ADVERTENCIAS :

Ninguna

- Estos dos capítulos son dedicados a Belén Beltrán =) Una personita que quiero mucho y que se los debo =D

THE PAIN OF LOVE

SEASON THREE

CAPITULO 9

By Kurt.

-Ricky… - no sabía si sentirme aliviado o desesperado cuando la reconocí ahí, imponente, con expresión furiosa, roja de rabia. Recordé fugazmente que la chica machorra no había estado precisamente de mi parte en la pelea en casa de Blaine, solo había estado de parte de mi hermano pero… no sería tan cruel como para dejarme allí tirado a punto de ser violado, ¿no? La miré de arriba a abajo. Iba cubierta hasta el cuello con ropa de cuero, desde los pantalones hasta la chaqueta. Lo único que se salvaba eran las cadenas que colgaban de su cadera y la camiseta blanca con un dibujo de una especie de motorista calavera haciendo un corte de manga y diciendo, ¡Fuck you! Estaba completamente despeinada, con el pelo engominado a lo puercoespín, como un auténtico tipo. De hecho, si no fuera porque yo sabía que era una chica, seguramente nadie la reconocería como tal.

Ella entrecerró los ojos, intentando reconocerme y le costó, hasta que finalmente, hizo una mueca con la boca y me señaló con un dedo.

-¡Tú! - gritó. - ¡Tú te has puesto en medio de la carretera! ¡Te voy a romper las piernas, guarra! - abrí los ojos como platos. No. Esta no me salvaba a mí, no. O dejaba que me violaran o quizás, lo hiciera ella misma. Se acercó con esa porte de macho que tenía, gesticulando con las manos. - ¿Has visto mi moto? ¿¡Has visto mi puta moto!? ¡Ha saltado por los puto aires! ¡¿Qué coño hacías en mitad de la jodida carretera?!

-¡Ricky! - grité, moviendo la cabeza un poco hacia atrás, intentando alejarme con asco del miembro que aún estaba delante de mi cara, tieso. Ricky se detuvo y observó más detenidamente la escena.

-Oh… - murmuró. - ¿¡Y encima te pones a chupársela a tu novio en mitad de la carretera!? ¡Pues fíjate! - y sacó un instrumento metálico que abrió con un simple movimientos de muñeca. Una navaja azulada resplandeció en mi cara. - ¡Te voy a meter esto por el culo a ti y al gordo ese!

-¡Qué no es mi novio, coño! - chillé. ¡No me lo podía creer! ¡Y encima me amenazaba! Y el cerdo que tenía casi encima tiró de mi pelo como un bestia, obligándome a levantarme del suelo. Se me saltaron las lágrimas por el dolor. - ¡Ah, AH! - me puso en pie y sin soltarme el pelo, me pasó un brazo alrededor del pecho. Me puso el cuchillo en la garganta, de cara a ella, tomándome como rehén, supuse.

-¡No te acerques! - le gritó el agresor, y ella se quedó quieta, con una ceja alzada.

-Hostia…

-¡Es un violador, que me viola!

-¡Cállate! - apretó el cuchillo aún más contra mi piel y sentí su asqueroso pene rozándome el trasero. ¡Argg! Me iba a dar algo.

-¿Un violador? - Ricky se encogió de hombros. - ¡Ja, haberlo dicho antes! ¡Ahí te quedas, pringado! ¡Yo me me voy!

-¿¡Qué!? ¡Ricky!

-¡Tienes un violador encima, si te viola es tu problema, no el mío! ¡Tampoco es para tanto!

-¿¡Qué no es para tanto!? ¡Ricky!

-¡Cierra la puta boca! - observé alucinado y aterrado como ella se daba la vuelta y se largaba de nuevo hacia su moto, como si tal cosa.

-¡RICKY!

-¡Que sí, que sí, ya va! - el violador empezó a tirar de mí hacia atrás, fuera de la carretera, dentro de las calles de nuevo. Me iba a poner a llorar.

-¡RICKYYY! - y ella se agachó frente a su moto. Observé como rescataba una botella llena del pequeño maletero de la moto y se levantaba, la abría y le daba un sorbo tremendo. Noté como unas manos peludas y grandes empezaban a sobarme el culo y a bajarme los pantalones a lo bestia. - ¡Eh, EH! ¡QUITA! ¡RICKY! - y de repente, ella dejó de beber y con la botella en la mano, golpeó el suelo. La botella se hizo añicos y como una superheroína, atravesó la carretera rápidamente hasta nosotros y nos siguió hasta la calle. Le detuvo el paso al guarro que me arrastraba calle adentro, deteniéndonos.

-¡Eh! ¿A dónde vas tú, Santa Claus? ¡Suelta al Muñeco o te cae premio! - me quedé muy quieto, como él, observando la botella rota en manos de ella, amenazante. - ¡Venga, gordo, que a ti eso no te gusta! ¡No tiene coño! ¿Dónde vas a meter el nabo entonces, eh? ¡Que por el culo se cogen muchas cosas malas! ¡Y mírame a mí! ¡Te tengo acorralado! ¡Como le toques un pelo, te rajo los huevos! Además… ¿A qué no sabes quién es la persona a la que le estás intentando meter la polla? ¡Seguro que a Blaine no le hace gracia saber que un pervertido ha violado a su hermano pequeño! - noté como el cuerpo del agresor se endurecía, tenso. Su miembro dejó de rozarme de inmediato, como si se le hubiera bajado de golpe. Me mordí la lengua, ansioso, respirando con tanta ansiedad que me estaba empezando a marear. Como me soltara iría directo al suelo. Ricky esperó unos segundos, en silencio, y dio un paso más, seguro. El violador se echó hacia atrás, y yo con él. - ¡Este territorio es de Kam! Los violadores no se cuentan como miembros del equipo, así que si no quieres problemas, ¡Suelta al Muñeco de una vez! - noté la desagradable respiración acelerada de él en mi cuello, el temblor de la cuchilla contra mi clavícula, su nuez moviéndose, tragando saliva. Ricky avanzó, mirándole directamente a la cara, a los ojos, fiera e intimidante. Alzó la botella rota. - Venga… hazlo… o te mato…

Y el violador me soltó, tirándome al suelo de un empujón y salió corriendo. Me quedé un rato tumbado sobre el asfalto, híper ventilando, con el corazón a mil. No había pasado tanto miedo en mi vida. Temblaba.

Si no hubiera sido por Ricky, si no hubiera estado ella allí… empecé a sollozar… y a llorar, asustado. Lo que no había sido capaz de vomitar cuando habían estado a punto de violarme, lo empecé a vomitar entonces, a bocanadas. Me picaba todo el cuerpo, todas las zonas que me había tocado con sus peludas manos. El pelo me tapaba la frente y casi se manchaba de vomito hasta que una mano extrañamente delicada me lo apartó del rostro, tirando de él hacia atrás. Recordé a Blaine. Aquella noche, hacia tiempo, cuando después de la fiesta de Natalie me ayudó a vomitar, apartándome el pelo de la cara con paciencia.

Empecé a llorar más fuerte todavía.

-… ¿Estás bien? - me preguntó ella, con una voz suave, irreconocible, totalmente distinta a la que había usado con anterioridad. Parecía incluso preocupada de verdad.

Yo no contesté. Ella me sujetó el pelo hasta que terminé de vomitar y solo entonces, me medio levanté del suelo con las manos en la cara, sin dejar de llorar.

-Oye, que los hombres no lloran. - su voz volvió entonces a la normalidad, dura y fingidamente ronca. - ¿No sabes que los chicos no lloran? Eso es de nenazas. ¡No me extraña que quieran violarte si lloras así! - me llevé la mano a la boca, reprimiendo los sollozos ahogados. - ¿Qué pasa? ¿Quieres vomitar otra vez? - negué con la cabeza bruscamente.

-No…

-Pues deja de llorar, hombre, que soy yo más nene que tú. Mira, ¡Si hasta te he salvado! ¿No debería ser al contrario? ¡Y tampoco ha sido para tanto, ni siquiera te ha tocado!

-Me ha… besado…

-Bueno… lávate los dientes dos veces y problema resuelto. - el cuerpo seguía picándome y tenía unas ganas tremendas de arrancarme la piel a base de rascar y rascar. Necesitaba dolor. ¡Necesitaba un arañazo, una simple gotita de sangre! - Venga, deja de llorar y vámonos de una vez. ¡Mira que eres quejica, eh, maricona!

-¡Cállate! ¡Para ti es muy fácil estar tranquila, a ti no han intentado violarte! ¡No lo entiendes! - le grité. Con sus broncas y sus críticas solo estaba consiguiendo ponerme más nervioso de lo que ya estaba y en cuanto pronuncié esas palabras, Ricky se calló como una muerta. Pude ver como sus ojos se volvían distraídos, divagando a nuestros alrededor, perdiendo esa fiereza y seguridad que había visto segundos antes. Alzó la cabeza, pasándose la lengua por los dientes.

-Ya… pues como me es muy fácil estar tranquila y no soy capaz de entenderte, me voy ¿vale? - me dio la espalda, muy digna, sacudiéndose el pelo. - ¡Que te jodan, Muñeco! - y echó a andar otra vez hacia su moto, atravesando la carretera. Yo me di la vuelta unos instantes, mirando hacia el final de la calle por donde había corrido intentando huir de un violador y tragué saliva. ¿Qué se iba? ¿Sin mí? ¡De eso nada!

-¡No, no, espera! - y salí corriendo detrás de ella, cruzando la carretera. - ¡Voy contigo!

-¿Qué?

-¡Que voy contigo!

-¿Qué vienes conmigo a dónde? ¡Mira, coño! - me señaló la moto pegada a la montaña de tierra y piedra, aplastada, un poco deforme, con un montón de piezas dobladas esparcidas por ahí. - ¿Crees que puedo ir a algún sitio con eso? ¡Me la has chafado! ¿Cómo coño voy yo ahora a Gomorra con esto?

-¿Gomorra?

-¡Sí, Gomorra! ¡Me están esperando allí, joder! - fruncí el ceño. ¿Gomorra? Me pregunté qué clase de lugar sería ese y descubrí que prefería no saberlo.

-¿No preferirías ir a Sodoma? - bromeé, más por controlar el histerismo que por otra cosa. Ella me miró con una mueca de ¿Pero qué coño dices, gilipollas?

-¿Tú eres anormal? ¡Sodoma no lo abren los días entre semana! ¿Pero en qué mundo vives? - ah… que también había un lugar que se llamaba Sodoma… sabía muy poco de Westerville, muy poco, pero lo suficiente como para saber ¡Que no quería ir ahí ni muerto!

-¿Pero en qué clase de mundo viven ustedes? He salido dos veces a la calle, ¡Dos veces en cuatro días! Y me han perseguido para violarme un total de cuatro personas. ¡A mí, que soy un chico! ¿Pero qué clase de violadores tienen ustedes?

-¿Pero qué te pasa a ti? ¿Tú hermano no te explica la regla de oro de los barrios bajos?

-¿Qué regla de oro?

-¡Pues que esta sociedad equivale a la sociedad del Antiguo Impero Romano! - alcé una ceja, sin entender. ¿Pero qué coño me estaba contando?

-¿Qué dices?

-Mira… - Ricky, suspirando, pareciendo hasta cansada de la conversación, tiró al suelo la botella rota y se guardó la navaja en los bolsillo traseros del pantalón. Se inclinó de cuclillas sobre su moto, echándole un amplio vistazo a lo que quedaba de ella y yo pude ver con los ojos desorbitados como los pantalones se le caían por el movimiento y como la ropa interior sobresalía. ¿Llevaba boxer o eran imaginaciones mías? - En los barrios bajos de Westerville hay una serie de reglas y si no las sabes y no estás preparado para afrontarlas, mejor que te hubieras quedado en casa, guapo… hum… - murmuró. - A esto todavía le puedo sacar provecho…

-¿Qué clase de reglas? - pregunté, curioso. Ella parecía concentrada. Introdujo una mano bajo una pieza bastante grande de la moto y empezó a tirar hacia arriba de ella.

-Tu hermano no te cuenta nada ¿no? ¡Ugg! ¡Ayúdame a ponerla en pie!

-¡Ah, vale! - me agaché enseguida y colé mi mano junto a la de ella, aplastándola con la mía. Empecé a tirar con fuerza y aunque pesaba lo suyo la condenada, casi al instante conseguí ponerla en pie. Ricky pegó un salto y me miró con la boca abierta en cuanto me aparté. - Ya está.

-¡Coño! ¡Tienes la fuerza de tu hermano! ¡Pensaba que eras un enclenque con esos brazos de palillo!

-Bueno… aunque parezca increíble, soy bueno en los deportes y eso…

-Anda, si al final te vas a parecer a tu hermano y todo. Venga, ayúdame a empujarla cuesta abajo.

-¿Para qué?

-Pues para llevarla al taller de Hather, no voy a dejarla aquí tirada para que me la desmantelen. ¡Que el motor nuevo se lo puse hace solo un año y tiene seis cilindros de potencia!

-Ah… - como si me estuviera hablando en chino.

-Es la moto más rápida después de la de tu hermano y algunos suicidas más. ¡Blaine consiguió meterle a la suya siete! ¡La puta caña!

-Ajá, siete… ah, ¿Pero mi hermano tiene moto? - empezamos a andar, arrastrando la moto sin darle mucha importancia, calle abajo. El vehículo destrozado hacia ruidos desagradables y alguna que otra pieza se le caía al suelo de vez en cuando. Menos mal que las ruedas no estaban pinchadas y se podrían aprovechar. Costaría muchísimo arrastrar ese bicho de metal con las ruedas rajadas.

-Oye, ¿pero tú qué haces aquí exactamente? - me preguntó ella de repente.

-¿Yo? ¿Cómo que qué hago aquí?

-¡Pues yo qué sé, chico! Te has puesto a llorar porque te han puesto un cuchillo en la garganta y te han metido un poco de mano. Tú no puedes vivir aquí si lloras por eso. - la miré boquiabierto. ¿Pero qué decía? ¿Qué no tenía derecho a asustarme después de que un gordo con un cuchillo de cocina intentara violarme a base de amenazas de muerte? No me lo podía creer.

-¡Pues claro que lloro! ¡Y pienso ir a la policía a denunciarlo! - y de repente Ricky soltó los manillares de la moto y se tiró al suelo con las manos en la barriga. Se estaba descojonando de la risa como una loca, tirándose sobre el suelo, riéndose a carcajadas ¿Por mí? Me ruboricé. ¿Pero qué le hacía tanta gracia?

-¡Que va a denunciarlo dice el muy gilipollas! ¡Jajajajajaja…!

-¡Pues claro!

-¡Jajajajajaja…!

-¡Oye, que hablo en serio!

-¡Pero no seas imbécil, hombre! ¿De dónde has salido tú? ¿La policía? ¿Estás hablando de la pasma, en serio? ¿Para qué puñetas vas a denunciar nada, idiota? ¿Para que te entrullen y te metan una paliza en la sala de interrogatorios cuando se enteren de que eres de los barrios bajos? ¡Estás chalado!

-¿Meten palizas a la gente en…? ¡Tú me estás tomando el pelo! ¡La policía no mete palizas a la gente! ¡La policía ayuda a la gente!

-¡No, no, para ya por favor! ¿¡De dónde has sacado a este loco, Blaine!? ¡Menuda locura! - Ricky se encogí de la risa, con dolor de barriga de tanto reírse. Yo no sabía si reír o llorar. Me sentí humillado, así que decidí simplemente avergonzarme, aún sin saber por qué exactamente. - A ver, pequeño saltamontes. - me habló ella, agarrando otra vez los manillares y tirando para delante. - No sé de donde has salido tú. Bueno, sí lo sé, de los barrios altos, ajá… pero… en los barrios altos la policía ayuda a la gente, o eso dicen, aquí, a la menor señal, te meten en la trena en cuanto te vean, te dejan una noche en un calabozo por verte fumar un puro por la calle y al día siguiente, otra vez fuera… eso, si eres bueno y no la lías en los calabozos. Claro, que por suerte, nosotros tenemos inmunidad... - dejé de escuchar en cuanto mencionó la palabra calabozo. No lo entendía. Un policía no podía encerrar a nadie sin ningún motivo ¿no? Eso iba en contra de la ley, ¿o me equivocaba?

Ricky soltó la moto de repente y se llevó las manos a los bolsillos. Sacó un paquete de tabaco.

-Ah ¿fumas? - pregunté. Ella se encogió de hombros.

-Desde los catorce.

-¿Desde los… catorce? - ella puso los ojos en blanco.

-¡Sí, lo sé, empecé muy tarde! Pero en fin… lo compensaré con el paso del tiempo.

De acuerdo… quería salir de allí. Pero ¿dónde me había metido? ¿Quién era la tía que tenía al lado? ¿Queen Latifah? No podía creer que Blaine se juntara con semejante elemento. ¡Pero si era una ratera! ¡Tenía una navaja y hasta se había enfrentado a un violador con una botella rota! ¡Y llevaba boxer, comprobado! ¿Dónde estaban las chicas delicadas, apacibles y dulces? ¡Porque todavía no había visto ninguna!

Observé en silencio como se llevaba un cigarrillo a la boca… o una especie de cigarrillo amorfo. Tenía un color extraño y era bastante más grueso de lo normal. Lo encendió y aspiró de él y un extraño olor a quemado me vino a la cara. Un momento… pero si…

-¿¡Eso es un porro!? - grité, alucinado. Ella me miró con los ojos muy abiertos, sobresaltada.

-¡Pues claro! Vaya pregunta.

-Pero… pero… pero ¿Te drogas?

-¡Claro que no! ¡Esto no es droga, es hierva terapéutica!

-Aahh… - suspiré. Vaya susto.

-No puedes ser tan ingenuo como para habértelo creído, ¿no? - jodeeeer…

-¿Pero tú no tienes diecisiete años?

-¿Cuántos tienes tú, majo?

-Diecinueve.

-¡Qué desperdicio de hombre! - soltó, tan fresca, mirándome de arriba abajo. ¡Ja! ¡Qué graciosa era la niña! - Además, ni que fuera tan escandaloso. Tu hermano se fuma unos canutos del tamaño de la polla de un negro. - creo que me puse blanco.

-¿¡Qué!? ¿¡Qué mi hermano fuma marihuana!? - no me lo podía creer. Se tenía que estar quedando conmigo. ¡Se estaba cachondeando de mí!

-¿No lo sabías?

-¡No!

-¿Es que en Lima estabas ciego o qué? ¿Nunca le has visto esnifar el…?

-¿¡Esnifar qué!? - Ricky empezó a reírse otra vez, más tranquila.

-No sabes nada de tu hermano, eh. Dudo que sepas bien quién es.

-¿Y eso a qué viene? ¡Claro que sé quien es mi hermano! Mi hermano es un capullo peligroso sin escrúpulos que manipula los sentimientos de las personas que lo rodean. Ese es mi hermano, simplificándolo mucho, claro. - Ricky me miró con una ceja alzada. Su cara parecía una mezcla entre sorpresa y molestia.

-¿Odias a tu hermano?

Y me callé como un puerco. ¿Odiarle? Ojala pudiera hacerlo. Cuánto lo había intentado sin éxito, cuántos intentos fallidos y ¿Para qué? Para sufrir más al descubrir que no podía simplemente odiarle y reempezarle, olvidarle. Para descubrir que le quería y que probablemente, lo haría toda mi vida.

Para descubrir que había arrojado toda mi vida a la basura.

-Sí, lo odio. - mentí, una vez, intentando engañarme a mí mismo. Todo era inútil.

-¿Y eso? ¡Si Blaine es un chico legal! Sé que a veces es un gilipollas pero…

-¿Y tú? ¿Lo odias? - Ricky frunció el ceño.

-¡No, claro que no!

-Pues entonces lo quieres.

-¿Quererlo? ¡No! - negó, con una mueca de desagrado. - Blaine es bueno.

-Hum… ¿Bueno? Sí, seguro. ¿En qué mundo vives tú?

-Oye, Blaine es bueno. Buena persona, más concretamente.

-Sí, y eso lo confirma todo.

-¿Confirma qué?

-A ti también te gusta. - Ricky abrió mucho los ojos y se rió. No podía negar lo mucho que me molestaba su actitud guasona con cualquier tema que tocaba, y más aún, cuando me refería con él a Blaine.

-No, no te equivoques. Me gustaba. Ya no.

-Te gustaba.

-Sí… hace años. - y tras esa confesión, los dos nos quedamos en silencio, bajando la cuesta poco a poco, despacio y siguiendo recto un par de calles más. Por fin, después de horas caminando, vi a gente, pero quizás preferiría no haberlas visto.

Una familia de vagabundos, cubiertos con ropas desgarradas y viejas, con mantas sucias, estaban arremolinados alrededor de una hoguera que hervía en el interior de un cubo que se derretía poco a poco. Una mujer mayor se balanceaba hacia delante y hacia atrás, meciéndose entre las mantas. Una mujer y un hombre estiraban las manos hasta la hoguera, buscando calor. Un bebé se acurrucaba entre los brazos de una muchacha joven, dormido, silencioso, con los ojos cerrados, tan blanco que parecía estar muerto.

Me estremecí entero al verlos.

-No los mires. - dijo ella a mi lado, con la cabeza fija en el frente, fría e inexpresiva. - Los pondrás nerviosos. - tragué saliva y miré al frente, suspirando.

-No son animales.

-Ya lo sé. Así que no los mires. Si yo fuera ellos, no me gustaría que sintieran pena de mí. - en aquel momento, no entendí lo que quería decir con eso. Me pregunté cómo era posible que ella tuviera tanta sangre fría como para ignorarlos de esa manera y recordé, fugazmente, Lima. Pocas veces había visto a gente así por allí pero cuando los había visto… por algún motivo ni siquiera había reparado en ellos. ¿Por qué de repente mi actitud hacia las personas que me rodeaban había cambiado tanto?

-¿Por qué hay tanta gente así por aquí? - pregunté, quizás porque me sentía miserable, ruin por haberles dado la espalda con tanta tranquilidad.

-Es por la crisis. Antes no había tanta gente. A los adultos no los quiere nadie por aquí, en los barrios bajos, porque son más difíciles de manipular. Prefieren a los adolescentes, son más eficientes y se quejan menos. Hacen el trabajo sucio sin protestar. Los adultos son un poco más listos, o más tontos, según se mire. Además, nosotros somos más traicioneros y egoístas y no tenemos en cuenta ciertos factores cuando nos ponen un billete en la cara. Los que tienen algún negocio por aquí saben que aprendemos rápido. A los inmigrantes no los quiere nadie. Supongo que ya te habrás dado cuenta de que esta ciudad tiene muchos prejuicios y lo cierto es que eso, nos beneficia mucho.

-¿Ustedes… trabajan? - pregunté de nuevo, un poco nervioso. No sabía que la economía era tan mala últimamente a pesar de las cosas que había visto por la tele, ya que a mí no me afectaba, pero ahora yo también debía empezar a buscar un trabajo, de hecho, ya debería tenerlo.

-Yo no trabajo. Soy menor de edad y todavía voy a la escuela, aunque me la salto cuando me da la gana. No tengo una necesidad inminente. Mis hermanas trabajan por mí, se podría decir que tengo suerte. Black por ejemplo sí trabaja y es bastante raro, por eso de ser judío, pero al menos le cobran. Trabaja con su padre en una fábrica de cemento los fines de semana y los días entre semana, se dedica a hacer de albañil. Jeff se busca la vida en la pastelería de un pariente suyo. Los demás no trabajan, al menos, no legalmente. Tu hermano es listo como el hambre y gracias a eso, todos nosotros siempre tenemos unas pelas en el bolsillo.

-¿Cómo? ¿Blaine trabaja?

-No exactamente. Verás, en los barrios bajos están los clubs, los pubs y las discotecas más alocadas y deseadas de toda Westerville y si nos ponemos, de los pueblos cercanos, incluso de otras ciudades. En esos lugares, las personas se olvidan un poco de las clases sociales y se juntan los de los barrios bajos y los de los altos, claro, siempre separados unos de otros por precaución. Esos lugares siempre son el blanco de miles de gamberros y la seguridad del establecimiento siempre es demasiado poca. Lo que Blaine hace es tratar con el jefe de todo eso, con el dueño del lugar y hace un trato con él. Nosotros, incluido Blaine, vigilamos por turnos de días y noches los locales a cambio de dinero y nos deshacemos rápidamente de la gente que quiere armar alboroto, a nuestra manera, claro. Somos muchos y como todos somos, digamos… nocturnos… no nos cuesta ningún trabajo vigilar por la noche. Además, nuestra fama nos precede. Una vez nos apropiamos de un club, nadie se acerca. El dinero lo repartimos luego entre todos los que han trabajado en la vigilancia de un club, por horas, y como tenemos bastantes asignados, nos forramos. Ganamos cada uno casi mil al mes. No está mal. Además, sacamos dinero de otras partes. Tu hermano saca dinero hasta de debajo de las piedras con algunos trapicheos con drogas y eso.

Dios mío… ¿Con drogas? Todo me parecía bien hasta oír aquel nombre. Drogas. Sacudí la cabeza. Sabía que Blaine era complicado, era despiadado y su vida en Westerville no era precisamente una maravilla, pero… no me imaginaba nada de drogas.

Y todo era por mi culpa.

-¿Mi hermano es drogadicto? - murmuré, con un nudo en la garganta y Ricky se volvió a reír.

-¡No! Solo esnifa algo de vez en cuando. No se coloca todas las semanas. La coca no es que le vuelva loco precisamente, pero si una noche lo necesita, pues se mete y punto, pero suele pasar sin meterse nada. No lo necesita para pasárselo bien. - Oh, genial. ¿Era de extrañar que no me sintiera aliviado al oírlo? ¿Quería decir eso que Blaine había estado esnifando y drogándose en Westerville, conmigo? ¿Quería decir que me había mentido, que no me lo había contado, que lo había estado guardando en secreto durante meses?

-No lo entiendo… ¡No lo entiendo, joder! - me quejé, alzando la voz y soltando el manillar de la moto, cansado de llevarla. - No le entiendo. Yo no sabía nada de esto. Nunca me ha contado nada, siempre tan reservado. ¡Su vida es una mierda y nunca se ha quejado! ¡Y lo peor es que no me lo dice! ¿Pero quién se cree que es? ¿Un súper hombre? ¿Por qué siempre se tiene que hacer el duro con todo el mundo?

-Hum… ¿Acaso no lo haces tú también? - dijo ella, riéndose. Negué con la cabeza fuertemente.

-¡Claro que no!

-¿No? ¿Por qué no me cuentas por qué estás aquí entonces? - y me miró, con los ojos brillantes, alzando una ceja con picardía. Enseguida entendí su truco. Enseguida lo entendí todo y tuve que morderme la lengua, azorado. Miré mis muñecas bajo las mangas de la camiseta de mi hermano, manchada de tierra y demás a esas alturas.

Ricky tenía razón, en parte, y eso me hizo entender a Blaine de golpe. Yo guardaba el secreto de mis cortes bajo las mangas de su camiseta. Yo guardaba el secreto de mis problemas y mi angustia, mis repentinos ataques depresivos bajo llave. Yo guardaba el secreto del acoso sufrido en mi pecho, y a pesar de que esos secretos pesaban como una enorme piedra que debía cargar con todo su peso a mi espalda, ni por un momento se me había pasado por la cabeza contárselos a Blaine, de hecho, me daba pánico que lo descubriera. Me pregunté por qué…

Porque me sentía avergonzado… y porque tenía miedo de que los utilizara contra mí una vez más, para hacerme daño.

-Me han pasado cosas en Lima… y necesitaba un cambio de aires. - confesé. Las palabras salieron como si hubieran sido impulsadas hacia delante, escondidas a presión en la boca de mi estómago. Si se lo podía contar todo a una desconocida, quizás sería capaz de hablar con Blaine cuando volviera a su lado… y quizás él pudiera contarme algo más sobre sí mismo.

-Ajá. A ver… te han pasado cosas en los barrios altos de Lima, en tu casa, y has decidido venir de vacaciones a los barrios bajos de Westerville. Muy ingenioso, sí señor. Debe de haberte pasado algo muy gordo para que prefieras quedarte aquí en lugar de tu casita pijita. - tragué saliva y agarré los manillares otra vez. Nuestras manos se rozaban, pero por algún motivo, ninguno parecía sentirse molesto.

-Quería desaparecer y como no sabía qué hacer para conseguirlo… - apreté con fuerza los puños. - … opté por la vía fácil… pero no lo conseguí. - Ricky no respondió, ni me miró, ni se inmutó. Acabé bajando la cabeza, con el agujero en el pecho vivo como nunca, con las cicatrices abiertas y desconsoladas y arrepintiéndome al instante de haber hablado de más. El peso de la piedra seguía ahí… y la vergüenza también.

-Conocí a tu hermano a los trece años. - dijo ella, de repente, sin dejar de mirar al frente, con total seriedad. - acababan de cambiarme de un colegio privado a un instituto público y no sabía cómo moverme por esos lugares. La gente era borde y traicionera y, aunque yo también lo era, no estaba acostumbrada a esa clase de ambiente en el que las personas te atacaban si tú les respondías. En mi mundo, yo era lo mejor, lo más, esa clase de tía que nunca verías sola, siempre acompañada, siempre riéndose de los demás, siempre con un chico o con otro. Estaba acostumbrada a lo mejor. A los trece años ya no era virgen, me había acostado con mi primer novio y me había gustado y, cuando llegué al instituto público, allí, sola y sin amigas, vi por primera vez a Blaine. - hizo un gesto con la boca, desajustado, resignado. - Él era y es dos años mayor que yo y estaba en un curso superior. Los tipos incontrolables, de la peor calaña, lo adoraban y siempre le rodeaban. Se divertían con él. Parecían no tener criterio sin el cabecilla del grupo, porque Blaine ya era todo un líder por aquel entonces y es curioso, porque él no se consideraba ni se considera ahora un líder. Los demás, los chicos más débiles y tranquilos y las chicas más modositas, lo odiaban y le temían, no se le acercaban por respeto y es que… tu hermano era un problema a tener en cuenta. Se saltaba todas las normas, daba igual cuantas veces le repitieran que no debía incumplirlas. Le contestaba a los profesores cuando debía y si ellos le cabreaban lo suficiente, les agredía, los acosaba hasta librarse de ellos. Rompía las ventanas con piedras, destrozaba las propiedades escolares, hacía grafitis obscenos en las clases e incluso una vez prendió fuego al laboratorio de química con un cigarrillo. Era muy agresivo, casi incontrolable. Normalmente no se metía con nadie que no se pusiera en su camino, pero a veces le daban unos arranques de mal humor tan tremendos, que arrastraba incluso a sus amigos fuera de clase y les metía una paliza a vista de todos. Así lo vi yo la primera vez. Estaba en clase, tan tranquila, pensando en mis cosas y dibujando cuando de repente se empezaron a oír gritos y todo el mundo salió fuera de clase al pasillo. Blaine estaba allí y un chico que no había visto nunca estaba tirado en el suelo, bocabajo. Blaine la estaba emprendiendo a patadas con él, furioso, contra las taquillas mientras el chaval le pedía que parara, que se detuviera, ¡Se lo rogaba y Blaine no paraba! No paró… ni cuando una profesora se interpuso entre los dos. Le pegó un guantazo y la tiró al suelo y cuando lo hizo, se detuvo, se dio la vuelta y la miró muy fijamente, se quedó muy quieto y muy serio. El chico se había meado encima y la profesora le tenía miedo y entonces… llegó la policía.

Ricky contaba aquello de una manera tan natural que parecía hasta resultarle indiferente. Yo hubiera podido mostrarme incrédulo, no creerme su historia, decir que dejara de decir mentiras, pero recordaba perfectamente cómo se había puesto Blaine en la universidad cuando le rompí la nariz delante de todo el mundo… así que la creí, porque sabía que en realidad, tratándose de Blaine, no habría podido ser de otra manera. De hecho, incluso no me sentía del todo impresionado. No me extrañaba en absoluto su agresividad.

-¿Vino la policía? - pregunté, instándola a seguir. Ella asintió con la cabeza.

-Vino. Necesitaron tres personas para paralizarlo. Se puso histérico, gritó, pataleó, golpeó a los guardias a base de arañazos y patadas hasta que, finalmente, lo noquearon contra la pared y se lo llevaron a rastras, esposado. Sus gritos me pusieron los pelos de punta. Gritaba, ¡No pueden conmigo, son unos blandos de mierda, son unos malditos mamones! … pero a pesar de sus patadas y sus gritos, pudieron con él. Era menor todavía, claro, quince años, así que lo soltaron a la nada y le permitieron hasta volver al instituto. Claro… que no duró mucho. Al cabo de las semanas, lo expulsaron definitivamente. - Ricky tragó saliva. Era la primera vez que la veía nerviosa después incluso de haberse enfrentado a un violador. - He de decir que la primera vez que lo vi… me fascinó. No estaba segura de por qué pero… no era normal. No era el típico tío que quiere hacerse el gracioso contigo para ligar, ni simpático, ni dulce, ni nada. Simplemente era él. Te seducía con la mirada y sabías que era malo… pero no te importaba porque creías que eras única para él. Hablé con Blaine un par de veces antes de que lo expulsaran. No tenía amigas y no pensaba que tuviera mucho que perder, además, nunca había oído que hubiera pegado a una chica, salvo el guantazo que le dio a la profesora aquel día. Me acerqué una vez, cuando lo pillé solo fumando detrás de la verja del instituto, al otro lado y… no me atacó, supongo que porque estaba tranquilo aquel día. Hablamos, ni siquiera recuerdo de qué, solo recuerdo que al cabo de una semana, me escapé con él en la hora del recreo, nos liamos y acabamos follando en los baños públicos de un bar. - Ricky negó con la cabeza, como si se estuviera recriminando a sí misma su comportamiento y supuse que así sería, igual que yo me lo recriminaba a mí mismo. - Blaine nunca me prometió nada y yo me hice ilusiones, como no, así que seguí siguiéndole y hablando con él cuando estaba claro que solo habíamos echado un polvo, pero yo no lo entendía o no quería entenderlo. Un día, le interrumpí cuando estaba charlando con unos colegas y me puse borde con él, intentando hacerme la listilla. Blaine me miró con una ceja alzada y mala cara y me dijo "Estás empezando a cabrearme, ¿sabes?". Yo lo odié por ignorarme y me fui de allí. Pensé que si quería que me mirara otra vez, debería atraer su atención y… y… - pero se calló, y no continuó.

-¿Y? - la insté a seguir, pero ella se limitó a desviar los ojos hacia el suelo, seria y aparentemente cansada, sombría. Parecían haberle tirado encima una pesada piedra, como la mía, que la aplastaba contra el suelo y la asfixiaba con su peso, con su recuerdo.

-Y acabé así, en la pandilla de macarras de tu hermano, con el pelo engominado y hablando y comportándome como un tío.

-¿Acabaste así? ¿Pero cómo? - entonces Ricky detuvo la moto, se volvió y me miró, molesta.

-Oye, me has roto la moto, me has metido en medio de una violación, ¡Apenas te conozco y ya me pides que te cuente mi vida! ¡Olvídalo, chico! Si quieres más datos, cuéntame más cosas de ti. Otra regla de los barrios bajos. Nadie da nada a cambio de nada, para algo está el trueque. - soltó, con suma prepotencia y yo entrecerré los ojos. Ella tenía razón, aunque las formas de decirlo dejaban mucho que desear.

No pensaba hablarle de lo que me había ocurrido, de mi otra vida, no. No me atrevía. No podía con Blaine y menos con una desconocida en la que no podía confiar al cien por cien.

-Ahí está el taller de Hather. - señaló una persiana metálica en la que se dibujaban en grandes letras graffiteras Hather, un poco más allá, cruzando la calle. Empezaba a oír algo, un lejano jolgorio, muy lejano, el eco de algo que cruzaba las esquinas hasta mi oído. No sabía si alegrarme o preocuparme al captar nuevas personas cerca, probablemente justo detrás del edificio en el que se hallaba empotrado el garaje que hacía de taller.

-Pero si está cerrado.

-Sí, así que habrá que esperar a que abra. ¿Qué hora es?

-No lo sé, no tengo reloj ni móvil. - Ricky se llevó la mano hacia el interior de la chaqueta e introdujo una mano bajo el forro de la misma. Observé sorprendido como se sacaba el móvil después de un pequeño esfuerzo y miraba la pantalla. Era un modelo muy, muy antiguo, sin cámara de fotos si quiera, casi en blanco y negro, con un color muy desgastado… pero funcionaba.

-Las cinco y treinta y dos. Pues hasta las ocho o nueve… - suspiré. ¿Y qué iba a hacer yo hasta las ocho o nueve allí plantado? Por suerte, ya no sentía frío después de las intensas carreras y botes que había dado, pero tampoco me sentía cómodo en la calle. ¿Cuánto tendría que esperar? ¿Cuándo volvería a casa? ¿Cómo volvería a casa si no sabía donde…? Sacudí la cabeza y mis ojos se desviaron hacia el móvil de Ricky, que empezaba a guardárselo otra vez en la chaqueta.

-¡No, no te lo guardes! - le grité y ella alzó una ceja, curiosa.

-¿Por qué?

-¿Me dejas llamar a mi hermano? No sabe que estoy aquí y… bueno, yo tampoco sé donde es aquí y tampoco sé si le va a importar que esté aquí y no allí pero… ¿me lo dejas?

-¿Blaine no sabe que estás aquí? - negué con la cabeza. - ¿Has salido tú solo?

-Hum… más o menos. - prefería no entrar en detalles de cómo había salido huyendo asustado y gritando como un loco calle arriba por el ruido y el movimiento de los árboles que había causado un gatito inofensivo. - ¿Me lo dejas? - Ricky pareció vacilar, pero se lo sacó de la chaqueta otra vez, mirándolo fijamente. Me lo tendió.

-Toma, anda.

-Ah, graci… - y justo cuando iba a cogerlo, lo retiró bruscamente de mi mano. La miré sin entender y ella sonrió, pícara.

-¿No te he dicho que aquí nadie da nada sin nada a cambio? Se necesita un trueque justo, si no, nada.

-¿Un trueque justo? ¿Y qué quieres a cambio? ¡Porque no pienso bajarme los pantalones otra vez!

-Soy cotilla, Muñeco, así que háblame de qué haces fuera de casa a estas horas de la noche. - ¿Cotilla? ¡Menuda petarda!

-Blaine me ha echado de casa, ya está. Déjame el móvil. - pero no me lo dejaba. Lo alzó por encima de su cabeza, apartándolo, lejos de mí.

-¿Qué tu hermano te ha echado? ¿Por qué?

-Por intentar defender mi integridad como persona. ¿Me lo dejas, por favor?

-No. ¿Te ha pegado? - alcé una ceja, interrogativo. - Tienes una herida en la cabeza. - y mi mano se desvió automáticamente a la sien, tocándome con los dedos. Me dolía y cuando aparté la mano de lo que parecía empezar a convertirse en un chichón, descubrí mis dedos pringosos, decorados con unas pequeñas gotitas de sangre.

-Ah, no. Esto es del cerdo ese. Me ha dado en la cabeza con el mango del cuchillo.

-Entonces, ¿Blaine no te ha pegado? - preguntó, curiosa. Incluso por su expresión diría que incrédula.

-No. ¿Por qué debería hacerlo?

-Porque si te ha echado de casa es porque se ha cabreado, y cuando Blaine se cabrea pega a la gente, rompe cosas, hace daño y hasta él se hace daño. No te creo, que lo sepas.

-¿No me crees? ¡Por supuesto, tengo muchos motivos para estar a estas horas de la noche solo en un lugar que no conozco y que sé que es peligroso! ¡Blaine me ha echado de casa, yo no tengo la culpa de eso y tampoco tengo la culpa de que no me pegue! ¡No suele hacerlo! - respondí, exaltado y perdiendo la paciencia.

-¿No suele hacerlo? ¿Has vivido con él durante más de medio año y no suele pegarte? ¡Ja, no me jodas! ¡Si Blaine es un asesino!

-¡Blaine no es un…! - me quedé callado, tocado y hundido, recordando aquel expediente que Derek me había mostrado hacía tiempo. Asesino desde los cinco años. Asesino de un policía, apuñalado veinticuatro veces. Mi brazo tembló. A pesar de la escasa sangre que me recorría la sien, busqué con la mirada perdida sobre el suelo algo afilado, algo… cualquier cosa. Esas diminutas gotitas de sangre no me servían.

Me pregunté. ¿Cómo era posible que ella lo supiera? Un asesino. ¿Acaso sabía todo sobre Blaine? ¿Y yo podría sonsacárselo? Quizás…

Los dos acabamos sentándonos sobre el borde de la acera habiendo llegado a la puerta cerrada del taller, esperando, con la moto bien vigilada a nuestro lado. Ricky había empezado a fumar otro porro ya preparado. Su olor me molestaba, me hacía toser y hasta marearme un poco, pero no me atreví a decirle que lo dejara.

Estuve cerca de diez minutos pensándolo. ¿Y si se lo preguntaba? ¿Y si ella sabía algo que yo debería saber sobre la infancia de Blaine? Algo que me ayudara a comprenderlo mejor, cualquier cosa que pudiera servirme para tranquilizar sus crecientes arranques de ira. Algo que nos permitiera vivir en paz el uno con el otro.

-Ricky… - murmuré, después de un buen rato. Me encogí sobre mi cuerpo, azorado, esperando una respuesta por su parte y lo único que ella hizo fue hacer un ruidito con la boca, distraída. - ¿Es cierto que mi hermano… ha matado a un hombre? - y ella giró la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos. La ceniza del porro se desprendió, cayendo al suelo y siendo arrastrada por el aire. Ricky se llevó una mano a la boca y se apartó el filtro repleto de mala hierva.

-¿A cuál te refieres?

-No lo sé. ¿Es que ha matado a más?

-Que yo sepa solo a uno. - lo sabía. Ella lo sabía. Tragué saliva.

-Así que es verdad, es una asesino. - Ricky se encogió de hombros.

-¿Qué esperabas? ¿Crees que lo que él ha conseguido aquí es fácil? ¿Crees que tener a media ciudad controlada y ganar tanta pasta, inmunidad policial y demás, lo consigue todo el mundo? Para ello debía sacrificar algo a cambio, debía conseguir hacer algo que le hiciera ganarse su fama. ¿Y qué mejor manera de ganársela que matando a alguien? Claro… no a un cualquiera.

-A un policía. - Ricky asintió.

-Aquí hay asesinatos, mayormente por palizas y sobredosis, pero las personas que mueren suelen ser jóvenes, adolescentes a veces, pocos adultos. Nadie… nunca nadie se ha atrevido a matar a un policía, ni siquiera a tocarlo, como mucho a revelarse contra él y eso ya es toda una hazaña. Ya te he dicho que los policías que hay aquí son muy diferentes a los que salen por la tele.

-Sí… pero Blaine mató a los nueve años… y eso no es normal.

-Hum… Jeff nunca mencionó que fuera tan joven, pero sí, por aquella época ya había oído hablar de él. La gente le tenía miedo, lo respetaban y lo dejaban tranquilo e incluso algunos le enseñaban como defenderse. Si no me equivoco creo que fue Kam quien empezó a "entrenar" a Blaine. Algo de eso he oído. Kam ya estaba chalado por entonces, su fama le precedía y cuando conoció la hazaña de Blaine, no dudó en pegarse a él. Sabía que era alguien a tener en cuenta porque estaba casi tan loco como él. Matar a un policía a puñaladas, ¿a quién se le ocurre? Y gracias a eso, hoy en día los barrios bajos son un poco más seguros y están más controlados. Blaine es un buen líder, aunque él lo odie, lo es.

-Pero sigo sin poder creerlo. - me llevé las manos a la cara, ansioso. Blaine había matado a un defensor de la ley y la gente lo respetaba y lo admiraba por ello. Estaba en un lugar de locos, en una celda de asesinos y maníacos, amantes del dolor ajeno y propio… y no tenía escapatoria. - A veces Blaine me da miedo, a veces creo que no es humano, que es un monstruo, que debería alejarme de él, pero no soy capaz de hacerlo. Quiero ayudarle, pero no sé cómo.

-Pero Blaine no necesita ayuda, está bien así, como es.

-No, Ricky. Blaine está de todo menos bien. Esto… esto es el infierno y él es Lucifer y yo… no sé cómo ha podido acabar así. - Ricky se quedó en silencio momentáneamente.

-Bueno, no es culpa suya, supongo.

-¿Ah, no? ¿Y entonces de quién es? No se ha criado en un ambiente muy acogedor que digamos, pero tú tampoco, ni Jeff por ejemplo, y ustedes no son unos asesinos, ¿no?

-No. - negó. Yo suspiré, derrotado. - Pero nosotros no vinimos de los barrios altos y acabamos aquí, sin madre y prácticamente sin padre. De alguna forma tendría que aprender a defenderse ¿no? Además, ahora no es tan malo. Lo de Helem lo tranquilizó bastante.

-¿Lo de Helem? - alcé la cabeza otra vez, curioso. Una extraña sensación de vértigo me recorrió el estómago, una impresión tal vez. Una impresión de que había dado en el punto correcto. - Era su madrastra, ¿no? - Ricky tiró el porro al suelo, lejos y suspirando, se echó hacia atrás, apoyando las manos en el suelo y encogiendo los hombros. Se la notaba cansada y hasta aburrida.

-Yo no la conocí, pero Jeff dice que era un trozo de pan. Blaine parecía quererla mucho y la respetaba. Por lo visto, Blaine era medio meloso con ella. ¡Verlo para creerlo! Él nunca es meloso con nadie. - me mordí la lengua y me callé, aunque me moría de ganas por decirle que se equivocaba, que era meloso a veces… pero solo cuando tenía pensado utilizarte para algo, como a mí, meloso para ganarse mi confianza y tratarme como su Muñeco.

-¿Cómo murió Helem? - Ricky frunció el ceño.

-No sé. Que yo sepa es tetrapléjica, no es una muerta.

-¿Cómo?

-Pues que está postrada en una camilla por el accidente, no está muerta. - fruncí el ceño, confuso. ¿Blaine nos había mentido? Resultaba raro que lo hubiera hecho. Pero ¿Por qué?

-Pero si Helem está viva…

-Blaine va a visitarla todas las semanas, creo, para algo le paga la habitación de hospital desde hace años, que debe costar un pastón.

-¿La habitación la paga él?

-Y su tratamiento. Burt no pone nada de su parte, supongo que pasa del tema el muy mamón. - Ricky hizo un gesto con la boca. - Perdona, olvidaba que también es tu padre.

-Sí, bueno… - en aquel momento no me importaba demasiado ese detalle, aunque me parecía sumamente inhumano y muy propio de un mal padre que fuera su hijo de diecinueve años el que pusiera el dinero para cuidar a su mujer. Las personas y las circunstancias que rodeaban a Blaine eran tan raras y crueles… - ¿Qué… ocurrió? - Ricky suspiró.

-Estás preguntando mucho ¿no? Más te vale compensarme luego porque si no descargaré mi mala hostia contigo. - bajé la cabeza, intimidado, para qué negarlo. - Pero bueno, te lo contaré. De alguna manera habrá que matar el tiempo hasta que abran el taller. - me senté de cara a ella, completamente intrigado y ansioso por saber los secretos más profundos de la infancia de Blaine. No estaba seguro de si eso era bueno o malo, de si eso aumentaría mis ganas de él o por el contrario, me ayudaría a olvidarle. Tal vez consiguiera hasta ayudarle y entenderle y entonces… quizás… quizás podríamos ser… ¿qué? ¿Lo que tendríamos que haber sido desde un principio? ¿Hermanos? ¿Sería eso posible? Y sin embargo lo prefería antes que olvidarle por completo. Un premio de consolación, pobre, pero al menos era algo.

Ricky entrecerró los ojos, recordando. El tema no parecía hacerle mucha gracia pero le gustaba cotillear, se notaba a leguas, así que no tardó nada en empezar a relatarme lo sucedido… que escuchando las simples primeras palabras me dejó de piedra.

-En resumidas cuentas, Blaine lo vio todo. - soltó, sin más, aparentemente tranquila. Se me erizó la piel y me puse tenso, aún cuando ni siquiera sabía qué era exactamente lo que Blaine había visto y vivido. - Jeff estaba con él y me lo contó. Fue a los doce años, creo. Jeff lleva siendo amigo de Blaine desde los nueve, así que lo sabe prácticamente todo sobre él. Por lo visto, un día Helem los llevó a los dos a los barrios altos, cerca del centro comercial y los dejó en el parque, uno enorme en el que hay hasta pequeños campos de fútbol, pista de patinaje, canchas para el baloncesto y demás. Compró un balón de baloncesto y se lo regaló a su hijastro para que jugaran al baloncesto en las canchas y todo eso. Según Jeff, se volvió loco de alegría, una expresión que para nada concuerda con Blaine, pero en fin, el caso es que Helem fue un momento al centro comercial y los dos se quedaron jugando al baloncesto en las canchas, ¿entiendes? - asentí con la cabeza.

-Creo que para Blaine una simple pelota de baloncesto debía significar mucho para él… y más la persona que se la regaló. - Ricky se mantuvo en silencio unos segundos, como si se estuviera preparando para soltar algo que prefería no decir, algo desagradable, algo duro.

-Sí… y cuando más significa algo para ti, más duro es perderlo. Todo fue un accidente. - sentenció. - La pelota se le escapó a alguno de los dos de las manos y salió rondando hasta la carretera. Blaine fue a por ella justo en el momento en el que Helem salía del centro comercial. Un camión que cargaba láminas de metal conducía por la carretera a apenas treinta por hora y Blaine se le puso en medio, recogiendo la pelota. Jeff dice que tuvo tiempo suficiente para apartarse desde que el conductor del camión tocó el claxon para llamar su atención hasta que ocurrió el accidente… pero Blaine no se apartó. Se quedó mirando el camión con la pelota en la mano, alelado, sin reaccionar. Jeff lo llamó, pero él no se volvió y el conductor pisó el freno bruscamente. El camión derrapó. Se escaparon un montón de láminas de metal que hubieran atravesado a Blaine de cabo a rabo, lo hubieran aplastado… si Helem no se le hubiera tirado encima para quitarlo de en medio. - un escalofrío me recorrió la espina dorsal al imaginarme la escena. La mirada perdida de mi hermano a esa edad, observando el coloso de metal que se le venía encima. Una mujer bella, heroica, apartándolo en el último momento… lo que vino después… - Le pegó un empujón a Blaine tan bestial, que él cayó sobre la acera de enfrente y se aplastó la muñeca contra el bordillo. Se la rompió… pero de eso nadie se dio cuenta hasta unas semanas después. En aquel momento, Helem fue aplastada frente a sus ojos por más de tres láminas de metal contra la carretera. Las láminas pesaban tanto que le aplastaron y destrozaron las piernas contra el asfalto, triturando sus huesos. Una lámina la inmovilizó, cayendo sobre su estómago y el golpe que recibió en la cabeza la dejó inconsciente… más que inconsciente… casi muerta al instante. La sangre de las piernas salpicó la acera e incluso llegó hasta Blaine, manchándole la ropa y la cara… fue una auténtica carnicería.

Esta vez, la escena fue mucho más difícil de imaginar, mucho más… de hecho, ni siquiera pude imaginarla, solo podía sentir una leve sacudida de emociones bestiales que me oprimieron el pecho y el estómago. Seguramente ni la mitad de las sensaciones que padeció Blaine en aquel momento… y eso me hizo sentir extrañamente culpable…

Necesitaba algo afilado. Ya.

-Es contradictorio pero… en cierta manera, a simple vista aquel accidente casi afectó más a Jeff que a Blaine. Al menos aparentemente.

-¿Qué quieres decir? - me tembló la voz. Ricky pestañeó un par de veces antes de seguir.

-Jeff apenas conocía a Helem. Era la madre de un amigo y se acabó y sin embargo, acabó agazapado en el suelo, llorando y temblando. Tuvieron que llevarle al hospital en otra ambulancia debido al shock… a Blaine no. De hecho, él ni siquiera estaba cuando la ambulancia llegó. Él se fue, sin más. Cogió la pelota de baloncesto, doblando la muñeca rota como si nada y se fue andando… andando, tan tranquilo. - el corazón me dio un vuelco al oír aquella afirmación. Me entraron auténticas ganas de vomitar y el cuerpo entero empezó a temblequearme de nuevo, por unos nervios desatados, perversos, azotándome el pecho.

No me lo podía creer. Definitivamente… no podía existir alguien tan inhumano… no podía…

No podía haber tenido relaciones sexuales y haberme enamorado de semejante… monstruosidad.

Mi imaginé a mi madre, la que afirmaba odiar con todas mis fuerzas debajo de un montón de láminas de metal, aplastada… me entraban ganas de llorar de desesperación de solo pensar en ello.

-Blaine… es un maldito monstruo… inhumano… - murmuré. Me agazapé, protegiéndome el cuerpo, rodeándolo con los brazos. Empecé a arrascarme la muñeca con impaciencia e intensidad, casi por instinto. Ni siquiera me di cuenta de ello hasta que empecé a hacerme daño por los fuertes raspones de mis uñas. - La dejó allí, sola… y se fue… a su madre… es… es monstruoso… no le importa nada ni nadie. Nada…

-No me oyes cuando te hablo, eh. - dijo ella de repente, captando de nuevo mi escasa atención. Mi mente había empezado a pulular por otro lugar desconocido, oscuro, angustioso… - Te he dicho que a simple vista parecía más afectado Jeff. Pero luego… Jeff tardó una semana en volver al instituto después de aquello. No vio a Jeff en ese tiempo. Cuando se encontraron en el insti… una de las profesoras le pidió que obligara a Jeff a ir a la enfermería, que le obligara o llamaría a una ambulancia, a la policía si era necesario, pero que lo sacara de clase y se lo llevara. Eso ocurrió una semana después del accidente. Jeff entró en clase, buscando a Blaine, confuso y lo encontró en su pupitre, frente a la mesa, como siempre… pero con la camiseta sucia, manchada aún con la sangre de Helem. Blaine no se había cambiado de ropa desde entonces, ni tampoco se había lavado y apestaba a sudor, a suciedad y a sangre. La mano le temblaba y según me contó Jeff, la tenía casi deforme de tan hinchada que estaba la muñeca, tan gorda como el resto del brazo y de un color entre morado y amarillo vomitivo. Había seguido con su rutina de siempre, en silencio, sin una palabra, con la muñeca rota, la ropa sucia y el balón en la mano. ¿En serio crees que no le afectó lo que pasó? Yo diría que más de lo que le afectaría a cualquier otro niño. Alguien normal hubiera llorado y hubiera pedido ayuda… Blaine no… porque tampoco es que tuviera a muchas personas a las que pedirles ayuda. Creo que es comprensible. Lo conozco desde hace relativamente poco pero sé que aunque está rodeado de gente… en el terreno familiar es como si fuera huérfano de padre y madre y hubiera vivido toda su vida solo, entre toda esta mierda. Así que creo que por muy mal que a veces nos trate, no es un monstruo… al menos no… oye, chico, ¿Qué haces? ¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto tonto? ¡Que te vas a arrancar el brazo! ¡Eh!

Ricky me estaba gritando y yo no la oía. Había dejado de escucharla después de aquel último "tampoco es que tuviera muchas personas a las que pedirle ayuda". Fue entonces cuando empecé a ensañarme con mi brazo izquierdo, esta vez a conciencia. Me remangué la manga de la camiseta hasta el codo y empecé a pellizcarme y a arañarme con impaciencia, con rabia, casi con sadismo… y ni siquiera me estaba causando la más mínima marca, el más mínimo derramamiento de sangre porque mis uñas, ahora rotas y gastadas, no eran suficiente para levantarme la piel, solo lo suficientemente afiladas como para arrancarme la venda mal envuelta sobre la herida que me había abierto esa mañana con una cuchilla de afeitar. Había dejado de sangrar, pero la venda se había manchado y la herida se veía marrón, de una tonalidad bastante asquerosa.

Lamenté sinceramente que la herida hubiera dejado de sangrar y me la llevé furiosamente a la boca, para acallar el chillido que estaba a punto de dar. Me mordí el brazo… clavé los dientes en la herida medio cerrada y grité entre dientes.

¿Por qué no había estado allí? ¿Por qué yo no y él sí? ¿Por qué Blaine y yo no? ¿Por qué Helem y no mi madre? ¿Por qué aquí y no allí?

¿Cómo me atrevía a llamar monstruo a Blaine después de todo? ¿Cómo era capaz de quejarme todavía, cómo era capaz de ser tan egoísta?

¿Por qué soy así? ¿Por qué tengo estos pensamientos tan horribles? ¿Por qué soy tan cínico? ¿Por qué yo lloro y me quejo por lo que me ocurrió en Lima cuando Blaine no lo hizo aquí, solo? ¿Por qué yo podía quejarme, por eso? Y él no. Él no podía. A él no le hacían caso porque solo era… un niño.

¿Y yo qué era, qué soy, qué seré? ¿Es que tenía derecho a ser, acaso?

-¡Eh!… ¡EH! - Ricky me dio un manotazo en la cabeza y dejé de apretar los dientes. Mi brazo cayó flácido sobre mi regazo y ella me dio un bofetón en plena cara. Sacudí la cabeza. Ella me miró con los ojos muy abiertos y con la nariz hinchada, enfadada. Luego bajó los ojos hasta mi brazo flojo. No hice el menor movimiento, solo encogí el cuello, notando mi boca dormida, con un sabor de óxido entre los dientes. El sabor de la calma.

Suspiré.

Me hundí en un profundo mar, anestesiado, ajeno al dolor interior… mucho peor que el exterior.

El dolor exterior era más relajante, más tranquilo, más superficial. Un poco de dolor y lo que sentía por dentro se encogía y se escondía, se achicaba. Cuanto más dolor exterior sintiera y cuanto más rápido lo provocara, con mayor facilidad y rapidez se cerrarían las heridas interiores. Estaba casi seguro de ello.

Y solo tendría que hacer unos pocos cortes más para ello.

-El suicidio es una pobre, cobarde y estúpida manera de huir de la realidad. - dijo Ricky a mi lado, después de haber observado con ojo crítico las cicatrices de mi brazo. Unas pocas superficiales. La que cruzaba la muñeca, ya no tan superficial.

-Depende de la persona… - casi sonreí, con un ligero temblor en el labio. - A veces el suicidio es placentero.

-Hasta que te mueres ¿no? - sentenció.

-Sí… hasta que te mueres…

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By Blaine.

No lo encontraba. Ni por el callejón más estrecho, ni por el más ancho. Ni en el barrio más luminoso ni en el más oscuro, ni en el lugar más silencioso ni en el más ajetreado. Y no había parado… porque no podía detener la moto sin que se la calara y me viera obligado a empujarla otra vez, lo cual quizás me costara una pierna nueva. Había mirado varias veces atrás y había visto mi pierna herida de reojo. Hubiera jurado que el pantalón se había manchado un poco más, no sabía si de sangre o de barro, pero estaba empezando a sentir un escozor extraño y molesto.

Menos mal que había pillado la moto con gasolina y sin embargo… le quedaba poco para agotarse, media hora más a lo sumo. Y no tenía dinero para reponer… ni móvil…

Necesitaba llamar por teléfono a Black, Ricky, Aaron… daba igual, cualquiera que se encontrara a esas horas en la calle, de confianza, cualquiera que pudiera ayudarme a buscarlo… pero no tenía móvil.

Reduje la marcha y golpeé con fuerza el manillar, con el puño cerrado. Empezaba a creer seriamente que se lo habían llevado y quizás, en aquel instante, le estarían haciendo cosas… me lo imaginé asustado, llorando, contra una pared, temblando de miedo y de frío. Me lo imaginé siendo rodeado por un grupo de hombres sin cara. Me lo imaginé sufriendo la peor y más vomitiva profanación, una paliza, una humillación, un exhibicionismo… una brutal violación…

Un grupo de hombres, seguramente mayores que yo, paseaban por la calle, rumbo a algún pub, riendo y gritando como locos. Uno de ellos esnifaba, otro daba un sorbo a la botella… otro estaba hablando por el móvil.

No me lo pensé dos veces y aceleré hacia ellos, que me señalaron entre risas hasta que vieron cómo iba directo hasta su grupo. Retrocedieron, sobresaltados. Frené un poco y subí la moto a la acera, cerrándoles el paso. Frené.

-Dame el móvil. - solté, sin más. El hombre que tenía el teléfono en la mano me miró, estupefacto.

-¿Qué?

-¡Que me des el puto móvil!

-¿Pero tú de qué vas, gilipollas? - salté de la moto. Cuando apoyé la pierna sobre el asfalto sentí de nuevo la humedad y el escozor. Casi se me dobló, pero no lo consentí. Aguanté el dolor y me encaré a ellos, a los cuatro. Aunque se notaba que eran mayores por la perilla y por la corpulencia del cuerpo, no me ganaban en altura.

Dos tenían la cabeza rapada. Skinhead. Neonazis quizás…

-Suelta el móvil. - sentencié, alto y claro… y el que tenía el móvil retrocedió, intimidado. Los demás, no.

No fui yo quien empezó la pelea, pero fui el primero en llevarse un puñetazo… y el último en darlo.

¡Nos estamos leyendo!

Tengan un lindo inicio de semana =)