La celebración de la Expiración de las Tres Lunas que daba por finalizado los festejos por la unión de sangre entre el Pueblo Arbóreo y Azgeda había sido todo un éxito. Ahora, cada embajador estaba pasando su última noche en Polis preparando sus cosas para su partida a la mañana siguiente.
Tras el amanecer, todos se pondrían en camino rumbo a cada uno de los clanes que representaban, para hacer cumplir la voluntad de Heda y de su consorte, Príncipe Roan de Azgeda.
El motivo real de tal encomienda no era realmente escuchar las voces de los pueblos, tal como se suponía que era, aunque ellos lo desconociesen. La verdadera razón por la cuál la Heda de los Trece Clanes les quería fuera de Polis, no era otra que disponer de tiempo para recuperarse.
No podía permitir que la viesen de esa manera, no ellos. Azgeda tenía ojos en la Torre y saber que la información de su estado podría llegar a oídos de Nia, no la dejaba en muy buen lugar ahora mismo.
Ese era un asunto con el que lidiaría en cualquier otro momento, más ahora no podía hacerlo.
Las horas de la madrugada alcanzarían Polis en cuestión de minutos aunque Lexa continuase despierta. No quería tener que regresar a sus estancias para enfrentar otra posible contienda con Roan porque aún no se había recuperado de la anterior. Además, sabía que Ontari estaba muy cerca suya y que no desaprovecharía una ocasión así si se presentaba de frente.
En la vacía planta que estaba por debajo de la suya, Lexa se encontraba sentada en la penumbra de uno de sus lúgubres salones rodeada por viejos cuadros, muebles y algunas reliquias. Habían algunas velas encendidas a distintas alturas muy cerca de ella que temblaba ligeramente mientras atravesaba la piel de su abdomen nuevamente con una afilada aguja cosiendo su herida otra vez.
La negra sangre le resbalaba por entre los dedos apretando los dientes al tiempo que siseaba reprimiendo una torcida mueca por el dolor que estaba sintiendo. Roan era fuerte. Ella tenía más determinación que él a la hora de enfrentarle pero él era fuerte, muy fuerte.
Jamás admitiría en voz alta que por un momento creyó que perdería la contienda contra él. Eso hubiese supuesto el fin de todo lo conocido para ella y probablemente no podría superarlo. Iba a tener que aceptar el hecho de que a partir de ahora su vida sería así. Una constante de desconfianza y miedo, una constante alerta para la que tendría que estar preparada en cualquier momento.
Más temprano que tarde, Roan intentaría hacerla suya otra vez por la fuerza, y cumplir con los deseos del Cónclave de afianzar su posición aportando un heredero a la Nación del Hielo junto a ella. Cosa que Lexa no consentiría jamás.
El deber exige fuerza y sacrificio y de eso ella sabe bastante. Sin embargo, traer un niño a un mundo como ese sabiendo en que posición le colocaría a él y a los peligros que le estaría exponiendo le parecía sumamente egoísta.
No lo haría, no.
De ninguna manera.
Sacrificarse ella por el bienestar de su pueblo era una cosa, pero hacer pasar por ello a un inocente niño no se lo permitiría a nadie, ni a Azgeda, ni al Cónclave.
Eso sería algo que de darse el caso, Lexa no se lo perdonaría jamás.
Debía de haber otra manera de afianzar el vínculo con Azgeda, solo necesitaba algo de tiempo para encontrarla.
¿Qué harían los anteriores Comandantes en su lugar? ¿Qué le aconsejaría Anya si pudiese verla ahora? ¿Qué diría Costia?
Nunca lo sabría.
Lexa kom Trikru, Comandante de la Sangre y Heda de los Trece Clanes estaba completamente sola ante todo esto.
Sola.
La soledad formaba parte del liderazgo. Esa clase de decisiones eran las que determinaban qué clase de líder era, y qué clase de líder quería ser y sin saber cómo, sin saber cuándo. Lexa tuvo que crecer para enfrentarse a ello.
El dolor se volvió más lacerante en él último punto y Lexa tuvo que cerrar los ojos para concentrarse en evadirlo antes de poder continuar cosiendolos. Las manos le temblaban un poco y decidió tomarse unos segundos para que el dolor cruzase a través de ella.
Clarke que la había estado buscando después de la terminación del banquete, supo donde podría encontrarla en cuanto descubrió que aquella planta en concreto permanecía vacía. Clarke que había eludido la vigilancia de los centinelas de la planta donde había tenido lugar el festejo, había ascendido sigilosamente las escaleras hasta llegar a la callada planta en busca de ella.
Había caminado tan cautelosamente por los oscuros pasillos, y pasado por delante de tantas puertas que creyó que ya no la hallaría allí. No obstante, al llegar al final del pasillo, a la última de ellas una pálida luz se coló a través de la estrecha apertura de la puerta esparciendo una pálida luz que Clarke supo enseguida de lo que era.
Velas.
Lexa estaba allí. Sin duda era ella.
Clarke que se encaminó a la puerta sigilosamente asomó un poco el rostro para mirar dentro y la imagen que encontró le desquebrajo el corazón casi por entero. La imagen de Lexa sentada sola en el raído diván de una forma tan vil y lastimera hizo que el estomago se le contrajera.
No estaba acostumbrada a verla de esa manera.
Dudaba que alguien lo estuviese.
Verla de esa forma, de esa manera hizo que sus ojos se humedecieran recordando la implacable fuerza que demostró la noche que Finn murió, la noche en que la traicionó en el Monte Weather. Esa no era ella.
Esta era la verdadera Lexa.
Por mucho que tratase de disimularlo, por mucho que tratase de enmascarar todos aquellos sentimientos estaban ahí, latentes en ella.
El débil sonido que hizo la puerta cuando involuntariamente Clarke se apoyó en ella, hizo que Lexa se levantase inmediatamente en guardia. Clarke que se asustó al verla así alzó las manos traspasando el umbral ante ella.
—Solo soy yo, tranquila —dijo Clarke tragando al verla sobrecogerse de esa forma.
Lexa que sintió su corazón latir con fuerza en el interior de su pecho se relajó un poco al ver que solo era ella, desviando la mirada para recoger las vendas sucias del diván y que no las viese.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Lexa esquiva sin mirarla acercándose a la mesa para dejarlas sobre ella.
Clarke que se la quedo viendo supo enseguida que había interrumpido algo muy privado para ella, y aunque no pudo evitar fijarse en el corte mal suturado que llevaba a centímetros del negro corpiño, tuvo el detalle de comentárselo a ella.
—Necesitaba verte —dijo Clarke dando dos pasos hacia donde se encontraba ella.
—Ahora que ya lo has hecho —dijo Lexa alzando la mirada para enfrentar sus ojos señalando con la mano la puerta—. Márchate.
Clarke que no tenía ninguna intención de moverse de allí se acercó a ella colocando su tibia mano sobre su vientre muy cerca de la herida. La Heda de los Trece Clanes que se estremeció ante el inesperado tacto la miró inmediatamente.
—Permiteme ayudarte, por favor —le suplicó Clarke viendo su rostro de cerca bajo la titilante luz de las velas.
Lexa que pudo ver cada emoción de Clarke cruzarse por sus ojos sintió un dolor diferente al que la había afectado momentos atrás, y esquivó su mirada evasiva sintiendose demasiado expuesta a ella.
—Lexa sé que crees que no entiendo el porque haces esto, pero lo entiendo —repuso Clarke sincera buscando sus ojos—. Necesitas protegerte a ti misma, necesitas tener todo el control para poder seguir adelante con todo esto. Entiendo bien eso. Sé que es todo lo que conoces pero si me dejases, yo podría mostrarte que hay mucho más esperando abrirse paso para ti ahí fuera. Créeme si te digo que puedes confiar en mi.
Lexa que la escuchó volvió su cabeza para mirarla y se la quedó viendo a los ojos.
—En la única persona en la que puedo confiar es en mi.
Clarke que arqueó ligeramente una ceja se la quedo mirando también.
—¿Eso es lo que te ha enseñado Titus?
Lexa que endureció súbitamente su rostro hizo un tenue gesto.
—No. Eso es lo que me ha enseñado la experiencia.
Clarke que sintió eso como un bajo golpe hacia ella ladeo la cabeza algo consternada por ella.
—Siento mucho que veas las cosas así. Es injusto para ti y para los que te rodean pero vas a tener que superar eso, porque no pienso irme a ninguna parte lo quieras o no. Yo no abandonó a los que merecen la pena —dijo Clarke mirándola a los ojos segura de ello—. Y tú, Lexa kom Trikru, lo creas o no aún mereces la pena...
Lexa que había olvidado como respirar al oír aquellas palabras de su boca acerca de ella, cerro los ojos con necesidad para no permitir que ni una sola de las lágrimas que la habían asaltado cayese ante ella.
Clarke que entendió el duro trago por el que estaba pasando la tomo de la cintura suavemente conduciéndola de regreso al diván haciendo que se sentase con cautela.
—Por una vez permite a alguien que cuide de ti —le pidió ella arrodillándose junto al diván antes de coger gasas y vendas limpias para poder ocuparse de sus heridas, ignorando aposta para darle algo de privacidad el hecho de que las lágrimas estuviesen rodando por el rostro de Heda en silencio.
Continuara...
