, Alemania, Bélgica quizás quien. Ya con sólo ver esas medallas, me han traído suficientes problemas. Los despacharé y ustedes no son más que mercaderes engreídos suecos y nos olvidaremos del asunto. Es muy peligroso si alguien de Rusia se entera de esto. Agradezcan que los soldados son unos pelmazos de primera y no saben qué significan esas medallas.
Dicho esto, en una carta bastante concisa, nos enviaba con ella firmada y timbrada al palacio de Kadriorg como visitas muy importantes que las más altas autoridades debían atender.
Nos llevaron fuera y los soldados nos condujeron aún en calidad de prisioneros. Lukas caminaba a nuestro lado sin nunca dejar su papel de señor adinerado. Tino se sumó a mi silencio y no hizo preguntas ni tampoco parecía curioso por el plan que a medias creamos con Lukas, más bien parecía nublado, oculto tras la maraña de incertidumbre y dolor tras sus ojos. Me apené al no hallar momento de consolarlo, ya que Lukas nuevamente reclamaba mi atención.
―Al menos aún podemos ocultarnos―comentó Lukas en islandés una vez nos montaron en una hermosa carroza que se dirigía al centro de Tallin.
Un soldado se subió con nosotros y distraje mi mirada un momento por las ventanillas.
―Detesto hacer cosas sobre la marcha―contesté una vez escogí mis palabras.
―No lucías enojado cuando llegaste a Estocolmo después de tu viaje apresurado con Tino y eso, lo hiciste en tus arrebatos de rabia, Berwald―repuso Lukas con algo de acidez.
―Entonces no estaba en ningún peligro, Lukas.
Me volteé a observar su rostro y una mancha en su mejilla me tentó a sonreír algo más tranquilo.
La verdad, no sentía impaciencia como debiese sentirla. Supongo vivir tantos atracos durante años me lograba mantener la mente fría en un percance más.
―Thomas―nombró Lukas a Tino disimuladamente y alzó una ceja. Tino frunció casi imperceptiblemente en ceño hasta que comprendió su papel―Luego tendrás que seguir todas mis indicaciones, al pie de la letra, serás mi criado, ¿Entendido?
―Sí, señor―dijo Tino con una ironía casi cortante, aunque sin dejar de causarle gracia la situación.
―Asbjörn―se dirigió a mí esta vez―. Serás mi traductor.
―Y tú serás la princesa hermosa con mucho dinero que tuvo piedad por vagos como nosotros, horribles sin gracia y belleza, no como su majestad. Ya lo sé, Mathias―dije a Lukas, quién quedó pasmado.
Al nombrarle cómo mi hermano, se puso rojo a más no poder. Tino captó aquello y disimuló una sonrisa cómplice conmigo.
Los tres estábamos relativamente relajados.
El viaje fue corto, pero bastante tranquilo. En el camino vimos un automóvil. Para nosotros era algo extraño ya que debido a las crisis que debíamos superar, ni siquiera por capricho de los príncipes se pudo obtener uno de esos modelos británicos. Me quedé observando la compleja estructura y la bella cubierta desplazarse en dirección contraria a la nuestra. Un conductor y una dama muy arreglada montaban los asientos suaves y sonreían orgullosos de su carruaje tirado por caballos invisibles.
Al doblar en una esquina, nos encontramos con un largo camino delimitados por árboles, vigilados por guardia rusa. Se pidió la identificación del soldado y el motivo de nuestra visita. La carta del maese no parecía tener mucho peso, sin embargo, se nos permitió la entrada, con posterior evaluación de los mayordomos del palacio de Kadriorg.
En estonia, parecía que el invierno era un adorno más a la belleza de esos árboles y caminos. La economía mucho más vibrante que la nuestra, debido a la sumisión a las fuerzas imperialistas de Rusia, se hacía notar en cada detalle, en cada flor que estaba dispuesta estratégicamente en las esquinas. Sumergí mis pensamientos, mientras observaba el perfil de Tino, cuando una voz tosca me hizo saltar.
―Desciendan―nos ordenó aquella voz, una vez que el carruaje se detuvo y nos encontramos con unas enormes rejas de hermoso detalle.
Unos escoltas nos hicieron entrar a través de aquel portal y visualizamos como el camino daba a un palacio muy amplio, pero mucho más humilde que mi palacio en Estocolmo.
Nunca había pisado esta residencia, la casa de Estonia.
