Hoy presentamos:

Capítulo 41: Operación Día del Juicio

Álzate a través del dolor, así como el sol se alzará de nuevo.
Día a día, pero los recuerdos nunca cambian.
Mantente firme ante la tormenta, mientras cae el último horizonte
Cegado por la visión de la inocencia de nuestras almas.
Sam Totman

Necrópolis, Isla Cadáver, Protectorado de Costas del Cráneo, domingo 21 de octubre de 2023. La espumosa sangre blanca del océano brota a los costados de la proa del Balrog a medida que éste se abre paso rumbo a la flota enemiga. Abbey se apresta junto a Dana en el puente, escudriñando el horizonte con la ayuda de unos prismáticos y una pantalla de radar.

— ¡Atención capitanes! — suena la voz del almirante por el parlante del radio. — Primer grupo conmigo, tras los transportes pesados. Debemos alcanzarlos antes de que vayan muy lejos. Segundo grupo, comiencen a cerrar la brecha en Necrópolis.

— ¡Aquí capitana Bominable! — dice tomando el radio. — Me dispongo a enfilar hacia la posición de ataque.

— Negativo capitana. — responde Thlan. — Usted tiene los misiles de largo alcance. Serán los francotiradores del grupo de ataque. Deje que los destructores se encarguen del cerco naval. Usted concéntrese en los objetivos de tierra.

— Recibido. Atacaremos objetivos de tierra.

— Aquí los tiene, capitana. — apunta Dana hacia las pantallas del radar. — Varias baterías costeras a lo largo de la playa, lanzaderas móviles de misiles en estos dos puntos y varias barricadas.

— No esperaba que estuviera fortificado. — responde la yeti al analizar el mapa. — No construyes fortalezas si no vas a quedarte con el terreno.

— Yo también esperaba que huyeran como los cobardes que son. — agrega la teniente Jones. — Pero más bien parece como si quisieran quedarse con la isla.

— Pero ¿por qué?

— No lo sé. Incluso no entiendo muy bien por qué Teach[1] está al mando de la flota de los Legionarios.

— ¿No llevarse bien con Vasiliev o qué?

— No. Más bien con Tattaglia. Quizá, ante el fracaso del plan, Teach huye dejándolo atrás. Por eso una parte de la flota naval se va, y la otra se queda a defender la isla hasta que puedan evacuar a Tattaglia y a Vasiliev.

— Entonces, — dice uno de los oficiales — ¿el enemigo se está dividiendo? ¿Por qué?

— Es una larga historia. — comienza Dana. — Hubo un tiempo en que los Varolenki, familia vampírica originaria de los Balcanes, intentaron controlar el negocio de la piratería en el Mediterráneo, pero los italianos ya lo tenían bajo su mando. Hubo varios enfrentamientos en las costas de Italia, las islas griegas y la costa balcánica entre 1715 y 1723. Los italianos estaban perdiendo la contienda, así que tuvieron que buscar a un hombre de mar que fuera lo suficientemente astuto como para enfrentarse a una flota entera sin temblar. El maestre licántropo había escuchado rumores acerca de un marinero humano que había conseguido sitiar la ciudad de Charleston, localizada en las colonias británicas de América del Norte. Enviaron a un marino en su busca, pero luego del viaje de seis meses, con lo único que volvió fue con un cadáver congelado con la cabeza cosida con hilo de cáñamo. Por supuesto, el comandante creyó que se trataba de una broma, pero después, el capitán de la expedición le dijo que había traído también a un brujo nativo de las américas que decía tener la capacidad de traer a los muertos de nuevo a la vida. El maestre aún no le creía del todo, pero concluyó que no tenía nada que perder y lo dejó hacer el ritual. El hechicero cumplió con su parte y revivió a Teach. Éste último juró ayudar a los licántropos italianos a ganar su guerra contra los vampiros balcánicos a cambio de que le dieran hombres y tres barcos para llevar a cabo su campaña. Los italianos ganaron la guerra, pero tras ello, Teach se amotinó con sus hombres y se robó un barco, dos cofres de plata y oro, y a la hija del maestre lobo de Sicilia, Giuseppe Tattaglia.

— Y entonces, — comenta el timonel, que ha escuchado toda la historia — si los traicionó así ¿por qué confiar en él?

— Porque Tattaglia sabe que ningún otro filibustero combatirá con más furia contra el almirante Thlan.

Abbey mira a Dana con incertidumbre. En la lista de los criminales buscados por la DIDP figuran muchos piratas cuya persecución ha sido comisionada a la Marina. Muchos de ellos son antiguos navegantes de la mítica Flota Tenebrosa de la Hermandad, y sus proezas se cuentan lo mismo en tabernas que en libros de historia. Teach no encabeza la lista, aunque sí está entre los diez primeros.

— Ellos saben que Teach no solamente peleará por lealtad, sino también por su propia vida. — explica Dana.

— ¿Por qué por su vida? — pregunta el timonel.

— Porque el hechicero que lo trajo de regreso del mundo de los muertos, — expone Jones con un semblante muy serio — es nada más y nada menos que Mick Thlan. Le debe la vida, literalmente. Thlan le dio un año a Teach para que cumpliera con lo pactado con los italianos, y después de ello estuvo a su disposición como navegante. Trabajó para Thlan durante mucho tiempo, pero un día, el perro se soltó de su correa y mordió la mano que lo alimentaba. Después de la independencia de México, de la que Thlan fue partícipe activo, Teach huyó dejándolo en Veracruz a merced de las últimas tropas realistas, que lo encerraron en el fuerte de San Juan de Ulúa. Desde entonces Thlan lo ha buscado por los siete mares para hacerle pagar su deuda: penar eternamente en el oscuro averno.

— Pues ya puede irse preparando — remarca Abbey — porque tregua no estar en el vocabulario de Thlan.

II

Mientras Kat arregla sus cosas para la huida de Necrópolis, Toralei intenta reparar su motocicleta. La felina adolescente guarda dentro de su mochila aquello que cree que puede serle útil: un cuchillo de cocina, abrelatas con destapador, linterna, fósforos, una libreta pequeña, lápiz y bolígrafo, algunas latas de comida, madeja de hilo con aguja, un espejo pequeño y un rollo de cuerda sacado del tendedero del patio.

— Creo que estoy lista. — dice al salir a la puerta de la casa.

— Demonios… — susurra Toralei al intentar por última vez que su motocicleta encienda.

— ¿Está averiada? — pregunta Kat.

— Creo que sí. — contesta la fugitiva. — Debe ser algo con el sistema eléctrico. No tiene corriente en ninguna parte.

— Quizá se fundió un fusible. — comenta la felina blanca.

— Sí, quizá sea eso. — replica la otra, levantándose. — De cualquier forma, no tenemos tiempo de ir a buscarlo. Vámonos.

— ¿Cómo? ¿A pie? — repone, sorprendida.

— Sí. — le ordena Toralei acomodándose de nuevo la pistola en la cintura. — Tenemos que salir cuanto antes de aquí. No quisiera estar en este sitio cuando lleguen los militares. Andando.

Las dos felinas salen de la casa y comienzan a caminar por las calles. Los ojos verdes de Toralei denotan cansancio, pero no flaqueza de voluntad. Kat, por otro lado, pasea nerviosamente sus pupilas azules entre las casas y los jardines, buscando algún rastro de vida. Algunos de los edificios de las calles están pintados de hollín y tienen agujeros de bala. Un olor extraño e incómodo flota en el aire, y a lo lejos se escuchan extrañas vibraciones.

— ¡Shhhh! — Toralei detiene a Kat en la esquina y la empuja hacia la pared. — Alto.

— ¿Qué? — pregunta la joven en voz baja.

— Escucha…

Un gruñido resuena entre los edificios y se hace más fuerte cada vez. En realidad son varios rugidos, y se acercan lentos y potentes sobre el asfalto. Toralei se asoma por detrás de la pared tan sólo unos segundos y vuelve a ocultarse.

— Tendremos que tomar otro camino. — dice.

— ¿Por qué? — responde Kat.

— Haces muchas preguntas, niña. Vámonos.

Toralei trota de regreso por la calle y se detiene súbitamente antes de llegar a la esquina, lo que hace que Kat choque con ella y caiga de espaldas sobre la hierba de uno de los jardines.

— ¡Oye! — le reclama — ¡Avisa!

— ¡Shhh! — la reprende Toralei.

Una respiración poderosa suena al otro lado de la pared. Un aliento de bestia viva, caliente y oloroso, arranca partículas de polvo del muro y las deja flotando sobre la banqueta. Los bufidos de la extraña creatura hacen temblar los vidrios de la casa y remueven las hojas de los árboles. Kat abre los ojos y lentamente se recorre hacia atrás hasta topar con una puerta cerrada, mientras Toralei permanece inmóvil en la pared. La sombra de una bestia grande se proyecta sobre la banqueta y Kat ve caer a su salvadora sobre la hierba, empujada por el hocico húmedo de un cánido del tamaño de un caballo que lleva sobre su lomo a un jinete encapuchado y armado con un fusil.

— ¡Qué hacen ahí! — les grita el monstruo. — ¡Levántense!

Las dos felinas se miran entre sí. Toralei se incorpora y le hace una señal a Kat para que obedezca.

— ¡Andando! — ordena el monstruo mientras con las riendas hace que el enorme perro dé la vuelta. — ¡Tenemos que ir a defender la costa! ¡Hay que darle tiempo a nuestro señor!

— Lo alcanzaremos en un rato. — replica Toralei con total naturalidad. — Mi compañera y yo estábamos buscando rezagados.

— ¡Pues no se tarden! — finaliza el monstruo.

Toralei y Kat comienzan a caminar calle abajo tras doblar la esquina, alejándose en dirección opuesta al jinete. Pero entonces, éste se da la vuelta, lo que hace que los nervios de la adolescente se tensen de nuevo.

— ¡Oye, tú! — grita el monstruo. — ¡La de cabello anaranjado! ¡Alto ahí!

Toralei lo sabe. Aquel acaba de reconocerla y ahora viene por ella. Saca su pistola con una habilidad digna de un pistolero del Viejo Oeste y le acierta un tiro en el hombro izquierdo.

— ¡Corre! — le grita a Kat al hacer un segundo disparo que ya no alcanza a dar en el blanco.

La joven mueve sus pies lo más aprisa que sus nervios le permiten. Detrás de ella, el jinete lanza improperios y maldiciones junto a las balas que zumban por sobre las orejas del perro gigante y pasan a centímetros de las felinas. El pequeño corazón de Kat bombea tan fuerte que ella por poco y lo siente salir por su garganta. El perro corre cada vez más rápido y, aparentemente, más hambriento. Justo cuando Kat siente el aliento del can en sus talones, descubre una ventana abierta al nivel de la banqueta. Sin pensarlo dos veces se lanza hacia su interior seguida de Toralei. Afuera, las enormes garras del perro rascan el concreto y arrancan el revestimiento de los ladrillos de la pared. Adentro, las chicas parecen estar refugiadas en una especie de cochera subterránea.

Kat escucha que el jinete le ordena algo al perro. Éste se repliega y deja que su amo se asome por la ventana. El soldado divisa a las dos felinas e inmediatamente abre fuego contra ellas. Las chicas corren a esconderse detrás de uno de los autos. Las balas rompen los cristales y perforan la lámina de la carrocería. El cargador del arma queda vacío y el perro vuelve a asomar su hocico por la ventana.

— ¡Salgan de ahí, zorras! — grita el monstruo desde afuera.

El perro sigue arrancando pedazos de concreto con sus garras, ayudado por las balas de su amo. El cargador de la pistola de Toralei está vacío, y con la furia con que la bestia rasca la pared, es sólo cuestión de tiempo para que abra un boquete y entre a la cochera.

III

Tres cazas Sukhoi T-50 del Cuerpo Aéreo de la Armada que escoltan a un bombardero ligero se preparan para abrir una brecha en las defensas de Necrópolis. Uno de ellos tiene unos caracteres chinos y un dragón pintados en el morro. El piloto lleva, al costado derecho de la cabina, una fotografía que parece haber sido tomada el día de su boda, mientras que en el otro lado tiene una imagen de Jinafire Long. Jack es el quinto de los siete hermanos mayores de esta última. Tiene quince años de servicio en el Cuerpo Aéreo de la Armada y bajo su mando vuela el escuadrón de cazas del Antoine Van Helsing.

— Control aéreo: aquí el capitán Jack Long. — dice el piloto. — Mis muchachos y yo nos preparamos para la primera pasada de bombardeo sobre el sector suroeste de la ciudad.

— Recibido capitán. — responden por el radio. — Mantenga los ojos abiertos ante posibles contactos aéreos enemigos.

— Entendido, señor. — comunica el piloto dragón — Muchachos: ¡es hora del rock 'n' roll!

Los aviones pasan veloces sobre las montañas de La Dolorosa. En sus laderas, varias decenas de dragones aguardan como un enjambre de insectos esperando atacar. Las bestias comienzan a alzar el vuelo, pero son incapaces, al menos por ahora, de darle caza a los aviones. La artillería antiaérea abre fuego, pero los pilotos esquivan los proyectiles con habilidad. La bahía de armas de los aviones se abre y la primera carga de misiles se libera contra las defensas de la ciudad. El humo negro y el fuego anaranjado se elevan al cielo empujados por el estruendo de las explosiones y el crepitar de las llamas.

Jack decide adelantarse un poco a sus pilotos y disminuye ligeramente la altura de su avión. Hace un tonel para tener una vista completa del campo de batalla y con su visión de dragón vislumbra un monstruo que parece buscar algo bajo una casa. El piloto concluye que deben ser civiles atrapados, así que decide darles una ayuda.

— ¡Foxtrot, Kilo! — dice el capitán Long a sus hombres. — ¡Cúbranme!

— ¡Sí señor!

Jack baja el avión y avista el blanco en su visor, coloca el pulgar en uno de los botones de la palanca de control del aparato y abre fuego. El cañón de 30 mm lanza una ráfaga de proyectiles, y una nube gris se levanta desde tierra. Después de esta pequeña victoria, el piloto dragón vuelve con su escuadrón y procede a continuar con su misión.

IV

Una tremenda nube de polvo entra por el boquete abierto en la pared del escondite de Toralei y Kat. El perro sigue excavando y demoliendo el muro. De pronto, unos estallidos se oyen del otro lado. La cantidad de partículas que contamina el aire es tal que ellas no pueden ver más allá de sus pestañas. La bestia se queja un poco, se oyen algunos estallidos más y luego todo queda en silencio. Todo ha ocurrido tan rápido que las felinas ni siquiera han tenido tiempo de enterarse. Cuando el polvo se disipa, Toralei se asoma por encima del auto acribillado y ve la calle despejada. Un hilo rojo comienza a bajar por entre los escombros, seguido de otro y otro más, hasta que aquello se convierte en una cascada carmesí.

— Andando. — dice Toralei.

Kat se levanta y la sigue. Sus zapatos pintan sellos escarlatas sobre el concreto. Al salir descubre que la bestia yace sobre la banqueta, desmembrada por la munición explosiva del avión.

— ¡Vámonos! — le ordena Toralei. — ¡Las Fuerzas ya llegaron! ¡Tenemos que irnos!

Kat emprende la marcha y contempla las columnas de humo que se elevan detrás de los edificios. El sonido del motor de los aviones en el cielo suena como un lejano augurio de libertad para ella, pero después de lo ocurrido, sabe que esa libertad no llegará sin esfuerzo.

V

A más de cinco mil metros de altura sobre el nivel del mar, los potentes motores del Robert H Steam lo llevan a casi cien nudos de velocidad. Eso equivale a cerca de 180 km/h, algo increíble para un objeto de 22 mil toneladas de peso. En el puente, Robecca vigila las pantallas circulares del radar y juguetea con una brújula dorada. La decoración del lugar es diferente a la del resto de los buques de la Marina. Los instrumentos de navegación están hechos de bronce pulido y empotrados en gabinetes de madera reciclada entintada para darle el color de nogal. El piso de polímero simula un entarimado de duela, y las ventanas están flanqueadas con cortinas azules bordadas con hilo color cobre. Frente a la majestuosa rueda de cabillas se ubica un globo terráqueo de latón pulido que señala la posición actual del navío con una aguja y un mecanismo de engranajes. Junto a éste, los telégrafos del cuarto de máquinas controlan velocidad, sentido de la marcha y altitud, con sus carátulas azules, letras amarillas y cuerpos de cobre pulido y latón. En una esquina se levanta un modelo del sistema solar movido por engranajes, mientras que en la parte anterior de la sala se encuentra una vitrina de cristal y madera que resguarda las banderas de Inglaterra y de la OTT. La herrería estilo art nouveau sostiene al techo y las lámparas modernistas que iluminan la estancia, y enmarca elegantemente las ventanas. Una carta náutica igual a la que encontró la teniente Von Schwarzblut en el puente del Cipactli se extiende sobre la mesa de mapas iluminada por el sol.

Robecca toma un par de lentes oscuros de montura dorada y cristales perfectamente redondos y sale al exterior del dirigible. Rochelle y Jinafire la encuentran ahí, ambas ataviadas con un traje similar al uniforme de gala de la Armada, pero con un estilo más antiguo.

— Todo el personal en sus puestos y listos para el combate, capitana. — anuncia la dragona.

— Gracias, contramaestre. — replica Robecca.

— Con su permiso. — dice Jin al retirarse.

— La doctora Flamel dice que está lista para delegar el control del reactor. — informa Rochelle.

— Perfecto. Ada: prepárate para asumir el control del RIG.

— Con gusto. — replica la chica holográfica desde uno de los paneles de control del puente.

— Jinafire está muy emocionada. — señala Rochelle. — Dice que es la primera vez en muchos años que pelea al lado de su hermano Jack.

— Desde que la conocí siempre ha tenido un carácter muy fuerte. — comenta la mecánica. — Exactamente el que se necesita para andar en estos negocios. A veces me sorprende que sea modista.

— Pues, de hecho el mundo de la moda también puede ser muy feroz.

— En eso tienes razón.

Aunque no tienen el mismo entrenamiento militar que Abbey, Jinafire y Rochelle se unieron a la tripulación de Robecca por una sed de aventuras y un espíritu justiciero. Cuando el dirigible fue puesto en servicio, Micka dijo que sería médico a bordo, pero ahora que Luna necesita de alguien que la cuide, ha tenido que dejar el puesto.

Una alarma en el puente llama la atención de las dos chicas, quienes regresan para atenderla. Robecca se aproxima a la rueda del timón y presiona uno de los botones del tablero.

— Adelante.

— Capitana: tenemos compañía. — indica Jinafire desde la pantalla circular transparente que se levanta frente al timón. — Múltiples contactos acercándose rápidamente desde el suroeste. Aproximadamente a diez kilómetros.

— ¿Escoltas?

— No. — puntualiza Ada. — Control aéreo del Antoine Van Helsing dice que la escolta llegará en siete minutos. Calculé el tiempo estimado de alcance de estos contactos en tres minutos.

— ¿Sabes qué son?

— Lo más probable es que sean dragones. — apunta Jin. — La bruma no me permite una confirmación visual.

— Apresten las armas. — ordena Robecca. — Llegó la hora. Jin: ponlos en la pantalla del puente.

Un monitor transparente enmarcado en un círculo de bronce grabado se levanta frente al timón, por detrás del globo terráqueo. En él, una mancha amarilla señala la posición de los contactos que se aproximan al dirigible. Robecca analiza la situación mientras usa sus manos para ampliar la imagen del radar.

— Son pequeños. — comenta la capitana. — Usen las torretas de cuarenta milímetros.

A la orden de la comandante, los aeronautas preparan los cañones del dirigible. Toman los cartuchos de uno en uno y los insertan en el cargador de las armas. Un tiro de la palanca de la recámara y el característico sonido metálico las dejan cargadas. En las torretas principales, un brazo mecánico levanta la ojiva desde la banda transportadora para insertarla en la recámara. Después procede a colocar la carga de propelente y finalmente un pistón hidráulico empuja todo y cierra la escotilla.

— ¡Están dentro de alcance! — indica Jinafire por el radio.

— ¡Fuego!

— Ahí les van cuarenta milímetros de dolor. — dice la dragona al oír los disparos de la batería de babor.

Cinco pequeñas torretas dobles distribuidas a lo largo de la banda de babor del Robert H Steam abren fuego contra los objetivos. A cinco kilómetros de distancia, los proyectiles impactan a los dragones con efectividad devastadora. Una de las ojivas golpea a uno de los dragoneros, cuya bestia da la vuelta y se retira del grupo. Otra se impacta en el ala de un monstruo y lo lanza al vacío con una estela de humo negro.

— Carguen la munición de metralla en la trescientos cinco. — ordena Robecca.

En la torreta más grande de la cubierta principal se cargan tres proyectiles de color rojo que tienen una caricatura de un cazador pintada en el costado. Los tres cañones escupen fuego y humo sobre la cubierta. Las ojivas explotan a tres kilómetros, regando una ráfaga de fragmentos de metal ardiente en todas direcciones. No obstante, con la parvada de dragones dispersándose, su efectividad se ve reducida.

El sistema CIWS Goalkeeper[2] detecta de manera automática a tres aviones que se acercan por la popa del dirigible. Uno de ellos lanza un misil que va directo a las hélices. El cañón rotativo de 30mm del arma abre fuego y destruye la amenaza en fracciones de segundo.

— ¡Fuego sobre la popa! — anuncia uno de los tripulantes del dirigible.

— ¿Qué fue? — pregunta la capitana.

— Tres aviones. — responde el aeronauta. — Están justo detrás de nosotros.

— ¡Derríbenlos! — ordena Robecca.

En la lanzadera horizontal ubicada en el costado de estribor de la nave se abren tres compuertas. Tres misiles salen de dentro de ellas y encienden sus motores para emprender la cacería de los aviones. Arriba, las tres aeronaves se dispersan intentando evadir la amenaza. Son cazas ligeros y de bastante edad, pero aún con cierta agilidad para el combate. Robecca supone que debieron haber sido robados de algún cementerio de aviones, aunque se pregunta cómo alguien podría hurtar algo de ese tamaño.

El primer avión cae en llamas. Los otros dos intentan inútilmente evadir a los misiles. Mientras tanto, los pocos dragones que quedaron emprenden la retirada. Ésta será la prueba definitiva del Robert H Steam. En ella deberá demostrar su valía, una hazaña que podría cambiar la historia de la tecnología aeronáutica militar para siempre.

VI

El Plasan Sand Cat del equipo GHOST avanza veloz por una calle de tierra en la periferia de la ciudad. Dredd se mantiene vigilante en el Cuervo, que ahora vuela a treinta metros sobre el suelo. Una nube de polvo se levanta por entre las casas de las colonias pobres de la urbe, que ahora yacen abandonadas y convertidas en campo de tiro. Las empinadas calles están empedradas y cercadas por casas de ladrillo techadas con láminas de metal. Algunas de ellas ni siquiera tienen puerta, y las cortinas que las cierran se mueven con el viento como si quisieran advertirle a todo el que pase que es mejor que regrese por donde vino. Deuce voltea a ver la pantalla del GPS del tablero del vehículo y advierte que debe doblar en la calle siguiente.

— 'Vorgheem ¿está despejado? — pregunta por el radio.

— Libre, señor.

El vehículo da la vuelta a la derecha en la esquina siguiente, avanza cuatro calles y vuelve a virar a la izquierda para incorporarse a una amplia avenida. Cientos de metros más adelante, una barricada formada por vehículos calcinados cierra el paso. Un monstruo con ojos compuestos, antenas de insecto y cuatro pares de brazos toma unos binoculares, fija la vista hacia la calle y se apresura a tomar la ametralladora en cuanto reconoce al vehículo.

Las balas se impactan en el tronco de las palmeras que pueblan el camellón, las losas del pavimento, los vidrios de las construcciones y las luces frontales del Sand Cat. Al ver el ataque, Dredd acelera su vehículo en el aire y oprime uno de los botones de las palancas de control. Uno de los cohetes que el Cuervo lleva bajo las alas sale disparado hacia la barricada. La explosión subsiguiente abre una brecha en la barrera e inutiliza la ametralladora, pero también lanza una advertencia a un grupo de legionarios que aguardaban en la esquina siguiente. Akulovsky utiliza la torreta en el techo del vehículo para despejar el camino y el Sand Cat continúa su avance.

Calles abajo, un legionario oculto dentro de una sastrería recibe un mensaje de radio. Contesta la comunicación en un lenguaje extraño y luego toma un lanzacohetes RPG-7. Sale a la calle, se coloca detrás de un auto y apunta hacia la siguiente esquina. Cuando el Sand Cat del GHOST aparece en la mira, el legionario dispara.

— ¡Hijo de puta! — exclama Gorgon al ver la granada directo hacia ellos.

Pisa el acelerador hasta el fondo y hace una maniobra, pero el proyectil se impacta justo en la rueda trasera del vehículo. La explosión vuelca al Sand Cat sobre su costado izquierdo, resbala sobre el pavimento y se estrella con una camioneta. De las azoteas de las casas y edificios de enfrente sale un grupo de Legionarios que comienzan a disparar contra el Sand Cat.

Dredd intenta cubrir a sus compañeros desde el aire, pero uno de los enemigos está armado con una ametralladora pesada. El arma de cañón rotativo comienza a repartir destrucción en el aire, logrando dañar la cola del Cuervo y parte de las alas. En el suelo, Akulovsky se repone rápidamente del accidente y desmonta la ametralladora de la torreta para usarla contra el enemigo.

— ¡¿Dónde están?! — pregunta Benthorns al salir del vehículo.

— ¡En las azoteas! — responde el escualo al tiempo que hace crujir el concreto con la ametralladora.

El minotauro levanta su fusil y usa el cuerpo del vehículo como parapeto. Las ráfagas del enemigo se impactan en el chasis, la banqueta y la fachada del edificio, haciendo caer una lluvia de concreto en polvo y cristales sobre la calle.

— ¡'Vorgheem! — grita Shriek por el radio. — ¡Necesitamos apoyo aéreo cercano, ya!

— ¡En camino! — responde éste.

El Cuervo regresa y hace otra pasada con la ametralladora. Logra derribar al tirador del cañón rotativo, pero aún quedan muchos más pistoleros en el techo. Mientras tanto, el resto de su equipo sigue disparando en ráfagas sobre las marquesinas.

— ¡Akulovsky, cúbreme! — ordena Deuce antes de salir a la calle, frente al vehículo.

Su tirador obedece y él toma un par de granadas de fragmentación, se las lleva a la cabeza para que sus serpientes les quiten los seguros y las arroja por sobre la fachada de los edificios de enfrente. Dos explosiones se escuchan al unísono y luego el silencio cae sobre la calle como la crecida de un río. Dredd da una vuelta en el Cuervo que queda marcada con una estela de humo y vuelve a tierra.

— ¿Todo bien, capitán? — pregunta al bajar.

— Sí, 'Vorgheem. — responde Deuce saliendo de detrás del vehículo.

Akulovsky, Benthorns y Shriek se incorporan. El incidente les ha dejado solamente algunos cuantos moretones y raspones. Cuando Deuce mira hacia el compartimiento del motor del vehículo, éste derrama una mezcla de aceite y anticongelante, lo mismo que el Cuervo.

— Ha quedado para el arrastre. — comenta Benthorns al ver al Sand Cat.

— Parece que tendremos que seguir a pie. — expone Shiek.

— Andando equipo. — dice Deuce.

Tras sacar el resto de su equipo del vehículo, los soldados siguen caminando a través de la calle. Benthorns decide probar suerte y ver si una camioneta junto a la acera aún sigue funcional. Logra arrancarla con un par de chispazos, y sus compañeros suben a la parte de atrás, con Deuce de nuevo al volante.

VII

A varias millas marinas de la costa de la ciudad, el Cipactli inicia su persecución al Venganza de la Reina Ana. El emblema de bronce de su proa, un cráneo con una fisura en la cuenca ocular derecha y el símbolo de Ollin detrás, parece flotar orgulloso a una decena de metros por encima del agua. Los tres destructores y las tres fragatas que lo acompañan avanzan por el océano con la seguridad de un continente. Arriba de ellas, el cielo se ha pintado de gris y trae un viento helado que agita las banderas que se aferran a los mástiles. El mar se aprecia un poco crispado, y sobre su horizonte brumoso comienzan a aparecer siluetas grises que rompen su linealidad como las crestas y valles de la gráfica de un sismógrafo.

— Diez buques, señor. — señala la teniente Von Schwarzblut frente a la pantalla de radar.

— Qué curioso. — replica Mick mirando el monitor. — La flota que detectamos el primer día era dos veces más grande.

— Se han registrado varios movimientos desde el miércoles. — señala uno de los oficiales. — Los estadounidenses reportaron haber interceptado un grupo de dos navíos el día de ayer.

— Pues que al menos sirvan de algo, los cabrones. — comenta el almirante. — Preparen todo. — ordena. — Haremos el primer contacto en dos minutos.

— Sí, señor.

Mientras tanto, lejos de ahí, al otro lado de las nubes y la bruma, los Legionarios preparan sus movimientos. A bordo de un gigantesco dirigible que parece un montón de chatarra mecánica que flota unida a una vejiga de aire, un grupo de hombres del aire preparan lo que parece ser un arma de alta tecnología. Se trata de un cilindro de metal pulido que en su interior contiene una gema pequeña que brilla de un intenso color azul. Una multitud de cables y mangueras se unen a la estructura y conducen hacia una serie de máquinas con la apariencia de computadoras industriales.

— ¿Todo listo, doctor? — pregunta un hombre con uniforme militar negro y el distintivo pañuelo en el brazo.

— Sólo necesito terminar de cargar el algoritmo de control y estará listo. — responde un hombre en bata de laboratorio con un cráneo descomunalmente grande y lleno de arrugas.

En un momento, el brillo que emana de la piedra y que sale a través de la mirilla de la máquina se hace más intenso. Hebras de electrones y nubes de plasma rojo se forman adentro de aquel reactor y en la pantalla de la computadora aparece el anuncio de "Cargado". Los dos hombres se colocan unos lentes oscuros y el oficial de uniforme negro presiona un botón rojo marcado con las letras "EMP".

Abajo en el mar, uno de los destructores que acompañan al Cipactli lanza un misil desde su cubierta. El arma se aleja veloz del buque dejando una estela de humo y clavándose entre las nubes. Comienza a descender sobre su objetivo varias millas marinas más adelante. Pero entonces, algo extraño sucede. Un relápago azul ilumina el cielo y el motor del misil se apaga. El dispositivo se precipita al agua como si fuese una simple roca en caída libre, hundiéndose a veinte metros de su blanco. Los monstruos a bordo del barco objetivo miran con curiosidad desde la baranda cómo el misil se hunde en el océano.

— ¿Qué es esto? — se pregunta uno de los oficiales del destructor que lanzó el arma, viendo que su pantalla de radar queda totalmente vacía.

El resto de las computadoras del sistema de rastreo y detección se llenan de ruido blanco. Algunos de los equipos se apagan, y lo único que queda encendido son los motores de la nave.

— ¡Informen! — ordena el comandante del navío.

— Perdimos el radar, capitán.

El ambiente en el acorazado Cipactli no es menos desconcertante.

— No hay comunicaciones, señor. — señala la teniente Von Schwarzblut. — Estamos aislados.

— ¿Quiere alguien decirme qué demonios fue eso? — ordena el almirante.

— Creemos que un pulso electromagnético, señor. — señala el maestre Carnicero. — El sistema de combate se está reiniciando, el reactor está seguro y operable y no se reportan fallas en los sistemas de propulsión y enfriamiento, pero estamos teniendo problemas para contactar a los otros barcos de la flota.

— Arréglenlo rápido. — responde Thlan. — Quiero al sistema de proximidad trabajando cuanto antes. Si esos bastardos se dan cuenta de que está caído, nos hundirán a todos. ¿Cómo diablos es que consiguieron un arma de pulso?

Y exactamente cuando el almirante pronuncia estas palabras, tres proyectiles aparecen entre las nubes. Tienen un tamaño intimidante y vienen guiados por un juego de aletas, aunque carecen de motores. Uno de los destructores los detecta cuando su sistema de radar termina de reiniciarse, pero ya es demasiado tarde para hacer algo. La primera de las ojivas se impacta justo frente a la torreta y rompe la cubierta; la segunda destroza el mástil y hace blanco sobre las chimeneas, y la tercera aterriza justo sobre la cubierta de popa. Apenas un instante después, las cargas del interior de los proyectiles explotan y hacen que la estructura del buque se curve hacia arriba y lance fragmentos de metal ardiente. Las llamas y el agua salada envuelven al barco que lentamente se hunde en el Pacífico.

— ¡Le dieron al Kraken! — informa uno de los oficiales.

Mick se limita a golpear la mesa de los mapas con el puño.

— ¡¿Cuánto falta para que reinicie el sistema?! — pregunta.

— Treinta segundos, señor. — dice uno de los marinos.

VIII

Lejos de ahí, frente a Necrópolis, el Balrog enfrenta una situación similar. Los objetivos terrestres que Dana señaló ya fueron eliminados, pero más amenazas están apareciendo en la pantalla de los radares. El mismo resplandor que dejó al Cipactli cegado por un momento está causándole problemas al crucero de misiles.

— Perdimos contacto con el grupo de combate del Cipactli, capitana. — informa Dana. — Tampoco hay comunicación con el resto de la flota ni con el Antoine Van Helsing.

— ¿Cuál es la causa? — pregunta Abbey.

— Creemos que un pulso magnético, pero no estamos seguros.

— ¿El sistema de proximidad funciona?

— Sí, pero el resto del sistema de combate está caído.

— Estamos solos en esto… — susurra la yeti para sus adentros. — Timonel: — ordena — tres-dos a babor. Veinticinco nudos.

El navegante gira el timón hacia la dirección ordenada y mueve la palanca del telégrafo de máquinas hacia adelante.

— Teniente Jones: — continúa Abbey — prepare sistema de proximidad. Tenemos que proteger resto de la flota hasta que sistema de combate se restablezca. Hay que darle prioridad al Antoine Van Helsing. Las tropas de tierra necesitarán el apoyo de esos aviones.

— A la orden, capitana.

En las calles de la ciudad cercanas a la costa de Necrópolis, un grupo de dragones avanzan en dirección a la costa. Sus obesos cuerpos tienen al menos el doble de tamaño que un elefante africano, y en sus lomos cargan unas máquinas con la apariencia de cañones triples. Se mueven con pesadez sobre el pavimento, obligados por el restallar del látigo y los gritos de los soldados. Cuando llegan a la costera, se detienen y forman una larga valla.

— ¿Qué rayos es eso? — dice el piloto de uno de los cazas de la Marina que sobrevuelan la ciudad.

Uno de los dragoneros de tierra da la orden de fuego, y de las máquinasdel lomo de las bestias sale una lluvia de cohetes que teje una cortina de humo blanco sobre la bahía.

— ¡Todo a estribor! — exclama el capitán de uno de los destructores al ver la inmensa cortina de humo blanco que se levanta en el horizonte, justo en dirección a la isla.

El timonel obedece y comienza a girar la pequeña rueda del timón lo más rápido que puede. El buque se inclina hacia su costado por la fuerza del viraje. Los cohetes completan su camino de varios kilómetros antes de lo esperado, y la lluvia de fuego comienza a caer sobre los barcos. Uno de ellos recibe un impacto directo en la popa, mientras que otro alcanza a repeler el ataque con su CIWS sólo por un poco.

En tierra, las lanzaderas triples en el lomo de los dragones dan un pequeño giro y lanzan una nueva andanada de cohetes desde la costa.

— ¡Defiendan al Antoine Van Helsing! — ordena Abbey. — ¡La infantería necesita el apoyo aéreo!

Los dos sistemas de armas de proximidad del Balrog entran en acción. Los módulos de combate Kashtan[3] abren fuego con sus cañones rotatorios de 30mm. Logran salvar a dos destructores con su barrera de balas, y a otro con sus misiles. Los AK-630[4] proporcionan cobertura sobre el portaaviones al costado del crucero, y logran liberarlo de cuatro impactos certeros sobre la cubierta de vuelo. No obstante, una de las fragatas que escoltaban al Antoine Van Helsing no corre con mejor suerte: recibió tres golpes directos. Su sistema de defensa antimisiles no logró restablecerse antes de la primera oleada.

Ante la presión de la situación, el portaaviones comienza a virar para salir del alcance de los cohetes. El timonel del Balrog también gira el timón del crucero, temiendo que uno de los proyectiles los alcance.

— ¡¿Qué tú crees que estás haciendo?! — le pregunta Abbey con una mirada tan aguda como el filo de un tarkon. — ¡No te he dicho que cambies el curso!

— Estamos en curso de colisión con la fragata, — señala débilmente el marinero. — y dentro del alcance de los cohetes.

— ¡No ser cobarde, muchacho! — le dice la capitana al tiempo que lo empuja lejos del timón. — ¡Hoy ser un gran día para morir! — toma la rueda y la palanca del telégrafo con fuerza. — ¡Jones! ¡Haz llover fuego sobre la playa!

— ¡Con gusto! — replica Dana. — ¡Ya oyeron a la capitana! ¡Al diablo con esos malnacidos!

Cuatro de las escotillas de la cubierta del Balrog se abren, dejando salir un grupo de misiles que se aleja veloz del crucero. Una de las armas se encuentra con uno de los cohetes de la artillería de tierra y detona antes de llegar a su objetivo, pero las otras tres logran dar en el blanco. Esquirlas de metal, fragmentos de concreto triturado, lenguas de fuego de varios metros de longitud y densos nubarrones de humo gris se divisan en la playa.

IX

Dos de las tres torretas principales del Cipactli abren fuego. De sus cañones salen exhalaciones de fuego que deforman la superficie del agua y evaporan la fina brisa que viene cayendo del cielo. La teniente Von Schwarzblut se acerca a su comandante para informarle de la situación con el segundo grupo.

— Almirante: el segundo grupo reporta un incidente similar de pérdida de la comunicación y de los radares de un par de buques.

— Fue más fuerte de lo que pensábamos. — responde Mick. — ¿Alguna idea de la fuente del pulso?

— Creemos que proviene de aquí. — indica el maestre Carnicero, señalando la pantalla. — Un avión de reconocimiento lo detectó hoy en la madrugada.

El almirante mira fijamente la imagen. El objeto debe tener al menos ciento cincuenta metros de longitud, una altura de treinta, y un ancho considerable. Se le mira rodeado de nubes y parcialmente oculto tras un velo de niebla grisácea.

— No veo agua por ninguna parte. — comenta el almirante.

— El avión lo encontró a tres mil doscientos metros de altura. — apunta el maestre.

— Entonces ¿esto es un vehículo aéreo?

— Así es, señor. — dice la teniente Schwarzblut. — Y lo tengo aquí en el radar.

Una mancha roja aparece en la pantalla de la mesa. Se mueve lentamente entre las nubes rodeada de un cerco de pequeños puntos. A medida que el barrido de la antena gira en la pantalla, hay instantes en que la localización del aeróstato enemigo y sus escoltas desaparece, como si fuesen fantasmas en una cinta de video casera.

— Envíen una orden de ataque para el Robert H Steam. — dice Mick. — Que la capitana se dirija hacia el objetivo.

Estaba a punto de emitir otra orden cuando lo interrumpe una vibración en su costado. Revisa su teléfono móvil y su comunicador, pero éstos no muestran ninguna alerta. La vibración se repite, el almirante revisa de nuevo su móvil, pero una vez más no hay nada.

— Comuníquense también con el control aéreo del Antoine Van Helsing. — continúa. — Que envíen un grupo de cazas a ese dirigible. Nosotros…

— Ejem, almirante. — lo interrumpe la teniente Von Schwarzblut, con la mayor cortesía de la que es capaz. — El cuchillo… está…

Mick mira hacia su costado y ve algo en su daga de obsidiana y oro. La levanta y observa que las partes oscuras del medallón que adorna el mango emiten una luz azul. Coloca el cuchillo sobre la mesa y éste comienza a girar como la aguja de una brújula. Da un par de vueltas en un sentido y otro y finalmente se queda quieto señalando justo hacia la silueta del dirigible enemigo que aparece en la pantalla. La vampira y el licántropo, lo mismo que el resto de los oficiales, se quedan perplejos ante lo que acaba de pasar.

— Un Fragmento… — susurra Mick en una voz que sólo la teniente Von Schwarzblut alcanza a percibir.

— ¿Señor? — le pregunta tras unos segundos de silencio.

Mick levanta la mirada y la observa como si ella y el resto de los marinos hubieran aparecido de la nada en aquel barco.

— Cancelen la orden de ataque. — dice. — Que el Robert H Steam se limite a seguirle la pista al dirigible enemigo y que los aviones se dirijan a Necrópolis.

Y dicho esto Thlan se encamina hacia la puerta del puente del barco. Viktoria lo detiene con otra pregunta:

— ¿Qué hay del resto de la flota frente a nosotros?

— Ataquen a los buques escolta. Más tarde nos ocuparemos del Venganza. — y continúa su camino. — Maestre: — dice desde la puerta. — la chica a la que recogimos la otra noche, la dragonera ¿está aquí todavía?

— Sí, almirante. — responde el lobo. — Al parecer ha tenido complicaciones por una infección. Los doctores no han autorizado su evacuación.

— Pues espero que no le hayan cortado la lengua. — dice antes de desaparecer por las escaleras.

"¿Un fragmento?" se pregunta Viktoria cuando lo ve salir "¿Un fragmento de qué?".

Afuera, la lucha continúa, pero hay algo raro en las nubes. Parecen estar dirigiéndose a algún punto particular, como si alguien o algo las estuviese llamando. En el cuarto de meteorología, mientras Gil observa una foto de Lagoona en la pantalla de su celular, la alarma de uno de los instrumentos lo interrumpe. El monstruo de agua dulce se acerca a la computadora, teclea un código y una mancha anaranjada aparece en el monitor con una característica forma circular. Incrédulo, consulta las lecturas del satélite de las últimas horas, y en ellas aparecen manchas naranjas cada vez más grandes. Vuelve a la imagen de la última lectura y consulta la tabla de datos atmosféricos.

— ¿Qué es esto? — se pregunta mientras compara los datos entre una y otra lectura. — No es posible que haya evolucionado tan pronto ¿o sí?

Comprueba un par de veces más los datos, pero los números siguen repitiéndose con la misma extraña frialdad.

— Esto no me gusta nada…

Notas del autor:

1.-Edward Teach (c. 1680-1718), mejor conocido como Barbanegra, fue un famoso pirata inglés que operó alrededor de las Indias Occidentales y la costa este de las Colonias Americanas. Fue célebre por su apariencia feroz y sus numerosos atracos, siendo el más célebre de ellos el sitio al puerto de Charleston, Carolina del Sur. Murió decapitado el 22 de noviembre de 1718 luego de una batalla contra el teniente Robert Maynard y sus hombres en la isla de Ocracoke, Carolina del Norte. Su vida y sus hazañas han sido inspiración de muchas obras de ficción desde entonces.

2.-El Goalkeeper CIWS es un sistema de armamento de proximidad holandés puesto en servicio con diversas armadas desde 1980. Cuenta con una ametralladora Gatling de siete cañones calibre 30mm con una cadencia de disparo de 70 balas por segundo y un par de radares para detectar y seguir los objetivos.

3.-El Kashtan CIWS es un sistema de defensa antiaéreo ruso. Cada unidad cuenta con dos cañones tipo Gatling de 30mm y dos lanzaderas de misiles. Cuenta con su propio juego de sensores para la detección de los blancos.

4.-El AK-630 es otro sistema de armamento de proximidad ruso basado en un cañón rotativo de 30mm. Cuenta con guía por radar, TV y dispositivos ópticos.

5.-Banda Sonora Original: Operation Ground And Pound, DragonForce, Inhuman Rampage

Er Deivi: Supuse que Clawd era el único que podía hacerlo, incluso mejor que una computadora. Y en cuanto a Toralei: debe lograr salvar a Kat si quiere redimirse con sus amigas.