Capítulo 56

Matt llegó un día antes a Washington. Lo primero que quiso hacer fue saber dónde estaba la casa de campo de los De Martell, pero al entrar en esa zona, que más bien parecía una villa de lujo, se dio cuenta que cualquiera se daría cuenta que un jinete desconocido se acercaba, podían dispararle a matar si querían. Así que se mantuvo a una distancia prudente, esperando cualquier movimiento.

La señal llegó cuando vio a un hombre salir a todo galope de la senda que conducía a la mansión. Sabía que era arriesgado seguirlo, pero no le quedaba de otra. Intentó ser discreto, lo siguió a una distancia prudente hasta que lo vio entrar a la ciudad. A partir de ahí el tipo empezó a andar despacio, tranquilo y sin precauciones. Después de todo era una ciudad grande, habían carretas, coches, jinetes, gente a pie, de todo. Él se mantenía lo suficiente cerca para saber hacia dónde iba, pero no para dejarse en evidencia.

El hombre dejó el caballo por ahí, y entró a un edificio de tres pisos. Nadie le prestó especial atención, pero él se metió a un café que estaba en la esquina. Preguntó casualmente al mesero qué era ese lugar y este respondió que era un edificio abandonado en busca de comprador. Bien, secuaz de Tristán yendo a un edificio solitario, eso era muy sospechoso. No tenía la seguridad de que Rebekah estaba ahí, pero nada perdía con intentarlo. Llegada la noche se fue hacia la parte trasera buscando alguna entrada. Solo escuchaba risas de varios hombres que parecían estar bebiendo.

Tenía dudas, ¿entraba o no? ¿Y si se estaba equivocando? ¿Y si ella no estaba ahí? ¿Si lo cogían y lo mataban? Todo era un riesgo, pero aún así decidió dar el paso.


Rebekah no podía dormir, hace días que no dormía más que unas horas. Se despertaba al primer ruido, o cuando escuchaba que la puerta de la planta baja se abría. A veces las risas de esos hombres la asustaban, a veces escuchaba lo que decían. Se referían a ella como "la zorra" y en varias ocasiones habían bromeado sobre "darle su merecido a la zorra". Ella sabía bien de qué hablaban, así que temblaba más cuando escuchaba aquello. Esa noche tenía más que temer pues estaban bebiendo. Los escuchaba reír y bromear, escuchó el ruido de una botella rompiéndose. Se habían puesto bastante borrachos y eso era malo. El alcohol da valor para hacer cosas estúpidas y malvadas.

Todos los días rezaba internamente para que esa pesadilla acabe. En ocasiones hasta deseó estar muerta. No podía más, apenas abría la boca para dos comidas al día que le daban y un poco de agua, después la amordazaban. Tenía las manos y los pies atados, la habían recostado en un catre sucio e incómodo dentro de una habitación pestilente. Por las noches moría de frío, y nunca le llevaban una manta. Deseaba con todo su corazón que eso acabe ya, y si tenía que acabar con su muerte entonces que así sea. Ya no aguantaba esa situación, se había rendido.

Otra botella se rompió, se escucharon más risas. Cada minuto que pasaba se asustaba más, al menos hasta el momento nadie mencionó a "la zorra", gracias al cielo de momento la habían olvidado. Tristán era un hombre demente, y no solo eso, era en extremo malvado. Todo el camino de New Orleans hasta Washington se estuvo burlando de ella y contando cosas terribles. De lo que les hacía a sus hermanas, de lo que les haría cuando las tenga en sus manos.

Le dijo también que su hermano era un asesino, que junto con Lucien habían matado gente a su conveniencia, como a Genevieve por ejemplo. Le dijo que esa mujer era la amante de su hermano y la mató porque lo estaba chantajeando. Dijo que se encargaría que metan a la cárcel a su hermano y que luego lo manden a la horca por asesino, o quizá algo peor. Ella lloraba porque no podía creer eso de su Klaus, él jamás haría algo así, ese hombre era un loco mentiroso y cruel.

Lo peor de todo fue cuando comenzó a hablar de Kol, a burlarse de él, de su muerte, se reía en su cara y le decía lo feliz que estaba de que lo hayan matado. La torturaba con sus palabras y Rebekah lloraba porque no quería escuchar más esas cosas terribles.

Ahora estaba ahí, presa, esperando su final. Los borrachos abajo seguían en lo suyo. Los ojos se le cerraron un instante, estaba cansada. Se forzaba a permanecer despierta, pero ya no podía más. Fue entonces que escuchó pasos acercándose y empezó a temblar. Quizá uno de sus captores subió a "darle su merecido a la zorra". Empezó a llorar, apenas podía moverse en esa posición.

La puerta de la habitación estaba entreabierta y vio una silueta pararse ahí. Ella intentaba gritar, pero gracias a la mordaza solo lograba hacer un ruido bastante patético. Fue entonces que la puerta se abrió lentamente y la persona que ahí apareció la cerró detrás suyo, segundos después corrió hacia ella. No podía creer lo que estaba viendo, quería gritar y llorar de felicidad. Le quitó primero la mordaza, ella aspiró una gran bocanada de aire, tenía los labios y la garganta seca.

—Shhhhh... —le dijo Matt llevando los dedos a sus labios—. No hagas ruido.

—Ellos...

—Están abajo, no creo que suban, se han confiado —decía mientras desataba las cuerdas de sus manos y después las de sus pies. Demoró un poco pues si que la habían atado duro—. ¿Puedes pararte?

—No lo sé —admitió en voz baja, casi un susurro. Él la ayudó a ponerse de pie pero por poco cae al piso, estaba muy débil y le dolía el cuerpo por los amarres.

—Ven, apóyate en mi.— Ella lo rodeó con un brazo e intentaron avanzar despacio, así lo hicieron hasta que lograron salir de la habitación.

Avanzaron despacio por el pasillo, se apoyaban de la pared, intentaban no hacer ruido. Rebekah se mordía la lengua, quería gritar y llorar, estaba a un paso de la libertad cuando ya había perdido toda esperanza. Siguieron hasta llegar a una habitación al otro lado del pasillo, por ahí había entrado Matt. El chico abrió la ventana, se suponía que tenían que bajar por ahí. Había una enredadera en terribles condiciones, quizá se podía romper en cualquier momento.

—Ve tú primero —le dijo él despacio.

—Pero Matt, me puedo caer, esa cosa está seca, yo...

—Traje una cuerda —la sacó de su bolsillo, era algo grande, lo suficiente para llegar al primer piso—. Vamos Bekah, tú puedes.

—Tengo miedo —admitió entre lágrimas.

—Bajaremos los dos a la vez, ¿si? No voy a soltarte.— Matt hizo un nudo en la reja de la ventana y pronto se subió al borde. Le tendió la mano, y ella temblando la tomó para subir a su lado—. Agárrate de mi, no te sueltes. Será rápido, lo prometo.

—Si...—susurró mientras se abrazaba fuerte a él. A la cuenta de tres, Matt dio un salto hacia abajo mientras apoyaba sus pies contra la pared y sus manos cogían la cuerda. Ella apretaba los ojos, estaba aterrada y no quería ver nada. Solo eran tres pisos, pero para ella era todo un peligro. Cuando estuvieron a casi dos metros del suelo se les acabó la cuerda y por poco ella entre en pánico.

—Yo salto, tú coge la cuerda, agárrate fuerte —asintió, todo fue muy rápido, tuvo que morderse la lengua otra vez cuando Matt saltó al piso y ella quedó suspendida con la cuerda unos segundos—. Suelta la cuerda, Bekah, no te dejaré caer.

—Tengo miedo...

—Confía en mi.— No estaba muy lejos del suelo, pero seguía presa de los nervios. Contó hasta tres y saltó a loa brazos de Matt. Los dos cayeron al piso y ella temió haberlo lastimado—. ¿Estás bien? —preguntó él preocupado,

—Si... creo —dijo ella tímidamente mientras Matt la ayudaba a ponerse de pie. ¿Entonces así acababa todo? ¿La había salvado? ¿Era el fin de la pesadilla?

—Vamos, mi caballo está al otro lado, tenemos que salir de aquí.

—Matt... me salvaste.— Ya no podía contener las lágrimas. ¿Cómo llegó el chico ahí? No importaba, solo que él fue a rescatarla a pesar de todo.

—Tenía que hacerlo Rebekah.

—¿Por qué? —se atrevió a preguntar. Segundos después sintió que enrojecía, podía ver en la mirada de Matt algo tan bello y puro que llegó a preguntarse como no se dio cuenta antes. Su corazón latía con rapidez por su cercanía, y más aún al notar esa sonrisa.

—Porque te amo —dijo él al fin. Rebekah cerró los ojos y no pensó en nada más en cuanto sintió los labios de ese chico amando los suyos.


Caroline estaba temblando dentro de la tina. Todo el día estuvo encerrada en su habitación. Escuchó que un hombre hablaba con su hermano, lo escuchó gritar y reclamar, pero no supo nada más. A las dos horas la mansión De Martell se llenó de gente. No sabía cuántos eran, pero había uno fuera de su habitación, lo había escuchado. Al parecer había unos dos más en la planta baja y el resto estaba rodeando la mansión. Algo había pasado, no entendía qué podía ser y no sabía cómo sentirse.

Parecía algo malo, pero malo para Tristán, por lo tanto para ella podían ser buenas noticias. Tenía que ser algo grave, sino Tristán hubiera seguido adelante con lo que pensaba hacer con ella. En ese momento del terror, cuando le dijo que al fin consumaría lo que quería y ella se echó en la cama, fueron interrumpidos por el jinete recién llegado. Agradeció al cielo mil veces todo el día, estaba a salvo de momento.

Pero luego de tantas idas y vueltas, casi al caer la noche Tristán le ordenó que entrara a su tina y se bañara, que quería que esté limpia y pura, también le dijo que no saliera de ahí hasta que él se lo ordenara. Una vez más le entró el terror, Tristán había asegurado los alrededores y ahora si querría hacerlo. Se metió a esa tina y en verdad fregó con fuerza su cuerpo, porque se sentía inmunda.

¿Por qué lo hizo? ¿Hacerle creer que lo quería para sobrevivir? Ni siquiera sabía dónde estaba Rebekah, él ni siquiera prometió soltarla. Se pasaba el jabón con fuerza por la piel, sentía nauseas de solo recordar esos besos, esas horribles caricias. Tantos años que le tomó superar eso y otra vez pasaba. Hubiera sido mejor morir ahí mismo, dejar que la mate a golpes. Pero ahora iba a tener que soportar una violación, ¿Por qué volvió? No era bastante fuerte, nunca lo fue.

El agua se enfrío, quizá debería salir de ahí, pero no era capaz de moverse. Una vez más se sentía paralizada. Mientras una parte de su mente le exigía que luche, que le haga frente a Tristán y acabe con todo eso; la otra parte lloraba de miedo y le gritaba que no debió ir, que era débil, que eso no iba a salir bien. Finalmente logró animarse a salir de la tina, de verdad hacía mucho frío. Estaba ya por coger su bata cuando vio que desde la puerta del baño Tristán la observaba. Lanzó un grito y cogió rápido la bata para cubrir su cuerpo. Oh no, el momento llegó.

—No te cubras, quiero verte. Me gusta tu cuerpo.— No fue capaz de moverse. Fue él quien se acercó y le quitó esa prenda. Cogió una toalla y despacio empezó a secar su cuerpo, procurando tocarla de más—. Así te ves perfecta, ahora ya estás limpia de tanta inmundicia.— Ya no podía contenerse, se mordía la lengua pero ya las lágrimas se escapaban de sus ojos—. No llores amor, todo va a estar bien. Al fin estaremos juntos.— Tampoco respondió a eso. Quería gritarle que lo odiaba, tenía esas palabras atoradas en la garganta y le estaban quemando—. Ven, vamos a la habitación —él dio un paso adelante, ella ni se movió.

—Tristán, dijiste que si venía ibas a liberar a mi cuñada.— Al fin fue capaz de decir algo coherente, la verdadera razón por la que fue ahí. Él la miró con sorpresa un instante, pero aún así respondió.

—Tenías que venir con Aurora, así no hay trato.

—Pero...

—Igual no tiene sentido, la zorra escapó —dijo para su sorpresa—. Y tú estás aquí, por lo que tu sacrificio ha sido en vano —se burló. Ella se quedó inmóvil una vez más, ¿Rebekah se fue? ¿Cómo? Bien, eso no importaba. Si ella estaba a salvo era un riesgo menos, contrario a lo que pensaba Tristán eso significaba un triunfo. Ahora ella podría proceder sin temor a que le hagan daño a su cuñada. La pregunta era, ¿sería capaz?—. Ahora ven conmigo.

—Tristán, yo...

Iba a cogerla de brazo y arrastrarla a la habitación. Pero en ese momento un ruido los sorprendió. Tristán se puso alerta y se separó de ella. El ruido parecía ser de alguien cayendo. ¿Qué estaba sucediendo? No importaba, esa era su oportunidad. Sin decirle nada, Tristán salió de la habitación. Lo vio abrir la puerta con cautela y hablar algo despacio con el guardia que estaba en su puerta. Salió y la dejó sola una vez más.

No perdió el tiempo, buscó algún vestido que le quedara y se lo puso a la mala, tenía que estar lista para actuar. La ropa con la que llegó estaba tirada en un rincón de la habitación, incluida la capa que llevó. Se arrodilló y buscó en uno de sus bolsillos ocultos, uno discreto que se mandó a hacer hace mucho para llevar dinero. Ahí estaba, se alegró de que Tristán no la haya descubierto. A la luz de la luna la hoja de la daga brilló. Era una daga de Kol, se la dejó hace mucho, incluso antes de morir. Algo ornamental, un regalo casual de un militar a su esposa. Pero mortal. Caroline respiró hondo y depositó un beso en la hoja de la daga. Tenía que sacar valor de donde sea.


Llegaron por la tarde a los campos. Ya que hace un tiempo, para ser específicos cuando Kol aún servía en el ejército, habían acampado con el regimiento en esa zona, Enzo conocía los caminos. No se acercaron mucho mientras aún había luz, aunque la desesperación lo estaba matando, tenía que actuar con cautela para evitar que Tristán le haga daño a su amada. Pensar en lo que ella podía estar padeciendo lo enloquecía, hubiera dado cualquier cosa para que Caroline jamás tuviera que ver a su maldito hermano y ahora estaba presa con él.

Era una suerte tener ahí a un hombre que conocía el terreno como Enzo, y a otro tan astuto como Marcel. Quizá una de las pocas cosas buenas que hizo Lucien últimamente fue poner a ese hombre a su servicio. Lucien. Aunque estaba preocupado por Caroline y su hermana, aún no lograba asimilar la idea de su muerte. ¿Qué pasaba por su cabeza? ¿Cómo se le ocurrió ir en ese barco a matar a Aurora y Caroline? Gracias al cielo que esa pareja de caballeros estuvieron cerca, sin ellos quien sabe y cumplía su propósito.

Basta ya, Lucien estaba muerto. Que si, era horrible, pero ese era el momento de los vivos y tenía que enfocarse en salvar a las dos mujeres que más amaba. Su hermana y su futura esposa. Ni por un instante recordó que de hecho ya se había casado, y con Katherine para su desgracia.

—Ya es hora —dijo Enzo cuando al fin el sol se ocultó y la noche caía—. Por aquí estaba nuestro campamento, dejemos nuestros caballos aquí. Cuando Caroline huyó cruzó estos árboles, llegó corriendo por un sendero descuidado, este daba a la parte trasera de la mansión de los De Martell. Podemos llegar por aquí, no sé si estarán vigilando, tenemos que movernos por cuidado.

—Damos por hecho que han colocado guardias vigilando el perímetro —les dijo Klaus y los demás asintieron—. Nos vamos a deshacer sin ruido de quienes encontremos. Tendrá que ser rápido.

—Y habrá guardias dentro de la casa —dijo Marcel—. ¿Cuántos pisos tiene? —le preguntó a Enzo.

—Dos, habrá varios hombres abajo.

—Si, de hecho —siguió hablando Marcel—. Ya vi como los distribuye Tristán, hizo lo mismo con las Petrova. Hombres vigilando afuera, dos abajo, uno arriba cuidando el lugar donde esté la rehén. Si vemos dos es porque quizá su hermana esté también ahí, señor —le dijo a Klaus—, sino solo estará la señora Caroline.

—Solo somos cuatro —dijo Klaus—, y ellos serán al menos unos quince. Acá lo importante será coger a Tristán. Si lo cogemos y amenazamos con matarlo, lograremos neutralizar a los otros y hacer que bajen sus armas. Es el que les va a pagar, querrán mantenerlo a salvo pero no arriesgarán su vida por él. Sé bien cómo piensa esa gente, sin ofender claro —miró a Marcel cuando dijo aquello, este solo sonrió.

—No señor, descuide. No me ofende, y yo no soy como esa gente, aunque me parece lógico que lo piense. Cuando juro lealtad a alguien soy capaz de dar mi vida, y yo he jurado lealtad a los Mikaelson de New Orleans.— Klaus esbozó una sonrisa. Perfecto, tener a alguien leal a su causa era necesario en esa situación. Sabía bien que el hombre quería ganarse su favor porque conocía de su poder, pero eso no importaba.

—Entonces vamos por Tristán —dijo Enzo—. Una vez los tengamos, desarmamos a los que podamos. Luego a buscar a Caroline y Rebekah, si es que están claro —asintieron, ahora solo quedaba coordinar qué posiciones tomarían cada uno.

—Marcel, ¿qué tan probable es que Thierry llegue aquí con los otros esta noche?

—Pues no sabría decirle, señor. Que sería muy oportuno nadie lo niega, Thierry es muy astuto, sabe que estaremos aquí y que sin duda atacaremos en la noche.

—No esperemos refuerzos —les dijo Klaus—, pero preocúpense por los de adentro, que nadie salga de la mansión.

Ya estaba todo listo, empezaron por seguir el sendero que les indicó Enzo que llevaría hacia la mansión. Avanzaron con mucho cuidado, no podían permitir que los descubran. Cuando llegaron a las inmediaciones de la mansión, vieron a un hombre vigilando ese lado de la mansión. Solo uno, perfecto. Enzo y Klaus estaban a un lado, al otro Marcel y Diego. El Mikaelson hizo una señal y Diego empezó a avanzar. El hombre se había ido a un lado para orinar, parecía bastante aburrido en realidad.

Con una rapidez que lo asombró, Diego golpeó la cabeza del hombre contra la pared, pateó su arma a un lado y le dio otro golpe más hasta dejarlo inconsciente. Los tres avanzaron, ya tenían uno menos. Enzo los condujo por detrás de la casa hasta llegar a la puerta de la cocina, era el único lugar por dónde podrían entrar. Mientras Marcel y Diego los cubrían, Enzo usaba una navaja para forzar la puerta y no tener que romper los vidrios, eso llamaría mucho la atención. La puerta cedió al fin, y con mucho cuidado el teniente pasó. Él adelante, Klaus al medio, Marcel y Diego cubrían la retaguardia. Suponían que Tristán estaba en el segundo piso, quizá con Caroline.

Pasaron despacio, había ruido en la sala. Al parecer estaban cerca a la chimenea, caminaron agachados y vieron a dos hombres cerca, uno tenía una escopeta y el otro una pistola. No parecían en alerta, pero si listos para cualquier eventualidad. Un tercer hombre se paró de un sofá y dijo que iría por algo de tomar a la cocina. Se miraron entre sí, primero tenían que deshacerse de este. Una vez más Diego fue el encargado de cogerlo. Se acercó, le dio un golpe con la culata de su arma, el tipo quiso reaccionar, pero Marcel ayudó desarmándolo. Lo malo es que era fuerte, al primer golpe no se derrumbó como el otro, sino que a pesar del mareo siguió luchando. Hizo falta un golpe más para hacerlo caer, y ese fue justo el problema. Cayó, e hizo ruido.

—Hey, ¿todo bien ahí compañero? —dijo uno de los de afuera. Bien, ya no podían esconderse. El enfrentamiento era inminente. Todos prepararon sus armas, la idea era ser silenciosos, pero no se iba a poder—. ¿Todo bien? —repitió.

—Anda a ver, no vaya a ser que...

—¿Y por qué no vas a ver tú? No eres mi jefe, no me mandas.

—Serás idiota, si algo sale mal el jefe...

—¿Pasa algo?— Era la voz de Tristán. Al parecer hablaba desde el segundo piso—. Muévanse, vayan a ver.

—Si señor —asintieron y fueron rápido hacia la cocina.

No hizo falta mucho para detenerlos, mientras Marcel y Diego se hacían cargo de ellos y a la sala de los DeMartell llegaba el ruido de una pelea, Enzo y Klaus se adelantaron. Cuando llegaron ya Tristán estaba a la mitad de escalera. Su cara de sorpresa al verlos fue única, tanto que hasta le hizo gracia. Eso no se lo esperaba, que hayan entrado tan fácil a su casa, que ya estuviera ahí listos para acabar con él.

—Tengo gente afuera —dijo, su voz sonaba llena de rabia mal contenida—. No saldrán de aquí con vida.

—Eres tú quien no vivirá para ver el sol —amenazó Klaus. Ambos lo apuntaba con sus armas y avanzaban despacio. Él retrocedía, tenía el arma en la mano pero no le dio tiempo de apuntarlos, estaba en la mira de los dos y cualquier movimiento en falso podría liquidarlo.

—Así que finalmente tuviste los huevos para venir a amenazarme —dijo con burla, quería ganar tiempo quizá—. Parece que no te importa nada, ni siquiera morirte. Pero te vas a joder Klaus, me matas y ya sabes lo que pasará. Directo a la horca por encubrir a un asesino en serie, por ser el autor intelectual.

—¿Qué? —dijo Enzo con sorpresa. Mierda, lo que le faltaba.

—¿No te contó tu amiguito? El gran Klaus Mikaelson siempre supo de los asesinatos de Lucien Castle. No solo eso, lo cubrió, lo incentivó. Y varias de esas víctimas le fueron de utilidad, ¿verdad Klaus? Anda, cuéntale al teniente Lorenzo.

—Quiere distraerte, no lo escuches. Está loco.— Eso Enzo lo sabía, por eso a pesar de la sorpresa no dejó de apuntar a Tristán. El hombre había retrocedido hasta estar de nuevo en el segundo piso, ellos ya estaban a mitad del camino. Quizá le entró la duda a Enzo, lo averiguaría después. Pero de momento el hombre tenía claro que la prioridad era coger vivo a ese hijo de puta.

—Klaus, Klaus —se seguía burlando el muy maldito—, ¿es que no sabes perder? Tengo a tu hermana, me tocas un solo cabello y ella se muere. ¿De verdad quieres eso?— Lo peor es que esa vez si estaba diciendo la verdad. Puede que Rebekah sufra las consecuencias de ese ataque, dudó por un instante. ¿Qué debía de hacer? ¿Negociar? Ya tenía a Caroline, podía fingir que entregaba a Aurora con tal de salvar a su hermana.

Fue entonces que la vio, los ojos de Enzo y Klaus se desviaron a un lado y vieron que un hombre la tenía, apuntaba a Caroline con un arma en la cabeza. Las dudas se transformaron en pánico. Eso no podía estar pasando, ¿en serio Tristán sería capaz de matar a su hermana? Caroline tenía los ojos cubiertos de lágrimas, lloraba despacio, estaba asustada. Sus miradas se cruzaron un momento y ella contuvo el grito, aquel hombre avanzaba despacio con ella adelante como escudo humano.

—Klaus... es mentira —dijo de pronto ella—. No tiene a Rebekah, se escapó.— Al menos un alivio dentro de todo. Eso significaba que podía herir de una vez a ese maldito de Tristán, Estaba ya a punto de disparar cuando de pronto él empezó a reír.

—Mikaelson, yo no haría eso. Nada me daría más placer que matar a esta puta usada en tu delante. Caroline es mía, puedo hacer lo que quiera con ella. Y si no la tendré yo, tú mucho menos. Bajen las armas o la mato, y estoy hablando en serio —miró a su amada. Le daba rabia e impotencia verla así, quería correr hacia ella, quería tenerla entre sus brazos y protegerla de todo. Pero Caroline lo miraba como si supiera que Tristán hablaba en serio. Si ella creía que su hermano cumpliría con matarla entonces no había razón para que él lo desafíe. Con todo el dolor del mundo bajó su arma y Enzo lo imitó. Sabía que Marcel y Diego estaban ahí ocultos esperando el momento para actuar, solo esperaba que cuando lo hicieran no fuera demasiado tarde—. Abajo —ordenó el hombre, los dos retrocedieron hasta llegar a la planta baja, Tristán hizo una señal para que el guardia que tenía a Caroline avance con ella bajando las escaleras mientras él iba detrás—. Eso hermana, pórtate bien. Y ustedes ni se muevan.

—Miserable...—dijo Enzo rabioso. Lo estaba consiguiendo, el maldito iba a lograr escapar otra vez. Quería salir de la casa junto con ella, así los guardias de afuera los cubrirían. Si eso pasaba estarían atrapados y perdidos dentro de esa mansión, no podía permitirlo. Tristán estaba parado en la puerta a punto de abrirla, ellos a un lado, Caroline y el guardia al medio de ambos bandos.

—Ya es hora —le dijo al guardia. Este asintió.

Fue solo un instante, apenas unos segundos que pudieron aprovechar. El tipo bajó el arma, y aunque aún tenía cogida a Caroline, ya estaba fuera de peligro mortal. Klaus y Enzo intercambiaron una mirada, era ahora o nunca, tenían que lanzarse al rescate. Y justo cuando iban a hacerlo, una bala sonó. Haciendo gala de una puntería de lujo, Marcel disparó directamente a la cabeza del hombre que tenía presa a Caroline. Ella lanzó un grito asustada y vio como su captor caía muerto a un lado. Ya no quedaba mucho tiempo, ese disparo se escucharía afuera y todos los guardias llegarían a detenerlos.

—¡Caroline! —gritó él para llamarla a su lado. Si al menos iba a correr riesgo se la llevaría como sea de ahí— ¡Ven! —ella apenas estaba reaccionando. Miró a los costados, a un lado estaban él y Enzo, al otro un muy sorprendido Tristán.

—Ven acá hermana, ven amor —le dijo despacio. Pero se sabía perdido, era obvio que Caroline jamás iría a él.

La sorpresa terminó llevándosela Klaus cuando Caroline sin dudarlo mucho corrió a abrazar a Tristán. El hombre también se sorprendió un instante, pero la estrechó fuerte, y hasta notó que sonreía. "No, no... esto no está pasando", se decía él desencajado. "Lo hace por salvarme, ella no lo haría, ella no..."

—Te amo, Tristán —le dijo de pronto. Eso fue un golpe terrible para su corazón, no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Es que acaso Caroline enloqueció? Eso era imposible, no podía ni quería creer lo que sus ojos veían.

—Oh amor, siempre fuiste mi favorita, tú... —se quedó con la palabra en la boca, como si no pudiera hablar más. Solo entonces se dio cuenta, cuando Tristán quiso separarse de Caroline notó que ella sostenía algo a la altura de su vientre. Lo había apuñalado y aún tenía el arma clavada en su cuerpo. Los ojos de su amor estaban llenos de lágrimas, las manos le temblaban, pero aún así fue capaz de hacerlo—. No... —lo escucharon decir. Entonces Caroline sacó rápidamente la daga del cuerpo de su hermano y lo dejó caer al piso mientras empezaba a desangrarse. Eso tuvo que habérselo enseñado Kol, fue una puñalada mortal, directo en las entrañas.

—Te odio —dijo ella entre lágrimas, pero aún así su voz sonaba llena de rencor—. Púdrete en el infierno, miserable.

Tristán no era capaz de decir nada, Caroline había removido la daga en su vientre, asegurándose de que no sobreviva a eso. Klaus al fin pudo reaccionar y corrió donde ella, Caroline no se movía, tenía la daga ensangrentada en la mano, mientras él la rodeaba con sus brazos, ella miraba atentamente a los ojos de su hermano, miraba como al fin moría el hombre que la atormentó toda su vida.

Lo último que Tristán De Martell vio fue a su hermana asesina en los brazos del hombre que odiaba. Klaus tuvo razón, no vivió para ver el sol.