Mañana –contesté, sin volverme hacia él.

Mañana – repitió él, menos convencido.

"Mañana". Aquellas tres aparentemente insignificantes sílabas no dejaban de resonar con fuerza e insistencia en mi cabeza. Y por más que trataba de centrarme y de concentrarme en el presente, en el hoy en el ahora de unos momentos sumamente trascendentales que transcurrían a mi alrededor, mi cabeza estaba empeñada en regresar una y otra y otra vez a las frías paredes y los tenebrosos parajes del monasterio.

Respiré profundamente y fijé los ojos en el mapa holográfico de la mansión de los Ashartîm y de los subterráneos que perforaban el suelo bajo ella y me puse a seguir con la mirada el nervioso corretear de los puntos que indicaban la posición de los operativos en el campo. Frente a mí, al otro lado del plano, Kyrek trataba de dominar toda la escena prestando atención a todo lo que sucedía a su alrededor, pero con la vista eminentemente centrada en la representación etérea que presidía la Sala de Control de la Novena División. No se movía ni una mísera mosca. No le estaba permitido.

Cualquier extraño que pusiera pie entre aquellas cuatro paredes debía ser demasiado ingenuo para tragarse que lo que allí estaba sucediendo no iba enserio. Por mucho que se supusiera que, pese a ser una "misión de entrenamiento", los allí presentes debían simular que se trataba de una verdadera operación, por muy buenos actores que fuésemos, la tensión que se respiraba hacía que fuera imposible creer que todo aquello fuera una simulación..

"Mañana", seguía gritando en mi cabeza el recuerdo de mi último encuentro con Balmung, tratando de arrancarme de aquella escena y de llevarme a un mundo intangible colmado de elucubraciones, proyectos y castillos en el aire. Luchaba contra ese impulso, quería quedarme allí, en el Cuartel, en la seguridad de lo que tenía delante de mis ojos y que conocía, en lo que de verdad requería mi atención y mi compromiso en ese preciso instante. Pero mi propio intento de no sucumbir fue mi debilidad y lo que, en última instancia, se convirtió en causa de mi derrota. No quería, pero allí estaba otra vez, enmarañado en la misma historia que me venía consumiendo, literalmente, en las últimas semanas.

– Equipo β, informe de situación – habló Kyrek, rescatándome.

Levanté la mirada, interrogante hacia el Capitán del Noveno Escuadrón, pero él miraba hacia Franco, en espera de la respuesta que buscaba por parte del grupo que dirigía Blod. Devolví mis ojos al mapa, al lugar donde se suponía que ya debían estar los interlocutores de aquel mensaje y no los encontré. Los busqué con cierta preocupación. ¿Tenían problemas? ¿Se habían perdido? Tras unos instantes de incertidumbre los encontré. Estaban, efectivamente, en el camino que les correspondía, pero en lugar de avanzar en la dirección que debían hacerlo, retrocedían.

– Control, aquí Equipo β – respondió la voz de Cloud.

– Póngame con Líder β – ordenó Kyrek. – ¿Por qué están retrocediendo?

– Aquí Líder β, adelante Control – contestó Blod. – No podíamos pasar. Una especie de barrera nos lo impedía. Tratamos de rodearla.

– ¿Una barrera? – se sorprendió el líder. – ¿De qué tipo?

– Invisible.

– ¿Invisible?

Mientras Kyrek trataba de hacerse con a mayor cantidad de información posible acerca de aquella insólita muralla, invisible pero infranqueable, mi cabeza comenzó a funcionar y a darle vueltas a todo aquello. ¿Un muro invisible? Todo sonaba en cierto modo inquietantemente familiar, aun cuando estaba casi totalmente convencido de que nunca antes me había encontrado con algo como eso. Pero tenía ciertas semejanzas con otras que sí conocía y me llevaba a pensar en posibilidades que, sobre todo pensando en el contexto que nos rodeaba, no sonaban descabelladas; es más, sonaban como las más peligrosamente plausibles.

– Equipo α a Control – sonó la voz de Db a través del intercomunicador, interrumpiendo la conversación entre el Capitán y Blod.

– Adelante Equipo α – respondió Franco tras una señal afirmativa de Kyrek.

– La situación por aquí viene a ser parecida – lamentó. – No conseguimos avanzar. Espero instrucciones.

El Capitán me miró nervioso. No comprendía qué estaba pasando y transmitía la sensación de creer que aquello estaba a punto de escapársele de las manos y querer aferrarse a la más mínima esperanza de que todo aquello saliera bien. Aún no habíamos llegado a un punto de no-retorno, pero sabía que él seguiría hacia delante. Más que saberlo, era un convencimiento basado en la mera intuición. Pero por otra parte lo comprendería: había demasiado en juego; demasiadas mentiras sobre el tablero como para arriesgarse más de lo debido.

Y no conocía a nuestro enemigo como Eliaz, Db o yo. No había luchado contra ellos durante décadas. Sí, estaba seguro, había leído mis informes, había consultado con su Teniente y sus oficiales… pero no era lo mismo eso que la experiencia directa. Así era imposible que pudiera tomarse aquello con la debida calma. Le devolví la mirada y asentí tratando de transmitirle algo de tranquilidad y tuve que intervenir para explicarles a los dos líderes de los equipos en el campo lo que a mi parecer se habían encontrado.

– Es Nadie – le dije al comunicador exponiendo mis conclusiones. – Esto huele a conjuro de Nad…

En el momento en que transmití mis sospechas, fui consciente de que me había cargado para siempre nuestra tapadera. Había pronunciado la palabra mágica. Había metido a Nadie en el medio de un ejercicio de entrenamiento. Podría, sí, tratar de maquillarlo, decir que habíamos decidido que Nadie fuera nuestro enemigo ficticio; pero habría que ser muy tonto para tragarse aquella mentira. Si alguien aún tenía dudas acerca del verdadero objetivo de aquella "misión de entrenamiento", ya me había encargado yo de disipárselas.

– ¿Cuál es la solución?

No sabía cuánta gente estaría escuchando al otro lado de las comunicaciones, posiblemente sólo Db y Blod, pero no eran ellos los que me preocupaban. Miré a mi alrededor. Ese era el problema. No conocía a muchos de los que allí estaban y no sabía si eran de fiar. Me fiaba de joven rubio que recién acababa de ser mi alumno y ahora llevaba una capa blanca a su espalda, sí, y ellos gozaban de su confianza, pero eso no me tranquilizaba.

Casi todas sus miradas estaban clavadas en mí. En mí y en su Capitán. Y yo las recorrí todas con cautela, con miedo, con suma preocupación en busca del más mínimo rasgo que los delatara como traidores, como espías… porque estaba convencido de que así tenía que ser, de que Nadie había puesto hombres en la Novena División – no sería la primera vez –… o la Cámara de los 46, y eso no era mucho mejor.

– Rido, – repitió Kyrek – ¿cuál es la solución?

Yo seguía pensando en las consecuencias de mis propias revelaciones y apenas había pensado en cómo podía responder a esa pregunta. Estaba casi congelado por el miedo a haberme cargado la que sin duda era la operación más importante de mi vida. Al menos, de mi vida reciente y no era capaz de pensar en otra cosa.

– Eliminar a quienes los conjuran – respondió por mí Db.

"Mañana", volvió a resonar tétricamente en mi cabeza. "Mañana". Pero a lo mejor no había un mañana. ¿Y si todo acababa hoy, ahora? ¿Y si eso era todo? ¿Y si una indiscreción mía, que me jactaba de ser un gran "diplomático" era el punto final de todo? No, no podía ser así. Me negaba a creerlo. Pero… pero no tenía muchas esperanzas en que fuera de otra forma.

Paseé nuevamente mi mirada por la sala. Alguien debía hacer algún gesto delator… algo. Lo que fuera. Pero no encontré nada, y forcé la mirada hacia el mapa tratando de encontrar calma, tranquilidad, algo que fuera capaz de devolverme la seguridad que estaba perdiendo por momentos.

– ¿Seguro? – me miró el Capitán.

–Eh… sí, sí – confirmé, volviendo de mis distracciones. – Es la única forma que conocemos.

Pretendía parecer tranquilo, sereno, pero no conseguía disimular mi inquietud. La tensión me atenazaba el pecho dificultándome respirar con normalidad. En la sala todo parecía seguir un curso normal dentro de las circunstancias, pero yo me negaba a creérmelo. No. Algo tenía que salir mal. Había metido la pata hasta el fondo. Merecía pagar.

– Mierda… – masculló Kyrek, dejando escapar por primera vez la tensión que había ido acumulando.

El Capitán se recompuso de forma casi inmediata, pero había dejado escapar lo suficiente para hacer a cualquiera consciente de la situación que nos enfrentábamos. La única respuesta que habíamos encontrado para nuestro problema se encontraba más allá de un muro infranqueable. Aparentemente no había solución… o sí.

Había mirado la reproducción holográfica de la mansión de los Ashartîm con la única intención de que aquello me ayudara a centrarme y me hiciera olvidarme de la paranoia que consumía mi cabeza desde hacía unos minutos; pero, en lugar de eso, me topé de bruces con la única salida que nos quedaba. Estaba allí, escondida en el nervioso transitar del equipo que se había infiltrado a través de la mansión de los Muriami: mis padres, mi madrina, Kaiser y Okita, el nuevo responsable de las operaciones de subterfugio en la División. Ellos seguían moviéndose. Y aparentemente estaban más cerca de lo que se les había permitido avanzar a Db y a Blod.

– Contacta con ellos – le sugerí a Kyrek forzando una sonrisa confiada. – Explícale la situación y ellos sabrán lo que hacer.

– ¿Seguro?

– No es la primera vez que se enfrentan a esta gente…

Sin decir nada más, me dirigí a la puerta con la esperanza de salir a respirar un poco de aire fresco. Un par de guardias me lo impidió a una orden de su Capitán, pero ya no tenía ni fuerzas ni autoridad moral para enfrentarme a ellos. Simplemente me giré y le rogué al que hasta hacía poco había sido mi alumno que me dejara salir unos pocos minutos. Sólo necesitaba pacificar mi alma y renovar el aire en mis pulmones. Nada más. No pretendía escapar ni ninguna otra cosa que se le pasara a Kyrek por la cabeza.

Al final accedió, dudoso, pero accedió. Me dirigí rápidamente al patio interior del Cuartel, vigilado constantemente por los ojos curiosos de sus inquilinos, y me apoyé en la pared, junto al umbral de la puerta, con la mirada clavada en el infinito. Tenía la esperanza de aprovechar aquella pequeña pausa para recomponer mis ideas, apaciguarme, tranquilizarme. ¿Quién sabe? A lo mejor podría incluso volver al monasterio y adelantar el momento de mi reencuentro con Balmung. Anticipar el dichoso "mañana".

Pero no pude estar solo y abandonarme a mis pensamientos durante mucho tiempo. Al poco se me unió Kyrek, con un transistor en la mano y una expresión preocupada en el rostro. Se apoyó a mi lado, pero no se dirigió a mí. Sólo permanecimos así, en silencio, dejando que la voz de Franco sonase en el aparato mientras trataba de contactar con el antiguo Capitán de la Décima División para poder explicarle la situación.

La respuesta tardó en llegar no sabría decir si segundos u horas. La cobertura del equipo estaba comprometida en el subterráneo – habíamos situado un pequeño repetidor en la mansión de Eliaz, pero no era suficiente en aquella zona – y tampoco era fácil encontrar un momento seguro para emprender una conversación por radio.

Tampoco podía ponerme a pensar en mis cosas, Kyrek había salido precisamente para que no me distrajera. Podría pedirle privacidad, algo de espacio, convencerle de que dejarme arreglar mis historias y clarificar mis pensamientos era lo mejor para la misión en cuanto a lo que yo podía aportar, pero era discutir por discutir.

– Necesitaba aire – resoplé al final. – No quería montar una escena.

– Tranquilo.

– Puse en peligro todo – me quejé. – Ahora todo el mundo sabe de qué va esto y…

No era eso lo único que me pasaba. Él lo sabía bien, precisamente por eso no estaba en el campo con mis ex-compañeros y estaba allí con él, pero tampoco creí que fuera conveniente atormentarle con mis problemas personales. Además, la urgencia de mi malestar la provocaba precisamente eso.

– No te preocupes por ellos – señaló hacia dentro con un gesto de la cabeza y una media sonrisa en su boca. – Son leales.

– Tendré que creerte…

– Créeme.

– Adelante, Control – sonó la voz de Yuki.

– Equipo γ, informe de la situación – informó el Capitán. – Vamos – me dijo a mí.

Obedecí la orden de Kyrek y le acompañé de vuelta a la Sala de Control sin rechistar siquiera mientras de fondo se escuchaba la voz de mi madrina informando de su situación. No habían encontrado demasiadas dificultades y se encontraban ya bastante cerca del objetivo. Había aumentado la presencia de centinelas y de operativos de Nadie, pero no era preocupante todavía. Parecía que la mayor parte de ellos estaba en la asamblea, entonando los cánticos que llegaban hasta nosotros a través del comunicador.

Cuando llegamos a la Sala de Control, el rubio líder de la Novena División dejó que yo fuera quien explicara a mis parientes qué estaba pasando con el resto de los equipos y cuáles eran nuestras teorías. No hacía falta que explicara mucho, ellos mismos adivinaron cuál era la causa, gracias a experiencias pasadas y a lo que yo comentaba de vez en cuando en mis visitas.

– Necesitamos que uno se acerque lo más posible y confirméis lo de los conjuradores…

– Confirmado – sonó la voz de la antigua Teniente tras unos segundos que se nos hicieron eternos a todos.

– Perfecto – asintió Kyrek. – Equipo γ, permanezca a la espera de órdenes. Oficial Tomatito, contacte con los otros dos equipos y con el General Ailios.

– ¡¿Ailios? – exclamé sorprendido, volviéndome hacia él.

– Nos acabamos de encontrar con un grupo terrorista en pleno desarrollo de un ejercicio de entrenamiento – contestó con voz calmada y exagerada e intencionadamente protocolaria.

Al final, el Capitán iba a seguir las normas, aunque fuera sólo de aquella manera. Iba a ejecutar una maniobra un tanto enrevesada que no creía que estuviera en su libro de jugadas, pero que podía resultar la más apropiada para el caso. Eso retrasaría ciertamente la posible intervención pero quizás era el mejor modo de salvar las formas ante sus colegas Capitanes y ante la oficialidad del Sereitei. Sí, quizás era lo mejor.

Mientras el General no respondía a la llamada de Franco, Kyrek les explicó a los equipos que dirigían Db y Blod cómo sería la manera de proceder. A una orden suya, el equipo γ intervendría para anular a los cuatro artífices del conjuro. Los equipos α y β deberían estar totalmente preparados para acceder lo más rápido posible a la gran caverna y sumarse al combate.

– Debemos asumir que hemos perdido el factor sorpresa – intervine. – No sabemos si vuestros intentos de entrar han puesto en alerta a alguien.

– ¿Eso cree, Director?

– Mejor estar preparado para lo peor… – respondí. – ¿No cree, Capitán?

– Tiene sentido… Ya han escuchado al Director Akano – se dirigió a los operativos en el campo. – Estén preparados para cualquier eventualidad, puede que ya les estén esperando.

– Capitán, el General está en línea.

Instintivamente me aparté hacia un punto ciego, donde la cámara de la videoconferencia no pudiera descubrir mi presencia. Aunque no estaba identificado con mi llamativo haori que me reconocía como Director de la Academia, mejor era no llamar la atención. Mi investigación sobre Nadie seguía estando proscrita, no quería que eso fuera un óbice para convencer al Capitán de la Primera División.

Kyrek le explicó nuestra historia: estábamos llevando a cabo una operación de entrenamiento en los subterráneos de la mansión Ashartîm cuando nos topamos con una presencia sospechosa. Un grupo fue enviado a investigar y reconoció a ciertos individuos ataviados como miembros del grupo terrorista conocido como Nadie. Confirmada su presencia, se requería la autorización del Gotei para intervenir y detenerlos para un ulterior interrogatorio.

No fue fácil doblegar la voluntad de Ailios. Mostraba ciertas sospechas debido al historial pasado de nuestra División y de algunos de sus miembros. Pretendía enviar al Grupo de Operaciones Especiales, pero Kyrek logró hacerle entender que llegarían demasiado tarde y pondría en peligro la operación. Tras un duro tira y afloja que se prolongó durante minutos, recibimos la autorización para intervenir.

– Equipo γ, listo para proceder – alertó el Capitán. – A todos los equipos, queda autorizado el uso de fuerza letal en caso necesario, pero recuerden que necesitamos al mayor número de prisioneros posible – añadió. – Confirmen que han recibido las instrucciones.

– Equipo α, confirmado.

– Equipo γ, confirmado.

– Equipo β, confirmado.

– Buena suerte a todos – continuó el superior. – Equipos α y β, preparados para intervenir. Equipo γ, procedan.

Momentos después, la voz de Db y de Blod retumbó en los sistemas de comunicación ordenando el avance. Las murallas habían caído y era su turno de acción. Desde ese momento, la caverna se convirtió en el escenario de una feroz batalla que llegaba a nuestros oídos a través de ruidos metálicos, voces y algún que otro sonido más sobrenatural llegado de los conjuros y las artes demoníacas que se estaban dando cita.

Era frustrante no estar presente y, una vez más, la imagen de Setsuna torturando a Nalya en mi mundo paralelo. "Mañana", volvió a resonar aquella intimidatoria promesa en mi cabeza, conjurada por tan cruel recuerdo. Pero esta vez fui capaz de no sucumbir ante la maraña de mi alma y mantener el control de la situación. La batalla había afilado mis instintos guerreros, aún desde la distancia, y había acaparado toda mi atención. Finalmente, el silencio precedió a Db en su anuncio de que la batalla había finalizado.

– Excelente, Teniente – respondió Kyrek. – Un equipo médico de la Cuarta División ya se dirige hacia su posición. Espere a mi llegada para presentar su informe.

– De acuerdo, Capitán.

– Director, ¿me acompaña?

– No sé si será bueno – respondí, casi por pura intención.

Misteriosamente había vuelto a comenzar a pensar con una cierta claridad y aquello me parecía lo mejor que podía hacer. Cualquier rastro que guiara hacia mí era suficiente para que quienquiera que fuese el que estaba ayudando a Nadie desde la oficialidad – porque alguien debía estar haciéndolo – encontrara el resquicio y la motivación suficiente como para invalidar toda la operación por algún defecto de forma.

– ¿Qué?

– Si esto es una cosa oficial – expliqué – mejor que no estemos aquí. Incluso creo que sería bueno decirle a mis padres, Kaiser, Yuki y Gaby que se retiren.

– No entiendo…

– La investigación sobre Nadie sigue vetada – aclaré. – Créame, mejor así.

– Mañana necesitaré el asesoramiento de un experto en la cuestión – me guiñó.

– Db, Eliaz y Bone se encargarán de cubrir nuestro rastro en el Equipo – sugerí. – Están casi tan al día en la investigación como yo, que recojan ellos las pruebas y saquen fotos a todo.

– Entonces me pondré en contacto con usted mañana.

"Mañana". Ese era el día. Pero antes de ponerme con eso tendría que atender un asunto más urgente, lo sabía. Aún así, no podía dejar de sentir una cierta calma en mi interior fruto de la victoria. Era un paso importante el que acabábamos de dar, la cuestión era saber gestionarlo con la prudencia necesaria.

– Por cierto, Capitán – añadí. – Precinte el lugar. Posiblemente el experto con el que contacte mañana quiera hacer su propia inspección de la caverna.

Me eché el haori sobre los hombros y acompañé a Kyrek hasta la salida después de que él le transmitiera a Db mi consejo de despedir a mis parientes. Él tomó rumbo hacia la casa de Eliaz y yo hacia la de mis padres. Los esperaría allí, junto a Kyo y a Eylinn, para que me dieran un primer resumen de la situación. Pero sobre todo, me prepararía para el momento que hoy marcaba toda mi existencia: "mañana".