LIV.

Malzahar.

Saleem, tienes que comer.

El joven miró su trozo de pan duro con recelo y lo lanzo contra la pared.

¡Saleem!. ¿Por qué haces eso?— exclamó al mujer levantándose rápidamente.

Levantó el trozo de pan y le quitó la arena con cuidado, luego miró a su hijo con una expresión dolida en el rostro y acomodó su turbante antes de regresar al lado del muchacho.

Hijo…

No quiero esa basura. Quiero comida de verdad, quiero carne, quiero fruta fresca, quiero queso y pan de verdad— espetó el chico irritado.

Hijo, por favor. Solo come…

El joven se levantó dando una patada al pan que su madre le ofrecía. Se movió el callejón pateando la arena mientras maldecía a todo pulmón.

¡¿Por qué mamá?!. ¡¿Por qué tenemos que comer sobras cuando… cuando…?!

Porque esa es nuestra suerte Saleem— respondió la mujer levantándose por el trozo de pan una segunda vez—. Así nacimos, esta es la estrella que nos cobija y no hay manera de cambiarla. Nacimos pobres y vamos a morir pobres. Come.

De nuevo, el muchacho sintió un ataque de ira invadiéndolo, pero esta vez, se fijó por un segundo en el rostro cansado y quemado de su madre, luego en la mano llena de callos que sostenía aquello que llamaban comida y se resignó. Tomó el pan y se lo comió en silencio.

Odiaba ser pobre, odiaba a su madre por haberlo traído al mundo y a su padre por haber muerto. Odiaba a la gente que caminaba todos los días frente a su pequeño puesto de alhajas, odiaba a los que revolvían su mercancía y no compraban nada, odiaba a los que pedían rebajas y también odiaba a los que compraban porque tenían dinero.

Voy a regresar a vender— dijo Arsu recogiendo la mercancía envuelta en tela—. No te vayas muy lejos hijo. Regresa a casa temprano. La gente dice cosas y me preocupo.

Saleem no respondió, solo se perdió entre las calles con las manos hechas puño y mirando a cada persona con ojos de odio.

Cómo todos los días, fue a la plaza e intentó, sin mucho éxito, conseguir dinero con sus malabares. Así que se rindió pronto y decidió vagar sin rumbo entre las calles y consideró muchas veces tomar la bolsa de algún riquillo y correr. Pero había guardias por todas partes, el Rey no toleraba los ladrones y le cortarían el brazo si era capturado. Así que, Saleem que conformó con seguir odiando el mundo en el que le tocó nacer.

Cuando la noche llegó, el joven fue a la pequeña casita al sur dónde él y su madre vivían. Entró y se comió la taza de avena con otro pan duro que esperaba por él en la mesita. Se fue a la estera dónde dormía y pidió, igual que cada noche desde que tenía memoria, despertar con otra vida, con otro rostro, con otro nombre, con otra estrella que le diera buena fortuna.

Sin embargo, cuando el día despuntó en el horizonte Saleem abrió los ojos con la misma miserable existencia de siempre.

Su madre ya se había ido, así que el también salió.

Esta vez fue al norte, aunque estuviere lleno de guardias a veces los ricos le lanzaban monedas solo porque les daba pena verlo tan escuálido. Aunque quisiera estrangularlos, cuando le daban lo suficiente podían comprar comida de verdad para varios días, y el solo pensar en llenarse el estómago hacia que fuere capaz de tragarse el orgullo.

A mediodía, luego de hacer malabares y monerías, ya había juntado lo suficiente para comprar queso, carne y tal vez un melón, uno chiquito. Pero en lugar de volver, se quedó por allí, se comió un trocito de carne y una rodajita de pan que le regaló un mercader. En la tarde, hizo otras cuantas monedas y regresó a casa contento, aún si sabía que esa felicidad era solo una pasajera ilusión, entró en casa y le entregó a su madre todo lo que había comprado.

Arsu lo llenó de besos e hizo porciones suficientes para que la comida rindiera lo más posible. Pero al notar el extraño buen humor de su hijo le entregó dos porciones y se deleitó viéndolo comer, era raro que Saleem se fuere a dormir con una expresión de felicidad en el rostro.

No obstante, Saleem volvió a pedir el mismo deseo de cada noche. E igual que cada mañana, no se hizo realidad.

Saleem comió, se limpió la cara y el cuerpo con un trapito. Cerró la puertecita y se marchó.

Intentó tener la misma fortuna del día anterior, pero apenas consiguió dos moneditas en toda la mañana. La tarde no mejoró. Así que se marchó furibundo y decidió dar un paseíto entre los criaderos de cabras. Aunque técnicamente no era un lugar de transito él sabía escabullirse así que no le daría problemas.

Disculpe…

Saleem giró, observó al chico que lo había detenido y juzgó que debían tener más o menos la misma edad. Pero ese joven, lucía sus trece mucho mejor que él, era un poquito más alto aunque igual de moreno. Sus pómulos sonrosados y rellenos daban a entender que no pasaba hambre como él, y su expresión perdida también le reveló que no era de por allí.

¿Sabe dónde está la casa del maestro Taman?

Saleem no lo sabía, pero en lugar de ser sincero asintió e hizo un ademán para que lo siguiera. Caminó en silencio, con la cabeza gacha e intentando ocultar su rostro. Por su mente pasaban miles de pensamientos, de ideas, de escenarios y, por alguna razón todos empezaban a confluir en un punto: el saco que llevaba el muchacho.

Él no era un ladrón, su madre siempre que dijo que ser pobre no debía causarle vergüenza y jamás lo había hecho, pero si mucha rabia y tristeza. Sin embargo, ahora, por alguna razón en su mente no había más que el deseo inexplicable de hacerse con ese saco. Cómo si una fuerza más grande que su voluntad lo estuviera obligando.

El sol empezaba a bajar.

El muchacho lo siguió diligentemente entre las calles, incluso cuando se alejaron de las principales y fueron adentrándose entre las desoladas casitas vacías. Con cada paso Saleem estaba más y más nervioso, pero su decisión solo se fortalecía y cuando escaló una tapia incluso tuvo la sangre fría de sonreírle al chico antes de asegurarle que era un atajo.

Cuando el joven cayó del otro lado de la pared, Saleem lo golpeó con uno de los ladrillos flojos e intentó robarle la bolsa. Pero el chico, se aferró a sus pertenencias y empezaron a forcejar.

Saleem no supo bien como o por qué, pero a sus pies yacía el joven con el cráneo fracturado.

Jadeó durante un rato con la bolsa en la mano. Pensó huir, ir a casa y rogar que nadie, absolutamente nadie lo hubiera visto y pudiera reconocerlo. Pero se detuvo luego de dar un par de pasos: no podía dejar el cuerpo allí.

Puedo lanzarlo al pozo, pensó. Cuando se descomponga los animales enfermarán y morirán, entonces quizá bajen y lo descubran, le respondió una voz en su cabeza. No saben quién es ¿cómo pueden reconocerlo?, objetó él con la misma rapidez.

Su ropa.

Sin perder un solo segundo más. Saleem se deshizo de sus harapos y le colocó los suyos procurando no mancharse de sangre. Luego, lo arrastró al pozo y lo lanzo, las cabras encerradas en sus diminutos corrales los únicos testigos de su crimen. Lanzó el cuerpo al pozo y se fue cuando escuchó como chocaba con el agua. Regresó para vestirse en silencio y escaló la tapia saliendo por la parte más alejada del distrito. Caminó sin rumbo, con la cabeza gacha, un buen rato.

Iba pensando como deshacerse de la ropa, pues no podía llegar vestido así a su casa sin que su madre sospechara, quizá podía cambiarla por comida y algunos trapos mucho más viejos y rotos. Pero no podía hacerlo en dónde lo conocían, así que partió al norte.

Esa parte de la ciudad era muy distinta a la que conocía Saleem. Había gente bien vestida, pequeñas terrazas llenas de suntuosos y coloridos cojines, mesas llenas de comida y bebida. No parecía que fuere a encontrar un mercader dispuesto a intercambiar lo que necesitaba, de hecho, ya estaba pensando en regresar.

Sintió que alguien lo tomaba del hombro e intentó correr, pero el agarre se hizo más fuerte y otro joven lo encaró.

Oye, oye. Tranquilo el maestro Taman me mandó a buscarte.

Saleem palideció. Su mentira no había durado nada.

¿Estás un poco pálido, te encuentras bien?

Saleem no respondió, los ojos se le llenaban de lágrimas y no tenía idea que podía hacer para salvarse. No obstante, el joven lo miró con pena y lo abrazó.

Ya, ya. Sin llorar, al maestro no le gusta. Vamos. Le dará gusto saber que por fin llegaste.

Mientras caminaba, Saleem miró al joven y notó, por primera vez que llevaban la misma ropa. Recordó entonces que el verdadero dueño de todo lo que llevaba encima parecía extranjero, y ahora entendió que era un recién llegado.

Lo que sucedió después, fue como un sueño para el joven pordiosero. Fue recibido en una casa enorme, llena de otros chicos vestidos como él. Había comida, bebida, una cama y una mesita para cada uno. Dejó su saco sobre la que le asignaron a él, ya no sentía el menor apego por su botín y siguió al joven que lo llevó hasta allí por los pasillos hasta que al fin se detuvieron frente a una colorida cortina de fina seda.

Maestro. El chico ya llegó.

Esperaron unos segundos antes de entrar.

Saleem creyó que ese sería su fin, que el hombre acurrucado sobre la mesita se daría cuanta de que no era quien esperaban y lo entregaría a los soldados. Sin duda lo sentenciarían a muerte.

Pero no. El hombre levantó la vista y le sonrió, con dulzura, con cariño, como si viere después de mucho tiempo a un viejo amigo.

Malzahar.

Dos semanas después, los criaderos de cabras fueron puestos en cuarentena. Bajaron al pozo, tal como la voz en su cabeza supuso, y encontraron el cuerpo bastante descompuesto de un chiquillo.

Saleem fue a la calle dónde su madre solía vender y no la encontró, fue cada día después de cumplir sus labores, pero la mujer no llegó jamás. Al fin, el muchacho, que había llenado los huecos casi cadavéricos de sus mejillas, se acercó al vendedor de al lado. Le preguntó, con cierto disimulo por la mujer que vendía su lado con la excusa que querer comprarle algunas cacherías que había visto días atrás.

Arsu… tenía un hijo: Saleem, buen muchacho, con hambre y lleno de resentimiento, como todos los niños por aquí. Pero hace unas semanas el chiquillo desapareció, pensamos que regresaría, porque eso hacen los niños a veces… pero no volvió – el viejo se rascó la cabeza por encima del turbante y continuó—. Hace dos semanas, encontraron un niño, en un pozo. Dicen que se rompió la cabeza al caer intentando robar una cabra y cayó al pozo, pero yo sé que no, señor. Saleem no era ningún ladrón. Y Arsu, su pobre madre, no lo soportó señor.

Saleem se fue de allí tan rápido que no le importó empujar a todos los que se atravesaron en su camino. Llegó a su pequeña cama y se tumbó, lloró como jamás en su vida. Lloró por saberse culpable de la muerte de su madre. Lloró hasta que sus hipos nerviosos se convirtieron en suaves ronquidos y perdió toda conciencia de la vida que seguía transcurriendo a su alrededor.

Pero cuando el sol se levantó al día siguiente, Saleem entendió por fin que su deseo se había hecho realidad: despertó con otra vida, con otro rostro, con otro nombre, con otra estrella qué le aseguraba una buena fortuna.

Malzahar sonrió.

Los años pasaron, Malzahar se dedicó a los textos con tal entrega que tan solo tres años después se convirtió en la mano derecha del maestro. A menudo, sus compañeros y mayores decían que era como si hubiere nacido para convertirse en magi y, pronto, la academia no sería suficiente para el joven genio. No obstante, él mismo no lo veía así pues en esos años se dio cuenta que había demasiado por conocer en el mundo, que cada papiro, cada libro contenía una cantidad casi infinita de conocimiento y deseaba con fervor poseerlo todo. Por supuesto, Malzahar comprendía que era imposible pero aun así pasaba noches en vela absorbiendo todo lo que podía de los textos.

Pero el vació que sentía en su interior no se llenaba con nada. A veces, cuando estaba muy agotado se quedaba observando las palabras y de repente la cara de esa mujer, Arsu, venía a su mente como si la tuviere en frente en lugar de ser un recuerdo. Se quedaba en silencio, observado la nada, y luego, continuaba con sus estudios como si nada. Pero no pasaba lo mismo con el pan, aquel sencillo alimento le producía una repulsión aberrante.

En los años siguientes, las escaramuzas ocasionales con el imperio shurimano incrementaron, tanto en número como en gravedad y poco a poco las calles se fueron llenando únicamente con las mujeres y los niños que no tenían edad suficiente para unirse al ejército. El rumor de una guerra abierta entre Shurima e Icathia se hacía cada vez más fuerte, la gente ya no se preguntaba si ocurriría sino cuándo y si estarían preparados. Los más sensatos rogaban que la tensión entre los dos monarcas no escalara hasta esas dimensiones, pero los más necios avivaban la llama de la guerra con sus gritos de indignación.

Cuando Malzahar contaba ya con 21 años se había convertido en el sucesor indiscutible de su maestro, el viejo académico ya no veía ni escuchaba bien así que Malzahar era sus ojos y oídos. Pero más allá de eso, el muchacho empezaba a ser quien en el fondo tomaba las decisiones más inmediatas.

Ey, Malzahar – dijo Ishlam asomándose a la habitación – llegó un grupo de emisarios del Rey. ¿No vienes?

Malzahar se levantó del escritorio y salió rumbo al primer piso.

Tal como decía Ishlam, había una delegación esperando en la salita que conducía a la habitación del maestro. Ninguno de los hombres barbados y bien vestidos reparó en él, pero el joven detalló a cada uno de los hombres y le bastaron apenas minutos para llegar a la conclusión que no eran más que parásitos. Todos gordos, todos observando la humilde academia como si estar allí les hiciere menos. Pero el joven sabía mejor que odiarlos, así que sonrió, les ofreció comida y bebida y departió con ellos aceptando con cabeza gacha sus sutiles insultos.

Cuando la noche cayó, los huéspedes fueron acomodados de la mejor manera posible y el maestro llamó al joven magi a sus aposentos. Allí, el anciano le explicó que su mayor temor se había hecho realidad, Abhu acababa de hacer una declaración abierta de guerra contra Azir. En la frontera del gran desierto Sai las primeras batallas ya se libraban y parecía que, de momento, la balanza se inclinaba en favor de Icathia. No obstante, los consejeros del Rey viajaban por todo el reino buscando súbditos con talentos especiales que pudieran servir a la causa.

Él ya era muy viejo para ayudar, pero Malzahar no. Así que, el maestro le pidió empacar sus cosas y estar listo para partir al amanecer junto a la comitiva del Rey; el aprendiz no discutió, agachó la cabeza y fue de inmediato a su habitación para preparar su ropa y algunos textos.

A la mañana siguiente, Malzahar partió junto a los emisarios del Rey y viajaron durante dos semanas hasta llegar a la gran ciudad. La cuna del reino y joya del desierto, la misma que daba nombre a toda su nación: Icathia.

Sobra decir que Malzahar quedó sin palabras al ver la ciudad pues no solo era enorme e imponente, sino que la gente allí parecía tener siempre algo que hacer. Incluso el que podía ser considerado un ciudadano pobre tenía un techo, un trozo de tierra que cultivar y algún animal doméstico de cual suplirse.

Tuvo tiempo suficiente para curiosear la gran ciudad una vez estuvo instalado en la academia adjunta al gran palacio. Le dieron ropas nuevas, todas elegantes y de muy buena calidad, le prepararon un baño con esencias que el joven jamás había visto en su vida y la cena que se llevó a la boca esa noche, fue lo más delicioso que había probado en su vida.

El Rey Abhu no lo recibió durante muchos meses, en los cuales Malzahar devoró con rapidez los papiros que contenía la biblioteca, apenas encontraba la voluntad para dormir cuando cada nuevo trozo de pergamino le revelaba emocionantes y desconocidas historias.

Pero no eran solo historias, entre los cientos de documentos que rescató de los ánqueles apartó dos pilas importantes. La primera, una bitácora de guerra y documentos que detallaban estrategias para usar en los campos de batalla. El segundo, relatos sobre una cultura antigua cuyos asentamientos se hundieron entre las arenas.

Malzahar estudió con gran empeño el primer montón, pues sabía que sus habilidades se usarán más temprano que tarde en la guerra que ya se libraba en el norte, con los shurimanos. Y relegó sus lecturas de placer a las noches o madrugadas en que no encontraba conciliar el sueño sin haber calmado su voraz apetito académico.

Casi un año después de su llegada, cuando ya había acaba don la colección completa del palacio un soldado se acercó a su habitación a media tarde. Le pidió prepararse con sus mejores ropas, pues el Rey le invitaba a compartir su mesa esa noche. Él aceptó con cabeza gacha la invitación, pero ya sabía, por los rumores que circulaban en los pasillos del palacio que el esfuerzo bélico no iba nada bien.

Una vez en la mesa, el soberano preguntó la opinión del joven magi acerca de unas escaramuzas de baja importancia, a lo cual el chico respondió, so pena de ser azotado por su atrevimiento, que ninguna batalla era poco importante. Pues un cúmulo de derrotas mermaban la fuerza del conjunto, además de reducir la moral de sus hombres y subir la del enemigo. Al Rey pareció gustarle su respuesta, lo invitó a su mesa la noche siguiente, y la siguiente después de esa. Aquello continuó hasta que Malzahar se encontró sentado al lado del Rey discutiendo los próximos movimientos del ejército.

Esto despertó la envidia de varios consejeros, pero ninguno se molestó en hacer algo para dificultar su camino ya que, en el fondo, estaban todos convencidos que el joven terminaría por clavarse a sí mismo el puñal del fracaso. No obstante, otro año pasó y los consejos de Malzahar se hicieron cada vez más acertados: La guerra empezó a estancarse. Los shurimanos no lograban avanzar y tampoco los icathianos.

El nuevo consejero estrella pidió entonces al Rey permiso para investigar una leyenda: una ciudad perdida que podía contener justo el arma que necesitaban para derrotar al ejército de Azir y expender su tierra más allá del gran desierto. El soberano no aceptó en un inicio, pero pronto empezaron a llegar reportes de aplastantes derrotas desde la frontera.

Historias sobre humanos con apariencia animal, o animales con apariencia humana se hicieron cada vez más comunes en los reportes y cada día Icathia perdía más y más terreno. Llegó a tal punto, que no hacía falta leer los reportes para saber que era otra derrota.

Fue en ese momento que el Rey accedió a la petición de su consejero y le otorgó provisiones y un par de sirvientes para que lo escoltaran hasta el sur, al monte Shal'ai. Malzahar partió esa misma tarde, viajó sin descanso y llegó a destino con la frente quemada por el inclemente sol, pero con la extraña seguridad de que allí reposaba su más grande logro.

La tarea no fue nada fácil. Pero al cabo de dos meses Malzahar envió una carta dónde le pedía al Rey que se encontrara con él cuando le fuera posible. Y dos después de eso, el Rey y su comitiva llegaron, subieron la montaña y en una de las planicies que escondía la serranía encontraron un campamento y, más allá, una extraña construcción.

Malzahar recibió a su soberano, ayudó a levantar un campamento al lado del suyo y le dejó descansar la primera noche. Pero la segunda, se encerraron en la tiendan del Rey y hablaron durante horas y horas. Nadie más que el Rey escuchó toda la historia, así que es un verdadero misterio cuales fueron las palabras exactas que utilizo el magi para terminar de convencerlo, pero al amanecer Malzahar inició los preparativos para la primera invocación.

Fue un éxito.

Las primeras criaturas eran dóciles y seguían las órdenes del soldado al cual eran vinculadas sin la menor resistencia. Aunque no eran agraciadas a la vista, los Icathianos se acostumbraron rápidamente a ellas. Pronto, los refuerzos del vacío emparejaron la guerra una vez más.

Aunque los ascendidos eran poderosos, no podían estar en todos los campos de batalla y bastaba con que media docena de soldados y criaturas se enfrentaran a ellos para mantenerlos ocupados. El resto de las criaturas rompía las filas del ejército shurimano matando todo lo que se interponía en su camino. No obstante, los shurimanos fueron aprendiendo a luchar contra las criaturas y sus amos: se centraban en el humano cuya muerte dejaba a la criatura un tanto atontada y les daba la oportunidad de matarla sin demasiado riesgo.

Cada vez más a menudo Malzhar tenía que vincular más y más criaturas. El joven magi ya pasaba demasiado tiempo en las runas, con su mente completamente ocupada en suplir las necesidades de esa guerra.

Un día, sin embargo, Malzahar estaba sentado frente a la estructura que servía para conectar los dos mundos. No había dormido ni comido bien en semanas, apenas tenía energía para estar allí sin hacer nada. O esa era la impresión que se podría llevar cualquiera, pero la verdad es que Malzahar estaba completamente lúcido, su mente nunca había trabajado mejor y su cuerpo estaba lleno de energía, de magia, del vacío mismo. Ahora entendía, como fue que una civilización con la suficiente sabiduría y poder para abrir una brecha entre dimensiones había sucumbido.

Sin decir nada fue hasta la tienda que compartía con los otros dos académicos, tomó una daga para fruta y les cortó la garganta. No se molestó en limpiarse las manos cuando salió, fue a la ruina y canalizo el encantamiento usándose a sí mismo como único soporte. El hechizo le quemó las piernas, el torso, sus brazos y hasta el cuello, pero no se detuvo. Abrió una puerta y observó indolente como las criaturas pasaban ignorándolo por completo y avanzando hacia el campamento a escasos metros de ellos.

Los soldados que estaban desprevenidos no tuvieron la menor oportunidad de defenderse. Malzahar avanzó sobre el lomo de un gran Sai al que nombro Rek y destrozó cada campamento ichatiano que encontró en su camino, llegó a la frontera e hizo lo mismo con los shurimanos. Malzhar y sus criaturas del vació se convirtieron entonces en el enemigo a vencer, pues dónde fueren no quedaba más que desolación y muerte.

No tuvo competencia alguna durante varias semanas, pero cuando Ichatia y Shurima hicieron sus diferencias a un lado el implacable avance Malzahar comenzó a estancarse. Y los ascendidos, junto al mismo emperador y su antiguo Rey se las ingeniaron para repeler sus criaturas hasta que estuvo, de nuevo, frente al portal que había abierto.

Las dos naciones pelearon con todo su poder, cerraron el portal y cuando Malzahar se vio perdido, en lugar de quedarse y afrontar su castigo decidió que era mejor lanzarse al portal antes que fuera completamente cerrado. Y así lo hizo, pero antes, dio una última mirada a ese mundo que durante muchos años olvidó cuanto detestaba.

Y ahora, estaba allí de nuevo.

Observó sus rostros durante un largo rato. Eran diferentes a cómo los recordaba: el color de sus cabellos, sus ojos, sus rostros y la mezcla de emociones en sus facciones eran tan ajenas que Malzahar no lograba reconocerlas. O quizá era porque simplemente había olvidado los nombres que les daban.

Los ojos de Malzahar se detuvieron de repente en una de ellas, una chiquilla de cabello oscuro y ojos marrones, las marcas de su rostro llamaron su atención, pero fue su ropa, no, la criatura que habitaba en su cuerpo la que llamó su atención. La reconocía, la había visto muchas veces antes en el vació. Era un parasito cuya supervivencia dependía de otro ser, aunque no causaba daño alguno y por el contrario proveía ciertas mejoras sensoriales y de movimiento; la joven también lo observaba, como si quizá lo hubiera reconocido de algún lado pero aquello era imposible.

No obstante, Kai'Sa reconoció los harapos que llevaba el hombre encima de las vendas, aún si habían pasado cientos de años los colores y el estilo icahtianos eran inconfundibles así que se acercó tanto como Katarina se lo permitió y habló.

Malzahar no entendió. Hizo una mueca, la chiquilla lo intentó de nuevo con voz más firme y el magi descubrió que las palabras le sonaban familiares pero no les encontraba sentido. Por primera vez, se preguntó cuánto tiempo había transcurrido en Runaterra. No importaba. Levitó hasta uno de los soldaos heridos, no se inmutó cuando los demás intentaron cerrarle el paso y bastó una pared de energía para que dejaran de intentar llegar a él. Tomó al hombre y lo levantó del cuello sin esfuerzo, luego, sus ojos brillantes se posaron en los suyos, y Malzahar buscó en la mente de aquel hombre el único conocimiento que necesitaba.

El soldado cayó, vivo pero vacío.

Katarina se transportó a su lado una vez Luxanna rompió la barrera y lo sacó de allí llevándolo a salvo con los demás.

Malzahar estaba sorprendido que la humana de cabello dorado hubiera sido capaz de romper su defensa tan rápido. Incluso si no era particularmente resistente, la jovencita llamó su atención pero la mujer que tenía al lado, la de cabello como la sangre le obstruyó el campo de visión colocándose delante.

El profeta se tomó unos minutos para observar el grupo. La mayoría eran extraños, el color de sus cabellos, el de sus ojos, la forma de sus rostros, sus mejillas y barbillas. Sus ropas y sus primitivas armas le producían repulsión. Sobre todo, ahora que comprobaba con sus propios ojos que había ocurrido con sus hermosas criaturas luego de mandarlas a través del portal.

—La humanidad…

Dijo Malzahar con voz rasposa y apenas entendible, en parte porque hacía cientos de años que no hablaba pero también porque la lengua era nueva para él; sus palabras tuvieron efecto inmediato sobre el grupo de gente. Todos, sin excepción alguna, tomaron estancias defensivas.

Aquello produjo una mueca de disgusto todavía más pronunciada en el rostro de Malzahar, una que incluso con las vendas que cubrían prácticamente toda la cara era imposible no distinguir.

—… aún rechazan su destino…

Con esas palabras Malzahar dejó que el don del vació fluyera por su cuerpo y alcanzara los cadáveres de sus criaturas creando nuevas formas a partir de los restos, estas se reanimaron y caminaron a su lado formando una barrera de carne que lo mantendría protegido mientras reabría la grieta a su máximo potencial. Era hora de acabar lo que empezó mucho tiempo atrás: dejar que el vacío purgara la terrible plaga humana de ese mundo.

Sin embargo, justo en el momento que Malzahar se disponía a realizar el ritual. Observó con los ojos muy abiertos y furibundos el ser más detestable que podía concebir. Solo existía para él una cosa peor que los humanos, y eso era un ascendido.

—Vaya, vaya – comentó Cassiopeia reptando hasta quedar justo delante de su hermana —. Así que eres tú.

Él apretó los dientes y empuñó las manos dejando que la magia fluyera por su cuerpo; los ojos de Cassiopeia perdieron todo rastro del característico iris verde de su familia y se tornaron completamente dorados.

—¿Listo para una última pelea, Malzahar?

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Normalmente yo no me lanzo flores a mí misma, pero este capítulo me gusto.

Bueno, que celebren mucho. Los leo durante la semana y ustedes a mí en el Enddagme.